Miles de millones

Pensamientos de vida y muerte en la antesala del milenio

Carl Sagan

 

 

 

Título original: Billions and Billions Traducción: Guillermo Solana 1° edición: marzo 1998

© 1997 by The Estate of Carl Sagan © Ediciones B, S.A., 1998

Bailén, 84 - 08009 Barcelona (España)

Printed in Spain ISBN: 84-406-8009-0 Depósito legal: B. 13.511-1998

Impreso por LIBERDÚPLEX, S.L. Constitució, 19 - 08014 Barcelona

Edición digital: ULD

 


 

A mi hermana, Cari, una entre seis mil millones


 

índice

 TOC \o "1-3" \h \z Miles de millones. PAGEREF _Toc45707756 \h 2

primera parte LA FUERZA Y LA BELLEZA DE LA CUANTIFICACIÓN.. PAGEREF _Toc45707757 \h 5

1.    MILES Y MILES DE MILLONES. PAGEREF _Toc45707758 \h 6

2.    EL AJEDREZ PERSA.. PAGEREF _Toc45707759 \h 10

3.    LOS CAZADORES DE LA NOCHE DEL LUNES. PAGEREF _Toc45707760 \h 16

4.    LA MIRADA DE DIOS ,   Y EL GRIFO QUE GOTEA.. PAGEREF _Toc45707761 \h 21

5.    CUATRO PREGUNTAS CÓSMICAS. PAGEREF _Toc45707762 \h 28

6.    TANTOS SOLES, TANTOS MUNDOS. PAGEREF _Toc45707763 \h 32

segunda parte ¿QUÉ CONSERVAN LOS CONSERVADORES?. PAGEREF _Toc45707764 \h 36

7.    EL MUNDO QUE LLEGÓ POR CORREO.. PAGEREF _Toc45707765 \h 37

8.    EL MEDIO AMBIENTE: ¿DÓNDE RADICA LA PRUDENCIA?. PAGEREF _Toc45707766 \h 40

9.    CRESO Y CASANDRA.. PAGEREF _Toc45707767 \h 45

10.      FALTA UN PEDAZO DEL CIELO.. PAGEREF _Toc45707768 \h 48

11.      EMBOSCADA: EL CALENTAMIENTO DEL MUNDO.. PAGEREF _Toc45707769 \h 56

12.      HUIR DE LA EMBOSCADA.. PAGEREF _Toc45707770 \h 66

13.      RELIGIÓN Y CIENCIA: UNA ALIANZA.. PAGEREF _Toc45707771 \h 74

tercera parte ALLÍ DONDE CHOCAN CORAZONES Y MENTES. PAGEREF _Toc45707772 \h 80

14.      EL ENEMIGO COMÚN.. PAGEREF _Toc45707773 \h 81

15.      ABORTO: ¿ES POSIBLE TOMAR AL MISMO TIEMPO PARTIDO POR «LA VIDA» Y «LA ELECCIÓN»?  PAGEREF _Toc45707774 \h 89

16.      LAS REGLAS DEL JUEGO.. PAGEREF _Toc45707775 \h 97

17.      GETTYSBURG Y AHORA.. PAGEREF _Toc45707776 \h 104

18.      EL SIGLO XX.. PAGEREF _Toc45707777 \h 111

19.      EN EL VALLE DE LAS SOMBRAS. PAGEREF _Toc45707778 \h 116

EPÍLOGO.. PAGEREF _Toc45707779 \h 121

Agradecimientos. PAGEREF _Toc45707780 \h 125

Referencias. PAGEREF _Toc45707781 \h 126


primera parte LA FUERZA Y LA BELLEZA DE LA CUANTIFICACIÓN

 

 


 

1.      MILES Y MILES DE MILLONES

 

 

Hay quienes... creen que el número de [granos] de arena es in­finito... Otros, aun sin considerarlo infinito, piensan que todavía no se ha mencionado un número lo bastante grande [...]. Pero voy a tratar de mostrarte [números que] superen no sólo el de una masa de arena equivalente a la Tierra [...] sino el de una masa igual en magnitud al Universo.

Arquímedes (h. 287-212 a. de C), El arenario

 

 

 

Jamás lo he dicho. De verdad. Bueno, una vez afirmé que quizás haya 100.000 millones de galaxias y 10.000 trillones de estrellas. Resulta difícil hablar sobre el cosmos sin emplear números grandes.

Es cierto que pronuncié muchas veces la frase «miles de millones» en la popularísima serie televisiva Cosmos, pero jamás dije «miles y miles de millones»; por una razón: resul­ta harto impreciso. ¿Cuántos millares de millones son «miles y miles de millones»? ¿Unos pocos? ¿Veinte? ¿Cien? «Miles y miles de millones» es una expresión muy vaga. Cuando adap­té y actualicé la serie me entretuve en comprobarlo, y tengo la certeza de que nunca he dicho tal cosa.

Quien sí lo dijo fue Johnny Carson, en cuyo programa he aparecido cerca de treinta veces en todos estos años. Se disfrazaba con una chaqueta de pana, un jersey de cuello alto y un remedo de fregona a modo de peluca. Había creado una tosca imitación de mi persona, una especie de Doppelgänger[1] que hablaba de «miles y miles de millones» en la televisión a altas horas de la noche.

La verdad es que me molestaba un poco que una mala re­producción de mí mismo fuese por ahí, diciendo cosas que a la mañana siguiente me atribuirían amigos y compañeros (pese al disfraz, Carson —un competente astrónomo aficio­nado— a menudo hacía que mi imitación hablase en térmi­nos verdaderamente científicos).

Por sorprendente que parezca, lo de «miles y miles de millones» cuajó. A la gente le gustó cómo sonaba. Aun ahora me paran en la calle, cuando viajo en un avión o en una fiesta y me preguntan, no sin cierta timidez, si no me importaría repetir la dichosa frase.

—Pues mire, la verdad es que nunca dije tal cosa —res­pondo.

—No importa —insisten—. Dígalo de todas maneras.

Me han contado que Sherlock Holmes jamás contestó: «Elemental, mi querido Watson» (al menos en las obras de Arthur Conan Doyle), que James Cagney nunca exclamó: «Tú, sucia rata», y que Humphrey Bogart no dijo: «Tócala otra vez, Sam»; pero poco importa, porque estos apócrifos han arraigado firmemente en la cultura popular.

Todavía se pone en mi boca esta expresión tontorrona en las revistas de informática («Como diría Carl Sagan, hacen falta miles y miles de millones de bits»), en la sección de eco­nomía de los periódicos, cuando se habla de lo que ganan los deportistas profesionales y cosas por el estilo.

Durante un tiempo tuve una reticencia pueril a pronunciar o escribir esa expresión por mucho que me lo pidieran, pero ya la he superado, así que, para que conste, ahí va:

«Miles y miles de millones.»

¿Por qué resulta tan pegadizo eso de «miles y miles de millones»? Antes, la expresión más corriente para referirse a un número grande era «millones»: los enormemente ricos eran millonarios; la población de la Tierra en tiempos de Jesús sumaba quizás unos 250 millones de personas; había casi cua­tro millones de estadounidenses en la época de la Convención Constitucional de 1787 —al comenzar la Segunda Guerra Mundial eran 132 millones—; hay 150 millones de kilómetros de la Tierra al Sol; unos 40 millones de personas hallaron la muerte en la Primera Guerra Mundial y 60 millones en la Se­gunda; un año tiene 31,7 millones de segundos (como pue­de comprobarse fácilmente); y a finales de la década de los ochenta los arsenales nucleares globales contenían un poder explosivo suficiente para destruir un millón de ciudades como Hiroshima. A casi todos los efectos, y durante largo tiempo, «millón» fue la quintaesencia de un número grande.

No obstante, los tiempos han cambiado. Ahora hay mu­chas fortunas que ascienden a miles de millones, y no sólo por culpa "de la inflación; está bien determinado que la edad de la Tierra es de 4.600 millones de años; la población huma­na se acerca a los 6.000 millones; cada cumpleaños representa otros mil millones de kilómetros alrededor del Sol (en torno al cual la Tierra viaja a una velocidad muy superior a la de la sonda Voyager alejándose de nuestro planeta).

Asimismo cuatro bombarderos B-2 cuestan mil millones de dólares (algunos dicen que dos mil o incluso cuatro mil millones); el presupuesto de defensa de Estados Unidos, te­niendo en cuenta los fondos reservados, supera los 300.000 millones de dólares al año; se ha estimado en cerca de mil mi­llones el número de muertos a corto plazo en una guerra nu­clear a gran escala entre Estados Unidos y Rusia; unos pocos centímetros representan mil millones de átomos hombro con hombro; y ahí están todos esos miles y miles de millones de estrellas y galaxias.

Un viejo chiste cuenta el caso de un conferenciante que, en un planetario, explica a sus oyentes que al cabo de 5.000 millones de años el Sol se hinchará hasta convertirse en una gigante roja, engullendo planetas como Mercurio y Venus, y finalmente quizá también la Tierra. Tras la charla, un oyente inquieto le aborda:

—Perdóneme, doctor. ¿Dijo usted que el Sol abrasará la Tierra dentro de cinco mil millones de años?

—Sí, más o menos.

—Gracias a Dios. Por un momento creí que había dicho cinco millones.

Por interesante que pueda resultar para el destino de la Tierra, poco importa para nuestra vida personal el que vaya a durar cinco millones o 5.000 millones. La distinción, sin em­bargo, es mucho más vital en cuestiones tales como los presupuestos públicos, la población mundial o las bajas en una guerra nuclear.

Aunque la popularidad de la expresión «miles y miles de millones» no se ha extinguido por completo, esos números parecen haberse empequeñecido, y comienzan a estar obsole­tos. Ahora se vislumbra en el horizonte, o quizá no tan lejos, un número más a la moda: el billón se cierne sobre nosotros.

Los gastos militares mundiales ascienden ya a casi un bi­llón de dólares al año; la deuda total de todos los países en vías de desarrollo se acerca a los dos billones de dólares (era de 60.000 millones en 1970); el presupuesto anual del Go­bierno de Estados Unidos ronda también los dos billones de dólares. La deuda nacional gira en torno a los cinco billones; el coste estimado del proyecto, técnicamente dudoso, de la Guerra de las Galaxias en la era Reagan oscilaba entre uno y dos billones de dólares; y todas las plantas de la Tierra pesan un billón de toneladas. Estrellas y billones poseen una afini­dad natural: la distancia desde nuestro sistema solar a la estrella más cercana, Alfa Centauri, es de unos 40 billones de kilómetros.

El desconcierto entre millones, billones y trillones sigue siendo endémico en la vida cotidiana; es rara la semana en que no se comete una equivocación en las noticias de la tele­visión (por lo general entre millones y billones). Así que tal vez sea preciso que dedique un momento a establecer algunas distinciones. Un millón es un millar de millares, o un uno se­guido de seis ceros; un billón es un millón de millones, o un uno seguido de 12 ceros, y un trillón, un millón de billones, o un uno seguido de 18 ceros.

En Europa, el número «mil millones» recibe otras deno­minaciones, como milliard, millardo, etc. Coleccionista de sellos desde la niñez, poseo uno sin matar, emitido en el mo­mento álgido de la inflación alemana de 1923, cuyo valor era de «50 milliarden». Hacían falta 50.000 millones de marcos para franquear una carta (en aquel tiempo se necesitaba una carretilla cargada de billetes para ir a la panadería o a la tien­da de comestibles).

Una manera segura de saber de qué número estamos hablando consiste sencillamente en contar cuántos ceros siguen al uno. Sin embargo, cuando los ceros son muchos la tarea puede resultar un tanto tediosa, por eso los agru­pamos en tríadas separadas por puntos. Así, un trillón es 1.000.000.000.000.000.000. Para números mayores que éste, basta con contar tríadas de ceros. Pero todo sería mucho más fácil si, al denotar un número grande, indicásemos directa­mente cuántos ceros hay después del uno.

Esto es lo que han hecho los científicos y los matemá­ticos, que son personas prácticas. Es lo que se llama «nota­ción exponencial». Uno escribe el número 10 y luego, a la derecha y arriba, un número pequeño que indica cuántos ceros hay después del uno. Así, 106 = 1.000.000, 109 = = 1.000.000.000, 1012 = 1.000.000.000.000, etc. Esos superíndices reciben el nombre de exponentes o potencias; por

 

 

NÚMEROS GRANDES

Nombre                                      

Numero

Notación científica

Tiempo que llevaría   contar desde cero hasta el número (a razón de una cifra por segundo, día y noche)

Uno                                                                   

1

100

1 segundo

Mil 

1.000                                     

103  

17 minutos

Millón

1.000.000                              

106

12 días

Mil millones

1.000.000.000                        

109 

32 años

Billón

1.000.000.000.000                 

1012    

32.000 años (tiempo superior al de la existencia de civilización en la Tierra)

Mil billones  

1.000.000.000.000.000         

1015 

32 millones de años (tiempo superior al de la presencia de seres humanos en la Tierra

Trillón  

1.000.000.000.000.000.000  

1018

32.000 millones de años (más que la edad del Universo)

Los números mayores reciben los nombres de cuatrillón (1024), quintillón (1030), sextillón (1036), septillón (1042), octillón (1048), nonillón (1054) y decillón (1060). La Tierra tiene una masa de 6.000 cuatrillones de gramos.

Cabe también describir con palabras esta notación científica o expo­nencial. Así, un electrón tiene un grosor de un femtómetro (10-15 m); la luz amarilla posee una longitud de onda de medio micrómetro (0,5 mm); el ojo humano apenas puede ver un bichito de una décima de milímetro (10-4 m); la Tierra tiene un radio de 6.300 Km (6,3 Mm) y una montaña puede pesar 100 petagramos (100 Pg = 1017 g). He aquí una lista completa de los prefijos:

atto-

a             

10-18                     

deca-

-

101

femto-

f              

10-15                     

hecto-       

-             

102

pico-

p             

1012                     

kilo-

k              

103

nano-

n

10-9                                           

mega-

M  

106

micro-

η

10-6                        

giga-

G              

109

mili-

m

10-3                        

tera-

T               

1012

centi-

c                        

10-2                        

peta-

P               

1015

deci-

d

10-1                        

exa-

E              

1018

 

ejemplo, 109 es «10 elevado a 9» (a excepción de 102 y 103 que reciben respectivamente los nombres de «10 al cuadrado» y «10 al cubo»). La expresión «elevado a», al igual que «pará­metro» y otros términos científicos, está introduciéndose en el lenguaje cotidiano, pero al hacerlo su significado se va en­turbiando y tergiversando.

Además de su claridad, la notación exponencial posee otro aspecto maravillosamente beneficioso: permite multipli­car dos números cualesquiera sumando los exponentes ade­cuados. Así, 1.000 X 1.000.000.000 es 103 X 109 = 1012. Inclu­so se pueden multiplicar números mayores: si en una galaxia típica hay 1011 estrellas y en el cosmos hay 1011 galaxias, en­tonces hay 1022 estrellas en el cosmos.

Todavía existe, sin embargo, cierta resistencia a la nota­ción exponencial entre aquellos a quienes las matemáticas les dan grima (aunque simplifica y no complica las cosas) y entre algunos tipógrafos que parecen sentir la necesidad irrefrena­ble de escribir 109 en vez de 109 (no es éste el caso, como puede verse).

En el cuadro de la página 17 figuran los primeros núme­ros grandes que tienen nombre propio. Cada uno es mil ve­ces mayor que el precedente. Por encima del trillón casi nun­ca se emplean los nombres. Contando día y noche un número cada segundo, necesitaríamos más de una semana para pasar de uno a un millón. Contar mil millones nos lleva­ría media vida. No podríamos llegar a un trillón aun cuando dispusiéramos de toda la edad del universo.

Una vez dominada la notación exponencial, podemos operar fácilmente con cifras inmensas, como el número apro­ximado de microbios en una cucharadita de tierra (108), el de granos de arena en todas las playas (quizá 1020), el de seres vi­vos en la Tierra (1029), el de átomos en toda la biosfera (1041), el de núcleos atómicos en el Sol (1057), o el de partículas ele­mentales (electrones, protones, neutrones) en todo el cosmos (1080). Esto no significa que uno sea capaz de «figurarse» un billón o un trillón de objetos; de hecho, nadie podría, pero la notación exponencial permite «pensar» y calcular con tales números. Lo cual no está nada mal para unos seres autodi­dactas que se bastaban con los dedos de las manos y los pies para contar a sus semejantes.

Los números grandes son, desde luego, una parte esencial de la ciencia moderna; pero no quisiera dar la impresión de que fueron inventados en nuestra época.

La aritmética india está familiarizada desde hace mucho tiempo con los números grandes. En los periódicos indios es fácil encontrar referencias a multas o gastos de un laj o un crore de rupias. La clave es ésta: das = 10; san = 100; bazar = = 1.000; laj = 105; crore = 107; arahb = 109; carahb = 1011; nie =1013;padham = 1015; sanj = 1017. Antes de que su cultu­ra fuese aniquilada por los europeos, los mayas del antiguo México concibieron una escala cronológica que superaba con creces los escasos miles de años transcurridos desde la crea­ción del mundo según la creencia europea. Entre las ruinas de Coba, en Quintana Roo, hay inscripciones que muestran que los mayas concebían un universo con una antigüedad del orden de 1029 años. Los hindúes sostenían que la encarnación presente del universo tenía 8,6 X 109 años (muy cerca de la diana). Y en el siglo III a. de C. el matemático siciliano Arquímedes, en su libro El arenario, estimó que harían falta 1063 granos de arena para llenar el cosmos. Incluso entonces, en las cuestiones realmente grandes, miles y miles de millo­nes no pasaban de ser calderilla.


 

2.     EL AJEDREZ PERSA

No puede existir un lenguaje más universal y simple, más carente de errores y oscuridades, y por lo tanto más apto para expresar las relaciones invariables de las cosas naturales [...]. [Las matemáticas] parecen constituir una facultad de la mente humana destinada a compensar la brevedad de la vida y la imperfección de los sentidos.

JOSEPH FOURIER,

Théorie analytique de la chaleur.

Discurso preliminar (1822)

La primera vez que escuché este relato, la acción transcurría en la antigua Persia. Pero pudo haber sido en la India o incluso en China. En cualquier caso, sucedió hace mucho tiempo.

El gran visir, el primer consejero del rey, había inventado un nuevo juego. Se jugaba con piezas móviles sobre un tab­lero cuadrado formado por 64 escaques rojos y negros. La pieza más importante era el rey. La seguía en valor el gran visir (tal como cabía esperar de un juego inventado por un gran visir). El objeto del juego era capturar el rey enemigo y, a consecuencia, recibió en lengua persa el nombre de shah-mat (shah por «rey», mat por «muerto»). Muerte al rey. En Rusia, quizá como vestigio de un sentimiento revolucionario, sigue llamándose shajmat. Incluso en inglés hay un eco de esta designación: el movimiento final recibe el nombre de checkmate*. El juego es, por descontado, el ajedrez. Con el paso del tiempo evolucionaron las piezas, los movimientos y las reglas. Ya no existe, por ejemplo, el gran visir; se ha trans­figurado en una reina de poderes formidables.

Por qué deleitó tanto a un rey la invención de un juego llamado «muerte al rey» es un misterio, pero, según la histo­ria, se sintió tan complacido que pidió al gran visir que deter­minara su recompensa por tan maravillosa invención. Éste ya tenía la respuesta preparada; era un hombre modesto, explicó al shah, y sólo deseaba una modesta gratificación. Señalando las ocho columnas y las ocho filas de escaques del tablero que había inventado, solicitó que le entregase un solo grano de tri­go por el primer escaque, dos por el segundo, el doble de eso por el tercero y así sucesivamente hasta que cada escaque re­cibiese su porción de trigo. No, replicó el rey, era un premio harto mezquino para una invención tan importante. Le ofre­ció joyas, bailarinas, palacios. Pero el gran visir, bajando la mirada, lo rechazó todo. Sólo le interesaban aquellos montoncitos de trigo. Así que, maravillado en secreto ante la hu­mildad y la moderación de su consejero, el rey accedió.

Sin embargo, cuando el senescal empezó a contar los gra­nos, el monarca se encontró con una desagradable sorpresa. Al principio el número de granos de trigo era bastante pe­queño: 1, 2, 4, 8, 16, 32, 64, 128, 256, 512, 1.024..., pero en las cercanías del escaque sexagésimo cuarto las cifras se tornaban colosales, amedrentadoras (véase recuadro de la página 31). De hecho, el número final rondaba los 18,5 trillones de granos. Tal vez el gran visir se había sometido a una dieta rica en fibra.

¿Cuánto pesan 18,5 trillones de granos de trigo? Si cada grano mide un milímetro, entonces todos juntos pesarían unos 75.000 millones de toneladas métricas, mucho más de lo que podían contener los graneros del shah. De hecho, es el equivalente de la producción actual de trigo en todo el mun­do multiplicada por 150. No nos ha llegado el relato de lo que pasó inmediatamente después. Ignoramos si el rey, maldiciéndose a sí mismo por haber desatendido el estudio de la aritmética, entregó el reino al visir o si éste experimentó las tribulaciones de un nuevo juego llamado visirmat.

La historia del ajedrez persa quizá no sea más que una fá­bula, pero los antiguos persas e indios eran brillantes explo­radores en el terreno de las matemáticas y sabían qué núme­ros tan enormes se alcanzan al multiplicar repetidamente por dos. Si el ajedrez hubiera sido inventado con 100 (10 X 10) escaques en vez de 64 (8 X 8), la deuda en granos de trigo ha­bría pesado tanto como la Tierra. Una sucesión de números como ésta, en la que cada uno es un múltiplo fijo del anterior, recibe el nombre de progresión geométrica, y el proceso se denomina crecimiento exponencial. Los crecimientos expo­nenciales aparecen en toda clase de ámbitos importantes, fami­liares o no. Un ejemplo es el interés compuesto. Si, pongamos por caso, un antepasado nuestro ingresó en el banco 10 dó­lares hace 200 años (poco después de la Revolución de Estados Unidos) a un interés anual constante del 5 %, ahora nuestra fortuna ascendería a 10 X (1,05)200, es decir, 172.925,81 dóla­res. Pero pocos son los antepasados que se interesen por la fortuna de sus remotos descendientes, y 10 dólares eran bas­tante dinero en aquellos días ((1,05)200 significa simplemente 1,05 por sí mismo 200 veces). Si ese antepasado nuestro hu­biera conseguido un interés del 6 %, ahora tendríamos más de un millón de dólares; al 7 % la cifra superaría los 7,5 mi­llones, y a un exorbitante 10 % tendríamos la espléndida suma de 1.900 millones de dólares.

Otro tanto sucede con la inflación. Si la tasa de inflación es del 5 % anual, un dólar valdrá 0,95 dólares al cabo de un año, (0,95)2 = 0,91 al cabo de dos; 0,61 al cabo de 10; 0,37 dó­lares al cabo de 20, etc. Se trata de una cuestión de gran im­portancia práctica para aquellos jubilados cuya pensión no aumenta de acuerdo con la inflación.

El ámbito más corriente donde se producen duplicacio­nes repetidas y, por tanto, un crecimiento exponencial, es el de la reproducción biológica. Consideremos primero el caso simple de una bacteria que se reproduce por bipartición. Al cabo de un tiempo se dividen también cada una de las dos bacterias hijas. Mientras haya alimento suficiente en el am­biente y no exista veneno alguno, la colonia bacteriana crece­rá de modo exponencial. En condiciones muy favorables la población de bacterias puede llegar a doblarse cada 15 minu­tos. Esto significa cuatro duplicaciones por hora y 96 diarias. Aunque una bacteria sólo pesa alrededor de una billonésima de gramo, tras un día de desenfreno asexual sus descendien­tes pesarán en conjunto tanto como una montaña; en poco más de día y medio pesarán tanto como la Tierra, en dos días más que el Sol... Y en no demasiado tiempo todo el universo estará constituido por bacterias. No es una perspectiva muy agradable, pero por fortuna nunca sucede. ¿Por qué? La ra­zón es que un crecimiento exponencial de este tipo siempre tropieza con algún obstáculo natural. Los bichos se quedan sin comida, o se envenenan mutuamente, o les da vergüenza reproducirse cuando no disponen de intimidad para hacerlo. Los crecimientos exponenciales no pueden continuar indefi­nidamente porque se lo zamparían todo. Mucho antes que eso encuentran algún impedimento. El resultado es que la curva exponencial se allana (véase ilustración en la página anterior.)

Este hecho es muy importante para la epidemia del SIDA. Ahora mismo, en muchos países, el número de personas con síntomas de sida crece de manera exponencial, doblándose en aproximadamente un año. Es decir, cada año el número de casos de sida se duplica con respecto al del año anterior. El sida ya ha adquirido proporciones catastróficas. Si continuara creciendo exponencialmente constituiría un desastre sin prece­dentes. Dentro de 10 años habría mil veces más casos de sida, y en 20 años un millón de veces más. Pero un millón de veces el número de personas que ya han contraído el sida es mucho más que el número de los habitantes de la Tierra. De no exis­tir impedimentos naturales a la continuada duplicación anual de la enfermedad, y si ésta fuese invariablemente fatal (esto es, si no se hallase un modo de curarla), todo el mundo mori­ría de sida, y pronto.

Ahora bien, algunas personas parecen tener una inmuni­dad natural a este mal. Además, según el Centro de Enferme­dades Transmisibles del Servicio de Sanidad Pública de Esta­dos Unidos, al principio el crecimiento de la enfermedad en este país estuvo limitado casi exclusivamente a grupos vulne­rables, en buena parte sexualmente aislados del resto de la po­blación (sobre todo varones homosexuales, hemofílicos y consumidores de drogas por vía parenteral). Si no se encuen­tra un remedio para el sida, morirá la mayoría de quienes comparten jeringuillas hipodérmicas para el empleo de dro­gas por vía parenteral; no todos, porque existe un pequeño porcentaje de personas que tiene una resistencia natural, pero sí la mayoría. Cabe decir lo mismo respecto de los varones homosexuales promiscuos que no toman precauciones; no es éste, sin embargo, el caso de quienes utilizan conveniente­mente el preservativo, de quienes mantienen relaciones monógamas a largo plazo y, una vez más, de la fracción pe­queña de los que son inmunes por naturaleza. Las parejas es­trictamente heterosexuales que mantienen una relación mo­nógama que se remonta a principios de la década de los ochenta, aquellos que toman las debidas precauciones en la práctica del sexo y quienes no comparten jeringuillas —y son muchos— están, por así decirlo, resguardados del SIDA. Una vez que se hayan allanado las curvas de los grupos demográ­ficos de mayor riesgo, otros ocuparán su lugar (ahora, en Es­tados Unidos la enfermedad parece estar creciendo entre los jóvenes heterosexuales de uno y otro sexo, en quienes la pa­sión se impone a menudo a la prudencia). Muchos morirán, otros tendrán suerte o poseerán inmunidad natural, algunos se abstendrán, y su grupo será reemplazado por otro de mayor riesgo, tal vez la próxima generación de varones homo­sexuales. Cabe esperar que con el tiempo se allane la curva exponencial, pues ello significaría que la población de la Tierra no está condenada a morir por esta causa (escaso consue­lo para las numerosas víctimas y sus allegados).

El crecimiento exponencial constituye también la idea crucial que subyace tras la crisis demográfica mundial. Du­rante la mayor parte del tiempo en que la Tierra ha estado ha­bitada por seres humanos, su población ha sido estable, con nacimientos y muertes casi perfectamente equilibrados. Tal situación recibe el nombre de «estado estacionario». Tras la invención de la agricultura —incluyendo la siembra y la re­colección de aquel trigo cuyos granos ambicionaba el gran vi­sir— la población humana comenzó a crecer, entrando en una fase exponencial, lo que es muy diferente de un estado esta­cionario. Ahora mismo, la población mundial tarda unos cuarenta años en duplicarse. Al cabo de ese periodo seremos el doble de gente. Como señaló en 1798 el clérigo inglés Thomas Malthus, cualquier incremento concebible en la produc­ción de alimentos será inútil si la población a la que están destinados crece exponencialmente —Malthus habló de pro­gresión geométrica—. Contra el desarrollo demográfico ex­ponencial no podrá ninguna revolución verde, ni la agricultu­ra hidropónica ni el cultivo de los desiertos.

Tampoco existe solución extraterrestre a ese problema. En la actualidad, hay cada día 240.000 nacimientos más que defunciones. Estamos muy lejos de poder enviar al espacio 240.000 personas cada veinticuatro horas. Ningún asenta­miento en órbita terrestre, en la Luna o en otros planetas lograría hacer mella de manera perceptible en la explosión demográfica. Aunque fuese posible enviar a todos los habi­tantes de la Tierra a planetas de estrellas lejanas en naves que viajasen más rápido que la luz, poco cambiaría. Todos los

planetas habitables de la Vía Láctea quedarían colmados en cerca de un milenio. A menos que reduzcamos nuestra tasa de reproducción. Nunca hay que subestimar un crecimiento exponencial.

En el gráfico de arriba se muestra el crecimiento de la po­blación de la Tierra a lo largo del tiempo. Nos hallamos cla­ramente en una fase de abrupto crecimiento exponencial (o estamos a punto de salir de ella). Ahora bien, muchos países (Estados Unidos, Rusia y China, por ejemplo) han llegado o están llegando a un punto en que su población dejará de cre­cer y se aproximará a un estado estacionario. Es lo que se co­noce como «crecimiento cero». Incluso así, dado el enorme poder de los crecimientos exponenciales, basta con que una pequeña fracción de la comunidad humana siga reproducién­dose exponencialmente para que la situación sea esencialmente la misma: la población del mundo crecerá de modo ex­ponencial, aunque muchas naciones estén en una situación de crecimiento cero.

Existe una correlación global bien documentada entre la pobreza y las tasas de natalidad elevadas. En países grandes y pequeños, capitalistas y comunistas, católicos y musulma­nes, occidentales y orientales, el crecimiento demográfico ex­ponencial se reduce o se detiene en casi todos los casos cuan­do desaparece la pobreza extrema. De manera cada vez más apremiante, a nuestra especie le conviene que cada lugar del planeta alcance a largo plazo esta transición demográfica. Por esta razón, el contribuir a que otros países consigan hacerse autosuficientes no es sólo un acto elemental de decencia hu­mana, sino que también redunda en beneficio de las naciones más ricas en disposición de prestar ayuda. Una de las cues­tiones cruciales en la crisis demográfica mundial es la po­breza.

Resultan interesantes las excepciones a esta transición de­mográfica. Algunas naciones con elevadas rentas per cápita todavía tienen tasas de natalidad altas. Pero se trata de países donde apenas son accesibles los anticonceptivos y/ o las mu­jeres carecen de todo poder político efectivo. No es difícil es­tablecer la conexión.

En la actualidad la población mundial asciende a unos 6.000 millones de seres humanos. Si el periodo de duplica­ción se mantiene constante, dentro de 40 años habrá 12.000 millones; dentro de 80, 24.000 millones; al cabo de 120 años, 48.000 millones... Sin embargo, pocos creen que la Tierra pue­da dar cabida a tanta gente. Habida cuenta del poder de este incremento exponencial, abordar ahora el problema de la po­breza global parece más barato y mucho más humano que cualquier solución que podamos adoptar dentro de muchas décadas. Nuestra tarea consiste en lograr una transición demo­gráfica mundial y allanar esa curva exponencial (mediante la eliminación de la pobreza extrema, el logro de métodos anti­conceptivos seguros, eficaces y accesibles a todos y la exten­sión del poder político real de las mujeres en los ámbitos eje­cutivo, legislativo, judicial, militar y en las instituciones que influyen en la opinión pública). Si fracasamos, el trabajo lo ha­rán otros procesos que escaparán a nuestro control.

A propósito...

La fisión nuclear fue concebida por vez primera en sep­tiembre de 1933 por un físico húngaro emigrado a Londres llamado Leo Szilard. Tras preguntarse si el hombre sería ca­paz de desencadenar las vastas energías encerradas en el nú­cleo del átomo, Szilard pensó en lo que sucedería si se lanza­ra un neutrón contra un núcleo atómico (al carecer de carga eléctrica, un neutrón no sería repelido por los protones del núcleo y chocaría directamente contra éste). Mientras aguar­daba a que cambiase un semáforo en un cruce de Southhampton Row, se le ocurrió que quizás existiera alguna sustancia, algún elemento químico, que escupiese dos neutrones cuan­do sufriera el impacto de uno. Cada uno de esos neutrones podría liberar más neutrones, y de repente Szilard tuvo la vi­sión de una reacción nuclear en cadena, capaz de producir in­crementos exponenciales de neutrones y de destrozar átomos a diestro y siniestro. Aquella tarde, en su pequeña habitación del hotel Strand Palace, calculó que, en el caso de conseguir una reacción en cadena controlada, con apenas unos kilos de materia se podría obtener energía suficiente para cubrir las necesidades de una ciudad pequeña durante todo un año... o, si la energía se liberaba de repente, para destruirla en el acto. Szilard emigró más tarde a Estados Unidos, donde inició una búsqueda sistemática entre todos los elementos químicos

EL CÁLCULO QUE EL REY DEBERÍA HABER EXIGIDO A SU VISIR

No es para asustarse. Se trata de un cálculo muy fácil. Pretendemos averiguar cuántos granos de trigo corres­pondían a todo el ajedrez persa.

Una manera elegante (y perfectamente exacta) de cal­cularlo es la siguiente:

El exponente nos dice cuántas veces tenemos que multiplicar 2 por sí mismo. 22 = 4. 24 = 16. 210 = 1.024, etc. Llamaremos S al número total de granos del tablero de ajedrez, desde 1 en el primer escaque a 263 en el sexa­gésimo cuarto. Entonces, sencillamente,

S = 1 + 2 + 22 + 23 +... + 262 + 263

Multiplicando por dos ambos términos de la ecua­ción, tendremos

2S = 2 + 22 + 23 + 24 +... + 263 + 264

Restando la primera ecuación de la segunda, tenemos

2S-S = S = 264- 1,

que es la respuesta exacta.

¿Cuánto supone esto en una notación ordinaria de base 10? Si 210 se aproxima a 1.000, o 103 (dentro de un 2,4 %), entonces 220 = 2(10X2) = (210)2 = aproximadamen­te (103)2 = 106, que es 10 multiplicado por sí mismo seis veces. De igual modo, 260 = (210)6 = aproximadamen­te (103)6 = 1018. Así, 264 = 24 X 260 = aproximadamente 16 X 1018, o 16 seguido de 18 ceros, es decir, 16 trillones de granos. Un cálculo más exacto arroja 18,6 trillones de granos.

para comprobar si alguno despedía más neutrones de los que recibía. El uranio pareció ser un candidato prometedor. Szilard convenció a Albert Einstein de que escribiese su famosa carta al presidente Roosevelt, apremiándolo para que Esta­dos Unidos construyese una bomba atómica. Szilard desem­peñó un papel relevante en la primera reacción en cadena del uranio, lograda en 1942 en Chicago, lo que, de hecho, con­dujo a la bomba atómica. Después de eso pasó el resto de su vida advirtiendo de los peligros del arma que fue el primero en concebir. Había descubierto, por otros medios, el poder terrible del crecimiento exponencial.

Todo el mundo tiene dos progenitores, cuatro abuelos, ocho bisabuelos, 16 tatarabuelos, etc. Por cada generación que retrocedamos, tendremos el doble de antepasados direc­tos. Cabe advertir que este problema guarda mucha semejan­za con el del ajedrez persa. Si, por ejemplo, cada 25 años sur­ge una nueva generación, entonces 64 generaciones atrás serán 64 X 25 = 1.600 años, es decir, justo antes de la caída del imperio romano. De este modo (véase recuadro) cada uno de los que ahora vivimos tenía en el año 400 unos 18,5 trillones de antepasados directos..., o así parece. Y eso sin hablar de los parientes colaterales. Ahora bien, esa cifra supera con cre­ces la población de la Tierra en cualquier época; es muy su­perior incluso al número acumulado de seres humanos naci­dos a lo largo de toda la historia de nuestra especie. Algo falla en nuestro cálculo. ¿Qué es? Bueno, hemos supuesto que to­dos esos antepasados directos eran personas diferentes. Sin embargo, no es ése el caso. Un mismo antepasado se encuen­tra emparentado con nosotros por numerosas vías diferentes. Nos hallamos vinculados de forma repetida y múltiple con cada uno de nuestros parientes, y muchísimo más con los an­tepasados remotos.

Algo parecido sucede con el conjunto de la población humana. Si retrocedemos lo suficiente, dos personas cuales­quiera de la Tierra encontrarán un antepasado común. Siem­pre que sale elegido un nuevo presidente de Estados Unidos, alguien —generalmente un inglés— descubre que el nuevo mandatario está emparentado con la reina o el rey de Inglate­rra. Se considera que esta circunstancia liga a los pueblos de habla inglesa. Cuando dos personas proceden de una misma nación o cultura, o del mismo rincón del mundo, y sus ge­nealogías están bien trazadas, es probable que se acabe por descubrir a su último antepasado común. En cualquier caso, las relaciones están claras: todos los habitantes de la Tierra somos primos.

Los crecimientos exponenciales aparecen también co­rrientemente asociados al concepto de «vida media». Un ele­mento radiactivo «padre» —plutonio, por ejemplo, o radio— se descompone en otro elemento «hijo», tal vez menos peli­groso. Ahora bien, no lo hace de forma inmediata, sino esta­dística. Al cabo de cierto tiempo la desintegración ha afectado a la mitad de los átomos, y a este periodo se le denomina vi­da media. La mitad de lo que queda se desintegra en otra vida media, y la mitad del resto en una nueva vida media, etc. Por ejemplo, si la vida media fuese de un año, la mitad se desinte­graría en un año, la mitad de la mitad, o todo menos un cuar­to, desaparecería en dos años, todo menos un octavo en tres años, todo menos una milésima en 10 años, etc. Los diferen­tes elementos tienen distintas vidas medias. La vida media es un criterio básico cuando se trata de decidir qué se hace con los residuos radiactivos de las centrales nucleares o cuando se considera la lluvia radiactiva en una guerra atómica. Repre­senta una decadencia exponencial, del mismo modo que el ajedrez persa supone un crecimiento exponencial.

La desintegración radiactiva es uno de los métodos princi­pales para datar el pasado. Si podemos medir en una muestra la cantidad de material radiactivo padre y la cantidad de mate­rial hijo producto de la desintegración, cabe determinar la an­tigüedad de esa muestra. Es así como hemos descubierto que el llamado Santo Sudario de Turín no es la sábana con que se envolvió el cuerpo de Jesús, sino un engaño piadoso del si­glo XIV (cuando fue denunciado como tal por las autoridades eclesiásticas), que los seres humanos prendían hogueras hace millones de años, que los fósiles más antiguos de la Tierra tie­nen al menos 3.500 millones de años, y que la edad de nuestro planeta es de 4.600 millones de años. El cosmos es, desde lue­go, miles de millones de años más viejo. Cuando uno com­prende los crecimientos exponenciales, tiene en sus manos la clave de muchos de los secretos del universo.

Conocer algo de forma meramente cualitativa es cono­cerlo de manera vaga. Si tenemos conocimiento cuantitativo —captando alguna medida numérica que lo distinga de un número infinito de otras posibilidades— estamos comen­zando a conocerlo en profundidad, comprendemos algo de su belleza y accedemos a su poder y al conocimiento que proporciona. El miedo a la cuantificación supone limitarse, renunciar a una de las perspectivas más firmes para entender y cambiar el mundo.


 

 

3.     LOS CAZADORES DE LA NOCHE DEL LUNES

El instinto de la caza tiene [un] [...] origen remoto en la evolu­ción de la raza. El instinto cazador y el de lucha se combinan en muchas manifestaciones [...] Puesto que el afán sanguinario de los seres humanos es una parte primitiva de nosotros, resulta muy di­fícil erradicarlo, sobre todo cuando se promete como parte de la diversión una pelea o una cacería.

William James, Psychology, XXIV (1890)

No podemos evitarlo. Cada año, al comenzar el otoño, las tardes de los domingos y las noches de los lunes abando­namos todo para contemplar las pequeñas imágenes en movi­miento de 22 hombres que se acometen, caen, se levantan y dan patadas a un objeto alargado hecho con la piel de un animal. De vez en cuando, tanto los jugadores como los se­dentarios espectadores son presa de arrebatos de éxtasis o de desesperación ante el desarrollo del partido. Por todo el territorio estadounidense, personas (casi exclusivamente hom­bres) con la mirada fija en la pantalla de cristal vitorean o gruñen al unísono. Dicho así parece, sin embargo, una estu­pidez, pero una vez que nos aficionamos a ello resulta difícil resistirse. Lo sé por experiencia.

Los atletas corren, saltan, golpean, tiran, lanzan, chutan, se agarran..., y es emocionante ver a seres humanos hacerlo tan bien. Luchan hasta caer al suelo. Se afanan en recoger o golpear con un palo o con el pie algo de color pardo o blan­co que se mueve con rapidez.

En algunos juegos, tratan de dirigir esa cosa hacia lo que llaman «portería»; en otros, los participantes salen corriendo y luego vuelven a «casa». El trabajo en equipo lo es casi todo, y admiramos cómo encajan las diferentes partes para formar un conjunto maravilloso.

Ahora bien, la mayoría de nosotros no nos ganamos la vida con estas destrezas. ¿Por qué nos atrae tanto ver a otros correr o chutar? ¿Por qué es transcultural esta necesidad? (Los antiguos egipcios, los persas, los romanos, los mayas y los aztecas también jugaban a la pelota; el polo es de origen tibetano.)

Hay estrellas del deporte que ganan cincuenta veces el sa­lario anual del presidente de Estados Unidos; los hay que, tras retirarse, consiguen ser elegidos para ocupar altos cargos. Son héroes nacionales. ¿Por qué, exactamente? Existe aquí algo que trasciende la diversidad de los sistemas políticos, so­ciales y económicos. Algo muy antiguo.

La mayor parte de los principales deportes se hallan aso­ciados con una nación o con una ciudad y son símbolo de patriotismo y de orgullo cívico. Nuestro equipo nos repre­senta —en tanto pueblo— frente a otros individuos de al­gún lugar diferente, habitado por seres extraños y, quizás, hostiles. (Cierto que la mayoría de «nuestros» jugadores no son realmente «nuestros». Se trata de mercenarios que, sin reparo alguno, abandonan el equipo de una ciudad para ingresar en el rival: un jugador de los Pirates [piratas] de Pittsburgh se convierte en miembro de los Angels [ánge­les] de California; un integrante de los Padres de San Diego asciende a la categoría de miembro de los Cardinals [car­denales] de St. Louis; un Warrior [guerrero] de California es coronado como uno más de los Kings [reyes] de Sacramento. En ocasiones, todo un equipo emigra a otra ciudad.)

Una competición deportiva es un conflicto simbólico apenas enmascarado. No se trata de ninguna novedad. Los cherokee llamaban «hermano pequeño de la guerra» a su propia versión de lacrosse* Y ahí están las palabras de Max Rafferty, ex superintendente de instrucción pública de Ca­lifornia, quien, tras calificar a los enemigos del fútbol ame­ricano universitario de «imbéciles, inútiles, rojos y melenudos extravagantes y charlatanes», llegó a decir: «Los futbolistas [...] poseen un espléndido espíritu combativo que es América misma.» (Merece la pena reflexionar sobre la cuestión.)

A menudo se cita la opinión del difunto entrenador Vince Lombardi, quien afirmó que lo único que importa es ganar. George Allen, ex entrenador de los Redskins [pieles rojas] de Washington, lo expresó de esta manera: «Perder equivale a morir.»

Hablamos de ganar y perder una guerra con la misma na­turalidad con que se habla de ganar y perder un partido. En un anuncio televisivo del ejército norteamericano aparece un carro de combate que destruye a otro en unas maniobras, después de lo cual el jefe del vehículo victorioso dice: «Cuan­do ganamos, no gana una sola persona, sino todo el equipo.» La relación entre deporte y combate resulta por demás clara. Los fans (abreviatura de «fanáticos») llegan a cometer toda clase de desmanes, incluso a matar, cuando se sienten vejados por la derrota de su equipo, se les impide celebrar la victoria o consideran que el arbitro ha cometido una injusticia.

En 1985, la primera ministra británica no pudo por me­nos que denunciar la conducta agresiva de algunos de sus com­patriotas aficionados al fútbol, que atacaron a grupos de se­guidores italianos por haber tenido la desfachatez de aplaudir a su propio equipo. Las tribunas se vinieron abajo y murie­ron docenas de personas. En 1969, después de tres encarni­zados partidos de fútbol, carros de combate de El Salvador cruzaron la frontera de Honduras y bombarderos de aquel país atacaron puertos y bases militares de éste. En esta «gue­rra del fútbol», las bajas se contaron por millares.

Las tribus afganas jugaban al polo con las cabezas corta­das de sus enemigos, y hace 600 años, en lo que ahora es Ciu­dad de México, había un campo de juego donde, en presencia de nobles revestidos de sus mejores galas, competían equipos uniformados. El capitán del equipo perdedor era decapitado y su cráneo expuesto con los de sus antecesores (se trataba, probablemente, del más apremiante de los acicates).

Supongamos que, sin tener nada mejor que hacer, salta­mos de un canal de televisión a otro sirviéndonos del mando a distancia y aparece una competición en la que no estemos emocionalmente interesados, como puede ser un partido amistoso de voleibol entre Birmania y Tailandia. ¿Cómo de­cide uno por qué equipo se inclina? Ahora bien, ¿por qué in­clinarse por uno u otro, por qué no disfrutar sencillamente del juego? A la mayoría nos cuesta adoptar esta postura neu­tral. Queremos participar en el enfrentamiento, sentirnos partidarios de un equipo. Simplemente nos dejamos arrastrar y nos inclinamos por uno de los competidores: «¡Hala, Bir­mania!» Es posible que en un principio nuestra lealtad oscile, primero hacia un equipo y luego hacia el otro. A veces opta­mos por el peor. Otras, vergonzosamente, nos pasamos al ga­nador si el resultado es previsible (cuando en un torneo un equipo pierde a menudo suele ser abandonado por muchos de sus seguidores). Lo que anhelamos es una victoria sin es­fuerzo. Deseamos participar en algo semejante a una pequeña guerra victoriosa y sin riesgos.

En 1996, Mahmoud Abdul-Rauf, base de los Nuggets [pepitas de oro] de Denver, fue suspendido por la NBA. ¿Por qué? Pues porque Abdul-Rauf se negó a guardar las supuestas debidas formas durante la interpretación prescriptiva del himno nacional. La bandera de Estados Unidos representaba para él un «símbolo de opresión» ofensivo para su fe musul­mana. La mayoría de los demás jugadores defendieron el de­recho de Abdul-Rauf a expresar su opinión, aunque no la compartían. Harvey Araton, prestigioso comentarista depor­tivo de The New York Times, se mostró extrañado. Interpre­tar el himno nacional en un acontecimiento deportivo «es, reconozcámoslo, una tradición absolutamente idiota en el mundo de hoy», explicó, «al contrario de cuando surgió, al comienzo de los partidos de béisbol durante la Segunda Gue­rra Mundial, nadie acude a un acontecimiento deportivo co­mo expresión de patriotismo». En contra de esto, yo diría que los acontecimientos deportivos tienen mucho que ver con cierta forma de patriotismo y de nacionalismo*.

Los primeros certámenes atléticos organizados de que se tiene noticia se celebraron en la Grecia preclásica hace 3.500 años. Durante los Juegos Olímpicos originarios las ciudades-estado en guerra hacían una tregua. Los Juegos eran más im­portantes que las contiendas bélicas. Los hombres competían desnudos. No se permitía la presencia de espectadoras. Hacia el siglo VIII a. de C., los Juegos Olímpicos consistían en ca­rreras (muchísimas), saltos, lanzamientos diversos (incluyen­do el de jabalina) y lucha (a veces a muerte). Aunque pruebas individuales, son un claro antecedente de los modernos de­portes de equipo.

También lo es la caza de baja tecnología. Tradicionalmente, la caza se considera un deporte siempre y cuando uno no se coma lo que captura (requisito de cumplimiento mucho más fácil para los ricos que para los pobres). Desde los pri­meros faraones, la caza ha estado asociada con las aristocra­cias militares. El aforismo de Oscar Wilde acerca de la caza británica del zorro, «lo indecible en plena persecución de lo incomible», expresa el mismo concepto dual. Los precursores del fútbol, el hockey, el rugby y deportes similares eran desdeñosamente denominados «juegos de la chusma», pues se los consideraba sustitutos de la caza, vedada a aquellos jó­venes que tenían que trabajar para ganarse la vida.

Las armas de las primeras guerras tuvieron que ser útiles cinegéticos. Los deportes de equipo no son sólo ecos estiliza­dos de antiguas contiendas, sino que satisfacen también un casi olvidado impulso cazador. Las pasiones que despiertan los deportes son tan hondas y se hallan tan difundidas que es muy probable que estén impresas ya no en nuestro cerebro, sino en nuestros genes. Los 10.000 años transcurridos desde la introducción de la agricultura no bastan para que tales pre­disposiciones se desvanezcan. Si queremos entenderlas, debe­mos remontarnos mucho más atrás.

La especie humana tiene centenares de miles de años de antigüedad (la familia humana, varios millones). Hemos lle­vado una existencia sedentaria —basada en la agricultura y en la domesticación de animales— sólo durante el último 3 % de este periodo, el que corresponde a la historia conocida. En el 97 % inicial de nuestra presencia en la Tierra cobró existen­cia casi todo lo que es característicamente humano. Así, un poco de aritmética acerca de nuestra historia sugiere que las pocas comunidades supervivientes de cazadores-recolectores que no han sido corrompidas por la civilización pueden de­cirnos algo sobre aquellos tiempos.

Vagamos con nuestros pequeños y todos los enseres a la es­palda, siguiendo la caza, en busca de pozas. Por un tiempo, establecemos un campamento y luego partimos. Para propor­cionar comida al grupo, los hombres se dedican principalmente a cazar y las mujeres a recolectar vegetales. Carne y patatas. Una típica, banda nómada, por lo general formada por parientes, cuenta con unas pocas docenas de individuos; aunque anualmente muchos centenares de nosotros, con la misma len­gua y cultura, nos reunimos para celebrar ceremonias religio­sas, comerciar, concertar matrimonios y narrar historias. Hay muchas historias acerca de la caza.

Me concentro aquí en los cazadores, que son hombres. Ahora bien, las mujeres poseen un significativo poder social, económico y cultural. Recogen bienes esenciales nueces, fru­tos, tubérculos y raíces—, así como hierbas medicinales, cazan pequeños animales y proporcionan información estratégica so­bre los movimientos de los animales grandes. Los hombres también dedican parte de su tiempo a la recolección y a las ta­reas «domésticas» (aunque no hay viviendas fijas). Pero la caza sólo para alimentarse, nunca por deportees la ocu­pación permanente de todo varón sano.

Los chicos preadolescentes acechan con sus arcos y flechas aves y pequeños mamíferos. Para cuando llegan a adultos ya son expertos en procurarse armas, en cazar, descuartizar la presa y llevar al campamento los trozos de carne. El primer mamífero grande cobrado por un joven señala la mayoría de edad de éste. En su iniciación, lo marcan en el pecho o en los brazos con incisiones ceremoniales y frotan los cortes con hier­bas para que, cuando cicatricen, quede un tatuaje. Son como condecoraciones de campaña; basta observar su pecho para hacernos una idea de su experiencia en combate.

A partir de una maraña de huellas de pezuñas podemos deducir exactamente cuántos animales pasaron, la especie, el sexo y la edad, si alguno está lisiado, cuánto tiempo hace que cruzaron y a qué distancia se encuentran. Capturamos algu­nas piezas jóvenes en campo abierto mediante lazos, hondas, bumeranes o pedradas certeras. Podemos acercarnos con au­dacia y matar a estacazos a los animales que todavía no han aprendido a temer a los hombres. A distancias mayores, con­tra presas más cautelosas, lanzamos venablos o flechas enve­nenadas. A veces estamos de suerte y con una diestra acometida tendemos una emboscada a toda una manada o logramos que se precipite por un tajo.

Entre los cazadores resulta esencial el trabajo en equipo. Para no asustar a la presa, hemos de comunicarnos mediante el lenguaje de los signos. Por la misma razón, tenemos que dominar nuestras emociones; tanto el miedo como el júbilo resultan peligrosos. Nuestros sentimientos hacia la presa son ambivalentes. Respetamos a los animales, reconocemos nues­tro parentesco, nos identificamos con ellos. Ahora bien, si re­flexionamos demasiado acerca de su inteligencia o su devo­ción por las crías, si nos apiadamos de ellos, si los reconocemos en exceso como parientes nuestros, se debilitará nuestro afán por la caza; conseguiremos menos alimento y pondremos en peligro a nuestra gente. Estamos obligados a marcar una dis­tancia emocional entre nosotros y ellos.

Tenemos que considerar, pues, que durante millones de años nuestros antepasados varones fueron nómadas que lanza­ban piedras contra las palomas, corrían tras las crías de antílope y las derribaban a fuerza de músculos, o formaban una sola lí­nea de cazadores que gritando y corriendo trataban de espantar una manada de jabalís verrugosos. Sus vidas dependían de la destreza cinegética y del trabajo en equipo. Gran parte de su cultura estaba tejida en el telar de la caza. Los buenos cazado­res eran también buenos guerreros. Luego, tras un largo perio­do —tal vez unos cuantos miles de siglos—, muchos varones iban a nacer con una predisposición natural para la caza y el trabajo en equipo. ¿Por qué? Porque los cazadores incompe­tentes o faltos de entusiasmo dejaban menos descendencia.

No creo que el modo de aguzar la punta de piedra de una lanza o de emplumar una flecha esté impreso en nuestros ge­nes, pero apuesto a que sí lo está la atracción por la caza. La selección natural contribuyó a hacer de nuestros antepasados unos soberbios cazadores.

La más clara prueba del éxito del estilo de vida del cazador-recolector es el simple hecho de que se extendió por seis continentes y duró millones de años (por no mencionar las tendencias cinegéticas de primates no humanos). Estos nú­meros hablan con elocuencia.

Tales inclinaciones tienen que seguir presentes en noso­tros después de 10.000 generaciones en las que matar anima­les fue nuestro valladar contra la inanición. Y ansiamos ejer­cerlas, aunque sea a través de otros. Los deportes de equipo proporcionan una vía.

Una parte de nuestro ser anhela unirse a una minúscula banda de hermanos en un empeño osado e intrépido. Pode­mos advertirlo incluso en los videojuegos y juegos de rol tan populares entre los varones preadolescentes y adolescentes. Todas las virtudes masculinas tradicionales —laconismo, maña, sencillez, precisión, estabilidad, profundo conoci­miento de los animales, trabajo en equipo, amor por la vida al aire libre— eran conductas adaptativas en nuestra época de cazadores-recolectores.

Todavía admiramos estos rasgos, aunque casi hemos olvi­dado por qué.

Al margen de los deportes, son escasas las vías de escape accesibles. En nuestros varones adolescentes aún podemos reconocer al joven cazador, al aspirante a guerrero: salta por los tejados, conduce una moto sin casco, alborota en la cele­bración de una victoria deportiva. En ausencia de una mano firme, es posible que esos antiguos instintos se desvíen un tanto (aunque nuestra tasa de homicidios sigue siendo apro­ximadamente la misma que la de los cazadores-recolectores supervivientes). Tratamos de que ese afán residual por matar no se vuelque en seres humanos, algo que no siempre conse­guimos.

Me preocupa lo poderosos que pueden llegar a ser los instintos de la caza. Me inquieta que el fútbol de la noche del lunes no sea una vía de escape suficiente para el cazador moderno para ellos mismos por varias razones: porque sus econo­mías solían ser saludables (muchos disponían de más tiempo libre que nosotros); porque, como nómadas, tenían escasas posesiones y apenas conocían el hurto y la envidia; porque consideraban la codicia y la arrogancia no ya males sociales, sino algo muy próximo a la enfermedad mental; porque las mujeres poseían un auténtico poder político y tendían a constituir una influencia estabilizadora y apaciguadora antes de que los chicos varones echaran mano de sus flechas enve­nenadas, y porque, cuando se cometía un delito serio —un homicidio, por ejemplo— era el grupo quien, colectivamen­te, juzgaba y castigaba.

Muchos cazadores-recolectores organizaron democra­cias igualitarias. No había jefes. No existía una jerarquía po­lítica o corporativa por la que soñar en ascender. No había nadie contra quien rebelarse.

Así pues, varados como estamos a unos cuantos cente­nares de siglos de donde deberíamos estar, y viviendo como vivimos, aunque no por culpa nuestra, una época de conta­minación ambiental, jerarquía social, desigualdad económi­ca, armas nucleares y perspectivas menguantes, con las emo­ciones del pleistoceno pero sin las salvaguardias sociales de entonces, quizá pueda perdonársenos un poco de fútbol el lunes por la noche.

 

EQUIPOS Y TOTEMS

Los equipos asociados con ciudades tienen nombres: los Lions [leones] de Seibu, los Tigers [tigres] de Detroit, los Bears [osos] de Chicago. Leones, tigres y osos, águilas y págalos, llamas y soles... Tomando en consideración las diferencias ambientales y culturales, los grupos de cazadores-recolectores de todo el mundo ostentan nombres similares, a veces llamados tótems.

Durante los muchos años que pasó entre los !kung, bosquimanos del desierto de Kalahari, en

Botswana, el antropólogo Richard Lee elaboró una lista de tótems típicos (véase columna derecha del cuadro), por lo general anteriores al contacto con los europeos. Los Pies Cortos son, en mi opinión, primos de los Red Sox [medias rojas] y los White Sox [medias blancas]; los Luchadores, de los Raiders [asaltantes], los Gatos Monteses, de los Bengals [tigres de Bengala]; los Cortadores, de los Clippers [esquiladores]. Lógicamente, existen diferencias según los distintos estadios tecnológicos y, quizás, el diverso grado de modestia, autoconocimiento y sentido del humor. Es difícil imaginar un equipo de fútbol americano que se llamara los Diarreas, los Charlatanes (sería mi favorito, pues estaría formado por hombres sin problemas de autoestima) o los Dueños (en este caso la gente pensaría de inmediato en los jugadores que lo integrasen, lo que causaría no poca consternación a los auténticos propietarios del club).

 

De arriba abajo se relacionan nombres «totémicos» dentro de las siguientes categorías: aves, peces, mamíferos y otros animales; plantas y minerales; tecnología; personas, indumentaria y ocupaciones; alusiones míticas, religiosas, astronómicas y geológicas, y colores.

Equipos de baloncesto de la NBA de Estados Unidos

 

Equipos de fútbol americano de la liga nacional de Estados Unidos

Equipos de la primera división de Béisbol de Japón

 

Equipos de la primera división de béisbol de Estados Unidos

 

Nombres de grupos !Kung

 

 

Halcones

Cardenales

Halcones

Arrendajos

Osos Hormigueros

Rapaces

Águilas

Golondrinas

Cardenales

Elefantes

Gamos

Halcones

Carpas

Oropéndolas

Jirafas

Toros

Cuervos

Búfalos

Mantarrayas

Impalas

Osos Grises

Págalos

Leones

Merlines'

Chacales

Lobos Grises

Delfines

Tigres

Cachorros

Rinocerontes

Avispas

Osos

Ballenas

Tigres

Antílopes

Pepitas de Oro

Tigres de Bengala

Estrellas de Mar

Serpientes de Cascabel

Gatos Monteses

Esquiladores

Picos

Bravos

Expos

Hormigas

Calor

Broncos

Luchadores

Bravos

Piojos

Pistones

Potros

Marinos

Cerveceros

Escorpiones

Cohetes

Jaguares

Dragones Gigantes

Regateros

Tortugas

Espuelas

 Leones

Oriones

 Indios

Melones Amargos

Supersónicos

Panteras

Ola Azul

Gemelos

Raíces Largas

Jinetes

Arietes

 

Yanquis

Raíces Medicinales

Celtas

Reactores

 

Medias Rojas

Enyugados

Reyes

Bucaneros

 

Medias Blancas

Cortadores

Antiguos Holandeses

Corceles

 

Atletas

Charlatanes

Inconformistas

Adalides

 

Metropolitanos

Fríos

Lacustres

Vaqueros

 

Reales

Diarreas

Encestadores

Los del 49

 

Filadelfienses

Luchadores Miserables

Trotadores

Petroleros

 

Piratas

Luchadores

Los del 76

Embaladores

 

Marineros

Dueños

Pioneros

Patriotas

 

Batidores

Penes

Guerreros

Asaltantes

 

Gigantes

Pies Cortos

Jazz

Píeles Rojas

 

Ángeles

 

Mágicos

Santos

 

Padres

 

Soles

Metalúrgicos

 

Astros

 

Brujos

Vikingos

 

Rocosos

 

 

Gigantes

 

Rojos

 

 

Pardos

 

 

 


 

4.     LA MIRADA DE DIOS ,   Y EL GRIFO QUE GOTEA

Cuando te alzas por el horizonte oriental, colmas cada comarca con tu belleza [...]. Aunque te halles lejos, tus rayos están en la Tierra

Eknatón, Himno al Sol (h. 1370 a. de C.)

En el Egipto faraónico de la época de Eknatón, la ahora extinguida religión monoteísta que adoraba al Sol considera­ba que la luz era la mirada de Dios. Por aquel entonces la vi­sión se concebía como una especie de emanación que proce­día del ojo. La vista era algo así como un radar, que alcanzaba y tocaba los objetos contemplados. El Sol —sin el cual poco más que las estrellas resultaba visible— bañaba, iluminaba y calentaba el valle del Nilo. Habida cuenta de la física del tiempo y de la existencia de una generación de adoradores del Sol, tenía cierto sentido describir la luz como la mirada de Dios. Tres mil trescientos años más tarde, una metáfora más profunda, aunque mucho más prosaica, proporciona una mejor comprensión de la luz.

Estamos sentados en la bañera y el grifo gotea. Una vez cada segundo, por ejemplo, una gota cae en la tina. Esta gota genera una onda que se extiende formando un círculo perfec­to y bello, y cuando llega a los bordes de la bañera rebota. La onda reflejada es más débil y después de uno o más rebotes ya no logramos distinguirla.

Nuevas ondas llegan a los límites de la bañera, cada una provocada por otra gota que cae del grifo. Un pato de goma sube y baja al paso de cada onda. El nivel del agua está clara­mente un poco más alto en la cresta de la onda que se mueve y algo más bajo en el valle entre dos crestas.

La «frecuencia» de una onda es sencillamente el tiempo transcurrido entre el paso de dos crestas por el punto de ob­servación, en este caso, un segundo. Como cada gota crea una onda, la frecuencia equivale al ritmo de goteo. La longi­tud de onda es sencillamente la distancia entre crestas sucesi­vas, en este caso del orden de 10 centímetros. Ahora bien, si cada segundo pasa una onda y median 10 centímetros entre una y otra, su velocidad es de 10 centímetros por segundo. La velocidad de una onda, concluimos después de reflexionar por un instante, es la frecuencia multiplicada por la longitud de onda.

Las ondas en una bañera y las olas del océano son bidimensionales; se propagan como círculos sobre la superficie del agua a partir de un punto. Las ondas sonoras, en cambio, son tridimensionales, es decir, se difunden por el aire en to­das direcciones a partir de su punto de origen. En las crestas de una onda sonora el aire está algo comprimido; en los va­lles, el aire se enrarece. Nuestro oído detecta esas diferencias de presión. Cuanto más a menudo llegan (cuanto mayor es la frecuencia), más agudo es el tono.

Los tonos musicales dependen exclusivamente de la fre­cuencia de las ondas sonoras. La nota do mayor es el tono correspondiente a 263 vibraciones por segundo (los físicos dirían 263 hercios)*. ¿Cuál sería la longitud de onda del do mayor? ¿Qué distancia habría entre cresta y cresta si las ondas sonoras fuesen visibles? Al nivel del mar, el sonido se desplaza a unos 340 metros por segundo (1.224 kilómetros por hora). Al igual que en la bañera, la longitud de onda será la velocidad de la onda dividida por la frecuencia, alrededor de 1,3 metros para el do mayor (aproximadamente la estatu­ra de un niño de nueve años).

Existe una suerte de acertijo concebido para confundir a la ciencia y que dice algo así: «¿Qué es un do mayor para una persona sorda de nacimiento?» Pues lo mismo que para el resto de nosotros: 263 hercios, una frecuencia determina­da y única correspondiente a esta nota y a ninguna otra. Si uno no es capaz de oírla directamente, puede percibirla de forma inequívoca con un amplificador de sonido y un osciloscopio. Claro está que se trata de una experiencia distinta de la percepción humana habitual de las ondas sonoras, por­que emplea la vista en lugar del oído, pero ¿qué más da? Toda la información se encuentra allí. Es posible captar acor­des, staccato, pizzicato y timbre. Podemos asociarla con las otras veces que hayamos «oído» el do mayor. Tal vez la re­presentación electrónica del do mayor no sea comparable en lo emotivo a la sensación auditiva, pero incluso esto puede ser cuestión de experiencia. Dejando al margen genios como Beethoven, uno puede ser más sordo que una tapia y aun así «experimentar» la música.

Ésta es también la solución de un antiguo enigma: si un ár­bol cae en el bosque pero no hay allí nadie para oírlo, ¿se pro­duce un sonido? Desde luego que no, si definimos el sonido en términos de un oyente. Pero ésta es una definición excesi­vamente antropocéntrica. Resulta evidente que, si el árbol cae, creará ondas sonoras que puede detectar, por ejemplo, una grabadora; al reproducirlas reconoceremos el sonido de un ár­bol al caer en un bosque. No hay ningún misterio en ello.

Pero el oído humano no es un detector perfecto. Existen frecuencias (por debajo de 20 oscilaciones por segundo) que son demasiado bajas para que podamos oírlas, aunque las ballenas se comunican perfectamente en esos tonos. De igual manera, hay frecuencias (por encima de las 20.000 oscilacio­nes por segundo) demasiado altas para el oído humano, si bien los perros las detectan sin dificultad (recordemos que responden cuando se los llama con un silbato ultrasónico). Existen dominios sonoros —un millón de oscilaciones por segundo, por ejemplo- que son y serán siempre inaccesibles a la percepción humana directa. Aunque nuestros órganos sensoriales están magníficamente adaptados, tienen limitacio­nes físicas fundamentales.

Es natural que nos comuniquemos a través del sonido. Otro tanto hacen nuestros parientes primates. Somos grega­rios y mutuamente interdependientes; tras nuestro talento comunicativo subyace, pues, una auténtica necesidad. A lo largo de los últimos millones de años nuestro cerebro creció a un ritmo sin precedentes, y en la corteza cerebral se desarrollaron regiones especializadas en el lenguaje. Nuestro vo­cabulario se multiplicó, con lo que cada vez pudimos expre­sar más cosas mediante sonidos.

En nuestra etapa de cazadores-recolectores el lenguaje se hizo esencial para planificar las actividades de la jornada, educar a los niños, forjar amistades, advertir a los demás del peligro y sentarnos en torno al fuego después de cenar para contarnos relatos bajo el cielo estrellado. Con el tiempo in­ventamos la escritura fonética, que permitió trasladar los so­nidos al papel y con ello, sólo con mirar una página, oír la voz de alguien dentro de nuestra cabeza (una invención tan difundida en los últimos milenios que apenas nos hemos pa­rado a considerar lo sorprendente que es). En realidad, el len­guaje no es una forma de comunicación instantánea: cuando emitimos un sonido, creamos ondas que se desplazan por el aire a una velocidad finita. A efectos prácticos, sin embargo, sí lo es. Por desgracia, nuestros gritos no llegan muy lejos. Es sumamente difícil mantener una conversación coherente con alguien situado a sólo 100 metros de distancia.

Hasta hace relativamente poco tiempo la densidad de la población humana era muy baja. Apenas había razón para co­municarse con nadie a más de 100 metros de distancia. Fuera de los miembros de nuestro grupo familiar nómada, pocos se acercaban lo suficiente para comunicarse con nosotros. En las raras ocasiones en que esto sucedía, reaccionábamos por lo ge­neral de manera hostil. El etnocentrismo —la idea de que nuestro pequeño grupo, sea cual fuere, es mejor que cualquier otro— y la xenofobia —ese miedo al extraño que induce a «disparar primero y preguntar después»— se hallan profunda­mente arraigados en nosotros. No son en modo alguno priva­tivos de nuestra especie; todos nuestros parientes simios se comportan de manera similar, al igual que muchos otros ma­míferos. Estas actitudes están auspiciadas o, como mínimo, acentuadas por las cortas distancias a las que es posible la co­municación.

Cuando dos grupos humanos se mantienen aislados du­rante largos periodos de tiempo, uno y otro comienzan a evolucionar lentamente en direcciones distintas. Los guerre­ros del grupo vecino, por ejemplo, empiezan a lucir pieles de ocelote en vez del tocado de plumas de águila que, como todo el mundo sabe, es lo correcto, elegante y decoroso. Su lenguaje comienza a diferenciarse del nuestro, sus dioses tie­nen nombres raros y exigen ceremonias y sacrificios extra­ños. El aislamiento suscita diversidad, y tanto la baja densi­dad de población como el limitado radio de comunicaciones garantiza el aislamiento. La familia humana —originada en un pequeño enclave del África oriental hace unos pocos mi­llones de años— se desperdigó, se separó y diversificó, y los otrora vecinos se tornaron extraños.

La inversión de esta tendencia —el movimiento hacia la confraternización y la reunificación de las tribus desperdiga­das de la familia humana, la integración de la especie— ha te­nido lugar sólo en tiempos recientes y gracias a los avances tecnológicos. La domesticación del caballo nos permitió en­viar mensajes (y trasladarnos) a centenares de kilómetros en pocos días. Los progresos en la navegación a vela hicieron posible viajar a los más remotos rincones del planeta (aunque de forma todavía muy lenta: en el siglo XVIII hacían falta unos dos años para llegar por agua de Europa a China). Por aquel entonces, comunidades humanas muy alejadas entre sí podían enviarse embajadores e intercambiar productos de im­portancia económica. Sin embargo, para la gran mayoría de los chinos del siglo XVIII, los europeos no habrían resultado más exóticos de haber vivido en la Luna, y otro tanto puede decirse de los europeos respecto a los chinos. La integración y la desprovincialización auténticas del planeta requerían una tecnología que comunicase mucho más deprisa que el caballo o el barco de vela, que transmitiese información a todo el mundo y que fuese lo bastante barata para resultar accesible (al menos esporádicamente) al individuo medio. Semejante tecnología comenzó a hacerse realidad con la invención del telégrafo y el tendido de cables submarinos; se desarrolló so­bremanera con la llegada del teléfono, que empleaba el mis­mo tipo de cables, y luego proliferó enormemente con la aparición de la radio, la televisión y los satélites de comunica­ciones.

En la actualidad nos comunicamos de manera rutinaria e indiferente (sin detenernos siquiera a pensar en ello) a la ve­locidad de la luz. Pasar de la velocidad del caballo o del bar­co de vela a la de la luz supone multiplicar por casi cien mi­llones. Por razones de física fundamental formuladas en la teoría especial de la relatividad de Einstein, sabemos que no hay forma de enviar información a velocidades superiores a la de la luz. En un siglo hemos llegado al límite. La tecnolo­gía es tan poderosa, y sus repercusiones tienen tan largo al­cance, que nuestras sociedades aún no se han amoldado a la nueva situación.

Siempre que hacemos una llamada telefónica al otro lado del océano podemos advertir un breve intervalo desde que acabamos de formular una pregunta hasta que la persona con quien hablamos empieza a responder. Esa demora es el tiem­po que necesita el sonido de nuestra voz para entrar por el teléfono, correr por los hilos conductores, alcanzar una esta­ción transmisora, ser lanzado en forma de microondas hacia un satélite de comunicaciones situado en una órbita geosincrónica, ser enviado de vuelta a una estación receptora, co­rrer otro tramo por los hilos, hacer vibrar un diafragma en el teléfono de destino (tal vez al otro lado del mundo) para crear ondas sonoras en un exiguo volumen de aire, penetrar en el oído de alguien, transmitir un mensaje electroquímico del oído al cerebro y, finalmente, ser entendido.

El viaje de ida y vuelta entre la superficie de la Tierra y el satélite es de un cuarto de segundo. Cuanto más separados estén el emisor y el receptor mayor será la demora. En las conversaciones con los astronautas de los Apolos en la Luna, la demora entre pregunta y respuesta era mayor. La razón es que el viaje de ida y vuelta de la luz (o de las ondas de radio) entre la Tierra y la Luna dura 2,6 segundos. Se necesitan 20 minutos para recibir un mensaje de una nave favorablemente situada en órbita marciana. En agosto de 1989 recibimos imágenes de Neptuno, incluidas sus lunas y sus anillos, to­madas por la nave Voyager 2; eran datos que procedían de los confines del sistema solar y que, a la velocidad de la luz, tar­daron cinco horas en llegar hasta nosotros. Fue una de las co­municaciones a mayor distancia efectuadas por la especie hu­mana.

En muchos contextos, la luz se comporta como una onda. Imaginemos, por ejemplo, la que penetra en una habi­tación a oscuras a través de dos ranuras paralelas. ¿Qué ima­gen arroja en una pantalla tras las ranuras? Respuesta: una imagen de las ranuras, más exactamente, una serie de bandas paralelas (lo que los físicos llaman un «patrón de interferen­cia»). En vez de desplazarse como una bala en línea recta, las ondas se propagan desde las dos ranuras con ángulos diver­sos. Allí donde coinciden dos crestas, tenemos una imagen luminosa de la ranura: una interferencia «constructiva»; y allí donde coinciden una cresta y un valle, tenemos oscuridad: una interferencia «destructiva». Éste es el comportamiento propio de una onda. Observaríamos lo mismo tratándose de olas que atravesaran dos agujeros abiertos en la pared de un dique al nivel de la superficie del agua.

Sin embargo, la luz también se comporta como un cho­rro de diminutos proyectiles, denominados fotones. Así se explica el funcionamiento de una célula fotoeléctrica ordina­ria (como las que se incorporan en cámaras y calculadoras). Cada fotón que incide hace saltar un electrón de una superfi­cie fotosensible; muchos fotones generan muchos electrones, un flujo de corriente eléctrica. ¿Cómo es posible que la luz sea simultáneamente una onda y una partícula? Tal vez resul­te más adecuado pensar en otra cosa, ni onda ni partícula, algo que no tenga equivalencia inmediata en el mundo coti­diano de lo palpable, y que en unas circunstancias comparta las propiedades de una onda y en otras las de una partícula. Esta dualidad onda-partícula constituye otro recordatorio de un hecho crucial que para nosotros es una cura de humildad: la naturaleza no siempre se somete a nuestras predisposicio­nes y preferencias por lo que estimamos cómodo y fácil de entender.

Ahora bien, a casi todos los efectos la luz es similar al so­nido. Las ondas luminosas son tridimensionales, poseen una frecuencia, una longitud de onda y una velocidad (la de la luz). Pero, cosa sorprendente, no requieren para su propaga­ción un medio como el agua o el aire. La luz procedente del Sol y de estrellas lejanas llega hasta nosotros a pesar de que el espacio intermedio es un vacío casi perfecto. En el espacio, los astronautas sin contacto por radio son incapaces de oírse aunque sólo los separen unos centímetros. No existe aire que transporte el sonido. Sin embargo, pueden verse perfecta­mente. Si quieren oírse tendrán que hacer que sus cascos se toquen. Extraigamos el aire de nuestra habitación y no con­seguiremos oír a ninguno de los presentes quejarse a causa de ello, aunque no nos resultará difícil verlos agitarse y dar bo­queadas.

La luz ordinaria y visible —aquella que captan nuestros ojos— tiene una frecuencia muy elevada, del orden de 600 billones (6 X 1014) de oscilaciones por segundo. Como la ve­locidad de la luz es de 30.000 millones (3 X 1010) de centíme­tros por segundo (300.000 kilómetros por segundo), la longi­tud de onda de la luz visible es aproximadamente de 30.000 millones dividido por 600 billones, es decir, 0,00005 (3 X 1010 / 6 X 1014 - 0,5 X 10-4) centímetros, algo demasiado pequeño para poder verlo (suponiendo que fuese posible iluminar las ondas luminosas mismas).

Así como las diferentes frecuencias de sonido son perci­bidas por los seres humanos como distintos tonos musicales, las diferentes frecuencias de luz son percibidas como colores distintos. La luz roja tiene una frecuencia del orden de 460 bi­llones (4,6 X 1012) de oscilaciones por segundo, y la luz viole­ta de 710 billones (7,1 X 1012) de oscilaciones por segundo. Entre ambas se encuentran los colores familiares del arco iris. Cada color corresponde a una frecuencia.

Como hicimos con la cuestión del significado de un tono musical para una persona sorda de nacimiento, podemos plantear la pregunta complementaria del significado del color para una persona ciega de nacimiento. De nuevo, la respues­ta es una frecuencia determinada y única, que puede medirse con un dispositivo óptico y percibirse, si se quiere, como un tono musical. Una persona ciega puede distinguir, con el adiestramiento y el equipamiento adecuados, entre el rosa, el rojo manzana y el rojo sangre. Si dispusiese de la docu­mentación espectrométrica necesaria sería capaz de distinguir más matices de color que el ojo humano no adiestrado. Sí, existe una sensación del rojo que las personas videntes perci­ben hacia los 460 billones de hercios. Pero no creo que tras esta sensación haya nada más. No existe ninguna magia en ello, por bello que resulte.

Igual que hay sonidos demasiado agudos y demasiado graves para que podamos oírlos, también existen frecuencias de luz, o colores, fuera de nuestro campo de visión, y que van desde las mucho más altas (cerca del trillón —1018— de oscilaciones por segundo para los rayos gamma) hasta las mucho más bajas (menos de una oscilación por segundo para las ondas largas de radio). Recorriendo el espectro lumínico, de las frecuencias más altas a las más bajas, podemos distin­guir bandas amplias denominadas rayos gamma, rayos X, luz ultravioleta, luz visible, luz infrarroja y ondas de radio. To­das viajan a través del vacío, y cada una es una clase de luz tan legítima como la luz visible ordinaria.

Para cada una de estas gamas de frecuencia existe una as­tronomía propia. El cielo adquiere un aspecto diferente con cada régimen de luz. Por ejemplo, hay estrellas brillantes que resultan invisibles en la banda de los rayos gamma. Pero las enigmáticas explosiones de estos rayos, detectadas por obser­vatorios orbitales al efecto son, sin excepción, casi completa­mente inapreciables en la banda de la luz visible ordinaria. Si contemplásemos el universo sólo en la banda visible —como hemos hecho durante la mayor parte de nuestra historia— ignoraríamos la existencia de fuentes de rayos gamma. Lo mismo puede decirse de las de rayos X, infrarrojos y ondas de radio (así como de las fuentes, más exóticas, de neutrinos y rayos cósmicos y, quizá, de ondas gravitatorias).

Estamos predispuestos en favor de la luz visible. Somos chovinistas en este aspecto, pues es la única clase de luz a la que nuestros ojos son sensibles. Ahora bien, si nuestro cuer­po pudiera transmitir y recibir ondas de radio, los seres hu­manos primitivos habrían conseguido comunicarse entre sí a grandes distancias; si ése hubiera sido el caso de los rayos X, nuestros antepasados habrían podido examinar el interior oculto de plantas, personas, otros animales y minerales. ¿Por qué, pues, la evolución no nos ha dotado de ojos sensibles a esas otras frecuencias lumínicas?

Cualquier material que escojamos absorbe la luz de cier­tas frecuencias, pero no de otras. Cada sustancia tiene sus propias inclinaciones. Existe una resonancia natural entre la luz y la química. Algunas frecuencias, como los rayos gam­ma, son absorbidas de forma indiscriminada por todos los materiales. La luz emitida por una linterna de rayos gamma sería absorbida con facilidad por el aire a lo largo de su tra­yectoria. Los rayos gamma procedentes del espacio, que tie­nen que atravesar la atmósfera terrestre, quedan enteramente absorbidos antes de llegar al suelo. Por lo que respecta a los rayos gamma, al nivel de la superficie reina la oscuridad (ex­cepto en torno a objetos tales como las armas nucleares). Si queremos ver rayos gamma procedentes del centro de la ga­laxia, debemos enviar nuestros instrumentos al espacio. Algo semejante sucede con los rayos X, la luz ultravioleta y la ma­yor parte de las frecuencias del infrarrojo.

Por otro lado, la mayoría de materiales absorbe mal la luz visible. El aire, por ejemplo, suele ser transparente a ella. Así pues, una de las razones de que veamos en la banda de frecuencias visible es que esta clase de luz atraviesa la atmós­fera hasta llegar a nosotros. Unos ojos aptos para rayos gam­ma tendrían un uso muy limitado en una atmósfera opaca a éstos. La selección natural sabe hacer bien las cosas.

La otra razón de que percibamos la luz visible es que el Sol concentra casi toda su energía en esta banda. Una estrella muy caliente emite principalmente en el ultravioleta. Una es­trella muy fría emite sobre todo en el infrarrojo. Pero el Sol, una estrella de temperatura media, consagra a la luz visible la mayor parte de su energía. Con una precisión notablemente alta, el ojo humano alcanza su sensibilidad máxima en la fre­cuencia correspondiente a la región amarilla del espectro, don­de el Sol es más brillante.

¿Es posible que los seres de algún otro planeta tengan una sensibilidad visual máxima a frecuencias muy distintas? No me parece probable. Casi todos los gases que abundan en el cosmos tienden a ser transparentes a la luz visible y opacos a las frecuencias próximas. Todas las estrellas, a ex­cepción de las más frías, concentran gran cantidad de su energía en las frecuencias visibles, si no la mayor parte de ellas. El hecho de que tanto la transparencia de la materia como la luminosidad de las estrellas opten por la misma gama reducida de frecuencias parece ser sólo una coinciden­cia que se deriva de las leyes fundamentales de la radiación, la mecánica cuántica y la física nuclear, y que se puede apli­car, por lo tanto, no sólo a nuestro sistema solar, sino a todo el universo.

Tal vez existan excepciones ocasionales, pero creo que los seres de otros mundos, si los hay, probablemente verán en la misma banda de frecuencias que nosotros*.

Si a nuestros ojos la vegetación es verde, se debe a que re­fleja la luz de este color y absorbe la roja y la azul. Podremos trazar un esquema del grado de reflexión de la luz según sus diferentes colores. Algo que absorba la luz azul y refleje la

 

 

roja se verá rojo; algo que absorba la luz roja y refleje la azul se verá azul. Vemos blanco un objeto cuando refleja todos los colores más o menos por igual. Esto vale también para los materiales grises y negros. La diferencia entre blanco y negro no es cuestión de color, sino de la cantidad de luz reflejada, de modo, pues, que no se trata de términos absolutos, sino relativos.

El material natural más brillante puede que sea la nieve recién caída. Sin embargo, sólo refleja el 75 % de la luz inci­dente. Los materiales más oscuros que podemos encontrar en la vida diaria —como el terciopelo negro— aún reflejan un pequeño porcentaje de la luz que incide sobre ellos. «Tan diferente como el negro y el blanco» es un dicho que contie­ne un error conceptual. Blanco y negro son fundamental­mente la misma cosa, la diferencia sólo estriba en la cantidad relativa de luz reflejada, no en su color.

Entre los seres humanos, la mayoría de «blancos» lo son bastante menos que la nieve recién caída (o incluso que un frigorífico de ese color), y la mayor parte de «negros» lo son menos que el terciopelo negro. Se trata de términos relativos, vagos, confusos.

La fracción de la luz incidente que refleja la piel humana (reflectancia) varía de modo considerable de un individuo a otro. La pigmentación de la piel se debe principalmente a una molécula orgánica llamada melanina, que el cuerpo ela­bora a partir de la tirosina, un aminoácido corriente en las proteínas. Los albinos padecen una anomalía hereditaria que impide la síntesis de melanina. Su piel y su pelo son de un blanco lechoso. El iris de sus ojos es rosado. Los animales al­binos son raros en la naturaleza porque, por un lado, su piel proporciona escasa defensa contra la radiación solar y, por otro, carecen de camuflaje protector. Los albinos no suelen vivir mucho tiempo.

En Estados Unidos, casi todo el mundo es moreno. Nuestras pieles reflejan algo más la luz del extremo rojo del espectro visible que la del extremo azul. Es tan absurdo des­cribir como «de color» a los individuos con un contenido elevado de melanina como calificar de «pálidos» a quienes lo tienen bajo.

Las diferencias significativas en la reflectancia de la piel sólo se manifiestan en la banda visible y en frecuencias inme­diatamente adyacentes. Los descendientes de europeos nórdi­cos y aquellos cuyos antepasados procedían del África central son igual de negros en el ultravioleta y en el infrarrojo, donde casi todas las moléculas orgánicas, y no sólo la melanina, ab­sorben la luz. Únicamente en la banda visible, donde muchas moléculas son transparentes, es posible la anomalía de la piel blanca. En la mayor parte del espectro todos los seres huma­nos somos negros*.

La luz solar se compone de una mezcla de ondas con fre­cuencias correspondientes a todos los colores del arco iris. Hay algo más de amarillo que de rojo o azul, lo que explica en parte el tono amarillo del Sol.

Todos estos colores inciden, por ejemplo, en el pétalo de una rosa. ¿Por qué entonces la rosa se ve roja? Porque todos los colores aparte del rojo son sustancialmente absorbidos por el pétalo. La mezcla de ondas luminosas incide sobre la rosa. Las ondas rebotan una y otra vez bajo la superficie del pétalo y, como sucedía en la bañera, tras cada rebote se amor­tiguan, pero en cada reflexión las ondas azules y amarillas son absorbidas más que las rojas.

El resultado neto es que se refleja más luz roja que de cualquier otro color, y es por esto por lo que percibimos la belleza de una rosa roja. Sucede lo mismo con las flores azu­les o violetas, sólo que en este caso son la luz roja y la amarilla las absorbidas con preferencia, en tanto que la azul y la violeta se reflejan.

Existe un pigmento orgánico responsable de la absorción de luz en flores tales como las rosas y las violetas, de colores tan característicos que han adoptado sus nombres. Se deno­mina antocianina. Curiosamente, una antocianina típica se torna roja en un medio ácido, azul en un medio alcalino y violeta en un medio neutro. Así, las rosas son rojas porque contienen antocianina y su medio interno es un tanto ácido, mientas que las violetas son azules porque contienen antocianina en un medio interno alcalino.

Los pigmentos azules son poco frecuentes en la naturale­za, tal como lo demuestra la rareza de las rocas o arenas azu­les en la Tierra y en los otros planetas. Los pigmentos azules son bastante complejos; las antocianinas están compuestas de unos veinte átomos, cada uno más pesado que el hidrógeno, dispuestos en una estructura específica.

Los seres vivos utilizan los colores de muchas maneras: para absorber la luz solar y, a través de la fotosíntesis, produ­cir alimento sólo a partir de aire y agua; para recordar a las aves que crían dónde están los gaznates de sus polluelos, para interesar a una pareja; para atraer a un insecto polinizador; para camuflarse y pasar inadvertidos, y, al menos entre los se­res humanos, para deleitarse con su belleza. Pero todo esto sólo es posible gracias a la física de las estrellas, la química del aire y la soberbia maquinaria del proceso evolutivo, que nos ha conducido a una armonía tan espléndida con nuestro en­torno físico.

Cuando estudiamos otros mundos, cuando examinamos la composición química de sus atmósferas o superficies —cuando intentamos comprender por qué es parda la bruma alta de Titán, una luna de Saturno, o rosado el terreno agrie­tado de Tritón, una luna de Neptuno— nos basamos en pro­piedades de las ondas luminosas, no muy diferentes de las del agua en la bañera. Dado que todos los colores que vemos —en la Tierra y en cualquier otra parte— sólo existen en fun­ción de aquellas longitudes de onda que se reflejan mejor, imaginar el Sol acariciando todo cuanto tiene a su alcance, concebir su luz como la mirada de Dios, es algo más que una idea poética. Pero quien quiera comprender mejor lo que su­cede hará bien en pensar en un grifo que gotea.


 

5.     CUATRO PREGUNTAS CÓSMICAS

Cuando en lo alto aún no habían recibido nombre los cielos,

ni mención tenía el firme suelo de abajo [...].

Ni estaba cubierta de cañizo una choza, ni existían marjales,

cuando aún no había divinidad alguna

que tuviera un nombre y cuyo destino se hallara determinado,

entonces surgieron los dioses...

Enuma. Elish,

Mito babilónico de la creación

(finales del tercer milenio a. de C.)*

Cada cultura tiene su mito de la creación, a través del cual se intenta comprender de dónde procede el universo y todo lo que contiene. Estos mitos pocas veces son algo más que cuen­tos concebidos por fabulistas. En nuestra época contamos también con un mito de la creación. Ahora bien, éste está ba­sado en pruebas científicas, y reza más o menos así...

Vivimos en un universo en expansión, cuya vastedad y antigüedad están más allá de la comprensión humana ordina­ria. Las galaxias que alberga se alejan precipitadamente unas de otras; son remanentes de una inmensa explosión, el Big Bang. Algunos científicos piensan que nuestro universo pue­de ser uno entre un vasto número —quizás infinito— de uni­versos mutuamente aislados. Puede que unos crezcan y se colapsen, nazcan y mueran, en un instante. Otros quizá se expandan eternamente. Algunos podrían estar equilibra­dos de manera sutil y sufrir un gran número —tal vez infini­to— de expansiones y contracciones. Nuestro propio universo o al menos su presente encarnación, se encuentra a unos 15.000 millones de años de su origen, el Big Bang.

Es posible que en esos otros universos las leyes de la natu­raleza sean diferentes y la materia adopte otras formas. En muchos de ellos, carentes de soles y de planetas e incluso de elementos químicos de complejidad superior a la del hidróge­no y el helio, sería imposible la vida. Otros podrían tener una complejidad, una diversidad y una riqueza superiores a las del nuestro. Si existen otros universos, tal vez nunca podamos de­sentrañar sus secretos y mucho menos visitarlos. Pero en el nuestro disponemos de materia suficiente en la que ocupar­nos. Nuestro universo contiene unos 100.000 millones de gala­xias, una de las cuales es la Vía Láctea. «Nuestra Galaxia», sole­mos decir, aunque desde luego no somos sus dueños. Está compuesta de gases, polvo y unos 400.000 millones de soles. Uno de éstos, situado en un oscuro brazo espiral, es el Sol, la estrella local (hasta donde sabemos, anodina, vulgar, corriente). En su viaje de 250 millones de años en torno al centro de la Vía Láctea, acompaña al Sol todo un séquito de pequeños mundos. Algunos son planetas, otros, satélites, asteroides o co­metas. Los seres humanos somos una de las 50.000 millones de especies que han prosperado y evolucionado en un pequeño planeta, el tercero a partir del Sol, al que llamamos Tierra. He­mos enviado naves para reconocer otros 70 mundos de nuestro sistema, y para penetrar en la atmósfera o posarse en la superfi­cie de cuatro: la Luna, Venus, Marte y Júpiter. Estamos com­prometidos en un empeño mítico.

La profecía es un arte perdido. A pesar de nuestro «an­sioso deseo de horadar la espesa oscuridad del futuro», para utilizar palabras de Charles McKay, no demostramos ser muy duchos en la materia. En ciencia, los descubrimientos más importantes son a menudo los más inesperados, y no una simple extrapolación de lo que ya sabemos. La razón es que la naturaleza es, de lejos, mucho más ingeniosa, sutil y brillante que los seres humanos. No deja de ser estúpido, pues, tratar de prever cuáles puedan ser los hallazgos más significativos en astronomía en las próximas décadas, el bos­quejo futuro de nuestro mito de la creación. Por otro lado, sin embargo, existen tendencias discernibles en el desarrollo de la instrumentación que sugieren al menos una perspectiva de descubrimientos pasmosos.

La elección por parte de cualquier astrónomo de los cua­tro problemas más interesantes sería idiosincrásica y conozco a muchos que se inclinarían por opciones diferentes de las mías.

Entre otros candidatos figuran la materia oculta que constituye el 90 % del universo (todavía no sabemos qué es), la identificación del agujero negro más próximo, la extraña conjetura de que las distancias entre galaxias están cuantizadas (es decir, que se encuentran a ciertas distancias y sus múl­tiplos, pero no a distancias intermedias), la naturaleza de las explosiones de rayos gamma (donde episódicamente estallan los equivalentes de sistemas solares enteros), la aparente paradoja de que la edad del universo pueda ser inferior a la de las estrellas más viejas (probablemente resuelta por la re­ciente conclusión, a partir de datos del telescopio espacial Hubble, de que el universo tiene 15.000 millones de años), la investigación en laboratorios terrestres de muestras cometa­rias, la búsqueda de aminoácidos interestelares y la naturale­za de las primeras galaxias.

A no ser que se produzcan grandes reducciones en los fondos destinados en todo el mundo a la astronomía y la exploración espacial —funesta posibilidad en modo alguno im­pensable— he aquí cuatro cuestiones extraordinariamente prometedoras*:

1. ¿Existió vida en Marte? El planeta Marte es hoy un de­sierto helado y muerto. Pero en toda su superficie se conser­van antiguos valles de origen claramente fluvial. Hay también indicios de antiguos lagos y quizás hasta océanos. Basándose en la abundancia de cráteres, cabe hacer una estimación apro­ximada del tiempo transcurrido desde que Marte dejó de ser cálido y húmedo. (El método ha sido calibrado a partir de los cráteres de la Luna y la datación radiactiva de las vidas medias de elementos presentes en muestras lunares traídas por los as­tronautas del proyecto Apolo.) La respuesta es 4.000 millones de años. Pero ésa es precisamente la época en que surgió la vida en la Tierra. ¿Es posible que hubiera dos planetas cerca­nos y de ambientes muy semejantes, pero que la vida sólo sur­giera en uno de ellos? ¿O quizás evolucionó la vida también en Marte, sólo para extinguirse cuando el clima cambió de ma­nera misteriosa? ¿O bien siguen existiendo oasis o refugios, quizá bajo la superficie, en los que persiste alguna forma de vida marciana? Marte nos plantea dos enigmas fundamentales: la posible existencia de vida pasada o presente, y la razón de que un planeta similar a la Tierra haya quedado aprisionado en una glaciación permanente. Esta última cuestión podría te­ner un interés práctico para el ser humano, una especie que se dedica afanosamente a explotar su propio entorno con un conocimiento muy pobre de las consecuencias de sus acciones.

Cuando el Viking se posó sobre Marte en 1976, husmeó la atmósfera y detectó muchos de los gases presentes en la at­mósfera terrestre —dióxido de carbono, por ejemplo— y una carencia de otros que son predominantes en nuestro pla­neta, como el ozono. Más aún, se determinó su composición isotópica y, en muchos casos, resultó ser diferente de la de la atmósfera terrestre. Habíamos descubierto la signatura de la atmósfera marciana.

Se divulgó entonces un hecho curioso. En la capa de hie­lo antártico, sobre las nieves congeladas, se habían descubier­to meteoritos (rocas procedentes del espacio), algunos antes de la época del Viking; otros, después. Todos habían caído en la Tierra antes de la misión Viking, en algunos casos hace de­cenas de miles de años. No fue difícil localizarlos en el blan­co casquete helado de la Antártida. En su mayor parte fueron enviados a lo que durante el proyecto Apolo había sido el La­boratorio de Recepción Lunar de Houston.

Por entonces el presupuesto de la NASA estaba muy men­guado, y durante años aquellos meteoritos no merecieron si­quiera un vistazo preliminar. Unos cuantos resultaron ser fragmentos lunares lanzados al espacio por un meteorito o co­meta que chocó contra nuestro satélite. Uno o dos procedían de Venus. Lo más sorprendente fue que varios de ellos, a juz­gar por la signatura atmosférica impresa en sus minerales, eran originarios de Marte.

En 1995-1996, científicos del Centro Johnson de Vuelos Espaciales de la NASA estudiaron por fin uno de los meteo­ritos —el ALH84001— de procedencia marciana. No parecía en modo alguno extraordinario; tenía todo el aspecto de una patata pardusca. Al examinar su microquímica se descubrie­ron ciertas especies moleculares orgánicas, principalmente hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP). No se trata de moléculas especialmente notables; su fórmula estructural se asemeja a los azulejos hexagonales de un cuarto de baño, y poseen un átomo de carbono en cada vértice. Se han detecta­do tanto en meteoritos ordinarios como en el polvo interes­telar, y se sospecha su presencia en Júpiter y en Titán. De ninguna manera son indicio de vida. Ahora bien, los HAP del meteorito antártico estaban en la matriz de la roca y no sólo en la superficie, lo que indicaba que no se trataba de contaminación por polvo terrestre (o por los gases de escape de los automóviles) sino que eran intrínsecos. Si bien la pre­sencia de HAP en meteoritos incontaminados no implica vida, también se encontraron minerales a veces asociados con ésta. El descubrimiento más sorprendente, sin embargo, fue el de lo que algunos científicos denominan nanofósiles, peque­ñas esferas conectadas de un modo que recuerda las colonias bacterianas terrestres. Ahora bien, ¿podemos tener la seguri­dad de que no hay minerales terrestres o marcianos que ten­gan formas similares? ¿Es suficiente la evidencia? Respecto de los ovnis, he recalcado durante años que las afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias. La evi­dencia de vida en Marte aún no lo es.

Se trata, no obstante, de un punto de partida que nos re­mite a otros meteoritos marcianos y a otras partes de éste en concreto. Sugiere asimismo la búsqueda en los bancos de hie­lo antárticos de meteoritos de naturaleza diferente. Nos indi­ca que debemos investigar no sólo las rocas marcianas pro­fundamente enterradas, sino también las más superficiales. Nos impulsa a reconsiderar los enigmáticos resultados de los experimentos biológicos del Viking, algunos de los cuales lle­varon a unos pocos científicos a anunciar la presencia de vi­da. Nos anima a enviar naves espaciales a zonas específicas de Marte que podrían haber sido las últimas en enfriarse y dese­carse. Se abre así todo un nuevo campo: el de la exobiología marciana.

Si tuviésemos la inmensa suerte de hallar un simple mi­crobio en Marte, se daría la maravillosa circunstancia de dos planetas próximos que habrían albergado vida en la misma era arcaica. Es verdad que la vida pudo ser transportada de un mundo a otro por el impacto de un meteorito y no haber­se originado de manera independiente. Podríamos compro­barlo examinando la química orgánica y la morfología de las formas de vida que descubramos. Tal vez la vida surgió en uno de los dos planetas, pero evolucionó separadamente en ambos. Nos hallaríamos entonces ante un ejemplo de varios miles de millones de años de evolución independiente, un te­soro biológico inaccesible por cualquier otra vía.

Si tenemos aún más suerte, hallaremos formas de vida realmente independientes. ¿Estará su material genético com­puesto de ácidos nucleicos? ¿Poseerán un metabolismo ba­sado en proteínas? ¿Qué código genético emplearán? Sean cuales fueren las respuestas a estas preguntas, la ciencia bio­lógica entera saldrá ganando, pues en cualquier caso la impli­cación sería que la vida podría estar mucho más difundida de lo que la mayoría de los científicos creía. Con objeto de esta­blecer una base sobre la que responder a estos interrogantes, muchas naciones están elaborando ambiciosos planes para enviar a Marte en las próximas décadas satélites robóticos, vehículos todo terreno, una nave capaz de penetrar el sub­suelo y, hacia el 2005, una misión robotizada que traiga a la Tierra muestras de la superficie y el subsuelo marcianos.

2. ¿Es Titán un laboratorio para el estudio del origen de la vida? Titán es la gran luna de Saturno, un mundo extra­ordinario con una atmósfera diez veces más densa que la de la Tierra, constituida principalmente por nitrógeno (como aquí) y metano (CH4). Las dos naves espaciales norteameri­canas Voyager detectaron cierto número de moléculas orgá­nicas simples en su atmósfera (compuestos de carbono impli­cados en el origen de la vida en la Tierra). Este satélite se halla rodeado por una brumosa capa rojiza de propiedades idénti­cas a las de un sólido rojo parduzco creado en el laboratorio tras proporcionar energía a una atmósfera simulada de Titán. Al analizar la composición de ese material, encontramos mu­chos de los constituyentes esenciales de la vida en la Tierra. Dada la distancia a que Titán se halla del Sol, el agua que pueda haber allí tiene que estar congelada; uno puede pensar, pues, que no es comparable con la Tierra en la época en que apareció la vida en ella, pero los impactos cometarios ocasio­nales son capaces de fundir la superficie helada y, según pare­ce, a lo largo de su historia de 4.500 millones de años cualquier punto de Titán ha permanecido bajo el agua durante más o menos un milenio por término medio. En el año 2004 la nave Cassini de la NASA llegará al sistema de Saturno transportando la sonda Huygens, construida por la Agencia Espa­cial Europea, la cual se hundirá lentamente en la atmósfera del gran satélite hasta alcanzar su enigmática superficie. Qui­zá sepamos entonces hasta dónde ha llegado Titán por el sen­dero de la vida.

3.  ¿Hay vida inteligente en algún otro lugar? Las ondas de radio se desplazan a la velocidad de la luz. Nada viaja más deprisa. Con la frecuencia adecuada atraviesan limpiamente el espacio interestelar y las atmósferas planetarias. Si el mayor radiotelescopio terrestre apuntase a un dispositivo equivalente en un planeta de otra estrella, aun separados por miles de años luz, ambos instrumentos podrían escucharse mutuamente. Por todas estas razones estamos utilizando radiotelescopios para ver si alguien intenta enviarnos un mensaje. Hasta ahora no hemos encontrado nada seguro, pero se han registrado «sucesos» asombrosos, señales que satisfacen todos los crite­rios para afirmar que son producto de una inteligencia extraterrestre, menos uno: minutos, meses o años más tarde, volve­mos a dirigir el telescopio al mismo sector del cielo y la señal nunca se repite. El programa de búsqueda no ha hecho más que comenzar. Una exploración verdaderamente concienzuda exigirá una o dos décadas. Si al final se encuentra inteligencia extraterrestre, cambiará para siempre nuestra visión del uni­verso y de nosotros mismos, y si no hallamos nada tras una búsqueda larga y sistemática, quizá podamos calibrar mejor la rareza y el valor de la vida en la Tierra. En cualquier caso, es indudable que la exploración vale la pena.

4.  ¿Cuál es el origen y el destino del universo? Para nuestro asombro, la astrofísica moderna está a punto de lle­gar a revelaciones fundamentales sobre el origen, la naturale­za y el destino del universo. Sabemos que éste se expande: todas las galaxias se alejan unas de otras en lo que se conoce como flujo de Hubble, uno de los tres testimonios principa­les de la enorme explosión que originó el universo (o al me­nos su encarnación presente). La gravedad de la Tierra es su­ficiente para hacer volver una piedra lanzada al aire, pero no un cohete a la velocidad de escape. Lo mismo es aplicable al universo: si contiene gran cantidad de materia, la gravedad ejercida por ésta acabará por frenar la expansión, y el univer­so en expansión se transformará en un universo en contrac­ción; si no hay materia suficiente, la expansión proseguirá de manera indefinida. La cantidad estimada de materia presente en el universo no basta para frenar la expansión, pero hay ra­zones para pensar que podría haber una enorme cantidad de materia oscura que no delataría su presencia emitiendo luz en beneficio de los astrónomos. Si la expansión del universo re­sulta ser sólo temporal, dejará paso en definitiva a un univer­so en contracción; de ser así, el universo podría pasar por un número infinito de expansiones y contracciones y ser infini­tamente viejo. Un universo así no necesita haber sido creado. Siempre ha estado ahí. Por otro lado, si no bastase la materia existente para invertir la expansión, este hecho resultaría co­herente con la idea de un universo creado de la nada. Éstas son cuestiones profundas y difíciles que cada cultura humana ha tratado de abordar a su manera, pero sólo ahora tenemos expectativas reales de encontrar algunas de las respuestas, y no por medio de suposiciones o historias, sino a través de observaciones auténticas, repetibles y comprobables.

Creo que existe una posibilidad razonable de que en la próxima década o la siguiente surjan revelaciones asombro­sas en estos cuatro campos. Repito que hay muchas otras cuestiones en la astronomía moderna por las que pudiera ha­ber optado, pero la predicción que puedo hacer ahora con se­guridad plena es que los descubrimientos más sorprendentes serán aquellos que hoy ni siquiera podemos prever.


 

6.     TANTOS SOLES, TANTOS MUNDOS

¡Qué maravilloso y sorprendente esquema tenemos aquí de la magnífica inmensidad del universo! ¡Tantos soles [...] tantas tierras...!

Christian Huygens,

Nuevas conjeturas concernientes

a. los mundos planetarios,

sus habitantes y producciones (h. 1670)

En diciembre de 1995, una sonda espacial desprendida de la nave Galileo entró en la turbulenta y agitada atmósfera de Júpiter camino de su destrucción, pero alcanzó a transmitir información de lo que observaba mientras descendía. Cuatro naves anteriores habían examinado el planeta al cruzar por sus cercanías. Júpiter también había sido estudiado con teles­copios emplazados en tierra y en el espacio. A diferencia de nuestro planeta, constituido principalmente por rocas y me­tales, Júpiter es sobre todo hidrógeno y helio, y su tamaño es tal que podría albergar un millar de Tierras. A grandes pro­fundidades, la presión atmosférica es tan alta que los átomos pierden electrones y el hidrógeno se convierte en un metal caliente. Se considera que ésta es la razón de que Júpiter emi­ta el doble de energía de la que recibe del Sol. Los vientos que sacudieron la sonda Galileo a la máxima profundidad que alcanzó probablemente no se debían a la luz solar, sino a la energía originada en el interior del planeta. En el centro mismo de Júpiter parece existir una masa de roca y hierro muchas veces mayor que la Tierra, rodeada por un inmenso océano de hidrógeno y helio. Llegar hasta el hidrógeno me­tálico —y mucho menos aún al núcleo rocoso— está más allá de la capacidad humana, al menos durante los próximos si­glos o, quizá, milenios.

En el interior de Júpiter las presiones son tan grandes que es difícil imaginar que allí haya vida, por muy diferente que fuese de la nuestra. Unos cuantos científicos, yo entre ellos, hemos tratado de imaginar, sólo como distracción, una eco­logía capaz de evolucionar en la atmósfera de un planeta se­mejante a Júpiter, algo como los microbios y peces de los océanos terrestres. El origen de la vida puede ser difícil en se­mejante ambiente, pero ahora sabemos que los impactos de asteroides y cometas transfieren material superficial de unos mundos a otros, y hasta puede que algunos impactos en la historia arcaica de la Tierra trasladasen nuestra vida primige­nia a Júpiter. Todo esto es, sin embargo, mera especulación.

Júpiter se encuentra a unas cinco unidades astronómicas del Sol. Una unidad astronómica (UA) es la distancia que se­para la Tierra del Sol, unos 150 millones de kilómetros. Si no fuese por el calor interno y el efecto invernadero de la in­mensa atmósfera joviana, las temperaturas serían allí del or­den de 160 grados bajo cero, como efectivamente ocurre en la superficie de los satélites de Júpiter, lo que hace que la vida en ellos sea imposible.

Júpiter y la mayor parte de los otros planetas giran en torno al Sol en el mismo plano, como si estuviesen situados en surcos distintos de un disco de vinilo o compacto. ¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué los planos orbitales no se inclinan en todos los ángulos? Isaac Newton, el genio matemático que comprendió antes que nadie cómo la gravedad determina los movimientos planetarios, se mostró sorprendido ante la ausencia de variación en los planos orbitales de los planetas y decidió que tuvo que ser Dios quien, al crear el Sistema Solar, situara todos los planetas en órbitas coplanarias.

Sin embargo, el matemático Pierre Simón, marqués de Laplace, y más tarde el famoso filósofo Immanuel Kant des­cubrieron cómo explicar este hecho sin necesidad de recurrir a la intervención divina. Irónicamente, se basaron en las leyes descubiertas por Newton. El razonamiento es como sigue: imaginemos una nube interestelar de gas y polvo en lenta rotación. Hay muchas nubes de este estilo. Si la densidad es lo bastante alta, la atracción gravitatoria mutua entre las partí­culas de la nube se impondrá al movimiento aleatorio interno y la nube comenzará a contraerse, con lo que cada vez girará más deprisa, como un patinador que cruza los brazos. El giro no retardará el colapso de la nube a lo largo del eje de rota­ción, pero sí en el plano principal de rotación. La nube, en principio irregular, acaba convirtiéndose en un disco. Así, los planetas formados a partir de este disco girarán aproximada­mente en el mismo plano, sin intervención sobrenatural algu­na valiéndose únicamente de las leyes de la física.

Ahora bien, una cosa es proponer la existencia de esa nube en forma de disco previa a la formación de los planetas y otra muy distinta verificarla observando directamente dis­cos análogos en torno de diferentes estrellas. Cuando se des­cubrieron otras galaxias espirales como la Vía Láctea, Kant pensó que eran los discos protoplanetarios que había conce­bido, con lo que quedaba confirmada la «hipótesis nebular» (del latín nébula, nube). Pero estas formas espirales demos­traron ser galaxias remotas repletas de estrellas, en lugar de criaderos próximos de astros y planetas. Los discos circunestelares no iban a ser tan fáciles de localizar.

La hipótesis nebular no fue confirmada hasta más de un si­glo después mediante el empleo de observatorios espaciales. Cuando estudiamos estrellas jóvenes como era nuestro Sol hace 4.000 o 5.000 millones de años, descubrimos que más de la mitad se hallan rodeadas de discos planos de polvo y gas. En muchos casos, las regiones más próximas a la estrella aparecen vacías de ellos, como si ya se hubiesen formado planetas que han absorbido la materia interplanetaria. No se trata de una prueba concluyente, pero sugiere que con frecuencia, si no siempre, estrellas como la nuestra están acompañadas de plane­tas. Tales descubrimientos hacen pensar que el número de éstos en la Vía Láctea puede ser del orden de miles de millones.

¿Y qué decir de la detección directa de otros planetas? Cierto que las estrellas están muy lejos —la más próxima a casi un millón de UA— y que de los planetas sólo es posible ver el reflejo, pero nuestra tecnología progresa a pasos agigan­tados. ¿No deberíamos ser capaces de detectar por lo menos algún primo grande de Júpiter en la vecindad de una estrella cercana, quizás en la banda infrarroja ya que no en la visible?

En los últimos años hemos entrado en una nueva era de la historia humana, pues ya estamos en condiciones de detec­tar planetas de otras estrellas. El primer sistema planetario fiable descubierto está asociado a un astro de lo más impro­bable: la estrella B 1257 + 12. Se trata de una estrella de neu­trones de rotación rápida, vestigio de un astro antaño mayor que el Sol que estalló en la colosal explosión de una supernova. El campo magnético de esta estrella captura electrones y los obliga a seguir trayectorias tales que, como un faro, emi­ten un haz de ondas de radio a través del espacio interestelar. Por casualidad, este haz intercepta la Tierra una vez cada 0,0062185319388187 segundos (de ahí el nombre de «pulsar» con que se conoce este tipo de estrellas). La constancia de su periodo de rotación es asombrosa. En razón de la elevada precisión de las mediciones, Alex Wolszczan, ahora en la Universidad de Pennsylvania, logró hallar fluctuaciones en los últimos decimales. ¿Cuál era la causa? ¿Quizá seísmos es­telares u otros fenómenos de la propia estrella? A lo largo de los años el periodo ha variado precisamente en la forma que se esperaría que lo hiciese de haber planetas en torno a B 1257 + 12. La coincidencia con los cálculos matemáticos es tan exacta que se impone una conclusión: Wolszczan ha des­cubierto los primeros planetas conocidos más allá del Sol. Es más, sabemos que no se trata de planetas grandes del tamaño de Júpiter. Dos son, probablemente, sólo un poco mayores que la Tierra, y giran en torno de su estrella a distancias no demasiado diferentes de la que separa nuestro planeta del Sol. ¿Cabe esperar que exista vida en alguno de ellos? Por desgra­cia, la estrella de neutrones despide un viento de partículas cargadas que debe elevar la temperatura de estos planetas más allá del punto de ebullición del agua. Estando como está a 1.300 años luz de distancia, no vamos a viajar pronto a este sistema. Es por ahora un misterio si estos planetas sobrevi­vieron a la explosión de la supernova que dio origen al pulsar o se formaron a partir de los restos del cataclismo.

Poco después del excepcional descubrimiento de Wolszc­zan, se encontraron más objetos de masa planetaria (princi­palmente gracias al trabajo de Geoff Marcy y Paul Butler, de la Universidad Estatal de San Francisco) girando alrededor de otras estrellas, en este caso astros corrientes como el Sol. La técnica utilizada fue diferente y de aplicación mucho más difícil. Estos planetas fueron detectados observando los cam­bios periódicos en los espectros de estrellas próximas me­diante telescopios ópticos convencionales. En ocasiones una estrella se desplaza por un tiempo hacia nosotros y luego se aleja, como se puede comprobar por los cambios en las longitudes de onda de sus líneas espectrales (es el llamado efecto Doppler), semejante al cambio en la frecuencia del claxon de un coche cuando se aproxima a nosotros y luego se aleja. Al­gún cuerpo invisible tira de la estrella. Una vez más, un mun­do oculto se revela en virtud de una coincidencia con un cálculo teórico (entre los ligeros movimientos periódicos ob­servados en la estrella y lo que uno esperaría si hubiera un planeta girando en torno a ella).

Se han detectado planetas que giran alrededor de las es­trellas 51 Pegasi, 70 Virginis y 47 Ursae Majoris, en las constelaciones de Pegaso, Virgo y la Osa Mayor respectivamente. En 1995 se descubrieron también planetas alrededor de la es­trella 55 Cancri, en la constelación del Cangrejo. Tanto 47 Ursae Majoris como 70 Virginis son visibles a simple vista en los anocheceres de primavera, lo que significa que están muy cerca en términos astronómicos. Las masas de sus planetas parecen oscilar desde un poco menos que la de Júpiter a va­rias veces la de éste. Más sorprendente resulta lo cerca que están de sus estrellas: de 0,05 UA en el caso de 51 Pegasi, a poco más de 2 UA en el de 47 Ursae Majoris. Es posible que estos sistemas también contengan planetas más pequeños se­mejantes a la Tierra y aún no descubiertos, pero su situación es distinta. En el sistema solar, los planetas pequeños como la Tierra se hallan en el interior y los planetas grandes como Jú­piter en el exterior. En esas cuatro estrellas, los planetas de mayor masa parecen estar en el interior. Nadie comprende cómo puede ser esto. Ni siquiera sabemos si se trata de pla­netas verdaderamente jovianos, con inmensas atmósferas de hidrógeno y helio, hidrógeno metálico en profundidad y un núcleo parecido a la Tierra. Lo que sí sabemos es que la at­mósfera de un planeta joviano no tiene por qué dispersarse aun a una distancia tan corta de su estrella. No parece plau­sible que tales planetas se constituyeran en la periferia de sus sistemas solares y luego, de alguna forma, se acercasen a sus estrellas. Ahora bien, podría ser que algunos planetas pri­mitivos masivos se viesen frenados por el gas nebular y caye­sen en espiral hasta una órbita interior. La mayoría de los ex­pertos sostiene que no es posible que se forme un planeta como Júpiter tan cerca de una estrella. ¿Por qué no? Lo que sabemos acerca del origen de Júpiter es más o menos lo si­guiente: en las regiones externas del disco nebular, donde las temperaturas eran muy bajas, se condensaron planetoides de hielo y roca semejantes a los cometas y las lunas heladas de la periferia de nuestro sistema solar. Estos asteroides helados comenzaron a chocar a escasa velocidad, se fueron agregando y poco a poco constituyeron una masa lo bastante grande para atraer gravitatoriamente el hidrógeno y el helio de la nube, creando un Júpiter de dentro a afuera. En contraste, se estima que en un principio cerca de la estrella las temperatu­ras nebulares eran demasiado altas para que hubiese hielo, lo que hizo que se malograra el proceso. Pero me pregunto si algunos discos nebulares podrían estar por debajo del punto de congelación incluso muy cerca de la estrella local.

En cualquier caso, con planetas de masa semejante a la de la Tierra en torno de un pulsar y cuatro nuevos planetas jo­vianos girando muy cerca de estrellas similares al Sol, está claro que no podemos tomar nuestro sistema solar como modelo. Esto es clave si alentamos alguna esperanza de cons­truir una teoría general del origen de los sistemas planetarios: ahora tiene que abarcar una diversidad de ellos.

En fecha todavía más reciente se ha empleado una técnica denominada astrometría para detectar dos, y posiblemente tres, planetas como la Tierra en torno de una estrella muy cercana al Sol, Lalande 21185. En este caso se disponía de un registro minucioso de los movimientos del astro a lo largo de muchos años, que ha servido para estudiar detenidamente el retroceso causado por la posible existencia de planetas. Aquí tenemos un sistema planetario que parece pertenecer a la misma familia que el nuestro, o al menos a una cercana. Pare­ce haber, pues, dos y quizá más categorías de sistemas plane­tarios en el espacio interestelar adyacente.

En cuanto a la probabilidad de que haya vida en esos mundos jovianos, no resulta más factible que en nuestro propio Júpiter. Sin embargo, es concebible que esos astros posean satélites a semejanza de las 16 lunas jovianas. Como estas otras lunas se hallarían cerca de la estrella local, sus temperaturas, sobre todo en 70 Virginis, podrían ser favo­rables para la vida. A una distancia de 35 a 40 años luz, esos planetas están lo bastante cerca para que empecemos a soñar con enviar algún día una nave espacial ultrarrápida que los estudie y remita los datos obtenidos a nuestros descen­dientes.

Mientras tanto, está surgiendo un abanico de nuevas téc­nicas. Además del registro de las fluctuaciones del periodo de los pulsares y de las mediciones por efecto Doppler de las velocidades radiales de las estrellas, los interferómetros en tie­rra o, mejor aún, en el espacio, los telescopios terrestres que eliminen la turbulencia atmosférica, las observaciones que aprovechan el efecto de lente gravitatoria de objetos masivos lejanos y las medidas precisas hechas desde el espacio del ofuscamiento de una estrella por la interposición de un pla­neta, parecen técnicas susceptibles de proporcionar resulta­dos significativos en los próximos años. Estamos ahora a punto de iniciar la investigación de millares de estrellas cer­canas, a la búsqueda de sus compañeros. Considero probable que en unas cuantas décadas tengamos información sobre centenares de sistemas planetarios cercanos en la vasta Vía Láctea, y quizás incluso referente a algunos pequeños mun­dos azules, agraciados con océanos de agua, atmósferas de oxígeno y los signos reveladores de una vida maravillosa.


 

segunda parte ¿QUÉ CONSERVAN LOS CONSERVADORES?


 

7.     EL MUNDO QUE LLEGÓ POR CORREO

¿El mundo? Gotas iluminadas

por la luna y caídas

del pico de una grulla.

DOGEN (1200-1253),

«Wake on Impermanence», de Lucien Stryk y Takashi Ikemoto,

Zen Poems of Japan: The Crane's Bill

(Nueva York, Grove Press, 1973)

El mundo llegó por correo, con la indicación de «frágil». En el envoltorio había una pegatina que mostraba una copa rajada. Lo abrí con cuidado, temiendo oír el sonido de cristales rotos o encontrar un fragmento de vidrio, pero estaba intacto. Lo tomé con las manos y lo alcé a la luz del sol. Era una esfera transparente medio llena de agua. Tenía adherido, de modo apenas perceptible, el número 4210. Mundo número 4210. Había, pues, muchos mundos como aquél. Lo deposité con cuidado en la base de lucita que lo acompañaba.

Observé que allí había vida: ramas entrecruzadas, algunas cubiertas con filamentos de algas verdes, y seis u ocho pequeños animales, casi todos de color rosado, retozando, o así me lo parecía, entre las ramas. Había además centenares de otros seres, tan abundantes en aquella agua como los peces en los océanos de la Tierra; pero se trataba de microbios, todos demasiado pequeños para distinguirlos a simple vista. Los animales rosados eran, sin duda, crustáceos de alguna va­riedad común. Llamaban la atención de inmediato porque se mostraban muy atareados. Unos pocos se habían posado en las ramas y avanzaban con sus diez patas, agitando muchos otros apéndices. Uno consagraba toda su atención, y un con­siderable número de extremidades, a comer un filamento ver­de. Entre las ramas, envueltas por algas como el musgo negro cubre los árboles en Georgia y el norte de Florida, se movían otros crustáceos como si tuvieran citas urgentes a las que acudir. A veces, cuando pasaban de un entorno a otro, cambiaban de color. Uno era pálido, casi transparente; otro ana­ranjado, y parecía mostrar un tímido sonrojo.

Como es natural, en algunos aspectos diferían de noso­tros. Sus esqueletos eran externos, podían respirar en el agua y, cosa sorprendente, cerca de la boca tenían una especie de ano. (Se preocupaban mucho, sin embargo, de su aspecto y su limpieza, a la que se aplicaban con un par de pinzas pro­vistas de cerdas semejantes a cepillos; de vez en cuando algu­no se restregaba a conciencia.)

Pero en otros aspectos saltaba a la vista que eran como nosotros. Poseían un cerebro, un corazón, sangre y ojos. El modo en que agitaban sus apéndices natatorios para impul­sarse por el agua revelaba un claro propósito. Al llegar a su destino tomaban los filamentos de las algas con la precisión, la delicadeza y la diligencia de un verdadero gourmet. Dos de ellos, más osados que los demás, vagaban por el océano de aquel mundo, nadando muy por encima de las algas mientras observaban lánguidamente su feudo.

Al cabo de poco tiempo ya podía identificar a cada indi­viduo. Un crustáceo comenzó a mudar y se despojó del viejo esqueleto para dejar paso a uno nuevo. Después, aquella cosa transparente similar a un sudario quedó colgada rígidamente de una rama mientras su antiguo ocupante reanudaba la acti­vidad con un caparazón nuevo y pulido. A otro le faltaba una pata. ¿Producto de un combate de garras contra garras, quizá por el afecto de una espléndida belleza virgen?

Desde ciertos ángulos, la parte superior del agua actuaba como un espejo, y un crustáceo veía su propio reflejo. ¿Sería capaz de reconocerse? Lo más probable es que viese un crus­táceo más. Desde otros ángulos, el grosor del cristal curvo los agrandaba, lo que permitía distinguir cómo eran realmen­te. Advertí, por ejemplo, que tenían bigotes. Dos de ellos su­bieron a la superficie e, incapaces de romper la tensión de ésta, rebotaron. Luego, enhiestos, y un poco sorprendidos, imagino, se dejaron caer con suavidad hacia el fondo, entre­cruzando despreocupadamente las extremidades, o así pare­cía, como si la hazaña fuese rutinaria y no mereciera la pena hablar de ello. Imperturbables.

Me figuraba que si yo era capaz de ver claramente un crustáceo a través del cristal curvo, él también podría verme a mí, o al menos distinguir el gran disco negro, con una corona parda y verde, de mi ojo. En ocasiones, cuando observaba al­guno agitarse entre las algas, era como si se detuviera y se volviese para mirarme. Habíamos establecido un contacto vi­sual. Me preguntaba qué creería estar viendo.

Al cabo de uno o dos días de permanecer sumido en mi trabajo, desperté y eché una mirada al mundo de cristal... Todos los crustáceos parecían haberse esfumado.

No se me había dicho que los alimentara, les diese vitami­nas, les cambiara el agua o los llevase al veterinario. Todo lo que tenía que hacer era asegurarme que no sufrieran un ex­ceso de luz ni pasaran demasiado tiempo en la oscuridad, y de que estuviesen siempre a temperaturas comprendidas entre 5 °C y 30 °C (además, en ningún momento consideré que aquello fuese un ecosistema, sino poco más que una sopa de camarones). ¿Los habría dejado morir por desidia? De pronto vi asomar una antena por detrás de una rama y comprobé que se encontraban bien. Aun cuando sólo fuesen crustáceos yo no podía evitar sentirme preocupado, inquieto por ellos.

Si uno se hace cargo de un pequeño mundo como aquél y se ocupa de controlar a conciencia su temperatura e ilumina­ción, entonces —sea lo que fuere lo que tuviese antes en mente— llega a interesarse por lo que hay dentro. No es mu­cho lo que puede hacerse, sin embargo, si los crustáceos en­ferman o mueren. En ciertos aspectos somos mucho más po­derosos que ellos, pero hacen cosas —como respirar en el agua— que nosotros no podemos. Uno se siente limitado, lastimosamente limitado. Incluso se pregunta si no será una crueldad tenerlos en esa prisión de cristal, pero se tranquiliza pensando que al menos ahí están a salvo de las ballenas, de las mareas negras y de las bandejas de aperitivos.

Los fantasmales caparazones desechados en las mudas y el infrecuente cuerpo de un crustáceo muerto no perduran por demasiado tiempo. Son comidos, en parte por otros crustáceos, en parte por microorganismos invisibles que pu­lulan en el mundo que habitan. Esto nos recuerda que estos seres no son autosuficientes. Se necesitan los unos a los otros. Se cuidan mutuamente, de un modo que yo soy incapaz de hacer por ellos. Los crustáceos toman oxígeno del agua y ex­halan dióxido de carbono. Las algas toman dióxido de carbo­no del agua y exhalan oxígeno. Unos respiran los gases de desecho de los otros. Asimismo, sus residuos sólidos se reciclan entre plantas, animales y microorganismos. Los habitan­tes de este pequeño edén mantienen una relación extremada­mente íntima.

La existencia de un camarón es mucho más tenue y preca­ria que la de otros seres. Las algas pueden vivir mucho más tiempo sin el camarón que éste sin ellas. Estos pequeños crus­táceos comen algas, pero las algas comen principalmente luz.

Pasado un tiempo —hasta ahora ignoro por qué— los ca­marones empezaron a morir, uno tras otro, y llegó por fin el momento en que sólo quedó uno, mordisqueando tristemen­te un filamento de alga, hasta que también él murió. Un tan­to sorprendido, advertí que me dolía su desaparición. Supongo que en parte se debía a que había llegado a conocerlos un poco. Pero por otra parte, lo sabía, era porque temía un para­lelismo entre su mundo y el nuestro.

A diferencia de un acuario, aquel pequeño mundo era un sistema ecológico cerrado. Sólo penetraba en él la luz (nada de alimentos, ni de agua, ni de nutrientes). Todo debía ser reciclado. Exactamente igual que en la Tierra.

En este planeta, también nosotros —plantas, animales y microorganismos— somos interdependientes, respiramos y comemos los desechos de otros. Del mismo modo, la vida en nuestro mundo está impulsada por la luz. Esa luz solar que atraviesa el aire transparente es recogida por las plantas y les proporciona la energía para, combinando el dióxido de carbono y el agua, producir hidratos de carbono y otras sus­tancias alimenticias, que a su vez constituyen la dieta de los animales.

Nuestro gran mundo es muy semejante a aquél en minia­tura, y de hecho nos parecemos mucho al camarón. Pero existe al menos una notable distinción: a diferencia del crus­táceo, el ser humano es capaz de alterar el medio ambiente. Podemos hacer con nosotros mismos lo que un propietario negligente podría hacer con los crustáceos. Si no tenemos cuidado, es posible que calentemos el planeta a través del efecto invernadero, o bien que lo enfriemos y oscurezcamos tras una guerra nuclear o el incendio masivo de los campos petrolíferos (o por hacer caso omiso del riesgo que supone el impacto de un asteroide o de un cometa). Con la lluvia ácida, la disminución del ozono, la contaminación química, la ra­diactividad, la tala de los bosques tropicales y una docena más de otras agresiones al entorno, estamos empujando este pequeño mundo hacia vías apenas conocidas. Nuestra civili­zación pretendidamente avanzada puede estar alterando el delicado equilibrio ecológico que ha evolucionado tortuosa­mente a lo largo de los 4.000 millones de años de existencia de la vida en la Tierra.

Los crustáceos como el camarón son mucho más viejos que los hombres, los primates e incluso los mamíferos. La aparición de las algas —muy anterior a la de los animales— se remonta a 3.000 millones de años. Durante largo tiem­po todos —plantas, animales y microbios— han trabajado juntos.

La disposición de los organismos en mi esfera de cristal es antigua, muchísimo más que cualquier institución cultural que conozcamos. La inclinación a cooperar es un hecho dolorosamente conseguido a través del proceso evolutivo. Los organismos que no cooperaron, que no trabajaron codo con codo, acabaron por extinguirse. La cooperación está codifi­cada en los genes de los supervivientes. Su naturaleza es coo­perar, y esto constituye la clave de su supervivencia.

Los seres humanos somos unos recién llegados, estamos aquí desde hace apenas unos pocos millones de años. Nues­tra presente civilización técnica cuenta tan sólo unos cuantos siglos. No tenemos demasiada experiencia reciente en lo que se refiere a cooperación voluntaria entre especies (ni siquiera dentro de la propia). Nos hemos consagrado a tareas a corto plazo y apenas pensamos a largo plazo. No hay ninguna ga­rantía de que seamos capaces de entender nuestro sistema ecológico planetario cerrado o de cambiar de conducta en consonancia con ese conocimiento.

Nuestro planeta es indivisible. En Norteamérica respi­ramos el oxígeno generado en las selvas ecuatoriales brasi­leñas. La lluvia ácida emanada de las industrias contaminan­tes del Medio Oeste de Estados Unidos destruye los bosques canadienses. La radiactividad de un accidente nuclear en Ucrania pone en peligro la economía y la cultura de Laponia. El carbón quemado en China eleva la temperatura en Argen­tina. Los clorofluorocarbonos que despide un acondiciona­dor de aire en Terranova contribuyen al desarrollo del cáncer de piel en Nueva Zelanda. Las enfermedades se propagan rá­pidamente a los más remotos rincones del planeta, y su erradicación requiere un esfuerzo médico global. Por último, la guerra nuclear y el impacto de un asteroide suponen un peli­gro no desdeñable para todos. Nos guste o no, los seres hu­manos estamos ligados a nuestros semejantes y a las plantas y animales de todo el mundo. Nuestras vidas están entrela­zadas.

Dado que no hemos sido dotados de un conocimiento instintivo sobre el modo de convertir nuestro mundo tecnificado en un ecosistema seguro y equilibrado, debemos dedu­cir la manera de conseguirlo. Necesitamos más investigación científica y más control tecnológico. Probablemente sea un exceso de optimismo confiar en que algún gran Defensor del Ecosistema vaya a intervenir desde el cielo para enderezar nuestros abusos ambientales. Es a nosotros a quienes corres­ponde hacerlo.

No tendría por qué ser imposible. Las aves —cuya inteli­gencia tendemos a subestimar— saben cómo mantener lim­pio su nido. Otro tanto puede decirse de los camarones, cuyo cerebro tiene el tamaño de una mota de polvo, y de las algas, y de los microorganismos unicelulares. Es tiempo de que también nosotros lo sepamos.


 

8.     EL MEDIO AMBIENTE: ¿DÓNDE RADICA LA PRUDENCIA?

Este nuevo mundo puede ser más seguro si se le explican los peligros de los males del antiguo

John Donne,

An Anatomic of the World.

The First Anniversary (1611)

Hay un determinado momento del ocaso en que la estela los aviones cobra un tono rosado. Si el cielo está libre de nubes, su contraste con el azul circundante es inesperadamente maravilloso. El Sol ya se ha puesto y en el horizonte resta un resplandor bermejo que indica por dónde se ha ocultado.

Pero el reactor vuela tan alto que sus ocupantes todavía pueden ver el Sol, por completo rojo antes de ponerse. El agua que sale de sus motores se condensa de inmediato. A las temperaturas gélidas de tales alturas, cada motor deja atrás una estela lineal semejante a una nube, iluminada por los rojizos rayos del Sol en su ocaso.

A veces se entrecruzan las estelas de varios aviones, trazando en el cielo una especie de escritura. Cuando los vientos son altos, las estelas se dispersan pronto, y en vez de una fina línea surge una vaga tracería, larga, difusa e irregular que se disipa en cuanto uno la contempla. Si observamos la estela recién formada, a menudo podremos ver el minúsculo objeto del que emana. Muchas personas no son capaces de distin­guir alas ni motores: sólo un punto en movimiento un tanto separado de la estela que origina.

Cuando oscurece, con frecuencia se advierte que el punto es luminoso. Hay allí un resplandor blanco. A veces también un destello rojo o verde, o ambos.

En ocasiones me pongo en la piel de un cazador-recolector (o incluso en la de mis abuelos cuando eran niños) que mira al cielo y contempla esas pavorosas y terribles maravi­llas del futuro. De todo el tiempo que los seres humanos lle­vamos en la Tierra, sólo en el siglo XX hemos hecho acto de presencia en el cielo. Aunque el tráfico aéreo en la parte sep­tentrional del estado de Nueva York, donde yo vivo, es indu­dablemente más intenso que en muchos lugares del planeta, difícilmente hay un sitio en la Tierra donde, al menos de vez en cuando, uno no pueda ver nuestras máquinas escribiendo sus misteriosos mensajes en el cielo, que durante tanto tiem­po consideramos dominio exclusivo de los dioses. La tecno­logía ha cobrado unas proporciones para las que, en lo más íntimo de nuestros corazones, no estamos ni mental ni emocionalmente preparados.

Un poco más tarde, ocasionalmente consigo distinguir entre las estrellas que empiezan a asomar una luz móvil, a veces muy brillante. Su resplandor puede ser fijo o parpa­deante. A menudo se trata de dos luces en tándem. No hay rastro de cola cometaria. Hay momentos en que el 10 % o el 20 % de las «estrellas» que consigo ver son artefactos cerca­nos creados por el hombre, y que por un instante pueden confundirse con soles ardientes e inmensamente remotos. Sólo de vez en cuando, y horas después del ocaso, logro dis­tinguir un punto de luz, por lo general muy tenue y de movi­miento sutil y lento. He de asegurarme primero de que deja atrás una estrella y después otra, porque el ojo humano tien­de a suponer que cualquier punto luminoso, aislado y envuelto por las tinieblas está desplazándose. Éstos no son aviones: se trata de naves espaciales. Hemos construido má­quinas que dan una vuelta a la Tierra cada hora y media. Si son especialmente grandes o reflectantes se las puede recono­cer a simple vista. Viajan muy por encima de la atmósfera, en la negrura del espacio circundante, a tanta altura que desde allí podría verse el Sol aunque aquí abajo sea noche cerrada. A diferencia de los aviones, carecen de luz propia. Como la Luna y los planetas, simplemente reflejan la luz solar.

El cielo comienza no muy lejos de nuestras cabezas. Abarca la delgada atmósfera de la Tierra y, más allá, la in­mensidad del cosmos. Hemos creado máquinas que surcan esas regiones. Estamos tan acostumbrados y aclimatados a su presencia que a menudo no llegamos a reconocer hasta qué punto constituye una hazaña mítica. Más que cualquier otro rasgo de nuestra civilización técnica, estos vuelos, ahora pro­saicos, son el símbolo de los poderes que ya poseemos.

Pero con los grandes poderes llegan las grandes respon­sabilidades.

Nuestra tecnología se ha hecho tan potente que —cons­ciente e inconscientemente— estamos convirtiéndonos en un peligro para nosotros mismos. La ciencia y la tecnología han salvado miles de millones de vidas, han mejorado el bienestar de muchas más y han transformado poco a poco el planeta en una unidad anastomósica, pero al mismo tiempo han cambia­do tanto el mundo que la gente ya no se siente cómoda en él. Hemos creado toda una gama de nuevos demonios: difíciles de ver, difíciles de comprender, problemas no resolubles de manera inmediata (y, desde luego, no sin enfrentamiento con quienes ejercen el poder).

Aquí, más que en cualquier otro ámbito, resulta esencial una comprensión de la ciencia por parte del público. Muchos científicos afirman que existe un peligro real si se siguen haciendo las cosas como hasta ahora, que nuestra civilización industrial constituye una trampa explosiva. Sin embargo, re­sulta muy costoso tomar en serio advertencias tan horrendas. Las industrias afectadas perderían beneficios. Aumentaría nuestra propia ansiedad. Hay muchas y buenas razones para desoír esas voces. Tal vez los numerosos científicos que nos previenen de la inminencia de catástrofes sean unos agoreros. Quizás amedrentar a los demás les proporcione un perverso placer. Tal vez no sea más que una manera de conseguir sub­venciones oficiales. Al fin y al cabo, otros científicos dicen que no hay nada de qué preocuparse, que tales afirmaciones no están demostradas, que el medio ambiente se curará solo. Como es lógico, ansiamos creerles. ¿Quién no? Si tienen ra­zón, nos aliviarán de una inmensa carga. Así que no nos precipitemos. Seamos cautelosos. Procedamos lentamente. Ase­gurémonos primero. Por otro lado, es posible que quienes nos tranquilizan acerca del medio ambiente sean como Pollyannas* o tengan miedo de enfrentarse con los que asumen el poder o quieran gozar del apoyo de los beneficiarios del expolio del medio ambiente. Así que démonos prisa; arregle­mos las cosas antes de que sea tarde.

¿A quién hay que escuchar?

Existen argumentos a favor y en contra que implican abs­tracciones, invisibilidades, conceptos y términos no familia­res. A veces incluso se aplican palabras como «fraude» o «en­gaño» a las predicciones funestas. ¿Cómo puede ayudar aquí la ciencia? ¿Cómo puede informarse el individuo medio de lo que está en juego? ¿No sería posible mantener una neutrali­dad desapasionada pero abierta y dejar que los contendientes se peleen, o aguardar a que las pruebas resulten absolutamen­te incuestionables? Al fin y al cabo, las afirmaciones extraordi­narias requieren una demostración extraordinaria. ¿Por qué, en suma, aquellos que, como yo mismo, predican el escepticis­mo y la cautela acerca de algunas afirmaciones extraordinarias arguyen que otras del mismo carácter deben ser tomadas en serio y consideradas con urgencia?

Cada generación piensa que sus problemas son singulares y, en potencia, fatales, y aun así cada generación ha dado paso a la siguiente. Todo tiene, pues, solución.

Sea cual fuere el mérito que haya podido tener esta argu­mentación —y desde luego proporciona un contrapeso útil a la histeria— hoy su fuerza ha menguado bastante. De vez en cuando se oye hablar del «océano» de aire que envuelve la Tie­rra; sin embargo, el grosor de la mayor parte de la atmósfera —contando la implicada en el efecto invernadero— sólo supo­ne un 0,1 % del diámetro terrestre. Aun tomando en conside­ración la alta estratosfera, la atmósfera no llega a constituir el 1 % del diámetro de nuestro planeta. «Océano» suena a enor­me, imperturbable. Sin embargo, en relación al planeta entero, el espesor de la capa de aire equivale al del revestimiento de goma laca de un globo terráqueo escolar. El espesor de la capa de ozono estratosférica en relación al diámetro de la Tierra guarda una proporción de uno a 4.000 millones. Al nivel de la superficie resultaría prácticamente invisible. Muchos astro­nautas han declarado que, después de haber visto el aura deli­cada, fina y azul en el horizonte de la hemisfera terrestre a la luz del día —aura que representa el grosor de toda la atmósfe­ra— de forma inmediata y espontánea han tomado conciencia de su fragilidad y su vulnerabilidad y se han sentido inquietos. Tienen razones para estarlo.

En la actualidad nos enfrentamos a una circunstancia ab­solutamente nueva, sin precedentes en toda la historia huma­na. Cuando empezamos nuestra singladura, hace centenares de miles de años, quizá con una densidad media de pobla­ción de una centésima de individuo (o menos) por kilómetro cuadrado, los triunfos de la tecnología estaban representados por las hachas y el fuego. No habríamos conseguido provocar grandes cambios en el entorno global aunque nos lo hu­biéramos propuesto. Éramos pocos y débiles, pero con el paso del tiempo, y con el progreso de la tecnología, nuestro número creció exponencialmente. Ahora la densidad de po­blación media es de unas 10 personas por kilómetro cuadra­do, nos concentramos en ciudades y disponemos de un sobrecogedor arsenal tecnológico cuyo poder sólo en parte entendemos y controlamos.

Dado que nuestra vida depende de cantidades minúsculas de gases como el ozono, los motores de la industria pueden producir un gran quebranto ambiental a escala incluso plane­taria. Las limitaciones impuestas al empleo irresponsable de la tecnología son débiles y a menudo tibias, y casi siempre es­tán subordinadas a intereses nacionales o empresariales a cor­to plazo. Ahora somos capaces, voluntaria o involuntaria­mente, de alterar el entorno global. Sigue siendo materia de debate entre los estudiosos hasta qué punto hemos llegado en el camino hacia las diversas catástrofes planetarias profetiza­das. Ya nadie discute que son una posibilidad real.

Quizá lo que ocurre es que los productos de la ciencia son, sencillamente, demasiado poderosos y peligrosos para nosotros. Tal vez no hayamos madurado lo bastante para manejarlos. ¿Sería juicioso regalar una pistola a un bebé, o a un niño, o a un adolescente? También podrían tener razón quienes han sugerido que ningún civil debería poseer armas automáticas, porque en un momento u otro a todos nos pue­de cegar la pasión; ante una tragedia pensamos muchas veces que de no haber habido un arma al alcance de la mano nunca se habría producido. (Se formulan, desde luego, razones para la posesión de armas, y puede que sean válidas en determina­das circunstancias; lo mismo podemos decir de los productos de la ciencia.) He aquí una complicación adicional: imagine­mos que, después de apretar el gatillo de una pistola, pasan décadas antes de que la víctima o el asaltante reconozca que alguien ha sido alcanzado; en ese caso aún resultaría más difícil comprender los peligros de las armas. La analogía es im­perfecta, pero algo semejante pasa con las repercusiones am­bientales globales de la moderna tecnología industrial.

Tenemos aquí, a mi juicio, un buen motivo para hablar claro, para concebir nuevas instituciones y nuevas formas de pensar. Sí, la moderación es una virtud y puede influir en un oponente sordo a las más fervientes demandas filosóficas. Sí, es absurdo pretender que todo el mundo cambie su manera de pensar. Sí, podemos ser nosotros los equivocados y no nuestros oponentes (ha sucedido a veces). Sí, es raro que, en una discusión, una parte convenza a la otra (Thomas Jefferson dijo que jamás había visto tal cosa, pero me parece una afirmación un tanto exagerada; en la ciencia ocurre constan­temente). Ahora bien, éstas no son razones legítimas para rehuir el debate público.

La ciencia y la tecnología han transformado espectacular­mente nuestra vida a través del progreso de la medicina, la farmacopea, la agricultura, los anticonceptivos, los transpor­tes y las comunicaciones, pero también han traído nuevas ar­mas devastadoras, efectos secundarios imprevistos de la in­dustria y la tecnología, y retos amenazadores a concepciones del mundo de larga raigambre. Muchos luchamos para no quedarnos rezagados, a veces comprendiendo sólo poco a poco las consecuencias de los nuevos avances. Según la anti­gua tradición, los jóvenes captan el cambio con mayor rapi­dez que los demás, y no sólo en lo que al manejo de ordenadores personales y la programación de vídeos se refiere, sino también en cuanto a la adaptación a las nuevas ideas acerca del mundo y de nosotros mismos. El ritmo actual de cambio supera en velocidad el de una vida humana, hasta el punto de desunir las generaciones. Esta sección intermedia del libro está consagrada a la comprensión de los trastornos ambienta­les que, tanto para bien como para mal, han provocado la ciencia y la tecnología.

Me concentraré en el debilitamiento de la capa de ozono y el calentamiento global como indicadores de los dilemas a los que nos enfrentamos, pero son muchas más las conse­cuencias ambientales inquietantes de la tecnología y la capa­cidad de expansión del ser humano: la extinción de un vasto número de especies, cuando se necesitan desesperadamente medicinas para el cáncer, las enfermedades cardiacas y otras afecciones mortales, medicinas que proceden de especies ra­ras o en peligro; la lluvia ácida; las armas nucleares, biológi­cas y químicas, y los productos tóxicos (incluyendo los vene­nos radiactivos), a menudo vertidos cerca de los más pobres y menos poderosos. Recientemente, y de forma inesperada, se ha descubierto (aunque otros científicos lo han puesto en duda) un declive precipitado de la producción de espermatozoides en Norteamérica, Europa occidental y otras regiones, posiblemente como consecuencia de productos químicos y plásticos que imitan las hormonas sexuales femeninas (según algunos, la mengua es tan abrupta que, de continuar, los va­rones occidentales podrían empezar a volverse estériles hacia mediados del siglo XXI).

La Tierra constituye una anomalía. Por lo que hasta aho­ra sabemos, es el único planeta habitado en todo el sistema solar. La especie humana es una entre millones en un mundo rebosante de vida. Sin embargo, la mayor parte de las espe­cies que han existido en el pasado ya no existen. Los dino­saurios se extinguieron tras un florecimiento de 150 millones de años. Hasta el último; no ha quedado ni uno. Ninguna es­pecie tiene garantizada su permanencia en este planeta. Nosotros, que estamos aquí desde hace no más de un millón de años, somos la primera especie que ha concebido los medios para su autodestrucción. Somos una especie rara y preciada porque estamos capacitados para reflexionar y tenemos el privilegio de influir en nuestro futuro y, quizá, de controlar­lo. Creo que tenemos el deber de luchar por la vida en la Tie­rra y no sólo en nuestro beneficio, sino en el de todos aque­llos, humanos o no, que llegaron antes que nosotros y ante quienes estamos obligados, así como en el de quienes, si so­mos lo bastante sensatos, llegarán después. No hay causa más apremiante, ni afán más justo, que proteger el futuro de nuestra especie. Casi todos los problemas que padecemos son obra de los seres humanos y pueden ser resueltos por és­tos. No existe convención social, sistema político, hipótesis económica o dogma religioso que revista mayor importancia.

Todo el mundo experimenta al menos una sensación vaga de ansiedad por diversos motivos, que casi nunca desapare­ce por completo. La mayor parte de éstos se refiere a nues­tra vida cotidiana. Este zumbido de recuerdos soterrados, la evocación dolorosa de antiguos errores, el ensayo mental de respuestas posibles a problemas inminentes, poseen un claro valor para la supervivencia. Para demasiados de nosotros la ansiedad se ciñe a la búsqueda del sustento para la prole. La ansiedad es un compromiso evolutivo que hace posible una nueva generación, pero que resulta dolorosa para la actual. El truco, digámoslo así, consiste en optar por las ansiedades precisas. En algún punto entre el optimismo ingenuo y la an­siedad nerviosa hay un estado mental al que deberíamos as­pirar.

Con la excepción de los milenaristas de diversas confe­siones y de la prensa amarilla, el único grupo humano que parece preocuparse de forma habitual por la posibilidad de nuevos desastres —catástrofes jamás conocidas en la historia de nuestra especie— es el de los científicos. Han llegado a en­trever cómo funciona el mundo, y esto los induce a pensar que podría ser muy diferente. Un tironcito de aquí, un empujoncito por allá bastarían, quizá, para producir grandes cambios. Como los seres humanos estamos por lo general bien adaptados a las circunstancias (desde el clima global al político) es probable que cualquier cambio resulte perturba­dor, doloroso y caro. Por ello solemos exigir a los científicos que se aseguren bien de lo que dicen antes de echarnos a co­rrer para protegernos de un peligro imaginario. Sin embargo, algunos de los presuntos riesgos parecen tan graves que es inevitable pensar que sería prudente tomar en serio la proba­bilidad, por mínima que fuese, de un peligro extremo.

Las ansiedades de la vida cotidiana operan de la misma manera. Contratamos pólizas de seguros y advertimos a los niños que no deben hablar con extraños. Aun así, y pese a todas las inquietudes, a veces se nos pasan por alto los ries­gos. «Lo que me preocupaba jamás sucedió. Todo lo malo llegó sin avisar», nos dijo una vez un conocido a mi esposa Annie y a mí.

Cuanto peor es la catástrofe, más cuesta mantener el equi­librio. O bien nos dedicamos a hacer caso omiso de ella o bien invertimos todos nuestros recursos en soslayarla. Resulta muy difícil contemplar nuestras circunstancias y prescindir por un instante siquiera de la ansiedad asociada a ellas. Es mucho lo que está en juego. En las páginas siguientes intento describir algunas de las formas de proceder de nuestra especie que pare­cen peligrosas (en cuanto al modo de conducirnos con el pla­neta y de organizar nuestra política). Trato de presentar las dos caras de la moneda pero, lo reconozco, tengo un punto de vista que procede de mi estimación del peso de la evidencia. Allí donde los seres humanos crean problemas, los mismos se­res humanos pueden lograr soluciones, y he pretendido mos­trar el modo de hacerlo, al menos en ciertos casos. Algunos quizá piensen que debería darse prioridad a otros problemas o que hay otros remedios, pero confío en que esta sección del li­bro les sirva para pensar más en el futuro. No deseo aumentar innecesariamente su carga de ansiedades —ya tenemos de so­bra—, pero me parece que hay algunas cuestiones sobre las que no hemos reflexionado bastante. Este tipo de examen de las consecuencias futuras de acciones presentes tiene un glo­rioso historial entre nosotros los primates, y es uno de los se­cretos de lo que en buena parte constituye la asombrosa histo­ria de éxitos de los seres humanos sobre la Tierra.


 

9.     CRESO Y CASANDRA

Hace falta valor para temer.

Montaigne, Essais, III, 6 (1588)

Apolo, morador del Olimpo, era dios del Sol. También se ocupaba de otras materias, una de ellas la profecía. Todos los dioses olímpicos podían entrever el futuro, pero Apolo era el único que sistemáticamente brindaba este don a los seres humanos. Estableció varios oráculos, el más famoso de los cuales estaba en Delfos, donde consagró a una sacerdotisa, llamada Pitia por la pitón que constituía una de sus encarna­ciones. Reyes y aristócratas, y de vez en cuando plebeyos, acudían a Delfos para implorar a la pitonisa que les dijera lo que iba a suceder.

Uno de ellos fue Creso, rey de Lidia. Lo recordamos por la expresión «rico como Creso», todavía habitual. Tal vez su nombre se convirtió en sinónimo de riqueza porque fue en su época y bajo su reinado donde se inventaron las monedas, acuñadas por Creso en el siglo VII a. de C. (Lidia se hallaba en Anatolia, la Turquía contemporánea). El dinero de arcilla era una invención sumeria muy anterior. Su ambición des­bordaba los límites de su pequeña nación. Así, según Herodoto, se le metió en la cabeza invadir y someter Persia, entonces la superpotencia del Asia occidental. Ciro había unido a persas y medos, forjando un poderoso imperio. Natural­mente, Creso estaba un tanto inquieto.

Para determinar la prudencia de su empeño, envió a unos emisarios a consultar el oráculo de Delfos. Cabe imaginarlos cargados de opulentos presentes (que, dicho sea de paso, se­guían en Delfos un siglo después, en la época de Herodoto). La pregunta que los emisarios formularon en nombre de Creso fue: «¿Qué sucederá si Creso declara la guerra a Persia?»

Pitia respondió sin titubear: «Destruirá un poderoso im­perio.»

«Los dioses están con nosotros —pensó Creso (o algo por el estilo)—. ¡Es el momento de atacar!»

Pensando en apoderarse de las satrapías, reunió sus ejér­citos de mercenarios. Invadió Persia... y sufrió una humillan­te derrota. No sólo el poder de Lidia quedó destruido, sino que él mismo se convirtió para el resto de su vida en un paté­tico funcionario de la corte persa, brindando consejos de poca monta a dignatarios que los recibían con indiferencia. Fue como si el emperador Hiro Hito hubiera terminado su existencia como asesor de los ministerios de Washington.

Aquella injusticia le hizo verdaderamente mella. Al fin y al cabo, se había atenido a lo prescrito. Solicitó el consejo de Pitia, pagó espléndidamente y ella lo engañó. Así que en­vió otro emisario al oráculo (esta vez con regalos mucho más modestos y ajustados a sus menguadas posibilidades) y le encargó que preguntase en su nombre: «¿Cómo pudiste ha­cerme eso?» He aquí la respuesta, según la Historia de Herodoto:

La profecía de Apolo advertía que si Creso hacía la gue­rra a Persia destruiría un imperio poderoso. Ante tales pala­bras, lo juicioso por su parte habría sido preguntar de nuevo si se refería a su propio imperio o al de Ciro. Pero Creso no entendió lo que se le decía ni inquirió más. La culpa es ente­ramente suya.

Si el oráculo de Delfos hubiese sido sólo una estafa para desplumar monarcas crédulos, desde luego habría necesitado excusas para justificar los inevitables errores. En estos casos son corrientes las ambigüedades disimuladas. Sin embargo, la lección de Pitia es pertinente: tenemos que formular bien las preguntas, incluso a los oráculos; las preguntas han de ser inteligentes, aun cuando parezca que ya nos han dicho exacta­mente lo que deseábamos oír. Los políticos no deben aceptar respuestas a ciegas, deben comprender; y no deben permitir que sus propias ambiciones oscurezcan su comprensión. Hay que proceder con sumo cuidado a la hora de convertir una profecía en una acción política.

Este consejo es plenamente aplicable a los oráculos mo­dernos: los científicos, grupos de investigación y universida­des, los institutos financiados por las empresas y las comisio­nes asesoras de la Academia Nacional de Ciencias. De vez en cuando, y generalmente de mala gana, los políticos envían a alguien a preguntar al oráculo y reciben una respuesta. En la actualidad los oráculos suelen manifestar sus profecías aun­que nadie las solicite. Sus declaraciones a menudo son mucho más detalladas que las preguntas; se habla, por ejemplo, del bromuro de metilo, el vórtice circumpolar o la capa de hielo de la Antártida occidental. Las estimaciones se formulan a veces en términos de probabilidades numéricas. Parece casi imposible que el político más honesto emita, sencillamente, un sí o un no. Los políticos tienen que decidir qué hacer con la respuesta, si es que hace falta tomar alguna medida, pero primero deben comprenderla. En razón de la naturaleza de los oráculos modernos y de sus profecías, los políticos pre­cisan, ahora más que nunca, entender la ciencia y la tecnolo­gía. (En respuesta a esta necesidad, el partido Republicano ha decidido, absurdamente, abolir su propia Oficina de Asesoramiento Tecnológico; y casi no hay científicos entre los miembros del Congreso estadounidense. Lo mismo cabe de­cir de muchos otros países.)

Hay otra historia acerca de Apolo y sus oráculos, como mínimo igual de famosa y relevante. Es la de Casandra, prin­cesa de Troya. (Comienza justo antes de que los griegos de Micenas invadiesen Troya para iniciar la guerra que llevaría su nombre.) Era la más inteligente y bella de las hijas del rey Príamo. Apolo, siempre merodeando en busca de seres hu­manos atractivos (conducta propia de casi todos los dioses y diosas griegos), se enamoró de ella. Curiosamente —esto casi nunca sucede en la mitología griega—, Casandra se resistió a su acoso, así que trató de comprarla. Pero ¿qué podía darle? Ya era una princesa, rica, hermosa y feliz. Aun así, Apolo tenía una o dos cosas que ofrecerle. Le prometió el don de la profecía. La oferta era irresistible, y ella accedió. Quid pro quo. Apolo hizo cuanto deben hacer los dioses para conver­tir a simples mortales en videntes, oráculos y profetas, pero luego, escandalosamente, Casandra se echó atrás y rechazó el cortejo del dios.

Apolo se enfureció. Ahora bien, no podía retirarle el don de la profecía, puesto que al fin y al cabo era un dios (se diga lo que se diga sobre ellos, los dioses mantienen sus prome­sas). Sin embargo, la condenó a un destino cruel e ingenioso: el de que nadie creyese en sus profecías. (Lo que aquí cuento procede en buena parte de la tragedia Agamenón, de Esqui­lo.) Casandra profetiza a su propio pueblo la caída de Troya; nadie le presta atención. Predice la muerte del caudillo de los invasores griegos, Agamenón; nadie le hace caso. Anuncia in­cluso su pronta muerte, con el mismo resultado. No querían escucharla, se burlaban de ella. Tanto griegos como romanos la llamaron «la dama de las infinitas calamidades». Hoy qui­zá la tacharían de «catastrofista».

Hay un espléndido momento en que ella no puede en­tender que se ignoren esas profecías de desgracias inminen­tes, algunas de las cuales podían evitarse con sólo darles crédito. Dice a los griegos: «¿Cómo no me comprendéis? Conozco muy bien vuestra lengua.» Sin embargo, el proble­ma no consistía en su pronunciación del griego. La respuesta vino a ser: «Mira, así son las cosas. Hasta el oráculo de Delfos se equivoca de vez en cuando, y a veces sus profecías son ambiguas. No podemos estar seguros, y si no podemos fiar­nos de Delfos, mucho menos de ti.» Ésa es la respuesta más clara que obtiene.

Otro tanto le sucedió con los troyanos: «Profeticé a mis compatriotas —dice— todos sus desastres.» No obstante, hi­cieron caso omiso de su clarividencia y fueron aniquilados. Al final ella corrió la misma suerte.

Hoy puede reconocerse esa misma resistencia a las profe­cías horrendas experimentada por Casandra. Cuando nos en­frentamos con una predicción ominosa que alude a fuerzas inmensas sobre las que no es fácil ejercer influencia alguna, mostramos una tendencia natural a rechazarla o no tomarla en consideración.

Mitigar o soslayar el peligro podría requerir tiempo, es­fuerzos, dinero, valentía; quizás incluso alterar las prioridades de nuestra vida. Además, no todas las predicciones de desas­tres se cumplen (ni siquiera las formuladas por científicos). La mayor parte de la vida animal oceánica no se ha extingui­do por culpa de los insecticidas; pese a lo sucedido en Etiopía y el Sahel, el hambre a escala mundial no fue el rasgo distin­tivo de la década de los ochenta; la producción alimentaria del Asia meridional no quedó drásticamente afectada por el incendio de los pozos petrolíferos de Kuwait en 1991; los aviones supersónicos no amenazan la capa de ozono... y, sin embargo, todas estas predicciones fueron expresadas por científicos serios. Así, cuando nos enfrentamos a una profe­cía nueva e incómoda, podemos sentirnos tentados de decir: «Improbable; catastrofista; jamás hemos experimentado nada remotamente parecido; tratan de asustar a todo el mundo; es malo para la moral pública».

Más aún, si los factores que precipitan la catástrofe anun­ciada están actuando desde hace mucho tiempo, entonces la propia predicción constituye un reproche indirecto y tácito. ¿Por qué nosotros, ciudadanos corrientes, hemos permiti­do que se llegase a esta situación de peligro? ¿No deberíamos habernos informado antes? ¿Acaso no somos cómplices al no haber tomado medidas para asegurar que los dirigentes polí­ticos eliminasen esa amenaza? El que la desatención y la inac­tividad propias puedan significar un peligro para nosotros mismos y para nuestros seres queridos es una reflexión incó­moda.

Surge, pues, una tendencia natural, aunque nefasta, a re­chazar todo el asunto. Hacen falta pruebas más sólidas, deci­mos, antes de poder tomarlo en serio. Sentimos la tentación de subestimar, rehuir, olvidar. Los psiquiatras son plenamen­te conscientes de esa tentación, a la que llaman «rechazo»; pero, como dice el refrán, si el río suena agua lleva.

Las historias de Creso y de Casandra representan los dos extremos de la respuesta política a quienes predicen un peli­gro mortal. El propio Creso representa un polo de acepta­ción crédula y acrítica (por lo general, de la confianza en que todo va bien), alentada por la codicia y otras debilidades del carácter; y la respuesta griega y troyana a Casandra simboli­za el polo de un rechazo estólido e inamovible de la posibili­dad de un peligro. La tarea de un político consiste en marcar un rumbo prudente entre estas dos orillas.

Imaginemos que un grupo de científicos afirma que es in­minente una gran catástrofe medioambiental. Supongamos además que lo que se necesita para prevenir o mitigar la catástrofe es costoso en recursos fiscales e intelectuales, pero también en lo que a cambio de mentalidad se refiere, por lo que es políticamente caro. ¿En qué punto deben los políticos tomar en serio a los profetas científicos? Hay maneras de es­timar la validez de las profecías modernas, porque entre los métodos de la ciencia existe un procedimiento de corrección de errores, una serie de reglas que han venido funcionado bien, y que suelen recibir la denominación conjunta de «mé­todo científico». Hay unos cuantos principios (esbocé algu­nos en mi libro El mundo y sus demonios): los argumentos de autoridad tienen poco peso («porque lo digo yo» no es una buena razón); la predicción cuantitativa constituye un modo extremadamente eficaz de distinguir las ideas útiles de las descabelladas; los métodos de análisis deben arrojar otros re­sultados consecuentes con lo que ya conocemos acerca del universo; un debate vigoroso es un signo saludable; para que una idea sea tomada en serio, deben llegar a las mismas con­clusiones grupos científicos capacitados, trabajando de forma independiente; etcétera. Existen medios para que los políti­cos decidan y hallen una vía intermedia y segura entre la ac­ción precipitada y la impasibilidad. Se requiere, empero, una cierta disciplina emocional y, sobre todo, una ciudadanía consciente y científicamente instruida, capaz de juzgar por sí misma hasta qué punto son amenazadores los peligros anun­ciados.


 

10. FALTA UN PEDAZO DEL CIELO

Esta espléndida armadura, la tierra, se me antoja un promon­torio estéril; este maravilloso dosel, el aire, mirad, ese bello firma­mento que pende arriba, este techo majestuoso encendido por un fuego dorado, sólo me parece una congregación hedionda y pesti­lente de vapores.

William Shakespeare,

Hamlet, acto II, escena II, 308 (1600-1601)

Siempre quise tener un tren eléctrico de juguete, pero mis padres no pudieron comprármelo hasta que cumplí los diez años. El que me regalaron (de segunda mano, pero en buenas condiciones) no era uno de esos modelos pequeñejos, de ape­nas un dedo de largo, que vemos hoy, sino un auténtico tren. Sólo la locomotora debía de pesar más de dos kilos. Tenía también un tender para el carbón, un vagón de viajeros y un furgón. Las vías, completamente metálicas y empalmables, eran de tres tipos: rectas, curvas y una pieza entrecru­zada que permitía realizar un tendido en ocho. Ahorré pa­ra comprar un túnel de plástico verde por el que veía salir triunfante a la locomotora, despejando la oscuridad con su foco.

Mis recuerdos de aquellos tiempos felices están impreg­nados del olor, para nada desagradable y levemente dulzón, que siempre emanaba del transformador, una gran caja negra de metal con una palanca roja deslizable para controlar la ve­locidad del tren. Si alguien me hubiese pedido entonces que describiera su función, supongo que le habría dicho que con­vertía el tipo de electricidad de las paredes de nuestro piso en aquella que necesitaba la locomotora. Sólo mucho más tarde supe que el olor se debía a una determinada sustancia quími­ca —generada por la electricidad al atravesar el aire— que te­nía un nombre propio: ozono.

El aire que nos rodea, el que respiramos, contiene alrede­dor de un 20 % de oxígeno (no el átomo, cuyo símbolo es O, sino la molécula, de símbolo O2, lo que significa dos átomos de oxígeno químicamente enlazados). El oxígeno molecular es lo que nos pone en marcha: lo respiramos y, tras combinarlo con los alimentos, extraemos energía.

El ozono es una forma más rara de oxígeno combinado. Su símbolo es O3, lo que significa tres átomos de oxígeno quí­micamente enlazados.

Mi transformador tenía un defecto. Despedía una peque­ña chispa eléctrica que desintegraba los enlaces de las molé­culas de oxígeno de esta manera:

O2 + energía -> O + O

(La flecha significa «transformado en».) Ahora bien, los átomos de oxígeno solitarios (O) se sienten insatisfechos, químicamente reactivos, ansiosos de combinarse con molé­culas adyacentes; y así lo hacen:

O + O2 + M -> O3 + M

Aquí M representa una tercera molécula cualquiera que no se altera en la reacción pero resulta necesaria para que ésta se lleve a cabo (es decir, un catalizador). Hay muchas molé­culas M en el entorno, principalmente de nitrógeno.

Esto era lo que determinaba que mi transformador pro­dujese ozono.

La reacción se da también en los motores de los coches y en los fuegos industriales, produciendo ozono reactivo que contribuye al smog y la contaminación industrial. Su olor ya no me resulta tan agradable. Sin embargo, el mayor peligro del ozono no es que exista demasiado aquí abajo, sino dema­siado poco allá arriba.

Todo se hizo de manera responsable, cuidadosamente, pensando en el medio ambiente. Hacia la década de los vein­te la gente creía que los frigoríficos eran algo bueno. Por ra­zones de comodidad, de salud pública, por la posibilidad de enviar frutas, verduras y productos lácteos a gran distancia y combinar manjares sabrosos, todo el mundo quería tener uno (se acabaron los pesados bloques de hielo; ¿qué mal po­día haber en eso?), pero ocurría que el fluido operante, cuyo calentamiento y posterior enfriamiento provocaban la refri­geración, tenía que ser amoníaco o dióxido de azufre, gases venenosos y malolientes. Un escape resultaba horrible. Se re­quería un sustituto que fuese líquido en las condiciones ade­cuadas, a fin de que circulase dentro del frigorífico, pero que no causara ningún perjuicio en caso de avería o cuando se lo convirtiese en chatarra. Para ello hacía falta encontrar un ma­terial que no fuera ponzoñoso ni inflamable, que no causase corrosión ni quemara los ojos ni atrajese bichos ni molestase al gato siquiera. No parecía que en la naturaleza existiera un material semejante.

Así, químicos estadounidenses y alemanes inventaron un tipo de moléculas inexistentes hasta entonces. Las llamaron clorofluorocarbonos (CFC), y estaban constituidas por uno o más átomos de carbono a los que se unían átomos de cloro y de flúor. He aquí una:

(C, carbono; Cl, cloro; F, flúor.) El éxito superó amplia­mente las expectativas de sus inventores. Se convirtieron en el fluido principal no sólo de los frigoríficos, sino también de los acondicionadores de aire. Encontraron amplias aplicacio­nes, como aerosoles, espumas aislantes, disolventes indus­triales y agentes limpiadores (sobre todo en la industria microelectrónica). El más famoso de estos productos fue el freón, una marca comercial de DuPont. Empleado durante décadas, nunca pareció que causase daño alguno. Todo el mundo imaginaba que era completamente seguro. Por todo esto, al cabo de cierto tiempo, un volumen sorprendente de la producción industrial química dependía de los CFC.

A comienzos de la década de los setenta se fabricaban cada año un millón de toneladas de estas sustancias. Imaginemos que estamos en el cuarto de baño aplicándonos desodorante en las axilas. El aerosol de CFC difunde una tenue neblina. Las moléculas impulsoras de CFC propelentes no se nos ad­hieren al cuerpo; revolotean cerca del espejo y llegan a las pa­redes. Algunas escapan por la ventana o por debajo de la puer­ta, y con el paso del tiempo —días o incluso semanas— son transportadas por las corrientes de convección en torno de edificios y postes del teléfono para, impulsadas por la circula­ción atmosférica global, recorrer el planeta. Con escasas ex­cepciones, no se degradan ni se combinan químicamente con otras moléculas. En la práctica son inertes. De esta forma, al cabo de unos cuantos años llegan a la alta atmósfera.

El ozono se forma de manera natural a unos 25 kilóme­tros de altitud. La luz ultravioleta —la misma que producía la chispa de mi transformador deficientemente aislado— desintegra las moléculas de O2 en átomos de oxígeno, que se recombinan formando ozono.

En esas altitudes una molécula de CFC sobrevive, por término medio, un siglo antes de que la luz ultravioleta le arranque su cloro; éste es el catalizador que destruye las mo­léculas de ozono sin aniquilarse a sí mismo. Hacen falta unos dos años para que el cloro retorne a la baja atmósfera y sea arrastrado por la lluvia. En ese tiempo, un átomo de cloro puede haber participado en la destrucción de cien mil molé­culas de ozono.

La reacción es como sigue:

O2 + luz UV -> 2O

2Cl [de los CFC] + 2O3 -> 2ClO + 2O2

2ClO + 2O -> 2Cl [regenerando el Cl] + 2O2

El resultado neto es:

2O3 -> 3O2

Han sido destruidas dos moléculas de ozono; se han for­mado tres moléculas de oxígeno, y los átomos de cloro que­dan disponibles para nuevos desaguisados.

¿A quién puede importarle todo esto? Allá arriba, en el cielo, algunas moléculas invisibles son destruidas por otras moléculas invisibles elaboradas aquí en la Tierra. ¿Por qué deberíamos preocuparnos?

Porque el ozono es nuestro escudo contra la luz ultravio­leta del Sol. Si todo el ozono de las alturas se sometiese a la temperatura y presión que hay en torno a nosotros, en este momento la capa tendría un espesor de sólo tres milímetros. No parece mucho, pero es todo lo que hay entre nosotros y las abrasadoras radiaciones ultravioleta procedentes del Sol.

El peligro asociado a la luz ultravioleta del que se suele hablar es el de cáncer de piel. Las personas de piel clara resultan especialmente vulnerables; las morenas, en cambio, dis­ponen de una generosa cantidad de melanina para su protec­ción. (Tostarse al sol constituye una adaptación; las pieles pá­lidas desarrollan una mayor protección cuando se les expone a la radiación ultravioleta.) Se diría que existe una remota jus­ticia cósmica en el hecho de que fuesen blancos los invento­res de los CFC, mientras que la gente de piel oscura, que poco tuvo que ver con tan maravilloso invento, disfruta de una protección natural. Según se ha informado, la incidencia de cánceres malignos de piel es hoy diez veces mayor que en la década de los cincuenta. Aunque parte de este aumento aparente puede deberse al perfeccionamiento del diagnóstico, la pérdida de ozono y el incremento de la exposición a la luz ultravioleta también parecen estar implicados. Si las cosas empeorasen mucho, las personas de piel pálida tendrían que utilizar prendas protectoras especiales durante sus excursio­nes habituales, al menos en alturas y latitudes elevadas.

Lo peor de todo, sin embargo, no es el incremento del cáncer de piel como consecuencia directa del aumento de las radiaciones ultravioleta, ni tampoco la mayor incidencia de cataratas oculares. Más serio es el hecho de que los rayos ul­travioleta afectan el sistema inmunitario (el mecanismo del cuerpo para combatir las enfermedades), pero, otra vez, los afectados son sólo aquellos que carecen de protección. Aho­ra bien, por grave que esto se nos antoje, el auténtico peligro radica en otra parte.

Expuestas a la luz ultravioleta, las moléculas orgánicas que constituyen toda la vida planetaria se desintegran o for­man combinaciones químicas indeseables. Los seres que más abundan en el océano son unas minúsculas algas unicelulares que flotan cerca de la superficie del agua: el fitoplancton. No pueden sumergirse más para rehuir la radiación ultravioleta porque viven gracias a la luz solar. Ciertos experimentos han mostrado que incluso un moderado incremento de radiación ultravioleta daña las algas unicelulares comunes en el océano Antártico y otros lugares. Se puede esperar que incrementos mayores causen en esos seres grandes pérdidas y, en última instancia, un aniquilamiento masivo.

Las mediciones preliminares de la población de estas plantas microscópicas revelan que en las aguas antárticas se ha registrado recientemente una mengua asombrosa —hasta del 25 %— cerca de la superficie del mar. Al ser tan pequeños, los seres que integran el fitoplancton carecen de las pieles duras de animales y plantas superiores que absorben la luz ultravio­leta. Amén de una serie de repercusiones en cascada en la ca­dena alimentaria oceánica, la muerte del fitoplancton elimina la capacidad del océano para extraer dióxido de carbono de la atmósfera, y con ello contribuye al calentamiento global. Éste es uno de los diversos modos en que se relacionan el debilita­miento de la capa de ozono y el calentamiento de la Tierra (aunque sean cuestiones fundamentalmente diferentes, por­que en el caso de la disminución del ozono el responsable es la luz ultravioleta, mientras que en el del calentamiento global lo son la luz visible y la infrarroja).

Ahora bien, si incide sobre el océano una mayor canti­dad de luz ultravioleta, el peligro no queda limitado a estas pequeñas algas, porque son el alimento de animales micros­cópicos (el zooplancton) que a su vez son devorados por pe­queños crustáceos (como los de mi mundo de cristal núme­ro 4210), a su vez devorados por peces pequeños, a su vez devorados por los grandes, a su vez devorados por los de­lfines, las ballenas y los hombres. La destrucción de las algas en la base de la cadena alimentaria determina el colapso de ésta. Existen, en la tierra y en el agua, muchas cadenas ali­mentarias, y todas parecen vulnerables a los daños produci­dos por las radiaciones ultravioleta. Por ejemplo, las bacte­rias de las raíces de los arrozales que fijan el nitrógeno del aire son sensibles a la luz ultravioleta; un incremento de ésta podría poner en peligro las cosechas y posiblemente com­prometer incluso el abastecimiento alimentario humano. Los estudios de laboratorio sobre cosechas a latitudes medias in­dican que muchas resultan desfavorablemente afectadas por la luz ultravioleta cercana que se filtra al adelgazarse la capa de ozono.

Al permitir la destrucción de la capa de ozono y el au­mento de la intensidad de la radiación ultravioleta en la su­perficie terrestre, estamos planteando retos de gravedad des­conocida pero inquietante al tejido de la vida planetaria. Ignoramos las complejas dependencias mutuas de los seres de la Tierra y cuáles serán las consecuencias derivadas de la desaparición de algunos microbios especialmente vulnerables de los que dependen organismos mayores. Estamos tirando del tapiz biológico planetario y no sabemos si sólo arrancare­mos un hilo o si se desbaratará todo el tejido.

Nadie cree que la capa de ozono en su totalidad corra pe­ligro de desaparición inminente. Aunque nos neguemos con terquedad a reconocer el riesgo, no quedaremos reducidos a la asepsia de la superficie marciana, ametrallada por las radia­ciones ultravioleta del Sol que llegan hasta allí sin ningún estorbo; pero se estima muy peligrosa una reducción global de sólo el 10 % del volumen de ozono, y muchos científicos creen que la actual dosis de CFC en la atmósfera determina­rá ese resultado.

En 1974, F. Sherwood Rowland y Mario Molina, de la Universidad de California, fueron los primeros en advertir que los CFC —cerca de un millón de toneladas inyectadas cada año en la estratosfera— podían dañar gravemente la capa de ozono. Experimentos y cálculos subsiguientes de científicos de todo el mundo han confirmado su hallazgo. En un principio, algunos cálculos ratificaron la existencia del efecto, pero indicaron que era menos serio de lo que decían Rowland y Molina; otros señalaron que sería más grave. (Casi siempre que se produce un nuevo descubrimiento otros investigadores tratan de determinar su solidez.) Sin em­bargo, los cálculos se asentaron más o menos hacia donde Rowland y Molina habían dicho (y en 1995 compartieron el premio Nóbel de química por su trabajo).

La empresa DuPont, que vendía CFC a razón de unos 600 millones de dólares al año, publicó cartas en periódicos y revistas científicas, y sus representantes declararon ante comi­siones del Congreso que no estaba demostrado que los CFC representasen un peligro para la capa de ozono, que se había exagerado mucho o que la conclusión se basaba en un razo­namiento científico defectuoso. Sus cartas comparaban a los «teóricos y algunos legisladores», que exigían la prohibición de los CFC, con los «investigadores y la industria de los ae­rosoles», dispuestos a contemporizar. Afirmaban que «los responsables primarios eran... otros productos químicos» y advirtieron del riesgo de «empresas destruidas por una pre­matura acción legislativa». Aseguraban que «no había eviden­cia suficiente» sobre la cuestión y prometían iniciar una investigación de tres años, pasados los cuales se podría hacer algo. Una empresa poderosa y próspera no estaba dispuesta a arriesgar centenares de millones de dólares al año sólo por lo que dijeran unos pocos fotoquímicos. Cuando la teoría que­dó demostrada sin resquicio de duda, declararon que aún era demasiado pronto para considerar la oportunidad de hacer cambios. En cierto modo venían a decir que la fabricación de los CFC se interrumpiría tan pronto como la capa de ozono hubiese quedado irreparablemente dañada. Claro que para entonces era probable que ya no existieran clientes.

Una vez los CFC llegan a la alta atmósfera, no hay medio de eliminarlos (tampoco es posible enviar ozono desde aquí, donde es un contaminante, hacia donde se necesita). Los efectos de los CFC ya presentes en el aire perdurarán alrede­dor de un siglo. En consecuencia, Sherwood Rowland, otros científicos y el Consejo de Defensa de los Recursos Natura­les de Washington exigieron la prohibición de los clorofluorocarbonos. Hacia 1978 los aerosoles de CFC fueron decla­rados ilegales en Estados Unidos, Canadá, Noruega y Suecia. Sin embargo, la mayor parte de la producción de CFC no se destinaba a aerosoles. La inquietud pública se calmó momentáneamente, la atención se desvió hacia otra parte y el conte­nido de CFC en el aire siguió aumentando. El volumen de cloro atmosférico llegó a ser el doble del que había cuando Rowland y Molina dieron la alarma, y cinco veces el existen­te en 1950.

Durante años, el British Antartic Survey, un equipo de científicos instalado en la bahía de Halley, en el continente Antártico, había estado midiendo la capa de ozono sobre sus cabezas. En 1985 anunciaron la desconcertante noticia de que el ozono primaveral se había reducido a casi la mitad del re­gistrado unos años antes. El descubrimiento fue confirmado por un satélite de la NASA. Faltan ahora dos tercios del ozo­no primaveral sobre la Antártida. Hay un agujero en la capa antártica de ozono. Ha aparecido cada primavera desde fina­les de la década de los setenta. Aunque se cierra en invierno, parece durar cada vez más tiempo en primavera. Ningún científico había previsto algo así.

Como es lógico, el descubrimiento hizo que se repitieran las peticiones de prohibición de los CFC (igual que había su­cedido cuando se descubrió que éstos contribuían al calenta­miento global provocado por el efecto invernadero del dióxi­do de carbono). Pero a los ejecutivos industriales parecía costarles comprender la naturaleza del problema. Richard C. Barnett, presidente de la Alianza para una Política Responsa­ble sobre los CFC —integrada por sus fabricantes— llegó a decir: «La suspensión inmediata y completa de los CFC que algunos solicitan tendría horrendas consecuencias. Varias in­dustrias tendrían que cerrar por falta de productos alternati­vos; el remedio mataría al paciente.» Sin embargo, no debe­mos olvidar que el paciente no es «algunas industrias», sino que podría ser la vida en la Tierra.

La Asociación de Fabricantes de Productos Químicos consideraba «muy improbable que [el agujero de la Antárti­da] tenga una significación global... Incluso en la otra región más semejante del mundo, el Ártico, la meteorología descar­ta de hecho una situación similar».

Posteriormente se encontraron en el agujero de ozono mismo niveles incrementados de cloro reactivo, lo que con­tribuyó a confirmar la implicación de los CFC. Mediciones próximas al polo norte indican que también está surgiendo un agujero de ozono en el Ártico. Un estudio de 1996 titula­do «Confirmación por satélite del predominio de clorofluorocarbonos en el balance de cloro estratosférico global» llega a la conclusión extraordinariamente tajante (para tratarse de un artículo científico) de que los CFC se hallan implicados en la mengua del ozono «más allá de cualquier duda razona­ble». La acción del cloro procedente de los volcanes y la es­puma marina —al contrario de lo postulado por algunos co­mentaristas radiofónicos de derechas— es, como mucho, responsable del 5 % del ozono destruido.

En las latitudes septentrionales, donde se concentra la mayor parte de la población de la Tierra, el volumen de ozo­no parece haber estado menguando de forma constante al menos desde 1969. Es cierto que hay fluctuaciones —los ae­rosoles volcánicos en la estratosfera, por ejemplo, contribu­yen a reducir durante un año o dos los niveles de ozono an­tes de posarse—, pero según la Organización Meteorológica Mundial, el descubrimiento de disminuciones del 30 % en las latitudes septentrionales medias durante algunos meses del año, y hasta del 45 % en ciertas áreas, constituye un motivo de alarma. Así no hará falta que pasen muchos años para que la vida bajo la menguante capa de ozono se encuentre, con toda probabilidad, en apuros.

La ciudad de Berkeley (California) prohibió los envases de espuma sólida de CFC utilizados en muchos comercios para mantener caliente la comida. La cadena de hamburgueserías McDonald's se comprometió a eliminar de sus envases los CFC más dañinos. Finalmente, y ante la amenaza de re­gulaciones oficiales y del boicot de los consumidores, en 1988, catorce años después de que hubiera sido identificado el peligro de los CFC, DuPont anunció que reduciría paula­tinamente la producción de estos compuestos, pero que no la abandonaría por completo antes del año 2000. Otros pro­ductores norteamericanos ni siquiera prometieron eso. Sin embargo, Estados Unidos sólo era responsable del 30 % de la producción mundial de clorofluorocarbonos. La amenaza a largo plazo sobre la capa de ozono era global. Estaba claro, pues, que también tendría que serlo la solución.

En septiembre de 1987, los representantes de muchas de las naciones productoras y consumidoras de CFC se reunie­ron en Montreal para considerar la posibilidad de un acuerdo que limitase su empleo. En un principio, Gran Bretaña, Italia y Francia, presionadas por sus poderosas industrias químicas (y este último país por sus fabricantes de perfumes), sólo participaron en el debate a regañadientes, pues temían que DuPont escondiera en la manga un sustitutivo y sospechaban que Estados Unidos quería prohibir los CFC para aumentar la competitividad global de una de sus mayores empresas. Naciones como Corea del Sur ni siquiera comparecieron. La delegación china no firmó el tratado. Se dice que Donald Hodel, secretario de Interior estadounidense (un conserva­dor nombrado por Reagan y enemigo de los controles oficia­les), sugirió que, en vez de limitar la producción de CFC, to­dos lleváramos gafas de sol y sombrero. Esta opción no está al alcance de los microorganismos en la base de la cadena alimentaria que mantiene la vida en la Tierra. Pese a tal opinión, Estados Unidos firmó el Protocolo de Montreal. Fue verda­deramente inesperado que eso ocurriera durante el espasmo antiambientalista de la última administración de Reagan (a menos que el temor de los competidores europeos de Du­Pont estuviese realmente fundado). Sólo en Estados Unidos había que reemplazar 90 millones de acondicionadores de aire para coches y 100 millones de frigoríficos, lo que repre­sentaba un sacrificio considerable en aras del medio ambien­te. Hay que reconocer un mérito sustancial al embajador Ri­chard Benedick, que encabezó la delegación norteamericana en Montreal, y a la primera ministra británica Margaret Thatcher, quien, por haber cursado estudios de química, com­prendió la cuestión.

El Protocolo de Montreal fue reforzado después por dos acuerdos adicionales firmados en Londres y Copenhague. A la hora en que escribo, 156 naciones, incluyendo las repúbli­cas de la ex Unión Soviética, China, Corea del Sur e India, han firmado el tratado. (Algunos países se preguntan por qué tienen que olvidarse de los frigoríficos y acondicionadores de aire que emplean CFC justo cuando sus industrias empiezan a desarrollarse, y cuando Japón y Occidente ya han sacado todo el partido de éstos. Se trata de una reivindicación justa, aunque denota una gran estrechez de miras.) Se acordó una reducción progresiva de la producción de CFC hasta su total supresión en el año 2000, plazo que luego se anticipó a 1996. China, cuyo consumo de CFC durante la década de los ochenta aumentaba en un 20 % anual, accedió a reducir su uso y renunció al periodo de gracia de 10 años que le conce­día el acuerdo. DuPont es ahora una empresa líder en la su­presión de los CFC y se ha comprometido a una reducción más rápida que la de muchas naciones. El volumen de clorofluorocarbonos en la atmósfera está menguando apreciablemente. Lo malo es que tendremos que dejar de producirlos por completo y luego aguardar un siglo a que la atmósfera se limpie por sí sola. Cuanto más nos demoremos, cuantas más sean las naciones que persistan en la producción de estos compuestos, mayor será el peligro.

Está claro que el problema se resolverá cuando se en­cuentre un sustituto barato y eficaz de los CFC que no cause daño ni a nosotros ni al medio ambiente. Ahora bien, ¿y si no existe? ¿Y si el mejor sustituto es más caro que los CFC? ¿Quién pagará las investigaciones y quién asumirá la diferen­cia de precio, el consumidor, el Gobierno o la industria quí­mica, que nos metió en este atolladero y sacó partido de ello? ¿Proporcionan las naciones industrializadas que se beneficia­ron de la tecnología de los CFC una ayuda significativa a los estados en vías de industrialización que no tuvieron esa ven­taja? ¿Y si necesitamos 20 años para asegurarnos que el sustituto no causa cáncer? ¿Qué hay de las radiaciones ultra­violeta que ahora mismo inciden sobre el océano Antártico? ¿Qué decir de los CFC que siguen produciéndose y que con­tinuarán ascendiendo hasta la capa de ozono hasta el mo­mento de su total prohibición?

Se dispone ya de un sustituto o, mejor dicho, un remedio temporal. Los CFC están siendo provisionalmente reempla­zados por los HCFC, moléculas similares pero con átomos de hidrógeno. Por ejemplo:

Siguen siendo dañinos para la capa de ozono, aunque mucho menos; como los CFC, contribuyen significativa­mente al calentamiento global y, al menos al principio de su producción, resultan más caros. Pero responden a una nece­sidad inmediata: la protección de la capa de ozono. Los HCFC fueron desarrollados por DuPont, si bien después de los descubrimientos efectuados en la bahía de Halley, o eso jura la empresa.

El bromo es, átomo por átomo, al menos cuarenta veces más activo en la destrucción del ozono estratosférico que el cloro. Por fortuna, resulta mucho más raro que éste. Llega a la atmósfera en halones empleados como extintores de incen­dios, y en el bromuro de metilo,

empleado para fumigar la tierra y el grano almacenado. Entre 1994 y 1996 las naciones industrializadas acordaron reducir progresivamente la producción de estas sustancias a partir de este último año, pero sin suprimirla del todo hasta el 2030. Dado que no existen sustitutos para los halones, puede surgir la tentación de seguir empleándolos, prohibidos o no. Mien­tras tanto, un importante reto tecnológico consiste en hallar una solución a largo plazo mejor que los HCFC, quizás otra brillante síntesis de una nueva molécula, o bien algo comple­tamente distinto (por ejemplo, frigoríficos acústicos carentes de fluidos portadores de peligros sutiles). Aquí hay sitio para la invención y la creatividad. Tanto las ventajas económicas como el beneficio a largo plazo para las especies y el planeta serían considerables. Me gustaría ver empeñada en afán tan meritorio la enorme destreza técnica invertida en los labora­torios de armas nucleares, ahora moribundos tras el final de la guerra fría. Me gustaría saber de ayudas generosas y pre­mios irresistibles para la invención de maneras convenientes, seguras y razonablemente baratas de producir acondiciona­dores de aire y frigoríficos cuya fabricación resulte accesible también a las naciones en vías de desarrollo.

El Protocolo de Montreal reviste importancia por la magnitud de los cambios acordados, pero sobre todo por su orientación. Lo que quizá resultó más sorprendente fue que se aprobase la prohibición de los CFC cuando aún no estaba claro si existiría una alternativa factible. La conferencia de Montreal fue patrocinada por el Programa Ambiental de las Naciones Unidas, cuyo director, Mostafá K. Tolba, la descri­bió como «el primer tratado verdaderamente global que brinda protección a todo ser humano».

Es estimulante que seamos capaces de reconocer peligros nuevos e inesperados, que la especie humana logre unirse para trabajar en nombre de todos sobre una cuestión semejante, que las naciones ricas estén dispuestas a una participación jus­ta en los costes y que empresas con mucho que perder no sólo cambien de opinión, sino que vean en una crisis de tal calibre nuevas oportunidades de prosperidad. La prohibición de los CFC proporciona lo que en matemáticas se conoce como un teorema de existencia, la demostración de que algo imposible a juzgar por lo que uno sabe puede hacerse de hecho realidad. Hay motivos para un optimismo cauteloso.

El cloro parece haber alcanzado en la estratosfera una proporción máxima de cuatro partes por cada mil millones. La cantidad de cloro está disminuyendo, pero, al menos en parte a causa del bromo, no se espera que la capa de ozono se restablezca pronto.

Evidentemente, aún es demasiado temprano para relajar­nos por completo en cuanto a la protección de la capa de ozono. Tenemos que asegurarnos que la fabricación de es­tos materiales quede interrumpida en todo el mundo casi por completo. Hace falta un mayor esfuerzo investigador para hallar sustitutos seguros. Se necesita un exhaustivo reconoci­miento de la capa de ozono a escala global (desde estaciones terrestres, aviones y satélites en órbita*), al menos tan concienzudo como el que dedicaríamos a un ser querido que su­friese de palpitaciones cardíacas. Tenemos que saber en qué medida las erupciones volcánicas ocasionales, el calentamien­to continuado o la introducción de productos químicos nue­vos en la atmósfera del planeta imponen nuevas tensiones so­bre la capa de ozono.

Poco después de la firma del Protocolo de Montreal co­menzaron a descender los niveles de cloro. A partir de 1994 han bajado los niveles estratosféricos de cloro y bromo jun­tos. Se ha estimado que, si disminuyen también los niveles de bromo por separado, con la llegada del siglo XXI la capa de ozono iniciará una recuperación a largo plazo. Si no se hu­biesen establecido controles de CFC hasta el 2010, el cloro habría alcanzado niveles tres veces superiores a los actuales, el agujero de la capa de ozono sobre la Antártida persistiría hasta mediado el siglo XXII y la mengua primaveral del ozono en las latitudes septentrionales medias podría haber alcanza­do más del 30 % (una magnitud abrumadora en palabras de Michael Prather, compañero de Rowland en Irvine).

En Estados Unidos sigue habiendo cierta resistencia por parte de las industrias de la refrigeración, de los «conserva­dores» extremistas y de algunos congresistas republicanos. Tom DeLay, líder de la mayoría republicana en la Cámara de Representantes, consideraba en 1996 que «la ciencia que subyace tras la prohibición de los CFC es discutible» y que el Protocolo de Montreal es «el resultado del pánico suscitado por los medios de comunicación». John Doolittle, otro re­presentante republicano, insistía en que el vínculo causal en­tre la mengua de ozono y los CFC «sigue estando muy abierto al debate». En respuesta a un periodista que le recor­dó el talante crítico y escéptico con que los expertos habían revisado todos y cada uno de los artículos que establecieron ese vínculo, Doolittle replicó: «No voy a enredarme en re­visar a fondo una superchería.» Para el país sería mejor que lo hiciera. La revisión crítica a fondo es, de hecho, el gran detector de supercherías. El juicio de la comisión Nóbel fue diferente. Al conceder el premio a Rowland y Molina —cu­yos nombres debería conocer todo escolar— los alabó por haber «contribuido a salvarnos de un problema ambiental global que podría haber tenido consecuencias catastróficas». Es difícil entender cómo pueden oponerse los «conservado­res» a salvaguardar el entorno del que depende la vida de to­dos nosotros, incluidos ellos mismos y sus hijos. ¿Qué es exactamente, pues, lo que están conservando los conservadores?

Los elementos cruciales de la historia del ozono son como los de muchas otras amenazas ambientales. Comen­zamos vertiendo alguna sustancia en la atmósfera. No exami­namos a conciencia su impacto ambiental porque el estudio sería caro o retrasaría la producción y menguaría los bene­ficios, o porque los responsables no quieren escuchar argu­mentos en contra, o porque no se ha recurrido al mejor talento científico, o sencillamente porque somos humanos y falibles y se nos ha pasado algo por alto. Entonces, de repen­te, nos enfrentamos con un peligro por completo inesperado y de dimensiones planetarias que quizá manifieste sus conse­cuencias más ominosas al cabo de décadas o siglos. No cabe resolver el problema localmente o a corto plazo.

En todos los casos la lección es clara. No siempre somos lo bastante inteligentes o prudentes para prever todas las consecuencias de nuestras acciones. La invención de los clorofluorocarbonos fue un logro brillante, pero por muy inge­niosos que pareciesen en su momento los químicos responsa­bles no lo fueron lo suficiente. Los CFC eran inertes hasta el punto de sobrevivir para alcanzar la capa de ozono. El mun­do es complejo. El aire, tenue. La naturaleza, sutil. Nuestra capacidad de hacer daño, grande. Debemos ser más cuidado­sos y menos tolerantes en lo que a la contaminación de este frágil planeta se refiere.

Tenemos que alcanzar cotas significativamente superiores de higiene planetaria y de recursos científicos destinados a observar y entender el mundo. Debemos empezar a pensar y actuar no sólo en términos de nuestro país y de nuestra gene­ración (y mucho menos de los beneficios de una determinada industria) sino en interés del vulnerable planeta Tierra en su totalidad y de las generaciones futuras. El agujero de la capa de ozono es una especie de mensaje escrito en el cielo. Al principio parecía expresar nuestra continuada complacencia ante una poción mágica de peligros mortales, pero quizás ex­prese en realidad un talento recién hallado para trabajar jun­tos con el fin de proteger el medioambiente global. El Proto­colo de Montreal y sus enmiendas representan un triunfo y un motivo de gloria para la especie humana.


 

11. EMBOSCADA: EL CALENTAMIENTO DEL MUNDO

Apostados están contra sus propias vidas.

Proverbios, 1: 18

Hace 300 millones de años la Tierra estaba cubierta de vastos pantanos. Cuando los helechos, equisetos y licopodios murieron, quedaron enterrados bajo el fango. Con el paso de los siglos, sus restos fueron hundiéndose cada vez más y transformándose lentamente en un sólido orgánico y duro que llamamos carbón. En otros lugares y épocas, cantidades inmensas de plantas y animales unicelulares murieron, descendieron al fondo marino y fueron cubiertos por los sedimentos. Tras un extraordinariamente lento proceso de descomposición, sus restos acabaron convirtiéndose en líquidos y gases orgánicos que llamamos petróleo y gas natural. (Una parte del gas natural podría ser primordial, no de origen biológico sino incorporado en la corteza terrestre durante su formación.) Al principio del proceso evolutivo los seres hu­manos sólo tenían contacto con estos extraños materiales en raras ocasiones en que eran transportados a la superficie terrestre. Se piensa que la filtración de petróleo y gas y su ignición por el rayo están en el origen de la «llama eterna», elemento central de las religiones de la antigua Persia adoradoras del fuego. Marco Polo suscitó la incredulidad de muchos expertos europeos de la época al referir la descabellada histo­ria de que en China se extraían unas rocas negras que ardían cuando se les prendía fuego.

Con el tiempo los europeos reconocieron la utilidad po­tencial de aquellos materiales de transporte fácil y ricos en energía. Eran mucho mejores que la leña, ya que servían tan­to para calentar una casa como para alimentar un horno, po­ner en marcha una máquina de vapor, generar electricidad, impulsar la industria o hacer funcionar trenes, coches, barcos y aviones. Tenían, además, inestimables aplicaciones milita­res. Así pues, aprendimos a sacar el carbón de la tierra y a perforar el terreno para hacer brotar el gas y el petróleo pro­fundamente enterrados y comprimidos por el peso enorme de las rocas. Estas sustancias proporcionaron la propulsión que hizo posible nuestra civilización tecnológica global. No es exagerado afirmar que, en cierto sentido, mueven el mun­do. Como siempre, sin embargo, hay que pagar un precio.

El carbón, el petróleo y el gas natural reciben el nombre genérico de combustibles fósiles, porque están constituidos fundamentalmente por los restos fósiles de seres que vivieron hace tiempo. La energía química que contienen viene a ser luz solar almacenada, captada en origen por plantas pretéri­tas. Nuestra civilización funciona a base de quemar los restos de criaturas humildes que poblaron la Tierra centenares de millones de años antes de que entraran en escena los prime­ros seres humanos. Como si de un tétrico culto caníbal se tratara, subsistimos gracias a los cadáveres de nuestros ante­cesores y parientes lejanos.

Si pensamos en los tiempos en que el único combustible era la madera, cabe comprender hasta cierto punto los bene­ficios que los combustibles fósiles nos han proporcionado. Han contribuido también a crear vastas industrias a escala global con un inmenso poder financiero y político; de ellos dependen asimismo industrias total o parcialmente subsidiarías (en el primer caso, coches, aviones, etc.; en el segundo, productos químicos, fertilizantes, etc.). Esa dependencia im­plica que las naciones llegarán hasta donde sea en su afán de conservar sus fuentes de abastecimiento. Los combustibles fósiles fueron un factor importante en la gestación de las dos Guerras Mundiales. La agresión del Japón al inicio de la Se­gunda Guerra Mundial se explicó y justificó sobre la base de que estaba obligado a salvaguardar sus fuentes de petróleo. Un ejemplo más cercano de que la importancia política y mi­litar de los combustibles fósiles sigue siendo considerable lo constituye la guerra del Golfo Pérsico, en 1991.

Cerca del 30 % de todas las importaciones norteamerica­nas de petróleo proceden del Golfo Pérsico. Hay meses en que Estados Unidos importa más de la mitad del crudo que consume, lo que representa más del 50 % del déficit de su ba­lanza de pagos. Estados Unidos destina mil millones de dóla­res por semana, como mínimo, a dichas importaciones. Chi­na, con su creciente demanda de automóviles, podría alcanzar el mismo nivel a principios del siglo XXI. Cifras similares se aplican a Europa occidental. Los economistas proponen mo­delos en los que el incremento del precio del petróleo genera inflación, subida de los tipos de interés, reducción de la inver­sión en nuevas industrias, paro y recesión económica. Quizá nunca se hagan realidad, pero todo esto es una posible con­secuencia de nuestra adicción al petróleo, que empuja a las naciones a adoptar políticas que de otro modo serían consi­deradas inmorales y temerarias. Considérese al respecto el si­guiente comentario hecho en 1990 por el columnista Jack Anderson, que expresa una opinión muy difundida: «Por im­popular que resulte la idea, Estados Unidos debe seguir sien­do el gendarme del mundo. En un plano puramente egoísta, los norteamericanos necesitan lo que el mundo posee, y la necesidad preeminente es el petróleo.» Según Bob Dole, en­tonces líder de la minoría en el Senado, la guerra del Golfo —que puso en peligro las vidas de 200.000 jóvenes estadounidenses— fue emprendida «sólo por una razón: el petróleo».

A la hora en que escribo, el coste nominal del barril de crudo es de casi veinte dólares, mientras que las reservas cer­tificadas o «confirmadas» de petróleo alcanzan casi un billón de barriles. Veinte billones de dólares es cuatro veces la deu­da nacional de Estados Unidos, la mayor del mundo. Oro negro, desde luego.

La producción global de petróleo alcanza los 20.000 mi­llones de barriles anuales, de manera que cada año consumi­mos cerca del 2 % de las reservas confirmadas. Uno podría pensar que las agotaremos pronto, quizás en los próximos 50 años. Sin embargo, seguimos hallando nuevas reservas. Las predicciones de que nos quedaríamos sin petróleo para tal o cual fecha se han demostrado infundadas. Es verdad que la cantidad de petróleo, gas natural y carbón en el mundo es fi­nita, pero parece improbable que vayamos a agotar los com­bustibles fósiles pronto. El único problema es que resulta cada vez más caro encontrar reservas inexplotadas, que la economía mundial puede sufrir un colapso si cambian de golpe los precios del petróleo, y que los países están dispues­tos a guerrear para conseguirlo. También, existe, naturalmen­te, el coste ambiental.

El precio que pagamos por los combustibles fósiles no se mide sólo en dólares. Las «fábricas satánicas» de la Inglaterra de los primeros años de la Revolución Industrial contamina­ron el aire y causaron una epidemia de enfermedades respi­ratorias. La niebla londinense, popular gracias a las dramatizaciones de Holmes y Watson, Jekyll y Hyde y Jack el Destripador y sus víctimas, era una letal contaminación de origen doméstico e industrial, en buena parte debida a la combustión de carbón. Hoy los automóviles emiten gases de escape y las ciudades están plagadas de smog, que afecta la sa­lud, la felicidad y la productividad de las mismas personas que generan los contaminantes. Sabemos también de la lluvia ácida y de las catástrofes ecológicas causadas por los vertidos de petróleo. Sin embargo, la opinión predominante siempre ha sido que tales azotes a nuestra salud y al medio ambiente quedaban más que compensados por los beneficios que apor­taban los combustibles fósiles.

Ahora, sin embargo, los gobiernos y pueblos de la Tierra son cada vez más conscientes de otra peligrosa consecuencia del uso de combustibles fósiles: al quemar carbón, petróleo o gas natural estamos combinando el carbono del combustible fósil con el oxígeno del aire. Esta reacción química libera una energía encerrada durante quizá 200 millones de años. Ahora bien, al combinar un átomo de carbono, C, con una molécu­la de oxígeno, O2, se forma también una molécula de dióxido de carbono, CO2,

C + O2 -> CO2

y el CO2 es uno de los gases responsables del efecto inverna­dero.

¿Qué es lo que determina la temperatura media de la Tie­rra, el clima planetario? La cantidad de calor que emana del centro de la Tierra es despreciable en comparación con la que llega a su superficie procedente del Sol. Si éste se apagase, la temperatura del planeta descendería tanto que el aire se con­gelaría, y la Tierra quedaría cubierta por una capa de nieve de nitrógeno y oxígeno de unos diez metros de espesor. Sabe­mos cual es la cantidad de luz solar que incide sobre el plane­ta y lo calienta; ¿podemos calcular entonces cuál debería ser la temperatura media de la superficie terrestre? De hecho, se trata de un cálculo fácil, tanto que se enseña en cursos ele­mentales de astronomía y meteorología (otro ejemplo del poder y la belleza de la cuantificación).

La cantidad de luz solar absorbida por la Tierra tiene que igualar, por término medio, la energía devuelta al espacio.

Por lo común no pensamos que el planeta irradia energía al espacio, y cuando volamos de noche no vemos relucir el sue­lo en la oscuridad (excepto sobre las ciudades), pero esto es porque sólo percibimos la luz visible ordinaria, a la que son sensibles nuestros ojos. Si mirásemos más allá de la luz roja, dentro de la banda infrarroja térmica del espectro —unas veinte veces la longitud de onda de la luz amarilla—, vería­mos brillar la Tierra con una luz infrarroja propia, fantasmal y fría, más en el Sahara que en la Antártida, más de día que de noche. No se trata de luz solar reflejada, sino del propio ca­lor del planeta. Cuanta más energía le llegue a la Tierra procedente del Sol, más energía irradiará aquélla al espacio. Cuanto más caliente esté el planeta, más relucirá en la oscuridad.

Lo que determina el calor terrestre depende de la fuerza del Sol y de la reflectancia del planeta. (Todo lo que no es re­flejado al espacio es absorbido por el suelo, las nubes y el aire. Si la Tierra fuese perfectamente reflectante, los rayos del Sol no la calentarían.) La mayor parte de la luz solar reflejada sí está en la parte visible del espectro. Igualemos, pues, la en­trada (que depende de cuánta luz solar absorbe el planeta) y la salida (que depende de la temperatura de la Tierra), equili­bremos las dos partes de la ecuación y tendremos la tempera­tura predicha del planeta. ¡Facilísimo! ¡No podría serlo más! Echemos cuentas; ¿cuál es la respuesta?

Nuestros cálculos nos dicen que la temperatura media de la Tierra debería ser de unos 20 °C bajo cero. Los océanos deberían estar helados y todos tendríamos que estar tiesos de frío. La Tierra debería ser un lugar hostil para casi todas las formas de vida. ¿Dónde reside el error?

En realidad no hemos errado en los cálculos; sencilla­mente hemos dejado algo fuera: el efecto invernadero. He­mos supuesto de manera implícita que la Tierra carece de atmósfera. Aunque el aire es transparente a las longitudes de onda visibles (excepto en lugares como Denver y Los Ángeles), se muestra mucho más opaco en la parte infrarroja térmica del espectro. Esto tiene una gran significación. Algu­nos de los gases en el aire que nos rodea —dióxido de carbo­no, vapor de agua, ciertos óxidos de nitrógeno, metano y clorofluorocarbonos— absorben mucha luz infrarroja, aunque sean completamente transparentes a la luz visible. Si se colo­ca una capa de esa materia sobre el suelo, la luz solar visible sigue entrando, pero cuando la superficie la irradia en forma de luz infrarroja, es absorbida por la manta de gases (transpa­rente a la luz visible, semiopaca a la infrarroja) en vez de dis­persarse en el espacio.

Como resultado, la Tierra tiene que calentarse algo para lograr el equilibrio entre la luz solar incidente y la radiación infrarroja emitida. Si calculamos el grado de opacidad de esos gases en el infrarrojo y cuánto calor planetario interceptan, tendremos la respuesta adecuada. Así descubrimos que, por término medio (tomando en consideración las estaciones del año, las latitudes y los momentos del día) la superficie terres­tre debería estar a unos 13 °C sobre cero. Por eso los océanos no se congelan y el clima resulta adecuado para nuestra espe­cie y nuestra civilización.

La vida depende de un equilibrio delicado de gases invisi­bles que son componentes menores de la atmósfera terrestre. Un poco de efecto invernadero es bueno. Ahora bien, si aña­dimos más gases de éstos —como hemos estado haciendo desde el inicio de la Revolución Industrial—, absorberán más radiación infrarroja. Estamos haciendo más gruesa la manta, y con ello calentando más la Tierra.

A los políticos y a la gente en general todo esto (gases in­visibles, mantas infrarrojas, cálculos de físicos) tal vez les pa­rezca un poco abstracto. ¿Acaso no necesitamos más pruebas de que existe realmente un efecto invernadero y de que su exceso puede ser peligroso antes de tomar decisiones difíciles que suponen un gasto de dinero? En el carácter del planeta más próximo al nuestro, la amable naturaleza nos ha proporcionado un recordatorio aleccionador. Venus se halla un poco más cerca del Sol que la Tierra, pero sus espesas nubes son tan brillantes que, de hecho, absorbe menos luz solar que la Tierra. Al margen del efecto invernadero, su superficie de­bería ser más fría que la terrestre. Venus tiene un tamaño y una masa parecidos a los de nuestro planeta, de lo que cabría deducir, ingenuamente, que posee un medio ambiente agradable semejante al de aquí y en definitiva adecuado para el turismo. Sin embargo, si enviáramos una nave espacial a tra­vés de esas nubes —en buena parte constituidas por ácido sulfúrico— como hizo la Unión Soviética con las sondas es­paciales Venera, descubriríamos una atmósfera muy densa, formada en su mayor parte por dióxido de carbono, con una presión al nivel de la superficie 90 veces superior a la terres­tre. Si asomáramos un termómetro, como hicieron las naves Venera, registraríamos una temperatura de unos 470 °C, sufi­ciente para fundir el estaño o el plomo. Esas temperaturas superficiales, superiores a las del horno doméstico más pode­roso, se deben al efecto invernadero, en gran medida fruto de la espesa atmósfera de dióxido de carbono (hay también pe­queñas cantidades de vapor de agua y otros gases que ab­sorben el infrarrojo). Venus constituye una demostración práctica de que un incremento en los gases responsables del efecto invernadero puede tener consecuencias desagradables. Es un buen sitio para enseñar a quienes en las tertulias ra­diofónicas insisten en que el efecto invernadero es un en­gaño.

Cuanto más aumenta la población humana de la Tierra y se amplían nuestros poderes tecnológicos, más gases que ab­sorben el infrarrojo lanzamos a la atmósfera. Existen proce­sos naturales que eliminan esos gases del aire, pero estamos produciéndolos a un ritmo tal que estos mecanismos natura­les de eliminación se ven superados. A través de la quema de combustibles fósiles por un lado y la destrucción de árboles (que absorben el CO2 y lo convierten en madera) por otro,

somos responsables de verter cada año al aire 7.000 millones de toneladas de dióxido de carbono.

En el gráfico de la página 139 se puede apreciar el au­mento de dióxido de carbono en la atmósfera terrestre regis­trado en los últimos años. Los datos proceden del observato­rio atmosférico de Mauna Loa, en Hawai. Las islas Hawai no están demasiado industrializadas ni han sido escenario de la quema extensiva de bosques (lo que introduce más CO2 en el aire). El incremento de dióxido de carbono detecta­do en Hawai con el paso del tiempo procede de actividades a escala planetaria. El dióxido de carbono llega hasta allí trans­portado por la circulación atmosférica global y cada año se registra una elevación y una disminución del dióxido de car­bono. La culpa es de los árboles de hoja caduca, que en vera­no captan CO2 atmosférico, pero en invierno, desnudos, de­jan de hacerlo. Superpuesta a esa oscilación anual se aprecia de manera absolutamente inequívoca una tendencia crecien­te a largo plazo. La concentración de CO2 en la atmósfera ha superado ya las 350 partes por millón; es más alta que en cualquier otro momento de la historia de la humanidad. Los incrementos de clorofluorocarbonos han sido los más rápi­dos —cerca de un 5 % al año— en razón del desarrollo mun­dial de la industria de los CFC, aunque ahora comienzan a disminuir*. Por culpa de la agricultura y de la industria, aumentan también otros gases invernadero, como el metano.

Puesto que sabemos en qué medida están aumentando los gases invernadero y afirmamos conocer la opacidad infra­rroja resultante, ¿no podríamos calcular el incremento de temperatura en las últimas décadas a consecuencia del au­mento de CO2 y otros gases? Sí podemos, pero tenemos que proceder con cuidado. Debemos recordar que el Sol pasa por un ciclo de 11 años, a lo largo de los cuales cambia un tanto el volumen de energía que emite. Hemos de tener en cuenta que cuando los volcanes entran en erupción inyectan en la estratosfera finas gotitas de ácido sulfúrico, con lo que más luz solar es reflejada hacia el espacio y la Tierra se enfría algo; se ha calculado que una gran erupción es capaz de hacer ba­jar la temperatura mundial en casi un grado Celsius durante unos cuantos años. Hemos de recordar también que en la at­mósfera inferior hay una capa de partículas de azufre proce­dentes de las chimeneas industriales, que si bien perjudica a las personas, enfría la Tierra. El polvo mineral arrastrado por el viento tiene un efecto similar. Si uno toma en considera­ción estos factores y muchos más, y echa mano de todos los recursos de que disponen los climatólogos en la actualidad, llegará a la conclusión de que a lo largo del siglo XX, y en ra­zón de la quema de combustibles fósiles, la temperatura media de la Tierra tiene que haber aumentado unas cuantas dé­cimas de grado.

Como es natural, a uno le gustaría comparar este cálculo con los hechos. ¿Ha aumentado siquiera la temperatura te­rrestre (y especialmente en la medida predicha) durante el si­glo XX? Una vez más, tenemos que proceder con cautela. Hay que recurrir a registros de temperaturas lejos de las ciu­dades, porque en éstas, debido a las industrias y a la relativa ausencia de vegetación, la temperatura es de hecho más alta que en los campos circundantes. Hemos de promediar ade­cuadamente los registros en latitudes, alturas, estaciones del año y momentos del día distintos. Debemos tener en cuenta la diferencia entre las temperaturas tierra adentro y al lado del agua. Cuando uno hace todo esto, los resultados parecen consecuentes con las expectativas teóricas.

En el transcurso del siglo XX la temperatura de la Tierra ha aumentado algo, menos de 1 °C. En las curvas hay oscila­ciones sustanciales, así como ruido de fondo en la señal cli­mática global. Los 10 años más cálidos desde 1860 corresponden todos a la década de los ochenta y comienzos de los noventa del presente siglo, pese al enfriamiento planetario debido a la erupción del volcán Pinatubo en las Filipinas en 1991. El Pinatubo vertió en la atmósfera terrestre entre 20 millones y 30 millones de toneladas de dióxido de azufre y aerosoles. En sólo dos meses esos materiales cubrieron las dos quintas partes de la superficie terrestre, y al cabo de tres, toda ella. Por su violencia, fue la segunda erupción volcánica del siglo (sólo superada por la que se produjo en 1912 en Katmai, en Alaska). Si los cálculos son correctos y no se pro­ducen grandes erupciones volcánicas en un futuro inmediato, hacia finales de la década de los noventa debería reafirmarse la tendencia ascendente. En realidad ya lo ha hecho: 1995 fue marginalmente el año más cálido registrado.

Otro modo de comprobar si los climatólogos saben lo que están haciendo consiste en pedirles que realicen determi­naciones retrospectivas. La Tierra ha pasado por glaciacio­nes. Si existen formas de medir las fluctuaciones de la tempe­ratura en el pasado, ¿pueden decirnos algo sobre los climas pretéritos?

El estudio de muestras de hielo extraídas de los casquetes de Groenlandia y la Antártida ha proporcionado importantes descubrimientos acerca de la historia del clima planetario. La tecnología de esas perforaciones deriva directamente de la in­dustria petrolífera; así, los responsables de la extracción de combustibles fósiles de las entrañas de la Tierra han hecho una contribución importante para desvelar los peligros de tal pro­ceder. Un minucioso examen físico y químico de esas mues­tras revela que la temperatura planetaria y la cantidad de CO2 ascienden y descienden a la par: cuanto más CO2, más caliente está el planeta. Los mismos modelos informáticos empleados para comprender las tendencias de la temperatura global en las últimas décadas reproducen correctamente el clima de las eras glaciales a partir de las fluctuaciones en los gases invernadero en épocas anteriores. (Obviamente, nadie está diciendo que hubiese civilizaciones preglaciares que condujeran coches de combustión deficiente y vertiesen en la atmósfera enormes cantidades de gases invernadero; una cierta parte de la varia­ción en el volumen de CO2 es de origen natural.)

En los últimos centenares de miles de años la Tierra ha sufrido diversas glaciaciones. Hace 20.000 años, lo que hoy es Chicago se hallaba cubierto por una capa de hielo de kiló­metro y medio de espesor. Ahora estamos entre dos glacia­ciones, en lo que se llama un periodo interglaciar. La diferen­cia de temperatura media global entre una glaciación y un periodo interglaciar es sólo de entre 3 °C y 6 °C. Esto debería hacer sonar de inmediato los timbres de alarma: un cambio de sólo unos pocos grados puede ser algo sumamente serio.

Con todo este bagaje, que les sirve para calibrar su com­petencia, los meteorólogos pueden ahora intentar predecir cómo puede cambiar el clima de la Tierra si seguimos que­mando combustibles fósiles y vertiendo gases invernadero en la atmósfera a un ritmo frenético. Varios equipos científicos —equivalentes modernos del oráculo de Delfos— han em­pleado modelos informáticos para calcular el incremento tér­mico esperado y vaticinar cuánto aumentaría la temperatura global si, por ejemplo, se doblara la cantidad de dióxido de carbono, lo que al ritmo actual de consumo de combustibles fósiles sucederá a finales del siglo XXI. Los principales oráculos son el Laboratorio Geofísico de Dinámica de Fluidos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA), en Princeton; el Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA, en Nueva York; el Centro Nacional de Investigación Atmosférica, en Boulder, Colorado; el De­partamento de Energía del Laboratorio Nacional Lawrence Livermore, en California; la Universidad de Oregon; el Cen­tro Hadley de Predicción e Investigación Climáticas, en Gran Bretaña, y el Instituto Max Planck de Meteorología, en Hamburgo. Todos predicen que el incremento de la tempera­tura media global oscilará entre 1 °C y 4 °C.

Se trata del cambio climático más rápido observado des­de que apareció la civilización. Si el aumento es el mínimo estimado, por lo menos las sociedades desarrolladas e indus­triales podrán adaptarse, no sin esfuerzo, al cambio de cir­cunstancias. Si el aumento es el máximo estimado, el mapa climático de la Tierra se alterará de modo espectacular y las consecuencias quizá sean catastróficas para todas las nacio­nes, tanto ricas como pobres. En buena parte del planeta los bosques y la vida salvaje están confinados en zonas aisladas, y no podrán trasladarse cuando cambie el clima. Se acelerará considerablemente la extinción de especies. Habrá que reali­zar grandes desplazamientos de cultivos y poblaciones.

Ninguno de los equipos citados afirma que se enfriará la Tierra si se dobla el contenido de dióxido de carbono en la atmósfera. Ninguno asegura que el planeta se calentará en decenas o centenares de grados. Disfrutamos de una ventaja negada a muchos de los antiguos griegos: podemos acudir a diversos oráculos y comparar sus profecías. Al hacerlo, ob­servamos que todos vienen a decir más o menos lo mismo. De hecho, las respuestas coinciden con los oráculos más anti­guos sobre la materia, incluido el químico sueco Svante Arrhenius, premio Nóbel, quien a principios de siglo ya hizo una predicción similar, con un conocimiento mucho más li­mitado de la absorción infrarroja del dióxido de carbono y de las propiedades de la atmósfera terrestre. La física emplea­da por todos estos grupos de investigación predice correcta­mente la temperatura presente de la Tierra, así como los efec­tos invernadero en otros planetas como Venus. Claro está que podría haber algún error simple que todo el mundo haya pasado por alto. Aun así, es seguro que estas profecías con­cordantes merecen ser tomadas muy en serio.

Existen otros signos inquietantes. Investigadores norue­gos han dado cuenta de una disminución de la superficie de la banquisa ártica desde 1978. En el mismo periodo se han advertido enormes grietas en la plataforma antártica de Wor-die. En enero de 1995, un fragmento de hielo de 4.200 kiló­metros cuadrados se desprendió de la plataforma de Larsen para penetrar en el océano Antártico. En toda la Tierra se ha registrado un retroceso notable de los glaciares alpinos. Au­mentan en el mundo entero los episodios de temperaturas extremas. El nivel del mar sigue ascendiendo. Por sí misma, ninguna de estas tendencias es una prueba concluyente de la responsabilidad de las actividades de nuestra civilización, pero, juntas, resultan muy inquietantes.

Cada vez son más numerosos los expertos que se adhie­ren a la conclusión de que en el calentamiento global se adi­vina la «firma» del hombre. En 1995, representantes de los 25.000 científicos del Foro Intergubernamental sobre Cam­bio Climático dedujeron, tras un estudio exhaustivo, que «el balance de las pruebas sugiere que existe una influencia hu­mana discernible sobre el clima». Aunque todavía no esté «más allá de toda duda razonable», dice Michael MacCracken, director del programa estadounidense de investigación acerca del cambio global, la evidencia «es cada vez más con­vincente». «Es muy improbable que [el calentamiento observado] responda a una variabilidad natural», señala Thomas Karl, del Centro Nacional de Datos Climáticos, de Estados Unidos. «Hay una probabilidad de entre un 90 % y un 95 % de que no nos estemos engañando.»

La gráfica de la página 145 ofrece una perspectiva muy amplia. A la izquierda está la situación hace 150.000 años; te­nemos hachas de piedra y nos sentimos realmente satisfechos de nosotros mismos por haber dominado el fuego. Las tem­peraturas globales varían con la sucesión de glaciaciones y periodos interglaciares. La amplitud total de las fluctuacio­nes, desde la temperatura más fría a la más cálida, es de unos 5 °C. Tras el final de la última glaciación, tenemos arcos y fle­chas, animales domesticados, el origen de la agricultura, la vida sedentaria, armas metálicas, ciudades, fuerzas policiales, impuestos, el crecimiento exponencial de la población, la Revolución Industrial y armas nucleares (la última parte, en el extremo derecho de la curva de trazo continuo, es una esti­mación). Llegamos al presente, el final de esa línea. La de tra­zo discontinuo revela algunas proyecciones del rumbo que seguiremos a causa del efecto invernadero. Esta gráfica deja bien claro que las temperaturas que ahora conocemos (o conoceremos muy pronto si prosigue la tendencia actual) no sólo son las más cálidas del último siglo, sino las más eleva­das de los últimos 150.000 años. He aquí otra muestra de la magnitud de los cambios globales que estamos generando los seres humanos y de su naturaleza sin precedentes.

El calentamiento global no es en sí mismo causa de mal tiempo, pero sí hace que éste sea más probable. Si bien es verdad que el tiempo inclemente no requiere un calentamien­to global, todos los modelos informáticos señalan que éste iría acompañado de un incremento significativo del mal tiempo: graves sequías tierra adentro, grandes frentes tor­mentosos e inundaciones cerca de las costas, mucho más ca­lor y mucho más frío a escala local, todo ello determinado por un incremento relativamente modesto en la temperatura planetaria media. Esta es la razón de que un enero extrema­damente gélido en Detroit, por ejemplo, no constituya una refutación patente del calentamiento global, tal como preten­den algunos editoriales periodísticos. El tiempo inclemente puede resultar muy costoso. Veamos un caso: en 1992, y tras un solo huracán (Andrew), las compañías norteamericanas de seguros tuvieron una pérdida neta de 50.000 millones de dólares. Los desastres naturales cuestan cada año en Estados Unidos más de 100.000 millones de dólares. El total mundial es muy superior.

Los cambios del clima afectan también a los animales y microbios portadores de enfermedades. Se sospecha que los recientes brotes de cólera, malaria, fiebre amarilla, dengue y síndrome pulmonar de hantavirus están relacionados con al­teraciones meteorológicas. Según un reciente estudio epidemiológico, el incremento del área terrestre ocupada por zo­nas tropicales y subtropicales y la consecuente proliferación de mosquitos portadores de la malaria determinará cada año para finales del siglo que viene entre 50 millones y 80 millo­nes de casos más de paludismo. A no ser que se haga algo. Un informe científico de Naciones Unidas declaraba en 1996: «Aunque es probable que el cambio climático ejerza un impacto adverso en la salud de la población, no tenemos la opción habitual de buscar una prueba empírica definitiva an­tes de tomar medidas. Esperar a ver qué pasa sería, en el me­jor de los casos, imprudente, y en el peor, un sinsentido.»

En lo que se refiere al vertido de gases invernadero en la atmósfera, el clima previsto para el siglo xxi depende de que mantengamos el ritmo presente, lo aceleremos o lo reduzca­mos. A más gases invernadero, más calor. Aun suponiendo sólo incrementos moderados, parece ser que las temperaturas se elevarán significativamente. Ahora bien, éstas son medias globales; en algunos sitios el tiempo será mucho más frío y en otros mucho más cálido. Cabe prever que en grandes áreas aumentarán las sequías. Muchos modelos predicen que las grandes regiones productoras de alimento en el sur y el su­reste asiáticos, en América central y meridional y en el Áfri­ca subsahariana se tornarán más calientes y secas.

Es posible que al principio resulte beneficiada la exporta­ción agrícola de algunas naciones de latitudes medias y altas (Estados Unidos, Canadá y Australia, por ejemplo). El im­pacto sobre los países pobres será, en cambio, mucho más duro. En este aspecto, como en otros muchos, durante el si­glo XXI podría aumentar espectacularmente la disparidad global entre ricos y pobres. Según enseña la historia de las re­voluciones, millones de personas con hijos hambrientos y muy poco que perder plantearán un serio problema a los paí­ses opulentos.

La posibilidad de una crisis agrícola global precipitada por las sequías comienza a hacerse significativa hacia el 2050.

Algunos científicos creen que es remota —quizá sólo del 10 %—? pero aun así resulta obvio que cuanto más espere­mos más probable será. Durante un tiempo a algunas regio­nes (Canadá, Siberia) quizá les vaya mejor (si el suelo resulta adecuado para la agricultura), por mucho que empeoren las cosas en las latitudes inferiores, pero si esperamos lo sufi­ciente el clima se deteriorará en todo el mundo.

Cuando la Tierra se calienta, el nivel del mar asciende. Es posible que hacia el final del siglo xxi se haya elevado decenas de centímetros, y quizás hasta un metro. Esto se deberá en parte a que el agua del mar se expande al calentarse y en par­te a la fusión de los hielos glaciares y polares. Nadie sabe cuándo sucederá, pero según las previsiones llegará un mo­mento en que quedarán por completo sumergidas algunas islas muy pobladas de Polinesia, Melanesia y el océano índi­co. Resulta comprensible que se haya constituido una Alian­za de Pequeños Estados Isleños resuelta a frenar cualquier in­cremento ulterior de gases invernadero. También se predicen efectos devastadores sobre Venecia, Bangkok, Alejandría, Nueva Orleans, Miami, la ciudad de Nueva York y, más en general, para las populosas cuencas de los ríos Misissipi, Yang-tsé, Amarillo, Rin, Ródano, Po, Nilo, Ganges, Níger y Mekong. Sólo en Bangla Desh, la elevación del nivel del mar desplazará decenas de millones de personas. Con unas pobla­ciones en crecimiento, un medio ambiente cada vez más dete­riorado y unos sistemas sociales cada vez más incompetentes para afrontar cambios rápidos, surgirá un nuevo y vasto pro­blema: el de los refugiados ambientales. ¿Adónde se supone que irán? Para China cabe anticipar problemas semejantes. Si seguimos actuando como hasta ahora, la Tierra se calentará más cada año que pase, tanto las sequías como las inundacio­nes se harán endémicas, muchas ciudades, provincias y hasta naciones enteras quedarán sumergidas bajo las aguas, a no ser que se emprendan colosales obras públicas para evitarlo. A largo plazo, tal vez sobrevengan consecuencias aún peores, incluyendo el colapso de la plataforma del Antártico occiden­tal, que en caso de fundirse provocará otra gran ascensión del nivel del mar y el anegamiento de casi todas las ciudades costeras del planeta.

Los modelos de calentamiento global predicen efectos diferentes —subida de temperatura, sequías, meteorología inestable y elevación del nivel del mar— que se hacen visibles en distintas escalas temporales, de décadas a siglos. Estas consecuencias parecen tan indeseables y su remedio tan cos­toso que es natural que se hayan realizado esfuerzos serios por encontrar algún fallo argumental. Algunos sólo respon­den al escepticismo científico habitual ante toda idea nueva; otros están motivados por el afán de lucro de las industrias afectadas. Una cuestión clave es la de la retroacción.

En el sistema climático global son posibles tanto retroac­ciones positivas como negativas. Las primeras resultan peli­grosas. He aquí un ejemplo: la temperatura se eleva algo en razón del efecto invernadero y se funde parte del hielo polar; ahora bien, el hielo es más brillante que el mar abierto, de modo que, por obra de esa fusión, la Tierra se oscurece lige­ramente, absorbe más luz solar, se funde una cantidad mayor de hielo polar y el proceso se amplifica a sí mismo de manera quizá desenfrenada. Ésta es una retroacción positiva. Veamos otra: un poco más de CO2 en el aire calienta un tanto la su­perficie del planeta, incluyendo los océanos; de los mares ahora más cálidos escapa algo más de vapor de agua hacia la atmósfera; el vapor de agua es también un gas invernadero, así que retiene una cantidad mayor de calor y la temperatura se eleva aún más.

Existen también retroacciones negativas. Estas son homeostáticas. Un ejemplo: calentemos algo la Tierra vertiendo en la atmósfera un poco más de dióxido de carbono; como antes, esto inyecta en el aire más vapor de agua, generando más nubes; éstas son blancas, de manera que reflejan más luz solar y, por consiguiente, el planeta se calienta menos. Así pues, el incremento de temperatura acaba determinando su propio descenso. Otra posibilidad: pongamos en la atmósfe­ra un poco más de dióxido de carbono; las plantas se aprove­charán de ello creciendo más deprisa, y de esa manera elimi­narán dióxido de carbono del aire, con lo que se reducirá el efecto invernadero. Las retroacciones negativas son como termostatos del clima global. Si fuesen lo bastante enérgicas, tal vez el efecto invernadero se auto limitase y pudiéramos permitirnos el lujo de emular a los oyentes de Casandra sin compartir su destino.

La pregunta es: ¿hacia dónde se inclina la balanza cuando se sopesan las retroacciones positivas y negativas? La res­puesta es que nadie está absolutamente seguro. Los cálculos retrospectivos del calentamiento y el enfriamiento globales durante las glaciaciones en respuesta a las fluctuaciones de los gases invernadero proporcionarán la réplica adecuada. En otras palabras: la calibración de los modelos informáticos, forzando su coincidencia con datos históricos, dará cuenta automáticamente de los mecanismos de todas las retroaccio­nes, conocidas e ignoradas, en la maquinaria del clima natu­ral. Por otra parte, dado que la Tierra se ha visto empujada hacia regímenes climáticos desconocidos durante los últimos 200.000 años, podrían darse nuevas retroacciones de las que nada sabemos. Por ejemplo, hay mucho metano secuestrado en ciénagas (responsable de los fantasmales fuegos fatuos) que al calentarse la tierra podría comenzar a burbujear a rit­mo creciente. Ese metano adicional elevaría aún más la tem­peratura del planeta, con lo que tendríamos otra retroacción positiva.

Wallace Broecker, de la Universidad de Columbia, ha señalado que el veloz calentamiento que se produjo hacia el 10.000 a. de C., justo antes de la invención de la agricultura, fue tan abrupto que implica una inestabilidad en el sistema acoplado océano-atmósfera; si el clima de la Tierra es empuja­do drásticamente en una u otra dirección, tras cruzarse un umbral se produce una especie de «bang» y todo el sistema se precipita hacia un nuevo estado estable. Broecker añade que quizá nos hallemos al borde de otra inestabilidad similar. Esta consideración sólo empeora las cosas, tal vez mucho más.

En cualquier caso, está muy claro que cuanto más rápido cambie el clima, más difícil será que los sistemas homeostáticos se adapten y estabilicen. Me pregunto si no será más pro­bable que pasemos por alto las retroacciones indeseables an­tes que las alentadoras. Parece evidente que no somos lo bastante sabios para preverlo todo; creo que es improbable que nos salve la suma de todo aquello con lo que, por igno­rancia, no contamos. Podría ser que sí, pero ¿apostaríamos la vida para averiguarlo?

El vigor y la importancia de las cuestiones ambientales se refleja en las reuniones de las sociedades científicas profesio­nales; por ejemplo, la Unión Geofísica Americana constituye la mayor organización mundial de especialistas en ciencias. Cuando en 1993 se reunió, como todos los años, una de las sesiones estuvo consagrada a revisar episodios de calenta­miento anteriores en la historia del planeta, para tratar de ave­riguar cuáles podrían ser las consecuencias de una elevación global de la temperatura. Ya la primera ponencia advertía que «al ser tan rápida la tendencia futura de la elevación de tem­peratura, no existen analogías históricas del calentamiento por efecto invernadero en el siglo XXI». Otras cuatro sesiones de medio día se dedicaron a la merma del ozono y tres a la retroacción nubes-clima. Tres sesiones adicionales se reserva­ron a estudios más generales sobre los climas del pasado. J. D. Mahlman comenzó su intervención, diciendo: «El des­cubrimiento de las grandes pérdidas de ozono en la Antárti­da durante la década de los ochenta fue un acontecimiento que nadie había previsto.» Un documento del Centro Byrd de Investigaciones Polares, dependiente de la Universidad de Ohio, brindó pruebas de un reciente calentamiento plane­tario en comparación con las temperaturas de los últimos 500 años, obtenidas a partir de muestras de hielo de glaciares de China occidental y Perú.

Considerando lo contenciosa que es la comunidad cientí­fica, resulta notable que no se haya publicado un solo artícu­lo que afirme que el adelgazamiento de la capa de ozono o el calentamiento global son quimeras o trapisondas, o que siempre hubo un agujero en la capa de ozono sobre la Antár­tida, o que el calentamiento global al doblarse el volumen de dióxido de carbono será considerablemente inferior a 1 °C. Son muy altas las recompensas para quienes demuestren que no existe merma de ozono o que el calentamiento global es insignificante. Hay muchas personas y empresas poderosas y ricas que se beneficiarían de una reputación en este sentido. Sin embargo, como indican los programas de las reuniones científicas, se trata, probablemente, de una esperanza vana.

Nuestra civilización técnica se está poniendo a sí misma en peligro. Por todo el mundo los combustibles fósiles degra­dan simultáneamente la salud del aparato respiratorio huma­no, la vida en bosques, lagos, litorales y océanos, y el clima del planeta. Es seguro que nadie pretendió causar semejante daño. Los responsables de la industria basada en combustibles fósi­les trataban, sencillamente, de obtener un beneficio para sí y para sus accionistas, de ofrecer un producto que todos desea­ban y de apoyar el poder militar y económico de las naciones a que pertenecían. El que no supieran lo que hacían, el que sus intenciones fuesen benignas, el que la mayoría de nosotros, habitantes del mundo desarrollado, nos hayamos beneficiado de nuestra civilización basada en combustibles fósiles, el que muchas naciones y generaciones contribuyeran a agravar el problema, son motivos para pensar que no es momento de echar las culpas a nadie. No nos metió en este apuro una sola nación, generación o industria, y no será una sola de ellas la que nos saque de él. Si queremos impedir que este peligro climático tenga efecto, deberemos trabajar juntos y por mucho tiempo. El principal obstáculo es, está claro, la inercia, la resis­tencia al cambio de las grandes entidades multinacionales in­dustriales, económicas y políticas que dependen de los com­bustibles fósiles, cuando son éstos los que crean el problema. A medida que crece la conciencia de la gravedad del calenta­miento global, en Estados Unidos parece menguar la voluntad política de hacer algo al respecto.


 

12. HUIR DE LA EMBOSCADA

Evidentemente, no experimentará temor quien cree que nada puede sucederle [...]. Sienten miedo aquellos que juzgan probable que algo les pase [...]. Los hombres no piensan así cuando se en­cuentran o creen hallarse en la plenitud de la prosperidad, y en consecuencia se muestran insolentes, desdeñosos y temerarios [...]. [Pero si] conocen la angustia de la incertidumbre, tiene que haber alguna esperanza de salvación, por exigua que sea.

Aristóteles (384-322 a. de C), Retórica, 1382b29

¿Qué hacer? Dado que el dióxido de carbono que hemos lanzado a la atmósfera permanecerá allí durante décadas, por muchos que sean los esfuerzos en aras del autocontrol tecno­lógico, y aun cuando sea posible reducir a ritmo más acelera­do la contribución de otros gases al calentamiento global, sólo las generaciones futuras se verán beneficiadas. Tenemos que distinguir entre las medidas a corto plazo y las solucio­nes a largo plazo, si bien se requieren ambas. Todo indica que debemos pasar tan velozmente como sea posible a una nueva economía energética mundial que no genere tantos gases de invernadero y otros contaminantes. Ahora bien, «tan veloz­mente como sea posible» significa, como mínimo, décadas, y mientras tanto hemos de aliviar el daño, cuidar de que la transición perjudique lo menos posible el tejido social y eco­nómico del mundo para evitar que baje el nivel de vida. Lo único que importa es si conseguiremos gobernar la crisis o si ésta nos gobernará a nosotros.

Según una encuesta Gallup de 1995, casi dos de cada tres norteamericanos se consideran defensores del medioambiente y otorgarían prioridad a la protección de éste sobre el de­sarrollo económico. La mayoría incluso aceptaría un aumen­to de los impuestos si estuviese encaminado a este fin. Aun así, puede suceder que todo esto sea imposible, que los inte­reses creados de la industria sean tan poderosos, y tan débil la resistencia del consumidor, que no se produzca ningún cambio significativo en la situación presente hasta que ya sea demasiado tarde, o que la transición hacia una civilización basada en combustibles no fósiles quebrante tanto la ya frágil economía mundial que provoque el caos económico. Hemos de escoger con cautela nuestro camino. Tenemos una tenden­cia natural a contemporizar: éste es un territorio descono­cido, ¿no deberíamos, pues, proceder lentamente? Sin em­bargo, cuando echamos un vistazo a los mapas del cambio climático previsto comprendemos que no cabe contempori­zar, que es una locura avanzar con demasiada lentitud.

Estados Unidos es el mayor emisor planetario de CO2, Le sigue en orden de importancia Rusia y otras repúblicas de la ex Unión Soviética. El tercero es el conjunto de los países en vías de desarrollo. Este hecho es muy importante. No se trata de un problema que afecte sólo a las naciones de tecno­logía avanzada; a través de la quema de rastrojos, del consu­mo de leña y otras prácticas, los países en vías de desarrollo contribuyen significativamente al calentamiento global. Por si esto fuera poco, ostentan la tasa más alta de crecimiento demográfico. Aunque nunca lleguen a alcanzar el nivel de vi­da del Japón, Australia y Occidente, esas naciones represen­tarán una parte cada vez mayor del problema. En el orden de complicidad siguen Europa occidental, China y, tras ella, Japón, una de las naciones del planeta más eficientes en lo que al empleo de combustibles se refiere. Una vez más, y puesto que la causa del calentamiento global es planetaria, también ha de serlo cualquier solución que se adopte.

La escala del cambio necesario para abordar el meollo del problema es casi aterradora (sobre todo para los políticos in­teresados especialmente en hacer cosas que los beneficien du­rante sus mandatos). Si la acción requerida para mejorar las cosas pudiera concentrarse en programas de dos, cuatro o seis años, los políticos se mostrarían más dispuestos, porque entonces podrían sacar partido de ello a la hora de presentar­se a la reelección. Pero los programas a 20, 40 o 60 años, cu­yos beneficios se dejarán ver cuando esos políticos no sólo hayan dejado de ocupar sus cargos sino que estén muertos, resultan muy poco atractivos.

Tenemos que ser, por supuesto, cautelosos; debemos evi­tar precipitarnos como Creso para descubrir después de un enorme desembolso que hemos logrado algo innecesario, es­túpido o peligroso. Pero más irresponsable todavía es hacer caso omiso de una catástrofe inminente y confiar de manera ingenua que el peligro se esfumará por sí solo. ¿No podemos encontrar una respuesta política a medio plazo que se adecué a la gravedad del problema sin arruinarnos en caso de que por alguna razón —una retroacción negativa deus ex machi­na, por ejemplo— hayamos sobreestimado esa gravedad?

Imaginemos que tenemos que levantar un puente o un ras­cacielos. Tales construcciones suelen hacerse de modo que sean capaces de resistir tensiones mucho mayores que las que probablemente tendrán que soportar. ¿Por qué? Pues porque las consecuencias del derrumbamiento de un puente o un ras­cacielos son tan graves que hay que tener una seguridad. Ne­cesitamos garantías muy sólidas. Opino que es preciso adop­tar el mismo enfoque para los problemas medioambientales locales, regionales y globales. Aquí, como ya he dicho, trope­zamos con una gran resistencia, en parte porque se requiere un gran desembolso del Gobierno y la industria. Es por ello que asistiremos a crecientes tentativas de poner en tela de jui­cio el calentamiento global. Sin embargo, también hace falta dinero para apuntalar puentes y reforzar rascacielos; conside­ramos que eso forma parte del coste de construir a lo grande. A los arquitectos y constructores que escatiman gastos y no toman las debidas precauciones no se les considera capitalistas prudentes por no gastar dinero en contingencias improbables: se les considera delincuentes. Si hay leyes para garantizar que no se desplomen puentes y rascacielos, ¿no debería haber le­yes y preceptos morales que afectasen a las cuestiones medio­ambientales, mucho más graves en potencia?

Quiero brindar ahora algunas sugerencias prácticas rela­cionadas con el cambio climático. Creo que representan el consenso de gran número de expertos, aunque, sin duda, no de todos. Constituyen sólo un comienzo, un intento de miti­gar el problema, pero con un grado de seriedad apropiado. Dar marcha atrás y conseguir que el clima de la Tierra vuelva a ser el que era, por ejemplo, en la década de los sesenta re­sultará mucho más difícil. Las propuestas que ofrezco son también moderadas en otro aspecto: hay razones excelentes para llevarlas a cabo, al margen de la cuestión del calenta­miento global.

Mediante una observación sistemática del Sol, la atmósfe­ra, las nubes, las tierras y los océanos desde el espacio, avio­nes, barcos y observatorios terrestres, con una amplia gama de sistemas de detección, podríamos disminuir la incertidumbre actual, identificar posibles bucles retroactivos, ob­servar pautas regionales de contaminación y sus efectos, apre­ciar el retroceso de los bosques y la expansión de los desiertos, vigilar los cambios en los casquetes polares, los glaciares y el nivel de los océanos, examinar la química de la capa de ozono, observar la difusión de los escombros volcá­nicos y sus consecuencias climáticas y escrutar las fluctuacio­nes de la cantidad de luz solar que llega a la Tierra. Nunca antes hemos dispuesto de instrumentos tan poderosos para estudiar y salvaguardar el medioambiente global. Aunque es­tán a punto de entrar en liza naves espaciales de muchas na­ciones, el primero de tales instrumentos es el sistema robótico de observación terrestre de la NASA, incluido en la Misión al Planeta Tierra.

Cuando se añaden a la atmósfera gases invernadero, el clima de la Tierra no reacciona de forma instantánea, sino que, según parece, tarda aproximadamente un siglo en sentir dos tercios del impacto potencial. Así pues, aunque detuviéramos mañana mismo todas las emisiones de CO2 y otros gases, el efecto invernadero seguiría aumentando por lo menos hasta finales del siglo XXI. Esta es una poderosa razón para desconfiar de la actitud de esperar a ver qué pasa.                                                  

Durante la crisis petrolífera producida entre los años 1973 y 1979, elevamos los impuestos para reducir el consu­mo, fabricamos coches más pequeños y redujimos los límites de velocidad. Ahora que sobra petróleo hemos bajado los impuestos, estamos fabricando coches más grandes y hemos elevado los límites de velocidad. No hay ningún atisbo de planes a largo plazo.

Para evitar que siga aumentando el efecto invernadero, el mundo debe reducir en más de la mitad su dependencia de los combustibles fósiles. A corto plazo, mientras sigamos atados a ellos, cabe emplearlos de manera mucho más efi­ciente. Con sólo el 5 % de la población del planeta, Estados Unidos gasta casi el 25 % de la energía mundial. Los auto­móviles son responsables de casi una tercera parte de la pro­ducción de CO2 en Norteamérica. Nuestro vehículo emite al año un peso de CO2 superior al suyo propio. Está claro que arrojaremos menos dióxido de carbono a la atmósfera si po­demos hacer más kilómetros por litro de gasolina.

Casi todos los expertos coinciden en señalar que es posi­ble mejorar grandemente la eficiencia en el uso de combustibles. ¿Por qué nosotros, que presumimos de ecologistas, nos contentamos con coches que recorren menos de 10 kilómetros por litro de gasolina? Si consiguiéramos autonomías de 20 kilómetros por litro inyectaríamos la mitad de CO2 en el aire, y si fueran de 40 kilómetros por litro, sólo una cuarta parte. Ésta es una muestra del conflicto emergente entre lograr un beneficio máximo a corto plazo y mitigar el daño ambiental a largo plazo.

Nadie comprará los coches de bajo consumo, solían decir los fabricantes de Detroit; tendrán que ser más pequeños y por lo tanto menos seguros; no acelerarán con la misma rapi­dez (aunque, desde luego, podrían superar los límites de ve­locidad) y costarán más. Sí, es cierto que desde mediados de la década de los noventa los norteamericanos se decantan cada vez más por coches y camiones que se tragan la gasoli­na a grandes velocidades, en parte por el bajo precio del pe­tróleo. No es extraño, pues, que la industria automovilística estadounidense se opusiera y siga oponiéndose por vías in­directas a cualquier cambio significativo. En 1990, por ejem­plo, tras grandes presiones por parte de los fabricantes, el Se­nado rechazó (por estrecho margen) una ley que habría exigido mejoras apreciables en la eficiencia del consumo en los auto­móviles norteamericanos, y entre los años 1995 y 1996 se re­lajaron en algunos estados las disposiciones ya existentes res­pecto al empleo eficiente de combustibles.

Sin embargo, hacer coches más pequeños no es la única solución posible, y hay modos de lograr que incluso los de menor tamaño sean más seguros (como nuevas estructuras que absorban los choques, componentes que se desmenucen o reboten, y airbag para todos los asientos). Dejando de lado a los muchachos intoxicados por su propia testosterona, ¿qué podemos perder olvidándonos de la capacidad de superar el límite de velocidad en unos segundos, en comparación con lo mucho que tenemos que ganar? Hay ya coches con motor de gasolina y aceleración rápida con una autonomía de 20 o más kilómetros por litro. Puede que su precio sea más caro pero saldrán más baratos en cuanto a consumo de combustible. Según una estimación del Gobierno estadounidense, el gasto adicional quedaría compensado en sólo tres años. La afirma­ción de que nadie adquirirá esos vehículos subestima la inte­ligencia y la preocupación medioambiental de los norteame­ricanos..., así como el poder de la publicidad al servicio de un objetivo tan meritorio.

Se establecen límites de velocidad, se exigen permisos de conducir y se imponen muchas otras restricciones con objeto de salvar vidas. Se reconoce que los automóviles son tan peli­grosos en potencia que es obligación del Gobierno fijar cier­tos límites en lo que a su fabricación, su mantenimiento y su conducción se refiere. Esto es aún más aplicable al calenta­miento global, una vez que admitamos su gravedad. Nos he­mos beneficiado de nuestra civilización global; ¿no podemos cambiar ligeramente de conducta para preservarla?

El diseño de un tipo de automóvil nuevo, seguro, de con­sumo eficiente, limpio y que tenga en cuenta el efecto inver­nadero promoverá tecnologías novedosas y reportará gran­des ingresos a quienes encabecen ese avance técnico.

El mayor peligro que amenaza a la industria automovilís­tica norteamericana es que, si se resiste demasiado tiempo, la nueva tecnología requerida será proporcionada (y patentada) por la competencia extranjera. Los fabricantes tienen una motivación egoísta para desarrollar vehículos nuevos que tengan en cuenta el efecto invernadero: su propia superviven­cia. No es una cuestión de ideología o un prejuicio político; en mi opinión, se deduce directamente del calentamiento global.

Las tres grandes empresas automovilísticas radicadas en Detroit —azuzadas y en parte financiadas por el Gobierno fe­deral— tratan, perezosa pero cooperativamente de obtener un coche que recorra más de 30 kilómetros por litro de gasolina, o su equivalente para vehículos que consuman otro combusti­ble. Si subieran los impuestos sobre la gasolina aumentarían las presiones sobre los fabricantes para que produjesen coches más eficientes.

Últimamente han empezado a cambiar algunas actitudes. General Motors ha estado desarrollando un coche eléctrico. «Uno debe incorporar a su negocio sus orientaciones medioambientales», aconsejó en 1996 Dennis Minano, vicepresiden­te para asuntos corporativos de la compañía. «Las empresas norteamericanas comienzan a captar la conveniencia de esta estrategia... El mercado es ahora más complejo. Los consumi­dores juzgarán en función de las iniciativas ambientales que se tomen y las adoptarán para hacer exitosa la empresa. Dirán: "No vamos a calificarlos de ecologistas, pero sí diremos que han logrado coches menos contaminantes o un buen progra­ma de reciclado; diremos que, en términos medioambientales, son gente responsable."» Retóricamente al menos, es una acti­tud nueva. Pero sigo esperando ese sedán GM asequible que haga 30 kilómetros por litro de gasolina.

¿Qué es un coche eléctrico? Uno lo enchufa, carga la ba­tería y lo pone en marcha. Los mejores, fabricados en fibra de carbono, recorren unos cuantos centenares de kilómetros por carga, y han superado las pruebas habituales de siniestralidad. Para ser aceptables desde el punto de vista ambiental, tendrán que reemplazar de algún modo las baterías de plomo y ácido, ya que el plomo es un veneno mortal. Además, como es natural, la carga que impulsa un coche eléctrico tie­ne que venir de alguna parte; si, por ejemplo, procede de una central térmica que queme carbón, no habremos hecho nada para mitigar el calentamiento global, con independencia de que el vehículo contribuya a reducir la contaminación en ciu­dades y carreteras.

Cabe introducir mejoras semejantes en el resto de la eco­nomía de combustibles fósiles: es posible aumentar conside­rablemente la eficiencia de las fábricas que queman carbón, diseñar una gran maquinaria industrial rotatoria que opere a diferentes velocidades, y generalizar el uso de lámparas fluo­rescentes en detrimento de las incandescentes. En muchos casos, las innovaciones significarán un ahorro de dinero a lar­go plazo y contribuirán a liberarnos de una peligrosa depen­dencia del petróleo. Hay buenas razones para incrementar la eficiencia en el uso de los combustibles, al margen de la pre­ocupación por el calentamiento global.

Sin embargo, a largo plazo no basta con aumentar la efi­ciencia con que extraemos la energía de los combustibles fó­siles. Con el paso del tiempo seremos cada vez más y crecerán las exigencias de energía. ¿No es posible encontrar alter­nativas a los combustibles fósiles que no produzcan gases in­vernadero, que no calienten el planeta? Una de dichas alter­nativas es bien conocida: la fisión nuclear (que no libera la energía química atrapada en los combustibles fósiles, sino la energía nuclear encerrada en el corazón de la materia). No hay automóviles ni aviones nucleares, pero sí navíos y, desde luego, centrales nucleares. En circunstancias ideales, el coste de la electricidad generada por energía nuclear es aproximadamente el mismo que el de la generada quemando carbón o petróleo, y las centrales nucleares no generan gases inverna­dero. Sin embargo...

Como nos recuerdan los accidentes de Three Miles Island y Chernobil, las centrales nucleares pueden liberar una peligrosa radiactividad, e incluso fundirse. Además, produ­cen un brebaje infernal de desechos radiactivos de larga vida —en sentido literal— que es preciso eliminar. No olvidemos que la vida media de muchos de los radioisótopos es de siglos a milenios. Si queremos enterrar ese material, tenemos que asegurarnos de que no haya filtraciones que lo transporten a las aguas subterráneas o nos dé alguna otra sorpresa; y no sólo por unos años, sino durante periodos bastante más pro­longados que los hasta ahora considerados para una planifi­cación fiable. De otro modo, estaremos diciendo a nuestros descendientes que los desechos que les legamos constituyen una carga y un peligro para ellos, porque no pudimos hallar un medio más seguro de generar energía, que es, precisamen­te, lo que ahora mismo estamos haciendo con los combusti­bles fósiles. Existe, además, otro problema: la mayor parte de las centrales nucleares usan o producen uranio y plutonio, que pueden ser empleados para la fabricación de armas ató­micas, y representan, por lo tanto, una tentación continua para naciones malignas y grupos terroristas.

Si quedasen resueltas estas cuestiones de seguridad ope­rativa, eliminación de desechos radiactivos y prevención de su desvío armamental, las centrales nucleares podrían ser la solución al problema de los combustibles fósiles, o al menos un importante remedio temporal, una tecnología de tran­sición hasta que hallemos algo mejor. El problema es que es­tas condiciones no se han satisfecho adecuadamente, y las perspectivas no parecen muy halagüeñas. No inspiran con­fianza la violación continuada de las normas de seguridad por parte de la industria nuclear, la ocultación sistemática de las mismas y los fallos en la exigencia del cumplimiento de las normas por parte de la Comisión Reguladora Nuclear esta­dounidense (en parte debidos a las restricciones presupues­tarias). El peso de la evidencia está en contra de la energía nuclear. Pese a estas inquietudes, algunas naciones, como Francia y Japón, han apostado fuerte por la energía nuclear. Mientras tanto, otras, como Suecia, que en un principio la habían autorizado han decidido ahora suprimirla paulatina­mente.

En razón de la difundida inquietud del público acerca de la energía nuclear, quedaron cancelados todos los proyectos estadounidenses de construcción de centrales nucleares pos­teriores a 1973 y no se han proyectado más centrales des­de 1978. Las propuestas de nuevos depósitos o lugares de en­terramiento de desechos radiactivos son rutinariamente rechazadas por las comunidades afectadas. El brebaje infer­nal se acumula.

Existe otra clase de energía nuclear, no de fisión —pro­ducto de la escisión de núcleos atómicos—, sino de fusión —producto de su integración—. En principio, las centrales de fusión nuclear podrían funcionar con agua de mar —ma­teria prácticamente inagotable— sin generar gases invernade­ro ni peligrosos desechos radiactivos, y prescindiendo por completo de uranio y plutonio. Sin embargo, este «en princi­pio» no cuenta. Tenemos prisa. Después de esfuerzos enor­mes, y contando con una tecnología muy avanzada, hoy por hoy un reactor de fusión apenas conseguiría generar un poco más de energía de la que consume. La perspectiva de la ener­gía de fusión implica sistemas colosales, caros y de alta tecno­logía. Ni siquiera sus defensores los consideran comercialmente viables hasta dentro de muchas décadas, y el tiempo nos apremia. Es probable que las primeras versiones generen ingentes cantidades de desechos radiactivos, y, en cualquier caso, resulta difícil imaginar que tales sistemas sean la solu­ción para el mundo subdesarrollado.

Me he referido en el último párrafo a la fusión caliente, llamada así por una buena razón: para, hacerla factible hay que elevar la temperatura de los materiales en millones de grados, como en el interior del Sol. Algunos han proclamado la posibilidad de la llamada fusión fría, anunciada por vez primera en 1989. El aparato se coloca en una mesa, se intro­ducen ciertos isótopos de hidrógeno, algo de paladio, se hace pasar una corriente eléctrica y, dicen, se obtiene más energía de la invertida, además de neutrones y otros signos de reac­ciones nucleares. De ser cierto, constituiría la solución ideal para el problema del calentamiento global. Muchos equipos científicos de todo el mundo han estudiado la fusión fría, pero ésta, según el juicio abrumador de la comunidad inter­nacional de físicos, es una ilusión, el producto de una combi­nación de errores de cálculo, ausencia de experimentos de control adecuados y confusión entre reacciones químicas y nucleares. Esto no quita que siga habiendo unos cuantos equipos de científicos interesados en la fusión fría (el Go­bierno japonés, por ejemplo, ha apoyado tales investigacio­nes a pequeña escala). En todo caso, las reivindicaciones de­ben ser evaluadas una por una.

Tal vez esté a la vuelta de la esquina una tecnología sutil, ingeniosa e insospechada que proporcione la energía del ma­ñana. Ya ha habido sorpresas antes. Sin embargo, sería teme­rario apostar por eso.

Debido a muchas causas, los países en vías de desarrollo son especialmente vulnerables al calentamiento global. Tie­nen menos capacidad para adaptarse a nuevos climas, adoptar nuevos cultivos, construir diques y tolerar sequías e inun­daciones. Al mismo tiempo, dependen especialmente de los combustibles fósiles. ¿Acaso no es natural que China —se­gundo país del mundo en cuanto a reservas de carbón— se base en los combustibles fósiles durante su industrialización exponencial? Si emisarios de Japón, Europa occidental y Es­tados Unidos fuesen a Pekín para solicitar una limitación del consumo de carbón y petróleo, parece evidente que las auto­ridades chinas les recordarían que sus naciones no aplicaron ninguna limitación durante su proceso de industrialización. (En cualquier caso, en 1992 la Conferencia de Río sobre el cambio climático, ratificada por 150 países, solicitó del mun­do desarrollado que pagara el coste de la limitación de las emisiones de gases invernadero en los países en vías de desa­rrollo.) Las naciones subdesarrolladas requieren una alterna­tiva barata y de tecnología relativamente simple a los com­bustibles fósiles.

Ahora bien, si descartamos los combustibles fósiles, la fisión y la fusión nucleares, y la posibilidad de alguna tecnolo­gía nueva y exótica, ¿con qué nos quedamos? Durante la administración del presidente Carter se instaló en el tejado de la Casa Blanca un convertidor térmico solar. Por él circularía agua que, calentada por el sol en los días despejados, contri­buiría en cierta medida (quizá un 20 %) a satisfacer las nece­sidades energéticas de la Casa Blanca, incluyendo, supongo, las duchas presidenciales. A más energía proporcionada di­rectamente por el Sol, menos suministro se necesitaría de la red eléctrica local; de esta forma se gastaría menos carbón y petróleo para generar electricidad con que alimentar la red en torno del río Potomac. Sólo proporcionaba una pequeña parte de la energía requerida, no funcionaba mucho en los días nublados, pero era un indicio esperanzador de lo que entonces (y ahora) hacía falta.

Una de las primeras actuaciones de la presidencia de Ronald Reagan consistió en arrancar del tejado de la Casa Blan­ca el convertidor térmico solar. En cierta forma, fue un acto ideológicamente ofensivo. Renovar el tejado de la Casa Blan­ca costó lo suyo, y ahora toca pagar la electricidad adicional requerida a diario. Evidentemente, los responsables llegaron a la conclusión de que el beneficio justificaba tal coste, pero ¿qué beneficio y para quién?

Al mismo tiempo se redujo drásticamente (en cerca del 90 %) el apoyo federal a las alternativas de los combustibles fósiles y la energía nuclear. Durante las administraciones Rea­gan y Bush se mantuvieron las cuantiosas ayudas oficiales (incluyendo grandes desgravaciones fiscales) a las industrias de combustibles fósiles y nucleares. En esta lista de presta­ciones se puede incluir, en mi opinión, la guerra del Golfo Pérsico de 1991. Aunque en ese periodo hubo algunos pro­gresos técnicos en las energías alternativas —a los que con­tribuyó bien poco el Gobierno estadounidense—, esencial­mente perdimos 12 años. Dado que los gases invernadero se acumulan a gran velocidad en la atmósfera y sus efectos persistirán, no teníamos 12 años que perder. Hoy vuelve a aumentar la ayuda oficial a las fuentes de energía alternativas, pero con mucha parsimonia. Sigo esperando a que un presidente vuelva a colocar un convertidor de energía solar en el tejado de la Casa Blanca.

A finales de los años setenta se instauró una desgravación fiscal para fomentar la instalación de calentadores térmicos solares en los hogares. Incluso en zonas donde el cielo permanece nublado durante gran parte del año, los propietarios que se aprovecharon de la reducción cuentan ahora con agua caliente en abundancia por la que no tienen que pagar un solo centavo. La inversión inicial se amortizó en unos cinco años. La administración Reagan eliminó la desgravación fiscal.

Hay toda una gama de otras tecnologías alternativas. El calor terrestre genera electricidad en Italia, Nueva Zelanda y el estado de Idaho.

Siete mil quinientas turbinas accionadas por el viento producen electricidad en el puerto de Altamont, California. En Traverse City, Michigan, los consumidores pagan unos precios algo mas altos por energía eléctrica de origen eólico para evitar la contaminación ambiental de las centrales térmicas. Muchos otros residentes están en lista de espera para firmar esos contratos. Considerando los costes ambientales, la electricidad generada por el viento es ahora más barata que la producida quemando carbón. Se estima que la totalidad de la electricidad consumida en Estados Unidos podría provenir de turbinas emplazadas en la décima parte más ventosa de su superficie (principalmente en tierras de explotación ganadera y agrícola). Por añadidura, el combustible elaborado a partir de las plantas verdes («conversión de biomasa») podría sustituir al petróleo sin incrementar el efecto invernadero, porque la vegetación extraería CO2 del aire antes de ser transformada en combustible.

Desde muchos puntos de vista, sin embargo, pienso que deberíamos desarrollar y apoyar la conversión directa e indirecta de la luz solar en electricidad. La energía solar es inagotable y ampliamente accesible (excepto en comarcas muy nubosas, como la parte alta del estado de Nueva York, donde resido); su conversión requiere pocas piezas móviles y un mantenimiento mínimo, y no genera ni gases invernadero ni desechos radiactivos.

Existe una tecnología solar empleada en todas partes: las centrales hidroeléctricas. El agua se evapora por la acción del calor del Sol, cae en forma de lluvia sobre las tierras altas, desciende en forma de río, llega a una presa y allí mueve una turbina que genera electricidad. El problema es que no hay en el planeta suficientes ríos rápidos, y en muchos países los que resultan accesibles no bastan para satisfacer las necesidades energéticas.

Los automóviles impulsados con energía solar han competido ya en carreras de larga distancia. La energía solar podría emplearse para producir hidrógeno a partir del agua; quemado, el hidrógeno sencillamente regenera agua. Existen desiertos muy grandes en el mundo que podrían aprovecharse de modo ecológicamente responsable para captar luz solar. La energía eléctrico-solar o «fotovoltaica» es utilizada de manera habitual desde hace décadas en las naves espaciales que orbitan en torno a la Tierra o surcan el sistema solar interior. Los fotones inciden sobre la superficie de la célula fotoeléctrica y despiden electrones cuyo flujo acumulativo crea una corriente eléctrica. Se trata de tecnologías prácticas ya en funcionamiento.

¿Cuándo, si es que llega ese momento, la tecnología eléctrico-solar o térmico-solar estará en condiciones de competir con los combustibles fósiles en la producción de electricidad para hogares y oficinas? Las estimaciones modernas, incluyendo las del Departamento de Energía estadounidense, indican que la tecnología solar se pondrá a la altura de los combustibles fósiles en la primera década del siglo que viene. Esto es lo bastante pronto para marcar una diferencia significativa. De hecho, la situación es mucho más favorable. Cuando se comparan costes, se manejan dos clases de libro de contabilidad: uno dedicado al consumo público y otro que revela los costes reales. El del petróleo crudo ha sido en los últimos años de unos veinte dólares por barril. Pero hay que tener en cuenta que se han destinado fuerzas militares norteamericanas para proteger las fuentes extranjeras de pe­tróleo y se ha otorgado una considerable ayuda exterior a al­gunas naciones suministradoras. ¿Por qué pretender que esto no forma parte del coste? En razón de nuestro apetito de crudo, seguimos soportando vertidos petrolíferos ecológica­mente desastrosos (como el del Exxon Valdez). ¿Por qué em­peñarnos en negar que eso no forma parte del coste del crudo? Si añadimos tales gastos adicionales, el precio estimado asciende a unos ochenta dólares por barril. Si sumamos los costes medioambientales que tanto a escala local como global supone el empleo de ese petróleo, el auténtico precio podría llegar a centenares de dólares por barril; eso sin contar cuan­do la protección del crudo suscita una guerra como la del Golfo Pérsico, pues entonces el coste asciende todavía más, y no sólo en dólares.

Siempre que se pretende una estimación justa de costes y beneficios, resulta evidente que para muchos fines la energía solar (junto con el viento y otros recursos renovables) es ya mucho más barata que el carbón, el petróleo o el gas natural. Estados Unidos y las demás naciones industrializadas debe­rían estar invirtiendo grandes sumas en el perfeccionamiento de la tecnología solar y en la instalación de grandes conjuntos de convertidores solares. Sin embargo, todo el presupuesto anual del Departamento de Energía para esta tecnología equivale al precio de uno o dos aviones de gran rendimiento destacados en el exterior para proteger fuentes de petróleo.

La inversión actual en la eficiencia de los combustibles fósiles o en fuentes alternativas de energía supondrá benefi­cios en los próximos años. El problema es que, como ya he mencionado, la industria, los consumidores y los políticos a menudo parecen pensar sólo en el aquí y ahora. Mientras tanto, empresas norteamericanas precursoras en el uso de la energía solar son vendidas a firmas extranjeras. En España, Italia, Alemania y Japón funcionan ya centrales eléctricas so­lares.

En contraste, la mayor central comercial norteamericana de energía solar, instalada en el desierto de Mojave, sólo ge­nera unos pocos centenares de megavatios que vende a la Edison del sur de California. En todo el mundo, los planificadores de servicios rehuyen las inversiones en turbinas eóli­cas y generadores solares.

Hay, empero, algunos signos alentadores. Los pequeños electrodomésticos solares de fabricación norteamericana co­mienzan a dominar el mercado mundial. (De las tres empre­sas principales, dos son controladas por Alemania y Japón; la tercera por firmas petroleras estadounidenses.) Hay pastores tibetanos que emplean paneles solares para proporcionar energía a bombillas y aparatos de radio; en sus expediciones a través del desierto, algunos médicos somalíes disponen de paneles solares en sus camellos para mantener frías sus pre­ciosas vacunas; en India, la energía solar suministra electri­cidad a 50.000 hogares. Puesto que estos sistemas están al alcance de la clase media baja de los países en vías de desarro­llo y casi no exigen mantenimiento, el mercado potencial de la electrificación solar rural es enorme.

Podríamos y deberíamos hacer más. El Gobierno federal tendría que asumir un gran compromiso en el desarrollo de esta tecnología, y deberían existir incentivos para que cientí­ficos e inventores se adentraran en este campo semidespoblado. ¿Por qué se cita tan a menudo la «independencia energé­tica» como justificación de los peligros para el medio ambiente que suponen las centrales nucleares o las perfora­ciones petrolíferas en aguas costeras pero rara vez a la hora de promover el aislamiento, automóviles más eficientes o la energía eólica y solar? Cabe, además, emplear muchas de es­tas nuevas tecnologías en el Tercer Mundo con el objeto de mejorar su industria y sus niveles de vida sin que se cometan los errores del mundo desarrollado. Si Norteamérica preten­de situarse a la cabeza en nuevas industrias básicas, he aquí una a punto de despegar.

Tal vez sea posible desarrollar rápidamente estas alternati­vas dentro de una auténtica economía de libre mercado. De otro modo, cabría pensar en una pequeña imposición fiscal sobre los combustibles fósiles, destinada al desarrollo de tec­nologías alternativas. Gran Bretaña estableció en 1991 un «gravamen en favor de combustibles no fósiles» equivalente al 11 % del precio de compra. Sólo en Estados Unidos, es­te impuesto equivaldría anualmente a muchos miles de millo­nes de dólares anuales. Pero entre 1993 y 1996 el presidente Clinton ni siquiera consiguió que se aprobase una legislación que imponía un gravamen de 1,3 centavos por litro de gasoli­na. Tal vez las futuras administraciones logren hacerlo mejor.

Mi esperanza es que se introduzcan paulatinamente y a un ritmo respetable las tecnologías de paneles solares, tur­binas eólicas, conversión de biomasa y empleo del hidrógeno como combustible, al tiempo que aumentamos considerable­mente la eficiencia en el consumo de combustibles fósiles. Nadie habla de prescindir de éstos por completo. Es impro­bable que las necesidades energéticas de la industria pesada —para la fabricación de acero y aluminio, por ejemplo— puedan ser satisfechas por la luz solar o las centrales eólicas, pero si somos capaces de reducir en la mitad o más nuestra dependencia de los combustibles fósiles, habremos consegui­do algo muy importante. Si bien no es verosímil que aparez­can pronto tecnologías muy distintas para hacer frente al ca­lentamiento global, tal vez en algún momento del siglo XXI sea accesible una nueva tecnología barata y limpia que no ge­nere gases invernadero, algo que pueda hacerse y mantenerse en países pequeños y pobres de todo el mundo.

Cabe preguntarse si no existe ningún medio de sacar de la atmósfera dióxido de carbono, de enmendar parte del daño que hemos infligido. La única forma de atenuar el efecto in­vernadero que parece al mismo tiempo segura y fiable con­siste en plantar árboles. Al crecer, los árboles eliminan CO, del aire. Ahora bien, todo se vendría abajo si después los quemáramos, lo cual equivaldría precisamente a destruir el beneficio que buscábamos. Los árboles ya crecidos pueden servir, por ejemplo, para construir casas y muebles; o senci­llamente pueden enterrarse. Sin embargo, la superficie del planeta que deberíamos repoblar para que los nuevos árboles representasen una contribución significativa es enorme, aproximadamente el área de Estados Unidos. Una tarea tal sólo es factible si toda la especie humana se pone a ello. Ésta, por el contrario, destruye cada segundo casi media hectárea de bosque. Cualquiera puede plantar árboles: individuos, na­ciones y corporaciones, pero sobre todo estas últimas. La empresa Applied Energy Services de Arlington, Virginia, ha construido en Connecticut una central térmica que quema carbón, pero también está plantando en Guatemala árbo­les que eliminarán de la atmósfera más dióxido de carbono del que la nueva central inyectará en toda su vida operativa. ¿Acaso las compañías madereras no deberían plantar más bosques —preferiblemente especies de crecimiento rápido y frondosas, más útiles para la atenuación del efecto inverna­dero— que los que talan? ¿Qué decir de las industrias del carbón, petroleras, del gas natural y automovilísticas? ¿No habría que exigir de cada empresa que vierta CO2 en la at­mósfera que también se encargue de paliar sus efectos? ¿No debería hacerlo cada ciudadano? ¿Por qué no plantar árboles en Navidad, o en los cumpleaños, bodas y aniversarios? Nuestros antepasados vinieron de los árboles, con los que te­nemos una afinidad natural. Es perfectamente apropiado que plantemos más.

Al desenterrar y quemar sistemáticamente los cadáveres de antiguos seres, nos hemos creado un problema. Podemos aliviar el peligro mejorando la eficiencia de su uso, invirtiendo en tecnologías alternativas (como los combustibles bioló­gicos y la energía eólica y solar) y dando vida a algunas de las mismas clases de seres cuyos restos, antiguos o modernos, quemamos (los árboles). Estas actuaciones nos proporciona­rían toda una serie de ventajas adicionales: la purificación del aire, la reducción o eliminación de los vertidos petrolíferos, el desarrollo de nuevas tecnologías, nuevos puestos de traba­jo y nuevos beneficios, la independencia energética, permitir a Estados Unidos y otras naciones industrializadas depen­dientes del petróleo que aparten del peligro a sus hijos e hijas bajo bandera, y la reorientación de buena parte de los presu­puestos militares hacia la economía civil productiva.

Pese a la continuada resistencia de las industrias ligadas a los combustibles fósiles, un sector empresarial sí ha empeza­do a tomarse muy en serio el calentamiento global: las com­pañías de seguros. Las tormentas violentas y otros fenóme­nos meteorológicos extremos vinculados al efecto invernadero (inundaciones, sequías, etc.) pueden «llevarnos a la bancarrota», en palabras del presidente de la Asociación de Aseguradores Norteamericanos. En mayo de 1996, citando el hecho de que el 6% de los peores desastres naturales de la historia de Estados Unidos se produjo durante la pasada dé­cada, un consorcio de compañías de seguros patrocinó una investigación sobre el calentamiento global como causa po­tencial. Aseguradoras alemanas y suizas han promovido me­didas para la reducción del vertido de gases invernadero. La Alianza de Pequeños Estados Isleños ha apelado a las nacio­nes industrializadas para que hacia el año 2005 reduzcan sus emisiones de gases invernadero hasta un 20 % por debajo de los niveles de 1990 (entre 1990 y 1995 la emisión mundial de CO2 se incrementó en un 12 %). En otras industrias exis­te una nueva inquietud, al menos teórica, acerca de la responsabilidad medioambiental, que refleja una abrumadora ten­dencia de la opinión pública en (y hasta cierto punto más allá de) el mundo desarrollado.

«El calentamiento global es un problema serio que proba­blemente plantea una amenaza grave a los cimientos mismos de la vida humana», ha declarado el estado japonés, anuncian­do que para el año 2000 se estabilizarían sus emisiones de ga­ses invernadero. Suecia comunicó que para el año 2010 habrá reducido a la mitad su producción de energía nuclear, y en un 30 % las emisiones de CO2 de sus industrias mediante el in­cremento de la eficiencia y la introducción de nuevas fuentes de energía renovables; y espera ahorrar dinero en este proceso. John Selwyn Gummer, secretario británico de Medio Am­biente, declaró en 1996: «Aceptamos, como comunidad mun­dial, que tiene que haber reglas a escala global.» Sin embargo, existe una considerable resistencia. Las naciones de la OPEP siguen resistiéndose a la reducción de las emisiones de CO2 porque esto les privaría de una parte de sus ingresos. Rusia y muchos países en vías de desarrollo se oponen porque consti­tuiría un gran impedimento a su industrialización. Estados Unidos es la única gran nación industrializada que no ha adoptado medidas significativas para contrarrestar el efecto invernadero; mientras otros países actúan, el gobierno estadounidense designa comisiones y apremia a las industrias afectadas a adoptar disposiciones voluntarias en contra de sus propios intereses a corto plazo. Obrar con eficacia en esta cuestión será, desde luego, más difícil que aplicar el Protocolo de Montreal y sus enmiendas sobre los CFC. Las industrias afectadas son mucho más poderosas, el coste del cambio es muy superior, y todavía no existe nada tan espectacular con respecto al calentamiento global como el agujero de la capa de ozono sobre la Antártida. Tendrán que ser los ciudadanos quienes eduquen a industrias y gobiernos.

Carentes de conciencia, las moléculas de CO2 son inca­paces de comprender la profunda idea de soberanía nacional.

El viento sencillamente las arrastra. Pueden ser producidas en un sitio y acabar en otro. El planeta constituye una uni­dad. Sean cuales fueren las diferencias ideológicas y cultura­les, las naciones del mundo deben trabajar unidas; de otra manera no habrá solución para el efecto invernadero y los demás problemas medioambientales globales. Dentro de este invernadero estamos todos unidos.

En abril de 1993, el presidente Bill Clinton se compro­metió al fin a que Estados Unidos hiciese algo a lo que se ha­bía negado la administración Bush: unirse a unas 150 nacio­nes en la firma de los protocolos de la Cumbre de la Tierra celebrada el año anterior en Río de Janeiro. Más concreta­mente, Estados Unidos prometió que para el año 2000 redu­ciría su cota de emisión de dióxido de carbono y otros gases invernadero a los niveles de 1990 (ya de por sí bastante altos, pero al menos se trata de un paso en la dirección adecuada). No será fácil que esta promesa se cumpla. Estados Unidos se comprometió asimismo a dar algunos pasos para la protec­ción de la diversidad biológica en una variedad de ecosiste­mas planetarios.

No podemos insistir sin riesgo en un insensato desarrollo tecnológico, desdeñando por completo las consecuencias. Tenemos el poder suficiente para encauzarlo, para orientarlo en beneficio de todo el mundo. Tal vez haya un lejano hori­zonte de esperanza en estos problemas medioambientales globales, porque nos obligan, querámoslo o no, a adoptar una nueva forma de pensar que antepone el bienestar del gé­nero humano a los intereses nacionales y empresariales. So­mos una especie ingeniosa a la hora de abrirnos camino y sa­bemos qué hay que hacer. A menos que resultemos mucho más estúpidos de lo que creo, de las crisis medioambientales de nuestro tiempo debería surgir una integración de las na­ciones y las generaciones, e incluso el final de nuestra larga infancia.


 

13. RELIGIÓN Y CIENCIA: UNA ALIANZA

Hacia el primer día, todos señalábamos a nuestros países. Ha­cia el tercero o el cuarto, señalábamos a nuestros continentes. Para el quinto día, ya éramos conscientes de que sólo hay una Tierra.

Príncipe sultán Bin Salmón Al-Saud, astronauta de Arabia Saudí

La inteligencia y la fabricación de útiles constituyeron nuestra fuerza desde el principio. Supimos emplear esos ta­lentos para compensar la escasez de dotes naturales —veloci­dad, venenos, capacidad de vuelo y demás— otorgadas con generosidad a otros animales y que nos fueron cruelmente negadas (o al menos eso parecía). Desde la época del dominio del fuego y la fabricación de herramientas de piedra se hizo obvio que nuestras destrezas podían ser empleadas para el mal tanto como para el bien, pero sólo en época muy recien­te hemos caído en la cuenta de que incluso la utilización be­nigna de nuestra inteligencia y nuestras herramientas puede ponernos en peligro, porque no somos lo bastante listos para prever todas las repercusiones.

Ahora ocupamos toda la Tierra. Tenemos bases en la An­tártida, visitamos las profundidades oceánicas, incluso 12 de nosotros se han paseado por la Luna. Somos ya 6.000 millo­nes y nuestro número aumenta el equivalente de la población de China cada década. Hemos sometido a los demás animales y las plantas (aunque hayamos tenido menos éxito con los microbios). Hemos domesticado y sometido muchos orga­nismos. Según ciertos criterios, nos hemos convertido en la especie dominante de la Tierra.

Casi a cada paso, sin embargo, hemos prestado más aten­ción a lo local que a lo global, más a lo inmediato que a las consecuencias a largo plazo. Hemos destruido los bosques, erosionado la superficie del planeta, alterado la composición de la atmósfera, debilitado la capa protectora de ozono, tras­tornado el clima, emponzoñado el aire y las aguas y conse­guido que los más depauperados padecieran más que nadie la degradación ambiental. Nos hemos convertido en predadores de la biosfera, poseídos de arrogancia, siempre dispuestos a conseguir todo sin dar nada a cambio. Ahora mismo somos un peligro para nosotros mismos y para los seres con los que compartimos el planeta.

La agresión al entorno global no es responsabilidad ex­clusiva de empresarios empujados por el afán de lucro y de políticos miopes y corruptos. Todos tenemos parte de culpa.

La comunidad de los científicos ha desempeñado un pa­pel crucial. Muchos ni siquiera nos detuvimos a reflexionar sobre las consecuencias a largo plazo de nuestras invencio­nes. Nos mostramos harto dispuestos a entregar poderes de­vastadores en manos del mejor postor y de los funcionarios de cualquier nación de residencia. Desde sus mismos co­mienzos, la filosofía y la ciencia siempre se revelaron ansio­sas, según palabras de Rene Descartes, de «hacernos dueños y poseedores de la naturaleza», de emplear la ciencia, como dijo Francis Bacon, para colocar toda la naturaleza «al servi­cio del hombre». Bacon se refirió al «hombre» como ejer­ciente de un «derecho sobre la naturaleza». Aristóteles escri­bió que «la naturaleza ha creado todos los animales en beneficio del hombre». Immanuel Kant, por su parte, afirmó que «sin el hombre la creación entera sería un simple yermo, algo en vano». No hace mucho aún oíamos hablar de «con­quistar» la naturaleza y de la «conquista» del espacio, como si la naturaleza y el cosmos fuesen enemigos a vencer.

La comunidad religiosa también ha desempeñado un pa­pel crucial. Las confesiones occidentales mantuvieron que, al igual que debemos someternos a Dios, así debe someterse a nosotros el resto de la creación. Especialmente en la época moderna, parece ser que nos hemos consagrado más a este segundo empeño que al primero. En el mundo real y pal­pable, tal como se revela en lo que hacemos y no en lo que decimos, muchos seres humanos parecen aspirar a ser los señores de la creación (con una ocasional reverencia, tal como exigen las convenciones sociales, a los dioses del momento). Descartes y Bacon fueron influidos profundamente por la religión. La noción de «nosotros contra la naturaleza» es un legado de las tradiciones religiosas. En el Libro del Gé­nesis, Dios otorga a los seres humanos «el dominio [...] sobre todo ser vivo» e infunde en «cada bestia» el «espanto» y «el temor» hacia nosotros. Se apremia al hombre a «someter» la naturaleza, y ese término es traducción de una palabra hebrea con fuertes connotaciones militares. Hay mucho más en esta línea dentro de la Biblia y la tradición cristiana medieval de la que emergió la ciencia moderna. El Islam, por el contrario, no se muestra inclinado a declarar enemiga a la naturaleza.

Claro está que tanto la ciencia como la religión son es­tructuras complejas y de múltiples capas que abarcan muchas opiniones diferentes e incluso contradictorias. Fueron cientí­ficos los que descubrieron y denunciaron las crisis medioam­bientales, y ha habido científicos que, a un precio muy alto para sí mismos, se negaron a trabajar en invenciones que pu­dieran perjudicar a sus semejantes. Por otra parte, fue la reli­gión la primera en expresar el imperativo de reverenciar a los seres vivos.

Cierto que no hay en la tradición judeo-cristiano-musulmana nada que se aproxime al aprecio por la naturaleza de la tradición hindú-budista-jainista o de los indios norteameri­canos. Tanto la religión como la ciencia occidentales insistie­ron en afirmar que la naturaleza no es la historia sino el esce­nario, y que constituye un sacrilegio considerar sagrada la naturaleza.

Existe, sin embargo, un claro contrapunto religioso: el mundo natural es una creación de Dios, cuyo propósito no es la glorificación del hombre y que, en consecuencia, mere­ce respeto y atención por sí mismo y no simplemente porque nos resulte útil. En tiempos recientes ha surgido, además, la patética metáfora de la «administración», la idea de que los seres humanos son los celadores de la Tierra, que ésa es su misión y que deben rendir cuentas ante el «propietario» aho­ra y en un futuro indefinido.

Durante 4.000 millones de años la vida en la Tierra se las arregló bastante bien sin «celadores». Trilobites y dinosau­rios, que permanecieron aquí durante más de 100 millones de años, tal vez encontrarían graciosa la idea de que una especie que sólo lleva aquí una milésima de ese tiempo decida autoerigirse en guardiana de la vida en la Tierra. Esa especie se en­cuentra en peligro. Se necesitan celadores humanos para pro­teger a la Tierra de los hombres.

Los métodos y el carácter de la ciencia y de la religión son profundamente diferentes. Con frecuencia la religión nos exi­ge creer sin dudar, incluso (o sobre todo) en ausencia de una prueba concluyente. Ésta es la significación crucial de la fe. La ciencia, en cambio, nos exige que no aceptemos nada como ar­tículo de fe, que desconfiemos de nuestra inclinación al autoengaño, que rechacemos las pruebas anecdóticas. La ciencia considera el escepticismo como virtud fundamental. La reli­gión suele verlo como una barrera a la iluminación. Así, du­rante siglos ha existido un conflicto entre los dos campos: los descubrimientos de la ciencia planteaban retos a los dogmas religiosos, y la religión trataba de suprimir hallazgos inquie­tantes o hacer caso omiso de ellos.

Pero los tiempos han cambiado. Muchas religiones acep­tan ahora de buen grado la idea de una Tierra que gira alre­dedor del Sol y que cuenta con 4.500 millones de años de edad, de la evolución y otros descubrimientos de la ciencia moderna. El papa Juan Pablo II ha dicho: «La ciencia puede purificar la religión del error y la superstición; la religión puede purificar la ciencia de la idolatría y los falsos absolu­tos. Cada una es capaz de conducir a la otra a un mundo más amplio, un mundo donde ambas puedan florecer... Es preciso alentar y alimentar los ministerios integradores.»

En nada resulta esto tan evidente como en la actual crisis medioambiental. Sea de quien fuere la responsabilidad princi­pal, no hay manera de superarla sin comprender los peligros y sus mecanismos, y sin una dedicación profunda al bienestar a largo plazo de nuestra especie y de nuestro planeta; es decir, sin la intervención crucial de la ciencia y de la religión.

He tenido la suerte de participar en una extraordinaria sucesión de reuniones entre dirigentes de las diversas religio­nes del planeta, científicos y legisladores de muchas naciones para tratar de abordar la cada vez más seria crisis medioam­biental global.

Representantes de casi cien naciones acudieron a Oxford en abril de 1988 y a Moscú en enero de 1990 para asistir a las conferencias del «Foro Global de Líderes Espirituales y Par­lamentarios». De pie bajo una enorme fotografía de la Tierra vista desde el espacio, contemplé una abigarrada y variopinta representación de la maravillosa variedad de nuestra especie: la madre Teresa y el cardenal arzobispo de Viena, el arzobis­po de Canterbury, los grandes rabinos de Rumania y Gran Bretaña, el Gran Mufti de Siria, el metropolitano de Mos­cú, un anciano de la nación onondaga, el sumo sacerdote del Bosque Sagrado de Togo, el Dalai Lama, clérigos jainistas resplandecientes en sus blancos hábitos, sijs tocados con tur­bantes, swamis hindúes, monjes budistas, sacerdotes sintoístas, protestantes evangélicos, el primado de la Iglesia arme­nia, un «Buda viviente» de China, los obispos de Estocolmo y Harare, los metropolitanos de las iglesias ortodoxas y el jefe de jefes de las seis naciones de la Confederación Iroquesa; y con ellos el secretario general de Naciones Unidas, el primer ministro de Noruega, la fundadora de un movimien­to feminista para la repoblación forestal de Kenya, el presi­dente del World Watch Institute, los dirigentes de la UNICEF, el Fondo para la Población y la UNESCO, el ministro soviético de Medio Ambiente y parlamentarios de docenas de naciones, incluyendo senadores, miembros de la Cámara de Representantes y un futuro vicepresidente de Estados Unidos. Estas reuniones fueron fundamentalmente organiza­das por una sola persona, Akio Matsumura, ex funcionario de Naciones Unidas.

Recuerdo los 1.300 delegados congregados en el salón de San Jorge del Kremlin para escuchar un discurso de Mijáil Gorbachov. Abrió la sesión un venerable monje védico, representante de una de las tradiciones religiosas más anti­guas de la Tierra, invitando a la multitud a entonar la sílaba sagrada «om». Creo que el entonces ministro de Asuntos Ex­teriores soviético, Eduard Shevardnadze, lo hizo, pero Mijáil Gorbachov se abstuvo (cerca se alzaba una imponente esta­tua de Lenin, de color lechoso y con la mano extendida).

Al anochecer de aquel mismo viernes 10 delegados judíos que se encontraban en el Kremlin celebraron un servicio, el primero de la religión mosaica que tenía lugar allí. Recuerdo al Gran Mufti de Siria recalcando, para sorpresa y satisfac­ción de muchos, la importancia en el Islam de «un control de la natalidad para el bienestar mundial, sin explotarlo a expen­sas de una nacionalidad sobre otra». Varios oradores citaron este proverbio de los indios norteamericanos: «No hemos heredado la Tierra de nuestros antepasados, la tenemos en préstamo de nuestros hijos.»

Se insistió constantemente en la vinculación de todos los seres humanos. Escuchamos una parábola secular en que se nos pedía que imagináramos a nuestra especie como un pue­blo de 100 familias, 65 de las cuales son analfabetas, 90 no ha­blan inglés, 70 carecen de agua potable y 80 nunca ha subido a un avión. De esas familias, siete son dueñas del 60 % de la tierra, consumen el 80 % de toda la energía disponible y go­zan de todos los lujos, 60 se hacinan en el 10 % de la superfi­cie terrestre y sólo una cuenta con algún miembro que tenga educación universitaria. Si, además, todo —el aire, el agua, el clima y la implacable luz del sol— va a peor, ¿cuál es nuestra responsabilidad común?

En la conferencia de Moscú, unos cuantos científicos no­tables firmaron un documento que presentaron a los líderes religiosos mundiales. Su respuesta fue abrumadoramente po­sitiva. La reunión concluyó con un plan de acción en el que figuraban estas palabras:

Esta cita no es un mero acontecimiento, sino un paso dentro de un proceso en marcha en el que nos hallamos im­plicados de manera irrevocable. Ahora retornamos a nuestras casas con el compromiso de actuar como fervientes partici­pantes en este proceso, como emisarios del cambio funda­mental en las actitudes y prácticas que han empujado a nues­tro mundo hasta un extremo tan peligroso.

Los dirigentes religiosos han emprendido acciones en muchos países. En Estados Unidos ya han dado grandes pa­sos la Conferencia Católica, la Iglesia Episcopaliana, la Igle­sia Unida de Cristo, los cristianos evangélicos, los líderes de la comunidad judía y muchos otros grupos. Como cataliza­dor de este proceso se estableció un Llamamiento Conjunto de la Ciencia y la Religión para el Medio Ambiente, presidido por el reverendísimo James Parks Morton, deán de la ca­tedral de San Juan el Divino, y yo mismo; el vicepresidente Al Gore, entonces senador, desempeñó un papel crucial. En la reunión exploratoria de científicos y dirigentes de las prin­cipales confesiones estadounidenses, celebrada en Nueva York en junio de 1991, se hizo evidente que existía una amplia base común:

Es grande la tentación de negar o dejar a un lado esta cri­sis medioambiental global y rechazar incluso la consideración de los cambios fundamentales en la conducta humana reque­ridos para abordarla. Pero los dirigentes religiosos aceptamos la responsabilidad profética de dar a conocer todas las dimen­siones de este cambio y las exigencias para acometerlo a los muchos millones de personas a quienes llegamos, enseñamos y aconsejamos.

Pretendemos ser participantes documentados en los de­bates sobre estas cuestiones y contribuir con nuestras opinio­nes al imperativo moral y ético de la concepción de solucio­nes políticas nacionales e internacionales. Declaramos aquí y ahora los pasos que es preciso dar: una supresión acelerada de los productos químicos que dañan el ozono; un empleo mu­cho más eficiente de los combustibles fósiles y el desarrollo de una economía no dependiente de ellos; la preservación de los bosques tropicales y la adopción de otras medidas que protejan la diversidad biológica, y esfuerzos concertados para frenar el crecimiento espectacular y peligroso de la población mundial mediante la promoción de mujeres y hombres, el fo­mento de la autosuficiencia económica y la realización de programas de planificación familiar accesibles a todos sobre una base estrictamente voluntaria.

Creemos que entre la más alta jerarquía de un amplio es­pectro de tradiciones religiosas hay ahora coincidencia en pensar que la causa de la integridad y la justicia medioam­bientales debe ocupar en las personas de fe una posición de máxima prioridad. La respuesta a esta cuestión puede y debe superar las fronteras religiosas y políticas tradicionales. Tene­mos aquí un potencial de unificación y renovación de la vida religiosa.

La última frase del párrafo intermedio representa un tor­tuoso compromiso con la delegación católica, opuesta no sólo a la descripción de cualquier método anticonceptivo, sino incluso a la inclusión del término «control de la nata­lidad».

Hacia 1993, el Llamamiento Conjunto de la Ciencia y la Religión para el Medio Ambiente dio paso a la Asociación Religiosa Nacional en pro del Medio Ambiente, una coali­ción de comunidades católicas, judías, protestantes, ortodo­xas orientales, la Iglesia negra histórica y cristianos evangéli­cos. Mediante el material preparado por la oficina científica de la asociación, los grupos participantes han comenzado —tanto individual como colectivamente— a ejercer una in­fluencia considerable. De muchas comunidades religiosas antes carentes de programas o departamentos medioambien­tales de carácter nacional se puede decir ahora que están «plenamente comprometidas en este empeño». Los manuales de educación y acción medioambientales han llegado a unas 100.000 agrupaciones religiosas que representan a decenas de millones de norteamericanos. Miles de dirigentes eclesiásti­cos y laicos han participado en el adiestramiento regional y se han documentado millares de iniciativas ambientales. Se ha solicitado el apoyo de legisladores estatales y nacionales, in­formado a los medios de comunicación, organizado semina­rios y pronunciado homilías acerca de estos temas. Como ejemplo escogido más o menos al azar, en enero de 1996 la Red Ambiental Evangélica —organización de la comunidad cristiana evangélica que forma parte de la asociación— solici­tó el apoyo de los congresistas al proyecto de Ley de Espe­cies en Peligro (a su vez amenazada). ¿Sobre qué base? Un portavoz explicó que si bien los evangélicos «no eran cientí­ficos», podían defender esa ley por razones teológicas, calificando la legislación para proteger las especies en peligro como «el arca de Noé de nuestro tiempo». Aparentemente goza de aceptación general el principio básico de la asocia­ción según el cual «la protección ambiental tiene que ser ahora un componente crucial de la vida de la fe». Hay una gran iniciativa que la asociación todavía no ha abordado: lle­gar a aquellos fieles que, además, son ejecutivos de grandes empresas cuya actividad afecta el medio ambiente. Confío en que sea acometida.

La actual crisis medioambiental no constituye un desas­tre, al menos por el momento. Como otras crisis, esconde un potencial para la manifestación de poderes de cooperación, talento y dedicación hasta ahora no explotados y ni siquiera imaginados. Es posible que la ciencia y la religión difieran acerca del origen de la Tierra, pero cabe coincidir en que su protección merece nuestra profunda atención y nuestros afa­nes más entusiastas.

EL LLAMAMIENTO

Lo que sigue es el texto remitido en enero de 1990 por un grupo de científicos a los dirigentes religiosos y titulado «Preservar y amar la Tierra: Una llamada para el esta­blecimiento de una comisión conjunta de ciencia y re­ligión».

La Tierra es el lugar de nacimiento de nuestra especie y, por lo que hasta ahora sabemos, nuestro único hogar. Cuan­do éramos pocos y teníamos una tecnología débil, care­cíamos de poder para influir en el ambiente de nuestro mun­do, pero ahora, de repente, casi sin que nadie lo haya advertido, nuestra población se ha hecho inmensa y nuestra tecnología ha alcanzado poderes descomunales, aterradores incluso. Voluntariamente o no, somos ya capaces de provocar cambios devastadores en el entorno global, un medioambiente al que nosotros y todos los demás seres con quienes compartimos la Tierra estamos meticulosa y exquisitamente adaptados.

Ahora nos vemos amenazados por alteraciones globales que evolucionan rápidamente y de las que somos autores, cuyas consecuencias biológicas y ecológicas a largo plazo por desgracia ignoramos: adelgazamiento de la capa protec­tora de ozono, un calentamiento global sin precedentes en los últimos 150 milenios, la desaparición de casi media hectá­rea de bosque cada segundo, la extinción acelerada de espe­cies y la perspectiva de una guerra nuclear que ponga en pe­ligro a la mayoría de la población del planeta. Tal vez existan otros riesgos de los que, en nuestra impericia, aún no somos conscientes. Todos y cada uno representan una trampa dispuesta para la especie humana, una trampa tendida por nosotros mismos. Por fundadas y excelsas (o ingenuas y miopes) que hayan sido las justificaciones de las actividades que tra­jeron tales peligros, estas actividades amenazan ahora a nues­tra especie y muchas otras. Estamos a punto de cometer —muchos dirían que ya estamos cometiendo— lo que en lenguaje religioso se califica a veces de «crímenes contra la Creación».

Por su misma naturaleza, estas agresiones al medio am­biente no han sido sólo obra de un grupo político o de una generación. Intrínsecamente, son multinacionales, multigeneracionales y transideológicas. También lo son todas las so­luciones concebibles. Para escapar de esta trampa hace falta una perspectiva que englobe a los seres humanos del planeta y a las generaciones futuras.

Desde el principio, es preciso reconocer que unos pro­blemas de tal magnitud y unas soluciones que exigen una perspectiva tan amplia poseen una dimensión tanto religiosa como científica. Conscientes de nuestra responsabilidad co­mún, nosotros los científicos —comprometidos muchos en la lucha contra la crisis medioambiental— apelamos urgentemen­te a la comunidad religiosa internacional para que se consa­gre, en palabra y obra, y tan enérgicamente como se requiere, a la preservación del medio ambiente de la Tierra.

Algunos de los remedios a corto plazo de estos peligros —como una mayor eficiencia energética, la rápida prohibi­ción de los clorofluorocarbonos o una reducción modesta de los arsenales nucleares— resultan relativamente accesibles y en alguna medida están ya en marcha; pero otros enfoques más amplios, a más largo plazo y más eficaces tropezarán por doquier con la inercia, el rechazo y la resistencia. En esta ca­tegoría figuran el paso de una economía basada en los com­bustibles fósiles a otra centrada en una energía no conta­minante, la inversión rápida y persistente de la carrera de armamento nuclear y una interrupción voluntaria del creci­miento de la población mundial, sin cuya consecución quedarán anulados muchos otros enfoques de la conservación del medio ambiente.

Como en las cuestiones relativas a la paz, los derechos humanos y la justicia social, las instituciones religiosas tam­bién pueden representar aquí una fuerza sólida que estimule iniciativas nacionales e internacionales, tanto en el sector pú­blico como en el privado y en las diversas esferas del comer­cio, la educación, la cultura y los medios de comunicación de masas.

La crisis ambiental requiere cambios radicales no sólo en la política oficial, sino también en la conducta individual. Los antecedentes históricos ponen de manifiesto que las en­señanzas, el ejemplo y la dirección religiosos son muy capa­ces de influir en el comportamiento y el compromiso perso­nales.

Como científicos, muchos de nosotros tenemos expe­riencias profundas de asombro y reverencia ante el universo. Entendemos que es más probable que sea tratado con respeto aquello que se considera sagrado. Es preciso infundir sacrali­dad en los esfuerzos por salvaguardar y respetar el medio am­biente. Al mismo tiempo, se requiere un conocimiento más amplio y profundo de la ciencia y la tecnología. Si no com­prendemos el problema, es improbable que seamos capaces de solucionarlo. Tanto la religión como la ciencia tienen, pues, un papel vital que desempeñar.

Sabemos que el bienestar de nuestro medioambiente pla­netario es ya motivo de profunda preocupación en concilios y congregaciones. Confiamos en que este llamamiento alenta­rá un espíritu de causa común y de acción conjunta para con­tribuir a la preservación de la Tierra.

La respuesta al llamamiento de los científicos acerca del medio ambiente fue pronto firmada por centenares de líderes espirituales de 83 países, incluyendo 37 jefes de organizaciones religiosas nacionales e internacionales.

Entre ellos figuraban los secretarios generales de la Liga Musulmana Mundial y del Consejo Mundial de las Igle­sias, el vicepresidente del Congreso Judío Mundial, el ca­tolikós de todos los armenios, el metropolitano Pitirim de Rusia, los grandes muftis de Siria y de la ex Yugosla­via, los obispos que presiden las iglesias cristianas de China y la episcopaliana, la luterana, la metodista y la menonita de Estados Unidos, así como 50 cardenales, la­mas, arzobispos, grandes rabinos, patriarcas, mulahs y obispos de las principales ciudades del mundo. Manifes­taron lo siguiente:

Nos declaramos conmovidos por el espíritu del llama­miento y arrostrados por su sustancia. Compartimos su sen­tido de apremio. Esta invitación a la colaboración marca un momento y una oportunidad singulares en la relación entre la ciencia y la religión.

Muchos miembros de la comunidad religiosa han reac­cionado con creciente alarma ante los informes de amenazas a la salud del medioambiente de nuestro planeta, como las expuestas en el llamamiento. La comunidad científica ha prestado un gran servicio a la humanidad al aportar las prue­bas de tales peligros. Alentamos una investigación continua­da y escrupulosa y debemos tomar en consideración sus re­sultados en todas nuestras deliberaciones y declaraciones referentes a la condición humana.

Creemos que la crisis del medio ambiente es intrínseca­mente religiosa. Todas las tradiciones y enseñanzas de la fe nos instruyen firmemente para que reverenciemos y cuide­mos el mundo natural, pero la creación sagrada está siendo violada y corre un riesgo extremo como resultado de un comportamiento humano añejo. Es esencial una respuesta religiosa para invertir esas pautas inveteradas de negligencia y explotación.

Por este motivo, damos la bienvenida al llamamiento de los científicos y estamos dispuestos a explorar tan pronto como sea posible formas concretas y específicas de colabora­ción y acción. La propia Tierra nos llama a lograr nuevos ni­veles de compromiso conjunto.


 

tercera parte ALLÍ DONDE CHOCAN CORAZONES Y MENTES


 

14. EL ENEMIGO COMÚN

No soy un pesimista. Percibir el mal allí donde existe es, en mi opinión, una forma de optimismo.

Roberto Rossellini

Sólo en el espacio de tiempo representado por el siglo actual ha adquirido una especie el poder de alterar la naturaleza del mundo.

Rachel Carson, Primavera silenciosa, 1962

INTRODUCCIÓN

En 1988 se me brindó una oportunidad única: fui invita­do a escribir un artículo sobre las relaciones entre Estados Unidos y la entonces Unión Soviética que aparecería, más o menos simultáneamente, en las publicaciones de mayor difu­sión de los dos países. Era la época en que Mijaíl Gorbachov trataba de otorgar a los ciudadanos soviéticos el derecho a expresar libremente sus opiniones. Algunos la recuerdan también como el tiempo en que la administración Reagan modificaba lentamente su decidida postura en favor de la guerra fría. Pensé que un artículo semejante podría hacer algo de bien. Más aún, durante una reciente reunión en la «cumbre», Reagan había comentado que sería mucho más fácil la colaboración entre Estados Unidos y la Unión So­viética de existir el peligro de una invasión alienígena. Aque­llo parecía dar a mi trabajo un punto de partida. Quise que el artículo fuera una provocación para los ciudadanos de ambos países y exigí de las dos partes garantías de que no sería censurado. Tanto el director de Parade, Walter Anderson, como el de Ogonyok, Vitaly Korotich, accedieron de buen grado. Bajo el título de «El enemigo común», el artícu­lo apareció en el número de Parade del 7 de febrero de 1988 y en el del 12-19 de marzo del mismo año de Ogonyok. Lue­go fue reproducido en The Congressional Record, ganando en 1989 el premio Rama de Olivo de la Universidad de Nue­va York, y fue muy comentado, tanto en un país como en el otro.

Parade abordó directamente las cuestiones polémicas del texto con esta introducción:

El siguiente artículo, cuya publicación íntegra está también prevista en Ogonyok, la revista más popular de la Unión So­viética, trata de las relaciones entre las dos naciones. Es proba­ble que algunos ciudadanos de ambos países encuentren in­cómodas e incluso provocativas ciertas consideraciones de Cari Sagan, sobre todo porque pone en tela de juicio las visio­nes populares de la historia de cada nación. La redacción de Pa­rade confía en que este análisis, que será leído tanto aquí como en la Unión Soviética, constituya un primer paso hacia la consecución de los mismos objetivos a que hace referencia el autor.

Las cosas, sin embargo, no eran tan sencillas, ni siquiera en la liberalizadora Unión Soviética de 1988. Korotich se ha­bía comprometido antes de conocer el texto, y cuando leyó mis comentarios críticos sobre la historia y la política soviéticas se sintió obligado a consultar a una autoridad superior. La responsabilidad del contenido del artículo, tal como apa­reció en Ogonyok, acabó recayendo, al parecer, en el doctor Georgi Arbatov, director del Instituto de Estados Unidos y Canadá de la entonces Academia Soviética de Ciencias, miembro del comité central del Partido Comunista y conse­jero íntimo de Gorbachov. Arbatov y yo mantuvimos en pri­vado varias conversaciones de carácter político, y me sor­prendieron su franqueza y su sinceridad. Aunque en cierto modo resultaba alentador advertir que en su mayor parte el texto no había sido retocado, también resulta instructivo comprobar qué cambios se habían efectuado y qué pensa­mientos se juzgaban demasiado peligrosos para el ciudadano soviético medio. Así pues, al final del artículo menciono las alteraciones más interesantes, que no dejan de constituir una censura.

EL ARTÍCULO

Si unos extraterrestres estuvieran a punto de invadirnos, dijo el presidente de Estados Unidos al secretario general so­viético, nuestros dos países podrían unirse contra el enemigo común. Existen, desde luego, muchos ejemplos de adversa­rios mortales que, enfrentados durante generaciones, aparca­ron sus diferencias para atender una amenaza más apremian­te: las ciudades-estado griegas contra los persas; los rusos y los cumanos (que antaño habían saqueado Kiev) contra los mongoles o, de hecho, los norteamericanos y los soviéticos contra los nazis.

Una invasión alienígena es ciertamente improbable, pero hay un amplio abanico de enemigos comunes (algunos de los cuales representan una amenaza sin precedentes, propia, por otra parte, de nuestro tiempo). Proceden de nuestro crecien­te poder tecnológico y de nuestra resistencia a prescindir de las ventajas a corto plazo en beneficio del bienestar de nues­tra especie a más largo plazo.

El inocente acto de quemar carbón y otros combustibles fósiles incrementa el efecto invernadero del dióxido de car­bono y eleva la temperatura de la Tierra, de manera que, se­gún algunas previsiones, en menos de un siglo el Medio Oes­te estadounidense y la Ucrania soviética —actuales graneros del mundo— podrían convertirse en eriales. Diversos gases inertes y aparentemente inofensivos empleados en la refrige­ración debilitan la capa protectora de ozono, con lo que au­menta el volumen de radiación ultravioleta solar que llega a la superficie de la Tierra, destruyéndose así un número enor­me de microorganismos en la base de una mal comprendida cadena alimentaria, en cuya cima nos mantenemos de manera precaria. La contaminación industrial de Estados Unidos destruye bosques en Canadá. Un accidente en un reactor nu­clear soviético pone en peligro la antigua cultura de Laponia. Terribles enfermedades epidémicas se extienden por todo el mundo aceleradas por la tecnología de los transportes modernos. Es seguro que habrá otros peligros que, por nuestra voluble atención a lo inmediato, todavía no hemos descu­bierto.

La carrera de las armas nucleares, iniciada conjuntamente por Estados Unidos y la Unión Soviética, ha minado el plane­ta con unas 60.000 armas atómicas, muchas más de las necesa­rias para hacer desaparecer ambas naciones, poner en peligro la civilización global y, quizá, acabar incluso con el experi­mento humano que comenzó hace un millón de años. Pese a las indignadas protestas pacifistas y los compromisos solem­nes de los tratados para invertir la carrera nuclear, cada año Estados Unidos y la Unión