EL CEREBRO DE BROCA
CARL SAGAN
Titulo Original en ingles: Broca’s Brain
Traducción: Doménech Bregada (Cap 1 al 7) y José Chabás (Cap 8 al 25) de la 1 edic. de
Random House, Inc., Nueva York, 1970.
(c) 1974, 1975, 1976, 1977, 1978, 1979, Carl Sagan
(c) 1981, Ediciones Gribaldo, S.A.
Déu i Mata N°98. Barcelona 08029. España
D.R. (c) 1984 por Editorial Gribaldo, S.A. de C.V.
Calz. San Bartolo Naucalpán N°282
Miguel Hidalgo, México, D.F.
ISBN 968-419-420-X
Edición Electrónica: U.L.D.
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Agradecimientos
En cuanto a discusión de puntos específicos abordados en el texto, estoy en deuda con un
buen numero de amigos, corresponsales y colegas, entre los que se incluyen Diane
Ackerman, D.W.G. Arthur, James Bakalar, Richard Berendzen, Norman Bloom, S.
Chandrasekhar, dark Chapman, Sidney Coleman, Yves Coppens, Judy-Lynn del Rey, Frank
Drake, Stuart Edelstein, Paul Fox, D. Car-leton Gajdusek, Owen Gingerich, Thomas Gold, J.
Richard Gott III, Steven J. Gould, Lester Grinspoon, Stanislav Groff, J. U. Gunter, Robert
Horvitz, James W. Kalat, B. Gentry Lee, Jack Lewis, Marvin Minsky, David Morrison, Philip
Morrison, Bruce Murray, Phileo Nash, Tobias Owen, James Pollack, James Randi, E.E.
Salpeter, Stuart Shapiro, Gunther Stent, O.B. Toon, Joseph Veverka, EA. Whitaker y A.
Thomas Young.
Este libro debe mucho, en todos los estadios de su producción, a la dedicación y
competentes esfuerzos de Susan Lang, Carol Lane y, muy particularmente, a Shirley Arden,
mi secretaria particular.
Debo especial gratitud a Ann Druyan y Steven Soter por su generosa ayuda y estimulantes
comentarios sobre buena parte de los temas tratados en el libro. Ann ha contribuido
esencialmente en la mayor parte de los capítulos y en la elección del titulo. Mi deuda para
con ella es inmensa.
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Indice
Indice .............................................................................................................................................4
Introducción................................................................................................................................5
Primera Parte: CIENCIA E INTERÉS HUMANO .....................................................................7
1. EL CEREBRO DE BROCA........................................................................................................ 7
2. ¿PODEMOS CONOCER EL UNIVERSO? REFLEXIONES SOBRE UN GRANO DE SAL.........14
3. ESTE MUNDO QUE NOS LLAMA COMO UNA LIBERACIÓN................................................ 18
4. ELOGIO DE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA ......................................................................27
Segunda Parte: LOS FABRICANTES DE PARADOJAS........................................................33
5. SONÁMBULOS Y TRAFICANTES EN MISTERIOS: SENTIDO Y SINSENTIDO EN LAS
FRONTERAS DE LA CIENCIA.................................................................................................... 33
6. ENANAS BLANCAS Y HOMBRECILLOS VERDES.................................................................48
7. VENUS Y EL DOCTOR VELIKOVSKY.................................................................................... 58
8. NORMAN BLOOM, MENSAJERO DE DIOS...........................................................................90
9. CIENCIA FICCIÓN: UN PUNTO DE VISTA PERSONAL .......................................................96
Tercera Parte: NUESTRO ESPACIO PRÓXIMO.................................................................102
10. LA FAMILIA DEL SOL .......................................................................................................102
11. UN PLANETA LLAMADO JORGE .......................................................................................109
12. VIDA EN EL SISTEMA SOLAR..........................................................................................118
13. TITÁN, LA ENIGMÁTICA LUNA DE SATURNO.................................................................122
14. LOS CLIMAS DE LOS PLANETAS.....................................................................................126
15.CALÍOPE Y LA CAABA .......................................................................................................132
16. LA EDAD DE ORO DE LA EXPLORACIÓN PLANETARIA..................................................136
Cuarta Parte: EL FUTURO.....................................................................................................143
17. «¿PUEDES ANDAR MAS DEPRISA?»...............................................................................143
18. A MARTE, A TRAVÉS DEL CEREZO .................................................................................147
19. EXPERIENCIAS EN EL ESPACIO......................................................................................151
20. EN DEFENSA DE LOS ROBOTS .......................................................................................157
21. PASADO Y FUTURO DE LA ASTRONOMÍA NORTEAMERICANA.....................................164
22. LA BÚSQUEDA DE INTELIGENCIA EXTRATERRESTRE ..................................................175
Quinta Parte: CUESTIONES PROSTERAS..........................................................................181
23. EL SERMÓN DOMINICAL .................................................................................................181
24. COTT Y LAS TORTUGAS ..................................................................................................188
25. EL UNIVERSO AMNIÓTICO..............................................................................................194
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Introducción
Vivimos en una época extraordinaria. Son tiempos de cambios pasmosos en la organización
social, el bienestar econ6mico, los preceptos morales y éticos, las perspectivas filosóficas y
religiosas y el conocimiento que tiene el hombre de sí mismo, así como en nuestra
comprensi6n de este inmenso universo que nos acoge como grano de arena dentro de un
océano cósmico. Desde que el hombre es hombre se ha venido interrogando acerca de una
serie de cuestiones profundas y fundamentales, que nos evocan maravillas y, cuando
menos, estimulan un conocimiento provisional y dubitativo. Son preguntas sobre los
orígenes de la conciencia, la vida sobre nuestro planeta, los primeros tiempos de la Tierra,
la formación del Sol, la posibilidad de que existan seres inteligentes en alguna otra parte de
la inmensidad celeste. Y la mas ambiciosa e inquietante de todas, ¿cual es el origen,
naturaleza y destino ultimo del universo? Excepto en las mas recientes fases de la historia
humana, todos estos temas habían sido competencia exclusiva de filósofos y poetas,
chamanes y teó1ogos. La diversidad y mutua contradicción entre las respuestas ofrecidas
ya era claro indicio de que muy pocas de las soluciones propuestas podían ser correctas.
Pero hoy, como resultado del conocimiento tan penosamente arrancado a la naturaleza a
través de generaciones dedicadas a pensar, observar y experimentar cuidadosamente,
estamos a punto de vislumbrar unas primeras respuestas aproximadas a muchas de ellas.
Hay una serie de temas que entretejen la estructura del presente libro. Aparecen
tempranamente, desaparecen durante unos cuantos capítulos, y acaban por saltar de nuevo
a la luz dentro de un contexto generalmente distinto. Entre ellos, cabe citar los placeres y
consecuencias sociales de la empresa científica, la pseudociencia o ciencia pop, el tema de
las doctrinas religiosas y su estrecha vinculación con el anterior, la exploración de los
planetas y la busca de vida extraterrestre; y también, Albert Einstein, cuando se cumple el
centenario de su nacimiento. La mayor parte de los capítulos que componen el texto puede
leerse independiente-mente, pero el orden expositivo de las ideas aportadas ha sido
escogido con cierto cuidado. Como ya sucede en alguno de mis libros anteriores, no he
vacilado en incluir consideraciones de orden social, político o histórico siempre que lo he
creído necesario. La atención prestada a las pseudociencias puede parecer curiosa a ciertos
lectores. Los cultivadores de la ciencia popular recibieron años ha el apelativo de
«fabricantes de paradojas» (paradoxers), curiosa expresión acuñada en Inglaterra el siglo
pasado para designar a quienes inventan elaboradas e indemostradas explicaciones cuando
la ciencia ya había llegado mucho antes a la comprensión de los problemas y los explicaba
en términos mucho más simples. Hoy en día nos vemos invadidos por fabricantes de
paradojas. La actitud usual del científico es ignorarlos a la espera de que acaben por
desaparecer. Creo que seria útil, o como mínimo interesante, examinar con mayor atención
las pretensiones y argumentos de alguno de estos fabricantes de paradojas y confrontarlos
con los de otros sistemas de creencias tanto científicas como religiosas.
Tanto las pseudociencias como la mayoría de las religiones están parcialmente motivadas
por un interés en conocer la naturaleza del universo y nuestro papel en el, razón por la que
merecen toda nuestra consideración y atención. Además, creo que muchas religiones
pueden encerrar un intento serio de enfrentarse con profundos misterios de nuestras
historias individuales, tal como se analiza en el ultimo capítulo. Pero tanto la pseudociencia
como la religión organizada encierran muchos engaños y peligros. Aunque los practicantes
de tales doctrinas suelen desear que no existan críticas que precisen de una replica por su
parte, tanto en ciencia como en religión el único medio de separar las intuiciones más
fructíferas de los más profundos sinsentidos es el recurso a un examen escéptico. Espero
que las observaciones críticas que vierto en estas paginas sean reconocidas como un
intento constructivo. Creo muy acertada la observación de que todas las ideas tienen
idéntico mérito, bastante distinta de la catastrófica creencia de que ninguna idea tiene
mérito alguno.
Por tanto, este libro trata de la exploración del universo y de la de nuestro propio interior,
es decir, tiene la ciencia como tema. Quizá parezca muy diversificada la panoplia de ternas,
desde un cristal de sal a la estructura del cosmos, mitos y leyendas, naci miento y muerte,
robots y climatología, exploración de los planetas, naturaleza de la inteligencia o búsqueda
de vida fuera de nuestro planeta. Pero, y así espero que se capte, todos estos temas se
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vinculan porque existen relaciones entre las diversas partes del cosmos, y también porque
los seres humanos perciben el mundo a través de órganos sensitivos, cerebros o
experiencias que quizá no reflejen las realidades externas con absoluta fidelidad.
Todos y cada uno de los capítulos de El cerebro de Broca se han escrito para una audiencia
sin distingos. Pocos son los casos en que he incluido ocasionalme nte algún detalle técnico
(por ejemplo, en «Venus y el doctor Velikovsky», «Norman Bloom, mensajero de Dios»,
«Experimentos en el espacio» y «Pasado y futuro de la astronomía norteamericana»). No
obstante, no hay necesidad alguna de comprender dichos detalles para poder captar el hilo
argumental de la discusión.
Algunas de las ideas que desarrollo en los capítulos 1 y 25 las presente inicialmente ante la
Asociación Psiquiátrica Americana en una conferencia en memoria de William Menninger,
celebrada en Atlanta, Georgia, en mayo de 1978. El capítulo 16 esta inspirado en un
discurso de sobremesa de la reunión anual que celebra el Club Nacional del Espacio
(Washington, D.C., abril de 1977). El capítulo 18, en mi ponencia ante el simposio
conmemorativo del primer vuelo de un cohete propulsado por combustible liquido,
organizado por la Institución Smithsoniana y celebrado en Washington, D.C., en marzo de
1976. El capítulo 23, en un sermón pronunciado ante la Sage Chapel Convocation de la
Universidad de Comell en noviembre de 1977. Y el capitulo 7, en una charla mantenida en
la reunión anual de la Asociaci6n Americana para el Progreso de la Ciencia en febrero de
1974.
Este libro se escribe poco antes -por lo menos, yo creo que pocos anos o décadas antes- de
que arranquemos del cosmos las respuestas a muchas de nuestras engorrosas y algo
reverenciales interrogaciones sobre orígenes y destinos. Si antes no nos autodestruimos,
buena parte de nosotros llegara a conocer las respuestas. Si hubiésemos nacido cincuenta
años antes, hubiéramos podido maravillarnos, meditar y especular sobre los temas
indicados, pero sin poder hacer nada por descifrarlos. Si naciéramos dentro de cincuenta
anos, creo que ya se habrían descubierto los enigmas. Nuestros hijos conocerán y
aprenderán las respuestas antes de que hayan tenido ni la menor posibilidad de formularse
las preguntas. La época más exquisita, satisfactoria y estimulante para vivir es aquella en la
que pasemos de la ignorancia al conocimiento de estas cuestiones fundamentales, la época
en que comenzamos maravillándonos y terminaremos por comprender. Dentro de los 4.000
millones de años de historia de la vida sobre nuestro planeta, dentro de los 4 millones de
años de historia de la familia humana, hay una sola generaci6n privilegiada que podrá vivir
este momento único de transición: la nuestra.
Ithaca, Nueva York, Octubre de 1978
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Primera Parte: CIENCIA E INTERÉS HUMANO
1. EL CEREBRO DE BROCA
—Ayer, sólo eran monos. Dales tiempo.
—Pues si eran monos, quien tuvo retuvo...
—No, esta vez será diferente... Vuelve dentro de
alrededor de un siglo y verás...
Los dioses, hablando de la Tierra, en la versión
cinematográfica del libro de H. G. WELLS,
El hombreque podía hacer milagros
(1936)En cierto sentido, el Musee de l'Homme no se diferenciaba de muchos otros. Situado sobre
un suave promontorio, desde su restaurante podía captarse una hermosa perspectiva de la
torre Eiffel. Estábamos allí para conversar con Yves Coppens, eminente paleo-antropólogo y
competente director adjunto del museo. Coppens ha estudiado nuestros ancestros, cuyos
fósiles proceden de la garganta de Olduvai, en Kenia y Tanzania, y del lago Turkana, en
Etiopía. Hace unos dos millones de años vivían en el este de África unas criaturas a las que
denominamos Homo habilis, de una estatura aproximada de 1,20 metros, que construían y
utilizaban herramientas de piedra, que quizá llegaban a construir viviendas muy simples y
cuyos cerebros, a lo largo de un espectacular proceso de acrecentamiento, llegarían a
transformarlos en lo que somos hoy en día.
Las instituciones museísticas de este tipo tienen un rostro público y otro privado. La
vertiente pública incluye los materiales etnográficos y de antropología cultural expuestos al
visitante: vestidos de mongoles o telas pintadas por nativos americanos, algunas quizá
preparadas especialmente para que las compraran los voyageurs y los emprendedores
antropólogos franceses. Pero en su trastienda se albergan otras muchas cosas: gente
encargada de preparar las diferentes exposiciones; vastas salas que sirven de almacén a
objetos inadecuados para su presentación al público, ya sea por el tema que tratan o por
razones de espacio; áreas en las que trabaja el personal dedicado a la investigación. Fuimos
conducidos a través de oscuros laberintos y mohosas salas, que iban desde angostos
cubículos a amplias rotondas. En los pasillos se amontonaban materiales de investigación:
una reconstrucci6n del suelo de una cueva paleolítica en la que se mostraba el lugar donde
habían sido arrojados los huesos de antílope tras la comida del día; estatuillas priápicas de
madera procedentes de la Melanesia; utensilios de comida delicadamente decorados;
grotescas máscaras ceremoniales; azagayas de Oceanía; un mohoso cartel representando a
una esteatopigia mujer de África; un lóbrego y húmedo almacén lleno hasta el techo de los
más diversos instrumentos musicales, desde instrumentos de cuerda con calabazas como
cajas de resonancia, flautas de Pan hechas con caña, cajas de percusión con pieles de
diversos animales y otras innumerables muestras de los indomables impulsos que siempre
ha sentido el hombre hacia la creación musical.
Aquí y allí podían verse unas pocas personas ocupadas en labores de investigación, cuyo
porte y maneras distantes y respetuosas contrastaban vivamente con la cordial capacidad
bilingüe de Coppens. Obviamente, la mayor parte de las salas estaban destinadas al
almacenamiento de materiales antropológicos recogidos y coleccionados durante mas de un
siglo. Se tenia la sensación de transitar por un museo de segundo orden en el que se
habían recogido materiales no tanto porque tuvieran demasiado interés sino porque tal vez
lo habían tenido en otros tiempos pretéritos. Podía percibirse en el ambiente la presencia de
los directores del museo durante el siglo XIX, cubiertos con sus levitas ocupados
básicamente en trabajos de goniomótrie y craniologie, febrilmente entregados a
coleccionarlo y medirlo todo con la pía esperanza de que la mera cuantificación podía
llevarles hasta la comprensión de los interrogantes planteados.
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Aun existía otra zona del museo mas recóndita, una extraña mezcla de activo centro de
investigaci6n y de vitrinas, armarios y anaqueles franca y totalmente abandonados. Aquí, la
reconstrucci6n de un esqueleto articulado de orangután. Allí, una amplia mesa cubierta de
cráneos humanos pulcramente clasificados. Mas allá, un cajón lleno de fémures apilados en
la alacena del material del conserje de una escuela. Existía también una demarcación donde
se alineaban restos neanderthalienses, entre ellos el primer cráneo reconstruido de un
hombre de Neanderthal, obra de Marcellin Boule. Tomé con todo cuidado la pieza entre mis
manos. Daba la sensaci6n de objeto ligero y delicado; las suturas eran perfectamente
visibles. Quizás me hallaba ante la primera prueba empírica indiscutible de que en épocas
lejanas existieron criaturas muy semejantes a nosotros, criaturas que se habían extinguido,
y cuya desaparición venía a alzarse como inquietante sugerencia de que tal vez nuestra
especie no sobrevivirá por los siglos de los siglos. También había allí una estantería donde
se alineaban dientes de varios tipos de homínidos, entre los que se incluían los grandes
molares trituradores del Australopithecus robustus, un contemporáneo del Homo habilis. En
otro rincón, una colección de cajas con cráneos de Cro-Magnon se apilaban limpios y en
perfecto orden como leña dispuesta para un hogar. Todo este conjunto de reliquias eran los
razonables y en cierto modo imprescindibles fragmentos probatorios que habían permitido
reconstruir parte de la historia de nuestros ancestros y parientes colaterales.
En el fondo de la sala había otras colecciones más macabras y turbadoras. Una vitrina
encerraba dos cabezas de reducidas dimensiones con un aire burlón en sus muecas; unos
correosos labios vueltos hacia arriba dejaban al descubierto hileras de dientes puntiagudos
y diminutos. A su lado, múltiples frascos herméticamente cerrados encerraban pálidos
embriones y fetos humanos bañados en un sombrío fluido verdoso. La mayor parte de los
especimenes eran normales, aunque ocasionalmente la mirada podía detenerse ante alguna
inesperada amonalía como, por ejemplo, un par de siameses unidos por el esternón o un
feto con dos cabezas y sus cuatro ojos herméticamente cerrados.
Pero aun había más. Una hilera de amplios frascos cilíndricos que albergaban. para mi
asombro, cabezas humanas perfectamente conservadas. Un hombre de enormes mostachos
rojos, de poco mas de veinte años y originario, como indicaba la etiqueta adjunta, de Nueva
Caledonia. Quizá se tratase de un marinero que se había embarcado rumbo a los trópicos
donde tras ser capturado perdería la vida; su cabeza se había convertido involuntariamente
en objeto de estudio científico. Mas allá, tres cabezas de niño en un mismo recipiente, quizá
como simple medida económica. Hombres, mujeres y niños de ambos sexos y múltiples
razas, cuyas cabezas habían llegado hasta Francia para, quizá tras un breve estudio inicial,
consumirse en un rincón del Musee de 1'Homme. Y yo me preguntaba ante tal espectáculo,
¿en qué condiciones debió producirse el embarque de las cajas cargadas con cabezas en
conserva? ¿Acaso los oficiales de los buques especularon a la hora del café acerca del
contenido de la carga almacenada en las bodegas? ¿Tal vez les traía sin cuidado el asunto
ya que las cabezas no eran casi nunca de blancos europeos como ellos? ¿Acaso bromaban
en torno a la carga para demostrar un cierto distanciamiento emocional, mientras que en
privado no dejaban de sentir un cierto remordimiento ante los horrores que transportaban?
Una vez llegadas a Paris las colecciones, ¿fueron recibidas por científicos activos y
sistemáticos que dirigían con eficacia las operaciones de transporte y almacenamiento de
los cargamentos de cabezas? ¿Estaban impacientes por desprecintar los frascos y proceder
a la medición de los cráneos humanos con sus calibradores? ¿Acaso el responsable de la
colecci6n, fuera quien fuese, asumía su trabajo con entusiasmo y arrogancia libres de todo
objetivo secundario?
Siguiendo mi visita, llegamos al rincón más recóndito de esta ala del museo. Y allí descubrí
una colección de retorcidos objetos grisáceos nadando en formalina a fin de retardar su
descomposición: se trataba de un conjunto de anaqueles con cerebros humanos. Alguien se
había ocupado de practicar rutinarias craneotomías en cadáveres de personalidades con objeto
de extirpar sus cerebros en beneficio del progreso científico. Allí estaba el cerebro de
un intelectual europeo que había alcanzado renombre momentáneo antes de marchitarse en
aquellas polvorientas estanterías. Acullá el cerebro de un convicto asesino. Qué duda cabe,
los científicos de la época esperaban que pudiese existir alguna anomalía, algún indicio
revelador, en la anatomía cerebral o en la configuración craneana de los asesinos. Quizá
esperaban demostrar que el asesino lo creaban influencias hereditarias y no sociales. La
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frenología fue una desgraciada aberración del siglo xix. Puedo oír a mi amiga Ann Druyan
afirmando: «la gente a la que matamos de hambre y torturamos tiene una tendencia
antisocial a robar y matar. Y creemos que actúan de ese modo a causa de su prominente
entrecejo». Pero lo cierto es que no hay modo de distinguir entre los cerebros de los
asesinos y los de los sabios (los restos del cerebro de Albert Einstein están, recordémoslo
de pasada, flotando en un frasco depositado en la universidad de Wichita). Es indudable que
quien hace a los criminales no es la herencia sino la sociedad.
Mientras escudriñaba la colección sumido en similares meditaciones, mi vista se sintió
atraída por la etiqueta unida a uno de estos frascos cilíndricos. Tome el recipiente del
anaquel y lo examiné desde cerca. En la etiqueta podía leerse P. Broca. Tenía en mis manos
el cerebro de Broca.
Paul Broca fue cirujano, neurólogo y antropólogo, una de las figuras más prominentes de la
medicina y la antropología del siglo pasado. Realizó importantes trabajos en el estudio de la
patología cancerosa y en el tratamiento de los aneurismas, así como una contribución
esencial a la comprensión de los orígenes de la afasia, nombre con que se designa todo
menoscabo de la habilidad para articular ideas. Broca fue un hombre brillante y apasionado,
con una ferviente dedicación al tratamiento medico de las capas sociales más míseras. Al
amparo de la noche y con riesgo de su propia vida, consiguió en cierta ocasión sacar
clandestinamente de Paris en una carreta tirada por caballos setenta y tres millones de
francos dentro de unas maletas escondidas bajo montones de patatas; se trataba de dinero
de los fondos de la Asistencia Publica que, según su opinión, corrían peligro de inminente
pillaje. Fue el fundador de la moderna cirugía cerebral. Asimismo, se dedicó al estudio del
problema de la mortalidad infantil. Hacia el final dc su vida fue nombrado senador.
Como ha indicado uno de sus biógrafos, amaba por encima de todo el sosiego y la
tolerancia. En 1848 fundó una sociedad dc «librepensadores». Fue uno de los pocos
científicos franceses dc su época que mostraron adhesión a la tesis darwiniana de la
evolución a través de la selección natural entre las especies. T. H. Huxley, «el perro
guardián de Darwin», señalaría que la simple mención del nombre de Broca llenaba su
espíritu de un sentimiento de gratitud, y se atribuye a Broca la afirmación de que «prefiero
ser un mono transformado que un hijo degenerado de Adán». Por tales ideas y otros puntos
de vista similares fue denunciado por «materialismo» y por corruptor de la juventud, como
lo fuera siglos antes Sócrates. Sin embargo, recibió la nominación de senador.
Muchos años antes Broca había tenido enormes dificultades para crear en Francia una
asociación dedicada al estudio de la antropología. El ministro de Instrucción Publica y el
Prefecto de Policía albergaban la creencia de que la antropología podía ser, como todo
intento encaminado a profundizar en el conocimiento de los seres humanos, innatamente
subversiva para los intereses del Estado. Cuando por fin y a regañadientes Broca obtuvo
autorizaci6n para hablar con dieciocho colegas de su campo común de intereses científicos,
el Prefecto de Policía le recordó que le haría personalmente responsable de todo cuanto
pudiera decirse en tales reuniones «contra la sociedad, la religión o el gobierno». A pesar
de todo, el estudio de los seres humanos se consideraba tan peligroso en aquellos tiempos
que la policía envió a todas las reuniones un espía con amenaza explícita de que la
autorizaci6n para celebrar tales reuniones sería revocada de inmediato si el delegado
gubernativo se escandalizaba o consideraba delictiva cualquier afirmación vertida en ellas.
Tales fueron las circunstancias bajo las que celebraba su primera reunión la Sociedad de
Antropologíaa de Paris el 19 de mayo de 1859, el mismo año en que se publicó la primera
edición de El origen de las especies. En reuniones sucesivas iba a discutirse sobre una
amplia gama de temas —arqueología, mitología, fisiología, anatomía, medicina, psicología,
lingüística e historia—, y fácil es imaginar al espía gubernativo dormitando en un rincón de
la sala durante la mayor parte de las sesiones. Según explica Broca, en cierta ocasión el
espía sintió ganas de dar un pequeño paseo y preguntó si podía abandonar la sala con la
garantía de que en su ausencia no iba a tratarse ningún asunto lesivo para el Estado. «No,
no, amigo mío», le respondió Broca, usted no puede irse a dar ninguna vuelta. Siéntese y
justifique su sueldo». Pero no só1o era la policía la que mostraba en Francia por aquel
entonces oposición al desarrollo de la antropología, sino también el clero, y en 1876 el
Partido Católico Romano organizó una gran campaña contra las enseñanzas del Instituto de
Antropología de Paris fundado por Broca.
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Paul Broca falleció en 1880, quizá a causa de un tipo de aneurisma muy similar al que tan
brillantemente había estudiado. Cuando le sorprendió la muerte estaba trabajando en un
minucioso estudio de la anatomía cerebral. Broca fundó las primeras sociedades
profesionales, escuelas de investigación y revistas científicas de la antropología francesa
moderna. Los especimenes de su laboratorio personal fueron incorporados al que durante
años recibiría el nombre de Musee Broca. Posteriormente pasarían a integrarse en el más
amplio Musee de 1'Homme.
Fue el propio Broca, cuyo cerebro tenía yo ahora en mis manos, quien creó la macabra
colección que había estado contemplando. Habían sido objeto de su estudio embriones y
monos, gentes de todas las razas, midiéndolo todo enloquecidamente en un supremo
esfuerzo por comprender la naturaleza profunda del ser humano. Y a pesar del aspecto
presente de la colección y de mis recelos, no fue, al menos de acuerdo con los patrones de
su tiempo, mas patriotero o más racista que otros y ciertamente no ofreció un apoyo
incondicional al racismo con sus teorías y menos aun con sus actos. El científico frío, poco
cuidadoso y desapasionado no toma en consideración las consecuencias humanas que
puedan derivarse de su trabajo. Broca siempre las tuvo muy en cuenta.
En la Revue d'Anthropoligie de 1880 se recoge una bibliografía exhaustiva de los escritos de
Broca. Entre sus títulos, que tuve ocasión de hojear algún tiempo después, puede
rastrearse el origen de la colección que acababa de contemplar:
«Sobre el cráneo y el cerebro del asesino Lamaire», «Presentación del cerebro de un gorila
macho adulto», «Sobre el cerebro del asesino Prevost», «Sobre la supuesta heredabilidad
de características accidentales», «La inteligencia de los animales y el dominio de los
humanos», «El orden de los primates: paralelos anatómicos entre hombres y monos», «E1
origen del arte de obtener fuego», «Sobre monstruos dobles», «Discusión en torno a los
microcéfalos», «Trepanaciones prehistóricas», «Sobre dos casos dc desarrollo de un dedo
supernumerario en la edad adulta». «Las cabezas de dos nuevacaledonianos» y «Sobre el
cráneo de Dante Alighieri». Desconozco el lugar donde pueda hallarse actualmente el
cráneo del autor de la Commedia, pero la colección de cerebros, cráneos y cabezas que me
rodeaban constituye sin duda alguna los primeros pasos del trabajo de investigación
realizado por Paul Broca.
Broca fue un extraordinario anatomista cerebral y efectuó importantes investigaciones
sobre la región límbica, conocida inicialmente con el nombre de rinencéfalo (el «cerebro
olfativo»), zona que como sabemos hoy en día se halla estrechamente vinculada a las
emociones humanas. Pero quizá su trabajo mas celebrado en nuestros días sea el
descubrimiento de una pequeña región ubicada en la tercera circunvolución del lóbulo
frontal izquierdo de la corteza cerebral, la que en honor de su descubridor denominamos
hoy área de Broca. Tomando como punto de partida un escaso numero de pruebas
experimentales, Broca puso al descubierto que dicha zona del cerebro controla la emisión
articulada del lenguaje y se erige como la sede fundamental de tan característica actividad
humana. El área de Broca fue uno de los primeros descubrimientos que puso de manifiesto
la separación de funciones existentes entre ambos hemisferios cerebrales. Y algo aun mas
importante, fue una de las primeras pruebas sólidas de la existencia de funciones
cerebrales especificas localizadas en zonas muy precisas del cerebro, de que existe una
conexión entre la anatomía cerebral y sus diferentes actividades concretas, actividades que
a veces suelen calificarse como «mentales».
Ralph Holloway es un investigador de la Universidad de Columbia dedicado al estudio de la
antropología física cuyo laboratorio imagino que puede guardar ciertas similitudes con el de
Broca. Holloway ha construido con goma de látex unos moldes de cavidades craneales de
seres humanos y otros afines, pasados y presentes, con objeto de intentar reconstruir, a
partir de las huellas superficiales dejadas por la superficie interna del cráneo, la evolución
histórica del cerebro. Holloway sostiene que para poder hablar de criatura humana es
imprescindible la presencia en su cerebro de un área de Broca, ofreciéndonos pruebas de la
aparición de un primer esbozo de la misma en el cerebro del Homo habilis unos dos
millones de años atrás, justo en cl momento en que aparecen las primeras construcciones y
herramientas humanas. En este punto concreto, la perspectiva frenológica no carece de
sentido. Parece sumamente verosímil que el pensamiento y el trabajo humanos tuvieran un
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desarrollo paralelo al de la palabra articulada, de manera que el área de Broca puede
considerarse como una de las sedes fundamentales de nuestra humanidad en la medida en
que, sin la menor duda, nos permite delinear la relación que nos vincula con nuestros
antepasados en su progresión hasta alcanzarla.
Y ahí estaba, flotando ante mis ojos, nadando a trozos en un mar de formalina, el cerebro
de Broca. Podía observar la región límbica que Broca había estudiado en otros, las
circunvoluciones del neocortex, incluso el lóbulo frontal izquierdo de color gris blancuzco
donde tiene su asiento el área que toma su nombre del de su descubridor, pudriéndose
inadvertidamente en un triste rincón de la colección que iniciara el propio Broca.
Era difícil sostener el cerebro de Broca sin tener la sensacion de que, en alguna medida,
todavía estaban allí, presentes, su ingenio, su talante escéptico, sus abruptas
gesticulaciones al hablar, sus momentos de quietud y sentimentalismo. ¿Acaso se hallaba
preservada ante mí, en la configuración neuronal, una recolección de los triunfales
momentos en que defendía ante una asamblea conjunta de facultades de medicina (y ante
su padre, henchido de orgullo) su teoría sobre los orígenes de la afasia? ¿0 tal vez una
comida en compañía de su amigo Victor Hugo? ¿Quizás un paseo a la luz de la luna en un
atardecer otoñal a lo largo del Quai Voltaire y el Font Royal en compañía de su esposa?
¿Adónde vamos a parar después de morir? ¿Acaso Paul Broca estaba todavía ahí, en un
frasco lleno de formalina? Tal vez hubiese desaparecido todo rastro dc memoria, aunque las
investigaciones contemporáneas sobre la actividad cerebral proporcionan pruebas
convincentes de que un cierto tipo de memoria queda redundantemente almacenada en
numerosos y diferentes lugares de nuestro cerebro. Cuando en un futuro se produzcan
avances substanciales en el terreno de la neurofisiología, ¿podremos, tal vez, reconstruir las
memorias o intuiciones de alguien fallecido tiempo ha? Por lo demás, ¿parece deseable tal
perspectiva? Equivaldría a la perdida del ultimo bastión de nuestra privacidad, aunque
también cabe tener en cuenta que equivaldría a un cierto tipo de inmortalidad efectiva
pues, y especialmente para hombres de la talla de Broca, es indudable que la mente
constituye algo así como la esencia de su entidad física y psíquica.
Dado el carácter de los materiales acumulados en esta recóndita y olvidada sala del Musee
de 1'Homme me sentí de inmediato inclinado a atribuir a los creadores de la colección —por
entonces desconocía aun que hubiese sido Broca— un manifiesto e innegable sexismo,
racismo y patrioterismo, una profunda resistencia ante la idea de una estrecha interrelación
entre los seres humanos y los demás primates. Y en parte eso era indudable. Broca fue un
humanista del siglo xix, si bien no había conseguido desprenderse de los prejuicios y
enfermedades sociales que agostaban a la humanidad de su tiempo. Broca creía en la
superioridad de los hombres f rente a las mujeres y en la de los blancos frente a las demás
razas. En tal contexto, incluso su conclusión de que los cerebros alemanes no eran
significativamente diferentes de los franceses no era más que una refutación de la defensa
por parte de los teutónicos de su superioridad frente a los galos. Con todo, el científico
francos sostuvo la existencia de profundas vinculaciones entre la fisiología cerebral de
gorilas y hombres. Broca, fundador de una sociedad de librepensadores en su juventud,
creía en la necesidad e importancia de una investigaci6n libre de trabas y dedic6 buena
parte de su vida a la consecución de tal objetivo. El fracaso de tales ideales pone de
manifiesto que, incluso para alguien como Broca que no escatimo esfuerzos en favor de la
libertad de investigación, era en realidad muy sencillo apartarse de los mismos a causa de
un fanatismo e intolerancia endémicos. La sociedad puede llegar a corromper al mejor de
los hombres. Considero injusto criticar a alguien por no haber compartido las ideas
progresistas que están gestándose en su tiempo, aunque no por ello deja de ser tremendamente
desalentador que los prejuicios retrógrados lleguen a tener tan tremenda fuerza
persuasiva. Este tema plantea enojosas incertidumbres acerca de que ideas vistas en
nuestra época como verdades convencionales genéricamente aceptadas llegaran a
considerarlas fanatismo gratuito nuestros inmediatos sucesores. Creo, pues, que el mejor
modo de pagar a Paul Broca la deuda que tan involuntariamente nos legó con su ejemplo
consiste en discutir profunda y seriamente nuestras creencias mas profundamente
arraigadas.
Estos frascos olvidados en un rincón y su espantoso contenido fueron coleccionados, por lo
menos parcialmente, desde una perspectiva humanista, y quizá en un futuro, cuando el
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estudio del cerebro humano haya avanzado de forma substancial, vuelvan a mostrarse
como materiales útiles para la investigación. Por mi parte, desearía conocer algo mas
acerca de aquel bigotudo marinero cuya cabeza fue trasladada a Paris desde Nueva
Caledonia.
Pero la contemplación de esta especie de cámara de los horrores evoca de inmediato y
espontáneamente otros pensamientos perturbadores. Ante todo, no podemos evitar un
intense sentimiento de simpatía hacia seres cuya existencia nos es recordada de modo tan
indecoroso, y muy especialmente hacia aquellas personas muertas en su juventud o con
sufrimiento. Los caníbales originarios del noroeste de Nueva Guinea usan para la
construcción de las jambas y dinteles de sus viviendas amontonamientos de calaveras.
Quizá sean estos los mejores materiales para construcción de que disponen, pero los
arquitectos del país no pueden ignorar por completo el terror que desencadenan sus
construcciones en los viajeros desprevenidos. Las SS de Hitler, los Ángeles del Infierno, los
chamanes, los piratas, e incluso los embotelladores de yodo, han usado el símbolo de la
calavera con el propósito evidente de despertar sentimientos de terror. Se trata de algo
perfecta y totalmente coherente. Cuando me encuentro en una habitación llena de
calaveras es bastante probable que ande alguien por los alrededores, quizá una manada de
hienas, tal vez un tétrico y active decapitador cuya ocupación o distracción es coleccionar
cráneos humanos. Tan inquietantes compañías deben evitarse o, de ser posible, proceder a
su eliminación. La comezón del cabello sobre mi nuca, la aceleración del pulso y de los
latidos del coraz6n y un pegajoso y gélido sudor han sido generados por el proceso
evolutivo para que me apreste a combatir o a emprender la huida. Quienes evitan la
decapitaci6n dejan tras sí mayor descendencia. Por tanto, experimentar tales sensaciones
de miedo constituye una clara ventaja desde una perspectiva evolucionista. Pero aun
resulta mas terrorífico encontrarse en una habitación repleta de cerebros, como si algún
monstruo moral indescriptible armado con espantosas cuchillas y espátulas se arrastrara y
babeara por los tejados del Musee de l'Homme .
No obstante, creo que nuestras sensaciones dependen en buena medida de los propósitos
que han dirigido la creación de tan macabra colección. Si el objetivo es la investigación
científica, si los restos humanos han sido seccionados post mortem —y muy especialmente
si han sido obtenidos con el con-sentimiento previo de aquellas personas a quienes
pertenecieran en vida—, puede pensarse que el daño ocasionado es poco y que, a la larga,
tal vez incluso quepa pensar que redundaran en beneficio de la humanidad. Pero a pesar de
todas estas consideraciones, no consigo tener la plena seguridad de que los científicos
actúen por motivaciones ajenas totalmente a las que rigen el comportamiento de los
caníbales de Nueva Guinea. ¿Acaso no suelen decir ante el nerviosismo de cualquier
observador: «Vivo cotidianamente rodeado por estas cabezas, y es algo que no me
molesta: por que le producen a usted tales nauseas»?
Leonardo y Vesalio tuvieron que recurrir al cohecho y al secreto para poder llevar a cabo
sus primeras disecciones sistemáticas de seres humanos en Europa a pesar de que siglos
antes hubiese existido una floreciente y capaz escuela de anatomía en la antigua Grecia. La
primera persona que localizó desde perspectivas neuroanatómicas la inteligencia humana
en la cabeza fue Herófilo de Calcedonia, medico griego cuya actividad alcanza su cenit
alrededor del 300 a. de C. Herófilo fue también el primero en distinguir entre nervios
motores y sensoriales y efectuó el estudio mas completo de la anatomía cerebral intentado
hasta el Renacimiento. Indudablemente, no faltaron objetores a sus repugnantes
predilecciones experimentales. Existe un oculto temor, que se hace explícito en la famosa
leyenda de Fausto, a «conocer» ciertas cosas, que determinados interrogantes son
demasiado peligrosos para que puedan desvelarlos los seres humanos. Hay un claro
ejemplo en nuestros días, el desarrollo del armamento nuclear, ya que si nos falta
prudencia y suerte puede constituir un claro ejemplo de los peligros apuntados. Pero en el
caso de los experimentos sobre el cerebro nuestros temores son bastante menos
intelectuales. Se trata de experimentos que hincan sus raíces en lo más profundo de
nuestro pasado evolutivo, evocan imágenes de jabalies y salteadores de caminos que
aterrorizaban a viajeros y poblaciones rurales en la antigua Grecia ante el peligro mas que
probable de mutilaciones procrústeas u otras crueldades hasta que algún héroe, fuese
Teseo o Hércules, les despachara sin mayor esfuerzo. Los mencionados temores han
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desempeñado en épocas pretéritas una función adaptativa y francamente útil. Sin embargo,
creo que en nuestros días constituyen un bagaje básicamente emocional. Como científico
que ha escrito sobre el cerebro humano, me interesó detectar mientras contemplaba la
colección reunida por Broca tal tipo de sentimientos ocultos en mi interior. Y tales temores
son indudablemente valiosos.
Toda investigación trae consigo algún elemento de riesgo. No existe garantía alguna de que
el universo llegue a ajustarse a nuestras predisposiciones. Sin embargo, no veo otra forma
de ocuparnos de el, tanto del universo inmediato como del exterior a nosotros, que
sometiéndolo a estudio. El mejor medio que tiene la humanidad para evitar todo tipo de
abuses es adquirir una educación científica que le permita comprender las derivaciones que
trae consigo todo programa de investigación. Como contrapartida a la libertad de
investigación, los científicos tienen la obligación de explicar a la opinión publica la
naturaleza de su trabajo. Si se considera a la ciencia como un sacerdocio cerrado,
demasiado difícil y arcano para ser comprendido por el hombre de la calle, los peligros de
abuso son enormes. La ciencia es un tema de interés general y nos afecta a todos sin
exclusión. Al discutir de forma regular y con competencia sus objetivos y consecuencias
sociales en escuelas, prensa y conversaciones de sobremesa habremos mejorado en gran
medida nuestras perspectivas de comprensión del mundo, así como las de su
perfeccionamiento y el nuestro. Se trata de una idea que, a veces fantaseo, muy bien creo
pudiese seguir impresa en el cerebro de Broca mientras indolentemente navega en el seno
dc un mar de formalina.
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2. ¿PODEMOS CONOCER EL UNIVERSO? REFLEXIONES SOBRE UN
GRANO DE SAL
Nada tan rico como el inagotable caudal de la
Naturaleza. Tan solo nos muestra superficies, pero
su profundidad es de un millón de brazas.
Ralph Waldo Emerson
La ciencia es mucho más una determinada manera de pensar que un cuerpo de
conocimientos. Su objetivo es descubrir como funciona el mundo, detectar las regularidades
que puedan existir, captar las vinculaciones que se dan entre las cosas —desde las
partículas elementales, que pueden ser los constituyentes últimos de toda materia, para
organismos vivos, la comunidad social de los seres humanos y, como no, el cosmos
contemplado en su globalidad. Nuestra intuición no es ni por asomo una pauta infalible.
Nuestras percepciones pueden verse falseadas por la educación previa y los prejuicios, o
simplemente a causa de las limitaciones de nuestros órganos sensoriales que, por
descontado, só1o pueden percibir directamente una pequeña fracción de los fenómenos que
se producen en el mundo. Incluso una cuestión tan directa como la de si, en ausencia de
fricción, cae mas rápidamente una libra de plomo que un gramo de lana, fue resuelta
incorrectamente por casi todo el mundo hasta llegar a Galileo, y entre los equivocados se
hallaba, cómo no, el propio Aristóteles. La ciencia se fundamenta en la experimentación, en
un ansia permanente de someter a prueba los viejos dogmas, en una apertura de espíritu
que nos permita contemplar el universo tal como realmente es. No puede negarse que en
ciertas ocasiones la ciencia exige coraje; como mínimo el imprescindible para poner en
entredicho la sabiduría convencional.
El principal rasgo definitorio de la ciencia es pensar de verdad toda cosa: el tamaño de las
nubes y las formas que adoptan, incluso en su estructura mas profunda, en cualquier parte
del cielo para una altitud dada; la formación de una gota de rocío sobre una hoja; el origen
de un nombre o una palabra; la razón de una determinada costumbre social humana, como
por ejemplo el tabú del incesto; por qué una lente sobre la que incida la luz solar puede
quemar un papel; que razón nos hace ver un bastón de paseo como una pequeña ramita;
por que parece seguirnos la Luna cuando paseamos; que nos impide perforar la Tierra con
un agujero que llegue hasta el centro del planeta; qué sentido tiene el termino «abajo» en
una Tierra esférica; de que modo el cuerpo puede convertir la comida de ayer en el músculo
y el nervio de hoy; donde están los límites del universo, ¿puede este expandirse
indefinidamente, o no?; ¿tiene algún significado la pregunta de que hay mas allá? Algunos
de estos interrogantes son singularmente fáciles de responder. Otros, especialmente el
ultimo, son misterios de los que no conocemos la solución incluso en nuestros días. Son
interrogantes naturales a resolver. Toda cultura se ha planteado, de una u otra forma, tales
cuestiones. Las respuestas propuestas casi siempre han sido de categoría «narrativa» o
«fabulada», con explicaciones divorciadas de toda tarea experimental, e incluso de toda
observación comparativa cuidadosa.
Pero la mentalidad científica examina el mundo críticamente, como si pudieran existir otros
muchos mundos alternativos, como si aquí pudiesen existir cosas que ahora no
encontramos. Y en consecuencia, nos vemos obligados a responder por que cuanto vemos
es así y no de otra forma. ¿Por que son esféricos el Sol y la Luna? ¿Por que no piramidales,
cúbicos o dodecaedricos? ¿Por que tal simetría en el mundo? ¿Por qué, incluso, no tiene
formas irregularmente caprichosas? Si alguien gasta parte de su tiempo proponiendo
hipótesis, comprobando si tienen sentido y si concuerdan con cuanto ya conocemos,
pensando en pruebas experimentales que den validez o se la nieguen a nuestras hipótesis,
este alguien esta haciendo ciencia. Y a medida que van tomando mas y más fuerza estos
hábitos de pensamiento, mas a gusto se halla el individuo con ellos. Penetrar en el corazón
de las cosas —incluso en el de las más pequeñas, en el de una brizna de hierba, corno
dijera Walt Whitman— produce un tipo de excitación y alegría que parece muy posible que,
de todos los seres que pueblan este planeta, solo puedan experimentarla los seres
humanos. Somos una especie inteligente, y un uso adecuado de nuestra inteligencia nos
produce placer. En este aspecto, el cerebro es como un musculo. Cuando pensamos bien,
nos sentimos bien. Comprender es un cierto tipo de éxtasis.
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Pero, ¿hasta que punto podemos conocer en realidad el universo que nos rodea? A veces
esta pregunta la plantean individuos que esperan obtener una respuesta de tonos
negativos, que sienten temor ante la idea de un universo del que algún día se llegue a
conocer todo. A veces encontramos científicos que confidencialmente expresan su creencia
de que todo cuanto es digno de ser conocido pronto lo será —o que incluso ya lo es—, y que
nos pintan el cuadro de una edad dionisíaca o polinésica en la que se habrá marchitado el
entusiasmo por la adquisición de nuevos descubrimientos intelectuales; lo habremos
reemplazado por cierta languidez sumisa, nos alimentaremos dc lotos y beberemos leche de
coco fermentada o algún otro suave alucinógeno. Además de calumniar a los polinesios, que
fueron intrépidos exploradores (y cuyo breve descanso en el paraíso esta lastimosamente
llegando hoy a su fin), y a los estímulos para el descubrimiento intelectual que proporcionan
ciertos alucinógenos, este punto de vista se nos muestra como obviamente erroneo.
Planteemos de momento una pregunta mucho más modesta. No nos preguntemos si
podemos conocer la naturaleza del universo, la Vía Láctea, una estrella o un mundo sino si
nos es dado conocer, en ultima instancia y de forma pormenorizada, la naturaleza de un
grano de sal. Consideremos un microgramo de sal de mesa, una partícula apenas lo
suficientemente grande como para que alguien con una vista muy aguda pueda detectarlo
sin la ayuda de un microscopio. En este grano de sal hay alrededor de 1E+16 millones de
átomos de cloro y sodio, es decir, 10.000 billones de átomos. Si deseamos conocer la
estructura de este grano de sal, necesitamos determinar como mínimo las coordenadas
tridimensionales de cada uno de sus átomos. (De hecho precisamos conocer muchas mas
cosas, como por ejemplo la naturaleza de las fuerzas con que se interaccionan los átomos,
pero para el case nos contentaremos con cálculos de gran modestia). Pues bien, ¿la cifra
indicada es mayor o menor que el numero de cosas que puede llegar a conocer el cerebro
humano?
¿Cual es el limite de informaciones que puede albergar el cerebro? En nuestro cerebro quizá
haya un total de 1E+11 neuronas, los circuitos elementales y conexiones responsables de
las actividades química y eléctrica que hacen funcionar nuestras mentes. Una neurona típica
tiene como mucho un millar de pequeñas terminaciones, las dentritas, que establecen su
conexión con las contiguas. Si, como parece ser, a cada una de tales conexiones le
corresponde el almacenamiento de un bit de información, el numero total de cosas
cognoscibles por el cerebro humano no excede de 1E+14 es decir, la cifra de los 100
billones. En otros términos, algo así como el 1 % del numero de átomos que contiene una
pequeña partícula de sal.
Desde tal punto de vista el universo se nos convierte en inabordable, asombrosamente
inmune a todo intento humano de alcanzar su completo conocimiento. Si a este nivel no nos
es dado comprender la exacta naturaleza de un grano de sal, mucho menos lo será
determinar la del universo.
Pero observemos con mayor atención nuestro microgramo de sal. La sal es un cristal que, a
excepción de eventuales defectos que puedan presentarse en su estructura reticular,
mantiene posiciones bien predeterminadas para cada uno de los átomos de sodio y de cloro
que lo integran. Si pudiésemos contraernos hasta posibilitar nuestra incursión en tal mundo
cristalino, podríamos ver, fila tras fila, una ordenada formación de átomos, una estructura
regularmente alternante de átomos de sodio y cloro, con lo que tendríamos especificada por
completo la capa de átomos sobre la que estuviésemos colocados y todas las demás
situadas por encima y por debajo de ella. Un cristal de sal absolutamente puro tendría
completamente especificada la posición de cada uno de sus átomos con unos 10 bits de información1.
Evidentemente, tal estado de cosas no abrumaría en lo mas mínimo la
capacidad de almacenar información propia del cerebro humano.
1 El cloro es un gas letal que se utilizó en los campos de batalla europeos durante la primera guerra mundial. El sodio es un
metal corrosivo que entra en combustión en contacto con el agua. La combinación de ambos origina una sustancia agradable e
inocua, la sal común. El estudio de las propiedades de ambas sustancias constituye precisamente el objetivo de la Química, y para
comprenderla se necesitan más de 10 bits de información
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Si el universo tiene un comportamiento regulado por leyes naturales con un orden de
regularidad similar al que determina la estructura de un cristal de sal común, es obvia
nuestra capacidad para abordar su conocimiento. Incluso en el supuesto de que existan
muchas de tales leyes, de considerable complejidad cada una de ellas, los seres humanos
gozan de la necesaria capacidad para comprenderlas todas. Y en el supuesto de que los
conocimientos precisos sobrepasaran la capacidad dc almacenamiento de información de
nuestros cerebros, quedaría la posibilidad de almacenar información adicional fuera de
nuestros propios cuerpos —por ejemplo, en libros o en memorias magnéticas de
computadora—, de modo que, en cierto sentido, seguiría siendo posible el conocimiento del
universo.
Los seres humanos se hallan enormemente motivados para emprender la búsqueda de
regularidades, de leyes naturales, cosa por lo demás perfectamente comprensible. La
búsqueda de leyes, el único camino posible para llegar a comprender un universo tan vasto
y complejo, recibe el nombre de ciencia. El universo obliga a quienes lo pueblan a
entenderlo. Aquellos seres que se topan en su experiencia cotidiana con un confuso
revoltillo de eventos imprevisibles y carentes de regularidad se encuentran en grave
peligro. El universo pertenece a quienes, al menos en cierta medida, lo han descifrado.
Es un hecho realmente asombroso que existan leyes de la naturaleza, reglas que sinteticen
de forma adecuada —no sólo cualitativa, sino también cuantitativamente— el
funcionamiento del mundo. Podemos imaginar un universo sin tales leyes, un universo en el
que los 1080 partículas elementales que lo integran se comportaran con absoluto e
intransigente abandono. Para comprender tal tipo de universo necesitaríamos un cerebro
con una masa casi tan grande como la suya. Parece bastante inverosímil suponer que en
dicho universo pudiese existir vida e inteligencia, pues los seres dotados de cerebro
requieren cierto grado de estabilidad y orden internos. Pero incluso si en un universo mucho
mas aleatorio que el nuestro existieran seres con inteligencia muy superior a la nuestra, es
indudable que no podrían alcanzar demasiado conocimiento ni experimentar excesiva
pasión o alegría.
Para nuestra fortuna, vivimos en un universo en el que son susceptibles de conocimiento, al
menos, algunos de sus más importantes aspectos. La experiencia acumulada por nuestro
sentido común y la historia evolutiva de la humanidad nos han preparado para comprender
algo del mecanismo cotidiano que mueve el mundo. Sin embargo, cuando nos introducimos
en otros ámbitos, el sentido común y la intuición ordinaria pueden llegar a convertirse en
muy malos consejeros. Es pasmoso el hecho de que al aproximamos mucho a la velocidad
de la luz nuestra masa crece indefinidamente, nuestro espesor llega a ser prácticamente
nulo en la dirección del movimiento y el tiempo parece detenerse para nosotros. Mucha es
la gente que cree que esto es una necedad, y no pasa semana sin que reciba una carta de
alguien que se lamente de la situación. Pero no hay vuelta de hoja. Son consecuencias
virtualmente ciertas, no sólo por la experimentación, sino también, debido al brillantísimo
análisis de Albert Einstein sobre la naturaleza del espacio y el tiempo conocido como teoría
especial de la relatividad. No viene al caso que tales efectos puedan parecernos
escasamente razonables, pues no tenemos el menor habito de viajar a velocidades
próximas a la de la luz. En el terreno de las altas velocidades, el testimonio de nuestro
sentido común resulta irrelevante.
Imaginemos ahora una molécula aislada compuesta por dos átomos cuya estructura pueda
recordarnos por su forma a la de unas pesas de halterofilia. Por ejemplo, puede muy bien
ser una molécula de sal común. Dicha molécula gira alrededor de un eje en dirección
idéntica a la línea que une ambos átomos. Pues bien, en el mundo de la mecánica cuántica,
en el reino de lo extraordinariamente pequeño, nuestro juego de pesas no puede tomar
cualquier orientación. Es perfectamente posible, para fijar un supuesto, que este orientado
horizontal o verticalmente, pero no será posible que lo este en muchas de las inclinaciones
angulares intermedias. En otras palabras, le están prohibidas ciertas inclinaciones
rotacionales. ¿Prohibidas por quien? Pues por las leyes de la Naturaleza. El universo esta
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construido de tal forma que limita, o cuantifica, las posibilidades de rotación. No tenemos
evidencia experimental de este hecho en nuestra vida cotidiana. Podemos encontrarlo tan
sorprendente como si al efectuar ejercicios de gimnasia sueca fuéramos tan torpes como
para poder colocamos brazos en cruz o extendidos hacia el cielo pero nos fuera imposible
adoptar un buen numero de posturas intermedias. Pero téngase en cuenta que nuestra vida
no se desarrolla en el ámbito de lo minúsculo, dentro de una escala del orden de 10-13
centímetros, en un mundo donde hay doce ceros entre la coma que separa las unidades y la
primera cifra significativa. Las intuiciones de nuestro sentido común no cuentan para nada.
Lo que vale es el experimento; en el caso que nos ocupa, la observación de las frecuencias
de infrarrojos en los espectros moleculares. Y estos nos muestran que la rotación molecular
debe ser cuantificada.
La idea de que el mundo plantea restricciones a las posibilidades de acción humanas es
frustradora. ¿Por que no podemos tener ciertas posiciones rotacionales intermedias? ¿Por
qué no podemos viajar mas deprisa que la luz? Sin embargo, todo cuanto podemos decir
hasta el presente es que el universo esta construido precisamente así. Tales limitaciones no
solo nos obligan a ser más humildes, sino que convierten el mundo en algo más
comprensible. Cada constricción corresponde a una ley natural, a una regularidad en el
universo. Cuanto más grande sea el número de constricciones acerca de las posibilidades
reales de la materia y la energía, mayor conocimiento del universo podremos alcanzar los
hombres. En cualquier caso, la cognoscibilidad del universo no sólo depende de cuantas
sean las leyes naturales que nos permiten enmarcar para su análisis una amplia serie de
fenómenos divergentes en apariencia, sino también de la apertura mental y capacidad
intelectual que mostremos respecto a la comprensión de tales leyes. Seguramente nuestras
formulaciones de las regularidades de la Naturaleza dependen del modo en que esta
construido nuestro cerebro, pero también, y en buena medida, de aquel en que lo esta el
universo.
Por mi parte, me gusta vivir en un universo que encierra aun mucho dc desconocido y que,
al mismo tiempo, es susceptible de llegar a ser interpretado. Un universo del que lo
conociéramos todo sería estático y deprimente, tan aburrido como el cielo que nos
prometen ciertos teólogos pobres de espíritu.
Un universo que se nos muestre incognoscible no es lugar ciertamente adecuado para un
ser que piensa. El universo ideal para nosotros es algo bastante más similar al sitio en que
vivimos Y me atrevo a conjeturar que no es simple coincidencia.
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3. ESTE MUNDO QUE NOS LLAMA COMO UNA LIBERACIÓN
Para castigarme por mi desprecio a la autoridad, el
destino me convierte en tal.
EINSTEIN
Albert Einstein nació en Ulm, Alemania, en 1879, hace ahora justamente un siglo. Pertenece
al pequeño grupo de individuos de todas las épocas que remodelan el mundo gracias a un
don muy especial, el talento precise para contemplar viejos hechos según nuevos enfoques,
para plantear profundos desafíos a la sabiduría convencional. Durante décadas y décadas
ha sido una figura honrada y mitificada, el único científico cuyo nombre se le acudía de
inmediato al ciudadano medio. Einstein fue un hombre admirado y reverenciado a lo largo y
ancho del mundo, en parte por sus contribuciones científicas, vagamente comprendidas por
los profanos en la materia, en parte a causa de sus valientes tomas de postura en
cuestiones sociales, y en parte a causa de su afable personalidad. Para los hijos de
inmigrantes con inclinaciones científicas, o para quienes, como en mi caso, vivieron su
infancia en los años de la Depresión, el respeto otorgado a Einstein les hizo ver que existían
personas como los científicos, que una carrera científica no era un sueño totalmente
inalcanzable. Una de sus principales aportaciones, aunque involuntaria, fue la de
constituirse como paradigma de científico. Sin Einstein, muchos de los jóvenes que se
convirtieron en científicos en los años subsiguientes a la década de los 20 jamás hubieran
oído hablar de la existencia de la empresa científica. El substrato lógico de la teoría especial
de la relatividad einsteiniana pudo haberse desarrollado un siglo antes, pero aunque otros
avanzaran una serie de intuiciones premonitorias, la relatividad debía esperar a Einstein
para madurar definitivamente. Los fundamentos físicos de la teoría especial de la relatividad
son muy simples, y muchos de sus resultados esenciales pueden ser derivados del álgebra
secundaria y de la reflexión sobre el movimiento de un bote que remonte una corriente
fluvial o avance a su favor. La vida de Einstein fue rica en genialidad e ironía. Sintió gran
pasión por todos los problemas cruciales de su tiempo, efectuó interesantes incursiones en
los ámbitos de la educación y de las relaciones entre ciencia y política, y fue un vivo
ejemplo de que, después de todo, el trabajo de ciertos individuos puede llegar a cambiar el
mundo.
Siendo niño ofreció escasísimos indicios de cuanto llegaría a ser mas tarde. El mismo
rememorara años después: «mis padres estaban preocupados porque no comencé a hablar
hasta época comparativamente tardía, y llegaron a consultar el problema con un médico...
por aquel entonces... seguro que no tenia menos de tres años». Fue un estudiante
mediocre en sus años escolares, y recordaba a sus maestros bajo la figura de sargentos
instructores. Durante los anos juveniles de Einstein, las pautas de la educación europea
eran un altisonante nacionalismo y una marcada rigidez intelectual. El joven Einstein se
rebelaba contra los obtusos y mecanizados métodos educativos de la época. «Prefería
sobrellevar todo tipo de castigos antes que aprender de memoria cosas que no
comprendía.» Einstein detestó toda su vida a los partidarios de una disciplina rígida, tanto
en los terrenos de la educación como en los de la ciencia y la política.
A los cinco años se sintió turbado por el misterio del círculo. Posteriormente escribirá: «A
los 12 años experimenté una segunda perplejidad, de naturaleza completamente distinta, al
leer un pequeño texto de geometría euclidea plana... Había allí asertos, como por ejemplo
el referente a la intersección en un punto de las tres alturas de un triangulo, que a pesar de
no ser ni con mucho evidentes, podían ser probados con tal grado de certidumbre que
quedaba fuera de lugar toda duda sobre ellos. Esta lucidez y certidumbre me causaron una
impresión indescriptible». Los programas escolares al uso sólo conseguían provocar
tediosas interrupciones a las meditaciones de este tipo. Einstein escribiría las siguientes
palabras sobre su autoeducacion: «Entre los 12 y 16 años me familiaricé con los rudimentos
de la matemática al tiempo que con los principios básicos de los cálculos diferencial e
integral. Tuve la inmensa fortuna de topar con libros no especialmente notables en cuanto a
su rigor 1ógico, deficiencia que compensaban sobradamente al presentar los aspectos
fundamentales del tema clara y sinópticamente... También tuve la suerte de empezar a
conocer los resultados y métodos esenciales de las ciencias de la naturaleza en excelentes
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exposiciones popularizadoras que recogían casi exclusivamente los aspectos cualitativos...
un trabajo que leí con atención expectante». Los modernos divulgadores científicos pueden
sentirse reconfortados por estas palabras de Einstein.
Ninguno de sus profesores parece haberse percatado de su talento. En el Gymnasium de
Munich, el centro de enseñanza secundaria más destacado de la ciudad, un profesor le dijo
en cierta ocasión, «Einstein, usted nunca llegará a ninguna parte». A los quince años las
sugerencias de este tipo se hicieron tan fuertes y directas que decidió abandonar el
instituto. Su profesor le indicaba que «tan solo con su presencia dañaba el respeto que toda
la clase le debía a su persona». Aceptó con gusto tales observaciones, abandonó el instituto
y durante varios meses viajó sin meta ni fin concreto por el norte de Italia. Toda su vida
mostró clara preferencia por los modales y la vestimenta sin ceremonias ni formalidades.
De haber transcurrido su adolescencia en la década de los 60 o los 70 de nuestro siglo, en
vez de la década de 1890, la gente convencional le habría calificado de hippie casi sin lugar
a dudas.
Su curiosidad por la física y su admiración ante el universo le permitieron superar muy
pronto su aversión hacia los métodos educativos imperantes, y a no tardar solicitaría su
ingreso, sin diploma que certificara sus estudios secundarios, en el Instituto Federal de
Tecnología de Zurich. Suspendió el examen dc aptitud, se matriculó en un instituto suizo de
enseñanza media por su propia cuenta y riesgo para subsanar sus lagunas, y al año
siguiente fue admitido por fin en el Instituto Federal dc Tecnología. No obstante, seguía
siendo un estudiante mediocre. No le satisfacía el estudio de las materias obligatoriamente
prescritas, esquivaba la biblioteca del centro e intentaba hasta donde le era posible trabajar
sobre sus verdaderos intereses. Mas tarde escribiría: «Desde luego, el principal
impedimento para seguir en tal línea era que debía atiborrar mi cabeza con todos estos
tinglados y empollármelos para pasar los exámenes, me gustara o no.»
Consiguió su graduación só1o gracias a la ayuda que le prestara su intimo amigo Marcel
Grossmann, quien asistía asiduamente a clase y compartía sus apuntes con Einstein. Con
ocasión de la muerte de Grossmann, acaecida muchos años después, Einstein escribiría:
«Recuerdo nuestros días de estudiantes. El era un estudiante irreprochable, yo un
desordenado y un soñador. Él, en excelentes relaciones con los profesores y
comprendiéndolo todo; yo, un paria, descontento y escasamente apreciado... Al finalizar
nuestros estudios, me vi abandonado de repente por todo el mundo, desconcertado y
perplejo ante el umbral de la vida». La graduación la obtuvo gracias a un esfuerzo final para
sumergirse en los apuntes de Grossmann. Pero estudiando en la preparación de los
exámenes finales, recordara «que mi animo llegó a sentirse bloqueado hasta tal punto...
que durante un año entero hallé completamente enojoso el análisis y consideración de
cualquier problema científico... Es casi milagroso que los métodos modernos de instrucción
no hayan conseguido ahogar por completo la santa curiosidad de la investigación, pues la
principal necesidad de tan delicada planta, aparte el estimulo inicial, es la libertad. Sin esta,
corre seguro peligro de muerte... y creo que incluso puede despojarse de su voracidad a un
animal de presa sano si se le obliga a comer a golpes de látigo, con hambre o sin ella...».
Sus observaciones deben templar el espíritu de toda persona involucrada en la educación
científica. Me pregunto cuantos Einstein potenciales habrán llegado a sentirse
irremediablemente descorazonados a causa de exámenes competitivos y del hastío
generado por acumular meritos en su currículum a la fuerza.
Después de haberse ganado el sustento con diversos trabajos ocasionales, Einstein aceptó
una oferta para trabajar como inspector de solicitudes en la Oficina Suiza de Patentes sita
en Berna, oportunidad que obtuvo gracias a la mediación del padre de Marcel Grossmann.
Por estas fechas renunciaría a la nacionalidad alemana para convertirse en ciudadano suizo.
Tres años después, en 1903, se casaba con su prometida. No sabemos casi nada acerca de
las patentes aprobadas y rechazadas por Einstein, y seria de gran interés determinar si
alguna de las que pasaron por sus manos llegó a tener cierta influencia estimulante en sus
meditaciones sobre la física.
Banesh Hoffman, uno de sus biógrafos, escribe que en la oficina de patentes Einstein
«aprendió pronto a deshacerse de sus tareas con rapidez y eficiencia. Eso le permitiría
arrebatar preciosos minutos para sus propios cálculos clandestinos, que escondía con
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rapidez y sentido de culpabilidad en el interior de su pupitre de trabajo al menor ruido de
pasos que se aproximasen». Tales fueron las circunstancias en que se gestaría el
nacimiento de la gran teoría de la relatividad. Posteriormente Einstein recordaría con
nostalgia la oficina de patentes, «este claustro secular en el que se incubaron mis mas
bellas ideas».
En mas de una ocasión Einstein sugeriría a sus colegas que el empleo de farero era una de
las situaciones más francamente apetecibles para un científico, pues se trataba de un
trabajo relativamente sencillo y capaz de proporcionar la tranquilidad y contemplación
necesarias a todo espíritu para abordar la investigación científica. Como señalara su
colaborador Leopold Intfield, «para Einstein, la soledad, la vida en un faro, hubiera sido
estimulante en grado sumo. Le hubiera liberado de buena parte de las obligaciones que
odiaba. De hecho, hubiera sido para el la forma de vida ideal. Pero casi todos los científicos
piensan justamente lo contrario. La maldición de mi vida ha sido verme apartado por largo
tiempo de toda atmósfera científica, de no tener a nadie con quien hablar de física».
Einstein también sostenía que era deshonesto ganar dinero enseñando física. Argumentaba
que era muchísimo mejor para un físico ganarse el sustento con algún otro trabajo sencillo
y honesto, y que la física debía cultivarla en sus ratos libres. Cuando años más tarde
Einstein hiciera una observación similar en América, señaló que le hubiese encantado
trabajar de fontanero, lo que le valió una inmediata nominación como miembro honorario
del sindicato del ramo.
En 1905 Einstein publicó cuatro artículos de investigación, producto de sus ratos libres en la
oficina de patentes, en la publicación especializada mas prestigiosa de la época, los
Annatender Physik.
En el primero de ellos demostraba que la luz tiene al mismo tiempo propiedadescorpusculares y propiedades ondulatorias, exponiendo por vez primera el desconcertante
efecto fotoeléctrico, de acuerdo con el cual los sólidos estimulados por una radiación
lumínica emiten electrones. En el segundo exploraba la naturaleza de las moléculas a través
del estadístico «movimiento browniano» que presentan las pequeñas partículas en
suspensión. En los dos restantes introducía la teoría especial de la relatividad, explicitando
por primera vez la famosa ecuación E = mc2, tan ampliamente citada como escasamente
comprendida.
La ecuación expresa la convertibilidad de la materia en energía, y viceversa. Amplia la ley
de la conservación de la energía a una ley que nos habla de la conservación de la energía y
la masa, por la que se afirma que energía y masa no pueden ser creadas ni destruidas, si
bien una determinada forma de energía puede convertirse en materia y a la inversa. En
circunstancias ideales, la cantidad de energía que puede obtenerse de una masa m es mc2,
donde c es la velocidad de la luz (la velocidad de la luz siempre se representa por c, jamás
por C, y su valor es de 300.000 kilómetros por segundo). Si medimos m en gramos y c en
centímetros por segundo, E nos vendrá dada en una unidad de energía denominada ergio.
La total conversión de un gramo de masa en energía produce 1 X (3E+10)^2 = 9E+20
ergios, cantidad equivalente a la que desprende la explosión súbita de unas mil toneladas
de TNT. Por consiguiente, si hallamos la forma de extraerlos, los recursos energéticos que
albergan pequeñísimas cantidades de materia son enormes. Las armas nucleares y las
centrales nucleares son otros tantos ejemplos de los vacilantes y éticamente ambiguos
esfuerzos encaminados a obtener la energía que encierra la ma teria, según nos descubriera
Einstein. Un arma termonuclear, por ejemplo una bomba de hidrogeno, es un ingenio de
poder terrorífico, aunque dada una masa m de hidrogeno tan solo consigue obtener menos
del 1% del poder energético me 2 que encierra.
Los cuatro artículos que publicara Einstein en 1905 hubieran sido una producción
impresionante como fruto de toda una vida dedicada a la investigación para cualquier físico.
Si se contemplan como lo que en realidad fueron, el resultado de los ratos libres de un año
de trabajo de un empleado de veintiséis años de una oficina de patentes suiza, es algo mas
que asombroso. Son muchos los historiadores de la ciencia que han calificado 1905 como
annus mirabilis, ano milagroso. Dentro de la historia de la física, y con inquietantes
parecidos, sólo ha existido otro ano adjetivable de tal, 1666, cuando Isaac Newton, con
veinticuatro anos, aislado en una zona rural a causa de una epidemia de peste bub6nica,
esboz6 una explicación para la naturaleza espectral de la luz del sol. Inventó los cálculos
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diferencial e integral y postulo la teoría de la gravitaci6n universal. Junto con la teoría
general de la relatividad, formulada por vez primera en 1915, los artículos de 1905
representan el principal logro de la vida científica de Einstein.
Antes de Einstein los físicos sostenían la generalizada creencia de que existían marcos de
referencia privilegiados, cosas tales como un espacio y un tiempo absolutos. El punto de
partida de las meditaciones de Einstein fue que desde cualquier marco de referencia —
cualquier observador, fuera cual fuese su ubicación, velocidad o aceleración— las leyes
fundamentales de la naturaleza debían contemplarse de idéntica manera. Parece ser que su
idea sobre los sistemas de referencia en física se vio influenciada por sus actitudes sociales
y políticas y por su resistencia ante el estridente patrioterismo que impregnara la Alemania
del siglo xix. En este sentido, la idea de la relatividad se ha convertido en un lugar común
antropológico, y los científicos sociales han hecho suya la idea de un relativismo cultural.
Existen diversos contextos sociales distintos y diferentes interpretaciones del mundo y de
los preceptos éticos y religiosos. Por lo demás, las diferentes sociedades humanas son
prácticamente comparables en cuanto a su validez.
En un principio no se produjo, ni mucho menos, una aceptación generalizada de la
relatividad especial. A modo de nuevo intento de integrarse en la vida académica, Einstein
presento su recién publicado articulo sobre la relatividad a la Universidad de Berna como
ejemplo de su trabajo. Evidentemente, él lo consideraba como un buen trabajo de
investigación. Sin embargo, le fue rechazado tildándolo de incomprensible y hubo de seguir
en la oficina de patentes hasta 1909. A pesar de todo, la publicación del trabajo no pasó
desapercibida para todo el mundo y poco a poco algunas dc las figuras señeras de la física
europea de la época empezaron a sospechar que Einstein podía muy bien ser uno de los
más grandes científicos de todas las épocas. Pero aun y así, su trabajo sobre la relatividad
generó vivas polémicas. En una carta de recomendación para que Einstein fuera contratado
en la Universidad de Berlín, un eminente científico alemán sugería que la relatividad era un
excurso hipotético, una aberración momentánea, y que a pesar de todo, Einstein era
realmente un pensador de primer orden. (El premio Nóbel, de cuya concesión tuvo noticia
durante una visita a Oriente en 1921, se le otorgaba por su trabajo sobre el efecto
fotoeléctrico y «otras contribuciones» a la física teórica. La relatividad seguía siendo
considerada un tema demasiado polémico como para mencionarlo explícitamente.)
Las opiniones políticas y religiosas de Einstein estaban explícitamente relacionadas con su
trabajo científico. Sus padres eran de origen judío, aunque no practicantes del ritual
religioso. No obstante, Einstein se inclinó hacia una religiosidad convencional «por influjo de
la maquinaria educativa tradicional, el Estado y la escuela». Pero a los doce años tal
situación cambió bruscamente: «A través de la lectura de libros de divulgación científica
llegue pronto a la convicción de que muchas de las historias bíblicas no pueden ser
verdaderas. Como consecuencia abracé con todas mis fuerzas la libertad de pensamiento y
empecé a considerar que a la juventud la estaba estafando intencionadamente el Estado
mediante la propagación de mentiras; fue una impresión abrumadora. De esta experiencia
nació una firme sospecha ante todo tipo de autoridad, una actitud escéptica ante las
convicciones vigentes en todo contexto social específico —actitud que nunca abandone, aun
cuando con el paso del tiempo, una vez fui comprendiendo mas a fondo las conexiones
causales, perdi6 parte de su virulencia inicial»
Poco antes de estallar la Primera Guerra Mundial, Einstein aceptó una plaza de profesor en
el reputado Institute Kaiser Wilhelm de Berlín. Su deseo de trabajar en el centre de física
teórica de mas prestigio en su época fue momentáneamente más fuerte que su antipatía
hacia el militarismo alemán. El estallido de la conflagración mundial cogió a la esposa y a
los dos hijos de Einstein en Suiza, impidiéndoles regresar a Alemania. Pocos años después
esta separación forzosa desembocaría en divorcio, aunque cuando Einstein recibió el premio
Nobel en 1921, a pesar de haberse casado ya otra vez, entregó la suma total del mismo,
30.000 dólares, a su primera esposa y sus hijos. Con el tiempo su hijo mayor se convertiría
en una prominente figura de la ingeniería civil, ocupando una cátedra en la Universidad de
California, pero el segundo, que idolatraba a su padre, le acusaría años después, para
angustia dc Einstein, de haberle ignorado durante su juventud.
22
Einstein, que se declaraba socialista, acabó convenciéndose dc que la Primera Guerra
Mundial estalló fundamentalmente a causa de las intrigas e incompetencia de «las clases
dirigentes» del momento, conclusión que por otro lado sustentan buena parte de los
historiadores contemporáneos. Einstein se tornó pacifista. Mientras otros científicos
alemanes apoyaron con entusiasmo las empresas militares de su país, Einstein condenaba
abierta y públicamente la guerra como «delirio epidémico»». Sólo le salvó del
encarcelamiento su ciudadanía suiza, suerte que no pudo compartir su amigo el filosofo
ingles Bertrand Russell, condenado a prisión en estos mismos anos por defender también
una postura pacifista. Los puntos de vista de Einstein sobre la guerra no contribuyeron
precisamente a aumentar su popularidad en Alemania.
No obstante, y de forma indirecta, la guerra contribuyó a popularizar entre el gran publico
el nombre de Einstein. En su ironía general de la relatividad, Einstein avanzaba una idea
aun asombrosa por su simplicidad, belleza y fuerza, a saber, que la atracción gravitacional
entre dos masas genera la distorsión o combamiento del espacio euclídeo inmediatamente
circundante. La teoría cuantitativa nos confirma, con el grado de precisión que cabe esperar
de los experimentos, la ley de Newton sobre la gravitaci6n universal. Pero al fijarnos en la
próxima cifra decimal, por decirlo así, la teoría general de la relatividad predice la existencia
de diferencias significativas con respecto al esquema postulado por Newton. Se trata de una
situación clásica dentro de la historia de la ciencia, de acuerdo con la cual aparecen nuevas
teorías que confirman la validez de los resultados derivados de sus antecesores pero
avanzan una serie dc nuevas predicciones que permiten establecer distinciones
determinantes entre ambas perspectivas.
Las tres piedras de toque propuestas por Einstein para verificar la validez de la relatividad
general fueron las anomalías detectadas en el movimiento orbital de Mercurio, el
corrimiento hacia el rojo de la representación espectral de la luz emitida por una estrella de
gran masa y la deflección o curvamiento de la luz estelar al alcanzar sus rayos las
proximidades del Sol. En 1919, antes dc que fuera firmado el armisticio, se organizaron
expediciones científicas británicas a Brasil y a la isla del Príncipe, frente a las costas de
África occidental, para observar si durante un eclipse de sol las radiaciones lumínicas
estelares se curvaban de acuerdo con las predicciones de la relatividad general. Y así era.
Quedaban con ello reivindicadas las tesis de Einstein por vía experimental. El simbolismo de
una expedición británica intentando verificar las hipótesis de un científico alemán, mientras
ambos países estaban aun técnicamente en guerra, apelaba a los más loables sentimientos
del genero humano.
Sin embargo, al terminar la guerra comienza a desencadenarse en Alemania una activa
campana publica contra Einstein, financiada por intereses muy concretos. Tanto en Berlín
como en otras ciudades se organizan grandes mitines con un claro trasfondo antisemítico
para denunciar la teoría de la relatividad. La sorpresa se apoderó de los colegas de Einstein,
pero la mayor parte de ellos, excesivamente medrosos para intervenir en política, nada
hicieron para contrarrestar el ataque. Cuando el nazismo inicia su irresistible ascensión en
la década de los 20 y comienzos de los 30, Einstein, contra su inclinación natural a una vida
de tranquila contemplación, se encuentra a menudo arengando con valentía contra los
peligros inminentes derivados de la situación. Testifica ante tribunales alemanes en favor de
académicos juzgados por sus opiniones políticas contrarias al nazismo. Hace un
llamamiento en favor de la amnistía para los presos políticos alemanes y de otras partes del
globo (incluidos Sacco y Vanzetti y los llamados «muchachos de Scottsboro» en Estados
Unidos). Cuando Hitler alcanza la cancillería en 1933. Einstein y su segunda esposa
abandonan Alemania.
Los nazis queman en hogueras publicas los trabajos científicos de Einstein junto con otros
libros escritos por autores antifascistas. La talla científica de Einstein es atacada por todo lo
alto en su pais de origen. El líder de la campana difamatoria es el físico Philipp Lenard,
galardonado asimismo con el premio Nobel, quien denuncia lo que el llamara «chapuceras
teorías matemáticas de Einstein» y el «espíritu asiático en la ciencia». Lenard declaraba:
«Nuestro Führer ha eliminado este mismo espíritu de la política y la economía nacionales,
en las que es conocido como marxismo. No obstante, en el terreno de la« ciencias
naturales, sigue mostrándose influyente a través de un indebido reconocimiento de la obra
de Einstein. Debe dejarse bien sentado que para todo intelectual alemán es indecoroso
23
seguir las ideas de un judío. La ciencia natural propiamente dicha es de exclusive origen
ario... Heil Hitler!»
Fueron muchos los profesores y académicos nazis que sumaron su voz a las admoniciones
contra la física «judía» y «bolchevique» de Einstein. Ironías del destino, en este mismo
momento histórico prominentes intelectuales estalinistas denunciaban en la Unión Soviética
la relatividad einsteniana como «física burguesa». Por descontado, en tales deliberaciones
jamás se tomó en consideración hasta que punto la substancia de la teoría atacada era o no
correcta.
La autoidentificación de Einstein como judío, a pesar de su profundo distanciamiento de las
religiones tradicionales, fue completamente generada por el intenso antisemitismo que se
vivía en la Alemania de los 20. He aquí la razón de que se convirtiera en sionista. Pero si
hemos de hacer caso a uno de sus biógrafos, Philipp Frank, no todos los grupos sionistas le
abrieron los brazos por considerar intolerables sus demandas de entendimiento con los
árabes y el esfuerzo necesario para comprender sus formas de vida y pensamiento. Su
adhesión a un claro relativismo cultural resulta mucho mas impresionante si se tienen en
cuenta las dificultades emocionales involucradas en este caso. A pesar de todo, siguió
prestando su apoyo al sionismo, particularmente cuando se hizo publica la desesperada
situación en que vivían los judíos europeos a finales de la década de los 30. (En 1948 se le
ofreció a Einstein la presidencia de Israel, que declinaría cortésmente. Resulta interesante
especular acerca de las hipotéticas diferencias que hubieran podido producirse en la política
del Próximo Oriente de aceptar Albert Einstein la presidencia del estado de Israel.)
Tras abandonar Alemania, Einstein tuvo noticia de que los nazis habían puesto un precio de
20.000 marcos a su cabeza. («Ignoro si era un precio demasiado alto».) Acepto una oferta
para incorporarse al recién fundado Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, Nueva
Jersey, y allí residiría el resto de sus días. Cuando se le pidió qué salario deseaba percibir,
sugirió 3.000 dólares anuales. Ante la cara de perplejidad del representante del Instituto,
dedujo que se había excedido y rebajó su demanda. El salario que se le asignó fue de
16.000 dólares anuales, una suma realmente respetable en los años 30.
Tan grande era el prestigio de Einstein que fue completamente natural que otros físicos
europeos emigrados a Estados Unidos le pidieran en 1939 que escribiera una carta al
presidente Franklin D. Roosevelt en la que se propusiera la construcción de una bomba
atómica para contrarrestar el esfuerzo alemán para hacerse con armas nucleares. Aunque
Einstein no había trabajado en física nuclear y posteriormente no desempeñaría el menor
papel en el Proyecto Manhattan, escribió la carta inicial que llevaría a la aprobación del
mismo. No obstante, parece más que probable que los Estados Unidos se hubiesen
decidido a la construcción de la bomba atómica con o sin el apremio epistolar de Einstein.
Por lo demás, el descubrimiento de la radiactividad por Antoine Becquerel y la investigación
del núcleo atómico por parte de Ernest Rutherford —una y otro llevados a cabo
con absoluta independencia respecto a los trabajos de Einstein— hubieran desembocado
con toda probabilidad en el desarrollo y fabricación de armas nucleares. El temor de
Einstein ante la Alemania nazi había contribuido en gran medida a modificar, aunque no sin
pesar, sus puntos de vista pacifistas. Pero cuando comenzó a traslucirse que los nazis no
habían conseguido desarrollar la tecnología de las armas nucleares, Einstein se sintió
embargado por los remordimientos: «Ahora que sé que los alemanes no están en
condiciones de construir una bomba atómica, quisiera no haber tenido nada que ver con
ella».
En 1945 Einstein instó a los Estados Unidos a que rompiera sus relaciones con la España
de Franco, quien durante la Segunda Guerra Mundial había dado soporte a las fuerzas nazis.
John Rankin, congresista conservador por Mississippi, atacó a Einstein en un discurso
pronunciado ante la Cámara de Representantes, señalando que «este agitador nacido
allende nuestras fronteras quisiera sumergirnos en otra guerra para facilitar la
expansión del comunismo a través del mundo... Ya es hora de que el pueblo americano
empiece a darse cuenta de quién es el tal Einstein».
Einstein fue un acérrimo defensor de las libertades civiles en los Estados Unidos durante las
épocas más sombrías del macarthismo, a finales de los 40 y principios de los 50. Mientras
observaba la subida de la marea de la histeria, empezó a albergar el poco tranquilizador
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sentimiento de que ya había vivido algo similar en su Alemania natal durante la década de
los 30. Solicitó a los acusados que se negaran a testificar ante el Comité de Actividades
Antinorteamericanas, señalando que todo individuo debía estar «dispuesto a asumir su ruina
económica o penas de cárcel... a sacrificar su bienestar personal en beneficio de... su país».
Sostuvo que existía «la obligación de negarse a cooperar en toda acción que violase los
derechos constitucionales del individuo. Y ello vale de forma muy especial para todo
interrogatorio relacionado con la vida privada y las filiaciones políticas de cualquier
ciudadano...». Einstein fue amplia y duramente atacado por la prensa estadounidense a
causa de su postura. El propio senador Joseph McCarthy señalaba en 1953 que alguien que
hacía tales advertencias era «un indudable enemigo de América». En los últimos años de la
vida de Einstein, era postura usual en determinados círculos reconocer su genio científico al
tiempo que se mostraba un abierto disgusto por sus opiniones políticas, tildadas
frecuentemente de «ingenuas». Pero los tiempos han cambiado, y creo que es mucho más
razonable argumentar desde una perspectiva completamente diferente sobre este punto. En
el campo de la física, donde las ideas pueden medirse cuantitativamente y verificarse con
enorme precisión, las intuiciones einstenianas se han mostrado irrefutables. Por lo demás,
resulta asombroso que tuviera tal claridad de visión en el mar de confusiones donde otros
habían naufragado. Así pues, ¿no será mucho más razonable considerar que en el mucho
más sombrío terreno de la política sus opiniones gozan de una validez fundamental?
Durante los años pasados en Princeton, lo mismo que a lo largo de toda su vida, la pasión
motriz de Einstein fue la elucubración intelectual. Trabajó amplia y profundamente en la
elaboración de una teoría del campo unificado susceptible de abrazar en un marco común las
fuerzas gravitatorias, eléctricas y magnéticas, aunque es opinión generalizada que sus
esfuerzos no se vieron coronados por el éxito. Su vida se prolongó lo suficiente como para
ver su teoría general de Id relatividad convertida en herramienta fundamental para la
interpretación de la macroestructura y evolución del universo, y le hubiese embargado el gozo
contemplar personalmente la fructífera aplicación de la relatividad general a la astrofísica de
nuestros días. Jamás llegó a comprender el trato reverencial que se le dis pensaba, llegando
incluso a lamentar que sus colegas y graduados de Princeton no le abordaran
inopinadamente por miedo a molestarle.
En contrapartida, escribiría: «Mi apasionado interés por la justicia y la responsabilidad ha
estado siempre en curioso contraste con un escaso deseo de asociarme de forma directa
con otros hombres y mujeres. No soy un caballo de reata, no sirvo para el trabajo a dos o
en equipo. Jamás he llegado a integrarme plenamente y con todas sus consecuencias en
ningún país o estado, en mi circulo de amistades o incluso en el seno de mi propia familia.
Los vínculos han venido siempre de un vago retraimiento, y con los años va creciendo este
permanente deseo de encerrarme en mi mismo. A veces este aislamiento resulta amargo,
pero no lamento verme privado de la comprensión y la simpatía de otros hombres. Algo
pierdo con ello, que duda cabe, pero me siento compensado por haberme visto libre de
costumbres, opiniones y prejuicios de otros y no haber buscado la paz de mi espíritu en tan
mudables fundamentos».
Durante toda su vida tuvo como principales distracciones la navegación y tocar el violín. En
ciertos aspectos, Einstein puede considerarse dentro de su época como una especie de
hippie militante. La longitud de su blanca mata de pelo era notable, y prefería ir con sueters
y cazadoras de piel que trajeado, incluso en ocasiones de compromiso. Hombre sencillo, sin
la menor pretensión ni afectación, señalaba que «a todos les hablo igual, ya sea el basurero
o el Presidente de la Universidad». Era persona asequible, y en no pocas ocasiones se
prestó gustosamente a ayudar a estudiantes secundarios en la resolución de problemas
geométricos —por cierto, no siempre con éxito. Dentro de la mejor tradición científica, se
mostró receptivo frente a las ideas innovadoras, aunque siempre les exigiera una rigurosa
verificación. Tampoco rechazó de plano, a pesar de haberse mostrado escéptico, las tesis
del catastrofismo planetario en la historia reciente de nuestro planeta y los experimentos
encaminados a sostener la existencia de la percepción extrasensorial; en este ultimo caso,
sus reservas arrancaban del supuesto que sostiene que las habilidades telepáticas no se
ven disminuidas al aumentar la distancia entre emisor y receptor.
En materia de religión, el pensamiento de Einstein era bastante mas elaborado que lo usual
y de ahí que fuera interpretado err6neamente en multitud de ocasiones. Con ocasión de la
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primera visita de Einstein a los Estados Unidos, el cardenal de Boston por aquel entonces,
O'Connell, proclamaba que la teoría de la relatividad «encubría la espectral aparición del
ateismo». Tales declaraciones alarmaron a un rabino de Nueva York, quien mando de
inmediato a Einstein un telegrama con cl siguiente texto: «¿Cree usted en Dios?». La
respuesta de Einstein, inmediata y por idéntica vía, fue la siguiente: «Creo en el Dios de
Spinoza, que se nos revela en la armonía que rige a todos los seres del mundo, no en el
Dios que se implica en los destinos y acciones de los hombres», planteamiento de la
cuestión religiosa bastante sutil y que en la actualidad comparte un buen numero de
teólogos. Las creencias religiosas de Einstein eran auténticamente senidas. Durante las
décadas de los 20 y los 30 manifestó serias dudas acerca de uno de los postulados básicos
de la mecánica cuántica, el que sostiene que a LOS niveles mas fundamentales de la materia
las partículas tienen un comportamiento impredecible, formulación conocida como principio
de incertidumbre de Heisenberg. Para Einstein, «Dios no juega a los dados con el cosmos».
Asimismo, en otra ocasión afirmaba, «Dios es sutil, pero no malicioso». De hecho, era tal la
afición de Einstein a este tipo de aforismos, que en cierta ocasión el físico danés Niels Bohr
le respondió algo exasperado, «basta de decir que hace y que no hace Dios». No obstante,
no son pocos los físicos que creen que si alguien ha llegado a penetrar las intenciones de
Dios, este ha sido Einstein.
Uno de los fundamentos de la teoría de la relatividad especia es la imposibilidad de que
ningún objeto material pueda llegar a trasladarse a la velocidad de la luz. Tal barrera
lumínica ha incomodado seriamente a quienes no admiten limite alguno para las
posibilidades de acción de la especie humana. No obstante, el limite de la velocidad de la
luz, nos permite comprender de un modo simple y elegante un buen numero de cosas de
nuestro universo que antes de su aparición eran misterios. Allí donde arrancó, Einstein
también sembró. Varias de las consecuencias de la relatividad especial parecen enfrentarse
de plano con nuestra intuición, se muestran incompatibles con nuestra experiencia
cotidiana, y a pesar de ello aparecen de forma detectable cuando viajamos a una velocidad
muy próxima a la de la luz —por lo demás, velocidad a la que poca es la experiencia que
puede aportar el sentido común (cf. capítulo 2). Una de tales consecuencias es que. si
viajamos a una velocidad suficientemente próxima a la de la luz, el tiempo transcurre cada
vez mas lentamente, y esta contracci6n temporal la registran tanto los relojes de pulsera y
atómicos como nuestros propios relojes biol6gicos. En consecuencia, un vehículo espacial
que viajase a una velocidad muy próxima a la de la luz cubriría la distancia entre dos
puntos cualesquiera, fuera esta la que fuese, en un periodo de tiempo muy breve si lo
medimos a bordo de la nave, pero que no seria tal de medirlo sobre los puntos de partida y
destino. Algun día podremos viajar hasta el centro de la Vía Láctea y volver en unas pocas
décadas según los relojes de a bordo, pero mientras, en la Tierra, los años transcurridos
serán alrededor de 6.000. Pocos serán los amigos que contemplaron vuestra partida que os
rodeen para celebrar el retorno. Un vago reconocimiento de este fenómeno de dilatación
temporal queda recogido en la película Encuentros en la tercera fase, aunque también se
incorpore en ella la gratuita opinión de que Einstein quizá fuese un extraterrestre. Que duda
cabe, sus percepciones fueron auténticamente asombrosas, pero fue un individuo muy
humano, y su vida se alza como ejemplo de hasta donde pueden llegar los seres humanos
que gocen de suficiente talento y coraje para abordar una empresa.
La ultima actuación publica de Einstein fue unirse a Bertrand Russell y a otros muchos
científicos y pensadores en un fallido intento de proclamar un manifiesto en favor de la
abolición de las armas nucleares. Einstein argumentaba que el armamento nuclear lo había
cambiado todo excepto nuestra forma de pensar. En un mundo parcelado en estados
hostiles, Einstein consideraba la energía nuclear como la mayor amenaza para la
supervivencia de la raza humana. Decía al respect o, «debemos elegir entre la prohibición
total de las armas nucleares o una aniquilación general... El nacionalismo es una
enfermedad infantil, el sarampión de la humanidad... Nuestros libros de texto glorifican la
guerra y encubren sus horrores. Inoculan el odio en las venas de nuestros muchachos. Yo
quiero enseñar la paz, no la guerra. Quiero inculcar amor, no odio».
Cuando contaba sesenta y siete años, nueve antes de su muerte en 1955, Einstein resumía
así una vida de investigación: «Mas allá está un mundo inmenso, que existe al margen de
nosotros, los seres humanos, y que se nos muestra como un grandioso y eterno enigma,
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aunque parcialmente accesible nuestro análisis y especulación. La contemplación de este
mundo nos llama como una liberación... El camino hasta este paraíso no es tan confortable
ni tentador como el que conduce al edén religioso, aunque se nos ha mostrado seguro y
digno de confianza. Por mi parte, no lamento en absoluto haberlo escogido».
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4. ELOGIO DE LA CIENCIA Y LA TECNOLOGÍA
El cultivo de la mente es un alimento para el
alma humana.
MARCO TULIO CICERON
De finibus bonorum et malorum (4544 a. C.)
Para unos, la ciencia es una sublime diosa, para
otros, una vaca que suministra excelente
mantequilla.
FRIEDRICH VON SCHILLER, Xenien (1796)
A mediados del siglo XIX, el científico británico Michael Faraday, hombre en buena medida
autodidacta, era visitado por su monarca, la reina Victoria. Entre los múltiples
descubrimientos de Faraday, algunos de obvia e inmediata aplicación práctica, se hallaban
extraños artilugios eléctricos y magnéticos, por aquel entonces, poco más que simples
curiosidades de laboratorio. En el tradicional diálogo entre jefes de estado y jefes de
laboratorio, la reina Victoria preguntaría a Faraday por la utilidad de sus estudios, a lo que
éste le replicó: «¿Y para qué sirve un niño, madame?» Faraday creía que con el tiempo la
electricidad y el magnetismo se convertirían en algo práctico
Por esta misma época, el físico escocés James Clerk Maxwell elaboró cuatro ecuaciones
matemáticas que tenían como base la obra de Faraday y otros predecesores
experimentales, ecuaciones en las que se establecía una relación cuantitativa entre las
cargas y corrientes eléctricas y los campos magnéticos. Las ecuaciones presentaban una
curiosa falta de simetría, y el hecho preocupó a Maxwell. La falta de estética de las
ecuaciones inicialmente propuestas condujo a Maxwell a proponer un término adicional para
una de ellas, la denominada corriente de desplazamiento, y todo ello con el único objetivo
de obtener un sistema de ecuaciones simétrico. Su argumentación era básicamente
intuitiva, pues no existía la menor evidencia experimental del tipo de corriente citado. Sin
embargo, la propuesta de Maxwell tuvo asombrosas consecuencias. Las ecuaciones de
Maxwell corregidas postulaban implícitamente la existencia de la radiación electromagnética
y encuadraban la de los rayos gamma, los rayos X, la luz ultravioleta, la luz visible, los
infrarrojos y las ondas radio. Éstas fueron las ecuaciones que estimularon el descubrimiento
de la relatividad especial por parte de Einstein. La unión de los trabajos experimental y
teórico de Faraday y Maxwell llevaría, un siglo después, a una revolución técnica sin
precedentes en nuestro planeta. La luz eléctrica, teléfono, tocadiscos, radio, televisión,
transportes refrigerados que permiten tomar productos frescos a gran distancia de sus
puntos de origen, marca-pasos cardíacos, plantas hidroeléctricas, alarmas automáticas
contra incendios y sistemas de riego por aspersión, trolebuses y metros, computadoras
electrónicas, he aquí unos pocos descendientes en línea directa de los oscuros artilugios
ideados por Faraday y la insatisfacción estética sentida por Maxwell ante unos pocos
símbolos matemáticos garabateados sobre una hoja de papel. La mayor parte de las
aplicaciones prácticas de la ciencia se han convertido en realidad por caminos tan extraños
e impredecibles como el de nuestro ejemplo. En los días de la reina Victoria no se habría
encontrado dinero suficiente ni para iniciar la producción de, por poner un ejemplo,
televisores. Pocos se atreverán a negar que los efectos netos de las invenciones reseñadas
son positivos. Son muchos los jóvenes profundamente desencantados con la civilización
tecnológica occidental, y a menudo por muy buenas razones, que mantienen un apasionado
apego por ciertos aspectos de la tecnología de nuestra época muy sofisticada -por ejemplo
por los equipos musicales electrónicos de alta fidelidad. Algunos de los inventos citados han
modificado fundamental y globalmente el carácter de nuestra sociedad. Al facilitarse la
comunicación han perdido su provincianismo muchas zonas del planeta, al tiempo que
disminuían las diferencias culturales de orden local. Todas las sociedades humanas
reconocen virtualmente las ventajas prácticas de estos inventos. Las naciones de reciente
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formación muy raramente sufren los efectos negativos de la alta tecnología, como por
ejemplo la contaminación ambiental; en todo caso, han decidido sin vacilaciones que los
beneficios pesan más que los riesgos. En uno de sus aforismos, Lenin señaló que
socialismo más electrificación equivalía a comunismo, aunque la realidad ha venido a
demostrar que el progreso de la tecnología más avanzada no ha sido más vigoroso y
creativo en los países comunistas que en los del mundo occidental. Los cambios sociales se
han producido con tal rapidez que es mucha la gente que ha encontrado difícil adaptarse a
los nuevos tiempos. Muchos hombres nacidos antes de que alzara el vuelo el primer
aeroplano han vivido para ver como el Viking se posaba sobre la superficie de Marte y el
Pioneer 10, el primer ingenio interestelar, abandonaba los límites de nuestro sistema solar.
Gentes crecidas bajo un código sexual de severidad victoriana se hallan inmersos ahora en
un mundo substancialmente dominado por la libertad sexual gracias al desarrollo y uso
generalizado de los anticonceptivos. La velocidad del cambio ha desorientado a muchos, de
ahí que sea fácil comprender las nostálgicas llamadas que postulan un retorno a formas de
existencia precedentes de mayor simplicidad.
No obstante, y para poner un ejemplo, la mayor parte de la población de la Inglaterra
victoriana estaba sometida a unas condiciones de vida y trabajo degradantes y
desmoralizadoras si las comparamos con las de las sociedades industriales actuales, y las
estadísticas de esperanza de vida y mortalidad infantil eran por entonces auténticamente
aterradoras. La ciencia y la tecnología quizá sean parcialmente responsables de muchos de
los problemas más graves que hoy tenemos planteados, pero lo serán en gran parte a
causa de la inadecuada comprensión de los mismos por parte del ciudadano medio (la
tecnología es una herramienta, no una panacea) y del insuficiente esfuerzo que se ha hecho
para acomodar nuestra sociedad a las nuevas tecnologías. Considerados tales extremos,
todavía me asombro de que la especie humana haya actuado tan bien como lo ha hecho.
Las alternativas luditas nada pueden resolver. Más de mil millones de personas actualmente
vivas deben su existencia a la superación de sus antiguos niveles más que insuficientes de
nutrición gracias al desarrollo de la tecnología agrícola. Y probablemente no sea menor el
número de los que han sobrevivido o logrado evitar deformaciones, lisiamientos y
enfermedades mortales en razón de los avances experimentados por la tecnología médica.
Si abandonáramos nuestra sofisticada tecnología, abandonaríamos a un mismo tiempo a
toda esa gente. La ciencia y la tecnología pueden ser causantes de algunos de nuestros
problemas, pero lo indudable es que constituyen un elemento esencial de toda solución
previsible para los mismos, ya sea a nivel nacional o a nivel planetario.
Creo que con un poco más de esfuerzo por su parte la ciencia y la tecnología habrían
conseguido atender con mayor eficacia tanto a su comprensión pública como a los objetivos
últimos que deben presidir la evolución de la humanidad. Por ejemplo, poco a poco nos
hemos ido percatando de que las actividades humanas pueden tener efectos nocivos, no
sólo de orden local, sino también sobre el medio ambiente global. Unos pocos equipos de
investigación dedicados al estudio de la fotoquímica atmosférica descubrieron por
casualidad que los halocarbonos que sirven de propelente en los aerosoles pueden pervivir
durante largos períodos de tiempo en la atmósfera, trasladarse hacia la estratosfera,
destruir parcialmente su ozono y permitir así el acceso a la superficie terrestre de las
radiaciones ultravioleta de la luz solar. La consecuencia más subrayada de este fenómeno
era el aumento del cáncer de piel en los individuos de raza blanca (los negros están mucho
mejor adaptados a la recepción de un mayor flujo de radiaciones ultravioleta) Sin embargo,
y a pesar de ser mucho más seria, poca ha sido la importancia concedida por el público a la
posibilidad de que el aumento de radiación ultravioleta sobre nuestro planeta trajera
consigo la destrucción de microorganismos que ocupan la base de la elaborada cadena
alimentaria que culmina en el Homo sapiens. Finalmente, se han dado algunos pasos en
cuanto a la prohibición de usar halocarbonos en los aerosoles (aunque nadie parezca
inquietarse por la utilización de estos mismos compuestos en los refrigeradores), con lo que
quizá poco haya sido lo hecho para resolver el problema real. Para mí, lo más inquietante
de toda esta historia es el carácter accidental que ha rodeado a tales descubrimientos. Uno
de los equipos se percató del problema gracias a unos adecuados programas de
computador que estaban estudiando... la química de la atmósfera de Venus, que alberga
ácidos hidroclórico e hidrofluórico. Para sobrevivir se hace imprescindible la creación de un
amplio y diversificado conjunto de equipos de investigación que se ocupen de la enorme
29
multiplicidad de problemas que plantea la ciencia pura. ¿Cuántos no serán los problemas,
incluso de mayor gravedad, que ni siquiera nos planteamos porque ningún grupo de
investigadores ha tropezado con ellos? Por cada problema que hemos analizado, como por
ejemplo el de los efectos de los halocarbonos sobre la ozonósfera, ¿cuántas docenas no se
nos habrán quedado en el saco? Es realmente asombroso constatar que en ninguno de los
centros estatales, principales universidades del país o instituciones privadas dedicadas a la
investigación exista un solo grupo de investigadores altamente cualificados, ampliamente
interdisciplinario y dotado de medios económicos suficientes que se dedique a detectar y
denunciar eventuales catástrofes futuras derivadas del desarrollo incontrolado de nuevas
tecnologías.
Si se desea que sean efectivas, tales organizaciones de investigación y asesoramiento sobre
el medio ambiente deben establecerse desde una perspectiva política substancialmente
valerosa. Las sociedades tecnológicas se encuentran en el marco de una ecología
impenetrablemente industrial, una tupida red entretejida por supuestos e intereses
económicos. Es sumamente difícil romper uno de los nudos de la red sin que repercuta en
todos los demás. Todo juicio en el que se sostenga que cierto desarrollo tecnológico
acabará perjudicando a la humanidad implica la pérdida de determinados beneficios para
algún grupo. Por ejemplo, los principales fabricantes de propelentes halocarbónicos, la
DuPont Company, han adoptado una curiosa postura en todos los debates públicos sobre la
destrucción de la ozonósfera por parte de los halocarbonos; a saber, la de que todas las
conclusiones al respecto eran «teóricas». En su postura parece ir implícito que sólo dejarían
de fabricar halocarbonos si tales conclusiones fuesen probadas experimentalmente, es
decir, cuando ya hubiese sido destruida la ozonósfera. Hay ciertos problemas para cuya
resolución nos basta con tener en cuenta evidencias inferibles, pues una vez producida la
catástrofe la situación se ha tornado irreversible.
De modo similar, el nuevo Ministerio de la Energía sólo será útil si se mantiene al margen
de intereses comerciales encubiertos, si tiene libertad para propugnar nuevas opciones
aunque conlleven la pérdida de dividendos para determinadas industrias. Y lo mismo vale
para la investigación farmacéutica, la de motores susceptibles de sustituir a los de
combustión interna y otras muchas tecnologías punta. Creo que el desarrollo de nuevas
tecnologías no debe estar bajo el control de las viejas; la tentación de suprimir toda posible
competición es demasiado grande. Si los americanos vivimos en una sociedad que defiende
la libre empresa, deberemos velar para que el control de las industrias de las que puede
depender nuestro futuro sea sustancialmente independiente. Si las organizaciones
dedicadas a investigar la innovación tecnológica y sus límites de aceptabilidad no se
enfrentan (e incluso, en muchos casos, atacan) a ciertos poderosos grupos de presión, no
están cumpliendo con su finalidad.
Muchos son los progresos tecnológicos de orden práctico que no alcanzan su pleno
desarrollo por falta de apoyo gubernamental. Por poner un ejemplo, por angustioso que sea
el problema del cáncer no creo que pueda sostenerse que nuestra civilización se halle
amenazada por esta enfermedad. Una erradicación completa del cáncer aumentará nuestra
esperanza de vida media en sólo unos pocos años, mientras van extendiéndose otras
enfermedades que actualmente no gozan de la atención dispensada al mismo. Parece una
hipótesis sumamente plausible que nuestra civilización se halla bajo una inmediata y seria
amenaza, la falta de un control de la fertilidad adecuado. El incremento exponencial de la
población sobrepasará en mucho todo crecimiento aritmético, incluso el obtenido a través
de las más modernas iniciativas tecnológicas, en cuanto a disponibilidad de recursos
alimentarios, como por lo demás previera Malthus hace ya muchos años. Mientras algunas
naciones industrializadas se están acercando a un crecimiento cero de su población, el
mundo contemplado globalmente está muy lejos de seguir este mismo rumbo.
Pequeñas fluctuaciones climáticas pueden destruir poblaciones enteras que dependan de
economías marginales. En las sociedades más bien pobres en tecnología y en las que la
perspectiva de alcanzar la edad adulta es bastante incierta, tener muchos hijos es la única
forma de combatir tan desesperado y azaroso futuro. Mientras proliferan las armas
nucleares al margen de toda consideración moral, cuando la elaboración de un ingenio
atómico se ha convertido casi en una industria artesanal casera, la proliferación de
hambrunas y el cada vez más profundo desnivel de riquezas entre unos países y otros
30
plantean peligros muy serios tanto a las naciones desarrolladas como a las todavía
sumergidas en el subdesarrollo. La resolución de todos estos problemas va condicionada a
una mejora educativa, como mínimo la consecución para todo país de un nivel de
autosuficiencia tecnológica, y, de forma muy especial, una justa distribución de los recursos
mundiales. Aunque no basta con ello, pues también se hace imprescindible la puesta en
marcha de programas anticonceptivos completamente adecuados (píldoras anticonceptivas
para hombres y mujeres, gratuitas y de acción lo más prolongada posible, seguramente de
un mes cada toma o incluso períodos más largos). La puesta en marcha de proyectos de
este tipo será de enorme utilidad no sólo en países extranjeros, sino en nuestro propio
suelo, donde empieza a difundirse una considerable inquietud acerca de los efectos
secundarios de los anticonceptivos orales típicos a base de estrógenos. ¿Por qué nuestro
país no dedica un mayor esfuerzo investigativo a este terreno?
Actualmente se están planteando otras muchas alternativas tecnológicas que merecen un
examen serio y en profundidad. Se trata de proyectos que oscilan entre presupuestos
bajísimos y enormes inversiones económicas. En un extremo de la escala se sitúan las
tecnologías blandas, como por ejemplo las que propugnan el desarrollo de sistemas
ecológicos cerrados que engloben algas, quisquillas y peces criados en estanques rurales;
se obtendrían así alimentos altamente nutritivos con un costo de producción
extraordinariamente bajo, mientras que también serían muy pequeños los gastos precisos
para hacerse con los suplementos que completasen adecuadamente la dieta. En el otro
polo, encontramos la propuesta de Gerard ONeill, investigador de la Universidad de
Princeton; su proyecto, construir grandes ciudades orbitales que, mediante la utilización de
materiales lunares y asteroidales, tuviesen capacidad para crear nuevas urbes en el espacio
contando tan sólo con recursos extraterrestres. Tales ciudades-satélites de la Tierra podrían
encargarse de convertir la luz solar en microondas energéticas y enviar la energía obtenida
hasta nuestro planeta. La idea de construir ciudades aisladas en el espacio -cada una de
ellas quizá construida sobre presupuestos sociales, económicos y políticos distintos, o con
diferentes antecedentes étnicos- es sumamente atractiva, una soberbia oportunidad para
los individuos desencantados de las civilizaciones terrestres de adoptar su propia vida en
algún punto del cosmos. Siglos atrás, América proporcionó idéntica oportunidad a
inadaptados, ambiciosos y aventureros. Las ciudades espaciales serán una especie de
continente americano en los cielos, al tiempo que acrecentarán ampliamente el potencial de
supervivencia de la especie humana. Sin embargo, el proyecto es extremadamente
oneroso, con un costo mínimo equivalente al de la guerra de Vietnam (en dinero, no en
vidas). Por lo demás, la idea tiene como enojoso contrapunto la decisión de abandonar la
resolución de otros problemas que tenemos sobre nuestro planeta, donde, después de todo,
también pueden establecerse con unos costes muchísimo más bajos comunidades de
pioneros autosuficientes.
Es indudable que el número de proyectos tecnológicos actualmente realizables excede con
mucho a nuestras posibilidades materiales. Algunos son proyectos extremadamente
rentables a la larga, pero exigen una inversión inicial tan alta que los convierte en
prácticamente inviables. Otros necesitan una inversión inicial de recursos atrevida,
imposible sin una previa revolución en los esquemas mentales de nuestra sociedad.
Debemos ser extremadamente cuidadosos al considerar cada una de las opciones. La
estrategia más prudente nos aconseja combinar bajo riesgo con rendimiento regular o un
riesgo mediano razonable con elevados rendimientos.
Para que tales iniciativas tecnológicas lleguen a ser comprendidas y apoyadas es esencial
que se produzca un mejoramiento substancial del conocimiento científico y técnico por parte
de la mayoría de la humanidad. Somos seres pensantes; nuestras mentes constituyen
nuestra característica diferencial como especie. No somos ni más fuertes ni más activos que
muchos otros de los animales que comparten con nosotros el planeta. Lo único que somos
es más ingeniosos. Además de los inmensos beneficios prácticos que derivamos de nuestro
conocimiento científico, la contemplación de la ciencia y la tecnología nos permite ejercitar
nuestras facultades intelectuales hasta los límites de nuestra capacidad. La ciencia no es
más que una exploración del intrincado, sutil e imponente universo que habitamos. Quienes
la practican conocen, aunque sólo sea ocasionalmente, aquel raro tipo de felicidad que
Sócrates definiera como el mayor de los placeres humanos. Y además es un placer
31
transferible. Para facilitar la participación de un público bien informado en la toma de
decisiones tecnológicas, combatir la alienación que nuestra sociedad tecnológica genera en
demasiados ciudadanos y disfrutar por el hecho de que nuestro conocimiento sobre algo es
más profundo, es imprescindible una sustancial mejora en la educación científica, una
exposición más amplia y cabal de sus poderes y encantos. Y un buen punto de partida sería
contrarrestar el destructivo declive del número de profesores y alumnos interesados por la
investigación científica o su enseñanza a todos los niveles.
Los medios más eficaces de comunicación de la ciencia a las grandes masas son la
televisión, el cine y la prensa. Pero lo más frecuente es que la visión de la ciencia que se
ofrece en tales medios sea aburrida, inadecuada, sombría, bastamente caricaturizada
(como sucede en muchos de los programas televisivos de cadenas comerciales dedicados a
los niños los sábados por la mañana) o incluso hostiles. Se han producido en épocas muy
recientes asombrosos descubrimientos en la exploración de planetas, el papel que
desempeñan una serie de minúsculas proteínas en nuestra vida emocional, las colisiones de
continentes, la evolución de la especie humana (y la medida en que nuestro pasado
prefigura nuestro futuro), la estructura última de la materia (y la cuestión de sí quizá
podemos ir encontrando indefinidamente partículas más elementales), la posibilidad de
comunicarnos con civilizaciones instaladas en otros planetas o estrellas, la naturaleza del
código genético (que predetermina nuestra herencia y fija nuestros lazos de parentesco con
todas las plantas y animales que habitan nuestro planeta), y las interrogaciones
fundamentales sobre el origen, naturaleza y destino de la vida, nuestro mundo y el universo
contemplado como un todo. Los logros más recientes sobre estos temas puede
comprenderlos a la perfección cualquier persona inteligente. Y en tal caso, ¿por qué se
discute tan poco sobre ellos en los medios de comunicación, en las escuelas o en nuestras
conversaciones cotidianas?
Una excelente forma de caracterizar cualquier civilización es tomar en consideración el
modo en que plantean la resolución de todos estos problemas, la manera en que alimentan
tanto a su cuerpo como a su espíritu. La moderna elucidación científica de estas cuestiones
constituye un intento de adquirir un punto de vista genéricamente aceptado acerca de cuál
es nuestro lugar en el cosmos, y requiere imprescindiblemente una creatividad despierta,
un cierto escepticismo mental y un vivo sentimiento de admiración ante el cosmos. Los
interrogantes reseñados son bastante distintos de las cuestiones prácticas de que hablaba
poco antes, pero están en estrecha vinculación con ellas y -como en el ejemplo ofrecido de
Faraday y Maxwell- la estimulación de la investigación pura debe convertirse en la más
sólida garantía de que acabaremos teniendo a nuestra disposición los medios técnicos e
intelectuales que nos permitan abordar a satisfacción los problemas con que nos
enfrentamos.
Sólo una parte muy pequeña de los jóvenes más capacitados escoge carreras científicas. Me
quedo maravillado al ver que la capacidad y el entusiasmo ante la ciencia es mucho mayor
en los niños que acuden a escuelas primarias que entre los muchachos de secundaria. Algo
sucede durante los años escolares que les desalienta y les hace perder el interés (y no es
básicamente la pubertad); debemos comprender y paliar este peligroso desencanto. Nadie
puede predecir de dónde saldrán las figuras científicas del futuro. Albert Einstein se
convirtió en científico, no gracias, sino a pesar de su escolarización (Cf. cap. 3). En su
Autobiografía, Malcolm X nos habla de un corredor de apuestas que jamás llegó a escribir ni
una sola cifra, aunque nunca tuvo tampoco el menor problema para retener de memoria un
auténtico mundo de transacciones y cantidades. Y se preguntaba Malcolm, ¿qué
contribución social no hubiera podido llevar a cabo una persona de tales capacidades con
una educación y estímulo adecuados? Nuestros más brillantes jóvenes son un recurso
nacional y mundial, y por tanto precisan cuidados y alimentación especiales.
Muchos de los problemas que se nos plantean son solubles, pero sólo si estamos dispuestos
a aceptar soluciones atrevidas, brillantes y complejas. Y tales soluciones las encontrarán
individuos atrevidos, brillantes y complejos, y creo que a nuestro alrededor existen muchos
más, sea cual sea la nación, el grupo étnico y el estado social, de cuantos creemos. Por
descontado, la educación de tales jóvenes no debe quedar restringida a los terrenos de la
ciencia y la tecnología, pues una aplicación creativa de la nueva tecnología a los problemas
32
humanos requiere una profunda comprensión de la naturaleza y la cultura humanas, una
educación general en el más amplio sentido del término.
Nos encontramos en una encrucijada histórica. Ninguno de los momentos precedentes se ha
mostrado a un tiempo tan peligroso y tan prometedor. Somos la primera especie que
tendrá en sus propias manos su evolución como tal. Por vez primera en la historia
disponemos de medios para provocar nuestra propia destrucción, intencionada o
inadvertidamente. También disponemos, creo, de los medios para pasar de este estadio de
adolescencia tecnológica a una madurez rica, colmada y duradera para todos los miembros
de nuestra especie. Sin embargo, ya no queda mucho tiempo para decidir por cuál de los
senderos de la encrucijada encaminamos a nuestros hijos y nuestro futuro.
33
Segunda Parte: Los Fabricantes de Paradojas
5. SONÁMBULOS Y TRAFICANTES EN MISTERIOS: SENTIDO Y
SINSENTIDO EN LAS FRONTERAS DE LA CIENCIA
LOS LATIDOS DE UNA PLANTA ESTREMECEN A UNA REUNIÓN DE CIENTÍFICOS
EN OXFORD
Sabio hindú causa nuevo asombro al mostrar «sangre» manando de la planta
EL PÚBLICO, TOTALMENTE ABSORTO,
contempla con el ánimo en suspenso cómo el conferenciante combate a muerte con una
planta de linaria.
The New York Times, 7 de agosto de 1926, p. 1
William James solía predicar la «voluntad de creer». Yo, por mi parte, quisiera predicar la
«voluntad de dudar»... Lo que se persigue no es la voluntad de creer, sino el deseo de
descubrir, que es exactamente lo opuesto.
BERTRAND RUSSELL Sceptical Essays (1928)
Durante el reinado del emperador romano Marco Aurelio, en el siglo II de nuestra era, vivió
en Grecia un magistral timador llamado Alejandro de Abonútico. Elegante, hábil, inteligente
y falto por completo de escrúpulos, según palabras de uno de sus contemporáneos, iba de
un lado para otro haciendo gala de oscuras pretensiones. Su engaño más célebre consistió
en «irrumpir en la plaza del mercado, sin más vestimenta que un taparrabos de lentejuelas
de oro y su cimitarra, agitando al viento su larga melena, como lo hacen los fanáticos que
recolectan dinero en nombre de Cibeles, se encaramó a un elevado altar y desde allí arengó
a la multitud» anunciando el advenimiento de un nuevo dios oracular. Alejandro exhortó a
la construcción de un templo en aquel mismo lugar, idea aceptada de inmediato por la
multitud que le rodeaba, y descubrió -en el lugar donde lo había previamente enterrado,
desde luego- un huevo de oca en cuyo interior había encerrado una cría de serpiente.
Abriendo el huevo, anunció al gentío que el nuevo dios profetizado era precisamente aquella
pequeña serpiente. Alejandro se retiró luego a su casa durante unos pocos días, y cuando
decidió volver a presentarse ante el pueblo expectante lo hizo con una enorme serpiente
enroscada alrededor de su cuerpo; la serpiente habría crecido asombrosamente en el
ínterin.
En realidad, la serpiente era de una variedad convenientemente grande y dócil que para tal
propósito se había procurado tiempo antes en Macedonia, y además estaba provista de una
caperuza de lino de aspecto vagamente humano. El templo estaba apenas iluminado. A
causa de la presión ejercida por la multitud expectante, ningún visitante podía permanecer
demasiado tiempo en la habitación o examinar la serpiente con detenimiento. En
consecuencia, la opinión difundida entre la multitud era que el profeta les entregaba un
auténtico dios.
A continuación Alejandro indicó que el dios era capaz de dar respuesta a preguntas
planteadas por escrito que se entregaran dentro de sobres sellados. Una vez a solas,
doblaba o rasgaba el sello, leía el mensaje, recomponía con todo cuidado el sobre e
introducía el texto original al que había añadido una respuesta. Pronto llegaría gente de
todo el imperio para atestiguar con sus ojos la existencia de una maravillosa serpiente
pitonisa con cabeza humana. En caso de que la respuesta del oráculo se mostrase luego, ya
no ambigua, sino claramente errónea, Alejandro tenía una solución muy simple: alterar el
contenido de la respuesta escrita previamente. Además, cuando la interrogación de alguna
persona adinerada envolvía alguna flaqueza humana o secreto punible, Alejandro no tenía
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el menor escrúpulo en extorsionar a su cliente. El resultado de todo este fabuloso tinglado
produjo unos ingresos equivalentes hoy en día a varios cientos de miles de dólares anuales,
además de una fama con la que pocos hombres de la época podían rivalizar.
Quizá sonriamos ante Alejandro, el traficante de profecías. Todos quisiéramos vaticinar el
futuro y entrar en contacto con los dioses, pero hoy en día es imposible que nos veamos
envueltos en un fraude de este tipo. ¿O acaso no lo es? M. Lámar Keene vivió durante trece
años de sus servicios como médium espiritista. Era pastor de la Iglesia Asamblearia de la
Nueva Era, en Tampa, uno de los administradores legales de la Asociación Espiritista
Universal y, durante muchos años, una de las figuras señeras de la principal corriente del
movimiento espiritista americano. Asimismo, fue un timador confeso, convencido, y ello con
informaciones de primera mano, de que prácticamente todas las sesiones, conferencias y
mensajes procedentes del más allá y obtenidas con la intervención de médiums eran
supercherías intencionadas, fraudes destinados a explotar la aflicción y añoranza que todos
sentimos por nuestros amigos y parientes muertos. Como Alejandro, Keene podía
responder a interrogaciones escritas depositadas en sobres cerrados, pero él no lo hacía en
privado sino desde un púlpito. Keene leía las preguntas con la ayuda de una lámpara oculta
o de un líquido abrillantador, métodos ambos que proporcionaban transparencia transitoria
a los sobres en cuestión. Encontraba objetos perdidos, asombraba a los que presenciaban
sus sesiones con asombrosas revelaciones sobre sus vidas privadas «que era imposible que
conociese», se comunicaba con los espíritus y conseguía materializar ectoplasmas, claro
está, todo ello en reuniones mantenidas en penumbras y gracias a toda una serie de trucos
bastante simples, una absoluta confianza en sí mismo y, por encima de todo, la inmensa
credulidad, la absoluta falta de escepticismo de que hacían gala sus feligreses y clientes.
Keene creía, como lo hiciera Harry Houdini, que no sólo era generalizado el fraude
espiritista, sino que sus cultivadores profesionales estaban altamente organizados e
intercambiaban entre sí datos o clientela potencial para conseguir que sus revelaciones
causaran mayor asombro. Lo mismo que las apariciones de la serpiente de Alejandro, todas
las sesiones espiritistas se consuman en habitaciones oscuras, pues la claridad de la luz
puede poner al descubierto con demasiada facilidad el engaño. En sus años de
encumbramiento, Keene a duras penas logró equiparar sus ingresos, en cuanto a valor
adquisitivo, a los de su ilustre antecesor, Alejandro de Abonútico
Desde la época de Alejandro hasta nuestros días, incluso parece probable que desde que
sobre este planeta existen seres humanos, la gente ha descubierto que podía ganar dinero
arrogándose el poder de desentrañar lo misterioso y conocer lo oculto. Puede encontrarse
una encantadora e iluminadora exposición de algunos de estos engaños en un notable libro
de Charles Mackay, Extraordinary popular delusions and the madness of crowds (Fraudes
populares extraordinarios e insensatez de las multitudes), publicado en Londres en 1852.
Bernard Baruch afirmaba que la lectura de este libro le había ahorrado millones de dólares,
presumiblemente alertándole de los necios proyectos en que no debía invertir ni un
centavo. Mackay trata desde las profecías, las curaciones milagrosas y la alquimia hasta las
casas embrujadas, las Cruzadas o la «influencia de la política y la religión en el crecimiento
del cabello y la barba». El valor del libro, como muestra la historia relatada del traficante de
oráculos Alejandro, reside en la antigüedad de los fraudes y engaños descritos. Muchas de
las imposturas reseñadas no tienen un marco actual y estimulan nuestras pasiones sólo
muy débilmente; el tema del libro son los fraudes en que cayeron gentes de otros tiempos
pasados. No obstante, tras leer muchos de los casos descritos, empezamos a sospechar que
existen versiones contemporáneas equivalentes. Los sentimientos impulsivos de la gente
siguen siendo tan fuertes como antaño, y probablemente el escepticismo es algo tan raro
hoy como pueda haberlo sido en cualquier otra época. En consecuencia, cabe esperar que
sean muchos los timos difundidos por doquier en la sociedad contemporánea. Y
efectivamente es así.
Tanto en tiempos de Alejandro como en los de Mackay, la religión era la fuente de las
intuiciones más ampliamente difundidas y de las cosmovisiones dominantes. Quienes
intentaban embaucar a las gentes solían, pues, hacerlo, por medio del lenguaje religioso.
Desde luego, el método sigue en plena vigencia, como atestiguan sobradamente los
espiritistas y otros movimientos similares. Pero dentro del último siglo, para bien o para
mal, la ciencia se ha convertido para el común de las gentes en el medio fundamental para
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penetrar los secretos del universo, lo que llevaría a esperar que buena parte de los fraudes
contemporáneos adoptaran una envoltura científica. Y así es.
Desde hace poco más o menos un siglo se han expuesto una serie de fantásticas
pretensiones en los terrenos limítrofes de la ciencia, un conjunto de asertos que han
logrado excitar la imaginación popular y que, de ser ciertas, tendrían una enorme
importancia científica. Vamos a examinar sucintamente un muestrario representativo. Los
fenómenos reivindicados son siempre de carácter extraordinario, nos arrancan de la
monotonía mundanal y, en no pocos casos, implican esperanzadoras promesas. Por
ejemplo, se presupone que gozamos de amplios poderes jamás registrados, que fuerzas
desconocidas nos envuelven para salvarnos o que existe algún armónico modelo del cosmos
cuyo conocimiento todavía no hemos penetrado. En ciertas ocasiones la ciencia ha
sostenido pretensiones de orden similar, por ejemplo al postular que la información
hereditaria transmitida de generación en generación se encierra en una larga aunque
bastante simple molécula de ADN, al postular la existencia de la gravitación universal o la
deriva continental, al registrar la energía nuclear o al investigar el origen de la vida o la
evolución histórica del universo. Por tanto, ¿qué diferencia puede haber entre éstas y otras
pretensiones similares como, por ejemplo, que es posible flotar en el aire mediante un
simple esfuerzo de la voluntad? Ninguna, excepto en lo que respecta a la forma de probar
unas y otras. Quienes sostienen la existencia de la levitación tienen la obligación de
demostrarlo ante sus escépticos oponentes bajo condiciones experimentales controladas. La
obligación de demostrarlo es suya, no de quienes ponen en duda el fenómeno levitatorio.
Tales pretensiones son demasiado importantes para no analizarlas con todo cuidado. En los
últimos años se han afirmado muchas cosas sobre la levitación, pero no existe ni una sola
película correctamente iluminada que nos muestre a una persona elevándose por los aires
sin ayuda alguna, digamos cinco metros, y de la que pueda excluirse todo tipo de trucaje o
fraude. Si la levitación fuese posible, sus implicaciones científicas, y más genéricamente,
humanas, serían enormes. Quienes llevan a cabo observaciones acríticas o afirmaciones
fraudulentas nos inducen a error y nos desvían del gran objetivo humano de comprender la
maquinaria del universo. De ahí que jugar fuerte y deslavazadamente con la verdad sea
asunto de la mayor seriedad.
PROYECCIÓN ASTRAL
Consideremos el fenómeno usualmente denominado proyección astral. Bajo los efectos de
un éxtasis religioso, un sueño hipnótico o, en algunos casos, de determinados alucinógenos,
ciertos individuos indican haber experimentado la sensación de abandonar su cuerpo, flotar
sin el menor esfuerzo hacia cualquier punto de la habitación (por lo general, el techo) y
permanecer allí sin reintegrarse a su sostén corporal hasta una vez finalizada la
experiencia. Si realmente puede suceder algo de este tipo, se trata de un fenómeno de
enorme importancia, pues trae implícitas una serie de consecuencias sobre la naturaleza de
la personalidad humana e incluso sobre la posibilidad de «vida tras la muerte». Algunos
individuos que se han visto muy cerca de la muerte, o que tras ser declarados clínicamente
muertos han vuelto a la vida, han hablado de sensaciones muy similares. Pero hablar de
una determinada sensación no significa que haya existido tal como se explica. Por ejemplo,
puede darse el caso de que alguna sensación, que nada tiene de extraordinario, o alguna
conexión defectuosa dentro del circuito neuroanatómico humano provoque bajo ciertas
circunstancias la ilusión de haber experimentado una proyección astral (véase capítulo 25).
Hay una forma muy sencilla de verificar la existencia de una proyección astral. Se le pide a
un amigo que, en nuestra ausencia, coloque un libro en algún elevado e inaccesible estante
de la librería, de modo que no sea posible ver su título. Si creemos experimentar una
experiencia proyectiva, flotemos hasta la parte alta de la habitación y entonces podremos
leer el título del libro en cuestión. Cuando nuestro cuerpo vuelva al estado normal de vigilia
y podamos indicar correctamente lo leído, tendremos prueba fehaciente de la realidad física
de la proyección astral. Desde luego, no debe existir ningún otro posible medio de conocer
el título del libro, como por ejemplo entrar solapadamente en la habitación cuando nadie
nos observe o recabar información de nuestro amigo o cualquier otra persona enterada del
asunto. Para evitar esta última posibilidad, el experimento debe efectuarse «doblemente a
ciegas», es decir, que la selección y ubicación del libro debe hacerla alguien a quien no
conozcamos y que a su vez no nos conozca en absoluto, y ésta será precisamente la
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persona encargada de juzgar si nuestra respuesta es correcta. Por cuanto conozco, jamás
se ha registrado una experiencia de proyección astral bajo las premisas de control
reseñadas y con la supervisión de gentes escépticas ante el supuesto fenómeno. Por tanto,
a pesar de que no deba excluirse a priori la proyección astral, concluyo que existen muy
escasas razones para creer en ella. Por otro lado, lan Stevenson, psiquiatra de la
Universidad de Virginia, ha reunido algunas pruebas de que en la India y el Próximo Oriente
algunos muchachos relatan con todo lujo de detalles una vida anterior transcurrida a
considerable distancia de su actual domicilio y en un lugar que jamás han visitado, y que
ulteriores investigaciones vienen a demostrar que los datos de alguien recién fallecido allí se
ajustan a la perfección con la descripción del muchacho. Sin embargo, no se trata de
experimentos bajo control, y siempre cabe la posibilidad de que el muchacho haya oído por
casualidad o recibido directamente informaciones que el investigador desconoce. Con todo,
el trabajo de Stevenson es probablemente la más interesante de las investigaciones
contemporáneas sobre «percepción extrasensorial».
ESPIRITISMO
En 1848 vivían en el estado de Nueva York dos muchachitas, Margaret y Kate Fox, de las
que se contaban maravillosas historias. En presencia de las hermanas Fox podían oírse
misteriosos ruidos acompasados que, con más atención, resultaban ser mensajes
codificados procedentes del mundo de los espíritus; pregúntesele algo al espíritu: un golpe
significa no, tres golpes significa sí. Las hermanas Fox causaron sensación, emprendieron
giras por toda la nación organizadas por su hermana mayor y se convirtieron en centro de
atención de una serie de intelectuales y literatos europeos, como por ejemplo Elizabeth
Barrett Browning. Las «exhibiciones» de las hermanas Fox constituyen la fuente del
espiritismo moderno, según el cual, gracias a un especial esfuerzo de la voluntad, unos
pocos individuos atesoran el don de comunicarse con los espíritus de personas ya fallecidas.
Los compinches de Keene tienen una deuda impagable con las hermanas Fox.
Cuarenta años después de las primeras «exhibiciones», desasosegada consigo misma,
Margaret Fox redactó una confesión firmada. Los golpes se producían, mientras
permanecían de pie sin esfuerzo ni movimiento aparentes, chasqueando las articulaciones
de los dedos de los pies o de los tobillos, de modo muy similar a como se produce un
crujido con los nudillos. «Y así fue como empezamos. Primero, como un simple truco para
asustar a nuestra madre, pero luego, cuando empezó a visitarnos mucha gente, fuimos
nosotras mismas las atemorizadas, y nos vimos forzadas a continuar con el engaño para
protegernos. Nadie podía pensar en un truco ya que éramos demasiado niñas para que se
nos ocurriese tal cosa. Actuamos como lo hicimos bajo el estímulo intencionado de nuestra
hermana mayor y el inconsciente de nuestra madre». La hermana mayor, encargada de
organizar las giras, parece haber sido siempre plenamente consciente del fraude. Su
motivación para mantenerlo, el dinero.
El aspecto más instructivo del caso Fox no es que se consiguiera embaucar a tanta gente,
sino que tras confesar el engaño, después de que Margaret Fox hiciera una demostración
pública en el escenario de un teatro neoyorquino de su «preternatural dedo gordo del pie»,
muchos fueron los engañados que se negaron a admitir la existencia de fraude. Sostenían
que Margaret se había visto forzada a confesar bajo la presión de alguna Inquisición de
sesgo racionalista. La gente raramente agradece que se le demuestre abiertamente su
credulidad.
EL GIGANTE DE CARDIFF
En 1869, «mientras excavaba un pozo» cerca de Cardiff, villa situada al oeste de Nueva
York, un granjero desenterró una enorme piedra en la que se reproducía con extraordinario
verismo la figura de un hombre de tamaño más que considerable. Clérigos y científicos
afirmaron al unísono que se trataba de un ser humano de épocas pretéritas fosilizado, tal
vez una prueba confirmadora del relato bíblico que sostiene que «en aquellos días, la Tierra
la poblaban gigantes». Muchos fueron los comentarios desencadenados con la precisión de
la figura, aparentemente superior a lo que ningún artesano hubiera podido jamás conseguir
esculpiendo una piedra. Por poner un sólo ejemplo, podía incluso apreciarse la presencia de
diminutas venas azuladas. Sin embargo, otras gentes se sintieron menos impresionadas, y
entre ellas Andrew Dickson White, el primer rector de la Universidad de Cornell, quien
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declararía que se trataba de un fraude indudable, de una execrable escultura que no
merecía más que un buen puntapié. Un examen meticuloso del gigante de Cardiff revelaría
entonces que era una simple estatua de origen reciente, un engaño perpetrado por George
Hull, de Binghampton, quien se describía a sí mismo como «tabaquero, inventor, alquimista
y ateo», un hombre realmente muy ocupado. Las supuestas «venas azuladas» eran
formaciones coloreadas propias de la roca en que se había esculpido la figura humana. El
objetivo del engaño era desplumar turistas incautos.
Pero tan enojosa revelación no desalentó al empresario norteamericano P.T. Barnum, quien
ofreció 60.000 dólares por arrendar el gigante de Cardiff durante tres meses. Barnum
fracasó en su intento de alquilar la escultura para organizar exhibiciones itinerantes (sus
propietarios estaban ganando demasiado dinero para desprenderse de ella), y tras hacerse
con una copia decidió que fuera ésta la exhibida, para asombro de sus clientes y
enriquecimiento de sus bolsillos. El gigante de Cardiff contemplado por muchos americanos
fue dicha copia. Barnum exhibía una imitación de una falsificación. El gigante original
languidece hoy en el Farmer's Museum de Coopers-Town, Nueva York. Tanto Barnum como
H.L. Mencken señalaron haber efectuado la deprimente constatación de que nadie puede
perder dinero subestimando la inteligencia del público americano. Sin embargo, no se trata
de falta de inteligencia, que existe en dosis abundantes. El artículo que escasea es un
adiestramiento sistemático para pensar críticamente.
HANS EL LISTO, EL CABALLO MATEMÁTICO
A comienzos del presente siglo existió en Alemania un caballo que podía leer, efectuar
operaciones matemáticas y mostrar un profundo conocimiento de los asuntos políticos
mundiales. O así parecía. El caballo era conocido por Hans el Listo. Era propiedad de
Wilhelm von Osten, un anciano berlinés que, según opinión generalizada, era incapaz de
verse involucrado en el menor fraude. Delegaciones de eminentes científicos examinaron la
maravilla equina y la consideraron auténtica. Hans respondía a los problemas matemáticos
que se le planteaban golpeando el suelo con una de sus patas delanteras, y a las cuestiones
de otro orden cabeceando de arriba abajo o de un lado a otro, según es costumbre entre los
occidentales. Por ejemplo, si alguien le decía, «Hans, ¿cuál es el doble de la raíz cuadrada
de nueve, menos uno?», tras una breve pausa, sumisamente, levantaba su pata delantera
derecha y golpeaba cinco veces el suelo. «¿Es Moscú la capital de Rusia?» Agitaba la cabeza
a derecha e izquierda. ¿Acaso es San Petersburgo?» Asentimiento.
La Academia Prusiana de las Ciencias nombró una comisión, encabezada por Oskar Pfungst,
para examinar la cuestión más de cerca. Osten, quien creía fervientemente en los poderes y
capacidades de Hans, aceptó encantado la investigación. Pfungst no tardó en detectar una
serie de interesantes irregularidades. Cuanto más difícil era la pregunta, más tardaba Hans
en responder; cuando Osten no conocía la respuesta, Hans mostraba pareja ignorancia;
cuando Osten estaba fuera de la habitación o cuando se le vendaban los ojos a Hans, las
respuestas ofrecidas por el caballo eran erróneas. Sin embargo, en ciertas ocasiones Hans
podía ofrecer respuestas correctas a pesar de hallarse en un medio que le era extraño,
rodeado de observadores escépticos y con Osten, su dueño, no sólo fuera del recinto, sino
incluso de la ciudad. Finalmente se vislumbró la solución al enigma. Cuando se le planteaba
a Hans un problema matemático, Osten se ponía ligeramente tenso por miedo a que Hans
no golpease el suficiente número de veces. Por el contrario, cuando Hans terminaba de dar
el número de golpes preciso, de forma inconsciente e imperceptible Osten inclinaba su
cabeza en señal de asentimiento o se relajaba de la tensión mantenida. Su distensión era
virtualmente imperceptible para cualquier observador humano, -pero no para Hans, que era
premiado con un terrón de azúcar por cada respuesta correcta. Además, no pocos
observadores que se mostraban escépticos ante las habilidades de Hans fijaban sus ojos en
las patas delanteras desde el momento mismo en que acababa de ser formulada la
pregunta y modificaban sensiblemente su postura o gestos cuando el caballo llegaba a la
respuesta correcta. Hans nada sabía de matemáticas, pero era extremadamente sensible a
toda señal inconsciente no verbalizada. Y de orden similar eran los signos que
imperceptiblemente se le transmitían al caballo cuando la pregunta no era matemática. A
decir verdad, el apodo de Listo se adaptaba perfectamente a Hans. Era un caballo
condicionado por un ser humano y que había descubierto que otros seres humanos que
jamás había visto antes también le podían proporcionar las indicaciones que precisaba. Pero
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a pesar de la falta total de ambigüedad de la solución ofrecida por Pfungst, historias
similares de caballos, cerdos o patos sabios que entienden de aritmética, saben leer o
poseen conocimientos políticos han seguido impregnando la credulidad de muchas naciones.
(1)
(1): Por ejemplo, Lady Wonder, un caballo de Virgipia, era capaz de contestar una serie de
preguntas moviendo con la nariz una serie de tacos de madera que prefiguraban letras.
Como también contestaba a cuestiones planteadas en privado a su propietario, el
parapsicólogo J. K' Rhine dijo que el caballo no sólo sabía leer sino que además tenía el don
de la telepatía (Journal of Abnormal and Social Psychology. 23, 449, 1929). Pero el mago
John Scarne indicó que el propietario hacía una seña a Lady Wonder con un látigo mientras
éste «rumiaba» sobre los tacos de madera antes de convertirlos en palabras. En apariencia,
el propietario estaba fuera del campo usual del animal, pero ya sabemos que los caballos
tienen una excelente visión periférica. Lady Wonder era cómplice de un impostor, cosa que
no ocurría con Hans el Listo.
SUEÑOS PREMONITORIOS
Uno de los fenómenos aparentemente más asombrosos de la percepción extrasensorial son
las experiencias premonitorias, aquellas en las que una persona tiene una percepción clara
y precisa de un desastre inminente, la muerte de un ser amado o el establecimiento de
comunicación con un amigo desaparecido mucho tiempo atrás, y que tras tenerla se
produce el evento intuido. Muchas de las personas que han tenido tal tipo de experiencias
señalan que la intensidad emocional de la premonición y su subsiguiente verificación
provocan una abrumadora sensación de estar en contacto con otro ámbito de realidad. He
tenido oportunidad de experimentar por mí mismo una de tales premoniciones. Hace ya
muchos años me desperté de repente bañado por un sudor frío y con la certidumbre de que
un pariente cercano acababa de morir en aquel momento. Me sentí tan impresionado por la
obsesionante intensidad de la experiencia que temí poner una conferencia telefónica no
fuera el caso que mi allegado tropezara con el hilo telefónico, o algo por el estilo, y
convirtiera la premonición en profecía plenamente cumplida. El familiar en cuestión vive y
goza de buena salud, y sean cuales fueren las raíces psicológicas de la experiencia, lo cierto
es que no era un reflejo de un suceso que acabara de producirse en el mundo real.
No obstante, supongamos que el pariente hubiera efectivamente fallecido esa noche. Creo
que hubiera sido difícil convencerme de que era una mera coincidencia. Si cada americano
tiene experiencias premonitorias de este tipo unas pocas veces a lo largo de su vida, es
inmediato concluir que un simple registro estadístico de las mismas dará lugar a que cada
año se produzcan algunos acontecimientos premonitorios aparentes en América. Quizá se
desprenda de nuestro registro que tales sucesos pueden ocurrir con bastante frecuencia,
pero para la persona que sueñe un desastre que venga inmediatamente confirmado por la
realidad el hecho es misterioso y le produce un temor reverencial. Quizá tales coincidencias
se le presenten a alguien cada varios meses, pero es más que comprensible que quien viva
las premoniciones convertidas en realidad se resistirá a explicarlas como simples
coincidencias.
Tras vivir mi experiencia no escribí ninguna carta a un instituto de parapsicología relatando
haber tenido un sueño premonitorio que no se vio confirmado por la realidad. No era algo
susceptible de merecer un registro. Pero si la muerte que había soñado se hubiese
producido efectivamente, la hipotética carta habría pasado a convertirse en prueba a favor
de la premonición. Los éxitos se registran, mientras que los errores no. Aunque sea
inconscientemente, la naturaleza humana conspira para producir un registro sesgado de la
frecuencia con que se produce tal tipo de eventos.
Todos los casos reseñados -Alejandro, el traficante de profecías, Keene, la proyección
astral, las hermanas Fox, el gigante de Cardiff, Hans el Listo y los sueños premonitoriosson
fenómenos típicos que se mueven en las zonas limítrofes del ámbito científico. Se trata
de casos asombrosos, fuera de lo ordinario, hechos maravillosos o que infunden temor
reverencial; en todo caso, se trata de fenómenos que nada tienen de tediosos o comunes.
Resisten análisis superficiales de la gente instruida, y en ciertos casos incluso estudios más
detallados que les otorgan el respaldo de algunas celebridades y científicos. Quienes
aceptan la validez de tan insólitos fenómenos se niegan a aceptar todo intento de
39
explicación convencional. Las auténticas causas más frecuentes son de dos tipos. Uno, el
fraude consciente con objeto de enriquecerse, como el caso de las hermanas Fox o el
gigante de Cardiff, y quienes aceptan la superchería han sido embaucados. Otro, y en este
caso solemos engañamos a nosotros mismos, es mucho más difícil de precisar, y
corresponde a aquellos fenómenos inusualmente sutiles y complejos, aquellos cuya
naturaleza es mucho más intrincada de cuanto habíamos supuesto y cuya comprensión
requiere un análisis realmente profundo. Podrían enmarcarse en este segundo apartado
casos como el de Hans el Listo o buena parte de los sueños premonitorios.
Hay otra razón que me ha llevado a escoger los ejemplos precedentes. Todos ellos están
estrechamente relacionados con la vida cotidiana; afectan al comportamiento animal o
humano, es posible evaluar la veracidad de las pruebas y constituyen otras tantas
ocasiones para ejercitar el sentido común. Ninguno de los casos expuestos abarca
complejidades tecnológicas u oscuros razonamientos teóricos. Por decirlo así, no
necesitamos tener sólidos conocimientos de física para cribar escépticamente las
pretensiones de los modernos espiritistas. Con todo, estos engaños, imposturas y falsas
interpretaciones han conseguido cautivar a millones de individuos. En consecuencia, será
infinitamente más difícil y peligroso evaluar ciertas cuestiones que se ubican en la zona
fronteriza de ciencias mucho menos familiares al hombre medio, como por ejemplo las
catástrofes cósmicas, la existencia de supuestos continentes desaparecidos o la de objetos
voladores no identificados.
Quiero distinguir entre quienes elaboran y promueven sistemas de creencias sobre
cuestiones limítrofes y quienes las aceptan. Estos últimos se sienten compelidos muy a
menudo por la novedad de los sistemas propuestos y la sensación de grandiosidad y
penetración que conllevan. De hecho, adoptan actitudes y objetivos científicos. Es fácil
imaginar visitantes extraterrestres de aspecto humano, que con vehículos espaciales e
incluso aeroplanos similares a los nuestros, nos visitaron en tiempos remotos y son algo así
como nuestros antepasados. No son cosas que resulten demasiado extrañas a nuestra
imaginación y son lo suficientemente similares a ciertas historias religiosas occidentales
como para que nos sintamos cómodos en tales contextos. La búsqueda de microbios
marcianos de exótica bioquímica o de radiomensajes interestelares de seres inteligentes
biológicamente muy distintos de nosotros es tarea mucho más difícil y no tan agradable.
Muchos son los que se sienten atraídos por la primera perspectiva citada, pero el número de
los que adoptan la segunda es ya considerablemente menor. No obstante, creo que buena
parte de los que se interesan por la idea de antiguos astronautas visitando la Tierra están
motivados por inquietudes sinceramente científicas, y, eventualmente, de orden religioso.
Existe un amplio e impreciso interés popular por los temas científicos con mayor carga de
misterio. Para mucha gente, la vulgaridad presuntuosa que envuelve las doctrinas acerca de
las zonas limítrofes de la ciencia es la mejor aproximación de que disponen a una ciencia
fácilmente comprensible. La popularidad de tales protociencias es un claro reproche a
escuelas, prensa y televisión comercial por la escasez de sus esfuerzos, además inefectivos
y faltos de imaginación, en favor de una educación científica. Y también es un reproche
para nosotros los científicos, que tan poco hacemos por popularizar nuestro trabajo.
Quienes abogan por la existencia de antiguos astronautas -el ejemplo más notable en esta
línea es el de Erich von Daniken y su libro Chariots of the Gods?- sostienen que son muy
numerosos los restos arqueológicos que sólo pueden explicarse recurriendo a contactos
entre nuestros antepasados y civilizaciones extraterrestres. Sostienen que, entre otras
varias cosas, seres extraterrestres son responsables de la construcción o supervisión de una
columna de acero hallada en la India, una placa hallada en Palenque, México, las pirámides
de Egipto, los monolitos de piedra de la isla de Pascua (que en opinión de Jacob Bronowski,
todos guardan cierta semejanza con Benito Mussolini), o las figuras geométricas de Nazca,
Perú. Sin embargo, el origen de todos estos artefactos tiene siempre una explicación mucho
más sencilla y plausible. Nuestros antepasados históricos no eran unos zoquetes. Quizá no
tuvieran una sofisticada tecnología, pero eran tan hábiles e inteligentes como nosotros y en
determinados casos concretos combinaron tales dosis de dedicación, inteligencia y duro
trabajo que consiguieron resultados que nos impresionan incluso a nosotros. La teoría de
los antiguos astronautas sobre nuestro planeta se halla bastante difundida, y creo que de
forma interesada, entre los burócratas y políticos soviéticos, tal vez porque sirve para
40
mantener viejos sentimientos religiosos en un contexto científico aceptablemente moderno.
La versión más reciente del tema de los astronautas de la antigüedad sostiene que las
gentes dogones de la república de Malí conservan una tradición astronómica sobre la
estrella Sirio que sólo pueden haber adquirido por contacto con una civilización de
alienígenas. De hecho, parece la explicación correcta, pero tales extranjeros nada tienen
que ver con astronautas, antiguos o modernos (cf. cap. 6). Nada tiene de sorprendente que
las pirámides hayan desempeñado un papel tan importante en las historias sobre antiguos
astronautas. Desde que Napoleón invadiera Egipto, los restos de su antigua civilización
impresionaron hasta tal punto a los europeos que no han dejado de mostrarse como una
fuente de innumerables sinsentidos. Mucho se ha escrito sobre la supuesta información
numerológica almacenada en las dimensiones físicas de las pirámides, especialmente sobre
la gran pirámide de Gizeh, llegándose a afirmar, por ejemplo, que la proporción entre altura
y anchura, medida en ciertas unidades, es la misma que el tiempo en años que separa a
Adán de Jesús. Existe el caso célebre de un piramidólogo al que se observó limando una
protuberancia para que existiera una mayor concordancia entre sus observaciones y sus
especulaciones. La manifestación más reciente del interés despertado por las pirámides es
la «piramidología», y entre otras cosas sus cultivadores sostienen que tanto nosotros como
nuestras navajas de afeitar funcionan mejor y duran más dentro de las pirámides que en
nuestros actuales cubículos ciudadanos. Puede ser. Por mi parte, viviendo en espacios
cuadriculados y habitaciones como cajas de zapatos debo admitir que me siento deprimido,
pero tampoco debe olvidarse que durante la mayor parte de su historia la raza humana no
ha encerrado sus vidas en tan opresivos espacios. Sea como fuere, las tesis de la
piramidología jamás se han verificado en condiciones adecuadas de control experimental.
Una vez más, no han sido sometidas a la piedra de toque experimental.
El «misterio» del triángulo de las Bermudas gira en torno a desapariciones no explicadas de
barcos y aeroplanos en una vasta región oceánica que circunda dichas islas. La explicación
más razonable para tales desapariciones (cuando son tales, pues de muchas de tales
desapariciones se ha verificado que jamás se produjeron) es que los navíos se hunden. En
cierta ocasión, señalé en un programa de televisión que me parecía extraño que barcos y
aviones desaparecieran misteriosamente, pero que nunca sucediera algo similar con trenes,
a lo que Dick Cavett, el presentador, me respondió: «Veo que usted nunca ha estado
esperando el tren de Long Island». Como los entusiastas de los astronautas de la
antigüedad, los valedores del triángulo de las Bermudas usan argumentos chapuceramente
académicos y retóricos, pero jamás han aportado la menor prueba convincente. No se han
sometido a la dura prueba experimental
Todo el mundo conoce perfectamente los platillos volantes, los ovnis. Sin embargo, detectar
una luz extraña en los cielos no significa que estemos siendo visitados por seres
procedentes de Venus o de una lejana galaxia llamada Spectra. Puede tratarse, por
ejemplo, de los faros de un automóvil reflejados por una nube alta, o una bandada de
insectos fosforescentes en vuelo, o un artefacto volante no convencional, o un avión
corriente y moliente con luces de posición no ajustadas a las normas que para ellas existen,
o un reflector de alta intensidad de los utilizados para observaciones metereológicas.
También existen algunos casos en los que una o dos personas afirman haber entrado en
contacto con alienígenas espaciales, ser sometidos luego a exploraciones médicas no
convencionales y, finalmente, dejados de nuevo en libertad. En tales casos, lo único de que
disponemos es el fantástico testimonio de una o dos personas, sin otra posibilidad que la de
elucubrar sobre la sinceridad o verosimilitud del mismo. Por cuanto conozco, de los cientos
de miles de informes sobre ovnis recogidos desde 1947, no existe ni uno solo en que varias
personas hayan informado da forma independiente y digna de confianza el establecimiento
de contactos con algo que sea un artefacto procedente de fuera de nuestro planeta.
No sólo carecemos de relatos probatorios aceptables, sino que no tenemos la menor prueba
física sobre los ovnis. Nuestros laboratorios actuales son sumamente sofisticados. Un
producto elaborado fuera de nuestro planeta sería fácilmente identificable como tal. Pues
bien, nadie ha aportado jamás ni el más pequeño fragmento de nave espacial que haya
superado las pruebas de laboratorio, y mucho menos el cuaderno de bitácora de una nave
de mando espacial. De ahí que en 1977 la NASA declinara una invitación de la Casa Blanca
41
para emprender una investigación seria sobre el tema de los ovnis. Si se excluyen fraudes y
meras anécdotas, no parece quedar nada susceptible de estudio.
En cierta ocasión, mientras me encontraba en un restaurante con algunos amigos, detecté
un brillo en los cielos, un ovni «revoloteante». Inmediatamente después de habérselo
señalado, me encontré en medio de una nube de mait res, camareras, cocineros y clientes
que acordonaban la acera, apuntaban al cielo con dedos y tenedores y daban claras
muestras de asombro. Aquella gente estaba entre encantada y sobrecogida. Pero cuando
regresé con un par de prismáticos que mostraban fuera de toda duda que el supuesto ovni
era en realidad un avión de tipo especial (como se supo más tarde, una aeronave
meteorológica de la NASA), cundió un profundo y generalizado desencanto. Algunos se
mostraban embarazados por haber mostrado en público su credulidad. Otros estaban
simplemente disgustados porque se había esfumado una muy buena historia, algo fuera de
lo ordinario; acababa de difuminarse un posible visitante de otros mundos.
En buen número de casos no actuamos como observadores imparciales. Depositamos cierto
interés emocional en los resultados, quizá sólo porque si fuesen ciertas algunas de las tesis
de estas protociencias el mundo se convertiría en un lugar más interesante, quizá porque
tengan algo que afecta los niveles más profundos de la psique humana. Si de verdad es
posible la proyección astral, puedo sentir cómo una parte de mi ser abandona el cuerpo y
viaja hasta otros lugares sin el menor esfuerzo, posibilidad realmente excitante. Si el
espiritismo es real, mi alma sobrevivirá a la muerte de mi cuerpo, pensamiento
probablemente muy confortable. Si existe la percepción extrasensorial, en muchos de
nosotros se encierran poderes latentes que sólo necesitan ponerse al descubierto para
hacernos más poderosos de lo que somos. Si la astrología está en lo cierto, nuestras
personalidades y destinos están íntimamente ligados al resto del cosmos. Si realmente
existen elfos, duendes y hadas (hay un libro precioso de estampas victorianas donde se
recogen retratos de muchachas de unos quince centímetros de altura, con alas de gasa,
mientras están conversando con un grupo de caballeros Victorianos), el mundo es un lugar
mucho más intrigante de cuanto están dispuestos a admitir la mayoría de adultos. Si
actualmente o en cualquier época histórica pretérita nos visitan o han visitado
representantes de avanzadas y afables civilizaciones extraterrestres, quizá la condición
humana no sea tan deplorable como parece, tal vez los extraterrestres lograrán salvarnos
de nosotros mismos. Pero el hecho de que tales supuestos nos encanten o exciten no nos
ofrece la menor garantía de que sean ciertos. Su veracidad sólo se impondrá a través de
pruebas precisas y mi opinión, por lo general reacia, es que no existen (al menos por el
momento) pruebas sólidas e irrefutables en favor de tales supuestos u otros similares.
Pero aún hay más. De ser falsas, muchas de las doctrinas apuntadas son realmente
perniciosas. En el marco simplista de la astrología popular se juzga a las personas de
acuerdo con uno de entre doce caracteres arquetípicos según sea el mes en que nacieron.
Si la astrología es un sistema de creencias falso, estamos cometiendo una flagrante
injusticia con los individuos tipificados de acuerdo con sus tesis, les colocamos en casilleros
preestablecidos y nos rehusamos a juzgarlos por sí mismos, método muy familiar en las
clasificaciones de orden sexista o racista.
El interés mostrado por los ovnis y los astronautas antiguos parece derivar, al menos en
parte, de necesidades religiosas insatisfechas. Pon lo general, los extraterrestres son
descritos como seres sabios, poderosos, llenos de bondad, con aspecto humano y
frecuentemente arropados con largas túnicas blancas. Son, pues, muy parecidos a dioses o
ángeles que, más que del cielo, vienen de otros planetas, y en lugar de alas usan vehículos
espaciales. El barniz pseudocientífico de la descripción es muy escaso, pero sus
antecedentes teológicos son obvios. En la mayoría de los casos los supuestos astronautas
antiguos y tripulantes de ovnis son deidades escasamente disfrazadas y modernizadas,
deidades fácilmente reconocibles. Un informe británico reciente sobre el tema llega incluso
a señalar que es mayor el número de personas que creen en la existencia de visitantes
extraterrestres que en la de Dios.
La Grecia clásica estaba preñada de historias en que los dioses descendían a la Tierra y
entraban en contacto con los seres humanos. La Edad Media es igualmente rica en
apariciones de ángeles, santos y vírgenes. Dioses, santos y vírgenes se aparecen sin cesar
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a lo largo de la historia humana a individuos que en apariencia merecen gozar del más alto
grado de confianza. ¿Qué ha sucedido? ¿Dónde han ido todas las vírgenes? ¿Qué se ha
hecho de los dioses del Olimpo? ¿Acaso han decidido abandonarnos en estos tiempos que
corren, aparentemente más escépticos? ¿O acaso las creencias reseñadas constituyen un
reflejo moderno de la superstición y credulidad humanas? Tras el extendido culto de los
ovnis parece, pues, esconderse un posible peligro social. Si creemos que vendrán a resolver
nuestros problemas seres de otros mundos, quizá nos sintamos tentados a declinar buena
parte de nuestros esfuerzos para resolverlos nosotros mismos, algo que por lo demás ya ha
sucedido en los numerosos movimientos religiosos milenaristas que jalonan la historia
humana.
Todos los casos de ovnis realmente interesantes lo son bajo el supuesto de que uno o unos
pocos testigos no están intentando embaucarnos o no fueron embaucados. Sin embargo, la
posibilidad de engañarse de cualquier testigo ocular es auténticamente impresionante.
1) Cuando en una clase de derecho se simula la consumación de un robo a modo de
ejercicio, muy pocos son los estudiantes que llegan a coincidir sobre el número de
asaltantes, sus respectivas vestimentas, las armas empuñadas o los comentarios de los
ladrones, la secuencia real de los acontecimientos o el tiempo transcurrido en el asalto.
2) A una serie de profesores se les presentan dos grupos de muchachos desconocidos para
ellos que han superado con idéntico aprovechamiento todos los exámenes. Pero a los
profesores se les indica que mientras en un grupo dominan los alumnos listos en el otro
abundan los mediocres. Los exámenes subsiguientes reflejarán esta calificación inicial
errónea, independientemente del rendimiento real de los estudiantes. La predisposición
falsea las conclusiones.
3) Se les muestra a una serie de testigos una filmación de un accidente automovilístico. A
continuación se les plantean una serie de preguntas como, por ejemplo, ¿se saltó la señal
de stop el coche azul? Una semana más tarde, interrogados de nuevo, una amplia
proporción de testigos aseguran haber visto en la filmación un coche azul, a pesar de que ni
remotamente aparecía un coche de tal color en la filmación proyectada el primer día. Parece
ser que existe un estadio, poco después de presenciar cualquier suceso, en que
verbalizamos lo que creemos haber visto y a partir de ahí ya queda así fijado para siempre
en nuestra memoria. En esta fase somos tremendamente vulnerables, y cualquier creencia
previa -por ejemplo, en los dioses del Olimpo, en los santos cristianos o en los astronautas
extraterrestres- puede influenciar de forma inconsciente nuestros relatos testificales.
Los individuos que se muestran escépticos ante buena parte de los sistemas de creencias
protocientíficas no son necesariamente personas que se sientan incómodas ante cualquier
novedad. Por ejemplo, muchos de mis colegas, y yo mismo, estamos profundamente
interesados por la posible existencia de vida, inteligente o no, en otros planetas. Pero
debemos tener mucho cuidado en no inocular clandestinamente nuestros deseos y
esperanzas en la realidad del cosmos. Dentro de la más genuina tradición científica, nuestro
objetivo es encontrar respuestas reales, al margen de nuestras predisposiciones
emocionales. Me mostraría tan gozoso como el primero si algún día seres extraterrestres
inteligentes visitaran nuestro planeta, y mi trabajo se vería con ello enormemente
facilitado. Por lo demás, he empleado más tiempo del que hubiese querido pensando en
temas relacionados con ovnis y antiguos astronautas. El interés generalizado por tales
temas creo que es, al menos en parte, una buena cosa, pero nuestra apertura mental ante
las deslumbrantes posibilidades que nos presenta la ciencia moderna debe verse
atemperada por cierta finura de olfato escéptica. Muchas posibilidades inicialmente
interesantes acaban por mostrársenos simplemente equivocadas. Para aumentar nuestros
conocimientos sobre el cosmos es imprescindible abrir la mente a nuevas posibilidades y
atesorar una firme voluntad de hallar respuesta a complejos e inquietantes enigmas.
Interrogarse sobre temas arduos tiene ventajas subsidiarias. La vida política y religiosa
americana, especialmente a partir de mediados de los 60, ha estado marcada por una
excesiva credulidad pública, una clara desgana ante los temas más complejos, y como
resultado estamos asistiendo a un innegable deterioro de nuestra salud nacional. El
escepticismo del consumidor provoca un aumento en la calidad de los productos. Gobiernos,
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Iglesias e Instituciones educativas no muestran el menor celo en estimular un pensamiento
crítico, quizá porque son plenamente conscientes de su vulnerabilidad.
Los científicos profesionales se ven generalmente obligados a elegir cuáles van a ser los
objetivos de sus investigaciones. A pesar de la enorme importancia que tendría alcanzar
ciertos logros, es tan escasa la probabilidad de éxito que nadie se muestra dispuesto a
emprender determinados programas de investigación. (Éste ha sido el caso, durante años,
de la detección de inteligencia extraterrestre. La situación ha cambiado de forma radical en
los últimos tiempos a causa de los grandes avances radiotecnológicos, que nos permiten
construir enormes radiotelescopios con sensibilidad para captar todo tipo de mensajes que
se interpongan en nuestro camino. Jamás hasta ahora habíamos gozado de tales
disponibilidades.) Hay otros objetivos científicos perfectamente abordables, pero su
importancia es absolutamente trivial. La mayor parte de los científicos dedicados a la
investigación escogen una vía intermedia. De esta composición de lugar se desprende que
sean muy pocos los científicos que deciden zambullirse en las «oscuras aguas» de las
doctrinas pseudocientíficas con objeto de encontrar su verificación o refutación precisas. Las
probabilidades de alcanzar resultados realmente interesantes -excepto en cuanto hace
referencia a la naturaleza humana- parecen escasas y el tiempo que debería invertirse en la
tarea muy considerable. Considero que los científicos deberían emplear más tiempo en la
discusión de los temas reseñados, pues si no se manifiesta sobre los mismos la menor
oposición de carácter científico da la sensación de que los consideramos razonables desde
una perspectiva científica.
Hay muchos casos en que las creencias popularmente sustentadas son tan absurdas que
son inmediatamente menospreciadas por la comunidad científica sin que se tome la menor
molestia para hacer públicas sus argumentaciones. Creo que mantener tal postura es un
error. La ciencia, y especialmente hoy en día, depende del apoyo público. Puesto que por
desgracia la mayor parte de la gente posee un conocimiento muy escaso e inadecuado de la
ciencia y la tecnología, resulta muy difícil tomar decisiones inteligentes sobre cualquier
problema científico. Algunas de las pseudociencias hoy en boga son empresas
auténticamente rentables, y algunos de sus defensores no sólo se hallan fuertemente
identificados con el tema en cuestión sino que obtienen con el mismo grandes sumas de
dinero. La situación les inclina a una mayor inversión de recursos para defender sus puntos
de vista. Algunos científicos no parecen tener el menor deseo de enzarzarse en discusiones
públicas sobre la validez de las ciencias marginales a causa del esfuerzo que ello requiere y
de la posibilidad latente de verse perdiendo un debate público. Sin embargo, intervenir en
confrontaciones sobre estos tópicos es una excelente oportunidad de mostrar el método de
trabajo científico en temas tan elusivos, así como un excelente modo de comunicar algo del
poder y del placer que se deriva de la ciencia.
Se detecta una perniciosa inmovilidad a uno y otro lado de las fronteras que delimitan la
empresa científica. El aislamiento de la ciencia y el rechazo ante toda novedad tienen una
influencia negativa sobre la credulidad pública. En cierta ocasión, un distinguido científico
me amenazó con hablarle al por entonces vicepresidente Spiro T. Agnew sobre mí si seguía
empeñándome en organizar una mesa redonda en la Asociación Americana para el Progreso
Científico sobre el hipotético origen extraterreste de los ovnis en la que pudiesen tomar la
palabra defensores y detractores de la idea. Un grupo de científicos, escandalizados por las
conclusiones que apuntaba Immanuel Velikovsky en su libro Worlds in Collision e irritados
por su desconocimiento de una serie de hechos científicos perfectamente establecidos,
cometieron la ignominia de presionar al editor para que no publicase el texto en cuestión.
Su gestión tuvo éxito, pero el libro aparecía poco después en otra editorial, que por cierto
obtendría un buen provecho de su decisión. Cuando intenté organizar un segundo simposio
en la misma Asociación Americana para el Progreso Científico destinado a discutir las ideas
de Velikovsky, fui duramente criticado por prominentes figuras científicas que sostenían que
toda atención pública al tema, aun cuando llegase a conclusiones negativas, no podía hacer
más que prestar apoyo a la causa de Velikovsky.
No obstante, se celebraron ambos simposios, sus audiencias parece ser que los encontraron
interesantes, fueron publicadas las ponencias y discusiones allí mantenidas, y hoy en día
jóvenes de Duluth o Fresno tienen a su disposición algunos libros que presentan la otra cara
del problema (cf. p. 61). Si la ciencia se expone con escaso atractivo e imaginación en
44
escuelas y medios de difusión, quizá consiga despertarse el interés por ella a través de
discusiones sobre sus límites bien organizadas y llevadas a cabo en un lenguaje
comprensible para el gran público. La astrología puede servir de palestra para discusiones
sobre astronomía, la alquimia abrir el camino a la química, el catastrofismo velikovsquiano
y los continentes desaparecidos, como la Atlántida, a la geología, el espiritualismo y la
cientología a una amplia variedad de problemas psicológicos y psiquiátricos.
Muchas personas están aún convencidas de que si algo aparece en letra impresa debe ser
verdad. Cuando salen a la venta libros sobre especulaciones completamente indemostrables
o flagrantes sinsentidos surge de inmediato un curioso y distorsionado sentimiento público
de que los temas tratados deben ser sólidas verdades. En la polémica desatada por la
publicación en la prensa de un extracto del contenido de un libro de H. R. Haldeman a la
sazón en prensa, sentí un enorme regocijo al leer las declaraciones del editor en jefe de una
de las mayores empresas editoriales del mundo: «Creemos que un editor tiene la obligación
de comprobar la exactitud de ciertos trabajos ensayísticos antes de proceder a su
publicación. Nuestro sistema consiste en enviar el libro a una autoridad independiente en la
materia para que efectúe una lectura objetiva previa de todo libro que la requiera». Estas
palabras las pronunció un editor cuya empresa había puesto en circulación algunos de los
más eximios ejemplos de pseudociencia de las últimas décadas. No obstante, hoy en día
existen a disposición de todo el mundo libros que presentan la otra cara de la historia, y
como muestra me permito reseñar aquí una pequeña lista de las doctrinas pseudocientíficas
que gozan hoy por hoy de mayor predicamento y los más recientes intentos de refutar sus
tesis desde una perspectiva científica.
ALGUNAS DOCTRINAS PSEUDOCIENTÍFICAS RECIENTES Y SUS CRITICAS
Mientras muchas de las doctrinas pseudocientíficas gozan de una gran difusión entre el
público, la discusión y análisis pormenorizado de sus puntos débiles más sobresalientes no
es, ni con mucho, tan ampliamente conocida, la presente lista puede servir de guía sobre
algunos de tales trabajos críticos desde una perspectiva científica.
El triángulo de las Bermudas: The Bermuda Triangle Mystery-Solved, Laurence Kusche,
Harper & Row, 1975
Espiritualismo: A Magician Among the Spirits, Harry Houdini, Harper, 1924 The Psychic
Mafia, M. Lámar Keene, St. Martin's Press, 1976
Uri Geller: The Magic of Uri Geller, James Randi, Ballantine, 1975
La Atlántida y otros «continentes perdidos»: Legends of the Earth: Their Geologic Origins
Dorothy B. Vitaliano, Indiana University Press, 1973. Lost Continents, L. Sprague de Camp,
Ballantine, 1975
OVNIS: UFOs Explained Philip Klass, Random House, 1974. UFOs: A Scientific Debate, Cari
Sagan y Thornton Page, eds., Norton, 1973
Astronautas de la Antigüedad: The Space Gods Revealed: A Close Look at the Theories of
Erich von Daniken, Ronald Story, Harper & Row, 1976. The Ancient Engineers, L. Sprague
de Camp, Ballantine, 1973
Velikovsky: Worlds in Collision Scientists Confront Velikcwsky, Donald Goldsmith, ed.,
Cornell University Press, 1977
Vida emocional de las plantas «Plant "Primary Perception"», K. A. Horowitz y otros, Science,
189: 478-480 (1975)
Uno de los temas analizados críticamente, la vida emocional de las plantas y sus
preferencias musicales, estuvo en candelero hace muy pocos años, hasta tal punto que
durante semanas y semanas las tiras de comics «Doonesbury» de Gary Trudeau se llenaron
de conversaciones con vegetales. Se trata de un tema ya viejo, como nos permite
comprobar uno de los epígrafes con que se abría el presente capítulo. Tal vez el único
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aspecto alentador del caso es que en nuestros días se acoge el tema con mucho más
escepticismo que en 1926.
No hace demasiados años se creó un comité de científicos, magos y otros elementos
diversos para arrojar alguna luz sobre los problemas de las pseudociencias. Inició sus
actividades con algunos trabajos de gran utilidad, entre ellos la publicación de las más
recientes noticias sobre la confrontación entre las perspectivas racionalista e irracionalista,
debate que se remonta en el tiempo a los enfrentamientos entre el profeta Alejandro y los
epicúreos, los racionalistas de la época. El comité también ha protestado ante los
organismos rectores de las distintas cadenas de televisión y ante la Comisión Federal de
Comunicaciones por la usual falta de criticismo en los programas de la pequeña pantalla
dedicados a las pseudociencias. Dentro del propio comité se ha abierto un interesante
debate entre quienes opinan que debe combatirse toda doctrina que huela a
pseudocientifismo y los que piensan que debe juzgarse cada corriente concreta en función
de sus propios méritos, aunque el peso de la tarea probatoria debe recaer de lleno sobre
quienes sustenten las teorías marginales. Por mi parte, me siento enormemente identificado
con el segundo de los puntos de vista. Creo imprescindible seguir interrogándose sobre el
mundo de lo extraordinario, pero las hipótesis sobre fenómenos insólitos requieren
ineludiblemente pruebas confirmatorias asimismo extraordinarias.
Desde luego, los científicos son seres humanos y cuando se apasionan pueden abandonar
temporalmente el ideario y métodos de sus disciplinas. Sin embargo, los ideales del método
científico se han manifestado a lo largo de la historia como tremendamente eficaces. Para
determinar cómo funciona el mundo es imprescindible recurrir a una mezcla de
corazonadas, intuición y brillante creatividad, y bien entendido que en ningún momento de
la investigación debe abandonarse un férreo criterio crítico regido por el escepticismo. Los
más sorprendentes e inesperados logros de la ciencia se han generado a partir de una
tensión motriz entre creatividad y escepticismo. En mi opinión, las propuestas de la
pseudociencia palidecen al confrontarlas con cientos de actividades y descubrimientos de la
ciencia auténtica de nuestros días. Sólo a modo de ejemplos, reseñaré la existencia de dos
cerebros semiindependientes dentro de cada cráneo humano, la indiscutible realidad de los
agujeros negros, la deriva y colisiones continentales, el lenguaje de los chimpancés, los
imponentes cambios climáticos que se producen en Marte y Venus, la antigüedad de la
especie humana, la búsqueda de vida extraterrestre, la elegante función autocopiadora de
la arquitectura molecular que controla nuestra herencia y evolución o las distintas pruebas
observacionales sobre el origen, naturaleza y destino de nuestro universo contemplado
como un todo.
Pero el éxito de la ciencia, tanto en lo que afecta a su estímulo intelectual como a sus
aplicaciones prácticas, depende básicamente de su capacidad para autocorregirse. Siempre
debe existir un modo de verificar la validez de una idea, siempre hay que tener a mano la
posibilidad de reproducir cualquier experimento verificador o falseador. El carácter personal
o las creencias de los científicos deben ser factores irrelevantes en su trabajo, y sus
afirmaciones sólo deben apoyarse en pruebas experimentales. Los argumentos de autoridad
no cuentan en absoluto, pues con demasiada frecuencia han errado todo tipo de
autoridades. Quisiera ver a las escuelas y medios de comunicación difundiendo este modo
de pensar tan científicamente eficaz, y ciertamente sería asombroso y encantador verlo
incorporarse al terreno de la política. Una característica primordial de los científicos ha sido
siempre su capacidad para cambiar pública y radicalmente sus puntos de vista al serles
presentadas nuevas pruebas y argumentos. Por desgracia, no puedo recordar a ningún
político que haya mostrado similar apertura mental y buena voluntad en cuanto a la
modificación de sus puntos de vista.
Buena parte de los sistemas de creencias ubicados en las fronteras del ámbito científico no
pueden someterse a una experimentación clara y precisa. Son postulados anecdóticos que
dependen por entero de la veracidad de los testigos oculares, por lo general un material
que merece escasa confianza. Tomando como punto de referencia situaciones pasadas,
parece indudable que muchos de tales sistemas marginales acabarán mostrándose faltos de
toda validez. Pero no podemos rechazar de plano, del mismo modo que tampoco podemos
aceptarlas sin más, todas estas creencias en conjunto. Por ejemplo, entre los científicos del
siglo XVIII se tenía por absurda la idea de que pudiesen caer del cielo grandes masas
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rocosas; Thomas Jefferson señalaba a propósito de un relato sobre tal tipo de fenómenos,
que se sentía más inclinado a creer que los científicos americanos estaban mintiendo que
aceptar que las rocas habían caído del cielo. No obstante, lo cierto es que caen rocas del
cielo, los denominados meteoritos, y nuestras ideas a priori sobre el fenómeno no arrojan la
más mínima luz sobre la verdad del mismo. No debe olvidarse, sin embargo, que la
auténtica realidad del fenómeno sólo quedó plenamente establecida tras un minucioso
análisis de docenas de testimonios independientes sobre la caída de un mismo meteorito,
testimonios apoyados por un enorme conjunto de pruebas físicas, entre las que se incluían
la recuperación de meteoritos de los tejados de diversas casas y de entre los surcos de
campos de labranza.
Prejuicio significa literalmente juicio previo, equivale al rechazo apriorístico de cualquier
afirmación antes de haber examinado las pruebas que pretenden sustentarla. El prejuicio es
resultado de una postura emocional, jamás del razonamiento cuidadoso. Si debemos
determinar la veracidad de un asunto debemos abordarlo con una apertura mental tan
grande como sea posible, así como con plena conciencia de nuestras limitaciones y
predisposiciones. Si tras un análisis cuidadoso, y franco de miras, de las pruebas que
tenemos a nuestra disposición rechazamos una proposición determinada, ya no se trata de
un prejuicio; en tal caso debiera hablarse de «postjuicio», de juicio a posteriori. Y
ciertamente, este modo de actuar es prerrequisito indispensable para alcanzar cualquier
tipo de auténtico conocimiento.
El examen crítico y escéptico de los problemas es el método aplicado cotidianamente en los
asuntos prácticos y en la ciencia. Cuando compramos un coche, ya sea nuevo o usado,
considerarnos medida prudente exigir garantías escritas sobre su buen funcionamiento
junto con la verificación del mismo mediante pruebas de conducción y comprobación de
determinadas partes de la maquinaria. Solemos desconfiar de los vendedores de
automóviles que muestran reticencia en estos puntos. Y sin embargo los cultivadores de la
mayor parte de pseudociencias se muestran visiblemente ofendidos cuando se desea
someterles a un tipo de análisis similar. Muchas personas que afirman sentir percepciones
extrasensoriales sostienen asimismo que sus habilidades desaparecen cuando se les
observa cuidadosamente. El mago Uri Geller se siente feliz doblando llaves y cucharas ante
un auditorio de científicos, quienes al enfrentarse con la naturaleza se hallan ante un
adversario que juega limpio, pero se muestra enormemente desairado ante la idea de
efectuar sus demostraciones frente a una audiencia de magos escépticos, quienes
sabedores de las limitaciones humanas son también capaces de obtener efectos similares
empleando trucos adecuados. Cuando se veda la posibilidad de efectuar observaciones
críticas y de entrar en discusión, se está ocultando la verdad. Cuando se sienten criticados,
los defensores de las creencias pseudocientíficas suelen recordar que en tiempos pasados
fueron muchos los genios ridiculizados por sus coetáneos. Pero el hecho de que algunos
genios se vieran escarnecidos con burlas, no supone ni de lejos que todas las personas de
las que se han burlado fueran genios. Se burlaron de Colón, de Fulton y de los hermanos
Wright, pero la gente también se ha reído de los innumerables payasos que en el mundo
han habido.
Tengo la firme creencia de que el mejor antídoto para la pseudociencia es la ciencia:
• Existe en África un pez que habita en aguas frescas y es ciego. Dicho pez genera un
campo eléctrico permanente que le permite distinguir entre predadores y presas así como
comunicarse en un lenguaje eléctrico bastante elaborado con potenciales consortes y con
otros peces de la misma especie. El pez en cuestión posee un sistema orgánico y una
capacidad sensorial completamente desconocidas para los seres humanos pretecnológicos.
• Existe una aritmética, perfectamente razonable y autoconsistente desde el punto de vista
lógico, en la que dos y dos no son cuatro.
• Se ha descubierto que las palomas, uno de los animales más simpáticos que existen,
poseen una notabilísima sensibilidad ante campos magnéticos de intensidad unas cien mil
veces inferior a la del dipolo magnético terrestre. Evidentemente, las palomas utilizan su
capacidad sensorial extraordinaria para navegar y captar ciertos elementos de su entorno,
como objetos metálicos, cables de conducción eléctrica, escaleras de incendios, etc., una
facultad sensorial ni siquiera vislumbrada por ningún ser humano.
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• Los quasars parecen ser explosiones de violencia casi inimaginable acaecidas en el
corazón de las galaxias en las que perecen millares de mundos, muchos de ellos quizá
habitados.
• En un torrente de cenizas volcánicas del este de África de una antigüedad de tres millones
y medio de años se han encontrado huellas de un ser de unos seis palmos de altura y de
zancada firme que muy bien puede ser el ancestro común de monos y hombres. En las
proximidades aparecen huellas de un primate de locomoción todavía no erecta
correspondientes a un animal que seguimos desconociendo.
• Cada una de nuestras células contiene docenas de minúsculas factorías, las denominadas
mitocondrias, que combinan nuestros alimentos con oxígeno molecular para extraer así la
energía adecuada a nuestras necesidades. Descubrimientos recientes parecen sugerir que
miles de millones de años atrás las mitocondrias eran organismos autónomos que fueron
evolucionando lentamente hacia el establecimiento de una mutua relación de
interdependencia con la célula. Al aparecer en los organismos pluricelulares quedó
preservado este tipo de relación que señalamos. Como consecuencia, y hablando en sentido
estricto, nosotros no somos un solo organismo único, sino una aglomeración de alrededor
de diez billones de seres, y no todos del mismo tipo.
• Marte posee un volcán de casi 24 kilómetros de altura que surgió como tal unos 1.000
millones de años atrás. Y tal vez existan en Venus volcanes aún mayores.
• Nuestros radiotelescopios han captado la radiación cósmica de fondo del cuerpo negro,
que no es otra cosa que el distante eco del suceso conocido como Big Bang (la gran
explosión). Por decirlo de otro modo, hoy en día todavía observamos las llamaradas de la
creación.
Podría seguir casi indefinidamente esta lista. Estoy convencido de que un conocimiento
incluso superficial de los más recientes descubrimientos de la ciencia y la matemática
modernas es más asombroso y excitante que la mayor parte de doctrinas pseudocientíficas.
Sus practicantes ya fueron adjetivados en época tan lejana como el siglo V A.C. por el
filósofo jónico Heráclito de «sonámbulos, magos, sacerdotes de Baco, traficantes de
misterios». La ciencia es algo más intrincado y sutil, nos revela un universo mucho más
rico, evoca nuestra capacidad de asombro. Además, tiene una importante virtud adicional -
y el término tiene pleno significado sea cual sea el ámbito en que se aplique-, la de ser
verdad.
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6. ENANAS BLANCAS Y HOMBRECILLOS VERDES
No hay testimonio alguno capaz de probar un
milagro, a menos... que su falsedad sea más
milagrosa que el hecho que pretende establecer.
DAVID HUME Sobre los milagros
La humanidad ha convertido ya en realidad los vuelos interestelares. Con la ayuda del
campo gravitatorio del planeta Júpiter, los ingenios espaciales Pioneer 10 y 11 y Voyager 1
y 2 han sido emplazados en trayectorias que les permitirán abandonar el sistema solar
camino del reino de las estrellas. La velocidad a que se mueven todos estos ingenios
espaciales es tremendamente lenta, a pesar de que son los objetos más rápidos jamás
lanzados por la especie humana. Recorrer distancias típicamente interestelares les llevará
decenas de miles de años. A menos de que se intente rectificar sus trayectorias, jamás
volverán a transitar por ningún sistema planetario en las decenas de miles de millones de
años de la historia futura de la vía Láctea. Las distancias interestelares son demasiado
enormes. Son ingenios condenados a viajar por siempre jamás en el seno de las penumbras
espaciales. Pero aun así, tales ingenios espaciales llevan consigo mensajes para prevenir la
remota posibilidad de que en algún tiempo futuro seres de otros mundos logren interceptar
las naves y se pregunten qué seres fueron los que las pusieron en movimiento para
proseguir tan prodigiosos trayectos.(1)
--
(1): Una descripción detallada del Pioneer 10 y el Pioneer 11 puede hallarse en mi obra The
Cosmic Connection (Doubleday, Nueva York, 1973); y el registro fonográfico de los Voyager
1 y 2 se explica asimismo con amplitud en Murmurs of Earth: The Voyager Interstellar
Record (Random House, Nueva York, 1978).
--
Si somos capaces de diseñar y construir tales ingenios en un estadio de desarrollo
tecnológico relativamente atrasado, ¿qué no podrá hacer una civilización que nos supere en
miles o quizás en millones de años en cuanto a viajes interestelares controlados ubicada en
otro planeta o estrella? Los vuelos interestelares precisan una gran inversión de tiempo
para nosotros, y tal vez también para otras civilizaciones cuyos recursos sean
sustancialmente superiores a los nuestros. Sin embargo, sería una necedad presuponer que
en algún momento futuro no llegaremos a descubrir enfoques conceptualmente
insospechados de la física o la ingeniería de los vuelos interestelares. Evidentemente, tanto
por razones económicas como de rendimiento y comodidad, las transmisiones de radio
interestelares aventajan en mucho a los vuelos espaciales, y de ahí que lo mejor de
nuestros esfuerzos se haya concentrado en el desarrollo de las comunicaciones por radio.
No obstante, este último método es obviamente inadecuado para establecer contacto con
sociedades o especies que vivan todavía en una fase pretecnológica. Fuera cual fuese el
grado de sofisticación y potencia de tales transmisiones, antes de nuestros días no
hubiésemos podido recibir ni entender ningún hipotético radiomensaje que llegase a nuestro
planeta. Por lo demás, no cabe olvidar que la vida apareció sobre la Tierra hace unos 4.000
millones de años, que los seres humanos se desenvuelven aquí desde hace varios millones,
y que existen agrupaciones humanas civilizadas desde unos 10.000 años atrás.
No es una idea en absoluto descabellada que la cooperación de civilizaciones establecidas
en distintos planetas de la Vía Láctea esté llevando a cabo cierto tipo de prospección
galáctica, que mediante ojos u órganos similares estén observando la aparición de nuevos
planetas y traten de descubrir mundos para ellos todavía ignorados. No obstante, nuestro
sistema solar se encuentra extraordinariamente alejado del centro de la Galaxia y nada
tendría de extraño que hubiesen desechado la posibilidad de llevar a cabo tales
investigaciones. Quizá lleguen hasta nuestro planeta ingenios espaciales en misión de
observación, pero sólo cada 10 millones de años, es decir, que no lo han hecho jamás en
tiempos históricos. O, seamos más precisos y agotemos todas las posibilidades, tal vez
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hayan arribado a nuestro planeta algunos comandos de observación en tiempos
suficientemente recientes dentro de la historia humana como para que los detectaran
nuestros antepasados, o incluso como para que la historia de nuestra especie se haya visto
afectada por el contacto con seres extraterrestres.
En un libro publicado en 1966, Intelligent Life in the Universe, yo mismo y el astrofísico
soviético. I. S. Shklovskii hemos discutido esta última posibilidad. Tras examinar un amplio
muestrario de artefactos, leyendas y folklore de las más diversas culturas, llegamos a la
conclusión de que ninguno de los supuestos indicios proporcionaba pruebas mínimamente
convincentes de un eventual contacto extraterrestre. En todos los casos analizados existen
explicaciones alternativas mucho más plausibles y que se fundamentan siempre en
habilidades y comportamientos humanos. Entre los casos sometidos a discusión se
encuentran varios que posteriormente han utilizado Erich von Dániken y otros ensayistas
escasamente críticos como pruebas a favor de pretéritos contactos con extraterrestres. He
aquí algunos ejemplos: las leyendas sumerias y sus piedras cilíndricas con inscripciones
astronómicas; las historias bíblicas del Enoch eslavo y de Sodoma y Gomorra; los frescos
dejados por los tassili en el norte de África; el cubo metálico trabajado a máquina y
supuestamente hallado entre sedimentos geológicos de gran antigüedad y del que también
se dice fue expuesto en determinado museo austríaco; y así sucesivamente. Posteriormente
he seguido interesándome tanto como he podido en historias similares, y mi conclusión al
respecto es que pocos son los casos que merecen considerarse con un mínimo
detenimiento.
En la larga letanía que aporta la arqueología popular sobre los «astronautas de la
Antigüedad», los casos con un aparente interés tienen explicaciones alternativas
perfectamente razonables, han sido presentados de forma distorsionada o no son más que
simples supercherías, bulos o distorsiones de los hechos. Tal juicio es plenamente válido
para los argumentos a la vista del mapa de Piri Reís, los monolitos de la isla de Pascua, los
dibujos épicos de las llanuras de Nazca y los diversos artefactos encontrados en México,
Uzbekistán y China.
Por lo demás, cualquier civilización extraterrestre avanzada que nos hubiese visitado no
hubiera tenido el más mínimo problema para dejarnos una tarjeta de visita sin ningún tipo
de ambigüedad. Para poner un ejemplo, son muchos los físicos nucleares que sostienen la
existencia de una especie de «isla de estabilidad» para los núcleos atómicos, que se situaría
en los aledaños de un hipotético átomo hiperpesado que tuviese poco más o menos 114
protones y 184 neutrones en su núcleo. Todos los elementos químicos más pesados que el
uranio (cuyo núcleo alberga un total de 238 protones y neutrones) se desintegran
espontáneamente en períodos de tiempo sumamente breves considerados a escala cósmica.
Sin embargo, existen fundadas razones para suponer que las fuerzas de enlace entre
protones y neutrones para aquellos núcleos que contengan alrededor de 114 de los
primeros y 184 de los segundos darán lugar a átomos completamente estables. La creación
de átomos de tales características sobrepasa nuestras posibilidades tecnológicas actuales, y
naturalmente también las de nuestros antepasados históricos. Por consiguiente, un
artefacto metálico que encerrase tales elementos sería una prueba irrefutable y sin la
menor ambigüedad de la visita de una civilización extraterrestre avanzada en cualquier
momento de nuestro pasado. Consideremos ahora el tecnecio, elemento cuya forma más
estable tiene 99 protones y otros tantos neutrones. Partiendo de una determinada cantidad
inicial de tecnecio, la mitad de la misma se ha desintegrado en otros elementos una vez
transcurridos alrededor de 200.000 años; otros 200.000 años, y se habrá desintegrado la
mitad del tecnecio restante; y así sucesivamente. Por consiguiente, todo el tecnecio
formado en las estrellas junto con otros muchos elementos químicos miles de millones de
años atrás habrá desaparecido en nuestros días. En otras palabras, todo el tecnecio
terrestre sólo puede ser de origen artificial, y por lo demás esto es exactamente lo que nos
indica su nombre. Un artefacto de tecnecio tendría una única explicación posible. De modo
similar, hay en nuestro planeta elementos muy comunes inmiscibles entre sí, por ejemplo el
aluminio y el plomo. Si se intenta obtener una aleación conjunta de ambos, el plomo, al ser
considerablemente más pesado que el aluminio, precipita hacia la zona inferior del
recipiente, mientras que el aluminio se queda flotando por encima de él. No obstante, en
condiciones de ausencia de gravedad, características en el interior de un ingenio espacial en
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pleno vuelo, el elemento más pesado ya no presenta su ineludible tendencia terrestre a
precipitarse hacia abajo, lo que permite producir aleaciones tan exóticas como la Al/Pb. Uno
de los objetivos de la NASA al proyectar las primeras misiones Shuttle era verificar la
puesta en práctica de tales técnicas de aleación en ambientes de ingravidez. Todo mensaje
escrito sobre una aleación aluminio/plomo y recuperado de una antigua civilización sería
indudablemente merecedor de nuestra más cuidadosa atención.
También cabe la posibilidad de que nos remita a civilizaciones alienígenas un mensaje cuyo
contenido sobrepase claramente los conocimientos científicos o las habilidades tecnológicas
de nuestros antepasados. Aquí no se tratará, pues, del material escogido como soporte,
sino del contenido intelectual intrínseco del mensaje. Por ejemplo, podrían ser buenos
mensajes una interpretación vectorial de las ecuaciones de MaxwelL una representación
gráfica de la distribución de radiaciones del cuerpo negro de Planck para diferentes
temperaturas o una deducción de las transformaciones de Lorentz para la relatividad
especial. Aun cuando la civilización primitiva que entrara en posesión de tales escritos no
entendiese nada de ellos, bien podría haberlos reverenciado como objetos sagrados. Sin
embargo, no se ha producido caso alguno de este tipo o similar, a pesar de ser de un
innegable valor para cualquier historia sobre astronautas extraterrestres, antiguos o
contemporáneos. Se han abierto debates sobre el grado de pureza de muestras de
magnesio supuestamente procedentes de restos de algún ovni destruido, pero lo cierto es
que la tecnología americana podía obtener sin problemas muestras metálicas equivalentes
en el momento de ser presentadas como extraterrestres. Un hipotético mapa estelar
recompuesto (de memoria) a partir del existente en el interior de un platillo volante no
reproduce fielmente, como se pretendía, las posiciones relativas de las estrellas más
cercanas a nosotros. De hecho un examen más atento muestra que no es mucho mejor que
el «mapa estelar» que se obtendría esparciendo al azar manchas de tinta sobre unas pocas
hojas en blanco con la ayuda de un viejo cálamo. A excepción de uno, los relatos que
conocemos no son lo suficientemente precisos como para postular la posesión de un
esquema correcto de conocimientos físicos o astronómicos modernos entre civilizaciones
precientíficas o pretecnológicas. La única excepción conocida es la notable mitología
elaborada en torno a la estrella Sirio por un pueblo originariamente afincado en la actual
república de Mali, los dogones.
El pueblo dogon empezó a ser objeto de estudio intensivo por parte de los antropólogos a
comienzos de la década de los 30 del presente siglo, y en la actualidad este antiguo pueblo
africano se encuentra reducido a unos pocos cientos de miles de individuos. Algunos
elementos de su mitología contienen reminiscencias de las leyendas de la antigua
civilización egipcia, y algunos antropólogos han defendido la existencia de algunos vínculos
culturales, aunque débiles, con dicha civilización. Los ortos helíacos de la famosa estrella
Sirio desempeñan un papel central en el calendario egipcio, pues eran el punto de
referencia utilizado para predecir las crecidas del Nilo. Los aspectos más sobresalientes de
la astronomía dogon nos han llegado a través del trabajo de Marcel Griaule, antropólogo
francés que estudió el tema durante las décadas de los 30 y los 40. Aunque no hay razón
alguna para dudar de los relatos de Griaule, es importante señalar que dentro del mundo
occidental no existe registro alguno sobre las creencias populares de los dogones anterior al
suyo y que toda información sobre el tema deriva del trabajo del antropólogo francés.
Recientemente, las tradiciones dogonas han sido popularizadas por R. K. G. Temple.
A diferencia de la mayor parte de sociedades precientíficas, los dogones creen que los
planetas, y entre ellos la Tierra, giran alrededor de sus ejes al mismo tiempo que en torno
al Sol. Desde luego, para llegar a tal conclusión no se precisa en absoluto de conocimientos
tecnológicos avanzados, tal como demuestra el propio caso de Copérnico, pero con todo es
una concepción tremendamente inusual en la historia humana. En la Grecia clásica, la
movilidad de la Tierra y los demás planetas fue defendida, excepcionalmente, por Pitágoras
y Filolao, quien quizá sostuviese, en palabras de Laplace, «que los planetas estaban
habitados y que las estrellas eran soles diseminados en el espacio, al tiempo que centros de
otros sistemas planetarios». Situadas entre un amplio muestrario de ideas contradictorias,
es indudable que se trata de conjeturas felizmente inspiradas.
Los antiguos griegos creían que el mundo estaba conformado exclusivamente por cuatro
elementos primordiales, tierra, fuego, agua y aire. Entre los filósofos presocráticos no es
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raro el caso de quienes abogaban preferencialmente por alguno de ellos. Si el paso del
tiempo llega a poner de manifiesto que, efectivamente, uno de tales elementos prevalece
en el universo por encima de los demás, no hay razón para atribuir una especial intuición
científica al filósofo presocrático que defendiese tal candidatura, pues es indudable que con
sólo atender a razones estadísticas alguno de ellos estaba forzosamente obligado a estar en
lo cierto. De modo equivalente, si en nuestro planeta existen varios cientos o miles de
culturas, cada una con su propia cosmología, no debe sorprendernos en lo más mínimo que,
de vez en cuando, por puro azar, una de ellas ponga sobre el tapete un idea, no sólo
correcta, sino también de imposible deducción a partir de sus niveles de conocimiento.
No obstante, según Temple, los dogones van mucho más lejos. Este pueblo sostiene que
Júpiter tiene cuatro satélites y que Saturno está rodeado por un anillo. Cabe dentro de lo
posible que en muy extraordinarias condiciones algunos individuos de agudeza visual
sorprendente hayan podido observar, sin ayuda de telescopio, los satélites galileanos de
Júpiter y los anillos de Saturno, pero reconozcamos que al pensar así se bordean las más
extremas fronteras de la plausibilidad. También se señala que los dogones representan los
planetas moviéndose sobre órbitas elípticas, algo que ningún astrónomo anterior a Kepler
había llegado a postular.
Pero más sorprendente aún es cuanto afirman los dogones sobre Sirio, la estrella más
brillante de los cielos. Los dogones sostienen que alrededor de Sirio órbita otra estrella
oscura e invisible (según Temple, siguiendo una órbita elíptica) que concluye una rotación
completa cada cincuenta años. Añaden que se trata de una estrella muy pequeña y muy
densa, formada por un metal especial inexistente en la Tierra al que denominan sagala.
Pues bien, la estrella visible Sirio A tiene una extraordinaria compañera oscura, Sirio B, que
gira a su alrededor en órbita elíptica completando una revolución cada 50,04 ± 0,09 años-
Sirio B es el primer ejemplo de enana blanca que descubrió la astrofísica moderna. Su
materia constitutiva se encuentra en un estado que recibe el nombre de «relativísticamente
degenerado», estado de agregación de la materia que no se da en nuestro planeta, y
puesto que en esta materia degenerada los electrones no están ligados a los núcleos
atómicos puede calificarse con toda propiedad de metálica. La estrella Sirio A es conocida
como estrella del Perro, y a Sirio B se le suele apodar «el Cachorro».
A primera vista, la leyenda de Sirio elaborada por los dogones parece ser la prueba más
seria en favor de un antiguo contacto con alguna civilización extraterrestre avanzada. No
obstante, si examinamos con más atención el tema, no debemos pasar por alto que la
tradición astronómica de los dogones es puramente oral, que con absoluta certeza no
podemos remontarla más allá de los años 30 del presente siglo y que sus diagramas no son
otra cosa que dibujos trazados con un palo sobre la arena. (Señalemos de paso que
parecen existir pruebas de que los dogones gustan de enmarcar sus dibujos con elipses y
que, en consecuencia, Temple puede haber errado al afirmar que dentro de la mitología
dogon tanto los planetas como la estrella Sirio B se mueven siguiendo órbitas elípticas).
Al examinar globalmente la mitología dogon constatamos que atesora una riquísima y
detallada gama de materiales legendarios, mucho más rica, tal como han señalado buen
número de antropólogos, que la de sus vecinos geográficos. Donde existe una notable
riqueza legendaria hay, desde luego, una probabilidad mucho más elevada de que algunos
de los mitos sustentados coincidan accidentalmente con descubrimientos de la ciencia
moderna. Por descontado, en los pueblos con mitologías más restringidas disminuye en
gran medida la probabilidad de concordancias accidentales. Pero, ¿acaso tropezamos con
otros casos de coincidencia con adquisiciones científicas recientes al examinar el resto de la
mitología dogon?
La cosmogonía dogon señala que el Creador examinaba un canasto trenzado de fondo
cuadrado y boca redonda, tipo de cesto que sigue utilizándose actualmente en Malí. Una vez
terminada la canasta, lo tomó como modelo para crear el mundo: la base cuadrada
representaba los cielos y la boca circular el Sol. Ciertamente, no considero que este relato
sorprenda como notabilísima anticipación del pensamiento cosmológico moderno. En el
relato dogon acerca de la creación de la Tierra, el creador inserta en el interior de un huevo
dos pares de gemelos, cada uno constituido por un macho y una hembra, de los que se
espera que maduren en el interior del huevo hasta fundirse en un único y perfecto ser
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andrógino. La Tierra surge cuando uno de los pares de gemelos rompe la cáscara del huevo
antes de haber madurado, y entonces el Creador decide sacrificar el par restante a fin de
mantener cierta armonía cósmica. Estamos ante una abigarrada e interesante mitología,
pero en modo alguno parece que pueda sostenerse que sea cualitativamente diferente de
buena parte de las otras mitologías y religiones de la humanidad.
La hipótesis de una estrella asociada a Sirio puede haber derivado naturalmente de la
mitología dogon, en la que los gemelos juegan un papel central, pero aun así no parece
existir ninguna explicación referencial para las cuestiones del período de revolución y
densidad de la compañera de Sirio. El mito dogon sobre Sirio es demasiado similar a lo
descubierto por la astronomía moderna y de una precisión cuantitativa extraordinaria como
para atribuirlo a la casualidad. Y ahí está, inmerso en un corpus legendario que se ajusta
con escasas desviaciones a todo modelo estándar de mitología precientífica. ¿Cuál puede
ser la explicación? ¿Existe alguna posibilidad de que los dogones o sus ancestros culturales
pudiesen haber visto realmente Sirio B y haber observado su período de rotación en torno a
Sirio A?
Las enanas blancas como Sirio B tienen su origen en otras estrellas denominadas gigantes
rojas, estrellas de enorme luminosidad y, nada sorprendente hay en ello, rojas. Los
escritores de los primerísimos siglos de nuestra era describían la estrella Sirio como una
estrella roja, y ciertamente no es éste su actual color. En un diálogo horaciano titulado Hoc
quoque tiresia (Cómo enriquecerse rápidamente) se cita un trabajo precedente, sin ofrecer
referencia concreta alguna, donde puede leerse, «la roja estrella del perro resquebraja con
su calor las mudas estatuas». Como resultado de tan imprecisas fuentes de la antigüedad
los astrofísicos contemporáneos se han visto levemente tentados a considerar la posibilidad
de que la enana blanca Sirio B fue en tiempos históricos pretéritos una gigante roja
detectable a simple vista, y que en esta época su luz convertía en prácticamente invisible a
Sirio A. En tal caso, quizá existiese una etapa ulterior de la evolución de Sirio B en la que su
brillo lumínico fuese prácticamente equiparable al procedente de Sirio A, de manera que era
posible discernir sin ayuda instrumental el movimiento relativo de los dos miembros de la
pareja estelar. Sin embargo, de acuerdo con los conocimientos más exactos y recientes que
poseemos sobre la teoría de la evolución estelar parece de todo punto imposible que Sirio B
llegase a su actual estado de enana blanca de haber sido una gigante roja pocos siglos
antes de Horacio. Más aún, resulta realmente extraordinario que tan sólo los dogones
registrasen la existencia de este par de estrellas que giran una alrededor de la otra cada
cincuenta años, y más teniendo en cuenta que una de ellas es de las más brillantes que
existen en el cielo. En los siglos precedentes existió una escuela extremadamente
competente de astrónomos dedicados a la observación tanto en Mesopotamia como en
Alejandría -por no decir nada de las escuelas astronómicas coreana y china-, y sería
realmente asombroso que no hubieran registrado la menor noticia del tema que nos
ocupa.(*) Por tanto, ¿acaso nuestra única alternativa es creer que representantes de una
civilización extraterrestre han visitado a los dogones o a sus antepasados?
--
(*) Los antiguos egipcios se referían al planeta Marte con la denominación «el rojo Horus»
(Horus era el nombre de la divinidad imperial en forma de halcón). La astronomía egipcia
adjudicaba vivos colores a los objetos celestes. Pero la descripción de Sirio no menciona
nada especial acerca de su color.
--
El conocimiento de los cielos de los dogones es totalmente impensable sin la ayuda del
telescopio. La conclusión inmediata es que dicho pueblo ha mantenido contactos con una
civilización técnicamente avanzada. El único interrogante a resolver es, ¿qué civilización,
extraterrestre o europea? Mucho más verosímil que una incursión educativa de antiguos
extraterrestres entre la tribu de los dogones parece ser el supuesto de un contacto
relativamente reciente con europeos de cultura científica que transmitieran al pueblo
africano el notable mito europeo sobre Sirio y su enana blanca asociada, mito que tiene
todas las características aparentes de una espléndida e increíble historia inventada. Tal vez
el contacto con gentes de Occidente se produjera a través de visitantes europeos al
continente africano, por medio de las escuelas francesas locales o posiblemente por
53
contactos que establecieron en Europa nativos de África occidental que lucharon en el
ejército regular francés durante la primera conflagración mundial.
La verosimilitud de la tesis sustentadora de que el origen de estas leyendas resida en
contactos con europeos se ha visto incrementada por un reciente descubrimiento
astronómico. Un equipo de investigación de la Cornell University dirigido por James Elliot
descubrió en 1977, con ayuda de un observatorio aerotransportado situado a considerable
altitud sobre el océano Indico, que el planeta Urano está rodeado de anillos, característica
jamás detectada en observaciones efectuadas desde el suelo de nuestro planeta. Seres
extraterrestres de avanzada cultura no hubiesen tenido la menor dificultad en descubrir los
anillos de Urano al aproximarse a nuestro planeta. Por el contrario, los astrónomos
europeos del pasado siglo y de las primeras décadas del actual nada sabían al respecto, y el
hecho de que los dogones no mencionen en absoluto la existencia de otro planeta situado
más allá de Saturno que también posee anillos creo que propicia la tesis de que sus
informadores no fueron extraterrestres, sino europeos.
En 1844 el astrónomo alemán F. W. Bessel descubrió que el movimiento de la estrella Sirio
(Sirio A), cuando se consideran largos períodos de tiempo, no es recto, sino que presenta
ondulaciones al referido a las estrellas más distantes de nosotros. Bessel propuso la
existencia de una compañera invisible de Sirio cuya influencia gravitatoria era la
responsable del movimiento sinusoidal observado. Puesto que el período de la revolución
calculado era de cincuenta años, Bessel llegó a la conclusión de que la invisible compañera
de Sirio invertía otros tantos en el movimiento conjunto de Sirio A y Sirio B alrededor de su
centro de masas común.
Dieciocho años más tarde Alvan G. Clark, mientras estaba probando un nuevo telescopio de
refracción de 18 pulgadas y media, descubrió casualmente por observación visual directa la
compañera de Sirio, la estrella que conocemos como Sirio B. A partir del movimiento
relativo de ambas, la teoría gravitatoria de Newton nos permite calcular sus respectivas
masas. La masa de Sirio B resulta ser aproximadamente equivalente a la del Sol. No
obstante, su brillo es casi diez mil veces más débil que el de su compañera Sirio A, a pesar
de que sus masas sean prácticamente idénticas y se hallen a igual distancia de la Tierra.
Todos estos hechos sólo pueden compatibilizarse si Sirio B tiene un radio mucho menor o
una temperatura muchísimo más baja que su pareja. Con todo, en las postrimerías del xix
los astrónomos creían que estrellas con idéntica masa tenía poco más o menos igual
temperatura, y a comienzos de nuestro siglo estaba ampliamente difundida la idea de que
la temperatura de Sirio B no era especialmente baja. Las observaciones espectroscópicas
que efectuara Walter S. Adams en 1915 confirmaban los anteriores supuestos. En
consecuencia, sólo quedaba la posibilidad de que Sirio B fuese una estrella
considerablemente pequeña, y efectivamente, sabemos hoy en día que su tamaño es
apenas el de la Tierra. Su tamaño y su color son las características responsables del nombre
que reciben este tipo de astros, el de enanas blancas. Si Sirio B es muchísimo más pequeña
que Sirio A, su densidad debe ser considerablemente mayor, y desde las primeras décadas
del presente siglo quedó perfectamente establecida la idea de que Sirio B era una estrella
extraordinariamente densa.
La peculiar naturaleza de la compañera de Sirio fue ampliamente difundida en libros,
revistas y periódicos. Por ejemplo, leemos en The Nature of the Physical World, de sir
Arthur Stanley Eddington: «Las pruebas astronómicas parecen dejar prácticamente fuera de
toda duda que en las estrellas denominadas enanas blancas la densidad material sobrepasa
con mucho cualquiera de nuestras experiencias terrestres. Por ejemplo, la densidad de la
compañera de Sirio es de alrededor de una tonelada por pulgada cúbica. Tan extraordinario
valor se debe a que la elevada temperatura que allí existe genera una intensa agitación de
los materiales que la integran y rompe (ioniza) las envolturas electrónicas de sus átomos,
de manera que los fragmentos resultantes pueden amontonarse en un espacio mucho más
reducido». El libro de Eddington, publicado inicialmente en 1928, conoció diez
reimpresiones en lengua inglesa en el breve lapso de un año, y fue traducido de inmediato
a otros varios idiomas, entre ellos el francés. La idea de que las enanas blancas estaban
compuestas por materia electrónicamente degenerada la postuló R. H. Fowler en 1925, y
alcanzaría una inmediata y generalizada aceptación. Por otro lado, y en el período que
media entre 1934 y 1937, el astrofísico hindú S. Chandra-Sekhar, afincado en Gran
54
Bretaña, lanzaba la hipótesis de que las enanas blancas estaban formadas por materia
«relativísticamente degenerada». La idea fue recibida con substancial escepticismo por los
astrónomos que no se habían formado en el marco de la mecánica cuántica, y uno de los
que formuló más ardientes reservas fue el propio Eddington. El debate impregnó la prensa
científica de la época y pudo seguirlo toda persona medianamente inteligente y cultivada.
Todos estos hechos ocurrían poco antes de que Griaule se topara con la leyenda de los
dogones sobre la estrella Sirio.
Veo con los ojos de mi imaginación un visitante galo que a comienzos de este siglo llega a
territorio dogon, en lo que por entonces era el África Occidental francesa. Quizá fuese un
diplomático, un explorador, un aventurero o un pionero de los estudios antropológicos. Este
hipotético viajante -por ejemplo Richard Francis Burton- debía encontrarse en tierras
occidentales africanas desde varias décadas antes. La conversación comenzó a girar en
torno al tema astronómico. Sirio es la estrella más brillante del cielo. El pueblo dogon
obsequió al visitante con su mitología sobre la estrella. Luego, con una educada sonrisa,
llenos de expectación, tal vez preguntasen al visitante por su mito sobre Sirio interesándose
por la leyenda de un pueblo extranjero sobre tan importante estrella. Y es también muy
posible que, antes de responder, el viajero consultase un raído libro que llevaba en su
equipaje personal. Dado que por entonces la oscura compañera de Sirio era una sensación
astronómica de moda, el viajero intercambió con los dogones un espectacular mito por una
explicación rutinaria. Una vez abandonada la tribu, su explicación permaneció viva en el
recuerdo, fue reelaborada y, muy posiblemente, incorporada a su manera en el corpus
mitológico dogon, o como mínimo en una de sus ramas colaterales (tal vez registrada como
«mitos sobre Sirio, relato de los pueblos de piel pálida»). Cuando Marcel Griaule llevó a
cabo sus investigaciones mitológicas en las décadas de los 30 y los 40, se encontró
anotando una versión reelaborada de su propio mito europeo sobre la estrella Sirio.
Este ciclo completo de reintegración de un determinado mito a su cultura de origen a través
de las investigaciones de un antropólogo desprevenido pudiera parecer bastante inverosímil
a no ser por los numerosos ejemplos de situaciones similares que se han detectado.
Reseñaré aquí unos pocos casos.
En la primera década del siglo actual un antropólogo neófito estaba coleccionando relatos
de antiguas tradiciones entre los pobladores nativos del sudoeste del continente americano.
Su objetivo era dejar constancia escrita de una serie de tradiciones, casi exclusivamente
orales, antes de que se desvanecieran en el olvido de forma definitiva. Los nativos
americanos más jóvenes habían perdido buena parte de su vinculación con su herencia
cultural, de ahí que el antropólogo en cuestión concentrara su interés en los miembros más
ancianos de la tribu. Cierto día se encontraba sentado a la entrada de una cabaña en
compañía de un informador muy avispado y dispuesto a prestar su colaboración a pesar de
lo avanzado de su edad.
-Hábleme sobre las ceremonias con que sus antepasados celebraban el nacimiento de un
niño.
-Un momento, por favor.
El viejo indio se adentró con parsimonia en las oscuras profundidades de la cabaña. Tras un
intervalo de un cuarto de hora reapareció con una descripción notablemente útil y detallada
de los ceremoniales postpartum, incluyendo rituales relacionados con la ruptura de aguas,
el nacimiento en sí, el seccionamiento del cordón umbilical, el primer llanto y la primera
inspiración fuera ya del claustro materno. Estimulado por el interesante relato y tomando
febriles notas del mismo, el antropólogo fue siguiendo sistemáticamente la lista completa
de ritos que jalonaban la vida de todo nativo, pasando por la pubertad, el matrimonio, el
parto y la muerte. Ante cada nuevo tema, el informador desaparecía durante unos minutos
para volver a salir de su tienda un cuarto de hora después con un amplísimo conjunto de
datos y respuestas. El antropólogo estaba asombrado. ¿Quizá, pensaba, habrá dentro
alguien de más edad, tal vez enfermo y postrado en cama, a quien consulte? Cuando no
pudo resistir por más tiempo la tentación y reunió el suficiente coraje para hacerlo, le
preguntó a su informador qué hacía dentro de la cabaña cada vez que entraba. El viejo
sonrió, se retiró al interior de la tienda una vez más y el cabo de unos instantes regresó
llevando consigo un manoseado volumen del Dictionary of American Ethnography, que
55
había compilado un equipo de antropólogos la década anterior. El anciano indio debió
pensar, el pobre hombre blanco está ansioso por saber, es bienintencionado e ignora
muchísimas cosas. No debe tener una copia de este maravilloso libro que registra todas las
tradiciones de mi pueblo. Le contaré cuanto ahí se dice. Mis otras dos historias se refieren a
las aventuras de un médico extraordinario, el doctor D. Carleton Gajdusek, quien estudió
durante años una rara enfermedad vírica, el kuru, muy extendida entre los pobladores de
Nueva Guinea. Sus trabajos en este terreno le valieron el premio Nobel de medicina en
1976. Agradezco al doctor Gajdusek haber aceptado verificar la exactitud de mi recuerdo de
las historias que expongo a continuación, que oí por vez primera de sus labios hace ya
muchos años. Nueva Guinea es una isla en la que una serie de cadenas montañosas
separan entre sí los diversos valles habitados, de forma parecida, aunque más marcada
todavía, a como sucedía con las montañas de la antigua Grecia. El resultado de tal
geografía es una enorme profusión y variedad de tradiciones culturales.
En la primavera de 1957 Gajdusek y el doctor Vincent Zigas, oficial médico del Servicio de
Salud Pública de lo que por entonces se denominaba territorio Papua y Nueva Guinea,
viajaban en compañía de un oficial administrativo australiano desde el valle Purosa hasta la
villa de Agakamatasa siguiendo las cadenas montañosas costeras que delimitan la región
meridional, con características culturales y lingüísticas propias y definidas, en una especie
de viaje de exploración a «territorios incontrolados». En esta zona seguían en pleno uso
enseres y herramientas de piedra y se mantenía la tradición del canibalismo en uno de los
pueblos de la zona. Gajdusek y su partida detectaron casos de kuru, enfermedad que se
propaga con el canibalismo (aunque por lo general no a través del aparato digestivo), en
Agakamatasa, el más meridional de los poblados. Una vez allí decidieron dilapidar algunos
días trasladándose a una de las amplias y tradicionales «casas de los hombres», wa'e en la
lengua de los nativos (señalaré de paso que la música recogida en uno de ellos forma parte
del registro fonográfico enviado hacia las estrellas a bordo del Voyager). El interior, sin
ventanas, bajo de puertas y con el techo ahumado, se hallaba compartimentado de tal
modo que los visitantes no podían permanecer de pie ni tumbados. El edificio estaba
dividido en varias estancias destinadas a dormir, cada una con un pequeño fuego central a
cuyo alrededor hombres y muchachos se apiñaban en grupos Para dormir y calentarse
durante las frías noches de un territorio situado a más de 1.700 metros de altitud. A fin de
acomodar a sus visitantes, los nativos desmontaron con muestras de agrado la estructura
interna de algo así como la mitad de la casa ceremonial, y durante dos días y sus noches de
pertinaz lluvia, Gajdusek y sus compañeros fueron hospedados bajo un techo
suficientemente alto y a cubierto de vientos y agua. Los jóvenes iniciados llevaban el pelo
totalmente untado con grasa de cerdo y se lo adornaban trenzando en él tiras de corteza de
árbol. De su nariz colgaban enormes aros, llevaban penes de cerdo a modo de brazaletes, y
alrededor de sus cuellos lucían genitales de zarigüeyas y canguros trepadores.
Los anfitriones entonaron sus canciones tradicionales durante la primera noche y todo el día
siguiente, mientras la lluvia caía incesante en el exterior. A cambio, y como dijera
Gajdusek, «para estrechar nuestros lazos de amistad, comenzamos nosotros a cantar
algunas canciones, entre ellas algunas de origen ruso como "Otchi chornye" y "Moi kostyor
v tumane sve-tit"...». Fueron muy bien recibidas, y los pobladores de Agakamatasa
solicitaron su repetición varias docenas de veces para acompañar desde su refugio la
enérgica tempestad.
Algunos años después Gajdusek se hallaba recopilando músicas indígenas en otro sector de
la región meridional y pidió a un grupo de jóvenes que le enseñara su repertorio de
canciones tradicionales. Para asombro y solaz de Gajdusek, los nativos entonaron una
parcialmente alterada aunque claramente reconocible versión de «Otchi chornye». Muchos
de los cantantes parecían creer a pies juntillas que se trataba de una canción tradicional, y
tiempo después Gajdusek aún tuvo oportunidad de oír la canción trasplantada a tierras
incluso más lejanas, sin que nadie tuviera la menor idea acerca de su procedencia.
Podemos imaginar fácilmente a un equipo mundial de etno-musicólogos llegando a un
alejado rincón de Nueva Guinea y descubriendo que los nativos tienen una canción
tradicional notablemente similar en ritmo, melodía y palabras a «Otchi chornye». Si
partieran del supuesto de que no había existido ningún contacto previo con la civilización
occidental, se encontrarían ciertamente ante un notable misterio.
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Durante este mismo año, poco después, Gajdusek recibió la visita de varios médicos
australianos ansiosos de conocer sus notables descubrimientos sobre la transmisión del
kuru a través de la práctica del canibalismo. Gajdusek describió las teorías del origen de
buen número de enfermedades características de los habitantes de la región, y señaló que a
diferencia de cuanto uno de los pioneros de la antropología, Bronislaw Malinowski, había
registrado entre los pueblos costeros de la Melanesia, los guineanos no creían que los
causantes de la enfermedad fuesen los espíritus de los muertos o de parientes difuntos
malevolentes que, celosos de los aún vivos, infundían enfermedades a los deudos
sobrevivientes que les hubieran ofendido. Para los guineanos la mayor parte de las
enfermedades eran atribuibles a embrujos maléficos, que todo varón herido y deseoso de
venganza, fuese joven o viejo, podía ejecutar sin especial adiestramiento o ayuda de
hechiceros. El kuru tenía una explicación específica vinculada a ritos de brujería, y otras
tantas existían para dar cuenta, entre otras, de las enfermedades pulmonares crónicas, la
lepra o la frambesia. Tales creencias habían sido firmemente establecidas y mantenidas
desde tiempos muy pretéritos, pero cuando los nativos comprobaron que la frambesia
remitía rápida y completamente con las inyecciones de penicilina administradas por
Gajdusek y su grupo, no tuvieron inconveniente en admitir que su explicación del origen
maléfico de la enfermedad era errónea y la abandonaron, sin que haya vuelto a resurgir
desde entonces. (Por mi parte desearía que los occidentales supiesen abandonar con tal
rapidez como lo han hecho los guineanos ideas sociales obsoletas o manifiestamente
erróneas.) El moderno tratamiento aplicado a la lepra contribuyó a que desapareciera su
explicación mágica, aunque más lentamente que en el caso anterior, y hoy en día los
nativos se ríen de sus primitivas opiniones sobre la lepra y la frambesia. Sin embargo, sí
han pervivido las creencias tradicionales sobre el origen del kuru dada la incapacidad de los
occidentales para curarla o explicarles de un modo satisfactorio para ellos el origen y
naturaleza de la enfermedad. En consecuencia, los guineanos siguen mostrándose
sumamente escépticos ante las explicaciones occidentales sobre el kuru y sostienen con
vigor que su causa obedece a prácticas maléficas de brujería.
Uno de los médicos australianos, durante una visita a un poblado próximo acompañado por
uno de los informadores nativos de Gajdusek en funciones de traductor, ocupó su tiempo
visitando a diversos pacientes afectados de kuru y recabando informaciones del más diverso
orden. A su regreso, la misma tarde del día de su excursión, le comunicó a Gajdusek que se
había equivocado al pensar que los nativos no creían en los espíritus de los difuntos como
provocadores de enfermedades, y que además también erraba al sostener que habían
abandonado la idea de que el origen de la frambesia residía en determinadas prácticas de
hechicería. La gente, prosiguió el galeno australiano, sigue manteniendo que un cuerpo sin
vida puede tornarse invisible y que el invisible espíritu del difunto puede introducirse
durante la noche en la piel de una persona a través de un hueco imperceptible e inocular en
ella la frambesia. El nativo que había informado del tema al australiano incluso había
esbozado sobre la arena, con ayuda de un palo, la apariencia de tales seres fantasmales.
Había dibujado con todo cuidado un círculo y unas pocas líneas ondulantes en su interior.
Según explicara, fuera del círculo todo era negro, mientras que en su interior brillaba la luz,
un curioso retrato pergeñado sobre la arena de los malévolos y patógenos espíritus.
Tras interrogar sobre el asunto al joven traductor, Gajdusek descubrió que el médico
australiano había conversado con gentes a quienes conocía muy bien, algunos de los
hombres más ancianos del poblado que se contaban entre los invitados habituales a su casa
y su laboratorio. Habían intentado explicarle que el «microbio» responsable de la frambesia
era de forma espiral, la forma de espiroqueta que tantas veces habían contemplado a
través del microscopio de Gajdusek. Los nativos no podían por menos que admitir que se
trataba de algo invisible -únicamente podía contemplarse a través del microscopio -, y
cuando se vieron acuciados por el médico australiano acerca de si tales espiras
«representaban» de algún modo a seres difuntos, acabaron por admitir que Gajdusek había
tenido buen cuidado en insistir sobre la posibilidad de contagio a través de un contacto
estrecho con lesiones de este tipo, como por ejemplo durmiendo con alguien que padeciese
frambesia.
Recuerdo perfectamente la primera vez que miré a través de un microscopio. Tras haberme
situado ante el ocular de un modo en que sólo me era dado ver mis propias pestañas,
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conseguir luego mirar con todo cuidado y atención dentro del cilíndrico tubo óptico, oscuro
como boca de lobo, acabé por fin enfocando adecuadamente mi vista hasta que de repente
me deslumbró la visión de un círculo brillantemente iluminado. Pasa todavía un cierto lapso
de tiempo antes de que el ojo sea capaz de detectar qué es lo que hay dentro del disco
iluminado. La demostración ofrecida por Gajdusek a los guineanos era tan contundente -
después de todo, no había ninguna alternativa tan concreta como la realidad- que muchos
de ellos aceptaron su explicación, incluso dejando de lado su habilidad para curar a los
enfermos con penicilina. No puede descartarse que algunos nativos consideraran las
espiroquetas vistas a través del microscopio como un divertido ejemplo de magia recreativa
del mítico hombre blanco, de modo que cuando se encontraron ante otro hombre blanco
que les interrogaba acerca del origen de la enfermedad, muy educadamente le
respondieron de la forma que consideraban podía ser más tranquilizadora para su nuevo
visitante. Una vez cortado todo contacto con el mundo occidental durante unas pocas
décadas, puede ser perfectamente plausible que un futuro visitante se quede perplejo
creyendo que los nativos de Nueva Guinea tienen algo muy similar a conocimientos de
microbiología patológica a pesar de que se mueven en un estadio cultural innegablemente
pretecnológico.
Las tres historias que acabo de registrar ponen de manifiesto los casi inevitables problemas
que surgen cuando se trata de recoger de boca de un pueblo «primitivo» la tradición
cultural atesorada en sus leyendas. ¿Podemos estar seguros de que antes que nosotros no
han pasado otros visitantes que han destruido la pureza prístina de los mitos nativos?
¿Hasta qué punto los nativos no se estarán burlando de nosotros o zancadilleándonos?
Bronislaw Malinowski creía haber descubierto un pueblo en las islas Trobriand que no se
había percatado de la vinculación entre las relaciones sexuales y el nacimiento de sus hijos.
Cuando demandó sobre la forma en que creían podía producirse la concepción de sus niños,
le respondieron con un elaborado relato mítico en el que jugaba un papel preeminente la
intervención celestial. Atónito, Malinowski señaló que no era realmente así como sucedían
las cosas y pasó a relatarles del modo más simple posible la cuestión, incluyendo, claro
está, la especificación de los nueves meses de duración del período gestatorio. «Imposible»,
le replicaron los melanesios. «¿Ve usted esta mujer que lleva en brazos a su hijo de seis
meses? Pues bien, su marido hace dos años que está de viaje en otra isla.» ¿Qué parece
más plausible, que los habitantes de la Melanesia ignorasen el origen de los niños o que
criminasen al antropólogo con no escasa elegancia su extraña pregunta? Si un extranjero
de aspecto peculiar se me acerca en mi propia ciudad y me pregunta de dónde vienen los
niños, me sentiré indudablemente tentado a hablarle de cigüeñas, de calabazas o de París.
Aunque la gente se encuentre en un ámbito social precientífico, su comportamiento
personal no difiere demasiado del nuestro, y considerados como individuos son tan
inteligentes como podamos serlo cualquiera de nosotros. La investigación antropológica de
campo no siempre es fácil, pues no lo es someter a un cuestionario a individuos
pertenecientes a otra cultura.
Me pregunto si los dogones, tras haber escuchado de labios de un occidental un
extraordinario relato mítico sobre la estrella Sirio -estrella ya importante dentro de su
propia mitología-, no tuvieron el más exquisito cuidado en retransmitírsela al antropólogo
francés tal como se la oyeron a un hombre blanco. ¿Acaso no es esto mucho más probable
y verosímil que la visita de extraterrestres al antiguo Egipto, que la conservación durante
milenios, y sólo en África occidental, de una serie de conocimientos científicos en abierta
contradicción con el sentido común?
Son demasiadas las explicaciones alternativas para el mito de Sirio como para que podamos
considerarlo como prueba fehaciente de contactos extraterrestres en el pasado. Si los
extraterrestres existen, estoy seguro de que los mejores medios de detección serán sin
duda alguna los ingenios espaciales no tripulados y los radiotelescopios de largo alcance.
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7. VENUS Y EL DOCTOR VELIKOVSKY
Cuando consideramos el movimiento de los cometas- y reflexionamos sobre las leyes
gravitatorias, nos percatamos de inmediato de que su aproximación a la Tierra puede
desencadenar acontecimientos calamitosos equiparables al diluvio universal, sepultar
nuestro planeta en una lluvia de fuego, romperlo en mil pedazos o, como mínimo, alejarlo
de su órbita, de su Luna, o, todavía peor, convertirlo en un satélite de Saturno, con ¡o que
se cerniría sobre nosotros un invierno de siglos que haría imposible la vida a hombres y
animales. Y tampoco debe pasarse por alto la importancia de las colas de los cometas si en
su trayectoria las dejan total o parcialmente en el seno de nuestra atmósfera.
J. H. LAMBERT
Cosmologische Briefe über die Einríchtung des Weltbaues (1761)
Por peligroso que pueda ser el impacto de un cometa, sería tan ligero e insignificante que
sólo provocaría daños en la parte de nuestro planeta en la que cayera. Incluso podría
quedar en paz nuestra conciencia si a cambio de la devastación de un reino el resto de la
Tierra pudiera disfrutar de las curiosidades que albergase en su seno un cuerpo celeste
llegado desde tan lejos. Quizá nos llevásemos la enorme sorpresa de constatar que los
restos de estas masas hasta ahora menospreciadas estaban constituidos por oro y
diamantes. Aunque, ¿quién quedaría más asombrado, nosotros o los habitantes de los
cometas arrojados sobre nuestro planeta? ¡Cuan extraños nos encontraríamos unos a otros!
MAUPERTUIS,
Lettre sur la comete (1752)
Los científicos, como cualquier otro ser humano, tienen sus esperanzas, sus pasiones, sus
momentos de desánimo, y a veces las emociones sentidas con intensidad pueden dar al
traste con la práctica más cabal y el pensamiento más clarividente. Sin embargo, una de las
virtudes de la ciencia es su capacidad para autoenmendarse. Sus conclusiones y axiomas
más fundamentales pueden ser sometidos a prueba, las hipótesis genéricamente aceptadas
deben ser contrastadas con observaciones empíricas, y por ende carecen de todo sentido
las apelaciones a cualquier principio de autoridad. En toda argumentación razonada los
distintos pasos han de ser comprendidos por todo aquel que se lo proponga y los
experimentos deben ser siempre susceptibles de reproducción.
La historia de la ciencia está llena de casos en los que teorías e hipótesis previamente
aceptadas han sido objeto de un rechazo generalizado al ver la luz nuevas ideas que
conseguían explicar de forma más adecuada los datos experimentales. Aunque existe una
inercia psicológica perfectamente comprensible -cuyo lastre se hace sentir por lo general
durante el lapso de una generación-, las revoluciones en el terreno del pensamiento
científico suelen considerarse y aceptarse como un elemento necesario y deseable para el
progreso de la ciencia. En realidad, toda crítica razonada a una determinada creencia no es
más que un servicio a sus propios veladores, y si se muestran incapaces de rebatirla harán
bien en abandonar sus tesis. Este aspecto del método científico, la capacidad que posee
para plantearse interrogantes y corregir sus propios errores, constituye su propiedad más
sobresaliente, al tiempo que diferencia a la ciencia de la mayor parte de las demás
actividades y empresas humanas, donde la credulidad se erige como norma.
La idea de que la ciencia más que un conjunto de conocimientos es un determinado método
no se aprecia en su exacto valor fuera del campo científico, e incluso tampoco entre algunos
de sus estamentos. De ahí que yo y algunos de mis colegas de la Asociación Americana
para el Progreso Científico (AAAS) hayamos defendido la necesidad de establecer con
regularidad una serie de debates en las reuniones anuales que celebra dicha asociación
sobre aquellos aspectos pseudocientíficos que hayan gozado de un mayor interés público. El
objetivo que se persigue no es zanjar la disputa sobre determinado tema de una vez por
todas, sino más bien ilustrar en la práctica el proceso que debe articular toda polémica
59
razonada, mostrar el modo en que los científicos abordan un problema que no se presta a
pruebas experimentales bien definidas, presenta caracteres de heterodoxia en razón de su
naturaleza interdisciplinaria o suele ser objeto de discusiones apasionadas y emocionales.
La crítica a fondo de las nuevas ideas es una tarea usual de la ciencia. Aunque el estilo de la
crítica puede variar en razón del carácter de quien la efectúa, parece indudable que todo
análisis crítico excesivamente cortés no reporta el menor beneficio ni a los defensores de
nuevas ideas ni a la empresa científica en su conjunto. Debe estimularse toda objeción
importante, y los únicos argumentos excluidos de la polémica son los ataques ad hotninem
sobre la personalidad del oponente o los motivos que impulsan su trabajo. No interesan
nada las razones que impulsan a alguien a lanzar sus ideas ni las que abrigan sus
detractores para criticarlas; lo único que interesa es determinar si las ideas son ciertas o
erróneas, prometedoras o regresivas.
Como ejemplo, he aquí el informe presentado por un dictaminador cualificado sobre un
artículo enviado a la revista científica Icarus para su publicación: «En mi opinión el artículo
es absolutamente inaceptable para su publicación en Icarus. No se fundamenta en ninguna
investigación científica sólida, y en el mejor de los supuestos no se trata más que de
especulaciones incompetentes. El autor no enuncia explícitamente sus hipótesis; las
conclusiones son ambiguas y sin fundamento; no toma en su cuenta otros trabajos
relacionados con el tema; tablas y figuras carecen de la imprescindible claridad; es
indudable que el autor del artículo no posee la menor familiaridad con la literatura científica
fundamental...». Acto seguido, el crítico procedía a justificar sus observaciones de un modo
detallado. Se trata de un tipo de informe poco frecuente, aunque no insólito. Como
resultado, el artículo fue rechazado. Por lo general, se considera que estos casos
constituyen a un mismo tiempo una bendición para la ciencia y un favor hecho al autor del
trabajo. La mayoría de los científicos están acostumbrados a recibir dictámenes críticos, que
suelen ser indulgentes, cada vez que presentan un artículo a una publicación especializada.
Por lo general, las críticas suelen constituir una franca ayuda, y lo más usual es que una vez
tomadas en cuenta las críticas y efectuadas las correspondientes revisiones el trabajo acabe
siendo publicado. A modo de nuevo ejemplo sobre una crítica sin ambages en el terreno de
la literatura científica, el lector interesado puede consultar el trabajo de J. Meeus
«Comments on The Jupiter effect» (1975).(*) y la crítica sobre el mismo aparecida en
Icarus.
--
(*) La referencia completa de las obras citadas en este capítulo aparece en la Bibliografía.
--
Las críticas rigurosas son más constructivas en el terreno científico que en ninguna otra
área de la actividad humana, pues en el caso de la ciencia existen unos patrones estándar
de validación aceptados por los profesionales competentes de todo el mundo. El objetivo de
la crítica no es eliminar nuevas ideas, sino antes bien estimular su aparición y
consolidación. Quienes superen con éxito una investigación escéptica a fondo tienen
enormes probabilidades de estar en lo cierto, o como mínimo de haber planteado
propuestas útiles.
La obra de Immanuel Velikovsky ha conseguido desatar una conmoción entre los miembros
de la comunidad científica, muy especialmente a raíz de la publicación de su primer libro,
Worlds in Collision, aparecido en 1950. No pocos científicos se sintieron molestos ante la
comparación que establecieran los escritores neoyorquinos y uno de los editores de la
Harper's entre Velikovsky y figuras de la talla de Einstein, Newton, Darwin o Freud, pero su
resentimiento se fundamentaba más en la fragilidad de la naturaleza humana que en juicios
propiamente científicos. Por lo demás, los científicos no dejan de ser ante todo hombres con
las mismas debilidades que todo el mundo. Otros se mostraron consternados por el recurso
a textos indios, chinos, aztecas, sirios o bíblicos para fundamentar puntos de vista
extremadamente heterodoxos en el terreno de la mecánica celeste. No obstante, sospecho
que la razón es que pocos son los físicos y especialistas en mecánica celeste con
conocimientos medianamente fluidos en tales lenguas o con cierta familiaridad con tales
textos.
60
Mi opinión es que no puede tomarse como excusa válida para menospreciar ideas nuevas el
grado de heterodoxia del proceso de razonamiento o la dificultad de digerir sus
conclusiones, y mucho menos entre científicos. En consecuencia, me alegró sobremanera
que la AAAS decidiera organizar una discusión sobre Worlds in Collision en la que tomó
parte el propio Velikovsky.
Mientras leía las críticas suscitadas por la obra de Velikovsky, me sorprendió constatar su
escasez y cuan raramente se enfocaban en ellas los puntos nucleares de las tesis del autor
criticado. De hecho, ni críticos ni veladores de Velikovsky parecen haberle leído
atentamente, e incluso tengo la impresión de que en ciertos casos el propio Velikovsky no
se ha leído a sí mismo con todo detenimiento. Quizá la publicación de la mayor parte de lo
discutido en el simposio de la AAAS (Goldsmith, 1977) y estas páginas, cuyas principales
conclusiones ya presenté en el mencionado simposio, ayuden a clarificar el estado de la
cuestión.
En este escrito mi objetivo es analizar críticamente las tesis expuestas en Worlds in
Collision y enfocar el problema tanto desde el punto de vista mantenido por Velikovsky
como desde el mío propio, es decir, no perder de vista en ningún momento los escritos
antiguos que constituyen el núcleo de su argumentación y, al mismo tiempo, contrastar sus
conclusiones con los hechos y la lógica a mi disposición.
La principal tesis sustentada por Velikovsky es que los principales acontecimientos de la
historia de la Tierra y la de otros planetas del sistema solar se han producido en un
contexto catastrofista. Catastrofismo es un caprichoso término acuñado por los geólogos
para designar una de las posturas dentro de una importante disputa mantenida en la
infancia de su ciencia y que aparentemente culminaría entre 1785 y 1830 con los trabajos
de James Hutton y Charles Lyell, partidarios de una concepción opuesta, la que suele
denominarse uniformitarismo. Ambos términos y la práctica misma de sus respectivos
veladores evocan familiares antecedentes teológicos. Un uniformitarista sostiene que la
conformación material de nuestro planeta deriva de procesos cuya operatividad aún
podemos detectar en nuestros días, si bien no debe olvidarse que su acción tiene lugar a
través de períodos temporales de inmensa duración. Por su parte, un catastrofista
sostendrá que los cambios se han producido a través de un pequeño número de cataclismos
de inusitada violencia y de duración temporal comparativamente muy breve. El
catastrofismo subyace en el pensamiento de aquellos geólogos que aceptan una
interpretación literal del libro del Génesis, y en particular el relato del diluvio universal.
Evidentemente no tiene el menor valor argumentar contra el punto de vista catastrofista
alegando que en tiempos históricos no ha sido posible detectar ninguna catástrofe de gran
magnitud. La hipótesis catastrofista sólo precisa para sustentarse de unos pocos eventos
extraordinarios. No obstante, si podemos demostrar la necesidad de que transcurran
determinados períodos de tiempo para que procesos en marcha que todos podemos
observar hoy en día culminen en determinadas transformaciones geológicas quedará, como
mínimo, obviada la necesidad de postular hipótesis catastrofistas. Es evidente, por lo
demás, que en la historia de nuestro planeta pueden haber acaecido tanto procesos
uniformitaristas como catastrofistas, y casi parece indudable que así ha sido en realidad.
Velikovsky sostiene que en la historia relativamente reciente de nuestro planeta han tenido
lugar una serie de catástrofes celestes en forma de colisiones de cometas y planetas,
pequeños y no tan pequeños. La posibilidad de colisiones cósmicas nada tiene de absurda, y
en tiempos pasados los astrónomos no tuvieron el menor inconveniente en invocarlas para
explicar una serie de fenómenos naturales. Por ejemplo, Spitzer y Baade (1951) lanzaron la
hipótesis de que los manantiales extra-galácticos de ondas de radio pueden haber tenido su
origen en colisiones entre galaxias que encerrasen centenares de miles de millones de
estrellas. Esta tesis ha sido abandonada más tarde, no porque carezca de sentido pensar en
colisiones cósmicas, sino porque la frecuencia y características de las mismas no concuerda
con nuestros conocimientos actuales sobre las fuentes de ondas de radio. Una teoría sobre
el manantial energético de los quasars que aún goza de popularidad es la que lo contempla
como resultado de colisiones estelares múltiples producidas en el centro de las galaxias,
donde en todo caso los eventos catastróficos deben ser completamente normales.
61
Colisiones y catastrofismo forman parte de la astronomía moderna, y así ha sido desde hace
ya algunos siglos (véanse los epígrafes con que se abre el presente escrito). Por ejemplo,
en las primeras fases históricas de nuestro sistema solar, cuando albergaba con toda
probabilidad muchos más cuerpos celestes de los que acoge en la actualidad -entre los que
se incluían muchos con órbitas sumamente excéntricas-, debieron menudear las colisiones.
Lecar y Franklin (1973) han investigado cientos de colisiones acaecidas en un período de
unos pocos milenios a comienzos de la creación del cinturón de asteroides con objeto de
interpretar la configuración actual de esta región de nuestro sistema solar. Harold Urey
(1973), en su artículo «Cometary collisions and geological periods», analiza las
consecuencias que traería consigo la colisión de la Tierra con un cometa de una masa de
alrededor de 1018 gramos, entre ellas la producción de terremotos y la elevación de la
temperatura de los océanos. Los sucesos de Tunguska de 1908, en que quedó como la
palma de la mano un bosque siberiano, suelen atribuirse a la caída en dicha zona de un
pequeño cometa. Los cráteres que tachonan las superficies de Mercurio, Marte, Fobos,
Deimos y la Luna son elocuentes testimonios de la existencia de abundantísimas colisiones
a lo largo de la historia del sistema solar. Por tanto, nada hay de heterodoxo en la idea de
las catástrofes cósmicas, y se trata de un punto de vista genéricamente aceptado en el
ámbito de la física del sistema solar, como mínimo desde finales del siglo pasado, época a
la que se remontan los estudios sobre la superficie lunar de G. K. Gilbert, el primer director
del Instituto Geológico Norteamericano.
Por tanto, ¿a qué viene tanto revuelo? Pues los puntos en litigio son la escala temporal de
tales colisiones y las pruebas experimentales aportadas. En los 4.600 millones de años de
historia de nuestro sistema solar se han producido con seguridad innumerables colisiones.
Pero, ¿ha existido alguna de gran importancia en los últimos 3.500 años? ¿Puede
demostrarnos su existencia el estudio de escritos antiguos? He aquí el meollo del asunto.
Velikovsky ha prestado atención a una amplísima gama de historias y leyendas atesoradas
por distintos pueblos, muy distantes entre sí, historias que muestran notables similitudes y
concordancias. No soy ningún experto en cultura o lengua de ninguno de esos pueblos, pero
me siento aturdido por la concatenación de leyendas acumulada por Velikovsky.
Indudablemente algunos expertos en culturas antiguas se han mostrado mucho menos
impresionados. Recuerdo, por ejemplo, una discusión sobre Worlds in Collision mantenida
con un distinguido Profesor de semíticas de una afamada universidad. Más o menos vino a
señalarme lo siguiente: «desde luego, los aspectos y erudición asiriológica, egiptológica y
bíblica, así como los referentes a tradición talmúdica y midrásica, son auténticas necedades,
pero me he sentido vivamente impresionado por las cuestiones astronómicas». Pues bien,
mi punto de vista es precisamente el opuesto. Sin embargo, no quisiera desviarme de mi
propósito a través de influencias ajenas. Mi punto de vista personal es que sólo con que
fuesen reales el 20 % de las concordancias legendarias que presenta Velikovsky, ya habría
algo importante necesitado de una explicación. Además, la historia de la arqueología nos
presenta una impresionante colección de casos -desde los trabajos de Heinrich Schliemann
en Troya a los de Yigael Yadin en Masada- en que se han visto confirmadas por los hechos
diversas descripciones fijadas en textos antiguos.
Pues bien, ¿cómo debe interpretarse el hecho de que una amplia gama de culturas
independientes entre sí hayan elaborado lo que indudablemente debe considerarse como
una misma leyenda? Las posibilidades parecen ser cuatro, a saber, observación común,
difusión, conexión mental o mera coincidencia. Examinemos cada una de ellas.
Observación común: Una posible explicación es que todas las culturas en cuestión
presenciaran un mismo acontecimiento y lo interpretaran de modo idéntico. Por
descontado, la interpretación de qué fue en realidad este evento común no tiene por qué
ser única.
Difusión: Una leyenda creada en el seno de una determinada cultura se difunde
gradualmente a otros ámbitos culturales, con algunas modificaciones de poca monta,
gracias a frecuentes e importantes migraciones humanas. Un ejemplo trivial de este
proceso es la introducción en América de la leyenda de Santa Claus, cuyo origen es la
leyenda europea sobre San Nicolás (Claus es un diminutivo alemán de Nicolás), el santo
patrón de los niños, y que, en última instancia, deriva de una tradición precristiana.
62
Conexión mental: A esta hipótesis se la designa a veces como memoria racial o
inconsciente colectivo. Según la misma, existen ciertas ideas, arquetipos, figuras
legendarias e historias impresas en el ser humano desde el momento mismo de su
nacimiento, quizá de modo similar a como un babuino recién nacido ya siente temor ante
las serpientes o un pájaro al que se hace crecer aislado de sus congéneres no por eso
ignora las técnicas de construcción de nidos. Evidentemente, si una historia legendaria
deriva de la observación o la difusión combinadas con la «conexión mental», tiene muchas
más probabilidades de pervivir culturalmente.
Coincidencia: Por mero azar dos leyendas elaboradas independientemente pueden encerrar
un contenido similar. En la práctica, tal hipótesis se diluye en la de la conexión mental.
Si deseamos examinar críticamente una serie de aparentes concordancias, ante todo
debemos tomar una serie de precauciones obvias. ¿Las historias consideradas exponen en
realidad lo mismo y, si así es, lo hacen recurriendo a idénticos elementos esenciales?
Suponiendo que interpretemos debidamente una serie de observaciones comunes, ¿puede
asegurarse que daten de la misma época? ¿Puede excluirse con toda seguridad la
posibilidad de contacto físico entre representantes de diferentes culturas, tanto en la época
en discusión como en un momento ulterior? Velikovsky se inclina claramente por la
hipótesis de la observación común, al tiempo que parece descartar con exagerado
simplismo la hipótesis de la difusión. Por ejemplo, dice Velikovsky en la página 303: *
«¿Cómo es posible que temas folklóricos insólitos lleguen hasta islas lejanas cuyos
aborígenes carecen de medios para cruzar los mares?» No sé bien a qué islas y aborígenes
se está refiriendo Velikovsky en este párrafo, pero es obvio que los habitantes de cualquier
isla deben haber llegado a ella de algún modo. No creo que Velikovsky crea en una creación
distinta y diferenciada para, por poner un ejemplo, las islas Gilbert y las islas Ellice. En los
casos de Polinesia y Melanesia disponemos actualmente de pruebas irrefutables sobre la
realización de abundantes viajes por mar durante el último milenio en los que se
atravesaban distancias de incluso varios miles de kilómetros, y muy probablemente tales
travesías también hayan tenido lugar en épocas anteriores (Dodd, 1972).
--
(*) ... Esta paginación se refiere a la edición estándar en lengua inglesa (Velikovsky, 1950).
__
Otro ejemplo. ¿Cómo puede explicar Velikovsky que la palabra tolteca para designar a
«dios» haya sido teo, y así nos lo certifica Teotihuacán («Ciudad de los dioses»), cerca de la
actual Ciudad de México, donde la ciudad sagrada es conocida por San Juan Teotihuacán?
No hay ningún suceso celestial común que pueda explicar de un modo aceptable tal
coincidencia. El tolteca y el náhuatl no son lenguas indoeuropeas, y parece altamente
improbable que la palabra que designe a «dios» se halle impresa en todo cerebro humano.
Y sin embargo teo tiene una indudable raíz común con otros términos indoeuropeos
relacionados con el concepto «dios», y conservados en palabras tales como «deidad» o
«teología». Las hipótesis preferibles en el presente caso son las de coincidencia o difusión.
Parecen existir ciertas pruebas de contactos precolombinos entre el Viejo y el Nuevo
Mundos. Con todo, no por ello puede descartarse alegremente la hipótesis de la
coincidencia. Si comparamos dos lenguas, cada una de ellas con decenas de miles de
palabras, habladas por seres humanos con la lengua, los dientes y la laringe idénticas, nada
tiene de sorprendente que unas pocas palabras sean casualmente idénticas. Pues bien, creo
que todas las coincidencias que expone Velikovsky pueden ser explicadas de forma similar a
las que acabo de reseñar.
Tomemos un ejemplo del método que emplea Velikovsky para enfocar tales problemas.
Señala que ciertas historias muy similares, directa o vagamente conectadas con eventos
celestiales, encierran referencias a una bruja, un ratón, un escorpión o un dragón (págs.
77, 264, 305, 306, 310). Y he aquí su explicación: en el momento mismo en que algunos
cometas pasaron muy cerca de nuestro planeta, se vieron desfigurados por fenómenos
gravitatorios o eléctricos hasta el punto de adoptar la forma de una bruja, un ratón, un
escorpión o un dragón, formas clara e indudablemente interpretadas como correspondientes
63
a un mismo animal por pueblos culturalmente aislados y de características muy diferentes
entre sí. Aún dando por buena la hipótesis de que ciertos cometas se aproximen
enormemente a la Tierra, no existe la menor prueba que nos incline a creer que formas tan
precisas como, por ejemplo, la de una mujer montada en una escoba voladora y tocada con
un sombrero cónico puedan haberse generado de este modo. La experiencia que poseemos
del Rórschach y otros tests psicológicos proyectivos de tipo similar nos indica que individuos
distintos ven la misma imagen no representativa de modos diferentes. Pero Velikovsky aún
va más lejos, y cree que la aproximación a la Tierra de una «estrella» que identifica con
Marte produce tal transfiguración en el perfil externo del planeta que acaba adoptando
(pág. 264) indiscutible aspecto de leones, chacales, perros, cerdos y peces; en su opinión,
así se explica el culto a los animales mantenido por los egipcios. No se trata de un
razonamiento que nos capte por su solidez, y poco más o menos nos sería igualmente
plausible admitir que dos mil años antes de Cristo toda esta colección zoológica era capaz
de volar por su cuenta y de ahí que se la pudiese contemplar en los cielos. Una hipótesis
mucho más respetable es la de la difusión. Por lo demás, y dentro de otro contexto, he
dedicado buena parte de mi tiempo a estudiar las leyendas sobre dragones elaboradas por
distintos pueblos de nuestro planeta, y me impresionó ver cuan diferentes pueden llegar a
ser estas bestias míticas a pesar de que a todas las denominen dragones los escritores
occidentales.
También a modo de ejemplo, consideremos la argumentación desarrollada en la segunda
parte del capítulo 8 de Worlds in Collision. Velikovsky sostiene la existencia de una
tendencia generalizada dentro de las culturas antiguas a creer que el año tenía 360 días, el
mes 36 días y, por tanto, el año diez meses. Velikovsky no ofrece ninguna justificación
física del caso, aunque sí señala que el conocimiento de su oficio que tenían los astrónomos
de la antigüedad difícilmente podía conducirles a pasar por alto o equivocarse en cinco días
por año o 6 cada lunación. Pronto la noche se mostraría brillante mientras la astronomía
oficial consideraba que corría una fase de luna nueva, comenzarían a caer nevadas en el
mes de julio y los astrólogos iban a pasar más hambre que un maestro de escuela. Por lo
demás, tras la experiencia de un trato frecuente con astrónomos contemporáneos, no
comparto con Velikovsky su creencia en la infalible precisión de los cómputos elaborados
por sus lejanos antecesores. Velikovsky sugiere que estas aberrantes convenciones acerca
del calendario reflejan verdaderos cambios en la duración de los días, meses y/o años, al
tiempo que constituyen claras pruebas de la aproximación al sistema Tierra-Luna de
cometas, planetas u otros visitantes celestes.
Existe otra explicación mucho más plausible, la que toma en cuenta como punto de partida
que no existe un número exacto de lunaciones dentro de un año solar ni un número exacto
de días en una lunación. Tales inconmensurabilidades deben haber incomodado a toda
cultura con conocimientos aritméticos Pero aún no familiarizada con los problemas de los
grandes números y los números fraccionarios. Incluso hoy en día siguen considerando como
estorbos tales inconmensurabilidades las gentes de religión musulmana y judía cuando
constatan que tanto el ramadán como la pascua judía se presentan en fechas del calendario
solar que varían de año en año. En los asuntos humanos existe un claro chauvinismo en
favor de los números enteros, fácilmente discernible al hablar de aritmética con los niños.
Por tanto, suponiendo su existencia, creo que las irregularidades del calendario quedan
mucho más plausiblemente explicadas por esta vía.
Trescientos sesenta días por año es una convención (temporal) obvia para civilizaciones con
una aritmética de base 60, tal como era el caso de las culturas sumeria, acadia, asiria y
babilónica. Por otro lado, treinta días por mes o diez meses al año pueden resultar
convenciones muy atractivas para los entusiastas de una aritmética de base decimal. Me
pregunto si más que con una colisión entre Marte y la Tierra no estaremos habiéndonoslas
con un eco del enfrentamiento entre los defensores de una aritmética de base 60 y los
veladores de una aritmética de base 10. Si bien es indudable que durante la antigüedad el
gremio de los astrólogos pudo llegar a sentirse dramáticamente agotado al ver la celeridad
con que quedaba desacompasado cualquiera de los calendarios que construyeran, pero eran
gajes del oficio, y a cambio permitía eliminar la angustia mental derivada del manejo de las
fracciones. Así pues, de hecho, la piedra angular sobre la que se apoya todo este asunto
parecen ser las deficiencias inherentes a un pensamiento cuantitativo embrionario.
64
Un experto en cómputo del tiempo durante la antigüedad (Leach, 1957) señala que en las
culturas antiguas los ocho o diez meses del año tenían un nombre, pero que los restantes,
dada su falta de importancia económica en el marco de una sociedad agrícola, no lo tenían.
Diciembre, palabra derivada del latín decem, significa el décimo mes, no el duodécimo.
(Septiembre el séptimo, octubre el octavo y noviembre el noveno, por idénticas razones.)
En los pueblos que se hallan en una fase precientífica de su desarrollo no suelen contarse
los días del año por estar muy poco habituados al manejo de grandes cifras, de ahí que el
punto de referencia con que se rigen suelan ser los meses. Uno de los más grandes
historiadores de la ciencia y la matemática antiguas, Otto Neugebauer (1957), señala que,
tanto en Mesopotamia como en Egipto, estuvieron simultáneamente en uso dos calendarios
diferenciados y mutuamente excluyentes. Por un lado, un calendario civil cuya función
primordial era satisfacer las necesidades de cómputo, por otro, un calendario agrícola, por
lo general avanzado con respecto al anterior y de difícil manejo, aunque mucho más
ajustado a las realidades estacionales y astronómicas. Muchas culturas de la antigüedad
resolvieron el problema de la duplicidad de calendarios limitándose a añadir cinco días
festivos al final de cada anualidad. Se me hace difícil admitir que la existencia de años de
360 días entre pueblos en estadio precientífico pueda ser una prueba irrefutable de que por
entonces para completar su revolución en torno al Sol la Tierra empleaba 360 días en lugar
de los 365 que detectamos actualmente.
En principio, una forma de resolver la discrepancia es examinar el crecimiento de los anillos
de coral, pues sabemos actualmente que marcan con notable regularidad el número de días
por mes (sólo en los corales intermareales) y por año. En tiempos históricos ya recientes no
parecen haber existido disquisiciones de importancia acerca del número de días de una
lunación o de una anualidad, y el gradual acortamiento (no prolongación) de días y meses
con respecto al año a medida que transcurre el tiempo viene siendo considerado desde
tiempo atrás acorde con los postulados de la teoría de las mareas y la conservación de la
energía y el momento angular en el sistema físico Tierra-Luna, sin que se apele a
comentarios complementarios o a cualquier otra intervención exógena.
Otro problema que plantea el método de Velikovsky es la sospecha de que teorías
vagamente similares entre sí pueden estar refiriéndose a períodos completamente
diferentes. En su Worlds in Collision ignora casi por completo el tema del sincronismo entre
leyendas distintas, aunque Velikovsky lo tratara en alguno de sus trabajos ulteriores. Por
ejemplo, Velikovsky señala (p. 31) que los escritos sagrados occidentales y los hindúes
comparten la idea de cuatro edades antiguas culminadas en una catástrofe cósmica. Sin
embargo, tanto en el Hagavad Gita como en los Vedas encontramos grandes divergencias
en cuanto al número de tal tipo de edades acaecidas, llegando incluso a sostenerse que se
han sucedido un número infinito de estas. Mas aún, en estos textos orientales se especula
el tiempo transcurrido entre las más espectaculares catástrofes (por ejemplo, Campbell
1974), cifrándose en miles de millones de años. Tales apreciaciones no casan en lo más
mínimo con la cronología de Velikovsky, quien supone períodos intermedios de centenares o
miles de años, es decir, que su hipótesis y las fechas que aporta para sustentarla difieren
en un factor del orden de millones. Por otra parte, Velikovsky señala (p. 91) que las
tradiciones bíblica, mexicana y griega comparten discusiones vagamente similares sobre
vulcanismo y las corrientes de lava. No hay el menor intento de demostrar que tales
fenómenos geológicos hayan tenido lugar en épocas ni siquiera relativamente próximas
entre sí, y aunque en las tres áreas citadas se han producido erupciones de lava en época
histórica, no hay la menor necesidad de recurrir a una causa exógena común para darles
cumplida explicación.
A pesar del copioso número de fuentes de referencia citadas, creo que la argumentación de
Velikovsky encierra un amplio número de presupuestos acríticos y no demostrados.
Permítaseme mencionar algunos pocos. En el texto se recoge una idea muy interesante, a
saber, que toda referencia mitológica hecha por cualquier pueblo a propósito de cualquier
dios vinculado con un cuerpo celeste representa, de hecho, una observación astronómica
directa del mismo. Se trata de una hipótesis atrevida, aunque no sé cómo, aceptándola,
pueda llegar a explicarse, por ejemplo, que Júpiter se le apareciese en forma de cisne a
Leda mientras que ante Danae optara por convertirse en una lluvia de oro. En la página 247
recurre a la hipótesis identificadora entre dioses y planetas para establecer la cronología de
65
Hornero. Sea como fuere, Velikovsky toma las palabras de Hornero y Hesíodo al pie de la
letra cuando relatan el nacimiento de Atenea de la cabeza del padre Júpiter, con lo cual
acepta la hipótesis de que el cuerpo celeste asociado a Atenea fue expulsado por el planeta
Júpiter. Pero, ¿cuál es el cuerpo celeste asociado a Atenea? Una y otra vez se le identifica
con el planeta Venus (Cap. 9 de la Primera parte y otros varios lugares de la obra). Leyendo
la obra de Velikovsky es difícil que nadie llegase a la conclusión de que los griegos
acostumbraban identificar a Afrodita con Venus, mientras que a Atenea no solía asociársele
ningún cuerpo celeste. Más aún, Atenea y Afrodita eran diosas «contemporáneas», nacidas
ambas mientras Zeus reinaba sobre todos los dioses. Pues bien, en la página 251,
Velikovsky señala que Luciano «no se percató de que Atenea es la diosa del planeta
Venus». El pobre Luciano parece mantener la muy errónea opinión de que la diosa del
planeta Venus es Afrodita. Sin embargo, en la nota que aparece en la página 361
Velikovsky comete por primera y única vez a lo largo del libro el desliz de utilizar la forma
«Venus (Afrodita)». En la página 247 se nos habla de Afrodita como diosa de la Luna. Pero
entonces, ¿quién era Artemisa (o Selene, de acuerdo con una denominación aún más
antigua), la hermana del Apolo solar? De acuerdo con mis conocimientos sobre el tema, no
niego que puedan existir buenas razones que justifiquen la identificación de Atenea con
Venus, pero es indudable que la misma no ocupa un lugar de preeminencia en el corpus de
conocimiento actual ni en el que imperaba un par de milenios atrás, necesidad por lo demás
imprescindible para que se mantenga en pie el hilo argumental sostenido por Velikovsky.
Detectar una identificación celestial de Atenea comentada tan a la ligera no contribuye
precisamente a incrementar nuestra confianza ante las observaciones que se adjuntan
acerca de otros mitos astrales mucho menos familiares en nuestra civilización.
Hay otras varias observaciones de Velikovsky sobre las que nos ofrece justificaciones en
extremo inadecuadas a pesar de su primordial importancia para uno o más de los temas en
que centra su obra. Por ejemplo, en la página 283 sostiene que «al penetrar en la
atmósfera terrestre, los meteoritos producen un tremendo estrépito», cuando todas las
observaciones señalan que lo hacen de forma completamente silenciosa; en la página 114
sostiene que «cuando un rayo alcanza a un imán invierte su polaridad»; en la página 51
traduce «Barad» como meteoritos; en la página 85 sostiene que «como es bien sabido,
Palas es otro de los nombres asignado a Tifón». En la página 179 Velikovsky señala que
cuando los nombres de dos dioses se unifican en uno solo mediante el uso de un guión, se
quiere dar a entender la asignación de un atributo preciso del cuerpo celestial involucrado
en el binomio. Por ejemplo, Velikovsky interpreta Ashteroth-Karnaim, una Venus astada,
como un planeta Venus en fase creciente, prueba de que en tiempos pretéritos Venus se
hallaba tan próximo a nuestro globo como para que sus fases fuesen discernibles a simple
vista. Pero de ser cierto el principio relacional apuntado, ¿cómo debe interpretarse, por
ejemplo, el binomio sagrado Amón-Ra? ¿Acaso debe entenderse que los egipcios veían el
sol (Ra) como un carnero (Amón)?
En la página 63 se señala que, cuando en la Biblia se habla de la muerte de los
«primogénitos» de Egipto a causa de la décima plaga del Éxodo, debe entenderse en
realidad que los condenados a muerte son los «elegidos». Se trata de un punto bastante
importante, y nos permite inferir que cuando la Biblia entra en contradicción con las
hipótesis de Velikovsky éste adopta la decisión de retraducirla de acuerdo con sus intereses.
Todos los interrogantes planteados precedentemente tienen respuestas bastante simples,
aunque es inútil buscarlas en Worlds in Collision.
No pretendo sugerir que todas las concordancias legendarias derivadas de tradiciones
antiguas que nos plantea Velikovsky presenten fallas similares, aunque sí buen número de
ellas, y en todo caso las que se ven libres de ellas muy bien pueden tener otro tipo
alternativo de explicación, por ejemplo la difusión de tradiciones de uno a otro pueblo o
civilización.
Ante un análisis de leyendas y mitos de perfiles tan borrosos como los apuntados, toda
evidencia corroboradora procedente de otros ámbitos sería gozosamente recibida por los
defensores de las argumentaciones de Velikovsky. Me sorprende la ausencia de toda prueba
confirmadora procedente del mundo del arte. Desde unos 10.000 años antes de nuestra
era, como mínimo, la humanidad ha ido produciendo una amplísima gama de pinturas,
bajorrelieves, sellos cilíndricos y muchos otros tipos de objetos de arte. En ellos se hallan
66
representados todo tipo de temas importantes dentro de las culturas que los han creado, de
modo muy particular los de orden mitológico. En tales obras de arte no es raro que se
recojan representaciones diversas de eventos astronómicos. Recientemente (Brandt et al.,
1974) se han descubierto representaciones pictóricas primitivas en cavernas situadas en el
sudoeste americano que aportan pruebas irrefutables de que quedó registro explícito de la
aparición en los cielos de la supernova del Cangrejo en el año 1054, suceso del que también
se guarda noticia en los anales chinos, japoneses y árabes de la época. Se ha solicitado el
interés de los arqueólogos para que rastreen informaciones pictóricas guardadas en
cavernas en las que se recojan representaciones de la aparición de otra supernova en
épocas aun mas tempranas, la de la Supernova Gum (Brandt et al., 1971). No obstante, la
aparición en los cielos de una nueva estrella no es ni de lejos un acontecimiento tan
impresionante como para serlo la aproximación a nuestro globo de otro planeta, que se
supone iría inevitablemente acompañada de residuos interplanetarios y descargas lumínicas
que afectarían a la Tierra. Existe un buen número de cavernas situadas a altitudes tales y a
tales distancias del mar como para que jamás haya cabido la posibilidad de que sufrieran
inundaciones. Dando por supuesto que acaecieran las catástrofes descritas por Velikovsky,
¿por qué no queda el menor registro gráfico contemporáneo de las mismas?
Por tanto, no me parecen en absoluto convincentes las fundamentaciones legendarias
solicitadas en apoyo de las hipótesis de Velikovsky. Si su idea de colisiones planetarias y
catastrofismos globales acaecidos en épocas recientes contara con el soporte de pruebas
físicas notablemente sólidas, podríamos sentirnos tentados a darle cierta credibilidad. Pero
si las pruebas aportadas carecen de solidez, considero que las de orden mitológico no llegan
a mantenerse en pie por sí solas.
Quisiera presentar ahora un breve resumen de los rasgos que definen las principales
hipótesis defendidas por Velikovsky. Al hacerlo, señalaré su relación con los
acontecimientos descritos en el libro del Éxodo, y no debe olvidarse que las tradiciones
recogidas por otras culturas parecen concordar con la descripción bíblica de los sucesos.
El planeta Júpiter expulsó de su seno un cometa de grandes dimensiones que hacia el 1500
antes de nuestra era colisionaría levemente con nuestro planeta. Y de tal colisión derivan,
directa o indirectamente, todas las plagas y tribulaciones faraónicas descritas en el Éxodo
bíblico. La materia responsable de que las aguas del Nilo se convirtieran en sangre procedía
del cometa. Las alimañas descritas en el Éxodo provienen del cometa, las moscas y quizá
los escarabajos se han visto empujados a la fecundación y a multiplicarse gracias al calor
por éste desprendido, como sucediera en el caso de las ranas, originariamente terrestres.
Los terremotos provocados por el cometa arrasaron las edificaciones egipcias sin dañar en
absoluto las de los hebreos. (A decir verdad, lo único que parece no tener su origen en el
cometa es el colesterol responsable del endurecimiento del corazón del faraón egipcio.)
Cómo no, todo lo indicado y más se desprendió de la cola del cometa, responsable también
de que las aguas del Mar Rojo se abrieran en dos cuando Moisés alzó su vara ante ellas, tal
vez a causa de la marea creada por el campo gravitatorio del cometa o a causa de alguna
imprecisa interacción eléctrica o magnética desencadenada entre éste y el Mar Rojo. Luego,
una vez cruzaron sin el menor percance los hebreos, evidentemente el cometa se alejó lo
suficiente como para que las aguas partidas en dos volvieran a su viejo cauce y ahogaran a
las huestes del faraón. Durante los cuarenta años subsiguientes, mientras vagaban errantes
por el desierto del pecado, los hijos de Israel se alimentaron del maná que les caía de los
cielos, que resultó ser un compuesto de hidrocarbonos (o carbohidratos) originados en la
cola del cometa.
Otra posible lectura de Worlds in Collision parece dar a entender que entre el
desencadenamiento de las plagas y los sucesos del Mar Rojo debió transcurrir un mes o dos
y que tuvieron sus orígenes en sendos pasos del cometa por nuestra atmósfera. Tras la
muerte de Moisés, una vez el manto del liderazgo ha pasado a hombros de Josué, este
mismo cometa volverá a rozar nuestro planeta con chirriante estruendo. Cuando Josué
clama «Sol, párate sobre Gibeón; y tú, Luna, sobre el valle de Ajalón», la Tierra -quizás a
causa una vez más de interacción gravitatoria, o tal vez en razón de cierta inducción
magnética inespecífica generada sobre la corteza terrestre - cesa inmediatamente de girar y
le permite a Josué alcanzar la victoria en la batalla. Acto seguido el cometa está a punto de
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colisionar con Marte, interaccionando con él con tal fuerza que le arranca de su órbita y le
pone en peligro por dos veces de chocar con nuestro planeta, cuasi-colisiones que
provocan la destrucción de los ejércitos del rey asirio Sanaquerib, responsable de la
miserable existencia que venían soportando las últimas generaciones de israelitas. En la
fase siguiente Marte se incorpora a su órbita actual y el cometa entra en órbita circular
alrededor del sol para convertirse en el planeta Venus, que en opinión de Velikovsky no
había existido hasta este preciso instante. Mientras tanto, la Tierra se ponía de nuevo en
movimiento, y éste mantenía unas características muy similares a las que tuviera antes de
todos estos encuentros celestes.
Hasta alrededor del siglo VII a.C. no debió producirse ningún comportamiento planetario
aberrante, y ello a pesar de la abundancia con que parecen haberse producido durante el
segundo milenio.
Nadie, ni defensores ni detractores, podrá dejar de admitir que se trata de un relato notable
y sorprendente. Pero además, y por fortuna, se trata de un relato susceptible de verse
sometido a contrastación científica. Las hipótesis de Velikovsky le llevan a efectuar ciertas
predicciones y deducciones. Por ejemplo, que los cometas son grandes masas de materia
expulsadas del seno de los planetas; que los cometas son capaces de pasar muy cerca de
los planetas, incluso rozarlos, creando perturbaciones; que en los cometas, así como en las
atmósferas de Júpiter y Venus, viven alimañas; que en todos estos lugares que acabamos
de citar también podemos encontrar carbohidratos; que en la península de Sinaí cayeron de
los cielos suficientes carbohidratos como para alimentar durante cuarenta años a las
errabundas masas israelitas que cruzaban el desierto; que órbitas excéntricas de planetas y
cometas pueden tornarse perfectamente circulares tras el paso de unos cientos de años;
que se producían fenómenos volcánicos y tectónicos en nuestro planeta e impactos de
diferentes cuerpos celestes sobre la superficie lunar simultáneamente a tales catástrofes; y
así sucesivamente. Deseo discutir cada uno de tales puntos así como algunos otros no
mencionados hasta aquí, como por ejemplo el supuesto de que la superficie de Venus se
halla a elevada temperatura, que aunque sea un aspecto secundario con respecto a la
sustentación de sus hipótesis no por ello ha dejado de jugar un papel primordial como
prueba a favor post hoc. También deseo someter a examen una «predicción» adicional y
fortuita de Velikovsky, a saber, que los casquetes polares de Marte están compuestos por
carbono o carbohidratos. La conclusión de mi análisis crítico es que cuando Velikovsky se
muestra original en sus planteamientos es más que probable que esté equivocado, mientras
que en aquellos puntos en que acierta se sustenta en ideas ya previamente empleadas por
otros. No son pocas las veces en las que además de sustentar errores no presenta la menor
originalidad, aspecto este último de notable importancia pues se ha mantenido que ciertas
circunstancias (por ejemplo, la elevada temperatura de la superficie de Venus) fueron
predichas por Velikovsky en momentos en que todo el mundo las imaginaba muy distintas.
Pero como tendremos oportunidad de ver, en realidad no ha sido así.
En las discusiones que siguen, intentaré utilizar, siempre que me sea posible,
razonamientos simples de orden cuantitativo. Evidentemente, los argumentos cuantitativos
constituyen una malla mucho más fina que los cualitativos en cuanto a establecer un
cribado de hipótesis. Por ejemplo, si afirmo que tiempo ha una enorme ola sumergió bajo
las aguas a nuestro planeta, puedo aportar en favor de mi aserto una amplia gama de
catástrofes, desde la inundación de regiones litorales hasta una inundación generalizada.
Pero si especifico que la ola generada por la marea tenía una altura de alrededor de unos
200 kilómetros, sin duda alguna estaré hablando de una catástrofe del último de los tipos
indicados, aunque quizás entonces existan una serie de evidencias críticas que nos inclinen
a descartar la existencia de una ola de tales dimensiones. Para que los argumentos de
orden cuantitativo pueda comprenderlos cualquier lector que no esté especialmente
familiarizado con la física elemental he intentado, y de forma muy especial en los apéndices
(véase páginas 409-414), reflejar todos los pasos esenciales del razonamiento y utilizar los
argumentos más sencillos a condición de que no se alteren con ellos las ideas físicas
esenciales implicadas. Quizá debo señalar que la verificación de hipótesis cuantitativas es
completamente rutinaria y usual en las ciencias físicas y biológicas de hoy en día. Una vez
verificadas las hipótesis y dejadas de lado las que no se ajusten a los estándares de análisis
68
indicados, resulta inmediata la necesidad de plantear nuevas hipótesis que presenten una
mejor concordancia con los hechos.
Hay otro aspecto vinculado con la metodología científica que creo necesario recalcar. No
todas las aserciones científicas tienen idéntico peso específico. Por ejemplo, la dinámica
newtoniana y las leyes de conservación de la energía y del momento angular se asientan
sobre bases extremadamente sólidas. Son literalmente millones los experimentos
independientes entre sí que acuden en apoyo de su plena validez, no sólo sobre nuestro
planeta, sino que las modernas técnicas de observación astrofísica nos la testifican para
cualquier otro lugar del sistema solar, dentro de otros sistemas solares e incluso en el
ámbito de otras galaxias que no sean la nuestra. Por el contrario, extremos tales como la
naturaleza de las superficies planetarias, de sus atmósferas o de sus núcleos internos se
apoyan en bases muchísimo más débiles, como manifiestan los científicos dedicados al
estudio de los planetas durante estos últimos años. Un buen ejemplo de la distinción recién
establecida nos lo ofrece la aparición del cometa Kohoutek en 1975. La primera vez que se
observó dicho cometa se encontraba a una enorme distancia del Sol. Se establecieron un
par de predicciones basadas en las primeras observaciones efectuadas. La primera de ellas,
fundamentada en las leyes de la dinámica newtoniana, tenía como objeto la determinación
de la órbita del cometa, cuál iba a ser su posición en tiempos futuros, en qué momentos iba
a ser posible observarlo desde nuestro planeta antes de la salida del sol, en qué otros tras
su ocaso, etc. El ajuste entre predicciones y hechos observados fue milimétrico. El segundo
núcleo de predicciones se centraba en el brillo lumínico del cometa, basado en conjeturas
sobre el grado de vaporización de los hielos del cometa, responsable de la larga cola que se
encarga de reflejar la luz solar. En este segundo punto las predicciones fueron erróneas, y
el cometa, lejos de rivalizar con Venus en cuanto a brillo, era imposible de detectar por la
inmensa mayoría de los observadores a simple vista. No obstante, la velocidad y grado de
vaporización depende directamente de la estructura química y geométrica del cometa, que
en el mejor de los casos sólo conocemos muy someramente. Pues bien, en todo análisis de
las hipótesis vertidas en Worlds in Collision debe tenerse siempre muy presente esta misma
distinción entre argumentos con sólida base científica y aquellos otros que se cimentan en
aspectos físicos y químicos conocidos tan sólo de un modo superficial y fragmentario. Debe
otorgarse primordial importancia a los argumentos basados en la dinámica newtoniana y en
las leyes físicas de conservación. Aquellos otros que se apoyan, por ejemplo, en
propiedades características de las superficies planetarias, deben ser considerados como
menos determinantes. Tras nuestro análisis se observará que las hipótesis de Velikovsky se
encuentran con graves dificultades en ambos campos, aunque, repito una vez más, un
grupo de dificultades es mucho menos determinante que el otro en vistas a formar nuestra
opinión crítica sobre el asunto.
PROBLEMA I
EL LANZAMIENTO DE VENUS POR PARTE DE JÚPITER
Las hipótesis de Velikovsky toman como punto de arranque un evento jamás observado por
ningún astrónomo y que entra en contradicción con buena parte de nuestros actuales
conocimientos sobre la física de planetas y cometas, a saber la expulsión del seno de
Júpiter, quizás a causa de un choque con otro planeta gigante, de un objeto de dimensiones
planetarias. Los afelios (los puntos de la órbita de un cuerpo celeste situados a la mayor
distancia posible del Sol) de los cometas con órbitas de período corto presentan una
tendencia estadística a situarse en las proximidades de Júpiter. Laplace y otros astrónomos
de su tiempo lanzaron la hipótesis de que Júpiter era la fuente emisora de tal tipo de
cometas. Se trata de una hipótesis totalmente innecesaria ya que hoy en día sabemos que
cualquier cometa con órbita de período largo puede entrar en trayectorias de período corto
a causa de las perturbaciones de campo generadas por Júpiter. Desde hace uno o dos siglos
tan sólo se ha mostrado partidario de la vieja hipótesis citada el astrónomo soviético V. S.
Vsekhsviatsky, quien parece creer que las lunas de Júpiter arrojan cometas a través de
enormes volcanes.
Para alejarse de Júpiter todo cometa debe poseer una energía cinética igual a ½ mv e
2,
donde m es la masa del cometa y ve es su velocidad de escape de Júpiter, calculada en
69
alrededor de 60 km/seg. Sea cual fuere el mecanismo de expulsión, vulcanismo o colisión,
una fracción significativa de tal energía cinética, por lo menos un 10 % de la misma, se
consumirá en calentar el cometa. La energía cinética mínima por unidad de masa expulsada
es ½ v e
2 = 1,3 X 1013 ergios por gramo, y la cantidad de la misma que se disipa en forma
de calor es superior a los 2,5 X 1012 ergios/g. El calor latente de fusión de las rocas es de
alrededor de los 4 X 109 ergios por gramo. Se trata del calor que debe aplicarse para
convertir roca sólida llevada hasta muy cerca de su punto de fusión en lava líquida; para
que una roca situada a bajas temperaturas alcance su punto de fusión es necesaria una
energía de alrededor de los 1011 ergios por gramo. En consecuencia, para que Júpiter
expulse de su seno un cometa o un planeta deberá haber alcanzado obviamente una
temperatura de varios miles de grados, en cuyo caso rocas, hielo y componentes orgánicos
se habrán fundido por completo. Cabe incluso la posibilidad de que se hayan visto reducidos
a una lluvia de pequeñas partículas de polvo y átomos autogravitantes, situación que por lo
demás no describe con excesiva exactitud la naturaleza del planeta Venus.
(Incidentalmente, he aquí lo que podría ser un buen argumento velikovskiano para explicar
la elevada temperatura de la superficie de Venus, aunque como veremos más adelante no
parece concederle importancia.)
Otro de los problemas que se plantea es que la velocidad de escape del campo gravitatorio
solar de cualquier cuerpo ubicado en Júpiter es de alrededor de 20 km/seg. Por descontado,
el mecanismo encargado de expulsar masas materiales de Júpiter debe ajustarse a esta
insoslayable realidad. Si el cometa abandona Júpiter a velocidades inferiores a los 60 Km./
seg., volverá a caer sobre el planeta, mientras que si lo hace a velocidad superior a [(20)2
+ (60)2]1/2 = 63 km/seg. escapará no sólo de Júpiter sino del propio sistema solar. Así pues,
las velocidades compatibles con las hipótesis de Velikovsky se acumulan en un intervalo
muy pequeño y, por tanto, altamente improbable.
Otro más de los problemas que se plantean es la enorme masa de Venus, superior a 5 X
1027 gramos, o quizás aún mayor por entonces, ya que según las hipótesis de Velikovsky en
una primera fase la trayectoria de dicho planeta transcurría más próxima al Sol que hoy en
día. La energía cinética total necesaria para propulsar Venus a la velocidad que le permita
abandonar el campo creado por Júpiter será, según un sencillo cálculo, del orden de los 1041
ergios, cantidad equivalente a la energía total irradiada por el Sol durante un año y cien
millones de veces superior a la fulguración solar más potente jamás observada. Por tanto,
sin mayores pruebas ni discusión, nos vemos solicitados a creer en un fenómeno de
eyección en el que entra en Juego una energía enormemente superior, a la desplegada en
cualquier fenómeno solar, y ello cuando Júpiter es un almacén energético muy inferior al
Sol.
Todo proceso que genera objetos de gran tamaño también Produce otros más pequeños,
especialmente cuando se trata de colisiones como en el caso que nos ocupa. Nuestros
conocimientos sobre las leyes físicas que regirán la pulverización ulterior al choque son
bastante precisos, y nos permiten afirmar que, por ejemplo, partículas de un tamaño diez
veces inferior al de la mayor de las generadas serán cien, o incluso mil veces más
numerosas. Por supuesto, Velikovsky sostiene la aparición de una lluvia de piedras como
secuela de sus pretendidos encuentros planetarios, e imagina a Venus y Marte arrastrando
tras de sí un auténtico enjambre de enormes guijarros; la cohorte de Marte habría sido, por
lo demás, la responsable de la destrucción de los ejércitos de Senaquerib. Dando por
sentada la veracidad de tales hipótesis, es decir, si tan sólo unos miles de años atrás
nuestro planeta tuvo cuasi-colisiones con otros objetos celestes de masa similar a la
nuestra, es indudable que hasta hace escasos siglos hemos sido bombardeados con objetos
de masa similar a la de nuestra luna y que la caída sobre nuestro planeta de masas
susceptibles de abrir cráteres de un diámetro de un par de kilómetros es un fenómeno poco
menos que cotidiano. Sin embargo, tanto en la Tierra como en la Luna no detectamos
rastros de colisiones recientes y frecuentes con objetos de características como las
reseñadas en último lugar. Los escasos objetos celestes que a modo de población
prácticamente estable se mueven en órbitas que pudieran llevarles a chocar con la Luna nos
permiten explicar a la perfección, siempre que nos remontemos más allá de la cronología
geológica, los cráteres que actualmente observamos en la superficie lunar. La ausencia de
70
un populoso enjambre de pequeños objetos celestes que se muevan cruzando la órbita
terrestre es otra objeción fundamental a las tesis centrales de Velikovsky.
PROBLEMA II
REITERADAS COLISIONES ENTRE LA TIERRA, VENUS y MARTE
«Nada hay de absurdo en la idea de que un cometa pueda colisionar con nuestro planeta,
aunque es algo ciertamente poco probable» (p. 40). Se trata de una afirmación
esencialmente correcta. El problema a resolver es el cálculo preciso de la probabilidad de
que se produzcan tales choques, extremo que desgraciadamente Velikovsky deja sin
resolver.
No obstante, la física que rige tales fenómenos es por fortuna extremadamente simple, de
modo que se puede calcular el orden de magnitud del número de choques prescindiendo
incluso de toda consideración de carácter gravitatorio. Los objetos celestes que se mueven
según órbitas marcadamente excéntricas y se trasladan desde las proximidades de Júpiter a
las de la Tierra lo hacen a velocidad tan extraordinariamente alta que la atracción
gravitacional mutua que se ejerce entre ellos y los eventuales objetivos de choque
desempeña un papel negligente en la determinación de su trayectoria. En el Apéndice 1 se
calcula la probabilidad de que se produzcan el tipo de colisiones que nos ocupa, y puede
verse que un «cometa» cuyo afelio (punto más alejado del Sol) se halle cerca de la órbita
de Júpiter y cuyo perihelio (punto más cercano al Sol) esté situado dentro de la órbita de
Venus no tardará menos de 30 millones de años en colisionar con la Tierra. En este mismo
apéndice se deduce que si el objeto celeste en cuestión no es un ente aislado sino que
forma parte de la familia de cuerpos celestes que, de acuerdo con nuestras observaciones,
se mueven a lo largo de las trayectorias indicadas, el tiempo que tardará en llegar hasta
nosotros es superior a la edad misma del sistema solar.
Tomemos como referencia la cifra de 30 millones de años para que las hipótesis de
Velikovsky tengan el mayor sesgo cuantitativo posible a su favor. La probabilidad de que la
Tierra colisione con algún cuerpo celeste dentro de un determinado año es de 1 sobre 3 X
107; la probabilidad de que lo haga dentro de un milenio concreto, será de 1 sobre 30.000.
No obstante, Velikovsky no habla de una, sino de cinco o seis cuasi-colisiones (véase, por
ejemplo, p. 388) entre Venus, Marte y la Tierra. Tales colisiones parecen contemplarse
como fenómenos estadísticamente independientes, es decir que, de acuerdo con el relato
de Velikovsky, no parece existir una serie regular de roces que venga determinada por los
períodos orbitales respectivos de los tres planetas. (Si existiese tal intervinculación, cabría
la posibilidad de interrogarnos acerca de la probabilidad de que se diera tan notable jugada
dentro del billar planetario ateniéndonos a las constricciones temporales postuladas por
Velikovsky.) Si las probabilidades de choque son independientes entre sí, la probabilidad
conjunta de que se produzcan cinco de tales encuentros dentro de un mismo milenio será
en el caso más simplificado, de (3 x 107 /103)-5 = (3 X 104)-5 = 4,1 X 10-23, es decir, una
probabilidad de 1 sobre alrededor de 100.000 trillones. Para el caso de seis choques dentro
de un mismo milenio, la probabilidad será (3 X 107/103 )-6 = (3 X 104)-6 = 7,3 X 10-28, es
decir, desciende hasta el orden de 1 sobre 70.000 cuatrillones. Desde luego, se trata de los
Límites inferiores de probabilidad, tanto por la razón apuntada líneas más arriba como por
el hecho de que, ante un eventual encuentro con Júpiter, lo más probable es que el cuerpo
que chocara con él se viera expulsado irremisiblemente del sistema solar, de modo
equivalente a cuanto ha sucedido con el ingenio espacial Pioneer 10. Las probabilidades
reseñadas constituyen una calibración adecuada de la validez de las hipótesis de
Velikovsky, sin contar, claro está, que se presentan bastantes más problemas que los
reseñados hasta ahora. Las hipótesis con tan escasísima probabilidad favorable suelen
considerarse insostenibles. Al tomar en cuenta los problemas mencionados en el epígrafe
precedente y los que se exponen a continuación, la probabilidad de que la tesis sostenida
en Worlds in Collision sea correcta se torna prácticamente nula.
PROBLEMA III
LA ROTACIÓN DE LA TIERRA
Buena parte de las airadas protestas que levantara Worlds in Collision parece tener su
origen en la interpretación que ofrece Velikovsky de la historia de Josué y demás leyendas
71
similares, según las cuales en cierta ocasión la Tierra detuvo su finisecular movimiento de
rotación. La imagen del fenómeno que parecen estar pensando los más violentos
detractores de Velikovsky sería la que puede contemplarse en la versión cinematográfica
del relato de H. G. Wells titulado «El hombre que podía hacer milagros»; La Tierra detiene
milagrosamente su rotación pero, a causa de un descuido, no se toman precauciones
previsoras sobre los objetos no anclados solidariamente a la superficie del planeta, de
manera que siguen moviéndose como de costumbre y, en consecuencia, abandonan la
Tierra a una velocidad de alrededor de los 1.650 kilómetros por hora. No obstante, es
inmediato constatar (Apéndice 2) que una deceleración gradual de un orden aproximado de
10-2 g, puede producirse en un período de tiempo muy inferior a las 24 horas, por tanto, no
saldría nada volando por los aires y seguirían conservándose a la perfección incluso las
estalactitas y otras delicadas formaciones geomorfológicas similares. Asimismo, en el ya
citado Apéndice 2 se demuestra que la energía necesaria para detener la rotación terrestre
no sería suficiente como para provocar la fusión del planeta, aunque tal aportación
energética sí iba a traducirse en un incremento de la temperatura perfectamente
apreciable; el agua de los océanos alcanzaría su punto de ebullición, fenómeno que parecen
haber pasado por alto todas las antiguas fuentes citadas por Velikovsky.
Con todo, no son éstas las objeciones más serias que cabe plantear a la exégesis que nos
ofrece Velikovsky del relato bíblico de Josué. El problema más serio quizá se ubique en el
otro extremo del relato. Más exactamente: ¿cómo pudo la Tierra emprender de nuevo su
movimiento de rotación a una velocidad de giro aproximadamente idéntica? Desde luego,
no pudo hacerlo por sí sola a causa de la ley de conservación del momento angular. Y sin
embargo, Velikovsky ni siquiera parece haberse percatado de que ahí había un problema, y
no pequeño, a resolver.
No hay la menor alusión a que el «paro» de la Tierra a causa de una colisión planetaria es
muchísimo menos probable que cualquier otra modificación en su movimiento de rotación.
De hecho, la posibilidad de que la Tierra anulara su movimiento angular de rotación a causa
de una cuasi-colisión con un cometa es mínima. Por lo demás, la de que sucesivas
colisiones pusieran nuevamente en movimiento el planeta haciéndole completar una
revolución cada veinticuatro horas es enormemente menor.
Velikovsky no es nada preciso al hablarnos del supuesto mecanismo que pudo detener la
rotación terrestre. Quizá fuera la acción de las mareas generadas por un campo
gravitatorio, quizá la de un campo magnético. Tanto uno como otro tipo de campos generan
fuerzas que decrecen de forma tremendamente rápida con la distancia. Mientras la
gravitación decrece de forma inversamente proporcional al cuadrado de la distancia, la
acción de las mareas lo hace según el inverso del cubo de la misma, y la combinación de
uno y otras lo hace de acuerdo con el inverso de su sexta potencia. El campo creado por un
dipolo magnético decrece de forma inversamente proporcional al cubo de la distancia y toda
marea generada por un campo magnético disminuye mucho más rápidamente que la que
tiene su origen en una acción gravitatoria. Sea como fuere, el efecto responsable del
frenado actúa casi exclusivamente mientras la distancia entre los cuerpos cuasicolisionantes
es mínima. El tiempo característico o período en que pervive esta máxima
proximidad, y por tanto máxima acción mutua, es obviamente 2R/v, donde R es el radio de
la Tierra y v la velocidad relativa del cometa con respecto a la Tierra. Suponiendo una v de
25 km/s, el tiempo característico durante el que actúan las fuerzas de frenado de forma
eficaz resulta ser de unos diez minutos a lo sumo. La aceleración correspondiente es inferior
a 0,1 g, de modo que los ejércitos aún no pueden ser arrojados al espacio sideral. Pero por
otro lado, el tiempo característico para la propagación acústica de un fenómeno sobre la
Tierra -el tiempo mínimo para que una determinada influencia externa se haga sentir en
todo el planeta- es de unos ochenta y cinco minutos. En consecuencia, ni aunque llegara a
producirse un roce efectivo entre el cometa y nuestro planeta sería posible en absoluto que
el Sol se detuviera sobre Gibeón por mera influencia del paso del cometa.
Se hace realmente difícil seguir el relato de Velikovsky sobre la historia de la rotación de
nuestro planeta. En la página 236 se nos habla del movimiento del Sol en los cielos de un
modo que, por casualidad, se ajusta tanto en su salida como en su movimiento aparente a
como pueda observarse desde la superficie de Mercurio, no desde la de la Tierra. En la
página 385 detectamos algo similar a un intento de retirada en toda la línea por parte de
72
Velikovsky, pues nos sugiere que lo sucedido en realidad no fue una modificación en la
velocidad angular de la rotación terrestre, sino más bien que durante unas pocas horas el
vector que nos representa el momento angular de la Tierra dejó de mantener una
inclinación aproximada de 90° con respecto al plano de la eclíptica, como la que tiene en la
actualidad, para apuntar directamente al Sol, como sucede en el caso del planeta Urano.
Aparte de los graves problemas físicos que plantea admitir tal sugerencia, se trata de un
supuesto que entra en flagrante contradicción con las hipótesis precedentes de Velikovsky,
ya que, de acuerdo con las mismas, en páginas precedentes ha dado una enorme relevancia
al hecho de que en las culturas euroasiáticas y del próximo Oriente quedase registro de una
prolongación del día mientras que las culturas norteamericanas hablaban de un
alargamiento de la noche. Desde tal perspectiva, no existiría explicación a las informaciones
recogidas en México. Creo pues que en este punto deja de lado o en el olvido sus propios
argumentos validadores extraídos de los escritos de la antigüedad. En la página 386 nos
enfrentamos con un argumento de orden cualitativo, que no vuelve a aparecer por parte
alguna, según el cual la Tierra bien pudo haberse detenido por la acción de un campo
magnético de gran intensidad. No se menciona en absoluto la intensidad de dicho campo,
pero (véanse los cálculos del Apéndice 4) no cabe otra posibilidad que la de que haya sido
enorme. No existe el menor indicio en las rocas terrestres de que jamás se hayan visto
sometidas a efectos magnetizadores de tan enorme intensidad y, hecho asimismo de
fundamental importancia, tenemos pruebas irrefutables, obtenidas por medio de los
ingenios espaciales americanos y soviéticos, de que la intensidad del campo magnético de
Venus es prácticamente despreciable -muy inferior a los 0,5 gauss que se detectan en la
propia superficie terrestre en razón de su propio campo, por lo demás a todas luces
insuficiente para dar sostén a las tesis de Velikovsky.
PROBLEMA IV
GEOLOGÍA TERRESTRE Y CRÁTERES LUNARES
De forma perfectamente razonable, Velikovsky sostiene que una cuasi-colisión de la Tierra
con otro planeta debe haber tenido consecuencias dramáticas para nosotros, ya sea a causa
de la acción de fuerzas gravitatorias, eléctricas o magnéticas; en este aspecto Velikovsky
no acaba de definirse con un mínimo de claridad. Velikovsky sostiene (páginas 96 y 97)
«que en tiempos del Éxodo, cuando nuestro mundo se vio violentamente sacudido y
bombardeado... todos los volcanes empezaron a vomitar lava y todos los continentes se
agitaron por acción de los terremotos». (El subrayado es mío.)
Pocas dudas hay de que las cuasi-colisiones postuladas por Velikovsky debieron ir
acompañadas de fuertes fenómenos sísmicos. Los sismómetros lunares del Apolo han
detectado que, en nuestro satélite, los movimientos sísmicos son más abundantes durante
el perigeo lunar, cuando la Tierra y la Luna están más próximos entre sí, y que parecen
detectarse indicios de que en tal fase también se producen temblores geológicos sobre
nuestro propio planeta. No obstante, la suposición de que en alguna época pretérita «todos
los volcanes» terrestres entraran en actividad y se generaran amplias y generalizadas
corrientes de lava ya es harina de otro costal. No hay dificultad alguna en establecer una
cronología de las lavas volcánicas, y lo que debiera ofrecernos Velikovsky es un histograma
del número de corrientes de lava emergidas sobre nuestro planeta en función del tiempo.
Creo que dicho histograma pondría de manifiesto que no todos los volcanes terrestres se
mantuvieron en actividad entre el 1500 y el 600 antes de nuestra era. Es más, durante
dicho período nada hay de especialmente reseñable acerca del vulcanismo terrestre.
Velikovsky cree (página 115) que la aproximación de cometas a nosotros genera una
inversión del campo geomagnético. Sin embargo, los datos recogidos en rocas
magnetizadas son concluyentes al respecto; las inversiones del campo geomagnético se
producen en intervalos de millones de años, no en los últimos milenios, y se presentan con
una regularidad que casi cabría calificar de cronométrica. ¿Acaso existe en Júpiter un reloj
que proyecta cometas hacia la Tierra cada tantos millones de años? El punto de vista
convencional sobre este tema es que la Tierra experimenta una inversión de polaridad de la
dinamo que genera el campo magnético terrestre, en cuya génesis no interviene ningún
elemento exterior a nuestro planeta. No cabe duda de que se trata de una explicación
bastante más verosímil.
73
La afirmación de Velikovsky de que la génesis de las montañas terrestres se produjo hace
tan sólo unos pocos milenios se ve desmentida por todas las pruebas geológicas a nuestra
disposición, de acuerdo con las cuales los orígenes de las elevaciones de nuestro planeta se
sitúan decenas de millones de años atrás. La idea de que los mamuts quedaran sometidos a
una profunda congelación a causa de un rápido movimiento del polo geográfico terrestre
acaecido hace unos pocos milenios de años necesita ser verificada (por ejemplo recurriendo
al carbono-14 o a la datación de aminoácidos por racemización), y ciertamente me llevaría
una gran sorpresa si de tales verificaciones se desprendiera que tuvo lugar en época muy
reciente.
Velikovsky cree que la Luna se vio influenciada por las catástrofes que sobrevinieron en
nuestro, planeta y que unos pocos milenios atrás sufrió eventos tectónicos similares en su
superficie responsables de la génesis de buena parte de los cráteres que hoy presenta
(véase Parte II, capítulo 9). Esta suposición también presenta algunos problemas en su
contra. Las muestras de la superficie lunar recogidas en las distintas misiones Apollo no
contenían rocas de fusión formadas en épocas tan recientes, remontándose su antigüedad a
unos pocos cientos de millones de años atrás.
Por otro lado, si hace unos 2.700 a 3.500 años se formaron abundantes cráteres en la Luna
debió existir una producción similar de tales cráteres en nuestro planeta en este mismo
período con un diámetro no inferior al kilómetro. La erosión existente en la superficie
terrestre no explica la desaparición de todo cráter de este tipo en un lapso de veintisiete
siglos. Pues bien, no existe un gran número de cráteres terrestres de tales características y
edad; para ser más exactos, no existe ni uno solo. Sobre estos puntos Velikovsky parece
haber ignorado toda prueba crítica, pues al examinar los datos fehacientes a nuestra
disposición sus hipótesis quedan clara y rotundamente invalidadas.
Velikovsky cree que al pasar Venus o Marte muy cerca de la Tierra deben haberse
producido olas de varios kilómetros de altura (páginas 70 y 71). De hecho, si jamás, como
parece pensar Velikovsky, tales planetas pasaron a unas decenas de miles de kilómetros del
nuestro las mareas producidas sobre la Tierra tanto de agua como de material sólido,
tuvieron que alcanzar una altura de cientos de kilómetros. Se trata de un dato fácilmente
calculable a partir de la elevación que alcanzan las mareas lunares en la actualidad,
proporcional a la masa del cuerpo generador de las mismas e inversamente proporcional al
cubo de la distancia. Por cuanto me es dado conocer, no existe la menor evidencia
geológica de una inundación global de nuestro planeta en ningún momento situada entre
quince y seis siglos antes de nuestra era. Si se hubiera producido tan gigantesca
inundación, aunque hubiese sido de breve duración, quedaría algún claro registro geológico
del singular fenómeno. ¿Qué decir de los restos arqueológicos y paleontológicos? ¿Dónde
están las pruebas de una extinción generalizada de la fauna en tal época como resultado de
la gigantesca inundación? ¿Dónde las pruebas de fenómenos de fusión en las proximidades
de los puntos que sufrieron con mayor intensidad los efectos de las espeluznantes mareas?
PROBLEMA V
QUÍMICA Y BIOLOGÍA DE LOS PLANETAS TERRESTRES
Las tesis de Velikovsky tienen algunas consecuencias peculiares de orden químico y
biológico, producto de algunas confusiones de bulto en asuntos bastante simples. Por
ejemplo, parece ignorar (página 16) que el oxígeno se produce en nuestro planeta corno
resultado del proceso de fotosíntesis de las plantas verdes. Tampoco se percata de que
Júpiter está básicamente compuesto por hidrógeno y helio, mientras que la atmósfera de
Venus, que según él no es más que una masa desgajada de Júpiter, está formada en su
práctica totalidad por dióxido de carbono. Se trata de puntos básicos para su
argumentación, que en consecuencia queda claramente en entredicho. Velikovsky sostiene
que el maná caído desde los cielos sobre la península del Sinaí tenía origen cometario, lo
que equivale a afirmar que tanto en Júpiter como en Venus existe gran abundancia de
hidratos de carbono. Por otro lado, cita numerosas fuentes según las cuales debió caer de
los cielos en épocas pretéritas una verdadera lluvia de fuego y nafta, que se interpreta
como una suerte de petróleo celestial en ignición desde el momento mismo en que entró en
contacto con la oxidante atmósfera terrestre (páginas 53 a 58). Velikovsky cree en la
realidad e identidad de ambos grupos de fenómenos, de ahí que en su texto se despliegue y
74
mantenga una extraña confusión entre hidratos de carbono e hidrocarburos. En algunos
pasajes de su libro parece lanzar la hipótesis de que durante su errabunda travesía del
desierto a lo largo de cuarenta años más que de alimento divino los israelitas se
sustentaron con aceite lubricante para motores.
La lectura del texto se complica todavía más cuando parece establecer la conclusión (página
366) de que los casquetes polares de Marte estaban compuestos por maná, ya que de un
modo en extremo ambiguo se les describe como «de naturaleza probablemente similar a la
del carbono». Los hidratos de carbono presentan una absorción en la banda de los
infrarrojos de 3,5 micras muy característica, que tiene como causa la enérgica vibración
existente entre los enlaces carbono-hidrógeno. No obstante, en los espectros infrarrojos de
los casquetes polares marcianos obtenidos por los ingenios espaciales Mariner 6 y 7 en
1969 no se detecta la menor traza de la reseñada característica. Por otro lado, los ingenios
Mariner 6, 7 y 9 y los Viking 1 y 2 han aportado abundantes y concluyentes pruebas sobre
la auténtica naturaleza de los casquetes polares marcianos: agua y dióxido de carbono
congelados.
Se hace difícil comprender la insistencia de Velikovsky en el origen celestial del petróleo.
Algunas de sus fuentes, por ejemplo Herodoto, proporcionan descripciones perfectamente
naturales de la combustión de petróleo aflorado hasta la superficie terrestre en zonas de
Mesopotamia e Irán. Como señala el propio Velikovsky (páginas 55 y 56), las leyendas
sobre lluvias de fuego y nafta tienen como origen aquellas regiones de nuestro planeta en
las que existen depósitos naturales de petróleo. Por tanto hay una explicación franca y
lisamente terrestre para tal tipo de relatos. La cantidad de petróleo filtrado hacia las
entrañas de la Tierra en 2700 años no puede haber sido demasiado grande. Las dificultades
que existen hoy en día para extraer petróleo, causa de algunos importantes problemas
prácticos de nuestra época, se verían ciertamente paliadas de ser cierta la hipótesis de
Velikovsky. Asimismo, partiendo de tales hipótesis es difícilmente explicable que, bajado de
los cielos hace unos 3.500 años escasos, el petróleo se encuentre en depósitos íntimamente
mezclado con fósiles químicos y biológicos cuya existencia se remonta a miles de millones
de años atrás. No obstante, este último punto queda fácilmente explicado si, como han
concluido la mayoría de geólogos, se postula como origen del petróleo la descomposición de
la vegetación del carbonífero y otras eras geológicas anteriores, y no los cometas.
Más extraños aún son los puntos de vista de Velikovsky sobre la vida extraterrestre.
Velikovsky cree que buena parte de los «malos bichos» que pueblan nuestro planeta, y en
particular las moscas de las que se habla en el Éxodo, cayeron de su cometa. Aunque no se
compromete explícitamente a favor de un origen extraterrestre de las ranas, lo hace de
modo implícito al citar un texto persa, los Bundahis (página 183), donde parece admitirse
una lluvia de ranas cósmicas. Pero limitémonos a considerar la cuestión de las moscas.
¿Debemos esperar en próximas exploraciones de las nubes de Venus y Júpiter el hallazgo
de moscas domésticas o de ejemplares de la Drosophila melanogaster? Al respecto
Velikovsky es totalmente explícito: «Venus -y probablemente también Júpiter- está poblado
de bichos» (página 369). ¿Se derrumbarían las hipótesis de Velikovsky si no encontramos ni
una mosca?
La idea de que de entre todos los organismos de nuestro planeta el único que posee un
origen extraterrestre es la mosca constituye una curiosa reminiscencia de la encolerizada
conclusión de Martín Lutero, para quien, mientras todos los demás seres vivos fueron
creados por Dios, las moscas salieron de manos del Diablo ya que no son de la menor
utilidad. No obstante, las moscas son insectos tan respetables como cualquier otro, con una
anatomía, una fisiología y una bioquímica estrechamente vinculadas a las de todos sus
demás congéneres. La posibilidad de que 4.600 millones de años de evolución
independiente sobre Júpiter -aun cuando se tratara de un planeta de constitución idéntica al
nuestro- haya llegado a producir una criatura indiscernible de otros organismos terrestres
equivale a interpretar de forma harto errónea el proceso evolutivo. Las moscas poseen los
mismos enzimas, los mismos ácidos nucleicos e incluso el mismo código genético
(encargado de convertir la información almacenada en los ácidos nucleicos en información
proteínica) que todos los demás organismos terrestres. Existen demasiadas vinculaciones e
identidades entre las moscas y otros organismos terrestres como para que puedan tener
75
orígenes inconexos, y ello nos lo pone de manifiesto todo análisis mínimamente serio del
asunto.
En el capítulo noveno del Éxodo se nos dice que pereció todo el ganado de Egipto mientras
que no hubo ni una sola baja entre el de los Hijos de Israel. En este mismo capítulo se nos
habla de una plaga que afectó al heno y la cebada, si bien se mantuvieron sanos y salvos
trigo y centeno. Esta especificidad y finura selectiva entre las huestes parasitarias es
realmente extraña para alimañas cometarias sin ningún contacto biológico previo con la
Tierra, mientras que resulta fácilmente explicable en términos de bichos domésticos
terrestres.
Una curiosa particularidad de las moscas es su capacidad para metabolizar oxígeno
molecular. En Júpiter no hay oxígeno molecular, ni puede haberlo, pues el oxígeno es
termodinámicamente inestable en una atmósfera que contenga grandes cantidades de
hidrógeno. ¿Acaso hemos de suponer que todo el mecanismo de transferencia de electrones
terminales que precisan los seres vivos para asimilar el oxígeno molecular fue desarrollado
accidentalmente por los organismos de Júpiter a la espera de que con el tiempo fuesen
trasladados hasta la Tierra? Realmente se trataría de un milagro aún mayor que el que
presupone el puntual cumplimiento de las tesis fundamentales de Velikovsky acerca de las
colisiones entre cuerpos celestes. Velikovsky nos habla de forma colateral y defectuosa
(página 187) sobre la «habilidad de muchos pequeños insectos... para vivir en una
atmósfera desprovista de oxígeno», lo que nos demuestra que no acaba de comprender con
exactitud cuál es el verdadero problema. El interrogante a resolver es cómo un organismo
evolucionado en Júpiter puede vivir y desarrollar su metabolismo en una atmósfera rica en
oxígeno.
Otro de los problemas que se plantea de forma inmediata es el de la supervivencia de las
moscas extraterrestres al incorporarse a nuestro planeta. Las moscas tienen un tamaño y
dimensiones muy similares a los pequeños meteoritos. Estos últimos, al penetrar en la
atmósfera terrestre siguiendo las trayectorias de los cometas, arden total e
irremisiblemente. Lógicamente, al entrar en el seno de la atmósfera de nuestro planeta las
alimañas de origen extraterrestre arderán asimismo por entero, y no sólo eso, sino que al
igual que sucede actualmente con los meteoritos generados por los cometas, todo bicho
exterior se vaporizará de inmediato en átomos. De ahí la imposibilidad práctica de que en
tiempos pretéritos Egipto pudiera verse asolado por «enjambres» de alimañas para
consternación de su faraón. Por lo demás, l as temperaturas desarrolladas en el proceso de
eyección por parte de Júpiter de una gran masa cometaria a las que nos hemos referido
anteriormente tuvieron forzosamente que achicharrar las moscas de Velikovsky. En
consecuencia, las hipotéticas moscas de origen cometario, abrasadas al tiempo que
atomizadas, no tuvieron la menor posibilidad de incorporarse a nuestro mundo terrestre.
Por último, el texto de Velikovsky encierra una curiosa referencia a la vida extra terrestre
dotada de inteligencia. En la página 364 sostiene que las cuasi-colisiones de Marte con la
Tierra y Venus «hicieron altamente improbable la supervivencia de toda forma de vida en
una avanzada fase de desarrollo sobre Marte, en el supuesto de que existiera allí algo de tal
tipo». Sin embargo, cuando examinamos Marte con cierto detalle, tal como han tenido
oportunidad de hacerlo los ingenios espaciales Mariner 9 y los Viking 1 y 2, se observa que
aproximadamente una tercera parte del planeta tiene una superficie punteada por cráteres
bastante similar a la de la Luna y no presenta otro signo de catástrofes espectaculares que
los antiguos impactos que crearon sus cráteres. La mitad de las dos terceras partes
restantes del planeta casi no muestra rastro alguno de tal tipo de impactos, aunque sí nos
indica que unos mil millones de años atrás debió verse sometida a una tremenda actividad
tectónica con abundantes corrientes de lava y fenómenos de vulcanismo. Los pocos pero
innegables impactos creadores de cráteres en esta última zona nos muestran fuera de toda
duda que se produjeron en época enormemente anterior a unos pocos siglos atrás. No hay
forma alguna de reconciliar esta descripción con la idea de un planeta sometido en épocas
recientes a catástrofes de tal alcance que eliminaran de su superficie todo vestigio de vida
inteligente. Por lo demás, se hace prácticamente imposible encontrar razones que
justifiquen una desaparición tan radical de toda brizna de vida en Marte mientras ésta
seguía perdurando sobre la Tierra.
76
PROBLEMA VI
EL MANÁ
Maná, de acuerdo con la etimología que nos ofrece el propio Éxodo, deriva de las palabras
hebreas man-hu, expresión que significa: «¿Qué es eso?» ¡ He aquí una buena pregunta! La
idea de una lluvia de alimentos caída desde cometas no está demasiado bien planteada. La
espectroscopia óptica de las colas de los cometas, aun antes de que se publicase Worlds in
Collision (1950), puso de manifiesto la presencia en las mismas de hidrocarburos, pero no
la de aldehídos, los sillares elementales que conforman los hidratos de carbono. Nada
impide, sin embargo, que tales compuestos estuvieran presentes en los cometas. Con todo,
el paso del cometa Kohoutek por las proximidades de la Tierra permitió descubrir que los
cometas albergan grandes cantidades de nitrilos simples, en particular cianuro de hidrógeno
y metilcianuro. Se trata de compuestos venenosos, lo que nos lleva a albergar serias dudas
acerca de la comestibilidad de los cometas.
Pero dejemos de lado esta objeción, demos beligerancia a la hipótesis de Velikovsky y
calculemos sus consecuencias. ¿Cuánto maná fue necesario para alimentar a los cientos de
miles de Hijos de Israel durante cuarenta años? (véase Éxodo, capítulo 16, versículo 35).
En el vigésimo versículo del capítulo 16 del Éxodo leemos que el maná caído durante la
noche quedaba completamente infestado de gusanos a la mañana siguiente, suceso
perfectamente posible con los hidratos de carbono pero extremadamente improbable en el
caso de los hidrocarburos. Siempre cabe la posibilidad de que Moisés fuera mejor químico
que Velikovsky. Las anteriores indicaciones ponen de manifiesto la imposibilidad de
almacenar el maná, y por tanto debió caer diariamente desde los cielos durante cuarenta
años según indica el relato bíblico. Podemos, pues, admitir que la cantidad de alimento
caído cada día era la justa para paliar las necesidades de los hebreos errantes, aunque en la
página 138 Velikovsky nos asegura que según fuentes midrásicas la cantidad de maná caída
desde lo alto hubiera bastado para alimentarlos, no cuarenta, sino dos mil años.
Supongamos que cada israelita ingería aproximadamente un tercio de kilogramo de maná
diario, cantidad ligeramente inferior a la dieta de estricta subsistencia. En tal caso, cada
individuo necesitó 100 kilogramos anuales, es decir unos 4.000 a lo largo de los cuarenta
años que perduró el éxodo bíblico. Si nos atenemos a la cifra señalada explícitamente en el
Éxodo de cientos de miles de israelitas, para culminar su travesía del desierto debieron
consumir globalmente alrededor del millón de kilos de maná durante los cuarenta años. Es
de todo punto inverosímil que cada día cayeran sobre nuestro planeta desechos de la cola
de un determinado cometa (*), y más si se considera que el fenómeno debía producirse
preferentemente sobre aquella zona del desierto del pecado por la que erraban en ese justo
momento los israelitas. Se trataría de una situación tan milagrosa o más que la literalmente
recogida en el relato bíblico. El área ocupada por unos pocos cientos de miles de individuos
errantes bajo un único y común liderazgo es, en términos aproximados, unas pocas
diezmillonésimas de la superficie total del planeta. Por consiguiente, durante los cuarenta
años de peregrinación deben haberse acumulado sobre la Tierra varios miles de billones de
kilogramos de maná, cantidad más que suficiente para cubrir por completo el planeta con
una capa de maná de un espesor aproximado de 3 centímetros. De haber sucedido, nos
encontramos ante un fenómeno indudablemente asombroso, un fenómeno con el que
explicar incluso la existencia de la casa de chocolate de Hansel y Gretel.
--
(*)
Lo que dice el Éxodo es que el maná caía cada día excepto el sábado, y por ello el viernes
caía una doble ración (no infestada de gusanos). Pero esto choca con la hipótesis de
Velikovsky, porque, ¿cómo podía saberlo el cometa? En realidad, esto nos lleva a un
problema más general relativo al método histórico de este autor. Algunas citas de sus
fuentes histórico-religiosas deben tomarse literalmente, pero otras tienen que desecharse
forzosamente. Entonces, ¿en base a qué criterio tomamos esta decisión? Lo que está claro
es que dicho criterio debe estar al margen de nuestra actitud y nuestra predisposición
respecto a las tesis de Velikovsky.
--
77
Por otro lado, no hay razón alguna que nos impulse a suponer que el maná se limitó a caer
sobre la Tierra. Sin salir del marco fijado por el sistema solar interior, la cola del cometa
debió recorrer en estos cuarenta años no menos de 1010 kilómetros. Aun estableciendo una
estimación modesta acerca de la razón existente entre el volumen de la Tierra y el de la
cola del cometa, fácil es deducir que la masa de maná distribuida a lo largo y ancho del
sistema solar interior a causa del fenómeno que nos ocupa no estaría por debajo de los 1028
gramos. Se trata de una masa superior en varios órdenes de magnitud al mayor de los
cometas conocidos; más aún, se trata de una masa superior a la del mismo planeta Venus.
Sin embargo, los cometas no pueden estar exclusivamente compuestos por maná. Es más,
por cuanto sabemos hasta el momento, jamás ha sido detectado maná en ningún cometa.
Sabemos con certeza que los cometas están básicamente compuestos de hielo, y una
estimación sin duda prudente de la razón entre la masa total del cometa y la masa de maná
es bastante superior a 103. Así pues, la masa del cometa encargado de alimentar a los
israelitas debió ser con mucho superior a 1031 gramos. Ésta es la masa de Júpiter. Si
aceptáramos la fuente midrásica citada por Velikovsky a que hemos hecho referencia en
líneas precedentes, llegaríamos a la conclusión de que el cometa tuvo una masa
comparable a la del Sol. De ser así, hoy en día el espacio interestelar perteneciente al
sistema solar interior aún estaría lleno de maná. Dejo al arbitrio del lector la extracción de
consecuencias acerca de la validez de las hipótesis de Velikovsky a la luz de los cálculos
expuestos.
PROBLEMA VII
LAS NUBES DE VENUS
El pronóstico de Velikovsky acerca de la constitución de las nubes de Venus, según el cual
estarían formadas por hidrocarburos o hidratos de carbono, ha sido pregonado no pocas
veces como un excelente ejemplo de predicción científica acertada. Partiendo de las tesis
generales de Velikovsky y de los cálculos que acabamos de establecer, es innegable que
Venus debió estar saturado de maná, un determinado hidrato de carbono. Velikovsky afirma
(página x) que «la presencia de gases y polvo de hidrocarburos en las nubes que envuelven
Venus constituirán un banco de pruebas crucial» para sus tesis. En citas sucesivas no queda
demasiado claro si al hablar de «polvo» se refiere a hidratos de carbono o a simples
silicatos. En esta misma página Velikovsky se cita a sí mismo afirmando que «en base a
tales investigaciones, postula que Venus debe ser un planeta rico en gases de petróleo»,
palabras que cabe considerar como una referencia muy concreta a los diversos
componentes del gas natural, entre ellos metano, etano, etileno y acetileno.
En este punto creo interesante entreverar nuestro relato con una breve historia. En la
década de los 30 del presente siglo y a comienzos de los 40 el único astrónomo del mundo
que se ocupaba de investigar la química de los planetas era el difunto Rupert Wildt,
profesor en Gottingen y posteriormente en Yale. Wildt fue el primer investigador en
detectar e identificar metano en las atmósferas de Júpiter y Saturno, y asimismo también
fue el primero en postular la presencia de gases de hidrocarburos más complejos en dichas
atmósferas. Por tanto, la idea de que puedan existir «gases de petróleo» en Júpiter no es
original de Velikovsky. De modo similar, fue también Wildt quien lanzó la hipótesis de que
uno de los elementos integrantes de la atmósfera venusiana podía ser el formaldehído,
indicando asimismo que las nubes que rodean Venus quizás estuviesen compuestas por un
hidrato de carbono creado por polimerización del ya citado formaldehído. Por tanto,
tampoco corresponde a Velikovsky la primacía en la hipótesis de que pueden hallarse
hidratos de carbono en las nubes que envuelven Venus, y se hace difícil creer que alguien
que se ocupó tan a conciencia de la literatura astronómica de las décadas señaladas como
Velikovsky desconociera estos trabajos de Wildt, mucho más teniendo en cuenta que los
temas abordados desempeñaban un papel tan central en su obra. No obstante, no existe la
menor mención al trabajo de Wildt sobre Júpiter y sólo encontramos una simple nota a pie
de página sobre el tema del formaldehído (página 368), sin la menor referencia y sin indicar
en ningún momento que Wildt había postulado la existencia de hidratos de carbono en
Venus. Wildt, a diferencia de Velikovsky, comprendía a la perfección la diferencia entre
hidrocarburos e hidratos de carbono. Tras no obtener resultados positivos de una serie de
investigaciones espectroscópicas en las proximidades de la banda de radiaciones
78
ultravioleta con objeto de detectar el formaldehído, en el año 1942 decidió abandonar su
hipótesis. Por su parte, Velikovsky siguió defendiéndola.
Como señalé hace ya unos años (Sagan, 1961), la presión de vapor de los hidrocarburos
simples ubicados en las proximidades de las nubes venusianas debería hacerlos detectables
en las nubes mismas. Por entonces no hubo forma de detectarlos, y en los años siguientes,
a pesar de la amplísima gama de técnicas analíticas utilizadas, no se consiguió detectar en
la envoltura gaseosa de Venus ni hidrocarburos ni hidratos de carbono. Se buscó el tipo de
compuestos señalado mediante técnicas de espectroscopia óptica de alta resolución con el
instrumental situado en laboratorios terrestres, incluso con ayuda de la técnica matemática
conocida como transformadas de Fourier; también se utilizó en tales investigaciones la
espectroscopia ultravioleta con el utillaje al efecto instalado en el observatorio astronómico
orbital OAO-2; otros medios utilizados fueron las radiaciones infrarrojas emitidas desde la
Tierra y sondas soviéticas y norteamericanas enviadas a la propia atmósfera venusiana.
Pues bien, con ninguno de tales medios se logró detectar huellas de los compuestos
químicos apuntados. Los límites superiores de abundancia de los hidrocarburos más
sencillos y de los aldehídos, piezas fundamentales en la composición de los hidratos de
carbono, es de unas pocas millonésimas (Connes, et al., 1967; Owen y Sagan, 1972). [Los
límites superiores de presencia de los compuestos que nos ocupan para el caso de Marte
son, asimismo, de unas pocas millonésimas (Owen y Sagan, 1972)]. Todas las
observaciones efectuadas hasta el momento presente coinciden en demostrar que el grueso
de la atmósfera de Venus está compuesto por dióxido de carbono. Dado que el carbono se
encuentra presente bajo una forma oxidada, en el mejor de los casos puede esperarse la
presencia de simples vestigios de carbono en forma reducida, como la de los hidrocarburos.
Las observaciones efectuadas en las fronteras de la región crítica del espectro representada
por la longitud de onda de 3,5 micras no muestran la menor traza de enlaces carbonohidrógeno,
comunes a hidrocarburos e hidratos de carbono (Pollack, et al., 1974). Hoy en
día conocemos a la perfección todas las bandas de absorción del espectro de Venus, desde
las ultravioletas a las infrarrojas, y decididamente no hay ninguna que indique presencia de
hidrocarburos o hidratos de carbono. Hasta el momento no conocemos ninguna molécula
orgánica específica que pueda explicar de forma satisfactoria el espectro infrarrojo de Venus
que conocemos.
El problema de la auténtica composición de las nubes de Venus, uno de los más
inquietantes enigmas científicos durante siglos, fue resuelto no hace mucho (Young &
Young, 1973; Sill, 1972; Young, 1973; Pollack. et al., 1974). Las nubes de Venus están
compuestas por una solución, aproximadamente al 75 %, de ácido sulfúrico. Esta
identificación concuerda razonablemente con la composición química conocida de la
atmósfera de Venus, en la que se han detectado los ácidos fluorhídrico y clorhídrico, con la
parte real de los índices de refracción deducida a través de la polarimetría, con las
características bandas de absorción de las 3 y 11,2 micras (y actualmente las situadas más
allá de la banda del infrarrojo), y con la discontinuidad que representa la presencia de
vapor de agua por encima y por debajo de las nubes venusianas.
Si tan plenamente desacreditada se halla la tesis de que los constituyentes básicos de las
nubes de Venus son de carácter orgánico, ¿por qué suele afirmarse que la investigación
basada en el instrumental incorporado a los ingenios espaciales ha corroborado las tesis de
Velikovsky? Para explicar este extremo debo recurrir también a un breve relato. El 14 de
diciembre de 1962 el primer ingenio espacial interplanetario lanzado con éxito por los
Estados Unidos, el Mariner 2, iniciaba su viaje hacia Venus. Construido por el Jet Propulsion
Laboratory, llevaba consigo, entre otro instrumental de mucho mayor interés, un
radiómetro de infrarrojos cuyo funcionamiento y resultados estaban a cargo de un equipo
formado por cuatro experimentadores, yo entre ellos. Por entonces aún no se había
efectuado el primer vuelo espacial con éxito por parte de un ingenio lunar de la serie
Ranger, y la NASA carecía de la necesaria experiencia que iba a darle el paso de los años en
cuanto a la presentación de sus hallazgos científicos. Se convocó en Washington una
conferencia de prensa para dar a conocer los resultados del experimento, y el Dr. L. D.
Kaplan, uno de los miembros de nuestro equipo, se encargó de exponer ante la prensa los
resultados obtenidos. Llegado el momento, Kaplan describió los resultados
aproximadamente en los siguientes términos (no se trata de sus palabras exactas);
79
«nuestro instrumental de experimentación era un radiómetro de infrarrojos de dos canales,
uno centrado en la banda de 10,4 micras, correspondiente al CO2, el otro, una ventana de
8,4 micras, correspondiente a la fase gaseosa de la atmósfera de Venus. Su objetivo era la
medición del brillo en términos absolutos, las temperaturas y la transmisión diferencial
entre ambos canales. Descubrimos una ley de oscurecimiento del limbo según la cual la
intensidad normalizada variaba como mu elevado a alfa, donde mu es el arco seno del
ángulo determinado por la normal local al planeta y la línea del horizonte y...».
Cuando su informe llegó a este punto, u otro de similares características, se vio
interrumpido por unos periodistas impacientes, no habituados a los intrincados vericuetos
de la ciencia, que le espetaron sin la menor contemplación: «|No nos hable de temas tan
obtusos, por favor, denos resultados más asequibles al hombre de la calle! ¿Qué espesor
tienen las nubes de Venus, a qué altura se encuentran situadas, de qué están
compuestas?» Kaplan replicó, muy acertadamente, que el radiómetro de infrarrojos no
estaba en modo alguno diseñado para responder a tales cuestiones, y que por tanto no
había datos al respecto. Pero acto seguido añadió algo parecido a esto: «Les diré lo que yo
pienso». Y empezó entonces a exponer que, desde su personal punto de vista, el efecto
invernadero, según el cual una determinada atmósfera se muestra transparente ante la luz
solar pero opaca a las radiaciones infrarrojas emitidas desde la superficie del planeta,
imprescindible para que la superficie de Venus se mantuviera a temperatura elevada, no
podía manifestarse en Venus porque los elementos integrantes de su atmósfera parecían
mostrarse transparentes a longitudes de onda próximas a las 3,5 micras. Si en la atmósfera
de Venus existiese algún elemento absorbente de radiación lumínica en las proximidades de
la longitud de onda indicada se lograría una actuación positiva del efecto invernadero y
quedaría explicada la elevada temperatura que se registra en la superficie venusiana. A
modo de corolario, Kaplan indicaba que los hidrocarburos podían constituir un espléndido
medio para garantizar el efecto invernadero.
Las reservas de Kaplan no fueron captadas ni recogidas por la prensa, de modo que al día
siguiente diversos periódicos exhibían sus titulares con los siguientes términos: «El Mariner
2 detecta en las nubes de Venus la presencia de hidrocarburos». En el ínterin, y
trasladándonos al Jet Propulsion Laboratory, una serie de miembros del laboratorio estaban
elaborando un informe de divulgación sobre los resultados de la misión que llevaría por
título «Mariner: Misión Venus». Uno les imagina en medio de su tarea hojeando los
periódicos de la mañana y diciendo: «¡ Pues qué bien! No tenía la menor noticia de que
hubiésemos encontrado hidrocarburos en las nubes que rodean Venus». De hecho, esta
publicación recogía la presencia de hidrocarburos en las nubes venusianas como uno de los
principales descubrimientos del Mariner 2: «La parte inferior de las nubes está alrededor de
los 200° F de temperatura y probablemente están compuestas de hidrocarburos
condensados en suspensión oleaginosa». (El informe también toma partido a favor del
calentamiento de la superficie de Venus gracias al efecto invernadero, aunque Velikovsky
escogió creer tan sólo una parte de lo publicado.)
No es difícil imaginar al director general de la NASA transmitiendo al Presidente la buena
nueva en el informe anual elaborado por la administración del programa espacial, al
Presidente de la nación trasladándola a su vez a los miembros del Congreso en su informe
anual y a los redactores de textos de astronomía elemental, siempre ansiosos por incluir en
sus obras los últimos resultados en su campo, registrando tales «descubrimientos» en sus
más recientes trabajos. Con informes tan aparentemente fidedignos, autorizados y
coherentes sobre el hallazgo de hidrocarburos en las nubes de Venus por parte del Mariner
2, no es de extrañar que Velikovsky y no pocos científicos nada sospechosos de parcialidad,
pero sin la menor experiencia sobre los intrincados y misteriosos caminos de la NASA,
llegaran a la conclusión de que estaban ante un innegable y clásico test de validación de
una determinada teoría científica. Se partía de una predicción extravagante en apariencia
efectuada antes de disponer de datos observacionales, y se acababa con una inesperada
verificación experimental de la atrevida hipótesis.
Pero, como hemos tenido oportunidad de ver, la situación real era muy otra. Ni el Mariner 2
ni ninguna otra investigación ulterior sobre la atmósfera de Venus han conseguido pruebas
concluyentes sobre la existencia en ella de hidrocarburos o hidratos de carbono en forma
sólida, líquida o gaseosa. Nuestros conocimientos actuales sobre el tema (Pollack, 1969)
80
nos indican que el dióxido de carbono y el vapor de agua pueden explicar la absorción en la
banda de las 3,5 micras. La misión Pioneer a Venus de finales de 1978 permitió determinar
la cantidad de vapor de agua precisa para que, junto a la proporción de dióxido de carbono
ya determinada desde tiempo atrás, pueda darse una explicación satisfactoria de la elevada
temperatura que existe en la superficie de Venus gracias a la intervención del efecto
invernadero. Resulta irónico que el «argumento» en favor de la existencia de hidrocarburos
en las nubes de Venus a través de los datos del Mariner 2 derive de hecho del esfuerzo para
encontrar una explicación de la elevada temperatura de la superficie venusiana a través del
efecto invernadero, puesto que se trata de un punto no postulado ni defendido por
Velikovsky. Es asimismo irónico que posteriormente el doctor Kaplan fuese coautor de un
artículo en el que se señalaba la existencia de pequeñas cantidades de metano, «gas de
petróleo», tras un examen espectroscópico de la atmósfera de Venus (Connes, et al.,
1967).
Para resumirlo en pocas palabras, la idea de Velikovsky de que las nubes de Venus están
compuestas por hidratos de carbono no es ni original ni correcta. Fracasó el experimentum
crucis.
PROBLEMA VIII
LA TEMPERATURA DE VENUS
Existe otra curiosa circunstancia en torno a la temperatura superficial del planeta Venus.
Mientras suele citarse la elevada temperatura registrada en la superficie de Venus como
una predicción acertada y sustentadora de las hipótesis de Velikovsky, lo cierto es que el
razonamiento que se esconde implícito tras tal conclusión y las consecuencias que se
derivan de sus argumentos no parecen ser amplia y precisamente conocidos y discutidos.
Empezaremos por tomar en consideración los puntos de vista de Velikovsky sobre la
temperatura de Marte (páginas 367-368). Velikovsky cree que Marte, por ser un planeta
relativamente pequeño, se vio más seriamente afectado que sus oponentes, la Tierra y
Venus, en las pretéritas cuasi-colisiones entre los tres cuerpos celestes, y que por tanto
debe tener una temperatura bastante elevada. Como mecanismo responsable propone «una
conversión de movimiento en calor», supuesto algo vago ya que el calor no es más que
movimiento de moléculas, o, y es todavía más fantástico, un conjunto de «descargas
eléctricas interplanetarias» capaces de «desencadenar tensiones atómicas que garantizaran
radioactividad y emisión de calor».
En el mismo epígrafe afirma erróneamente que «Marte emite más calor que el que recibe
del Sol», para conseguir una coherencia aparente con sus hipótesis sobre las colisiones. No
obstante, se trata de una afirmación totalmente gratuita. La temperatura de Marte la han
medido en repetidas ocasiones ingenios espaciales soviéticos y norteamericanos y
observadores situados en nuestro planeta, y las temperaturas en cualquier punto de Marte
son justamente las que cabría esperar calculándolas a partir de la luz solar absorbida por su
superficie. Más aún, se trata de un punto perfectamente establecido y conocido desde la
década de los 40, mucho antes de que se publicase el libro de Velikovsky. Por lo demás, a
pesar de que menciona a cuatro prominentes científicos que con anterioridad a 1950 habían
trabajado en la medición de la temperatura de Marte, no hace la menor referencia a sus
trabajos, sino que explícita y erróneamente sostiene que tales investigadores habían
llegado a la conclusión de que Marte desprendía más radiación que la recibida desde el Sol.
Se hace difícil comprender este conjunto de errores, y la hipótesis más generosa que puedo
aventurar al respecto es que Velikovsky confundiera la parte visible del espectro
electromagnético, la responsable del calentamiento de Marte por parte del Sol, con la zona
del espectro correspondiente a las radiaciones infrarrojas, aquélla en la que Marte emite
básicamente su calor radiante. No obstante, la conclusión es clara. Para ajustarse a los
argumentos de Velikovsky, Marte debe ser un «planeta caliente», incluso más de cuanto lo
sea Venus. Si hubiésemos descubierto que Marte era un planeta más caliente de lo
esperado, quizás hubiéramos oído afirmar que nos hallábamos ante una nueva confirmación
positiva de los puntos de vista de Velikovsky. No obstante, cuando se ha demostrado que
Marte tenía precisamente la temperatura que podía esperarse que tuviera, no hemos oído a
81
nadie que dijese que se trataba de una refutación de las tesis de Velikovsky. Parece, pues,
que hay un doble rasero para medir las informaciones sobre planetas.
Cuando pasamos al caso de Venus encontramos en juego una serie de argumentaciones
bastante similares. Considere realmente singular que Velikovsky no atribuya la temperatura
de Venus a su eyección desde Júpiter (véase Problema I). Hemos señalado que Venus debe
haber recibido calor en sus cuasi-colisiones con la Tierra y Marte, pero también (página 77)
que «la cabeza del cometa... ha pasado por las proximidades del Sol y estaba en estado de
incandescencia». Cuando el cometa se convirtió en el planeta Venus aún debía estar «muy
caliente» y debía «desprender calor» (página ix). Nuevamente se hace referencia a
observaciones astronómicas anteriores a 1950 (página 370) en las que se indicaba que el
lado oscuro de Venus tenía una temperatura similar al lado iluminado. En este punto
Velikovsky cita con todo cuidado los trabajos de los investigadores astronómicos, y deduce
de sus trabajos (página 371) que «el lado oscuro de Venus irradia calor porque Venus es un
planeta caliente». Desde luego, así es.
Creo que lo que intenta decirnos aquí Velikovsky es que su Venus, lo mismo que su Marte,
irradia más calor que el que recibe del Sol, y que las temperaturas observadas tanto en su
lado oscuro como en el iluminado se deben más a su propia «incandescencia» que a la
radiación lumínica que actualmente recibe del Sol. Pero se trata de un serio error. El albedo
bolométrico (fracción de luz solar reflejada por un objeto en todas las longitudes de onda)
de Venus es de alrededor de 0,73, cifra completamente congruente con la temperatura
observada en las nubes de Venus, alrededor de los 240° K. Dicho de otro modo, las nubes
de Venus tienen precisamente la temperatura observada sobre la base de la cantidad de luz
solar absorbida por ellas.
Velikovsky propone que tanto Venus como Marte irradian más calor del que reciben desde
el Sol. Se equivoca tanto en un caso como en otro. En 1949 Kuiper (véanse las referencias
bibliográficas) sugirió que Júpiter irradiaba una cantidad de calor superior a la recibida, y
observaciones ulteriores han venido a demostrar que estaba en lo cierto. Pero la sugerencia
de Kuiper no merece ni una simple mención dentro de Worlds in Collision.
Velikovsky propone que Venus es un planeta caliente a causa de sus cuasi-colisiones con la
Tierra y Marte y de su paro por las cercanías del Sol. Puesto que Marte no es un planeta de
temperatura especialmente elevada, la alta temperatura superficial de Venus debe
atribuirse básicamente a su paso por las inmediaciones del Sol en su encarnación como
cometa. No hay grandes dificultades en calcular cuánta energía puede haber llegado a
recibir Venus al pasar por los alrededores del Sol y durante cuánto tiempo pudo irradiar al
espacio circundante este supuesto superávit de energía. En el Apéndice 3 se verifican estos
cálculos, y puede verse allí que toda esta energía suplementaria debió perderla en un lapso
de meses, como máximo unos pocos años, tras su paso cerca del Sol; no hay la menor
posibilidad racional de que todo este calor suplementario pudiera ser retenido por Venus
hasta llegar a la actualidad ni aun ajustándonos a la cronología que ofrece Velikovsky. Por
lo demás, Velikovsky no indica a qué distancia se supone que pasó Venus del Sol, y debe
tenerse en cuenta que un cruce a poca distancia entre ambos cuerpos presentaría graves
problemas desde la perspectiva de la física de las colisiones ya subrayados en el Apéndice
1. Incidentalmente, cabe señalar que Velikovsky parece insinuar vagamente en su texto
que el brillo de los planetas se debe, más que a la reflexión de una luz de procedencia
externa, a emisión lumínica propia. En el supuesto de que tal fuera su punto de vista,
puede muy bien ser la fuente de algunas de sus confusiones sobre Venus. Velikovsky no
menciona en parte alguna cuál es, en su opinión, la temperatura del planeta Venus. Como
ya he señalado anteriormente, en la página 77 de Worlds in Collision indica de forma muy
vaga que el cometa que acabaría convirtiéndose en planeta Venus se hallaba en estado de
«incandescencia», pero en el prefacio a la edición de 1965 (página xi) reclama haber
predicho «el estado de incandescencia de Venus». Ni que decir tiene que no se trata de
afirmaciones equivalentes, pues, como puede verse en el Apéndice 3, después de la
hipotética cuasi-colisión con el Sol debió producirse un rápido enfriamiento del cuerpo
celeste. Por lo demás, el propio Velikovsky lanza la propuesta de un enfriamiento gradual
del planeta Venus en el transcurso del tiempo, con lo que se hace realmente difícil una
interpretación precisa de qué pueda querer indicar cuando afirma que Venus es un cuerpo
celeste «caliente».
82
Velikovsky escribe en su prefacio a la edición de 1965 que su postulación de una elevada
temperatura superficial en el planeta Venus «estaba en franco desacuerdo con los datos
experimentales conocidos en 1946». Tal afirmación no se ajusta por completo a la realidad.
Una vez más la eminente figura de Rupert Wildt se alza para ensombrecer las hipótesis
astronómicas de Velikovsky. Wildt, que a diferencia de Velikovsky sí comprendía a la
perfección la naturaleza del problema, predijo acertadamente que Venus, y no Marte, se
mostraría como planeta «caliente». En un artículo publicado en 1940 en el Astrophysical
Journal, Wildt sostenía que la superficie de Venus tenía una temperatura mucho más
elevada de cuanto solía admitirse hasta entonces en el terreno de la astronomía académica
a causa del efecto invernadero generado por el dióxido de carbono. Las investigaciones
espectroscópicas han descubierto no hace mucho la presencia de dióxido de carbono en la
atmósfera de Venus, y ya por entonces Wildt señalaba con pleno acierto que la notable
cantidad de CO2 presente en la atmósfera de Venus era la responsable de la retención de
las radiaciones infrarrojas exhaladas por la superficie del planeta hasta el punto de hacer
que la misma alcanzase una temperatura considerablemente elevada; la atmósfera
venusiana conseguía equilibrar la radiación solar que llega hasta ella con la emisión de
infrarrojos procedente de la superficie del planeta. Según los cálculos de Wildt, la
temperatura del planeta debía ser de alrededor de 400° K, aproximadamente igual a la
temperatura de ebullición del agua (373° K = 212° F - 100° C). Indudablemente, los
trabajos de Wildt sobre la temperatura superficial de Venus eran los más completos y
precisos antes de alcanzarse la década de los 50. Y una vez más causa verdadero asombro
ver cómo Velikovsky, que parece haber leído todos los artículos sobre Venus y Marte
publicados en el Astrophysical Journal durante los años que van de 1920 a 1950, haya
pasado por alto un trabajo de tal significación histórica. Hoy en día, a través de
observaciones radioastronómicas efectuadas con instrumental instalado en laboratorios
terrestres y los notabilísimos sondeos soviéticos llevados a cabo directamente en la
atmósfera y la superficie venusianas, sabemos que la temperatura superficial de Venus
difiere en muy poco de los 750° K (Marov, 1972). La presión atmosférica en la superficie de
Venus es alrededor de noventa veces superior a la existente en la de nuestro planeta, y el
componente fundamental de la atmósfera venusiana es el dióxido de carbono. La enorme
abundancia de dióxido de carbono y las pequeñas cantidades de vapor de agua detectadas
en el entorno de Venus permiten mantener la temperatura detectada en su superficie
gracias al ya mencionado efecto invernadero. El módulo de descenso del Venera 8 soviético,
el primer ingenio espacial que se ha posado sobre el hemisferio iluminado de Venus,
demostró que la luz llegaba perfectamente hasta la superficie del planeta, ante lo cual los
científicos soviéticos extrajeron la conclusión de que la cantidad de luz solar que llegaba
hasta ella, junto con la constitución específica de la atmósfera venusiana, daban las
condiciones adecuadas como para hacer posible la existencia del efecto radiante-convectivo
de invernadero (Marov, et al, 1973). Los resultados reseñados se vieron confirmados por
las misiones Venera 9 y Venera 10, que obtuvieron fotografías de rocas superficiales
suficientemente nítidas con el exclusivo concurso de la luz solar que llega hasta Venus. Por
consiguiente, Velikovsky yerra de lleno cuando afirma que «la luz solar no penetra a través
del envoltorio de nubes circundante» (página ix), y muy probablemente también está en un
error cuando señala en esta misma página que «el efecto invernadero no permite explicar la
elevada temperatura de la superficie de Venus». Las conclusiones expuestas se vieron
consolidadas con los importantes datos experimentales que aportara a finales de 1978 la
misión americana Pioneer a Venus.
Velikovsky repite una y otra vez que Venus se va enfriando con el decurso del tiempo. Tal
como hemos visto, atribuye su elevada temperatura al calentamiento que debió sufrir por
radiación solar al pasar en tiempos pretéritos por las proximidades de nuestra estrella.
Velikovsky compara mediciones de temperatura venusiana registradas en diferentes
momentos y publicaciones y, a partir de ellas, pretende demostrar su tesis acerca del
enfriamiento. En el gráfico adjunto se recoge un conjunto objetivo de mediciones de la
temperatura de Venus a través de la determinación del brillo existente en la superficie del
planeta, por lo demás la única forma de computarla sin recurrir a vehículos espaciales. Los
intervalos dibujados representan el grado de incertidumbre inherente a los procesos de
medición según estimación de los radioastrónomos que han efectuado las observaciones.
Puede verse que no existe en el gráfico el menor indicio de descenso de la temperatura con
83
el paso del tiempo (si algo hay, es la sugerencia de un incremento de la misma con el
tiempo, aunque los márgenes de error son suficientemente amplios como para que tal
conclusión no encuentre apoyo sólido en datos experimentales). La medición de las
temperaturas de las nubes que circundan Venus, en la banda infrarroja del espectro, nos
ofrece resultados muy similares: son algo inferiores en cuanto a magnitud y no decrecen
con el transcurso del tiempo. Por otra parte, las más simples consideraciones sobre las
soluciones que ofrece la ecuación unidimensional de la conductividad térmica ponen de
manifiesto que en un escenario como el velikovskiano todo enfriamiento por radiación hacia
el espacio circundante debe haberse producido en épocas realmente pretéritas. Aun en el
supuesto de que Velikovsky estuviera en lo cierto en cuanto a las causas de la elevada
temperatura que se registra en la superficie de Venus, su predicción de un secular declive
de la temperatura en dicho planeta seguiría siendo errónea.
La elevada temperatura superficial de Venus pasa por ser otra de las pruebas en favor de
las hipótesis de Velikovsky. Pero en realidad observamos que 1) la temperatura en cuestión
jamás ha sido concretamente especificada por Velikovsky; 2) el Mecanismo que propone
para justificar tal temperatura es totalmente inadecuado; 3) la superficie del planeta,
contrariamente a sus hipótesis, no se enfría con el paso del tiempo; y 4) la idea de que la
temperatura superficial de Venus es elevada había sido prevista diez años antes de la
publicación de Worlds in Collision, justificada mediante una argumentación acertada en sus
líneas esenciales y divulgada en un artículo que apareció en la publicación astronómica
especializada más importante de la época.
PROBLEMA IX
LOS CRÁTERES Y MONTAÑAS DE VENUS
En 1973 el doctor Richard Goldstein y sus colaboradores descubrieron una característica
importante de la superficie de Venus utilizando los equipos de radar del Observatorio
Goldstone del Jet Propulsion Laboratory; mediante posteriores observaciones se ha
comprobado dicho descubrimiento. Gracias a ese instrumental de radar, capaz de penetrar
en las nubes de Venus y recoger el reflejo sobre la superficie del planeta, encontraron que
éste era montañoso en ciertas zonas y presentaba abundantes cráteres, e incluso una
saturación de cráteres, como ocurre en algunos lugares de la Luna -hay tantos cráteres que
se superponen entre sí-. Como en las sucesivas erupciones volcánicas se utilizan las
mismas chimeneas de lava, la saturación de cráteres resulta más propia de cráteres de
impacto que de cráteres de origen volcánico. No es ésta una predicción de Velikovsky, pero
tampoco es ése el aspecto al que quiero referirme. Estos cráteres de la superficie de
Mercurio y en las zonas de cráteres de Marte, como ocurre con los mares lunares, se deben
casi exclusivamente al impacto de restos interplanetarios. A pesar de la elevada densidad
de la atmósfera de Venus, los grandes objetos susceptibles de formar cráteres no se
volatilizan al atravesarla. Ahora bien, los objetos colisionantes no pueden haber alcanzado
Venus en los últimos diez mil años; de ser así, la Tierra también estaría cubierta de
cráteres. La fuente más probable de dichas colisiones está en los objetos Apollo (asteroides
cuyas órbitas cruzan la órbita de la Tierra) y en los pequeños cometas que ya hemos
mencionado (Apéndice 1). Pero para que hayan producido tantos cráteres como los que hay
en Venus, es necesario que el proceso de formación de éstos haya durado miles de millones
de años. Alternativamente, cabe pensar que la formación de cráteres puede haber sido
mucho más rápida en la primerísima época de la historia del sistema solar, cuando los
restos interplanetarios eran mucho más abundantes. Pero nada induce a creer que se hayan
formado recientemente. Por otra parte, si Venus se encontraba, hace varios miles de años,
en el interior de Júpiter, no hubiese podido acumular tantos impactos. La conclusión clara
que se saca a partir del estudio de los cráteres de Venus es que este planeta ha sido,
durante miles de millones de años, un objeto expuesto a las colisiones interplanetarias -en
contradicción directa con la premisa fundamental de la hipótesis de Velikovsky.
Los cráteres venusianos están significativamente erosionados. Algunas de las rocas de la
superficie del planeta, tal como pusieron de manifiesto las fotografías de los Venera 9 y 10,
son bastante jóvenes. En otro lugar he descrito posibles mecanismos de erosión de la
superficie de Venus -incluyendo el desgaste por agentes atmosféricos químicos y la lenta
deformación a temperaturas elevadas (Sagan, 1976)-. Sin embargo, estos descubrimientos
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no encuentran ninguna apoyatura en las hipótesis de Velikovsky: la reciente actividad
volcánica en Venus no tendría que ser atribuida al paso cerca del Sol o al hecho de que, en
algún vago sentido, Venus es un planeta «joven», más de lo que lo requiere la reciente
actividad volcánica en la Tierra.
En 1967 Velikovsky escribió: «Evidentemente, si el planeta tiene miles de millones de años,
puede no haber mantenido su calor primitivo; por otra parte, cualquier proceso radioactivo
capaz de producir ese calor debe tener un ritmo de desintegración muy rápido (sic) y
tampoco eso cuadra con una edad del planeta medida en miles de millones de años».
Desgraciadamente, Velikovsky no ha conseguido comprender dos resultados clásicos y
básicos de la geofísica. La conducción térmica es un proceso mucho más lento que la
radiación o la convección y, en el caso de la Tierra, el calor primigenio contribuye de forma
apreciable al gradiente de temperatura geotérmica y al flujo de calor desde el interior de la
Tierra. Lo mismo ocurre en el caso de Venus. Por otra parte, los núcleos radioactivos que
provocan el calentamiento radiactivo de la corteza terrestre son isótopos de vida larga del
uranio, el torio y el potasio -isótopos cuyas vidas medias son del orden de la edad del
planeta. También aquí ocurre lo mismo en el caso de Venus.
Si fuese el caso, como cree Velikovsky, de que Venus se hubiese fundido totalmente hace
unos miles de años -debido a colisiones planetarias o a cualquier otra causa- el
enfriamiento por conducción no podría haber producido desde entonces más que una
corteza exterior muy delgada, de unos 100 metros de espesor aproximadamente. Pero las
observaciones efectuadas con radar indican la presencia de enormes cordilleras montañosas
lineales, cuencas circulares y un gran desfiladero, de dimensiones comprendidas entre los
centenares y los miles de kilómetros. Es muy poco probable que esas impresionantes
características tectónicas o de impacto se sustenten de forma estable sobre un interior
líquido con una corteza tan delgada y frágil como ésa.
PROBLEMA X
LA CIRCULARIZACIÓN DE LA ÓRBITA DE VENUS Y LAS FUERZAS NO GRAVITATORIAS DEL
SISTEMA SOLAR
La idea de que Venus puede haberse convertido, en unos pocos miles de años, de un objeto
con una órbita muy excéntrica en uno con su órbita actual, que es -exceptuando el caso de
Neptuno-, la órbita circular casi más perfecta de todos los planetas, no concuerda en
absoluto con lo que sabemos sobre el problema de los tres cuerpos (*) de la mecánica
celeste. Sin embargo, hay que admitir que ése no es un problema completamente resuelto
y que, aunque lo más probable es que las hipótesis de Velikovsky tienen las de perder, no
existe todavía una evidencia total en contra. Es más, cuando Velikovsky hace referencia a
las fuerzas eléctricas o magnéticas, sin calcular por ello su magnitud ni describir sus efectos
con detalle, nos sentimos tentados a abrazar sus puntos de vista. Sin embargo, unos
sencillos razonamientos acerca de la densidad de energía magnética necesaria para
circularizar un cometa ponen de manifiesto que las intensidades de campo que intervienen
son desmesuradamente elevadas (Apéndice 4) -están desautorizadas por los estudios de
magnetización de rocas.
--
(*) La predicción de los movimientos relativos de tres objetos atraídos entre sí por la
gravitación.
--
También podemos abordar el problema desde un punto de vista empírico. La lógica de la
mecánica newtoniana nos permite predecir con notable precisión las trayectorias de los
vehículos espaciales -de tal forma que, por ejemplo, los satélites orbitales Viking se
situaron en una órbita a menos de 100 kilómetros de la preestablecida; el Venera 8 se situó
precisamente en el lado iluminado del terminador de Venus y el Voyager 1 se situó con
exactitud en el corredor de entrada correcto, en las cercanías de Júpiter, para que pudiese
viajar hasta Saturno. No se encontró ninguna misteriosa influencia eléctrica o magnética. La
mecánica newtoniana resulta adecuada para predecir, con gran precisión, por ejemplo, el
momento exacto en que se eclipsarán entre sí los satélites galileanos de Júpiter.
85
Es cierto que los cometas tienen órbitas menos predecibles, pero ello se debe, con casi total
seguridad, a que se produce una ebullición de sus hielos a medida que se acercan del Sol y
a un pequeño efecto cohete. La encarnación cometaria de Venus, caso de haber existido,
también puede haber experimentado esa evaporación de sus hielos, pero no existe modo
alguno mediante el cual el efecto cohete haya llevado preferentemente a ese cometa hacia
las proximidades de la Tierra o de Marte. El cometa Halley, que ha sido observado
posiblemente durante dos mil años, sigue recorriendo una órbita muy excéntrica y no se ha
advertido en él la más mínima tendencia a la circularización; y sin embargo es casi tan viejo
como el «cometa» de Velikovsky. Es extraordinariamente improbable que el cometa de
Velikovsky, caso de haber existido, se haya convertido en el planeta Venus.
OTROS PROBLEMAS
Los diez puntos anteriores constituyen los principales defectos científicos de la
argumentación de Velikovsky, tal y como yo la entiendo. Anteriormente ya hice algunos
comentarios acerca de las dificultades que presentaba su enfoque de los textos antiguos. A
continuación enumeraré algunos de los diversos problemas que he ido encontrando al leer
Worlds in Collision.
En la página 280 se sostiene que las lunas marcianas Fobos y Deimos han «arrebatado
parte de la atmósfera de Marte» y que, por tanto, aparecen muy brillantes. Pero enseguida
nos damos cuenta de que la velocidad de escape en dichos objetos -posiblemente unos 35
kilómetros por hora- es tan pequeña que les hace incapaces de retener, aun
temporalmente, cualquier atmósfera; las fotografías de proximidad proporcionadas por los
Viking no ponen de manifiesto ni atmósfera ni regiones heladas; de hecho, se cuentan entre
los objetos más oscuros del sistema solar.
Al principio de la página 281, se hace una comparación entre el libro bíblico de Joel y una
serie de himnos Vedas que describen «maruts». Para Velikovsky los «maruts» eran un
enjambre de meteoritos que acompañaban a Marte en su mayor aproximación a la Tierra,
que también considera descrita en Joel. Velikovsky afirma (pág. 286): «Joel no copió a los
Vedas ni los Vedas a Joel.» Sin embargo, en la página 288, Velikovsky encuentra
«satisfactorio» descubrir que las palabras «Marte» y «marut» son afines. Pero, si las
historias de Joel y de los Vedas son independientes, ¿cómo es posible que las dos palabras
sean afines?
En la página 307 encontramos a Isaías prediciendo con exactitud el tiempo que tardará
Marte en colisionar nuevamente con la Tierra, «basándose en la experiencia de
perturbaciones previas». De ser así, Isaías debía ser capaz de resolver la totalidad del
problema de los tres cuerpos con fuerzas eléctricas y magnéticas incorporadas y es una
lástima que ese conocimiento no nos haya sido transmitido a través del Viejo Testamento.
En las páginas 366 y 367 encontramos el argumento de que Venus, Marte y la Tierra, en
sus interacciones, deben tener intercambiadas sus atmósferas. Si hace unos 3.500 años
pasaron cantidades masivas de oxígeno molecular terrestre (20 por ciento de nuestra
atmósfera) a Marte y Venus, todavía deberían existir cantidades apreciables. La escala de
tiempo para la reposición del O2. en la atmósfera terrestre es de 2.000 años, y eso por un
proceso biológico. En ausencia de una respiración biológica abundante, el O2 de Marte y
Venus de hace 3.500 años debería estar todavía allí. Sin embargo, la espectroscopia nos
enseña que, como mucho, el O2 es un elemento de muy poca entidad en la ya
extremadamente rara atmósfera marciana (y es igualmente escaso en Venus). El Mariner
10 encontró trazas de oxígeno en la atmósfera de Venus; eran pequeñísimas cantidades de
oxígeno atómico en la atmósfera alta y no masivas cantidades de oxígeno molecular en la
atmósfera baja.
La escasez de O2 en Venus también hace insostenible la creencia de Velikovsky en fuegos de
petróleo en la atmósfera baja venusiana -ni el combustible ni el oxidante existen en
cantidades apreciables-. En opinión de Velikovsky, estos fuegos producirían agua, que se
fotodisociaría, dando O. Así, Velikovsky necesita abundante O2 en la atmósfera profunda
para explicar el O de la atmósfera superior. De hecho, el O encontrado se explica muy bien
mediante la disociación fotoquímica del componente atmosférico principal, CO2, en CO y O.
86
Estas distinciones parecen haberlas olvidado algunos de los defensores de Velikovsky, que
han hecho de los descubrimientos del Mariner 10 una vindicación de Worlds in Collision.
Velikovsky argumenta que, al no haber prácticamente oxígeno ni vapor de agua en la
atmósfera marciana, debe ser algún otro componente de la atmósfera de Marte el que se
derive de la Tierra. Desgraciadamente, el argumento es un non sequitur. Velikovsky opta
por el argón y el neón, a pesar del hecho de que son componentes bastante raros de la
atmósfera terrestre. Harrison Brown fue el primero, en los años 1940, en escribir el argón y
el neón como componentes básicos de la atmósfera marciana. En la actualidad se descarta
la existencia de algo más que trazas de neón; el Viking detectó un uno por ciento de argón.
Pero aun cuando se hubiesen encontrado grandes cantidades de argón en Marte, ese hecho
no hubiese supuesto una prueba del intercambio atmosférico defendido por Velikovsky -
porque la forma más abundante del argón, 40Ar, se produce por desintegración radiactiva
del potasio 40, cuya existencia se supone en la corteza de Marte.
Un problema mucho más serio para Velikovsky es la ausencia relativa de N2 (nitrógeno
molecular) en la atmósfera Marciana. El gas es prácticamente inerte, no congela a las
temperaturas de Marte y no puede escapar rápidamente de la exosfera marciana. Es
componente principal de la atmósfera terrestre, pero sólo está presente en un uno por
ciento en la atmósfera de Marte. Si se produjo ese intercambio, ¿dónde está todo el N2 en
Marte? Estas pruebas acerca de un presunto intercambio de gases entre Marte y la Tierra,
en el que cree Velikovsky, casi no están desarrolladas en sus escritos; y las pruebas
contradicen su tesis.
Worlds in Collision es un intento de dar validez a la Biblia y a otras manifestaciones
populares como la historia, cuando no la teología. He intentado leer el libro sin prejuicios.
Encuentro que las concordancias mitológicas son fascinantes y que vale la pena
investigarlas más a fondo, pero posiblemente puedan explicarse a través de su difusión o
por otras razones. La parte científica del texto, a pesar de toda su pretensión de
«demostración», topa con por lo menos diez dificultades graves.
De las diez pruebas del trabajo de Velikovsky que hemos descrito más arriba, en ninguno
de los casos sus ideas son simultáneamente originales y consistentes con la simple
observación y las teorías físicas. Es más, muchas de las objeciones que se le plantean -
especialmente en los Problemas I, II, III y X- son objeciones de mucho peso, basadas en
las leyes del movimiento y de conservación de la física. En ciencia, un argumento aceptable
debe presentar una concatenación de pruebas bien fundamentada. Si se rompe un solo
eslabón de esa cadena, el argumento deja de servir. En el caso de Worlds in Collision, se
presenta justamente la situación opuesta: prácticamente todos los eslabones de la cadena
están rotos. Para sacar a flote la hipótesis se necesita un esfuerzo muy especial, el difuso
invento de una nueva física y una despreocupación selectiva por una plétora de pruebas
adversas. Por consiguiente, la tesis básica de Velikovsky me parece claramente insostenible
desde una óptica científica.
Más todavía, con el material mitológico se presenta un problema potencialmente peligroso.
Los supuestos acontecimientos se reconstruyen a partir de leyendas y cuentos populares.
Pero estas catástrofes globales no figuran en la recopilación histórica o en el folklore de
muchas culturas. Estas extrañas omisiones se explican, cuando llegan a detectarse, por una
«amnesia colectiva». Velikovsky apuesta por las dos formas. Cuando existen concordancias,
está dispuesto a sacar de ellas las conclusiones más llamativas. Cuando no se dan
concordancias, la dificultad se evita mediante la «amnesia colectiva». Con un nivel de
exigencias tan relativo puede demostrarse «cualquier cosa».
Debo indicar también que existe una explicación de la mayoría de los acontecimientos
expuesto en el Éxodo que es mucho más plausible que la que acepta Velikovsky, una
explicación que está mucho más de acuerdo con la física. El Éxodo aparece fechado en El
Libro de los Reyes unos 480 años antes de la construcción del Templo de Salomón. Gracias
a otros cálculos adicionales, se ha determinado que el éxodo Bíblico se produjo alrededor de
1447 a.C. (Covey, 1975). No todos los estudiosos de la Biblia están de acuerdo con esa
fecha, que concuerda con la cronología de Velikovsky y, además, es sorprendentemente
parecida a las fechas obtenidas, por diversos métodos científicos, correspondientes a la
última y colosal explosión de la isla de Thera (o Santorin) que habría destruido la
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civilización Minoica en Creta y habría tenido profundas consecuencias en Egipto, situado a
menos de trescientas millas al sur. La mejor datación de que disponemos de ese
acontecimiento, obtenido mediante la técnica del carbono radioactivo en un árbol calcinado
por las cenizas volcánicas de Thera, arroja la cifra de 1.456 a.C., con un error máximo de
más o menos cuarenta y tres años. La cantidad de polvo volcánico producido es más que
suficiente como para poder explicar la persistencia de la oscuridad durante tres días
seguidos, mientras que los acontecimientos que conllevan pueden explicar los terremotos,
el hambre, las plagas y demás catástrofes manejadas por Velikovsky. También puede haber
producido un inmenso tsunami (maremoto) mediterráneo, del que Angelos Galanopoulos
(1964) -el responsable de gran parte del interés geológico y arqueológico por Thera- cree
que también puede explicar la bifurcación del Mar Rojo.(*) En cierto sentido, la explicación
de Galanopoulos acerca de los acontecimientos que se relatan en el Éxodo resulta todavía
más provocadora que la explicación de Velikovsky, puesto que Galanopoulos ha presentado
pruebas moderadamente convincentes de que Thera corresponde, en la mayoría de detalles
esenciales, a la civilización legendaria de la Atlántida. De estar en lo cierto, fue la
destrucción de la Atlántida y no la aparición de un cometa lo que impulsó a los israelitas a
abandonar Egipto.
--
(*) En el libro de Vitaliano se hallará una discusión informativa y entretenida del caso
Thera, así como todo lo relativo a la conexión entre los mitos y los fenómenos geológicos;
véase también De Camp (1975).
--
Se dan muchas extrañas inconsistencias en Worlds in Collision, pero en una de las últimas
páginas del libro se introduce de pasada una desviación asombrosa de la tesis fundamental.
Nos enteramos de una venerable y enorme analogía entre las estructuras del sistema solar
y las de los átomos. De repente, se nos presenta la hipótesis de que los movimientos
errantes conocidos de los planetas, en lugar de deberse a las colisiones, son el resultado de
los cambios en los niveles cuánticos de energía de los planetas, cambios provocados por la
absorción de un fotón -o tal vez de varios-. Los sistemas solares están ligados por fuerzas
gravitacionales; los átomos por fuerzas eléctricas. Aun cuando ambas fuerzas dependen del
inverso del cuadrado de la distancia, presentan características y magnitudes totalmente
distintas: una de las muchas diferencias es la de que existen cargas eléctricas negativas y
positivas, mientras que la masa gravitatoria sólo tiene un signo. Conocemos lo bastante de
los sistemas solares y de los átomos como para darnos cuenta de que los «saltos
cuánticos» propuestos por Velikovsky para los planetas se basan en su incomprensión,
tanto de las teorías como de las pruebas de que disponemos.
Por lo que yo he podido apreciar, en Worlds in Collision no hay ni una sola predicción
matemática correcta hecha con la precisión suficiente como para que sea algo más que una
vaga intuición afortunada -existe además, corno he intentado poner de manifiesto, una
legión de pretensiones falsas-. En ocasiones se hace observar que la existencia de una
fuerte emisión de radio procedente de Júpiter es el ejemplo más notable de predicción
acertada por parte de Velikovsky, pero también es cierto que todos los objetos emiten
ondas de radio al estar a temperaturas superiores al cero absoluto. Las características
esenciales de la emisión de radio de Júpiter -es decir, una radiación intermitente, polarizada
y no térmica, así como los enormes cinturones de partículas cargadas que rodean a Júpiter,
atrapadas por su intenso campo magnético- no han sido predichas por Velikovsky en ningún
momento. Es más, su «predicción» no tiene nada que ver en lo esencial con las tesis
fundamentales de Velikovsky.
No basta con intuir algo correcto para demostrar necesariamente un conocimiento previo o
una teoría correcta. Por ejemplo, en una obra de ciencia ficción de la primera época,
fechada en 1949, Max Ehrlich concebía la situación del paso de un objeto cósmico muy
cerca de la Tierra; objeto que llenaba por completo el firmamento y aterrorizaba a los
habitantes de la Tierra. Pero lo que más pavor producía era el hecho de que en ese planeta
que se aproximaba había una característica natural que parecía un enorme ojo. Se trata de
uno de los muchos antecedentes, tanto ficticios como serios, de la idea de Velikovsky según
la cual estas colisiones son frecuentes. Pero no quería referirme a eso. En una discusión
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acerca de las causas por las que la cara visible de la Luna presenta mares de gran tamaño y
de formas suaves, mientras que en la cara oculta prácticamente no se dan, John Wood, del
Smithsonian Astrophysical Observatory, propuso que la cara lunar que hoy mira hacia
nosotros estuvo hace tiempo en el borde, el limbo, de la Luna, en el primer hemisferio del
movimiento de la Luna alrededor de la Tierra. En esa posición barrió, hace miles de millones
de años, un anillo de restos interplanetarios que rodeaban a la Tierra y que habían
intervenido en la formación del sistema Tierra-Luna. Según las leyes de Euler, la Luna
debería haber modificado entonces su eje de rotación haciéndolo corresponder a su nuevo
momento de inercia principal, de forma que su primer hemisferio debía por aquel entonces
estar orientado hacia la Tierra. La conclusión más destacada es la de que hubo un tiempo,
siempre según Wood, en el que lo que hoy es el limbo oriental lunar debía estar en la cara
visible. Pero el limbo oriental lunar presenta un enorme elemento provocado por una
colisión, hace miles de millones de años, llamado Mare Oriéntale, que se parece mucho a un
ojo gigante. Nadie sugirió que Ehrlich acudía a la memoria de la raza sobre un fenómeno
ocurrido hace tres mil millones de años cuando escribió The Big Eye. Se trata simplemente
de una coincidencia. A medida que se vaya escribiendo más ciencia ficción y se vayan
proponiendo más y más hipótesis científicas, tarde o temprano acabarán por darse
coincidencias fortuitas.
¿Cómo es posible que con todos sus desaciertos, Worlds in Collision se haya popularizado
tanto? En cuanto a esto, sólo Puedo hacer suposiciones. Por una parte, se trata de un
intento de dar validez científica a la religión. Las viejas historias bíblicas son ciertas al pie
de la letra, nos dice Velikovsky, sólo si las interpretamos en la forma adecuada. Los judíos,
por ejemplo, consiguieron sobrevivir a los faraones egipcios, a los reyes asirios y a muchos
otros desastres siguiendo los dictados de las intervenciones de los cometas y debían tener,
según parece indicarnos, todo el derecho de considerarse un pueblo escogido. Velikovsky
pretende rescatar no sólo la religión sino también la astrología: los resultados de las
guerras, los destinos de pueblos enteros, quedan determinados por las posiciones de los
planetas. En cierto sentido, su trabajo se manifiesta partidario de una cierta conexión
cósmica de la humanidad -un sentimiento del que yo mismo participo, aunque en un
contexto algo distinto (The Cosmic Cormectiori)- y afirma en repetidas ocasiones que los
pueblos y culturas de la antigüedad no eran tan ignorantes en definitiva.
El ultraje sufrido por muchos científicos normalmente apacibles al colisionar con Worlds in
Collision ha provocado toda una secuela de consecuencias. Algunas personas se muestran
justamente molestas con la pomposidad de que en ocasiones hacen gala los científicos, o se
sienten muy preocupados por lo que interpretan como peligros de la ciencia y la tecnología,
o tal vez tienen dificultades para entender la ciencia. Pueden encontrar algún tipo de
satisfacción cuando a los científicos les ponen las peras a cuarto.
En todo el asunto de Velikovsky hay un aspecto peor que el vulgar, ignorante y sectario
enfoque de Velikovsky y muchos de sus seguidores, y ha sido el desafortunado intento,
llevado a cabo por algunos que se llamaban científicos, de suprimir sus escritos. Todo el
armazón científico se ha visto afectado a causa de ello. En el trabajo de Velikovsky no se
encuentra ninguna pretensión seria de objetividad ni de falsificación. En su rígido rechazo
del inmenso cuerpo de datos que contradicen sus argumentos tampoco puede encontrarse
ningún rasgo de hipocresía. Pero se supone que los científicos han de hacerlo mejor, han de
darse cuenta de que las ideas se juzgarán sobre la base de sus méritos siempre que se
potencie la investigación y el debate libres.
En la medida en que los científicos no hemos dado a Velikovsky la respuesta razonada que
requiere su trabajo, nos hemos hecho responsables de la propagación de la confusión en
torno a Velikovsky. Pero los científicos no podemos preocuparnos de todo aquello que raya
en lo no científico. Así por ejemplo, la reflexión, los cálculos y la preparación de este
capítulo me han restado un tiempo precioso a lo que constituye mi propia investigación.
Pero también tengo que decir que no me ha resultado aburrido y, en última instancia, he
entrado en contacto con lo que considero una leyenda muy interesante.
La pretensión de recuperar las religiones antiguas, en una época en que parece estarse
buscando desesperadamente la raíz de la religión, algún tipo de significado cósmico de la
humanidad, puede considerarse o no como una contribución válida. Creo que en las
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religiones antiguas hay mucho de bueno y de malo. Pero no comparto la necesidad de las
medias tintas. Si nos vemos obligados a elegir -y taxativamente no lo estamos- ¿no es
acaso mejor la evidencia del Dios de Moisés, Jesús o Mahoma que la del cometa de
Velikovsky?
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8. NORMAN BLOOM, MENSAJERO DE DIOS
El enciclopedista Francois Diderot visitó la corte rusa invitado por la emperatriz. Conversó
con entera libertad y proporcionó a los miembros más jóvenes de los circulos de la corte un
ateísmo vivaz. La emperatriz estaba encantada, pero alguno de sus consejeros Ie sugirió la
conveniencia de comprobar tales exposiciones doctrinales. La emperatriz no quiso poner
freno en forma directa al discurso de su invitado y se urdió la intriga siguiente: se hizo
saber a Diderot que un conocido matemático disponía de una demostración algebraica de la
existencia de Dios y que deseaba ofrecérsela ante toda la Corte, si estaba dispuesto a
escucharle. Diderot aceptó de buen grado; aunque no se mencionó el nombre del
matemdtico, se trataba de Euler. Avanzó hacia Diderot y dijo con gravedad y con un tono
de convencimiento perfecto: Monsieur, (a + b")/n = x, donc Dieu existe; repondez! (Señor,
(a + b")/n = x, por tanto, Dios existe; responded).
Diderot, para quien el álgebra era como el chino, quedó perplejo y desconcertado;
mientras, resonaron carcajadas por todos lados. Pidió permiso para regresar a Francia
inmediatamente, permiso que Ie fue concedido.
AUGUSTUS DE MORGAN, A Budget of Paradoxes (1872)
En el transcurso de la historia humana se han producido intentos de elaborar argumentos
racionales para convencer a los escépticos de la existencia de Dios o de varios dioses. Pero
la mayoría de los teólogos han sostenido que la realidad última de los seres divinos es só1o
cuestión de fe y, por ende, inaccesible al esfuerzo racional. San Anselmo argumentaba que,
dado que puede imaginarse un ser perfecto, éste debe existir —porque no sería perfecto sin
la perfección añadida de la existencia—. Este argumento llamado ontológico fue atacado en
repetidas ocasiones desde dos vertientes:
¿Podemos imaginar un ser totalmente perfecto?
¿Es acaso evidente que la perfección aumenta con la existencia?
Para una mente moderna, esos argumentos piadosos más parecen tener que ver con
palabras y definiciones que con la realidad externa.
Más conocido es el argumento del modelo, una línea de pensamiento que penetra
profundamente en los principios de las preocupaciones científicas fundamentales. Ese
argumento fue admirablemente enunciado por David Hume:
"Mirad a vuestro alrededor,contemplad el todo y cada una de sus partes; encontraréis que no es sino una gran
máquina, subdividida en un número infinito de máquinas menores... Todas estas máquinas
distintas, incluso en sus partes más diminutas, se ajustan entre sí con una precisión tal que
despierta la admiración de todos aquellos que las hayan contemplado. La curiosa
adaptación de los medios a los fines en toda la Naturaleza, coincide prácticamente, aunque
la supera en gran medida, con la producción de la invención humana; de la capacidad,
pensamiento, sabiduría e inteligencia humaños. Como, por tanto, los efectos se parecen
entre sí, nos vemos llevados a inferir, de acuerdo con todas las reglas de la analogía, que
las causas también se parecen; y que el Autor de la Naturaleza es, en cierta medida,
parecido a la mente del hombre; aunque poseedor de facultades muy superiores
proporcionadas a la grandeza del trabajo que ha realizado"
Mas adelante, Hume someterá este argumento, como hizo posteriormente Emmanuel Kant,
a un devastador y contundente ataque, a pesar de lo cual el argumento del modelo
continuó mereciendo el favor popular —como queda patente, por ejemplo, en los trabajos
de William Paley— durante los inicios del siglo xix. En un típico párrafo de Paley puede
leerse:
"No puede haber un modelo sin un modelador; ni invención sin inventor; ni orden sin
elección; ni arreglo sin algo capaz de arreglar; ni servicio y relación con un propósito sin
aquello que pueda proponerse un propósito; ni medios adecuados a un fin, ni capacidad de
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utilizarlos ni de lograr ese fin, sin que haya podido plantearse ese fin o se hayan
acomodado los medios a éste. Arreglo, disposición de las partes, servicio de los medios a un
fin, relación de los instrumentos con un uso, todo ello presupone la presencia de la
inteligencia y de la mente».
Con el desarrollo de la ciencia moderna, pero muy especialmente con la brillante
formulación de la teoría de la evolución a través de la selección natural sentada por Charles
Darwin y Alfred Russel Wallace en 1859, estos argumentos aparentemente plausibles
quedaron definitivamente desbaratados.
Evidentemente, no puede existir una refutación de la exis tencia de Dios —en especial de la
existencia de un Dios suficientemente sutil—. Pero es una descortesía, tanto para la ciencia
como para la religión, dejar sin respuesta los argumentos inconsistentes sobre la existencia
de Dios. Más aún, los debates sobre estas cuestiones son divertidos y, cuanto menos,
adiestran la mente para el trabajo útil. En la actualidad, no se plantean demasiadas
discusiones sobre el tema, posiblemente porque son muy pocos los argumentos sobre la
existencia de Dios susceptibles de ser comprendidos por todo el mundo. Una versión
reciente y moderna del argumento del modelo me fue enviada por su autor, tal vez para
asegurarse una critica constructiva.
Norman Bloom es un norteamericano contemporáneo que incidentalmente cree ser la
Segunda Reencarnación de Jesucristo. Bloom ha observado en las Escrituras y en la vida
cotidiana coincidencias numéricas que cualquier otra persona pasaría por alto. Pero son
tantas esas coincidencias que, según Bloom, sólo pueden ser debidas a una inteligencia
invisible y el hecho de que nadie más parezca capaz de encontrar o apreciar tales
coincidencias hace llegar a Bloom a la convicción de que ha sido escogido para revelar la
presencia de Dios.
Bloom se ha convertido en un adorno en algunas reuniones científicas, en las que arenga a
las masas presurosas y preocupadas que se desplazan de una a otra sesión. La retórica
típica de Bloom es del siguiente tipo: "Y aunque me rechazáis, me despreciáis y me negáis,
TODOS SERÉIS CONDUCIDOS SOLO POR Mí. Mi voluntad se hará, porque YO os he formado
de la nada. Sois la Creación de Mis Manos. Completaré Mi Creación y completaré Mi
Propósito que Me he propuesto desde siempre. SOY LO QUE SOY. SOY EL SEÑOR. TU DIOS
EN LA VERDAD". Si por algo peca es por su falta de modestia; todas las mayúsculas
utilizadas en el texto se deben a él.
Bloom ha hecho editar un folleto fascinante en el que dice:
Todo el profesorado de la Universidad de Princeton (incluyendo su personal docente y sus
decaños y los jefes de los departamentos enumerados) ha coincidido en que no puede
refutar, ni poner de manifiesto ningún error básico en la demostración que le fue
presentada en el libro The New World, de setiembre de 1974. El profesorado reconoce el 1º
de junio de 1975 que acepta como una verdad establecida la IRREFUTABLE
DEMOSTRACION DE QUE UNA MENTE Y UNA MANO ETERNAS HAN CONFIGURADO Y
CONTROLADO LA HISTORIA DEL MUNDO A LO LARGO DE MILES DE AÑOS.
Prosiguiendo con la lectura nos enteramos de que, a pesar de que Bloom distribuyese sus
demostraciones a los más de mil profesores de la Universidad de Princeton y a pesar de su
ofrecimiento de un premio de $1.000 para el primero que refutase su demostración, no se
produjo ninguna respuesta. Después de seis meses sacó la conclusión de que, como
Princeton no respondía, Princeton creía. Teniendo presentes las actitudes de los profesores
universitarios, se me ha ocurrido una explicación alternativa. En cualquier caso, no creo que
la falta de una respuesta constituya un apoyo irrefutable a los argumentos de Bloom.
Parece ser que Princeton no ha sido la única universidad que ha hecho gala de falta de
hospitalidad para con Bloom:
Sí, en ocasiones casi innumerables he sido perseguido por la policía por traeros el regalo de
mis escritos… ¿No se supone acaso que los profesores universitarios tienen la madurez, el
criterio y la sabiduría necesarios para leer un escrito y determinar por sí mismos el valor de
su contenido? ¿Necesitan acaso Policía PARA EL CONTROL DEL PENSAMIENTO, para decirles
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lo que deben o no deben leer o pensar? Pues, incluso en el Departamento de Astronomía de
la Universidad de Harvard he sido perseguido por la policía por el delito de distribuir esta
Lectura del Nuevo Mundo, demostración irrefutable de que el sistema tierra-luna-sol esta
configurado por Una mente y Una maño que lo controlan. Sí, y AMENAZADO CON LA
CARCEL, si VUELVO A ENSUCIAR NUEVAMENTE EL CAMPUS DE HARVARD CON MI
PRESENCIA... Y ESA ES LA UNIVERSIDAD QUE TENÍA HACE TIEMPO SOBRE SU ESCUDO LA
PALABRA VERITAS, VERITAS, VERITAS. Ah, ¡qué hipócritas y falsos sois!
Las supuestas demostraciones son muchas y diversas. Todas ellas con coincidencias
numéricas que Bloom considera que no se deben al azar. Tanto por su estilo como por su
contenido, los argumentos recuerdan los comentarios de los textos Talmúdicos y la ciencia
cabalística de la Edad Media judía: por ejemplo, el tamaño angular de la Luna o del Sol se
ve desde la Tierra según un ángulo de medio grado. Eso es justamente 1/720 de
circunferencia (360°) celeste. Pero 720 == 6! =6x5x4x3x2xl. Por tanto, Dios existe.
Representa una mejora con respecto a la demostración que dio Elder ante Diderot, pero la
línea de pensamiento nos resulta conocida, pues está presente en toda la historia de la
religión. En 1658, el jesuita Caspar Schott, anunciaba en su Magia Universalis Naturae et
Artis que el número de grados de gracia de la Virgen María es de 225ó = 22* == 1.2 x 1077
(lo que dicho sea de paso, es aproximadamente el numero de partículas elementales en el
universo).
Otro de los argumentos de Bloom, que él mismo describe como una
"demostraciónirrefutable de que el Dios de la Escritura es quien configuró y controló la historia del mundo
a lo largo de miles de años",
es el siguiente: según los Capítulos 5 y 11 del Génesis,Abraham nació 1.948 años después que Adán, en una época en la que el padre de
Abraham, Terah, tenia setenta años. Pero el Segundo Templo fue destruído por los
Romanos en el año 70 d. C. y el Estado de Israel se creó en 1948 d. C., Q.E.D. Resulta
difícil sustraerse a la impresión de que pueda haber algún defecto en algún sitio.
"Irrefutable" es una palabra excesiva. Pero el argumento constituye una refrescante
diversión respecto a san Anselmo.
Sin embargo, el argumento central de Bloom y en el que se basa gran parte del resto es la
pretendida coincidencia astronómica de que 235 lunaciones duran tanto, y con una
precisión espectacular, como diecinueve años. De ahí:
"Fíjate, humanidad; os digo a todosvosotros que en esencia estáis viviendo en un reloj. El reloj marca perfectamente el tiempo,
¡hasta una precisión de un segundo por día!... ¿Cómo podría un reloj celestial como éste
llegar a ser, sin que haya allí algún ser que con percepción y comprensión, que con un plan
y con el poder, pueda hacer ese reloj?"
Una bonita pregunta. Para responderla, hay que tener presente que en astronomía se
utilizan distintos tipos de años y distintos tipos de meses. El año sidéreo es el período que
tarda la Tierra en dar una vuelta alrededor del Sol respecto a las estrellas distantes. Dura
365,2564 días (utilizaremos, al igual que hace Norman Bloom, lo que los astrónomos
llamamos días solares medios). También hay el año trópico. Es el período que tarda la
Tierra en completar una revolución alrededor del Sol respecto a las estaciones y dura
365,242199 días. El año trópico difiere del año sidéreo debido a la precesión de los
equinoccios, el lento movimiento de trompo de la Tierra producido por las fuerzas
gravitatorias del Sol y la Luna sobre su forma esférica achatada. Por ultimo, está también el
año llamado anomalístico, de 365,2596 días de duración. Es el intervalo entre dos sucesivas
separaciones mínimas entre la Tierra y el Sol y difiere del año sidéreo a causa del lento
movimiento de la órbita elíptica de la Tierra sobre su propio plano, producido por las fuerzas
gravitatorias de los planetas más cercanos.
De igual manera, existen distintos tipos de meses. Evidentemente, la palabra "mes" viene
de "luna".(*) El mes sidéreo es el lapso de tiempo que tarda la Luna en dar una vuelta
alrededor de la Tierra respecto a las estrellas distantes y dura 27,32166 días. El mes
sinódico, también llamado lunación, es el período entre dos lunas nuevas o dos lunas llenas.
Dura 29,530588 días. El mes sinódico difiere del mes sidéreo debido a que, a lo largo de
una revolución sidérea de la luna alrededor de la tierra, el sistema tierra-luna ha girado un
poco (un treceavo) de su trayectoria alrededor del Sol. Así, el ángulo según el cual el Sol
ilumina la luna ha variado desde nuestra privilegiada posición terrestre. Ahora bien, el plano
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de la órbita lunar alrededor de la tierra corta el plano de la órbita terrestre alrededor del Sol
en dos puntos —opuestos entre sí— llamados nodos de la órbita lunar. Un mes nodal o
dracónico es el lapso de tiempo que tarda la luna en regresar a un mismo nodo y dura
27,21220 días. Estos nodos se desplazan, completando un circuito aparente, en 18,6 años
debido a las fuerzas gravitatorias, fundamentalmente la provocada por la presencia del Sol.
Por último, está también el mes anomalístico de 27,55455 días de duración, es decir, el
tiempo que tarda la luna en completar una trayectoria alrededor de la tierra respecto al
punto más cercano de su órbita. A continuación, ofrecemos una pequeña tabla de las
diversas definiciones del año y del mes.
--
(*)Ello resulta más evidente en inglés que en castellano, pues mes es "month" y luna es
"moon". (N. del T.)
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TIPOS DE AÑOS Y MESES, SISTEMA TIERRA-LUNA
Años
Año sidéreo 365,2564 días solares medios
Año trópico 365,242199 días
Año añomalístico 365,2596 días
Meses
Mes sidéreo 27,32166 días
Mes sinódico 29,530588 días
Mes nodal o dracónico 27,21220 días
Mes añomalístico 27,55455 días
Ahora bien, la demostración principal de Bloom sobre la existencia de Dios se basa en
escoger uno de los tipos de año, multiplicarlo por 19 y dividir a continuación por uno de los
tipos de meses. Como los años sidéreo, trópico y anomalístico son tan parecidos en cuanto
a duración, se obtiene prácticamente el mismo resultado independientemente de la
elección. Pero no ocurre lo mismo con los meses. Hay cuatro tipos de meses y cada uno de
ellos proporciona resultados distintos. Al preguntarnos cuantos meses sinódicos hay en 19
años sidéreos, se obtiene el resultado 235,00621, tal como se anunciaba.
Es precisamente la semejanza de ese número con un número entero lo que constituye la
coincidencia fundamental de la tesis de Bloom. Evidentemente, Bloom cree que no se trata
de una coincidencia.
Pero si en lugar de ello nos preguntamos cuántos meses sidéreos hay en diecinueve años
sidéreos, el resultado será 254,00622; en el caso de los meses nodales será 255,02795 y
en el de meses anomalísticos será 251,85937. Es cierto que el mes sinódico es el más
aparente para la observación a simple vista; sin embargo, tengo la impresión de que
podrían elaborarse especulaciones teológicas igualmente elaboradas tanto sobre la base de
252, 254 ó 255 como a partir de 235.
Hay que preguntarse también de dónde viene el numero 19 que aparece en su argumento.
La única justificación se encuentra en el encantador Salmo 19 de David, cuyo inicio es como
sigue:
"Los cielos declaran la gloria de Dios y el firmamento muestra su realización. Día adía pronuncia su discurso y noche a noche muestra su sabiduría"
. Esta parece ser una citamuy adecuada en la cual encontrar una indicación para una demostración astronómica de la
existencia de Dios. Pero el argumento asume lo que pretende demostrar. El argumento
tampoco es único. Consideremos, por ejemplo, el Salmo 11, igualmente escrito por David.
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En éste encontramos las siguientes palabras, que podrían servir también en el asunto:
"E1Señor está en su templo sagrado, el trono del Señor está en los cielos; sus ojos
contemplan, sus párpados ponen a prueba a los hijos de los hombres",
y en el siguienteSalmo continúa con "los hijos de los hombres... hablan de vanidad".
Ahora, si nos preguntamos cuántos meses sinódicos hay en once años sidéreos (ó
4017,8204 días solares medios), el resultado será de 136,05623. Así pues, de igual forma
que parece haber una conexión entre diecinueve años y 235 lunaciones, hay una conexión
entre once años y 136 lunaciones. Mas aún, el famoso astrónomo británico sir Arthur
Stanley Eddington creía que podía deducirse toda la física a partir del numero 136. (En una
ocasión sugerí a Bloom que con la información anterior y una pizca de fuerza intelectual, se
podría reconstruir también toda la historia de Bosnia).
Una coincidencia de ese tipo, que tiene efectivamente una gran significación, era ya
conocida por los Babilonios, contemporáneos de los antiguos Hebreos. Se trata del Saros.
Es el período entre dos sucesivos cielos semejantes de eclipses. En un eclipse solar, la
Luna, que se ve desde la Tierra tan grande (1/2°) como el Sol, pasa por delante de éste. En
un eclipse lunar, la sombra de la Tierra ha de proyectarse sobre la Luna. Para que se
produzca cualquiera de los dos tipos de eclipse, la Luna ha de estar en fase de luna nueva o
de luna llena, de forma que la Tierra, la Luna y el Sol estén alineados. Así pues, el mes
sinódico tiene evidentemente algo que ver con la periodicidad de los eclipses. Pero para que
se produzca un eclipse, la Luna también tiene que encontrarse cerca de uno de los nodos de
su órbita. Por tanto, también interviene el mes nodal. Resulta que 233 meses sinódicos
equivalen a 241,9989 (prácticamente 242) meses nodales, lo cual equivale a su vez a algo
más de dieciocho años y diez u once días (serán 111 el número de años bisiestos que
intervengan) y constituye el Saros. ¿Coincidencia?
De hecho, en el sistema solar son bastante frecuentes las coincidencias numéricas de ese
tipo. La razón entre el período de giro y el período orbital de Mercurio es de 3 a 2. Venus
muestra a la Tierra la misma cara en su aproximación máxima en cada una de sus
revoluciones alrededor del Sol. Una partícula en el espacio comprendido entre los dos
anillos principales de Saturno, en la división de Cassini, giraría alrededor de Saturno con un
período precisamente igual a la mitad del de Mimas, su segundo satélite. Análogamente, en
el anillo de asteroides existen regiones vacías, conocidas con el nombre de
espacios deKirkwood
, que corresponden a asteroides inexistentes, cuyos períodos serían la mitad delde Júpiter, un tercio, dos quintos, tres quintos, y así sucesivamente.
Ninguna de esas coincidencias numéricas prueba la existencia de Dios —y si la prueba, el
argumento debe ser muy sutil, dado que esos efectos se deben a resonancias—. Por
ejemplo, un asteroide que se precipitase en uno de los Espacios de Kirkwood
experimentaría un bombeo gravit atorio periódico por parte de Júpiter. Mientras el asteroide
daría dos vueltas alrededor del Sol, Júpiter completaría una órbita. Helo ahí, coincidiendo en
el mismo punto de la órbita del asteroide a cada revolución. Pronto dejaría el asteroide de
ocupar ese espacio. Estas proporciones inconme nsurables de números enteros son, por lo
general, consecuencias de resonancias gravitatorias en el sistema solar. Es un tipo de
selección natural por perturbaciones. Con tiempo suficiente —y tiempo es de lo que dispone
en abundancia el sistema solar— tales resonancias se producirán inevitablemente.
Que el resultado general de las perturbaciones planetarias son resonancias estables y no
colisiones catastróficas fue demostrado por primera vez, a partir de la teoría gravitatoria
newtoniana, por Pierre Simon, marqués de Laplace, quien describió el sistema solar como
"un gran péndulo de la eternidad que bate edades así como un péndulo bate segundos".
Ahora bien, la elegancia y la simplicidad de la gravitación newtoniana pueden utilizarse
como argumentos para la existencia de Dios. Podríamos imaginar universos con otras leyes
gravitatorias y con interacciones planetarias mucho más caóticas. Pero en la mayoría de
esos universos no hubiésemos evolucionado, precisamente a causa del caos. Estas
resonancias gravitatorias no demuestran la existencia de Dios, pero, si efectivamente
existe, demuestran, utilizando las palabras de Einstein, que aun siendo sutil no es maléfico.
Bloom persiste en su empeño. Por ejemplo, ha demostrado la predestinación de los Estados
Unidos de América basándose en la preeminencia del numero 13 en los resultados de los
partidos de béisbol de primera división correspondientes a la jornada del 4 de julio de 1976.
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Ha aceptado mi reto y ha empezado a trabajar en el intento de deducir parte de la historia
de Bosnia a partir de la numerología —por lo menos el asesinato del Archiduque Fernando
en Sarajevo, el acontecimiento que precipitó la Primera Guerra Mundial—. Uno de sus argumentos
utiliza la fecha en la cual sir Arthur Stanley Eddington realizó su charla sobre su
numero místico 136 en la Universidad Cornell, en la que enseñó. Incluso ha llegado a hacer
unos cálculos utilizando mi fecha de nacimiento para demostrar que también yo formo parte
de un plan cósmico. Esos y otros casos parecidos me convencen de que Bloom no puede
demostrar nada.
De hecho, Norman Bloom es una especie de genio. Si se estudia un numero suficiente de
fenómenos independientes y se buscan correlaciones, es evidente que se encontrará
alguna. Si solo tenemos conocimiento de las coincidencias y no del enorme esfuerzo y de
los múltiples intentos fracasados que han precedido al descubrimiento, podemos pensar que
se ha alcanzado algo nuevo e importante. Se trata tan sólo de lo que los estadísticos llaman
la falacia de la enumeración de circunstancias favorables. Pero encontrar tantas
coincidencias como ha encontrado Norman Bloom requiere una gran pericia y mucha
dedicación. En cierta forma es un objetivo desesperado, y tal vez imposible, demostrar la
existencia de Dios mediante coincidencias numéricas a un público falto de interés, por no
mencionar su falta de preparación matemática. Es fácil imaginar las contrbuciones que el
talento de Bloom hubiese podido proporcionar en otro campo. Pero creo que hay algo
glorioso en su vehemente dedicación y su muy considerable intuición aritmética. Es una
mezcla de talentos conferida por Dios, como alguien podría decir.
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9. CIENCIA FICCIÓN: UN PUNTO DE VISTA PERSONAL
El ojo del poeta, girando en medio de su
arrobamiento,
pasea sus miradas del cielo a la tierra y de la tierra
al cielo;
y como la im