CARL SAGAN

EL MUNDO Y SUS DEMONIOS

LA CIENCIA COMO UNA LUZ  EN LA OSCURIDAD

________

 

Traducción de

DOLORS ÜDINA

 

PLANETA

 


 

Colección: La Línea del Horizonte Título original: The Demond-haunted Worid

© Cari Sagan, 1995. © Por la traducción, Dolors Udina, 1997 © Editorial Planeta, S. A., 2000. Córcega, 273-279, 08008 Barcelona (España)

,:               Diseño de la colección: Joan Batallé

Ilustración de la sobrecubierta: foto © Steven Puetzer/Photonica

Agradecemos el permiso para reimprimir material previamente publicado a: addison-wesley publishing company inc.: extracto de Lectures on Physics: Commemorative Issue 3 Volume Package de Richard P. Feynman, Robeit B. Leighton y Matthew Sands. Copyright © Califor­nia Instituto of Technology, 1964. Reimpreso con permiso de Addison-Wesley Publishing Company, Inc. crown publishers inc.: extracto de The Enciclopedia of Witchcraft ana Demonology de Rossell Hope Robbins. Copyright © Crown Publishers, Inc., 1959. Reimpreso con permiso del editor. dover publications, inc.: extracto de «On the Electrodynamics of Moving Bodies» de Albert Einstein, de The Principie of Relativity: A Collection of Original Memoirs on the Special and General Theory of Relativity de H. Lorentz, A. Einstein, H. Min-kowski y H. Weyí. Reimpreso con permiso. encyclopaedia britannica, inc.: «Percepción» en Encyclopaedia Britannica, 15.a edición. Copyright © Enciclopaedia Britannica, Inc., 1985. Reimpreso con permiso. FMS foundatton: extracto de «Memory with a Grain of Sait» de Ulric Neisser (FMS Foundation Newsletter, vol. 2, no. 4). Reimpreso con permiso. international association of chiefs of pólice: extracto de «Satanic, Occult and Ritualistic Crime» de Kenneth V. Lanning (The Pólice Chief, vol. LVI, no. 10, octubre de 1989). Copyright en poder de la International Association of Chiefs of Pólice, 515 N, Washington Street, Alexandria, VA 22314. Está estrictamente prohibida una nueva reproducción sin el permiso escrito ex pro­feso de IACP. Reimpreso con permiso. Joumal of Abnormal Psychology: extracto de «Cióse Encounters: An Examination of the UFO Experience» de Nicholas P. Spanos, Patricia A. Cross, Kirby Dixon y Susan C. DeBreul (vol. 102, 1993, p. 631). Reimpreso con permiso. Journal of American Folklore: extracto de «UFO Abduction Reports: The Supernatural Kidnap Narrative Retums in Technological Guise» de Thomas E. Bullard (vol. 102, no. 404, abril-junio de 1989). Reimpreso con permiso de la American Anthropological Asociation. No se permiten más repro­ducciones. harold ober associates, inc.: extracto de The Fifty-Minute Hour de Robert Lind-ner (Holt, Rinehart). Copyright © Robert Lindner, 1954. Reimpreso con permiso de Haroíd Ober Associates, Inc. penguin UK: extracto de Buddhist Scriptures, traducido al inglés por Edward Conze (Penguin Classics, 1959). Copyright © Edward Conze, 1959. Reimpreso con permiso. point foundation c/o brockman, inc.: extracto de «Confessions of a Parapsychologist» de Susan Blackmore y extracto de «The Science of Spirituality» de Charles Tart; ambos extractos de The Fringes of Reason: A Whole Earth Catalog. Copyright © Point Foundation, 1989. Reimpreso con permiso de Point Foundation. princeton university press: extracto de Appa-ritions in Late Medieval and Renaissance Spain de William A. Christian, Jr. Copyright © Prin-ceton University Press, 1981. Reimpreso con permiso de Princeton University Press. rutgers university press: extracto de las páginas 33 y 78 de Science and Its Critics de John Passmore. Copyright © Rutgers, Universidad Estatal de Nueva Jersey, 1978. Reimpreso con permiso de Rutger University Press. tickson Music: tres líneas de «CTA-102» de Roger McGuinn y Ro­bert J. Hippard. Copyright © Tickon Music (BMI), 1967. Todos los derechos reservados. Reimpreso con permiso.

Primera edición en esta presentación: marzo de 2000

Depósito Legal: B. 7.474-2000. ISBN 84-08-03515-0

Composición: Víctor Igual, S. L. Impresión: A&M Gráfic, S. L

Encuademación: Servéis Grafios 106, S. L. Printed in Spain - Impreso en España

 

Este libro no podrá ser reproducido, ni total ni parcialmente, sin el previo

permiso escrito del editor. Todos los derechos reservados


 

Índice

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Prefacio: Mis profesores                                               11

1.     lo MÁS PRECIADO                                            17

2.     ciencia Y ESPERANZA                                      41

3.     el hombre DE LA luna Y LA CARA DE marte                      59

4.     extraterrestres                                         79

5.     argucias Y SECRETOS                                      97

6.     alucinaciones                                              117

7.     el MUNDO POSEÍDO POR DEMONIOS                           133

8.     sobre LA DISTINCIÓN ENTRE VISIONES VERDADERAS Y FALSAS 155

9.     terapia                                                  171

10.   un DRAGÓN EN EL GARAJE                                    189

11.   la CIUDAD DE LA AFLICCIÓN                               211

12.   el SUTIL ARTE DE DETECTAR CAMELOS                    223

13.   obsesionado CON LA REALIDAD                           243

14.   anticiencia                                           271

15.   el SUEÑO DE newton                                291

16.   cuando LOS CIENTÍFICOS CONOCEN EL PECADO            307

17.   un MATRIMONIO ENTRE EL ESCEPTICISMO Y EL ASOMBRO        319

18.   el VIENTO LEVANTA POLVO                          333

19.   no HAY PREGUNTAS ESTÚPIDAS                           345

20.   la CASA EN LLAMAS                                365

21.   el CAMINO DE LA LIBERTAD                         381

22.   adictos DEL SIGNIFICADO                                      395

23.   maxwell Y LOS «BICHOS RAROS»                         409

24.   ciencia Y BRUJERÍA                                   433

25.   los VERDADEROS PATRIOTAS HACEN PREGUNTAS               453

Agradecimientos                                                   467

 Referencias                                                  471

 Índice temático                                                    481


 

 

A Tonio, mi níeto

 

Te deseo un mundo Libre de demonios y lleno de luz,

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esperamos luz, y he ahí tinieblas.

Isaías 59, 9

 

 

 

Es mejor encender una vela que maldecir la oscuridad.

 

 Refrán

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PREFACIO

 

MIS PROFESORES

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Era un día de tormenta en el otoño de 1939. Afuera, en las calles alrededor del edificio de apartamentos, las hojas caían y for­maban pequeños remolinos, cada una con vida propia. Era agrada­ble estar dentro, a salvo y caliente, mientras mi madre preparaba la cena en la habitación contigua. En nuestro apartamento no había ni­ños mayores que se metieran con uno sin razón. Precisamente, la semana anterior me había visto envuelto en una pelea... no recuer­do, después de tantos años, con quién; quizá fuera con Snoony Ága­ta, del tercer piso... y, tras un violento golpe, mi puño atravesó el cristal del escaparate de la farmacia de Schechter.

El señor Schechter se mostró solícito: «No pasa nada, tengo seguro», dijo mientras me untaba la muñeca con un antiséptico in­creíblemente doloroso. Mi madre me llevó al médico, que tenía la consulta en la planta baja de nuestro bloque. Con unas pinzas ex­trajo un fragmento de vidrio y, provisto de aguja e hilo, me aplicó dos puntos.

«¡Dos puntos!», había repetido mi padre por la noche. Sabía de puntos porque era cortador en la industria de la confección; su trabajo consistía en cortar patrones —espaldas, por ejemplo, o man­gas para abrigos y trajes de señora— de un montón de tela enorme con una temible sierra eléctrica. A continuación, unas interminables hileras de mujeres sentadas ante máquinas de coser ensamblaban los patrones. Le complacía que me hubiera enfadado tanto como para vencer mi natural timidez.

A veces es bueno devolver el golpe. Yo no había pensado ejercer ninguna violencia. Simplemente ocurrió así. Snoony me empujó y, a continuación, mi puño atravesó el escaparate del señor

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Schechter. Yo me había lesionado la muñeca, había generado un gasto médico inesperado, había roto un cristal, y nadie se había en­fadado conmigo. En cuanto a Snoony, estaba más simpático que nunca.

Intenté dilucidar cuál era la lección de todo aquello. Pero era mucho más agradable intentar descubrirlo en el calor del aparta­mento, mirando a través de la ventana de la sala la bahía de Nueva York, que arriesgarme a un nuevo contratiempo en las calles.

Mi madre se había cambiado de ropa y maquillado como so­lía hacer siempre antes de que llegara mi padre. Casi sé había pues-tp el sol y nos quedamos los dos mirando más allá de las aguas em­bravecidas.

Allí fuera hay gente que lucha, y se matan unos a otros —dijo haciendo una señal vaga hacia el Atlántico. Yo miré con atención.

Lo sé —contesté—. Los veo.

No, no los puedes ver —repuso ella, casi con severidad, antes de volver a la cocina—. Están demasiado lejos.

¿Cómo podía saber ella si yo los veía o no?, me pregunté. Forzando la vista, me había parecido discernir una fina franja de tierra en el horizonte sobre la que unas pequeñas figuras se empuja­ban, pegaban y peleaban con espadas como en mis cómics. Pero quizá tuviera razón. Quizá se trataba sólo de mi imaginación; como los monstruos de medianoche que, en ocasiones, todavía me des­pertaban de un sueño profundo, con el pijama empapado de sudor y el corazón palpitante.

¿Cómo se puede saber cuando alguien sólo imagina? Me quedé contemplando las aguas grises hasta que se hizo de noche y me mandaron a lavarme las manos para cenar. Para mi delicia, mi padre me tomó en brazos. Podía notar el frío del mundo exterior contra su barba de un día.

 

----oooo----

Un domingo de aquel mismo año, mi padre me había expli­cado con paciencia el papel del cero como punto de origen en arit­mética, los nombres de sonido malicioso de los números grandes y que no existe el número más grande («Siempre puedes añadir uno más», decía). De pronto me entró una compulsión infantil de escri­bir en secuencia todos los números enteros del uno al mil. No tenía­mos ninguna libreta de papel, pero mi padre me ofreció el montón de

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cartones grises que guardaba cuando le traían las camisas de la la­vandería. Empecé el proyecto con entusiasmo, pero me sorprendió lo lento que era. Cuando me encontraba todavía en los cientos más bajos, mi madre anunció que era la hora del baño. Me quedé des­consolado. Tenía que llegar a mil. Intervino mi padre, que toda la vida actuó de mediador: si me sometía al baño sin rechistar, él con­tinuaría la secuencia por mí. Yo no cabía en mí de contento. Cuando salí del baño ya estaba cerca del novecientos, y así pude llegar a mil sólo un poco después de la hora habitual de acostarme. La magnitud de los números grandes nunca ha dejado de impresionarme.

También en 1939, mis padres me llevaron a la Feria Mundial de Nueva York. Allí se me ofreció una visión de un futuro perfecto que la ciencia y la alta tecnología habían hecho posible. Habían en­terrado una cápsula llena de artefactos de nuestra época, para bene­ficio de la gente de un futuro lejano... que, asombrosamente, quizá no supiera mucho de la gente de 1939. El «mundo del mañana» se­ría impecable, limpio, racionalizado y, por lo que yo podía ver, sin rastro de gente pobre.

«Vea el sonido», ordenaba de modo desconcertante un car­tel. Y, desde luego, cuando el pequeño martillo golpeaba el diapa­són aparecía una bella onda sinusoide en la pantalla del osciloscor pió. «Escuche la luz», exhortaba otro cartel. Y, cuando el flash iluminó la fotocélula, pude escuchar algo parecido a las interferen­cias de nuestra radio Motorola cuando el dial no daba con la emiso­ra. Sencillamente, el mundo encerraba una serie de maravillas que nunca me había imaginado. ¿Cómo podía convertirse un tono en una imagen y la luz en ruido?

Mis padres no eran científicos. No sabían casi nada de cien­cia. Pero, al introducirme simultáneamente en el escepticismo y lo asombroso, me enseñaron los dos modos de pensamiento difícil­mente compaginables que son la base del método científico. Su si­tuación económica no superaba en mucho el nivel de pobreza. Pero cuando anuncié que quería ser astrónomo recibí un apoyo incondi­cional, a pesar de que ellos (como yo) sólo tenían una idea rudi­mentaria de lo que hace un astrónomo. Nunca me sugirieron que a lo mejor sería más oportuno que me hiciera médico o abogado.

Me encantaría poder decir que en la escuela elemental, su­perior o universitaria tuve profesores de ciencias que me inspiraron. Pero, por mucho que buceo en mi memoria, no encuentro ninguno. Se trataba de una pura memorización de la tabla periódica de los elementos, palancas y planos inclinados, la fotosíntesis de las plan-

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tas verdes y la diferencia entre la antracita y el carbón bitumino­so, Pero no había ninguna elevada sensación de maravilla, ninguna indicación de una perspectiva evolutiva, nada sobre ideas erróneas que todo el mundo había creído ciertas en otra época. Se suponía que en los cursos de laboratorio del instituto debíamos encontrar una respuesta. Si no era así, nos suspendían. No se nos animaba a pro­fundizar en nuestros propios intereses, ideas o errores conceptuales. Al final del libro de texto había material que parecía interesante, pero el año escolar siempre terminaba antes de llegar a dicho final. Era posible ver maravillosos libros de astronomía, por ejemplo, en las bibliotecas, pero no en la clase. Se nos enseñaba la división lar­ga como si se tratara de una serie de recetas de un libro de cocina, sin ninguna explicación de cómo esta secuencia particular de divi­siones cortas, multiplicaciones y restas daba la respuesta correcta. En el instituto se nos enseñaba con reverencia la extracción de raí­ces cuadradas, como si se tratara de un método entregado tiempo atrás en el monte Sinaí. Nuestro trabajo consistía meramente en re­cordar lo que se nos había ordenado: consigue la respuesta correc­ta, no importa que entiendas lo que haces. En segundo curso tuve un profesor de álgebra muy capacitado que me permitió aprender mu­chas matemáticas, pero era un matón que disfrutaba haciendo llorar a las chicas. En todos aquellos años de escuela mantuve mi interés por la ciencia leyendo libros y revistas sobre realidad y ficción cien­tífica.

La universidad fue la realización de mis sueños: encontré profesores que no sólo entendían la ciencia sino que realmente eran capaces de explicarla. Tuve la suerte de estudiar en una de las gran­des instituciones del saber de la época: la Universidad de Chicago. Estudiaba física en un departamento que giraba alrededor de Enri-co Fermi; descubrí la verdadera elegancia matemática con Subrah-manyan Chandrasekhar; tuve la oportunidad de hablar de química con Haroíd Urey; durante los veranos fui aprendiz de biología con H. J. Muller en la Universidad de Indiana; y aprendí astronomía planetaria con el único practicante con plena dedicación de la épo­ca, G. P. Kuiper.

En Kuiper vi por primera vez el llamado cálculo sobre servi­lleta de papel: se te ocurre una posible solución a un problema, coges una servilleta de papel, apelas a tu conocimiento de física funda­mental, garabateas unas cuantas ecuaciones aproximadas, las susti­tuyes por valores numéricos probables y compruebas si la respues­ta puede resolver de algún modo tu problema. Si no es así, debes

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buscar una solución diferente. Es una manera de ir eliminando dis­parates como si fueran capas de una cebolla.

En la Universidad de Chicago también tuve la suerte de en­contrarme con un programa de educación general diseñado por Ro-bert M. Hutchins en el que la ciencia se presentaba como parte integral del maravilloso tapiz del conocimiento humano. Se consi­deraba impensable que un aspirante a físico no conociera a Platón, Aristóteles, Bach, Shakespeare, Gibbon, Malinowski y Freud... en­tre otros. En una clase de introducción a la ciencia se nos presentó de modo tan irresistible el punto de vista de Tolomeo de que el Sol giraba alrededor de la Tierra que muchos estudiantes tuvieron que replantearse su confianza en Copérnico. La categoría de los profe­sores en el programa de Hutchins no tenía casi nada que ver con la investigación; al contrario —a diferencia de lo que es habitual en las universidades norteamericanas de hoy—, se valoraba a los pro­fesores por su manera de enseñar, por su capacidad de transmitir información e inspirar a la futura generación.

En este ambiente embriagador pude rellenar algunas lagunas de mi educación. Se me aclararon muchos aspectos que me habían parecido profundamente misteriosos, y no sólo en la ciencia. Tam­bién fui testigo de primera mano de la alegría que sentían los que tenían el privilegio de descubrir algo sobre el funcionamiento del universo.

Siempre me he sentido agradecido a mis mentores de la dé­cada de 1950 y he hecho lo posible para que todos ellos conocieran mi aprecio. Pero cuando echo la vista atrás me parece que lo más esencial no lo aprendí de mis maestros de escuela, ni siquiera de mis profesores de universidad, sino de mis padres, que no sabían nada en absoluto de ciencia, en aquel año tan lejano de 1939.

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CAPÍTULO 1

LO MÁS

PRECIADO


 

 

 

 

 

Toda nuestra ciencia, comparada con la realidad, es primitiva e infantil... y sin embargo es lo más preciado que tenemos.

albert einstein

 (1879-1955)


 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando bajé del avión, el hombre me esperaba con un pe­dazo de cartón en el que estaba escrito mi nombre. Yo iba a una conferencia de científicos y comentaristas de televisión dedicada a la aparentemente imposible tarea de mejorar la presentación de la ciencia en la televisión comercial. Amablemente, los organiza­dores me habían enviado un chófer.

¿Le molesta que le haga una pregunta? —me dijo mien­tras esperábamos la maleta.

No, no me molestaba.                

¿No es un lío tener el mismo nombre que el científico aquel?

Tardé un momento en comprenderlo. ¿Me estaba tomando el pelo? Finalmente lo entendí.

Yo soy el científico aquel —respondí. Calló un momento y luego sonrió.

Perdone. Como ése es mi problema, pensé que también sería el suyo.

Me tendió la mano.

Me llamo William F. Buckiey.

(Bueno, no era exactamente William F. Buckiey, pero llevaba el nombre de un conocido y polémico entrevistador de televisión, lo que sin duda le había valido gran número de inofensivas bromas.)

Mientras nos instalábamos en el coche para emprender el largo recorrido, con los limpiaparabrisas funcionando rítmicamen­te, me dijo que se alegraba de que yo fuera «el científico aquel» porque tenía muchas preguntas sobre ciencia. ¿Me molestaba?

No, no me molestaba.

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Y nos pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los extraterrestres congelados que languidecían en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San Antonio, de «canalización» (una manera de oír lo que hay en la mente de los muertos... que no es mu­cho, por lo visto), de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín... Presentaba cada uno de estos por­tentosos temas con un entusiasmo lleno de optimismo. Yo me veía obligado a decepcionarle cada vez.

La prueba es insostenible —le repetía una y otra vez—. Hay una explicación mucho más sencilla.

En cierto modo era un hombre bastante leído. Conocía los distintos matices especulativos, por ejemplo, sobre los «continentes hundidos» de la Atlántida y Lemuria. Se sabía al dedillo cuáles eran las expediciones submarinas previstas para encontrar las columnas caídas y los minaretes rotos de una civilización antiguamente gran­de cuyos restos ahora sólo eran visitados por peces luminiscentes de alta mar y calamares gigantes. Sólo que... aunque el océano guarda muchos secretos, yo sabía que no hay la más mínima base oceanó­grafica o geofísica para deducir la existencia de la Atlántida y Le­muria. Por lo que sabe la ciencia hasta este momento, no existieron jamás. A estas alturas, se lo dije de mala gana.

Mientras viajábamos bajo la lluvia me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no sólo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior.

Y, sin embargo, hay tantas cosas en la ciencia real, igual­mente excitantes y más misteriosas, que presentan un desafío inte­lectual mayor... además de estar mucho más cerca de la verdad. ¿Sabía algo de las moléculas de la vida que se encuentran en el frío y tenue gas entre las estrellas? ¿Había oído hablar de las huellas de nuestros antepasados encontradas en ceniza volcánica de cuatro mi­llones de años de antigüedad? ¿Y de la elevación del Himalaya cuando la India chocó con Asia? ¿O de cómo los virus, construidos como jeringas hipodérmicas, deslizan su ADN más allá de las de­fensas del organismo del anfitrión y subvierten la maquinaria re­productora de las células; o de la búsqueda por radio de inteligencia extraterrestre; o de la recién descubierta civilización de Ebla, que anunciaba las virtudes de la cerveza de Ebla? No, no había oído nada de todo aquello. Tampoco sabía nada, ni siquiera vagamente, de la indeterminación cuántica, y sólo reconocía el ADN como tres letras mayúsculas que aparecían juntas con frecuencia.

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El señor «Buckley» —que sabía hablar, era inteligente y cu­rioso— no había oído prácticamente nada de ciencia moderna. Tenía un interés natural en las maravillas del universo. Quería saber de ciencia, pero toda la ciencia había sido expurgada antes de llegar a él. A este hombre le habían fallado nuestros recursos culturales, nuestro sistema educativo, nuestros medios de comunicación. Lo que la so­ciedad permitía que se filtrara eran principalmente apariencias y con­fusión. Nunca le habían enseñado a distinguir la ciencia real de la burda imitación. No sabía nada del funcionamiento de la ciencia.

Hay cientos de libros sobre la Atlántida, el continente mítico que según dicen existió hace unos diez mil años en el océano Atlán­tico. (O en otra parte. Un libro reciente lo ubica en la Antártida.) La historia viene de Platón, que lo citó como un rumor que le llegó de épocas remotas. Hay libros recientes que describen con autoridad el alto nivel tecnológico, moral y espiritual de la Atlántida y la gran tragedia de un continente poblado que se hundió entero bajo las olas. Hay una Atlántida de la «Nueva Era», «la civilización legen­daria de ciencias avanzadas», dedicada principalmente a la «cien­cia» de los cristales. En una trilogía titulada La ilustración del cris­tal, de Katrina Raphaell —unos libros que han tenido un papel principal en la locura del cristal en Norteamérica—, los cristales de la Atlántida leen la mente, transmiten pensamientos, son deposita­rios de la historia antigua y modelo y fuente de las pirámides de Egipto. No se ofrece nada parecido a una prueba que fundamente esas afirmaciones. (Podría resurgir la manía del cristal tras el re­ciente descubrimiento de la ciencia sismológica de que el núcleo in­terno de la Tierra puede estar compuesto por un cristal único, in­menso, casi perfecto... de hierro.)

Algunos libros —Leyendas de la Tierra, de Dorothy Vitalia-no, por ejemplo— interpretan comprensivamente las leyendas ori­ginales de la Atlántida en términos de una pequeña isla en el Me­diterráneo que fue destruida por una erupción volcánica, o una antigua ciudad que se deslizó dentro del golfo de Corinto después de un terremoto. Por lo que sabemos, ésa puede ser la fuente de la leyenda, pero de ahí a la destrucción de un continente en el que ha­bía surgido una civilización técnica y mística preternaturalmente avanzada hay una gran distancia.

Lo que casi nunca encontramos —en bibliotecas públicas, escaparates de revistas o programas de televisión en horas punta— es la prueba de la extensión del suelo marino y la tectónica de pla­cas y del trazado del fondo del océano, que muestra de modo in-

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confundible que no pudo haber ningún continente entre Europa y América en una escala de tiempo parecida a la propuesta,

Es muy fácil encontrar relatos espurios que hacen caer al crédulo en la trampa. Mucho más difícil es encontrar tratamientos escépticos. El escepticismo no vende. Es cien, mil veces más pro­bable que una persona brillante y curiosa que confíe enteramente en la cultura popular para informarse de algo como la Atlántida se en­cuentre con una fábula tratada sin sentido crítico que con una valo­ración sobria y equilibrada.

Quizá el señor «Buckiey» debería aprender a ser más escép-tico con lo que le ofrece la cultura popular. Pero, aparte de eso, es difícil echarle la culpa. Él se limitaba a aceptar lo que la mayoría de las fuentes de información disponibles y accesibles decían que era la verdad. Por su ingenuidad, se veía confundido y embaucado sis­temáticamente.

La ciencia origina una gran sensación de prodigio. Pero la pseudociencia también. Las popularizaciones dispersas y deficien­tes de la ciencia dejan unos nichos ecológicos que la pseudociencia se apresura a llenar. Si se llegara a entender ampliamente que cual­quier afirmación de conocimiento exige las pruebas pertinentes para ser aceptada, no habría lugar para la pseudociencia. Pero, en la cultura popular, prevalece una especie de ley de Gresham según la cual la mala ciencia produce buenos resultados.

En todo el mundo hay una enorme cantidad de personas in­teligentes, incluso con un talento especial, que se apasionan por la ciencia. Pero no es una pasión correspondida. Los estudios sugieren que un noventa y cinco por ciento de los americanos son «analfabe­tos científicos». Es exactamente la misma fracción de afroamerica­nos analfabetos, casi todos esclavos, justo antes de la guerra civil, cuando se aplicaban severos castigos a quien enseñara a leer a un esclavo. Desde luego, en las cifras sobre analfabetismo hay siempre cierto grado de arbitrariedad, tanto si se aplica al lenguaje como a la ciencia. Pero un noventa y cinco por ciento de analfabetismo es ex­tremadamente grave.

Todas las generaciones se preocupan por la decadencia de los niveles educativos. Uno de los textos más antiguos de la histo­ria humana, datado en Sumeria hace unos cuatro mil años, lamenta el desastre de que los jóvenes sean más ignorantes que la genera­ción inmediatamente precedente. Hace dos mil cuatrocientos años, el anciano y malhumorado Platón, en el libro VII de Las leyes, dio su definición de analfabetismo científico:

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El hombre que no pudiera discernir el uno ni el dos ni el tres ni en general los pares y los impares, o el que no supiera nada de contar, o quien no fuera capaz de medir el día y la noche o careciera de ex­periencia acerca de las revoluciones de la Luna o del Sol o de los demás astros... Lo que hay que decir que es menester que aprendan los hombres libres en cada materia es todo aquello que aprende en Egipto junto con las letras la innumerable grey de los niños. En primer lugar, por lo que toca al cálculo, se han inventado unos sen­cillos procedimientos para que los niños aprendan jugando y a gusto... Yo... cuando en tiempos me enteré tardíamente de lo que nos ocurre en relación con ello, me quedé muy impresionado, y entonces me pareció que aquello no era cosa humana, sino propia más bien de bestias porcinas, y sentí vergüenza no sólo por mí mismo sino en nombre de los helenos todos.1

No sé hasta qué punto la ignorada de la ciencia y las mate­máticas contribuyó al declive de la antigua Atenas, pero sé que las consecuencias del analfabetismo científico son mucho más peligro­sas en nuestra época que en cualquier otra anterior. Es peligroso y temerario que el ciudadano medio mantenga su ignorancia sobre el calentamiento global, la reducción del ozono, la contaminación del aire, los residuos tóxicos y radiactivos, la lluvia acida, la erosión del suelo, la deforestación tropical, el crecimiento exponencial de la población. Los trabajos y sueldos dependen de la ciencia y la tec­nología. Si nuestra nación no puede fabricar, a bajo precio y alta ca­lidad, los productos que la gente quiere comprar, las industrias se­guirán desplazándose para transferir un poco más de prosperidad a otras partes del mundo. Considérense las ramificaciones sociales de la energía generada por la fisión y fusión nucleares, las supercom-putadoras, las «autopistas» de datos, el aborto, el radón, las reduc­ciones masivas de armas estratégicas, la adicción, la intromisión del gobierno en la vida de sus ciudadanos, la televisión de alta resolu­ción, la seguridad en líneas aéreas y aeropuertos, los trasplantes de tejido fetal, los costes de la sanidad, los aditivos de alimentos, los fármacos para tratar psicomanías, depresiones o esquizofrenia, los de­rechos de los animales, la superconductividad, las pildoras del día siguiente, las predisposiciones antisociales presuntamente heredita­rias, las estaciones espaciales, el viaje a Marte, el hallazgo de re­medios para el sida y el cáncer...

 

 

1. Versión de José Manuel Pabón y Manuel Femández-Galiano, Ma­drid, 1984.

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¿Cómo podemos incidir en la política nacional —o incluso tomar decisiones inteligentes en nuestras propias vidas— si no po­demos captar los temas subyacentes? En el momento de escribir es­tas páginas, el Congreso está tratando la disolución de su departa­mento de valoración tecnológica, la única organización con la tarea específica de asesorar a la Casa Blanca y al Senado sobre ciencia y tecnología. Su competencia e integridad a lo largo de los años ha sido ejemplar. De los quinientos treinta y cinco miembros del Congreso de Estados Unidos, por extraño que parezca a finales del siglo XX, sólo el uno por ciento tiene unos antecedentes científicos significa­tivos. El último presidente con preparación científica debió de ser Thomas Jefferson.2

¿Cómo deciden esos asuntos los americanos? ¿Cómo instru­yen a sus representantes? ¿Quién toma en realidad estas decisiones, y sobre qué base?

 

---ooo---

Hipócrates de Cos es el padre de la medicina. Todavía se le recuerda 2500 años después por el Juramento de Hipócrates (del que existe una forma modificada que los estudiantes de medicina pronuncian cuando se licencian). Pero, principalmente, se le re­cuerda por sus esfuerzos por retirar el manto de superstición de la medicina para llevarla a la luz de la ciencia. En un pasaje típico, Hipócrates escribió: «Los hombres creen que la epilepsia es divi­na, meramente porque no la pueden entender. Pero si llamasen di­vino a todo lo que no pueden entender, habría una infinidad de co­sas divinas.» En lugar de reconocer que somos ignorantes en muchas áreas, hemos tendido a decir cosas como que el universo está impregnado de lo inefable. Se asigna la responsabilidad de lo que todavía no entendemos a un Dios de lo ignorado. A medida que fue avanzando el conocimiento de la medicina a partir del si­glo iv, cada vez era más lo que entendíamos y menos lo que te­níamos que atribuir a la intervención divina: tanto en las causas como en el tratamiento de la enfermedad. La muerte en el parto y la mortalidad infantil han disminuido, el tiempo de vida ha au-

 

2. Aunque puede afirmarse lo mismo de Theodore Rooseveit, Herbert Hoover y Jimmy Cárter. Gran Bretaña tuvo una primera ministra así con Margaret Thatcher. Sus estudios de química, en parte bajo la tutela de la premio Nobel Do-rothy Hodgkins, fueron la clave de la fuerte defensa por parte del Reino Unido de la prohibición mundial del CFC reductor del ozono.

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mentado y la medicina ha mejorado la calidad de vida de millones de personas en todo el planeta.

En el diagnóstico de la enfermedad, Hipócrates introdujo elementos del método científico. Exhortaba a la observación atenta y meticulosa: «No dejéis nada a la suerte. Controladlo todo. Com­binad observaciones contradictorias. Concédeos el tiempo suficien­te.» Antes de la invención del termómetro, hizo gráficas de las cur­vas de temperatura de muchas enfermedades. Recomendó a los médicos que, a partir de los síntomas del momento, intentaran pre­decir el pasado y el probable curso futuro de cada enfermedad. Daba gran importancia a la honestidad. Estaba dispuesto a admitir las limitaciones del conocimiento del médico. No mostraba ningún recato en confiar a la posteridad que más de la mitad de sus pacien­tes habían muerto por causa de las enfermedades que él trataba. Sus opciones, desde luego, eran limitadas; los únicos fármacos de que disponía eran principalmente laxantes, eméticos y narcóticos. Se practicaba la cirugía y la cauterización. En los tiempos clásicos se hicieron avances considerables hasta la caída de Roma.

Mientras en el mundo islámico florecía la medicina, en Eu­ropa se entró realmente en una edad oscura. Se perdió la mayor par­te del conocimiento de anatomía y cirugía. Abundaba la confianza en la oración y las curaciones milagrosas. Desaparecieron los mé­dicos seculares. Se usaban ampliamente cánticos, pociones, horós­copos y amuletos. Se restringieron o ilegalizaron las disecciones de cadáveres, lo que impedía que los que practicaban la medicina ad­quirieran conocimiento de primera mano del cuerpo humano. La in­vestigación médica llegó a un punto muerto.

Era muy parecido a lo que el historiador Edward Gibbon des­cribió para todo el Imperio oriental, cuya capital era Constantinopla:

En el transcurso de diez siglos no se hizo ni un solo descubri­miento que exaltara la dignidad o promoviera la felicidad de la humanidad. No se había añadido ni una sola idea a los sistemas especulativos de la antigüedad y toda una serie de pacientes dis­cípulos se convirtieron en su momento en los maestros dogmáti­cos de la siguiente generación servil.

La práctica médica premoderna no logró salvar a muchos ni siquiera en su mejor momento. La reina Ana fue la última Estuar-do de Gran Bretaña. En los últimos diecisiete años del siglo xvn se quedó embarazada dieciocho veces. Sólo cinco niños le nacieron

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vivos. Sólo uno sobrevivió a la infancia. Murió antes de llegar a la edad adulta y antes de la coronación de la reina en 1702. No parece haber ninguna prueba de trastorno genético. Contaba con los mejo­res cuidados médicos que se podían comprar con dinero.

Las trágicas enfermedades que en otra época se llevaban un número incontable de bebés y niños se han ido reduciendo progre­sivamente y se curan gracias a la ciencia: por el descubrimiento del mundo de los microbios, por la idea de que médicos y comadronas se lavaran las manos y esterilizaran sus instrumentos, mediante la nutrición, la salud pública y las medidas sanitarias, los antibióti­cos, fármacos, vacunas, el descubrimiento de la estructura molecu­lar del ADN, la biología molecular y, ahora, la terapia genética. Al menos en el mundo desarrollado, los padres tienen muchas más posibilidades de ver alcanzar la madurez a sus hijos de las que te­nía la heredera al trono de una de las naciones más poderosas de la Tierra a finales del siglo xvn. La viruela ha desaparecido del mun­do. El área de nuestro planeta infestada de mosquitos transmisores de la malaria se ha reducido de manera espectacular. La esperanza de vida de un niño al que se diagnostica leucemia ha ido aumen­tando progresivamente año tras año. La ciencia permite que la Tie­rra pueda alimentar a una cantidad de humanos cientos de veces mayor, y en condiciones mucho menos miserables, que hace unos cuantos miles de años.

Podemos rezar por una víctima del cólera o podemos darle quinientos miligramos de tetraciclina cada doce horas. (Todavía hay una religión, la «ciencia cristiana», que niega la teoría del germen de la enfermedad; si falla la oración, los fieles de esta secta preferirían ver morir a sus hijos antes que darles antibióticos.) Podemos inten­tar una terapia psicoanalítica casi fútil con el paciente esquizofréni­co, o darle de trescientos a quinientos miligramos de clozapina al día. Los tratamientos científicos son cientos o miles de veces más eficaces que los alternativos. (E incluso cuando parece que las alter­nativas funcionan, no sabemos si realmente han tenido algún papel:

pueden producirse remisiones espontáneas, incluso del cólera y la esquizofrenia, sin oración y sin psicoanálisis.) Abandonar la ciencia significa abandonar mucho más que el aire acondicionado, el apara­to de CD, los secadores del pelo y los coches rápidos.

En la época preagrícola, de cazadores-recolectores, la ex­pectativa de vida humana era de veinte a treinta años, la misma que en Europa occidental a finales de la época romana medieval. La media no ascendió a cuarenta años hasta alrededor del año 1870.

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Llegó acincuenta en 1915, sesenta en 1930, setenta en 1955 y hoy se acerca a ochenta (un poco más para las mujeres, un poco menos para los hombres). El resto del mundo sigue los pasos del incre­mento europeo de la longevidad. ¿Cuál es la causa de esta transi­ción humanitaria asombrosa, sin precedentes? La teoría del germen como causante de la enfermedad, las medidas de salud pública, las medicinas y la tecnología médica. La longevidad quizá sea la mejor medida de la calidad de vida física. (Si uno está muerto, no puede hacer nada para ser feliz.) Es un ofrecimiento muy valioso de la ciencia a la humanidad: nada menos que el don de la vida.

Pero los microorganismos se transforman. Aparecen nuevas enfermedades que se extienden como el fuego. Hay una batalla constante entre medidas microbianas y contramedidas humanas. Nos ponemos a la altura de esta competición no sólo diseñando nuevos fármacos y tratamientos, sino avanzando progresivamente con mayor profundidad en la comprensión de la naturaleza de la vida: una investigación básica.

Si queremos que el mundo escape de las temibles conse­cuencias del crecimiento de la población global y de los diez mil o doce mil millones de personas en el planeta a finales del siglo xxi, debemos inventar medios seguros y más eficientes de cultivar ali­mentos, con el consiguiente abastecimiento de semillas, riego, fer­tilizantes, pesticidas, sistemas de transporte y refrigeración. También se necesitarán métodos contraceptivos ampliamente disponibles y aceptables, pasos significativos hacia la igualdad política de las mujeres y mejoras en las condiciones de vida de los más pobres. ¿Cómo puede conseguirse todo eso sin ciencia y tecnología?

Sé que la ciencia y la tecnología no son simples cornucopias que vierten dones al mundo. Los científicos no sólo concibieron las armas nucleares; también agarraron a los líderes políticos por las so­lapas para que entendieran que su nación —cualquiera que ésta fue­ra— tenía que ser la primera en tenerlas. Luego fabricaron más de sesenta mil. Durante la guerra fría, los científicos de Estados Uni­dos, la Unión Soviética, China y otras naciones estaban dispuestos a exponer a sus compatriotas a la radiación —en la mayoría de los ca­sos sin su conocimiento— con el fin de prepararse para la guerra nu­clear. Los médicos de Tuskegee, Alabama, engañaron a un grupo de veteranos que creían recibir tratamiento médico para la sífilis, cuan­do en realidad servían de grupo de control sin tratamiento. Son co­nocidas las atrocidades perpetradas por los médicos nazis. Nuestra tecnología ha producido la talidomida, el CFC, el agente naranja, el

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gas nervioso, la contaminación del aire y el agua, la extinción de es­pecies e industrias tan poderosas que pueden arruinar el clima del planeta. Aproximadamente, la mitad de los científicos de la Tierra trabajan al menos a tiempo parcial para los militares. Aunque toda­vía se ve a algunos científicos como personas independientes que critican con valentía los males de la sociedad y advierten con antela­ción de las potenciales catástrofes tecnológicas, también se considera que muchos de ellos son oportunistas acomodaticios o complacien­tes originadores de beneficios corporativos y armas de destrucción masiva, sin tener en cuenta las consecuencias a largo plazo. Los pe­ligros tecnológicos que plantea la ciencia, su desafío implícito al sa­ber tradicional y la dificultad que se percibe en ella son razones para que alguna gente desconfíe de la ciencia y la evite. Hay una ra­zón por la que la gente se pone nerviosa ante la ciencia y la tecno­logía. De modo que el mundo vive obcecado con la imagen del científico loco: desde los chiflados de bata blanca de los programas infantiles del sábado por la mañana y la plétora de tratos faustianos de la cultura popular, desde el epónimo doctor Fausto en persona al Dr. Frankenstein, Dr. Strangelove y Jurassic Park.

Pero no nos podemos limitar a concluir que la ciencia pone demasiado poder en manos de tecnólogos moralmente débiles o po­líticos corruptos enloquecidos por el poder y decidir, en consecuen­cia, prescindir de ella. Los avances en medicina y agricultura han salvado muchas más vidas que las que se han perdido en todas las guerras de la historia.3 Los avances en transportes, comunicación y espectáculos han transformado y unificado el mundo. En las en­cuestas de opinión, la ciencia queda clasificada siempre entre las ocupaciones más admiradas y fiables, a pesar de los recelos. La es­pada de la ciencia es de doble filo. Su temible poder nos impone a todos, incluidos los políticos, pero desde luego especialmente a los científicos, una nueva responsabilidad: más atención a las conse­cuencias a largo plazo de la tecnología, una perspectiva global y transgeneracional y un incentivo para evitar las llamadas fáciles al nacionalismo y el chauvinismo. El coste de los errores empieza a ser demasiado alto.

 

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3. Recientemente, en una cena, pregunté a los comensales reunidos —cuya edad calculo que iba de los treinta a los sesenta— cuántos de ellos estarían vivos si no hubieran existido los antibióticos, marcapasos y el resto de la parafer-nalia de la medicina moderna. Sólo uno levantó la mano. No era yo.

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¿Nos interesa la verdad? ¿Tiene alguna importancia?

... donde la ignorancia es una bendición es una locura ser sabio,

escribió el poeta Thomas Gray. Pero ¿es así? Edmund Way Teale, en su libro de 1950 Círculo de las estaciones, planteó mejor el dilema:

Moralmente es tan malo no querer saber si algo es verdad o no, siempre que permita sentirse bien, como lo es no querer saber cómo se gana el dinero siempre que se consiga.

Por ejemplo, es descorazonador descubrir la corrupción y la incompetencia del gobierno, pero ¿es mejor no saber nada de ello? ¿A qué intereses sirve la ignorancia? Si los humanos tenemos, por ejemplo, una propensión hereditaria al odio a los forasteros, ¿no es el autoconocimiento el único antídoto? Si ansiamos creer que las estrellas salen y se ponen para nosotros, que somos la razón por la que hay un universo, ¿es negativo el servicio que nos presta la cien­cia para rebajar nuestras expectativas?

En La genealogía de la moral, Friedrich Nietzsche, como tantos antes y después, critica el «progreso ininterrumpido en la au-todesvalorización del hombre» causado por la revolución científica. Nietzsche lamenta la pérdida de la «creencia del hombre en su dig­nidad, su unicidad, su insustituibilidad en el esquema de la existen­cia». Para mí es mucho mejor captar el universo como es en reali­dad que persistir en el engaño, por muy satisfactorio y reconfortante que sea. ¿Qué actitud es la que nos equipa mejor para sobrevivir a largo plazo? ¿Qué nos da una mayor influencia en nuestro futuro? Y si nuestra ingenua autoconfianza queda un poco socavada en el proceso, ¿es tan grande la pérdida, en realidad? ¿No hay motivo para darle la bienvenida como una experiencia que hace madurar e imprime carácter?

Descubrir que el universo tiene de ocho mil a quince mil millones de años y no de seis mil a doce mil4 mejora nuestra apre-

 

 

4. «Ninguna persona religiosa lo cree», escribe uno de los consultores de este libro. Pero muchos «científicos creacionistas» no sólo lo creen, sino que realizan esfuerzos cada vez más agresivos y exitosos para que se enseñe en las es­cuelas, museos, zoológicos y libros de texto. ¿Por qué? Porque sumando las «ge­nealogías», las edades de los patriarcas y otros en la Biblia, se alcanza esta cifra, y la Biblia es «inequívoca».

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elación de su alcance y grandeza; mantener la idea de que somos una disposición particularmente compleja de átomos y no una es­pecie de hálito de divinidad, aumenta cuando menos nuestro respe­to por los átomos; descubrir, como ahora parece posible, que nues­tro planeta es uno de los miles de millones de otros mundos en la galaxia de la Vía Láctea y que nuestra galaxia es una entre miles de millones más, agranda majestuosamente el campo de lo posible; en­contrar que nuestros antepasados también eran los ancestros de los monos nos vincula al resto de seres vivos y da pie a importantes re­flexiones —aunque a veces lamentables—sobre la naturaleza hu­mana.

Sencillamente, no hay vuelta atrás. Nos guste o no, estamos atados a la ciencia. Lo mejor sería sacarle el máximo provecho. Cuando finalmente lo aceptemos y reconozcamos plenamente su belleza y poder, nos encontraremos con que, tanto en asuntos espi­rituales como prácticos; salimos ganando.

Pero la superstición y la pseudociencia no dejan de interpo­nerse en el camino para distraer a todos los «Buckiey» que hay en­tre nosotros, proporcionar respuestas fáciles, evitar el escrutinio escéptico, apelar a nuestros temores y devaluar la experiencia, con­virtiéndonos en practicantes rutinarios y cómodos además de vícti­mas de la credulidad. Sí, el mundo sería más interesante si hubiera ovnis al acecho en las aguas profundas de las Bermudas tragándose barcos y aviones, o si los muertos pudieran hacerse con el control de nuestras manos y escribirnos mensajes. Sería fascinante que los adolescentes fueran capaces de hacer saltar el auricular del teléfono de su horquilla sólo con el pensamiento, o que nuestros sueños pu­dieran predecir acertadamente el futuro con mayor asiduidad que la que puede explicarse por la casualidad y nuestro conocimiento del mundo.

Todo eso son ejemplos de pseudociencia. Pretenden utilizar métodos y descubrimientos de la ciencia, mientras que en realidad son desleales a su naturaleza, a menudo porque se basan en pruebas insuficientes o porque ignoran claves que apuntan en otra dirección. Están infestados de credulidad. Con la cooperación desinformada (y a menudo la connivencia cínica) de periódicos, revistas, editores, radio, televisión, productores de cine y similares, esas ideas se en­cuentran fácilmente en todas partes. Mucho más difíciles de encon­trar, como pude constatar en mi encuentro con el señor «Buckiey», son los descubrimientos alternativos más desafiantes e incluso más asombrosos de la ciencia.

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La pseudociencia es más fácil de inventar que la ciencia, porque hay una mayor disposición a evitar confrontaciones pertur­badoras con la realidad que no permiten controlar el resultado de la comparación. Los niveles de argumentación, lo que pasa por prue­bas, son mucho más relajados. En parte por las mismas razones, es mucho más fácil presentar al público en general la pseudociencia que la ciencia. Pero eso no basta para explicar su popularidad.

Naturalmente, la gente prueba distintos sistemas de creen­cias para ver si le sirven. Y, si estamos muy desesperados, todos llegamos a estar de lo más dispuestos a abandonar lo que podemos percibir como una pesada carga de escepticismo. La pseudocien­cia colma necesidades emocionales poderosas que la ciencia sue­le dejar insatisfechas. Proporciona fantasías sobre poderes perso­nales que nos faltan y anhelamos (como los que se atribuyen a los superhéroes de los cómics hoy en día, y anteriormente a los dio­ses). En algunas de sus manifestaciones ofrece una satisfacción del hambre espiritual, la curación de las enfermedades, la prome­sa de que la muerte no es el fin. Nos confirma nuestra centralidad e importancia cósmica. Asegura que estamos conectados, vincula­dos, al universo.5 A veces es una especie de hogar a medio cami­no entre la antigua religión y la nueva ciencia, del que ambas des­confían.

En el corazón de alguna pseudociencia (y también de alguna religión antigua o de la «Nueva Era») se encuentra la idea de que el deseo lo convierte casi todo en realidad. Qué satisfactorio sería, como en los cuentos infantiles y leyendas folclóricas, satisfacer el deseo de nuestro corazón sólo deseándolo. Qué seductora es esta idea, especialmente si se compara con el trabajo y la suerte que se suele necesitar para colmar nuestras esperanzas. El pez encantado o el genio de la lámpara nos concenderán tres deseos: lo que quera­mos, excepto más deseos. ¿Quién no ha pensado —sólo por si aca­so, sólo por si nos encontramos o rozamos accidentalmente una vie­ja lámpara de hierro— qué pediría?

Recuerdo que en las tiras de cómic y libros de mi infancia salía un mago con sombrero y bigote que blandía un bastón de éba-

 

 

5. Aunque para mí es difícil ver una conexión cósmica más profunda que los asombrosos descubrimientos de la astrofísica nuclear moderna: excepto el hidrógeno, todos los átomos que nos configuran —el hierro de nuestra sangre, el calcio de nuestros huesos, el carbón de nuestro cerebro— fueron fabricados en es­trellas gigantes rojas a una distancia de miles de años luz en el espacio y hace mi­les de millones de años en el tiempo. Somos, como me gusta decir, materia estelar.

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no. Se llamaba Zatara. Era capaz de provocar cualquier cosa, lo que fuera. ¿Cómo lo hacía? Fácil. Daba sus órdenes al revés. O sea, si quería un millón de dólares, decía «seralód ed nóllim, nú emad». Con eso bastaba. Era como una especie de oración, pero con resul­tados mucho más seguros.

A los ocho años dediqué mucho tiempo a experimentar de esta guisa, dando órdenes a las piedras para que se elevasen: «etavéle, air deip». Nunca funcionó. Decidí que era culpa de mi pronunciación.

 

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Podría afirmarse que se abraza la pseudociencia en la misma proporción que se comprende mal la ciencia real... sólo que aquí acaba la comparación. Si uno nunca ha oído hablar de ciencia (por no hablar de su funcionamiento), difícilmente será consciente de es­tar abrazando la pseudociencia. Simplemente, estará pensando de una de las maneras que han pensado siempre los humanos. Las re­ligiones suelen ser los viveros de protección estatal de la pseu­dociencia, aunque no hay razón para que tengan que representar este papel. En cierto modo es un dispositivo procedente de tiempos ya pasados. En algunos países, casi todo el mundo cree en la astro-logía y la adivinación, incluyendo los líderes gubernamentales. Pero eso no se les ha inculcado sólo a través de la religión; deriva de la cultura que los rodea, en la que todo el mundo se siente có*-modo con estas prácticas y se encuentran testimonios que lo afir­man en todas partes.

La mayoría de los casos a los que me refiero en este libro son norteamericanos... porque son los que conozco mejor, no porque la pseudociencia y el misticismo tengan mayor incidencia en Estados Unidos que en otra parte. Uri Geller, doblador de cucharas y psí­quico que se comunica con extraterrestres, saluda desde Israel. A me­dida que crecen las tensiones entre los secularistas argelinos y los fundamentalistas musulmanes aumenta el número de gente que consulta discretamente a los diez mil adivinos y clarividentes (de los que cerca de la mitad operan con licencia del gobierno). Altos cargos franceses, incluido un antiguo presidente de la República, ordenaron la inversión de millones de dólares en una patraña (el es­cándalo Elf-Aquitaine) para encontrar nuevas reservas de petróleo desde el aire. En Alemania hay preocupación por los «rayos de la Tierra» carcinógenos que la ciencia no detecta; sólo pueden ser captados por experimentados zahones blandiendo sus palos ahor-

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quillados. En las Filipinas florece la «cirugía psíquica». Los fantas­mas son una obsesión nacional en Gran Bretaña. Desde la segunda guerra mundial, en Japón han aparecido una enorme cantidad de nuevas religiones que prometen lo sobrenatural. El número estimado de adivinos que prosperan en el Japón es de cien mil, con una clien­tela mayoritaria de mujeres jóvenes. Aum Shirikyo, una secta que se supone implicada en la fuga de gas nervioso sarín en el metro de Tokyo en marzo de 1995, cuenta entre sus principales dogmas con la levitación, la curación por la fe y la percepción extrasensorial (PES). Los seguidores bebían, a un alto precio, el agua del «estan­que milagroso»... del baño de Asahara, su líder. En Tailandia se tra­tan enfermedades con pastillas fabricadas con Escrituras Sagradas pulverizadas. Todavía hoy se queman «brujas» en Sudáfrica. Las fuerzas australianas que mantienen la paz en Haití rescatan a una mujer atada a un árbol; está acusada de volar de tejado en tejado y chupar la sangre a los niños. En la India abunda la astrología, la geomancia está muy extendida en China.

Quizá la pseudociencia global reciente de más éxito —-se­gún muchos criterios, ya una religión— es la doctrina hindú de la meditación trascendental (MT). Las soporíferas homilías de su fun­dador y líder espiritual, el Maharishi Mahesh Yogi, se pueden se­guir por televisión. Sentado en posición de yogui, con sus cabellos blancos veteados de negro, rodeado de guirnaldas y ofrendas flora­les, su aspecto es imponente. Un día, cambiando de canales, nos en­contramos con esta cara. «¿Sabéis quién es?», preguntó nuestro hijo de cuatro años. «Dios.» La organización mundial de MT tiene una valoración estimada de tres mil millones de dólares. Previo pago de una tasa, prometen que a través de la meditación pueden hacer que uno atraviese paredes, se vuelva invisible y vuele. Pensando al uní­sono, según dicen, han reducido el índice de delitos en Washing­ton, D.C. y han provocado el colapso de la Unión Soviética, entre otros milagros seculares. No se ha ofrecido la más mínima prueba real de tales afirmaciones. MT vende medicina popular, dirige com­pañías comerciales, clínicas médicas y universidades de «investiga­ción», y ha hecho una incursión sin éxito en la política. Con su líder de extraño carisma, su promesa de comunidad y el ofrecimiento de poderes mágicos a cambio de dinero y una fe ferviente, es el para­digma de muchas pseudociencias comercializadas para la exporta­ción sacerdotal.

Cada vez que se renuncia a los controles civiles y a la edu­cación científica se produce otro pequeño tirón de la pseudociencia.

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Liev Trotski lo describió refiriéndose a Alemania en vísperas de la toma del poder por parte de Hitler (pero la descripción podría ha­berse aplicado igualmente a la Unión Soviética de 1933):

No sólo en las casas de los campesinos, sino también en los ras­cacielos de la ciudad, junto al siglo XX convive el XIII. Cien mi­llones de personas usan la electricidad y creen todavía en los po­deres mágicos de los signos y exorcismos... Las estrellas de cine acuden a médiums. Los aviadores que pilotan milagrosos meca­nismos creados por el genio del hombre llevan amuletos en la chaqueta. ¡ Qué inagotable reserva de oscuridad, ignorancia y sal­vajismo poseen!

Rusia es un caso instructivo. En la época de los zares se es­timulaba la superstición religiosa, pero se suprimió sin contempla­ciones el pensamiento científico y escéptico, sólo permitido a unos cuantos científicos adiestrados. Con el comunismo se suprimieron sistemáticamente la religión y la pseudociencia... excepto la supers­tición de la religión ideológica estatal. Se presentaba como científi­ca, pero estaba tan lejos de este ideal como el culto misterioso menos provisto de autocrítica. Se consideraba un peligro el pensa­miento crítico —excepto por parte de los científicos en comparti­mentos de conocimiento herméticamente aislados—, no se enseña­ba en las escuelas y se castigaba cuando alguien lo expresaba. Como resultado, con el poscomunísmo, muchos rusos contemplan la ciencia con sospecha. Al levantar la tapa, como ocurrió con los virulentos odios étnicos, salió a la superficie lo que hasta entonces había estado hirviendo por debajo de ella. Ahora toda la zona está inundada de ovnis, poltergeist, sanadores, curanderos, aguas mági­cas y antiguas supersticiones. Un asombroso declive de la expecta­tiva de vida, el aumento de la mortalidad infantil, las violentas epi­demias de enfermedades, las condiciones sanitarias por debajo del mínimo y la ignorancia de la medicina preventiva se unen para ele­var el umbral a partir del cual se dispara el escepticismo de una po­blación cada vez más desesperada. En el momento de escribir estas líneas, el miembro más popular y más votado de la Duma, un im­portante defensor del ultranacionalista Vladimir Zhirinovski, es un tal Anatoli Kashprirovski: un curandero que, a distancia, con la luz deslumbrante de su rostro en la pantalla del televisor, cura enfer­medades que van desde una hernia hasta el sida. Su cara pone en funcionamiento relojes estropeados.

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Existe una situación más o menos análoga en China. Des­pués de la muerte de Mao Zedong y la gradual emergencia de una economía de mercado, aparecieron los ovnis, la canalización y otros ejemplos de pseudociencia Occidental, junto con prácticas chinas tan antiguas como la adoración de los ancestros, la astrolo-gía y las adivinaciones, especialmente la versión que consiste en arrojar unas ramitas de milenrama y examinar los viejos hexagra-mas del / Ching. El periódico del gobierno lamentaba que «la su­perstición de la ideología feudal cobre nueva vida en nuestro país». Era (y sigue siendo) un mal principalmente rural, no urbano.

Los individuos con «poderes especiales» atraían a gran nú­mero de seguidores. Según decían, podían proyectar Qi, el «campo de energía del universo», desde su cuerpo para cambiar la estructu­ra molecular de un producto químico a dos mil kilómetros de dis­tancia, comunicarse con extraterrestres, curar enfermedades. Algu­nos pacientes murieron bajo los cuidados de uno de esos «maestros de Qi Gong», que fue arrestado y condenado en 1993. Wang Hong-cheng, un aficionado a la química, afirmaba haber sintetizado un lí­quido que, si se añadía al agua en pequeñas cantidades, la convertía en gasolina o un equivalente. Durante un tiempo recibió fondos del ejército y la policía secreta pero, cuando se constató que su invento era una patraña, fue arrestado y encarcelado. Naturalmente, se pro­pagó la historia de que su desgracia no era producto del fraude sino de su negativa a revelar la «fórmula secreta» al gobierno. (En Nor­teamérica han circulado historias similares durante décadas, nor­malmente con la sustitución del papel del gobierno por el de una compañía petrolera o automovilística importante.) Se está llevando a los rinocerontes asiáticos a la extinción porque dicen que sus cuernos, pulverizados, previenen la impotencia; el mercado abarca todo el este de Asia.

El gobierno de China y el Partido Comunista chino estaban alarmados por estas tendencias. El 5 de diciembre de 1994 emitie­ron una declaración conjunta que decía, entre otras cosas:

Se ha debilitado la educación pública en temas científicos en años recientes. Al mismo tiempo han ido creciendo actividades de su­perstición e ignorancia y se han hecho frecuentes los casos de anticiencia y pseudociencia. En consecuencia, se deben aplicar medidas eficaces lo antes posible para fortalecer la educación pública en la ciencia. El nivel de educación pública en ciencia y tecnología es una señal importante del logro científico nacional.

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Es un asunto de la mayor importancia en el desarrollo económi­co, avance científico y progreso de la sociedad. Debemos prestar atención y potenciar esta educación pública como parte de la es­trategia de modernización de nuestro país socialista para conse­guir una nación poderosa y próspera. La ignorancia, como la po­breza, nunca es socialista.

Así pues, la pseudociencia en Estados Unidos es parte de una tendencia global. Sus causas, peligros, diagnóstico y tratamiento son iguales en todas partes. Aquí, los psíquicos venden sus servicios en largos anuncios de televisión con el respaldo personal de los presen­tadores. Tienen su canal propio, el Psychic Friends Network, con un millón de abonados anuales que lo usan como guía en su vida coti­diana. Hay una especie de astrólogo-adivino-psíquico dispuesto a aconsejar a altos ejecutivos de grandes corporaciones, analistas fi­nancieros, abogados y banqueros sobre cualquier tema. «Si la gente supiera cuántas personas, especialmente entre los más ricos y pode­rosos, van a los psíquicos, se quedaría con la boca abierta para siem­pre», dice un psíquico de Cleveland, Ohio. Tradicionalmente, la rea­leza ha sido vulnerable a los fraudes psíquicos. En la antigua China y en Roma la astrología era propiedad exclusiva del emperador; cual­quier uso privado de este poderoso arte se consideraba una ofensa ca­pital. Procedentes de una cultura del sur de California particularmen­te crédula, Nancy y Ronaid Reagan consultaban a un astrólogo para temas privados y públicos, sin que los votantes tuvieran conocimien­to de ello. Parte del proceso de toma de decisiones que influyen en el futuro de nuestra civilización está sencillamente en manos de charla­tanes. De todas formas, la práctica es relativamente baja en América; su extensión es mundial.

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Por divertida que pueda parecer la pseudociencia, por mucho que confiemos en que nunca seremos tan crédulos como para que nos afecte una doctrina así, sabemos que está ocurriendo a nuestro alrededor. La Meditación Trascendental y Aum Shin-rikyo parecen haber atraído a gran número de personas compe­tentes, algunas con títulos avanzados de física o ingeniería. No son doctrinas para mentecatos. Hay algo más.

Más aún, nadie que esté interesado en lo que son las religio­nes y cómo empiezan puede ignorarlas. Aunque parece que se alzan

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amplias barreras entre una opinión local pseudocientífica y algo así como una religión mundial, los tabiques de separación son muy del­gados. El mundo nos presenta problemas casi insuperables. Se ofre­ce una amplia variedad de soluciones, algunas de visión mundial muy limitada, otras de un alcance portentoso. En la habitual selec­ción natural darwiniana de las doctrinas, algunas resisten durante un tiempo, mientras la mayoría se desvanecen rápidamente. Pero unas pocas —a veces, como ha mostrado la historia, las más des­cuidadas y menos atractivas de entre ellas— pueden tener el poder de cambiar profundamente la historia del mundo.

El continuum que va de la ciencia mal practicada, la pseu­dociencia y la superstición (antigua y de la «Nueva Era») hasta la respetable religión basada en la revelación es confuso. Intento no utilizar la palabra «culto» en este libro en el sentido habitual de una religión que desagrada al que habla. Sólo pretendo llegar a la piedra angular del conocimiento: ¿saben realmente lo que afirman saber? Todo el mundo, por lo visto, tiene una opinión relevante.

En algunos pasajes de este libro me mostraré crítico con los excesos de la teología, porque en los extremos es difícil distinguir la pseudociencia de la religión rígida y doctrinaria. Sin embargo, quiero reconocer de entrada la diversidad y complejidad prodigiosa del pensamiento y práctica religiosa a lo largo de los siglos, el cre­cimiento de la religión liberal y de la comunidad ecuménica en el último siglo y el hecho de que —como en la Reforma protestante, el ascenso del judaismo de la Reforma, el Vaticano II y el llamado alto criticismo de la Biblia— la religión ha luchado (con distintos niveles de éxito) contra sus propios excesos. Pero, igual que mu­chos científicos parecen reacios a debatir o incluso comentar públi­camente la pseudociencia, muchos defensores de las religiones principales se resisten a enfrentarse a conservadores ultras y funda-mentalistas. Si se mantiene la tendencia, a la larga el campo es suyo; pueden ganar el debate por incomparecencia del contrario.

Un líder religioso me escribe sobre su anhelo de «integridad disciplinada» en la religión:

Nos hemos vuelto demasiado sentimentales... La devoción extre­ma y la psicología barata por un lado, y la arrogancia e into­lerancia dogmática por el otro, distorsionan la auténtica vida religiosa hasta hacerla irreconocible. A veces casi rozo la deses­peración, pero también vivo con tenacidad y siempre con espe­ranza... La religión sincera, más familiar que sus críticos con las

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distorsiones y absurdidades perpetradas en su nombre, tiene un interés activo en alentar un escepticismo saludable para sus pro­pósitos... Existe la posibilidad de que la religión y la ciencia for­jen una relación poderosa contra la pseudociencia. Por extraño que parezca, creo que pronto se unirán para oponerse a la pseudorreligión.

La pseudociencia es distinta de la ciencia errónea. La ciencia avanza con los errores y los va eliminando uno a uno. Se llega con­tinuamente a conclusiones falsas, pero se formulan hipotéticamen­te. Se plantean hipótesis de modo que puedan refutarse. Se con­fronta una sucesión de hipótesis alternativas mediante experimento y observación. La ciencia anda a tientas y titubeando hacia una ma­yor comprensión. Desde luego, cuando se descarta una hipótesis científica se ven afectados los sentimientos de propiedad, pero se reconoce que este tipo de refutación es el elemento central de la em­presa científica.

La pseudociencia es justo lo contrario. Las hipótesis suelen formularse precisamente de modo que sean invulnerables a cual­quier experimento que ofrezca una posibilidad de refutación, por lo que en principio no pueden ser invalidadas. Los practicantes se muestran cautos y a la defensiva. Se oponen al escrutinio escéptico. Cuando la hipótesis de los pseudocientíficos no consigue cuajar en­tre los científicos se alegan conspiraciones para suprimirla.

La capacidad motora en la gente sana es casi perfecta. Rara­mente tropezamos o caemos, excepto de pequeños o en la vejez. Aprendemos tareas como montar en bicicleta, patinar, saltar a la comba o conducir un coche y conservamos este dominio para toda la vida. Aunque estemos una década sin practicarlo, no nos cuesta ningún esfuerzo recuperarlo. La precisión y retención de nuestras habilidades motoras, sin embargo, nos da un falso sentido de con­fianza en nuestros otros talentos. Nuestras percepciones son fali­bles. A veces vemos lo que no existe. Somos víctimas de ilusiones ópticas. En ocasiones alucinamos. Tendemos a cometer errores. Un libro francamente ilustrativo, titulado Cómo sabemos que no es así:

la falibilidad de la raz,ón humana en la vida cotidiana, de Thomas Gilovich, muestra cómo la gente yerra sistemáticamente en la com­prensión de números, cómo rechaza las pruebas desagradables, cómo le influyen las opiniones de otros. Somos buenos en algunas cosas, pero no en todo. La sabiduría radica en comprender nuestras limitaciones. «Porque el hombre es una criatura atolondrada», nos

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enseña William Shakespeare. Aquí es donde entra el puntilloso ri­gor escéptico de la ciencia.

Quizá la distinción más clara entre la ciencia y la pseu­dociencia es que la primera tiene una apreciación mucho más com­prensiva de las imperfecciones humanas y la falibilidad que la pseudociencia (o revelación «inequívoca»). Si nos negamos cate­góricamente a reconocer que somos susceptibles de cometer un error, podemos estar seguros de que el error —incluso un error gra­ve, una equivocación profunda— nos acompañará siempre. Pero si somos capaces de evaluarnos con un poco de coraje, por muy la­mentables que sean las reflexiones que podamos engendrar, nues­tras posibilidades mejoran enormemente.

Si nos limitamos a mostrar los descubrimientos y productos de la ciencia —no importa lo útiles y hasta inspiradores que puedan ser— sin comunicar su método crítico, ¿cómo puede distinguir el ciudadano medio entre ciencia y pseudociencia? Ambas se presen­tan como afirmación sin fundamento. En Rusia y China solía ser fá­cil. La ciencia autorizada era la que enseñaban las autoridades. La distinción entre ciencia y pseudociencia se hacía a medida. No ha­cía falta explicar las dudas. Pero en cuanto se produjeron cambios políticos profundos y se liberaron las restricciones del libre pensa­miento hubo una serie de afirmaciones seguras o carismáticas —es­pecialmente las que nos decían lo que queríamos oír— que consi­guieron muchos seguidores. Cualquier idea, por improbable que fuera, conseguía autoridad.

Para el divulgador de la ciencia es un desafío supremo acla­rar la historia actual y tortuosa de sus grandes descubrimientos y equivocaciones, y la testarudez ocasional de sus practicantes en su negativa a cambiar de camino. Muchos, quizá la mayoría de los li­bros de texto de ciencias para científicos en ciernes, lo abordan con ligereza. Es mucho más fácil presentar de modo atractivo la sabidu­ría destilada durante siglos de interrogación paciente y colectiva so­bre la naturaleza que detallar el complicado aparato de destilación. El método, aunque sea indigesto y espeso, es mucho más importan­te que los descubrimientos de la ciencia.

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CAPITULO 2

_______

 

 

 

CIENCIA

Y

ESPERANZA


 

 

 

 

 

Dos hombres llegaron a un agüero

en el cielo. Uno le pidió al otro

que le ayudara a subir...

Pero el cielo era tan bonito que el hombre

que miraba por encima del margen   ;

lo olvidó todo, olvidó a su compañero al

 que había prometido ayudar y salió corriendo hacia todo el esplendor del cielo.

De un poema en prosa inuit iglülik

de principios del siglo XX,

contado por Inugpasugjuk

a Knud Rasmussen,

el explorador ártico de Groenlandia

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Yo fui niño en una época de esperanza. Quise ser científico desde mis primeros días de escuela. El momento en que cristalizó mi deseo llegó cuando capté por primera vez que las estrellas eran soles poderosos, cuando constaté lo increíblemente lejos que de­bían de estar para aparecer como simples puntos de luz en el cielo. No estoy seguro de que entonces supiera siquiera el significado de la palabra «ciencia», pero de alguna manera quería sumergirme en toda su grandeza. Me llamaba la atención el esplendor del universo, me fascinaba la perspectiva de comprender cómo funcionan real­mente las cosas, de ayudar a descubrir misterios profundos, de ex­plorar nuevos mundos... quizá incluso literalmente. He tenido la' suerte de haber podido realizar este sueño al menos en parte. Para mí, el romanticismo de la ciencia sigue siendo tan atractivo y nue­vo como lo fuera aquel día, hace más de medio siglo, que me ense­ñaron las maravillas de la Feria Mundial de 1939.

Popularizar la ciencia —intentar hacer accesibles sus méto­dos y descubrimientos a los no científicos— es algo que viene a continuación, de manera natural e inmediata. No explicar la ciencia me parece perverso. Cuando uno se enamora, quiere contarlo al mundo. Este libro es una declaración personal que refleja mi rela­ción de amor de toda la vida con la ciencia.

Pero hay otra razón: la ciencia es más que un cuerpo de co­nocimiento, es una manera de pensar. Preveo cómo será la América de la época de mis hijos o nietos: Estados Unidos será una econo­mía de servicio e información; casi todas las industrias manufactu­reras clave se habrán desplazado a otros países; los temibles po­deres tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que

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represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes; la gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en decli­ve, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la su­perstición y la oscuridad.

La caída en la estupidez de Norteamérica se hace evidente principalmente en la lenta decadencia del contenido de los medios de comunicación, de enorme influencia, las cuñas de sonido de treinta segundos (ahora reducidas a diez o menos), la programación de nivel ínfimo, las crédulas presentaciones de pseudociencia y su­perstición, pero sobre todo en una especie de celebración de la ig­norancia. En estos momentos, la película en vídeo que más se al­quila en Estados Unidos es Dumb and Dumber. Beavis y Buttheadi siguen siendo populares (e influyentes) entre los jóvenes especta­dores de televisión. La moraleja más clara es que el estudio y el co­nocimiento —no sólo de la ciencia, sino de cualquier cosa— son prescindibles, incluso indeseables.

Hemos preparado una civilización global en la que los ele­mentos más cruciales —el transporte, las comunicaciones y todas las demás'industrias; la agricultura, la medicina, la educación, el ocio, la protección del medio ambiente, e incluso la institución de­mocrática clave de las elecciones— dependen profundamente de la ciencia y la tecnología. También hemos dispuesto las cosas de modo que nadie entienda la ciencia y la tecnología. Eso es una ga­rantía de desastre. Podríamos seguir así una temporada pero, antes o después, esta mezcla combustible de ignorancia y poder nos ex­plotará en la cara.

Una vela en la oscuridad es el título de un libro valiente, con importante base bíblica, de Thomas Ady, publicado en Londres en 1656, que ataca la caza de brujas que se realizaba entonces como una patraña «para engañar a la gente». Cualquier enfermedad o tor­menta, cualquier cosa fuera de lo ordinario, se atribuía popular­mente a la brujería. Las brujas deben existir: Ady citaba el argu­mento de los «traficantes de brujas»: «¿cómo si no existirían, o llegarían a ocurrir esas cosas?» Durante gran parte de nuestra histo­ria teníamos tanto miedo del mundo exterior, con sus peligros im-predecibles, que nos abrazábamos con alegría a cualquier cosa que prometiera mitigar o explicar el terror. La ciencia es un intento, en

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gran medida logrado, de entender el mundo, de conseguir un con­trol de las cosas, de alcanzar el dominio de nosotros mismos, de di­rigirnos hacia un camino seguro. La microbiología y la meteorolo­gía explican ahora lo que hace sólo unos siglos se consideraba causa suficiente para quemar a una mujer en la hoguera.

Ady también advertía del peligro de que «las naciones pe­rezcan por falta de conocimiento». La causa de la miseria humana evitable no suele ser tanto la estupidez como la ignorancia, parti­cularmente la ignorancia de nosotros mismos. Me preocupa, espe­cialmente ahora que se acerca el fin del milenio, que la pseu-dociencia y la superstición se hagan más tentadoras de año en año, el canto de sirena más sonoro y atractivo de la insensatez. ¿Dónde hemos oído eso antes? Siempre que afloran los prejuicios étnicos o nacionales, en tiempos de escasez, cuando se desafía a la autoesti­ma o vigor nacional, cuando sufrimos por nuestro insignificante papel y significado cósmico o cuando hierve el fanatismo a nues­tro alrededor, los hábitos de pensamiento familiares de épocas an" liguas toman el control.

La llama de la vela parpadea. Tiembla su pequeña fuente de luz. Aumenta la oscuridad. Los demonios empiezan a agitarse.

 

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Es mucho lo que la ciencia no entiende, quedan muchos mis­terios todavía por resolver. En un universo que abarca decenas de miles de millones de años luz y de unos diez o quince miles de mi­llones de años de antigüedad, quizá siempre será así. Tropezamos constantemente con sorpresas. Sin embargo, algunos escritores y religiosos de la «Nueva Era» afirman que los científicos creen que «lo que ellos encuentran es todo lo que existe». Los científicos pue­den rechazar revelaciones místicas de las que no hay más prueba que lo que dice alguien, pero es difícil que crean que su conoci­miento de la naturaleza es completo.

La ciencia está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto. Simplemente, es el mejor que tenemos. En este sentido, como en muchos otros, es como la democracia. La ciencia por sí misma no puede apoyar determinadas acciones humanas, pero sin duda puede iluminar las posibles consecuencias de acciones alter­nativas.

La manera de pensar científica es imaginativa y disciplinada al mismo tiempo. Ésta es la base de su éxito. La ciencia nos invita a

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aceptar los hechos, aunque no se adapten a nuestras ideas precon­cebidas. Nos aconseja tener hipótesis alternativas en la cabeza y ver cuál se adapta mejor a los hechos. Nos insta a un delicado equilibrio entre una apertura sin barreras a las nuevas ideas, por muy heréticas que sean, y el escrutinio escéptico más riguroso: nuevas ideas y sa­biduría tradicional. Esta manera de pensar también es una herra­mienta esencial para una democracia en una era de cambio.

Una de las razones del éxito de la ciencia es que tiene un me­canismo incorporado que corrige los errores en su propio seno. Qui­zá algunos consideren esta caracterización demasiado amplia pero, para mí, cada vez que ejercemos la autocrítica, cada vez que com­probamos nuestras ideas a la luz del mundo exterior, estamos ha­ciendo ciencia. Cuando somos autoindulgentes y acríticos, cuando confundimos las esperanzas con los hechos, caemos en la pseu-dociencia y la superstición.

Cada vez que un estudio científico presenta algunos datos, va acompañado de un margen de error: un recordatorio discreto pero insistente de que ningún conocimiento es completo o perfec­to. Es una forma de medir la confianza que tenemos en lo que cree­mos saber. Si los márgenes de error son pequeños, la precisión de nuestro conocimiento empírico es alta; si son grandes, también lo es la incertidumbre de nuestro conocimiento. Excepto en matemá­tica pura, nada se sabe seguro (aunque, con toda seguridad, mucho es falso).

Además, los científicos suelen ser muy cautos al establecer la condición verídica de sus intentos de entender el mundo —que van desde conjeturas e hipótesis, que son provisionales, hasta las le­yes de la naturaleza, repetida y sistemáticamente confirmadas a tra­vés de muchos interrogantes acerca del funcionamiento del mundo. Pero ni siquiera las leyes de la naturaleza son absolutamente ciertas. Puede haber nuevas circunstancias nunca examinadas antes —so­bre los agujeros negros, por ejemplo, o dentro del electrón, o acer­ca de la velocidad de la luz— en las que incluso nuestras loadas le­yes de la naturaleza fallan y, por muy válidas que puedan ser en circunstancias ordinarias, necesitan corrección.

Los humanos podemos desear la certeza absoluta, aspirar a ella, pretender como hacen los miembros de algunas religiones que la hemos logrado. Pero la historia de la ciencia —sin duda la afir­mación de conocimiento accesible a los humanos de mayor éxito— nos enseña que lo máximo que podemos esperar es, a través de una mejora sucesiva de nuestra comprensión, aprendiendo de nuestros

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errores, tener un enfoque asintótico del universo, pero con la segu­ridad de que la certeza absoluta siempre se nos escapará.

Siempre estaremos sujetos al error. Lo máximo que puede esperar cada generación es reducir un poco el margen de error y aumentar el cuerpo de datos al que se aplica. El margen de error es una autovaloración penetrante, visible, de la fiabilidad de nues­tro conocimiento. Se puede ver a menudo el margen de error en en­cuestas de opinión pública («una inseguridad de más o menos tres por ciento», por ejemplo). Imaginemos una sociedad en la que todo discurso en el Parlamento, todo anuncio de televisión, todo sermón fuera acompañado de un margen de error o su equivalente.

Uno de los grandes mandamientos de la ciencia es: «Des­confía de los argumentos que proceden de la autoridad.» (Desde luego, los científicos, siendo primates y dados por tanto a las je­rarquías de dominación, no siempre siguen este mandamiento.) Demasiados argumentos de este tipo han resultado ser dolorosa-mente erróneos. Las autoridades deben demostrar sus opiniones como todos los demás. Esta independencia de la ciencia, su reluc­tancia ocasional a aceptar la sabiduría convencional, la hace peli­grosa para doctrinas menos autocríticas o con pretensiones de cer­tidumbre.

Como la ciencia nos conduce a la comprensión de cómo es el mundo y no de cómo desearíamos que fuese, sus descubrimien­tos pueden no ser inmediatamente comprensibles o satisfactorios en todos los casos. Puede costar un poco de trabajo reestructurar nues­tra mente. Parte de la ciencia es muy simple. Cuando se complica suele ser porque el mundo es complicado, o porque nosotros somos complicados. Cuando nos alejamos de ella porque parece demasia­do difícil (o porque nos la han enseñado mal) abandonamos la posi­bilidad de responsabilizarnos de nuestro, futuro. Se nos priva de un derecho. Se erosiona la confianza en nosotros mismos.

Pero cuando atravesamos la barrera, cuando los descubri­mientos y métodos de la ciencia llegan hasta nosotros, cuando en­tendemos y ponemos en uso este conocimiento, muchos de noso­tros sentimos una satisfacción profunda. A todo el mundo le ocurre eso, pero especialmente a los niños, que nacen con afán de conoci­miento, conscientes de que deben vivir en un futuro moldeado por la ciencia, pero a menudo convencidos en su adolescencia de que la ciencia no es para ellos. Sé por experiencia, tanto por habérmela ex­plicado a mí como por mis intentos de explicarla a otros, lo gratifi­cante que es cuando conseguimos entenderla, cuando los términos

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oscuros adquierensignificado de golpe, cuando captamos de qué va todo, cuando se nos revelan profundas maravillas.

En su encuentro con la naturaleza, la ciencia provoca inva­riablemente reverencia y admiración. El mero hecho de entender algo es una celebración de la unión, la mezcla, aunque sea a escala muy modesta, con la magnificencia del cosmos. Y la construcción acumulativa de conocimiento en todo el mundo a lo largo del tiem­po convierte a la ciencia en algo que no está muy lejos de un meta-pensamiento transnacional, transgeneracional.

«Espíritu» viene de la palabra latina «respirar». Lo que respi­ramos es aire, que es realmente materia, por sutil que sea. A pesar del uso en sentido contrario, la palabra «espiritual» no implica nece­sariamente que hablemos de algo distinto de la materia (incluyendo la materia de la que está hecho el cerebro), o de algo ajeno al reino de la ciencia. En ocasiones usaré la palabra con toda libertad. La ciencia no sólo es compatible con la espiritualidad sino que es una fuente de espiritualidad profunda. Cuando reconocemos nuestro lu­gar en una inmensidad de años luz y en el paso de las eras, cuando captamos la complicación, belleza y sutileza de la vida, la elevación de este sentimiento, la sensación combinada de regocijo y humildad, es sin duda espiritual. Así son nuestras emociones en presencia del gran arte, la música o la literatura, o ante los actos de altruismo y va­lentía ejemplar como los de Mohandas Gandhi o Martín Luther King, Jr. La idea de que la ciencia y la espiritualidad se excluyen mutuamente de algún modo presta un flaco servicio a ambas.

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La ciencia puede ser difícil de entender. Puede desafiar creen­cias arraigadas. Cuando sus productos se ponen a disposición de po­líticos o industriales, puede conducir a las armas de destrucción ma­siva y a graves amenazas al entorno. Pero debe decirse una cosa a su favor: cumple su cometido.

No todas las ramas de la ciencia pueden presagiar el futuro —la paleontología, por ejemplo— pero muchas sí, y con una preci­sión asombrosa. Si uno quiere saber cuándo será el próximo eclip­se de sol, puede preguntar a magos o místicos, pero le irá mucho me­jor con los científicos. Le dirán dónde colocarse en la Tierra, para verlo, cuándo debe hacerlo y si será un eclipse parcial, total o anu­lar. Pueden predecir rutinariamente un eclipse solar, al minuto, con un milenio de anticipación. Una persona puede ir a ver a un brujo

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para que le quite el sortilegio que le provoca una anemia pernicio­sa, o puede tomar vitamina 812. Si quiere salvar de la polio a su hijo, puede rezar o puede vacunarle. Si le interesa saber el sexo de su hijo antes de nacer, puede consultar todo lo que quiera a los adivinos que se basan en el movimiento de la plomada (derecha-izquierda, un niño; adelante-atrás, una niña... o quizá al revés) pero, como pro­medio, acertarán sólo una de cada dos veces. Si quiere precisión (en este caso del noventa y nueve por ciento), pruebe la amniocentesis y las ecografías. Pruebe la ciencia.

Pensemos en cuántas religiones intentan justificarse con la profecía. Pensemos en cuánta gente confía en esas profecías, por vagas que sean, por irrealizables que sean, para fundamentar o apuntalar sus creencias. Pero ¿ha habido alguna religión con la pre­cisión profética y la exactitud de la ciencia? No hay ninguna reli­gión en el planeta que no ansie una capacidad comparable —preci­sa y repetidamente demostrada ante escépticos redomados— para presagiar acontecimientos futuros. No hay otra institución humana que se acerque tanto.

¿Es todo eso adoración ante el altar de la ciencia? ¿Es reem­plazar una fe por otra, igualmente arbitraria? Desde mi punto de vis­ta, en absoluto. El éxito de la ciencia, directamente observado, es la razón por la que defiendo su uso. Si funcionara mejor otra cosa, la de­fendería. ¿Se aisla la ciencia de la crítica filosófica? ¿Se define a sí misma como poseedora de un monopolio de la «verdad»? Pensemos nuevamente en este eclipse futuro a miles de años vista. Comparemos todas las doctrinas que podamos, veamos qué predicciones hacen del futuro, cuáles son vagas y cuáles precisas, y qué doctrinas —cada una de ellas sujeta a la falibilidad humana— tienen mecanismos incorpo­rados de corrección de errores. Tomemos nota del hecho que ningu­na de ellas es perfecta. Luego tomemos la que razonablemente puede funcionar (en oposición a la que lo parece) mejor. Si hay diferentes doctrinas que son superiores en campos distintos e independien­tes, desde luego somos libres de elegir varias, pero no si se contra­dicen una a otra. Lejos de ser idolatría, es el medio a través del que podemos distinguir a los ídolos falsos de los auténticos.

Nuevamente, la razón por la que la ciencia funciona tan bien es en parte este mecanismo incorporado de corrección de errores. En la ciencia no hay preguntas prohibidas, no hay temas demasiado sensibles o delicados para ser explorados, no hay verdades sagra­das. Esta apertura a nuevas ideas, combinada con el escrutinio más riguroso y escéptico de todas las ideas, selecciona el trigo de la ci-

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zana. No importa lo inteligente, venerable o querido que sea uno. Debe demostrar sus ideas ante la crítica decidida y experta. Se va­loran la diversidad y el debate. Se alienta la formulación de opinio­nes en disputa, sustantivamente y en profundidad.

El proceso de la ciencia puede parecer confuso y desordena­do. En cierto modo lo es. Si uno examina la ciencia en su aspecto cotidiano, desde luego encuentra que los científicos ocupan toda la gama de emociones, personalidades y caracteres humanos. Pero hay una faceta realmente asombrosa para el observador externo, y es el nivel de crítica que se considera aceptable o incluso deseable. Los aprendices de científicos reciben mucho calor e inspirado aliento de sus tutores. Pero el pobre licenciado, en su examen oral de doctora­do, está sujeto a un mordaz fuego cruzado de preguntas de unos profesores que precisamente tienen el futuro del candidato en sus manos. Naturalmente, el doctorado se pone nervioso; ¿quién no? Cierto, se ha preparado para ello durante años. Pero entiende que, en este momento crítico, tiene que ser capaz de responder las minu-ciosas preguntas que le planteen los expertos. Así, cuando se pre­para para defender su tesis, debe practicar un hábito de pensamien­to muy útil: tiene que anticipar las preguntas, tiene que preguntarse:

¿en qué punto flaquea mi disertación? Será mejor que lo identifique yo antes que otros.

El científico participa en reuniones y discusiones. Se en­cuentra en coloquios universitarios en los que apenas el ponente lleva treinta segundos hablando cuando la audiencia le plantea pre­guntas y comentarios devastadores. Analiza las condiciones para entregar un artículo a una revista científica para su posible publica­ción, lo envía al editor y luego éste lo somete a arbitros anónimos cuya tarea es preguntarse: ¿Lo que ha hecho el autor es una estupi^ dez? ¿Hay algo aquí lo bastante interesante para ser publicado? ¿Cuáles son las deficiencias de este estudio? Los resultados princi­pales ¿han sido encontrados por alguien más? ¿El argumento es adecuado, o el autor debería someter el informe de nuevo después de demostrar realmente lo que aquí es sólo una especulación? Y es anónimo: el autor no sabe quiénes son los críticos. Esta es la prácti­ca diaria de la comunidad científica.

¿Por qué soportamos todo eso? ¿Nos gusta que nos criti­quen? No, a ningún científico le gusta. Todo científico siente un afecto de propietario por sus ideas y descubrimientos. Con todo, no replicamos a los críticos: espera un momento, de verdad que es bue­na idea, me gusta mucho, no te hace ningún daño, por favor, déjala

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en paz. En lugar de eso, la norma dura pero justa es que si las ideas no funcionan, debemos descartarlas. No gastes neuronas en lo que no funciona. Dedica esas neuronas a ideas nuevas que expliquen mejor los datos. El físico británico Michael Faraday advirtió de la poderosa tentación

de buscar las pruebas y apariencias que están a favor de nuestros deseos y desatender las que se oponen a ellos... Recibimos como favorable lo que concuerda con [nosotros], nos resistimos con desagrado a lo que se nos opone; mientras todo dictado del sen­tido común requiere exactamente lo contrario.

Las críticas válidas te hacen un favor.

Hay gente que considera arrogante a la ciencia, especial­mente cuando pretende contradecir creencias arraigadas o cuando introduce conceptos extraños que parecen contrarios al sentido co­mún. Como un terremoto que sacude nuestra fe en el terreno donde nos hallamos, desafiar nuestras creencias tradicionales, zarandear las doctrinas en las que hemos confiado, puede ser profundamente perturbador. Sin embargo, mantengo que la ciencia es parte inte­grante de la humildad. Los científicos no pretenden imponer sus ne­cesidades y deseos a la naturaleza, sino que humildemente la inte­rrogan y se toman en serio lo que encuentran. Somos conscientes de que científicos venerados se han equivocado. Entendemos la imper­fección humana. Insistimos en la verificación independiente —has­ta donde sea posible— y. cuantitativa de los principios de creencia que se proponen. Constantemente estamos clavando el aguijón, de­safiando, buscando contradicciones o pequeños errores persistentes, residuales, proponiendo explicaciones alternativas, alentando la he­rejía. Damos nuestras mayores recompensas a los que refutan con­vincentemente creencias establecidas.

Aquí va uno de los muchos ejemplos: las leyes de movi­miento y la ley de cuadrado inverso de gravitación asociadas con el nombre de Isaac Newton están consideradas con razón entre los máximos logros de la especie humana. Trescientos años después, utilizamos la dinámica newtoniana para predecir los eclipses. Años después del lanzamiento, a miles de millones de kilómetros de la Tierra (con sólo pequeñas correcciones de Einstein), la nave espa­cial llega de manera magnífica a un punto predeterminado en la ór­bita del objetivo mientras el mundo va moviéndose lentamente. La precisión es asombrosa. Sencillamente, Newton sabía lo que hacía.

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Pero los científicos no se han conformado con dejarlo como estaba. Han buscado con persistencia grietas en la armadu­ra newtoniana. A grandes velocidades y fuertes gravedades, la fí­sica newtoniana se derrumba. Éste es uno de los grandes descur brimientos de la relatividad especial y general de Albert Einstein y una de las razones por las que se honra de tal modo su memoria. La física newtoniana es válida en un amplio espectro de condicio­nes, incluyendo las de la vida cotidiana. Pero, en ciertas circuns­tancias altamente inusuales para los seres humanos —al fin y al cabo, no tenemos el hábito de viajar a velocidad cercana a la de la luz— simplemente no da la respuesta correcta; no es acorde con las observaciones de la naturaleza. La relatividad especial y gene­ral son indistinguibles de la física newtoniana en su campo de va­lidez, pero hacen predicciones muy diferentes —predicciones en excelente acuerdo con la observación— en esos otros regímenes (alta velocidad; fuerte gravedad). La física newtoniana resulta ser una aproximación a la verdad, buena en circunstancias con las que tenemos una familiaridad rutinaria, mala en otras. Es un logro es­pléndido y justamente celebrado de la mente humana, pero tiene sus limitaciones.

Sin embargo, de acuerdo con nuestra comprensión de la fa­libilidad humana, teniendo en cuenta la advertencia de que pode­mos acercarnos asintóticamente a la verdad pero nunca alcanzarla del todo, los científicos están investigando hoy regímenes en los que pueda fallar la relatividad general. Por ejemplo, la relatividad general predice un fenómeno asombroso llamado ondas gravitacio-nales. Nunca se han detectado directamente. Pero, si no existen, hay algo fundamentalmente erróneo en la relatividad general. Los pul­sares son estrellas de neutrones que giran rápidamente, cuyos pe­ríodos de giro pueden medirse ahora con una precisión de hasta quince decimales. Se predice que dos pulsares muy densos en órbir ta uno alrededor del otro irradian cantidades copiosas de ondas gra-vitacionales... que con el tiempo alterarán ligeramente las órbitas y los períodos de rotación de las dos estrellas. Joseph Taylor y Russell Hulse, de la Universidad de Princeton, han usado este método para comprobar las predicciones de la relatividad general de un modo to­talmente nuevo. Según sus hipótesis, los resultados serían inconsis­tentes con la relatividad general y habrían derribado uno de los pi­lares principales de la física moderna. No sólo estaban dispuestos a desafiar la relatividad general, sino que se los animó a hacerlo con entusiasmo. Al final, la observación de pulsares binarios da unave-

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rificación precisa de las predicciones de la relatividad general y, por ello, Taylor y Hulse recibieron conjuntamente el Premio Nobel de de Física en 1993. De modos diversos, otros muchos físicos ponen a prueba la relatividad general: por ejemplo intentando detectar di­rectamente las elusivas ondas gravitacionales. Confían en forzar la teoría hasta el punto de ruptura y descubrir si existe un régimen de la naturaleza en el que empiece a no ser sólido el gran avance de com­prensión de Einstein.

Esos esfuerzos continuarán siempre que haya científicos. La relatividad general es ciertamente una descripción inadecuada de la naturaleza a nivel cuántico, pero, aunque no fuera así, aunque la re­latividad general fuera válida en todas partes y para siempre, ¿qué mejor manera de convencernos de su validez que con un esfuerzo concertado para descubrir sus errores y limitaciones?

Esta es una de las razones por las que las religiones organi­zadas no me inspiran confianza. ¿Qué líderes de las religiones prin­cipales reconocen que sus creencias podrían ser incompletas o erró­neas y establecen institutos para desvelar posibles deficiencias doctrinales? Más allá de la prueba de la vida cotidiana, ¿quién com­prueba sistemáticamente las circunstancias en que las enseñanzas religiosas tradicionales pueden no ser ya aplicables? (Sin duda es concebible que doctrinas y éticas que funcionaron bastante bien en tiempos patriarcales, patrísticos o medievales puedan carecer abso­lutamente de valor en el mundo tan diferente que habitamos.) ¿En qué sermón se examina imparcialmente la hipótesis de Dios? ¿Qué recompensas conceden a los escépticos religiosos las religiones es­tablecidas... o a los escépticos sociales y económicos la sociedad en la que navegan?

La ciencia, apunta Ann Druyan, siempre nos está susurrando al oído: «Recuerda que eres nuevo en esto. Podrías estar equivoca­do. Te has equivocado antes.» A pesar de toda la prédica sobre la humildad, me gustaría que me enseñasen algo comparable en la re­ligión. Se dice que las Escrituras son de inspiración divina, una fra­se con muchos significados. Pero ¿y si han sido fabricadas simple­mente por humanos falibles? Se da testimonio de milagros, pero ¿y si en lugar de eso son una mezcla de charlatanería, estados de conciencia poco familiares, malas interpretaciones de fenómenos naturales y enfermedades mentales? No me parece que ninguna re­ligión contemporánea y ninguna creencia de la «Nueva Era» tenga en cuenta suficientemente la grandeza, magnificencia, sutileza y complicación del universo revelado por la ciencia. El hecho de que

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en las Escrituras se hallen prefigurados tan pocos descubrimientos de la ciencia moderna aporta mayores dudas a mi mente sobre la inspiración divina.

Pero, sin duda, podría estar equivocado.

 

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Vale la pena leer los dos párrafos que siguen, no para enten­der la ciencia que describen sino para captar el estilo de pensa­miento del autor. Se enfrenta a anomalías, paradojas aparentes en física; «asimetrías», las llama. ¿Qué podemos aprender de ellas?

Es sabido que la electrodinámica de Maxwell —tal y como se entiende actualmente— conduce a asimetrías que no parecen inhe­rentes a los fenómenos, cuando se aplica a cuerpos en movi­miento. Tómese, por ejemplo, la acción electromagnética di­námica recíproca entre un imán y un conductor. El fenómeno que aquí se observa depende únicamente del movimiento relativo en­tre el conductor y el imán, mientras que la visión habitual esta­blece una bien definida distinción entre los dos casos en que uno u otro de esos cuerpos está en movimiento. Ya que si el imán está en movimiento y el conductor en reposo, aparece en los alrede­dores del imán un campo eléctrico con una cierta energía defini­da, que produce una corriente en aquellos lugares donde se sitúan partes del conductor. Pero si el imán está estacionario y el con­ductor en movimiento, no surge ningún campo eléctrico en los alrededores del imán. Sin embargo, en el conductor encontramos una fuerza electromotriz, para la que no existe la energía corres­pondiente, pero que da lugar —suponiendo que el movimiento relativo sea el mismo en los dos casos discutidos— a corrientes eléctricas de la misma dirección e intensidad que las producidas por las fuerzas eléctricas en el caso anterior.

Ejemplos de este tipo, junto a los intentos que sin éxito se han realizado para descubrir cualquier movimiento de la Tierra con respecto al «éter», sugieren que los fenómenos de la electro­dinámica lo mismo que los de la mecánica no poseen propieda­des que corresponden a la idea del reposo absoluto. Más bien su­gieren que, como se ha demostrado en el primer orden de pequeñas cantidades, serán válidas las mismas leyes de electro­dinámica y óptica para todos los marcos de referencia en que sean aplicables las ecuaciones de mecánica.

 

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¿Qué intenta decirnos aquí el autor? Más adelante trataré de explicar los antecedentes. De momento, quizá podemos reconocer que el lenguaje es ahorrativo, cauto, claro y sin un ápice más de com­plicación que la necesaria. No es posible adivinar a primera vista por la redacción (o por el poco ostentoso título: «Sobre la electrodinámi­ca de los cuerpos en movimiento») que este artículo representa la lle­gada crucial al mundo de la teoría de la relatividad especial, la puer­ta del anuncio triunfante de la equivalencia de masa y energía, la reducción de la presunción de que nuestro pequeño mundo ocupa al­gún «marco de referencia privilegiado» en el universo, y en varios aspectos diferentes un acontecimiento que marca una época en la historia humana. Las palabras que abren el artículo de 1905 de Eins-tein son características del informe científico. Su aire desinteresado, su circunspección y modestia son agradables. Contrastemos su tono contenido, por ejemplo, con los productos de la publicidad moderna, discursos políticos, pronunciamientos teológicos autorizados... o, por qué no, con la propaganda de la solapa de este libro.

Nótese que el informe de Einstein empieza intentando extraer un sentido de unos resultados experimentales. Siempre que sea posi­ble, los científicos experimentan. Los experimentos que se proponen dependen a menudo de las teorías que prevalecen en el momento. Los científicos están decididos a comprobar esas teorías hasta el punto de ruptura. No confían en lo que es intuitivamente obvio. Que la Tierra era plana fue obvio en un tiempo. Fue obvio que los cuer­pos pesados caían más de prisa que los ligeros. Fue obvio que algu­nas personas eran esclavas por naturaleza y por decreto divino. Fue obvio que las sanguijuelas curaban la mayoría de las enfermedades. Fue obvio que existía un lugar que ocupaba el centro del universo, y que la Tierra se encontraba en ese lugar privilegiado. Fue obvio que hubo un sistema de referencia en reposo absoluto. La verdad puede ser confusa o contraria a la intuición. Puede contradecir creencias profundas. Experimentando, llegamos a controlarla.

Hace muchas décadas, en una cena, se pidió al físico Robert W. Wood que respondiera al brindis: «Por la física y la metafísica.» Por «metafísica» se entendía entonces algo así como la filosofía, o verdades que uno puede reconocer sólo pensando en ellas. También podían haber incluido la pseudociencia.

Wood respondió aproximadamente de esta guisa: El físico tiene una idea. Cuanto más piensa en ella, más sentido le parece que tiene. Consulta la literatura científica. Cuanto más lee, más promete­dora le parece la idea. Con esta preparación va al laboratorio y con-

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cibe un experimento para comprobarlo. El experimento es trabajoso. Se comprueban muchas posibilidades. Se afina la precisión de la medición, se reducen los márgenes de error. Deja que los casos sigan su curso. Se concentra sólo en lo que le enseña el experimento. Al final de todo su trabajo, después de una minuciosa experimentación, se encuentra con que la idea no tiene valor. Así, el físico la descarta, libera su mente de la confusión del error y pasa a otra cosa.'

La diferencia entre física y metafísica, concluyó Wood mientras levantaba su vaso, no es que los practicantes de una sean más inteligentes que los de la otra. La diferencia es que la metafísi­ca no tiene laboratorio.

 

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Para mí, hay cuatro razones principales para realizar un es­fuerzo concertado que acerque la ciencia —por radio, televisión, cine, periódicos, libros, programas de ordenador, parques temáticos y aulas de clase— a todos los ciudadanos. En todos los usos de la ciencia es insuficiente —y ciertamente peligroso— producir sólo un sacerdocio pequeño, altamente competente y bien recompensa­do de profesionales. Al contrario, debe hacerse accesible a la más amplia escala una comprensión fundamental de los descubrimien­tos y métodos de la ciencia.

A pesar de las abundantes oportunidades de mal uso, la ciencia puede ser el camino dorado para que las naciones en vías de desa­rrollo salgan de la pobreza y el atraso. Hace funcionar las econo­mías nacionales y la civilización global. Muchas naciones lo en­tienden. Ésa es la razón por la que tantos licenciados en ciencia e ingeniería de las universidades norteamericanas —todavía las me­jores del mundo— son de otros países. El corolario, que a veces no se llega a captar en Estados Unidos, es que abandonar la ciencia es el camino de regreso a la pobreza y el atraso.

La ciencia nos alerta de los riesgos que plantean las tecnologías que alteran el mundo, especialmente para el medio ambiente global del que dependen nuestras vidas. La ciencia proporciona un esencial sistema de alarma.

 

1. Como lo expresó el físico Benjamín Frankiin: «En el curso de esos experimentos, ¿cuántos bellos sistemas construimos que pronto nos vemos obliga­dos a destruir?» Al menos, pensaba Frankiin, la experiencia bastaba para «ayudar a hacer un hombre humilde de un vanidoso». •

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La ciencia nos enseña los aspectos más profundos de orígenes, naturalezas y destinos: de nuestra especie, de la vida, de nuestro planeta, del universo. Por primera vez en la historia de la humani­dad, podemos garantizar una comprensión real de algunos de esos aspectos. Todas las culturas de la Tierra han trabajado estos temas y valorado su importancia. A todos se nos pone la carne de gallina cuando abordamos estas grandes cuestiones. A la larga, el mayor don de la ciencia puede ser enseñamos algo, de un modo que nin­gún otro empeño ha sido capaz de hacer, sobre nuestro contexto cósmico, sobre dónde, cuándo y quiénes somos.

Los valores de la ciencia y los valores de la democracia son concordantes, en muchos casos indistinguibles. La ciencia y la de­mocracia empezaron —en sus encarnaciones civilizadas— en el mismo tiempo y lugar, en los siglos vil y vi a. J.C. en Grecia. La ciencia confiere poder a todo aquel que se tome la molestia de estu­diarla (aunque sistemáticamente se ha impedido a demasiados). La ciencia prospera con el libre intercambio de ideas, y ciertamente lo requiere; sus valores son antitéticos al secreto. La ciencia no posee posiciones ventajosas o privilegios especiales. Tanto la ciencia como la democracia alientan opiniones poco convencionales y un vivo debate. Ambas exigen raciocinio suficiente, argumentos cohe­rentes, niveles rigurosos de prueba y honestidad. La ciencia es una manera de ponerles las cartas boca arriba a los que se las dan de co­nocedores. Es un bastión contra el misticismo, contra la supersti­ción, contra la religión aplicada erróneamente. Si somos fieles a sus valores, nos puede decir cuándo nos están engañando. Nos propor­ciona medios para la corrección de nuestros errores. Cuanto más extendido esté su lenguaje, normas y métodos, más posibilidades tenemos de conservar lo que Thomas Jefferson y sus colegas tenían en mente. Pero los productos de la ciencia también pueden subver­tir la democracia más de lo que pueda haber soñado jamás cualquier

demagogo preindustrial.

Para encontrar una brizna de verdad ocasional flotando en un gran océano de confusión y engaño se necesita atención, dedica­ción y valentía. Pero si no ejercitamos esos duros hábitos de pensa­miento, no podemos esperar resolver los problemas realmente graves a los que nos enfrentamos... y corremos el riesgo de convertirnos en una nación de ingenuos, un mundo de niños a disposición del pri­mer charlatán que nos pase por delante.

 

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Un ser extraterrestre recién llegado a la Tierra —si hiciera un examen de lo que presentamos principalmente a nuestros hijos en televisión, radio, cine, periódicos, revistas, cómics y muchos li­bros— podría llegar fácilmente a la conclusión de que queremos enseñarles asesinatos, violaciones, crueldad, superstición, creduli­dad y consumismo. Insistimos en ello y, a fuerza de repetición, por fin muchos de ellos quizá aprendan. ¿Qué tipo de sociedad podría­mos crear si, en lugar de eso, les inculcáramos la ciencia y un soplo de esperanza?

 

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CAPÍTULO 3

 

 

EL HOMBRE

DE LA LUNA

Y LA CARA

DE MARTE

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La luna salta

en la corriente del Gran Río. Flotando en el viento, ¿qué parezco?

Du Fu,

«Viaje nocturno»

(China, dinastía Tang, 765)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cada campo de la ciencia tiene su propio complemento de pseudociencia. Los geofísicos tienen que enfrentarse a Tierras pla­nas, Tierras huecas. Tierras con ejes que se balancean desordenada­mente, continentes de rápido ascenso y hundimiento y profetas del terremoto. Los botánicos tienen plantas cuyas apasionantes vidas emocionales se pueden seguir con detectores de mentiras, los an­tropólogos tienen hombres-mono supervivientes, los zoólogos di­nosaurios vivos y los biólogos evolutivos tienen a los literalistas bí­blicos pisándoles los talones. Los arqueólogos tienen antiguos astronautas, runas falsificadas y estatuas espurias. Los físicos tie­nen máquinas de movimiento perpetuo, un ejército de aficionados a refutar la relatividad y quizá la fusión fría. Los químicos todavía tienen la alquimia. Los psicólogos tienen mucho de psicoanálisis y casi toda la parapsicología. Los economistas tienen las previsiones económicas a largo plazo. Los meteorólogos, hasta ahora, tienen previsiones del tiempo de largo alcance, como en el Almanaque del campesino que se guía por las manchas solares (aunque la previsión del clima a largo plazo es otro asunto). La astronomía tiene como pseudociencia equivalente principal la astrología, disciplina de la que surgió. A veces las pseudociencias se entrecruzan y aumenta la confusión, como en las búsquedas telepáticas de tesoros enterra­dos de la Atlántida o en las previsiones económicas astrológicas.

Pero, como yo trabajo con planetas, y como me he interesado en la posibilidad de vida extraterrestre, las pseudociencias que más a menudo aparecen en mi camino implican otros mundos y lo que con tanta facilidad en nuestra época se ha dado en llamar «extraterres-tres». En los capítulos que siguen quiero presentar dos doctrinas

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pseudocientíficas recientes y en cierto modo relacionadas. Compar­ten la posibilidad de que las imperfecciones perceptuales y cogniti-vas humanas representen un papel en nuestra confusión sobre temas de gran importancia. La primera sostiene que una cara de piedra gi­gante de eras antiguas mira inexpresivamente hacia el cielo desde la arena de Marte. La segunda mantiene que seres ajenos de mundos distantes visitan la Tierra con despreocupada impunidad.

Aunque el resumen sea escueto, ¿no provoca cierta emoción la contemplación de esas afirmaciones? ¿Y si esas viejas ideas de ciencia ficción —en las que sin duda resuenan profundos temores y anhelos humanos— llegaran a ocurrir realmente? ¿Cómo pueden no producir interés? Ante un material así, hasta el cínico más obtu­so se conmueve. ¿Estamos totalmente seguros de poder descartar esas afirmaciones sin ninguna sombra de duda? Y si unos desen-mascaradores empedernidos son capaces de notar su atractivo, ¿qué deben sentir aquellos que, como el señor «Buckiey», ignoran el es­cepticismo científico?

 

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La Luna, durante la mayor parte de la historia —antes de las naves espaciales, antes de los telescopios, cuando estábamos toda­vía prácticamente inmersos en el pensamiento mágico— era un enigma. Casi nadie pensaba en ella como un mundo.

¿Qué vemos realmente cuando miramos la Luna a simple vis­ta? Discernimos una configuración de marcas irregulares brillantes y oscuras, no una representación parecida a un objeto familiar. Pero nuestros ojos, casi de manera irresistible, conectan las marcas subra­yando algunas e ignorando otras. Buscamos una forma y la encon­tramos. En los mitos y el folclore mundial se ven muchas imágenes: una mujer tejiendo, bosques de laureles, un elefante que salta de un acantilado, una chica con un cesto a la espalda, un conejo, los intes­tinos lunares salpicados sobre su superficie tras ser destripados por una ave irritable sin alas, una mujer que machaca una corteza para hacer tela, un jaguar de cuatro ojos. A los de una cultura les cuesta creer cómo los de otra pueden ver esas cosas tan raras.

La imagen más común es el Hombre de la Luna. Desde lue­go, no parece un hombre de verdad. Tiene las facciones ladeadas, alabeadas, torcidas. Tiene un bistec o algo parecido encima del ojo izquierdo. ¿Y qué expresión transmite su boca? ¿Una «o» de sor­presa? ¿Una señal de tristeza, quizá de lamentación? ¿Un recono-

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cimiento lúgubre de la dureza de la labor de la vida en la Tierra? Ciertamente, la cara es demasiado redonda. Le faltan las orejas. Su­pongo que por arriba es calva. A pesar de todo, cada vez que la miro veo una cara humana.

El folclore mundial pinta la Luna como algo prosaico. En la generación anterior al Apolo se decía a los niños que la Luna esta­ba hecha de queso verde (es decir, oloroso) y, por alguna razón, este dato no se consideraba maravilloso sino hilarante. En los libros in­fantiles y cómics, a menudo se dibuja al Hombre de la Luna como una simple cara dentro de un círculo, no muy diferente de la «cara feliz» con un par de puntos y un arco invertido. Bondadosa, baja su mirada hacia las travesuras nocturnas de animales y niños.

Consideremos nuevamente las dos categorías de terreno que reconocemos cuando examinamos la Luna a simple vista: la frente, mejillas y barbilla más brillantes, y los ojos y la boca más oscuros. A través de un telescopio, las facciones brillantes se revelan como antiguas tierras altas con cráteres que, ahora lo sabemos (por la da-tación radiactiva de muestras proporcionadas por los astronautas del Apolo), datan de casi 4500 millones de años. Las facciones oscuras son flujos algo más recientes de lava basáltica llamados maña (singular, mare, ambas de la palabra latina que significa mar, aunque según sabemos la Luna está seca como un hueso). Los ma­na brotaron en los primeros cientos de millones de años de historia lunar, inducida en parte por el impacto de alta velocidad de enor­mes asteroides y cometas. El ojo derecho es el Mare Imbrium, el bistec inclinado sobre el ojo izquierdo es la combinación del Mare Serenitatis y el Mare Tranquilitatis (donde aterrizó el Apolo 11) y la boca abierta descentrada es el Mare Humorum. (La visión humana ordinaria no puede distinguir los cráteres sin ayuda.)

El Hombre de la Luna es en realidad un registro de antiguas catástrofes, la mayoría de las cuales ocurrieron antes de la existencia de los humanos, de los mamíferos, de los vertebrados, de los orga­nismos multicelulares y, probablemente, incluso antes de que sur­giera la vida en la Tierra. Es una presunción característica de nues­tra especie darle una cara humana a la violencia cósmica aleatoria.

 

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Los humanos, como otros primates, somos gregarios. Nos gusta la compañía de los demás. Somos mamíferos, y el cuidado paternal de los jóvenes es esencial para la continuación de las lí-

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neas hereditarias. El padre sonríe al niño, el niño devuelve la son­risa y se forja o fortalece un vínculo. En cuanto el niño es capaz de ver, reconoce caras, y ahora sabemos que esta habilidad está bien conectada en nuestro cerebro. Los bebés que hace un millón de años eran incapaces de reconocer una cara devolvían menos sonrisas, era menos probable que se ganaran el corazón de sus pa­dres y tenían menos probabilidades de prosperar. Hoy en día, casi todos los bebés identifican con rapidez una cara humana y res­ponden con una mueca.,

Como efecto secundario involuntario, la eficiencia del me­canismo de reconocimiento de formas en nuestro cerebro para ais­lar una cara entre un montón de detalles es tal que a veces vemos caras donde no las hay. Reunimos fragmentos inconexos de luz y oscuridad e, inconscientemente, intentamos ver una cara. El Hom­bre de la Luna es un resultado. La película Blow up de Michelangelo Antonioni describe otro. Hay muchos más ejemplos.

A veces es una formación geológica, como la del Hombre Viejo de las Montañas en Franconia Notch, New Hampshire. Sabe­mos que, más que un agente sobrenatural o una antigua civilización que, por lo demás, no se ha descubierto en New Hampshire, es pro­ducto de la erosión y los desprendimientos de una superficie de roca. En todo caso, ya no se parece mucho a una cara. Están tam­bién la Cabeza del Diablo en Carolina del Norte, la Esfinge en Wastwater, Inglaterra, la Vieja en Francia, la Roca Varían en Ar­menia. A veces es una mujer reclinada, como el monte Ixtaccihuatl en México. A veces son otras partes del cuerpo, como los Grand Tetons en Wyoming: un par de picos de montaña bautizados por exploradores franceses que llegaban por el oeste. (En realidad son tres.) A veces son formas cambiantes en las nubes. A finales de la época medieval y en el Renacimiento, las visiones en España de la Virgen María eran «confirmadas» por personas que veían santos en las formaciones nubosas. (Zarpando de Suva, Fiji, vi una vez la cabeza de un monstruo realmente aterrador, con las quijadas abier­tas, dibujada en una nube de tormenta.)

En algunas ocasiones, un vegetal o un dibujo de la veta de la madera o la joroba de una vaca parecen una cara humana. Hubo una célebre berenjena que tenía un parecido enorme con Richard Nixon. ¿Qué deberíamos deducir de este hecho? ¿Intervención di­vina o extraterrestre? ¿Intromisión republicana en la genética de la berenjena? No. Reconocemos que hay gran número de berenjenas en el mundo y que, habiendo tantas, tarde o temprano encontrare"

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mos una que parezca una cara humana, incluso una cara humana particular.

Cuando la cara es de un personaje religioso —como, por ejemplo, una tortilla que parece exhibir la cara de Jesús— los cre­yentes tienden a deducir rápidamente la intervención de Dios. En una era más escéptica que la mayoría, anhelan una confirmación. Sin embargo parece improbable que se produzca un milagro en un medio tan evanescente. Teniendo en cuenta la cantidad de tortillas que se han hecho desde el principio del mundo, sería sorprenden­te que no saliera alguna con unas facciones al menos vagamente familiares.1

Se han adscrito propiedades mágicas a las raíces de ginseng y mandragora, debido en parte a un vago parecido con la forma hu­mana. Algunos brotes de castaño muestran caras sonrientes. Hay corales que parecen manos. El hongo oreja (también impropiamen­te llamado «oreja de judío») parece realmente una oreja, y en las alas de ciertas polillas puede verse algo así como unos ojos enor­mes. Puede ser que haya algo más que mera coincidencia; quizá sea menos probable que criaturas con cara —o criaturas que tienen miedo de depredadores con cara— engullan plantas y animales que sugieren una cara. El «palo» es un insecto con un disfraz de rama espectacular. Naturalmente, tiende a vivir sobre los árboles y alre­dedor de ellos. Su imitación del mundo de las plantas le salva de pá­jaros y otros depredadores y casi seguro que es la razón por la que esta forma extraordinaria fue lentamente moldeada por la selección natural darwiniana. Esos cruces de límites entre los reinos de la vida son enervantes. Un niño pequeño que vea un insecto palo pue­de imaginarse fácilmente un ejército de palos, ramas y árboles avanzando con algún ominoso propósito vegetal.

Se describen e ilustran muchos ejemplos de este tipo en un libro de 1979 titulado Parecido natural, de John Michell, un britá­nico entusiasta de lo oculto. Toma en serio las afirmaciones de Ri­chard Shaver, quien —como describiré más adelante— representó un papel importante en el origen del entusiasmo por los ovnis en Norteamérica. Shaver practicó cortes en las rocas de su granja de

 

1. Estos casos son muy diferentes al del llamado Sjudario de Turín, que muestra algo demasiado parecido a una forma humana para interpretarlo como una forma natural y que, según sugiere ahora la datación por carbono-14, no es el sudario de la muerte de Jesús sino una mistificación piadosa del siglo xiv, una época próspera y provechosa para la industria artesana de fabricación de reliquias reli­giosas fraudulentas.  

 

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Wisconsin y descubrió, escrita en un lenguaje pictográfico que sólo él podía ver, aunque no entender, una historia total del mun­do. Michell acepta también a pies juntillas las afirmaciones del dramaturgo y teórico surrealista Antonin Artaud, quien, en parte bajo la influencia del peyote, veía en las formas del exterior de las rocas imágenes eróticas, un hombre torturado, animales feroces y cosas así. «Todo el paisaje se revelaba a sí mismo —dice Mi­chell—, como la creación de un único pensamiento.» Pero hay una cuestión clave: ¿este pensamiento estaba dentro o fuera de la cabe­za de Artaud? Artaud llegó a la conclusión, aceptada por Michell de que aquellas formas tan aparentes en las rocas habían sido fabri­cadas por una civilización antigua y no por su estado de conciencia inducido en parte por alucinógenos. Cuando Artaud volvió de Mé­xico a Europa, se le diagnosticó una locura. Michell deplora el «punto de vista materialista» que recibió con escepticismo las for­mas de Artaud.

Michell nos muestra una fotografía del Sol tomada con ra­yos X que parece vagamente una cara y nos informa que «los se­guidores de Gurdjieff ven la cara de su Maestro» en la corona so­lar. Deduce que innumerables caras en los árboles, montañas y cantos rodados son producto de una antigua sabiduría. Quizá al­gunas lo sean: es una buena broma, además de un símbolo religio­so tentador, apilar piedras de modo que, de lejos, parezcan una cara gigante.

Michell considera que la opinión de que la mayoría de esas formas son naturales en los procesos de formación de rocas y la simetría bilateral de plantas y animales, más un poco de selección natural —todo procesado por el filtro parcial humano de nuestra percepción— es «materialismo» y una «ilusión del siglo xix». «Condicionados por creencias racionalistas, nuestra visión del mundo es más insulsa y limitada de lo que pretendía la naturaleza.» No revela mediante qué procesos ha sondeado las intenciones de la naturaleza.

De las imágenes que presenta, Michell concluye que

su misterio permanece esencialmente inalterado, una fuente constante de maravilla, deleite y especulación. Todo lo que sa­bemos con seguridad es que la naturaleza las creó y al mismo tiempo nos dio el aparato para percibirlas y la mente para apre­ciar su ilimitada fascinación. Para mayor provecho y disfrute, deberían ser contempladas como pretendía la naturaleza, con el

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ojo de la inocencia desprovisto de teorías y preconcepciones, con la visión múltiple que nos es innata, que enriquece y digni­fica la vida humana, y no con la visión única cultivada por los insulsos y obstinados.

 

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Quizá la declaración espuria más famosa de formas porten­tosas sea los canales de Marte. Observados por primera vez en 1877, al parecer fueron confirmados por una sucesión de astróno­mos profesionales que miraban a través de grandes telescopios en todo el mundo. Se decía que existía una red de líneas rectas únicas y dobles que se entrecruzaban en la superficie de Marte con una re­gularidad geométrica tan misteriosa que sólo podía tener un origen inteligente. Se sacaron conclusiones evocadoras sobre un planeta abrasado y moribundo poblado por una civilización técnica antigua y sabia dedicada a la conservación de los recursos de agua. Se plas­maron en mapas y se bautizaron cientos de canales. Pero, extraña­mente, se evitaba mostrarlos en fotografías. Se sugería que mientras el ojo humano podía recordar los breves instantes de transparencia atmosférica perfecta, la placa fotográfica promediaba indiscrimina­damente los pocos momentos claros con los muchos borrosos. Al­gunos astrónomos veían los canales. Otros muchos no. Quizá algu­nos observadores eran más hábiles que otros para verlos. O quizá todo el asunto fuera una suerte de ilusión perceptiva.

En gran parte, la idea de que Marte albergaba vida, así como la prevalencia de los «marcianos» en la ficción popular, deriva de los canales. Yo, por mi parte, me empapé de pequeño de esta litera­tura, y cuando me encontré como experimentador en la misión del Mariner 9 a Marte —la primera nave espacial en órbita alrededor del planeta rojo— estaba muy interesado en ver, naturalmente, cuá­les eran las circunstancias reales. Con el Mariner 9 y el Viking pu­dimos trazar el mapa del planeta de polo a polo, detectando carac­terísticas cientos de veces más pequeñas que las que mejor se podían ver desde la Tierra. No encontré ni rastro, aunque no me sor­prendió, de los canales. Había unas cuantas características más o menos lineales que se habían discernido con el telescopio; por ejemplo, una falla de cinco mil kilómetros de largo que habría sido difícil no ver. Pero los cientos de canales «clásicos» que llevaban agua desde los casquetes polares a través de los desiertos áridos hasta las ciudades ecuatoriales abrasadas simplemente no exis-

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tían. Eran una ilusión, una disfunción de la combinación humana mano-ojo-cerebro en el límite de resolución cuando miramos a tra­vés de una atmósfera inestable y turbulenta.

Toda una sucesión de científicos profesionales —incluyen­do astrónomos famosos que hicieron otros descubrimientos ahora confirmados y celebrados con justicia— pueden cometer errores graves, incluso persistentes, en el reconocimiento de formas. Espe­cialmente cuando las implicaciones de lo que creemos que estamos viendo parecen ser profundas, quizá no ejerzamos una autodiscipli­na y autocrítica adecuadas. El mito de los canales marcianos cons­tituye una importante lección histórica.

En el caso de los canales, las misiones de las naves espacia­les proporcionaron el medio de corregir nuestras malas interpreta­ciones. Pero también es cierto que algunas de las afirmaciones más persistentes de la existencia de formas inesperadas surgen de la ex­ploración de las naves espaciales. A principios de la década de 1960, insistí en que debíamos prestar atención a la posibilidad de en­contrar artefactos de civilizaciones antiguas, tanto procedentes de nuestro mundo como construidos por visitantes de otra parte. No pensaba que eso pudiera ser fácil o probable y, desde luego, no su­gería que, en un tema tan importante, valiera la pena considerar algo que no contara con pruebas rigurosas.

Empezando con el evocador informe de John Glenn sobre las «luciérnagas» alrededor de la cápsula espacial, cada vez que un astronauta decía ver algo que no se entendía inmediatamente, había quien deducía que eran «extraterrestres». Las explicaciones prosai­cas —partículas de pintura de la nave que se soltaban en el entorno del espacio, por ejemplo— se rechazaban despectivamente. El se­ñuelo de lo maravilloso embota nuestras facultades críticas. (Como si un hombre convertido en luna no fuera maravilla suficiente.)

Durante la época de los aterrizajes lunares del Apolo, mu­chos aficionados —propietarios de pequeños telescopios, defenso­res de los platillos volantes, escritores para revistas aeroespacia-les— estudiaron detenidamente las fotografías aportadas en busca de anomalías que hubieran pasado inadvertidas a científicos y as­tronautas de la NASA. Pronto hubo informes de letras latinas gi­gantes y números árabes inscritos sobre la superficie lunar, pirámi­des, caminos, cruces, ovnis resplandecientes. Se hablaba de puentes en la Luna, antenas de radio, huellas de enormes vehículos reptan­tes, y de la devastación provocada por máquinas capaces de partir los cráteres en dos. Cada uno de esos fenómenos, sin embargo, re-

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sulta ser una formación geológica lunar natural mal interpretada por analistas aficionados, reflejos internos en la óptica de las cámaras Hasselblad de los astronautas y cosas así. Algunos entusiastas lo­graron discernir las largas sombras de misiles balísticos... misiles soviéticos, decían en inquieta confidencia, dirigidos hacia Nortea­mérica. Resulta que los cohetes, descritos también como «agujas», son las montañas bajas que proyectan una larga sombra cuando el Sol está cerca del horizonte lunar. Con un poco de trigonometría se disipa el espejismo.

Estas experiencias también proporcionan una buena adver­tencia: en un terreno complejo esculpido por procesos no familia­res, los aficionados (y a veces incluso los profesionales) que exa­minan fotografías, especialmente cerca del límite de resolución, pueden encontrarse con problemas. Sus esperanzas y temores, la emoción de posibles descubrimientos de gran importancia, pueden vencer el enfoque escéptico y precavido propio de la ciencia.

Si examinamos las imágenes disponibles de la superficie de Venus, de vez en cuando aparece a la vista una forma peculiar del paisaje, como por ejemplo un retrato de Stalin descubierto por geó­logos norteamericanos que analizaban las imágenes de radares or­bitales soviéticos. Nadie mantiene, supongo, que unos estalinistas recalcitrantes hubieran manipulado las cintas magnéticas, o que los antiguos soviéticos estuvieran involucrados en actividades de ingeniería a una escala sin precedentes y hasta ahora sin revelar so­bre la superficie de Venus... donde toda nave espacial que ha ate­rrizado ha quedado frita en el plazo de una o dos horas. Todos los indicios señalan que este fenómeno, sea lo que sea, se debe a la geo­logía. Lo mismo ocurre con lo que parece ser un retrato de Bugs Bunny sobre la luna de Urano, Ariel. Una imagen del telescopio espacial Hubble de Titán en el infrarrojo cercano muestra nubes configuradas de modo que parecen una cara sonriente de las di­mensiones del mundo. Cada científico planetario tiene su ejemplo favorito.

La astronomía de la Vía Láctea también está repleta de simi­litudes imaginadas: Cabeza de Caballo, Esquimal, Lechuza, Ho­múnculo, Tarántula y Nebulosa Norteamérica, todas nubes irregu­lares de gas y polvo iluminadas por estrellas brillantes y cada una de ellas a una escala que empequeñece nuestro sistema solar. Cuan­do los astrónomos fijaron en el mapa la distribución de las galaxias hasta unos pocos cientos de millones de años luz, se encontraron perfilando una rudimentaria forma humana que se ha dado en lla-

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mar «el hombre del bastón». La configuración se entiende como algo parecido a enormes burbujas adyacentes de jabón, con las ga­laxias formadas en la superficie de las burbujas y casi ninguna en el interior. Eso hace bastante probable que tracen una forma de sime­tría bilateral parecida al hombre del bastón.

Marte es mucho más clemente que Venus, aunque las sondas de aterrizaje Viking no proporcionaron ninguna prueba convincen­te de vida. Su terreno es extremadamente heterogéneo y variado. Con más de cien mil fotografías disponibles, no es sorprendente que a lo largo de los años se hayan observado fenómenos inusuales en Marte. Por ejemplo, hay una alegre «cara feliz» dentro de un crá­ter de impacto de Marte que tiene ocho kilómetros de lado a lado, con una serie de marcas radiales por fuera que hacen que parezca la representación convencional de un Sol sonriente. Pero nadie afirma que eso haya sido construido por una civilización avanzada (y ex­cesivamente ingeniosa) de Marte, quizá para atraer nuestra aten­ción. Reconocemos que cuando objetos de todos los tamaños caen del cielo, la superficie rebota, se desploma y vuelve a configurarse después de cada impacto, y cuando el agua antigua, los torrentes de barro y la arena moderna transportada por el viento esculpen la su­perficie, deben de generarse una gran variedad de paisajes. Si ana­lizamos cien mil fotografías, no es raro que en ocasiones encontre­mos algo parecido a una cara. Considerando que tenemos el cerebro programado para eso desde la infancia, sería sorprendente que no encontráramos una de vez en cuando.

En Marte hay algunas montañas pequeñas que parecen pirá­mides. En la alta meseta del Elisio hay un grupo de ellas —la más grande mide varios kilómetros en la base—, todas orientadas en la misma dirección. Esas pirámides del desierto tienen algo fantasma­górico y me recuerdan de tal modo la meseta de Gizeh en Egipto que me encantaría examinarlas más de cerca. Sin embargo, ¿es ra­zonable deducir la existencia de faraones marcianos?

En la Tierra también se conocen características similares en miniatura, especialmente en la Antártida. Algunas llegan hasta la rodilla. Si no supiésemos nada más acerca de ellas, ¿sería razonable concluir que han sido fabricadas por egipcios enanos que vivían en las tierras yermas antarticas? (La hipótesis podría adaptarse vaga­mente a las observaciones, pero la mayoría de lo que sabemos sobre el entorno polar y la fisiología de los humanos habla en contra de ello.) En realidad son generadas por erosión del viento: la salpica­dura de partículas finas recogidas por vientos fuertes que soplan

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principalmente en la misma dirección y, a lo largo de los años, es­culpen lo que anteriormente eran montecillos irregulares como pi­rámides perfectamente simétricas. Se llaman dreikanters, una pala­bra alemana que significa tres lados. Es el orden generado a partir del caos por procesos naturales, algo que vemos una y otra vez en todo el universo (en galaxias espirales en rotación, por ejemplo). Cada vez que ocurre sentimos la tentación de deducir la interven­ción directa de un Hacedor.

En Marte hay pruebas de vientos mucho más intensos que los que ha habido nunca en la Tierra, con velocidades que llegan a la mitad de la velocidad del sonido. Son comunes en todo el pla­neta las tormentas de polvo que arrastran finos granos de arena. Un golpeteo constante de partículas que se mueven mucho más de prisa que en los vendavales más feroces de la Tierra, a lo largo de las eras de tiempo geológico, debe de ejercer cambios profundos en las caras de las rocas y formas orográficas. No sería demasiado sorprendente que algunas figuras —incluso las más grandes— hu­bieran sido esculpidas por procesos cólicos en las formas pirami­dales que vemos.

 

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Hay un lugar en Marte llamado Cidonia donde se encuentra una gran cara de piedra de un kilómetro de ancho que mira hacia el cielo sin pestañear. Es una cara poco amistosa, pero parece recono­ciblemente humana. Según algunas descripciones, podría haber sido esculpida por Praxíteles. Yace en un paisaje con muchas coli­nas bajas moldeadas con formas extrañas, quizá por alguna mezcla de antiguos torrentes de barro y la erosión del viento subsiguiente. Por el número de cráteres de impacto, el terreno circundante parece tener al menos una antigüedad de cientos de millones de años.

De manera intermitente, «la Cara» ha atraído la atención tan­to en Estados Unidos como en la antigua Unión Soviética. El titular del Weekiy WorIdNews del 20 de noviembre de 1984, un periódico sensacionalista no conocido precisamente por su integridad, dice:

sorprendente DECLARACIÓN DE CIENTÍFICOS SOVIÉTICOS:

SE ENCUENTRAN TEMPLOS EN RUINAS EN MARTE..

 la SONDA ESPACIAL DESCUBRE RESTOS

DE UNA CIVILIZACIÓN DE 50000 AÑOS DE ANTIGÜEDAD.

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Se atribuyen las revelaciones a una fuente soviética anónima y se describen con estupefacción los descubrimientos realizados por un vehículo espacial soviético inexistente.

Pero la historia de «la Cara» es casi enteramente norteame­ricana. Fue encontrada por una de las sondas orbitales Viking en 1976. La desafortunada declaración de un oficial del proyecto de­sestimando la figura por considerarla un efecto de luces y sombras provocó la acusación posterior de que la NASA estaba encubriendo el descubrimiento del milenio. Unos cuantos ingenieros, especia­listas informáticos y otros —algunos de ellos contratados por la NASA— trabajaron en su tiempo libre para mejorar digitalmente la imagen. Quizá esperaban revelaciones asombrosas. Es algo permi­sible, incluso alentado por la ciencia... siempre que los niveles de prueba sean altos. Algunos de ellos se mostraron bastante precavi­dos y merecen un elogio por haber avanzado en el tema. Otros se sentían menos limitados y no sólo dedujeron que «la Cara» era una escultura genuina monumental de un ser humano, sino que afirma­ron haber encontrado una ciudad cercana con templos y fortifica­ciones.2 A partir de argumentos falsos, un escritor anunció que los monumentos tenían una orientación astronómica particular —aun­que no ahora, sino hace medio millón de años— de la que se deri­vaba que las maravillas de Cidonia fueron erigidas en aquella épo­ca remota. Pero, entonces, ¿cómo podían haber sido humanos los constructores? Hace medio millón de años, nuestros antepasados se afanaban por dominar las herramientas de piedra y el fuego. No te­nían naves espaciales.

«La Cara» de Marte se compara a «caras similares... cons­truidas en civilizaciones de la Tierra. Las caras miran hacia el cielo porque miran a Dios». O se dice que fue construida por los supervi­vientes de una guerra interplanetaria que dejó la superficie de Mar­te (y la Luna) picada de viruelas y asolada. En cualquier caso, ¿qué es lo que causa todos esos cráteres? ¿Es «la Cara» un resto de una civilización humana extinta hace tiempo? ¿Los constructores eran originarios de la Tierra o de Marte? ¿Podía haber sido esculpida «la Cara» por visitantes interestelares que se detuvieron brevemente en

 

2. La idea general es bastante antigua; se podía encontrar hace un siglo en el mito del canal marciano de Percival Loweil. Como uno de muchos ejemplos, P. E. Cleator, en su libro de 1936 Cohetes a través del espacio: el alba del viaje in­terplanetario, especulaba: «Se pueden encontrar en Marte los restos desmorona­dos de antiguas civilizaciones, testigos mudos de la gloria de otras épocas de un mundo moribundo.»      

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Marte? ¿La dejaron para que la descubriéramos nosotros? ¿Podría ser que hubieran venido a la Tierra a iniciar aquí la vida? ¿O al me­nos la vida humana? Fueran quienes fueran, ¿eran dioses? Se pro­ducen discusiones de lo más ferviente.

Más recientemente se ha especulado acerca de la relación en­tre los «monumentos» de Marte y los «círculos en las cosechas» de la Tierra; la existencia de suministros inextinguibles de energía en es­pera de ser extraídos de máquinas marcianas antiguas, y el intento de encubrimiento de la NASA para ocultar la verdad al público ameri­cano. Esos pronunciamientos van mucho más allá de la mera especu­lación imprudente sobre formaciones geológicas enigmáticas.

Cuando, en agosto de 1993, la nave espacial Mars Observer fracasó a poca distancia de Marte, hubo quienes acusaron a la NASA de simular el contratiempo con el fin de poder estudiar «la Cara» en detalle sin tener que publicar las imágenes. (De ser así, el engaño era bastante elaborado: todos los expertos de geomorfología marciana lo desconocen, y algunos hemos trabajado con ahínco para diseñar nuevas misiones a Marte menos vulnerables a la dis­función que destruyó el Mars Observer.) Se montaron incluso pi­quetes a las puertas del Laboratorio de Propulsión a Chorro, alar­mados por este supuesto abuso de poder.

El Weekiy World News del 14 de septiembre de 1993 dedi­có su portada al titular «¡Nueva fotografía de la NASA demuestra que los humanos vivieron en Marte!». Una cara falsa, supuesta­mente tomada por el Mars Observer en órbita cerca de Marte (en realidad parece que la nave espacial fracasó antes de entrar en ór­bita), demuestra, según un «importante científico espacial» ine­xistente, que los marcianos colonizaron la Tierra hace doscientos mil años. La información se oculta, según declara, para impedir el «pánico mundial».

Dejemos de lado la improbabilidad de que esta revelación pueda provocar realmente un «pánico mundial». Cualquiera que haya sido testigo de un descubrimiento científico portentoso en pro­ceso —me viene a la mente el impacto en julio de 1994 del cometa Shoemaker-Levy 9 con Júpiter— verá claro que los científicos tien­den a ser efervescentes e incontenibles. Sienten una compulsión irrefrenable a compartir los descubrimientos. Sólo mediante un acuerdo previo, no ex post facto, acatan los científicos el secreto militar. Rechazo la idea de que la ciencia sea secreta por naturale­za. Su cultura y su carácter distintivo, por muy buenas razones, son colectivos, colaboradores y comunicativos.

 

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Si nos limitamos a lo que se sabe realmente e ignoramos la industria periodística que fabrica de la nada descubrimientos que hacen época, ¿dónde estamos? Cuando sabemos sólo un poco sobre «la Cara», nos provoca carne de gallina. Cuando sabemos un poco más, el misterio pierde profundidad rápidamente.

Marte tiene una superficie de casi 150 millones de kilóme­tros cuadrados, alrededor del área sólida de la Tierra. El área que cubre la «esfinge» marciana es aproximadamente de un kilómetro cuadrado. ¿Es tan asombroso que un pedazo de Marte del tamaño de un sello de correos (comparado con los 150 millones de kilóme­tros de extensión) nos parezca artificial, especialmente dada nues­tra tendencia, desde la infancia, a encontrar caras? Cuando exami­namos el área circundante, un amasijo de altozanos, mesetas y otras superficies complejas, reconocemos que la figura es semejante a muchas que no parecen en absoluto una cara humana. ¿Por qué este parecido? ¿Es posible que los antiguos ingenieros marcianos traba­jaran solamente esta meseta (bueno, quizá algunas más) y dejaran todas las demás sin alterar mediante la escultura monumental? ¿O deberíamos concluir que hay otras mesetas esculpidas con forma de cara, pero de caras más extrañas que no nos son familiares en la Tierra?

Si estudiamos la imagen original con más atención, encon­tramos que un «orificio de la nariz» colocado estratégicamente —que aumenta en gran medida la impresión de una cara— es en rea­lidad un punto negro que corresponde a datos perdidos en la trans­misión de radio de Marte a la Tierra. La mejor fotografía de «la Cara» muestra un lado iluminado por el Sol, el otro en sombras pro­fundas. Utilizando los datos digitales originales, podemos potenciar severamente el contraste en las sombras. Cuando lo hacemos, en­contramos algo bastante impropio de una cara. «La Cara», en el me­jor de los casos, es media cara. A pesar de la falta de aire y de las palpitaciones de nuestro corazón, la esfinge marciana parece natu­ral... no artificial, no una imagen muerta de una cara humana. Pro­bablemente fue esculpida mediante un lento proceso geológico a lo largo de millones de años.

Pero podría estar equivocado. Es difícil estar seguro de un mundo del que hemos visto tan poco en un primerísimo plano. Esas figuras merecen mayor atención con mayor resolución. Segura­mente, unas fotos mucho más detalladas de «la Cara» resolverán dudas acerca de la simetría y ayudarán a esclarecer el debate entre geología y escultura monumental. Los pequeños cráteres de impac-

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to que se encuentran sobre «la Cara» o cerca de ella pueden esta­blecer la cuestión de su edad. En el caso (de lo más improbable des­de mi punto de vista) que las estructuras cercanas hubieran sido realmente en otro tiempo una ciudad, este hecho también sería ob­vio con un examen más atento. ¿Hay calles rotas? ¿Almenas en el «fuerte»? ¿Zigurats, torres, templos con columnas, estatuas monu­mentales, frescos inmensos? ¿O sólo rocas?

Aunque esas afirmaciones fueran extremadamente improba­bles (como yo creo que son), vale la pena examinarlas. A diferencia del fenómeno de los ovnis, aquí tenemos la oportunidad de realizar un experimento definitivo. Este tipo de hipótesis es desmentible, una propiedad que la introduce perfectamente en el campo científi­co. Espero que las próximas misiones americanas y rusas a Marte, especialmente orbitadores con cámaras de televisión de alta resolu­ción, realicen un esfuerzo especial para —entre cientos de otras cuestiones científicas— mirar más de cerca las pirámides y lo que algunas personas llaman «la Cara» y la ciudad.

 

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Aunque quede claro para todo el mundo que esas figuras de Marte son geológicas y no artificiales, me temo que no desaparece­rán las caras monumentales en el espacio (y las maravillas asocia­das). Ya hay periódicos sensacionalistas que informan de caras casi idénticas vistas desde Venus hasta Neptuno (¿flotando en las nu­bes?). Los «descubrimientos» se suelen atribuir a naves espaciales ficticias rusas y a científicos espaciales imaginarios, lo que desde luego dificulta la comprobación de la historia por parte de un escéptico.

Un entusiasta de «la Cara» de Marte anuncia ahora:

 

avance DE LA NOTICIA DEL SIGLO

CENSURADA POR LA NASA

POR TEMOR DE AGITACIÓN RELIGIOSA Y DEPRESIONES.

el DESCUBRIMIENTO DE ANTIGUAS RUINAS

DE EXTRATERRESTRES EN LA luna.

Se «confirma» la existencia —en la bien estudiada Luna— de una «ciudad gigante, de las dimensiones de la cuenca de Los Án­geles, cubierta por una inmensa cúpula de vidrio, abandonada hace millones de años y hecha añicos por meteoros, con una torre gigan-

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te de más de cinco kilómetros de altura y un cubo gigante de más de un kilómetro cuadrado encima». ¿La prueba? Fotografías tomadas por las misiones reboticas de la NASA y el Apolo cuya significa­ción fue ocultada por el gobierno e ignorada por todos los científi­cos lunares de muchos países que no trabajan para el «gobierno».

El Weekly WorId News del 18 de agosto de 1992 informa del descubrimiento por «un satélite secreto de la NASA» de «miles, quizá incluso millones de voces» que emanan del agujero negro del centro de la galaxia M51 y cantan al unísono «Gloria, gloria, gloria al Señor en las alturas» una y otra vez. En inglés. Incluso hay un ar­tículo en un periódico, repleto de ilustraciones, aunque oscuras, de una sonda espacial que fotografió a Dios en las alturas, o al menos sus ojos y el puente de la nariz, en la nebulosa de Orion.

El 20 de julio de 1993, el WWN luce en grandes titulares:

«¡Clinton se reúne con JFK!», junto con una fotografía falsa de John Kennedy, con la edad que tendría si hubiera sobrevivido al atentado, en una silla de ruedas en Camp David. En páginas interiores se nos informa de otro aspecto de posible interés. En «Asteroides del día del juicio final», un documento supuestamente de máximo secreto cita las palabras de supuestos científicos «importantes» sobre un supues­to asteroide («M-167») que supuestamente chocará con la Tierra el 11 de noviembre de 1993, y «podría significar el fin de la vida en la Tierra». Se asegura que el presidente Clinton recibe «información constante de la posición y velocidad del asteroide». Quizá fue uno de los temas que discutió en su reunión con el presidente Kennedy. En cierto modo, el hecho de que la Tierra escapase a esta catástrofe no mereció ni siquiera un párrafo de comentario después de haber pasa­do sin noticias el 11 de noviembre de 1993. Al menos quedó justifi­cado el buen juicio del escritor de titulares de no cargar la primera pá­gina con la noticia del fin del mundo.     

Algunos consideran que todo eso es una especie de diver­sión. Sin embargo vivimos en una época en la que se ha identifica­do una amenaza estadística real a largo plazo del impacto de un as­teroide con la Tierra. (Esta realidad de la ciencia es desde luego la fuente de inspiración, si ésta es la palabra adecuada, de la historia del WWN.) Las agencias gubernamentales están estudiando qué ha­cer al respecto. Bulos como éste tifien el tema de exageración y ex­travagancia apocalíptica, dificultan que el público pueda distinguir entre los peligros reales y la ficción del periódico, y es concebible que obstaculicen nuestra capacidad de tomar medidas de precau­ción para mitigar el peligro.

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A menudo se presentan demandas contra los periódicos sen-sacionalistas —a veces por parte de actores y actrices que niegan ro­tundamente haber realizado actos reprobables— y en ocasiones se barajan grandes sumas de dinero. Esos periódicos deben de conside­rar estas demandas como el precio de su provechoso negocio. En su defensa, suelen decir que están a merced de sus reporteros y que no tienen responsabilidad institucional para comprobar la verdad de lo que publican. Sal Ivone, editor jefe del Weekiy WorIdNews, comen­tando las historias que publica, dice: «No descarto que sean produc­to de imaginaciones activas. Pero, dado el tipo de periódico que hacemos, no tenemos por qué poner en duda una historia.» El escep­ticismo no vende periódicos. Escritores que han desertado de este tipo de periodismo han descrito las sesiones «creativas» en las que escritores y editores se ponen a inventar historias y titulares sacados de la nada, cuanto más escandalosos mejor.

Entre su gran cantidad de lectores, ¿no hay muchos que se lo creen todo a pies juntillas, que creen que «no podrían» editarlas si no fueran verdad? Algunos lectores con los que he hablado insisten en que sólo leen esta clase de periódicos para entretenerse, como si miraran un espectáculo de «lucha libre» en la televisión, que no se creen nada, que, tanto para el editor como para el lector, esos perió­dicos son extravagancias que exploran lo absurdo. Simplemente, existen fuera de cualquier universo atenazado por la norma de las pruebas. Pero mi correspondencia sugiere que un gran número de americanos se los toman francamente en serio.

En la década de los noventa se expande el universo de perió­dicos de este tipo y va engullendo con voracidad a otros medios de comunicación. Los periódicos, revistas o programas de televisión que se atienen meticulosamente a las restricciones de lo que real­mente se conoce pierden clientela en favor de publicaciones con es­tándares menos escrupulosos. Podemos verlo en la nueva genera­ción de conocidos programas sensacionalistas de televisión, y cada vez más en lo que pasa por programas de noticias e información.

Esos reportajes persisten y proliferan porque venden. Y ven­den, creo, porque muchos de nosotros deseamos fervientemente una sacudida que nos saque de la rutina de nuestras vidas, que revi­va aquella sensación de maravilla que recordamos de la infancia y también, en alguna de las historias, que nos permita ser capaces, real y verdaderamente, de creer... en alguien más viejo, más listo y más sabio que nos cuide. Está claro que a mucha gente no le basta la fe. Buscan evidencias, pruebas científicas. Anhelan el sello cien-

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tífico de aprobación, pero son incapaces de soportar los rigurosos estándares de pruebas que imparten credibilidad a ese sello. ¡Qué alivio sería la abolición de la duda por fuentes fidedignas! Así se nos liberaría de la fastidiosa tarea de cuidarnos a nosotros mismos. Nos preocupa —y con razón— lo que significa para el futuro hu­mano que sólo podamos confiar en nosotros mismos.

Esos son los milagros modernos que proclaman con desver­güenza aquellos que los hacen surgir de la nada, eludiendo cual­quier escrutinio formal, y que se pueden comprar a bajo coste en to­dos los supermercados, grandes almacenes y tiendas. Una de las pretensiones de esos periódicos es hacer ciencia, precisamente el instrumento en el que se basa nuestra incredulidad, confirmar nues­tras antiguas fes y establecer una convergencia entre pseudociencia y pseudorreligión.

En general, los científicos abren su mente cuando exploran nuevos mundos. Si supiéramos de antemano lo que íbamos a en­contrar, no tendríamos necesidad de ir. Es posible, quizá hasta pro­bable, que en misiones futuras a Marte o a los otros mundos fasci­nantes de los parajes cósmicos tengamos sorpresas, incluso algunas de proporciones míticas. Pero los humanos tenemos talento para engañarnos a nosotros mismos. El escepticismo debe ser un com­ponente de la caja de herramientas del explorador, en otro caso nos perderemos en el camino. El espacio tiene maravillas suficientes sin tener que inventarlas.

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CAPÍTULO 4

EXTRATERRESTRES

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Sinceramente, lo que me hace pensar que no hay habitantes en esta esfera es que me parece que ningún ser sensato estaría y dispuesto a vivir aquí.

Bueno —dijo Micromegas quizá los seres que la habitan no tienen sentido común.

 

Un extraterrestre a otro,

al acercarse a la Tierra,

en Micromegas: una historia filosófica

(1752), de voltaire


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fuera todavía está oscuro. Estás tendido en la cama, total­mente despierto. Descubres que estás completamente paralizado. Notas que hay alguien en la habitación. Intentas gritar. No puedes. A los pies de la cama hay varios seres grises y pequeños, de apenas un metro de alto. Tienen la cabeza en forma de pera, calva y gran­de para su cuerpo. Tienen unos ojos enormes, las caras inexpresivas e idénticas. Llevan túnicas y botas. Confías en que se trate de un simple sueño. Pero la impresión que tienes es que está ocurriendo realmente. Te levantan y, misteriosamente, ellos y tú atravesáis la pared de tu cuarto. Flotas en el aire. Subes muy alto hacia una nave espacial metálica en forma de platillo. Una vez dentro, te llevan a una sala de revisión médica. Un ser más grande pero similar -—evi­dentemente, una especie de médico— se encarga de ti. Lo que sigue es todavía más aterrador.

Te exploran el cuerpo con instrumentos y máquinas, espe­cialmente las partes sexuales. Si eres un hombre, puede que te sa­quen muestras de esperma; si eres mujer, pueden extraerte óvulos o fetos, o implantarte semen. Te pueden obligar a mantener relacio­nes sexuales. Después te pueden llevar a una habitación diferente donde unos bebés o fetos híbridos, en parte humanos y en parte como esas criaturas, te devuelven la mirada. Puede ser que te amo­nesten por la mala conducta humana, especialmente por la expolia­ción del medio ambiente o por permitir la pandemia del sida; se te ofrecen cuadros de devastación futura. Finalmente, esos emisarios grises y melancólicos te conducen fuera de la nave espacial y atra­viesan la pared para depositarte en tu cama. Cuando recuperas la capacidad de moverte y hablar... ya no están.           

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Puede ser que no recuerdes el incidente de inmediato. Quizá simplemente eches en falta un período de tiempo inexplicablemente perdido y te devanes los sesos pensando en él. Como todo eso pare­ce tan raro, te preocupa un poco tu salud mental. Naturalmente, no sientes ninguna inclinación a hablar de ello. Por otro lado, la expe­riencia es tan perturbadora que es difícil mantenerla callada. Todo sale a la luz cuando oyes relatos similares, o cuando un terapeuta simpático te hipnotiza, o incluso cuando ves una fotografía de un «extraterrestre» en uno de los muchos libros, revistas populares o «documentales especiales» de televisión sobre los ovnis. Hay gente que dice poder recordar experiencias así desde la más tierna infan­cia. Piensan que sus propios hijos están siendo abducidos por extra-terrestres. Ocurre por familias. Es un programa eugenésico, dicen, para mejorar la raza humana. Quizá los extraterrestres han hecho eso siempre. Quizá, dicen algunos, ése es el origen de los humanos.

Según se revela en repetidas encuestas a lo largo de los años, la mayoría de los americanos creen que nos visitan seres extraterres­tres en ovnis. En una encuesta Roper de 1992 —especialmente en­cargada por los que aceptan la historia de la abducción extraterrestre a pies juntillas— el dieciocho por ciento de casi seis mil adultos americanos dijeron que a veces se despertaban paralizados, cons­cientes de la presencia de uno o más seres extraños en su habitación. Un trece por ciento declara extraños episodios de tiempo perdido (detención del tiempo), y el diez por ciento declara haber volado por el aire sin asistencia mecánica. Sólo con esos resultados, los promo­tores de la encuesta concluyen que el dos por ciento de los america­nos han sido abducidos, muchos de ellos repetidas veces, por seres de otros mundos. La cuestión de si los encuestados habían sido se­cuestrados realmente por extraterrestres no se planteó nunca.

Si creyésemos la conclusión alcanzada por los que financia­ron e interpretaron los resultados de esta encuesta, y si los extrate­rrestres no son parciales con los americanos, el número de abduci" dos en todo el planeta sería superior a cien millones de personas. Eso significa una abducción cada pocos segundos durante las últi­mas décadas. Es sorprendente que no lo hayan notado más vecinos.

¿Qué ocurre aquí? Cuando uno habla con los que se auto-describen como abducidos, la mayoría parecen muy sinceros, aun­que sometidos a fuertes emociones. Algunos psiquiatras que los han examinado dicen que no encuentran más pruebas de psicopato-logía en ellos que en el resto de la gente. ¿Por qué una persona de­clararía haber sido abducida por criaturas extraterrestres si no fue

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así? ¿Podrían equivocarse todas estas personas, o mentir, o alucinar la misma historia (o similar)? ¿O es arrogante y despreciable cues­tionar siquiera el sentido común de tantas personas?

Por otro lado, ¿sería posible que hubiera realmente una in­vasión extraterrestre masiva, que se realizaran procedimientos mé­dicos repugnantes sobre millones de hombres, mujeres y niños ino­centes, que se utilizara a los humanos como reproductores durante muchas décadas y que todo eso no fuera conocido en general y co­mentado por medios de comunicación, médicos y científicos res­ponsables y por los gobiernos que han jurado proteger la vida y el bienestar de sus ciudadanos? O, como han sugerido muchos, ¿hay una conspiración del gobierno para mantener a los ciudadanos ale­jados de la verdad?

¿Por qué unos seres tan avanzados en física e ingeniería —que cruzan grandes distancias interestelares y atraviesan paredes como fantasmas— son tan atrasados en lo que respecta a la biología? ¿Por qué, si los extraterrestres intentan llevar sus asuntos en secreto, no eliminan perfectamente todos los recuerdos de las abducciones? ¿Demasiado difícil para ellos? ¿Por qué los instrumentos de examen son macroscópicos y recuerdan tanto lo que podemos encontrar en el ambulatorio del barrio? ¿Por qué tomarse la molestia de repetidos encuentros sexuales entre extraterrestres y humanos? ¿Por qué no robar unos cuantos óvulos y esperma, leer todo el código genético entero y fabricar luego tantas copias como se quiera con las varia­ciones genéticas que se quiera? Hasta nosotros, los humanos, que to­davía no podemos cruzar rápidamente el espacio interestelar ni atra­vesar las paredes, podemos clonar células. ¿Cómo podríamos ser resultado los humanos de un programa de cría extraterrestre cuando compartimos el 99,6 % de genes activos con los chimpancés? Nues­tra relación con los chimpancés es más estrecha que la que hay entre ratas y ratones. La preocupación por la reproducción en estos relatos alza una bandera de advertencia, especialmente teniendo en cuenta el inestable equilibrio entre el impulso sexual y la represión social que ha caracterizado siempre a la condición humana, y el hecho de que vivimos en una época repleta de espantosos relatos, verdaderos y falsos, de abuso sexual de niños.

A diferencia de muchos medios de comunicación,1 los en-

 

1. Por ejemplo, el Publishers Weekiy del 4 de septiembre de 1994: «Se­gún una encuesta Gallup [sic], más de tres millones de americanos creen haber sido abducidos por extraterrestres.»      J'5"s

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cuestadores de Roper y los que escribieron el informe «oficial» no preguntaron nunca a los encuestados si habían sido abducidos por extraterrestres. Lo dedujeron: los que alguna vez se han despertado con presencias extrañas alrededor, que alguna vez inexplicable­mente creían volar por el aire, etc., han sido abducidos. Los en-cuestadores ni siquiera comprobaron si notar presencias, volar, etc., formaba parte de un mismo incidente o de otro distinto. Su conclu­sión —que millones de americanos han sido abducidos— es espu­ria, basada en un planteamiento poco acertado del experimento.

Con todo, al menos cientos de personas, quizá miles, que afirman haber sido abducidas han acudido a terapeutas simpatizan­tes o se han unido a grupos de apoyo de abducidos. Quizá haya otros con problemas similares pero, temerosos del ridículo o del es­tigma de enfermedad mental, se han abstenido de hablar o de pedir ayuda.

Se dice también que algunos abducidos se resisten a hablar por temor a la hostilidad y rechazo de los escépticos de línea dura (aunque muchos aparecen encantados en programas de radio y tele­visión). Se supone que su desconfianza incluye también a las au­diencias que ya creen en abducciones por extraterrestres. Pero qui­zá haya otra razón: ¿podría ser que los propios sujetos no estuvieran seguros —al menos al principio, al menos antes de contar la histo­ria repetidas veces— de si lo que recuerdan es un acontecimiento extemo o un estado mental?

 

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«Una señal inequívoca del amor a la verdad —escribía John Locke en 1690—, es no mantener ninguna proposición con mayor seguridad de la que garantizan las pruebas en las que se basa.» En el tema de los ovnis, ¿cuál es la fuerza de las pruebas?

La expresión «platillo volante» fue acuñada cuando yo em­pezaba el instituto. En los periódicos había cientos de historias de naves de otros mundos en los cielos de la Tierra. A mí me parecía bastante creíble. Había otras muchas estrellas y, al menos algunas de ellas, probablemente tenían sistemas planetarios como el nues­tro. Muchas eran tan antiguas como el Sol o más, por lo que había tiempo suficiente para que hubiera evolucionado la vida inteligen­te. El Laboratorio de Propulsión a Chorro de Caltech acababa de lanzar un cohete de dos cuerpos al espacio. Estábamos claramente camino de la Luna y los planetas. ¿Por qué otros seres más viejos y

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más inteligentes no podían ser capaces de viajar de su estrella a la

nuestra? ¿Por qué no?

Eso ocurría pocos años después del bombardeo de Hiroshi­ma y Nagasaki. Quizá los ocupantes de los ovnis estaban preocupa­dos por nosotros e intentaban ayudarnos. O quizá querían asegurar­se de que nosotros y nuestras armas nucleares no fuéramos a molestarlos. Mucha gente —miembros respetables de la comuni­dad, oficiales de policía, pilotos de líneas aéreas comerciales, per­sonal militar— parecía ver platillos volantes. Y, aparte de algunas vacilaciones y risitas, yo no conseguía encontrar argumentos en contra. ¿Cómo podían equivocarse todos esos testigos? Lo que es más, los «platos» habían sido detectados por radar, y se habían to­mado fotografías de ellos. Salían en los periódicos y revistas ilus­tradas. Incluso se hablaba de accidentes de platillos volantes y de unos cuerpecitos de extraterrestres con dientes perfectos que lan­guidecían en los congeladores de las Fuerzas Aéreas en el suroeste.

El ambiente general fue resumido en la revista Life unos años más tarde con estas palabras: «La ciencia actual no puede ex­plicar esos objetos como fenómenos naturales, sino únicamente como mecanismos artificiales, creados y manejados por una inteli­gencia superior». Nada «conocido o proyectado en la Tierra puede dar razón de la actuación de esos mecanismos».

Y, sin embargo, ni un solo adulto de los que yo conocía sen­tía la menor preocupación por los ovnis. No podía entender por qué. En lugar de eso, se preocupaban por la China comunista, las armas nucleares, el maccarthismo y el alquiler de su vivienda. Yo me pre­guntaba si tenían claras sus prioridades.

En la universidad, a principios de la década de los cincuen­ta, empecé a aprender un poco sobre el funcionamiento de la cien­cia, sobre los secretos de su gran éxito, el rigor que deben tener los estándares de prueba si realmente queremos saber algo seguro, la cantidad de falsos comienzos y finales bruscos que han infestado el pensamiento humano, lo fácil que es colorear la interpretación de la prueba según nuestras inclinaciones y la frecuencia con que los sis­temas de creencia ampliamente aceptados y apoyados por jerar­quías políticas, religiosas y académicas resultan ser no sólo ligera­mente erróneos sino grotescamente equivocados.

Encontré un libro titulado Extraordinary Popular Delusions and the Madness of Crowds [Engaños populares extraordinarios y la locura de la multitud] escrito por Charles Mackay en 1841 y to­davía en venta. En él se podían encontrar las historias de repentina

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prosperidad y posterior quiebra económica de chifladuras como las «burbujas» del Mississippi y el mar del Sur y la extraordinaria de­manda de tulipanes holandeses, patrañas que embaucaron a ricos y titulados de muchas naciones; una legión de alquimistas, incluyen­do la conmovedora historia del señor Kelly y el doctor Dee (y el hijo de ocho años de Dee, Arthur, inducido por su desesperado pa­dre a comunicarse con el mundo de los espíritus observando un cristal); dolorosos relatos de profecías incumplidas, adivinaciones y predicciones de la suerte; persecución de brujas; casas encantadas; la «admiración popular de grandes ladrones» y muchas cosas más. Estaba también el entretenido retrato del conde de St. Germain, que salió a cenar con la alegre pretensión de que había vivido durante siglos, si no era realmente inmortal. (Cuando, durante la cena, al­guien expresó su incredulidad ante el relato de sus conversaciones con Ricardo Corazón de León, se volvió hacia su criado para que lo confirmase. «Olvida, señor —fue la respuesta—, que yo sólo llevo quinientos años a su servicio.» «Ah, es verdad —dijo St. Germain—, esto fue antes de su tiempo.»)

Un llamativo capítulo sobre las Cruzadas empezaba así:

Cada época tiene su locura particular; un plan, proyecto o fanta­sía al que se lanza, espoleada ya sea por amor de la ganancia, ne­cesidad de excitación o mera fuerza de imitación. Si le falta eso, sufre cierta locura, a la que se ve aguijoneada por causas políti­cas o religiosas, o ambas combinadas.

La edición que leí la primera vez iba adornada con una cita del fi­nanciero y consejero de presidentes Bemard M. Baruch, atestiguan­do que la lectura del libro de Mackay le había hecho ahorrar mi­llones.

Hay una larga historia de declaraciones falsas de que el mag­netismo podía curar enfermedades. Paracelso, por ejemplo, usaba un imán para aspirar las enfermedades del cuerpo y enterrarlas den­tro de la Tierra. Pero la figura clave fue Franz Mesmer. Yo había entendido vagamente que la palabra inglesa «mesmerize» quería decir algo parecido a hipnotizar. Pero el primer conocimiento real que tuve de Mesmer vino del libro de Mackay. El médico vienes pensaba que las posiciones de los planetas influían en la salud hu­mana, y quedó seducido por las maravillas de la electricidad y el magnetismo. Atendía a la nobleza francesa en declive en vísperas de la Revolución. Se reunían en una habitación oscura. Mesmer,

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vestido con una túnica dorada de seda floreada y blandiendo una varita mágica, hacía sentar a sus pacientes alrededor de una cuba con una solución de ácido sulfúrico. El magnetizador y sus jóvenes ayudantes varones miraban a los pacientes fijamente a los ojos y les frotaban el cuerpo. Ellos se agarraban a unas barras de hierro que sobresalían de la solución o se daban la mano. En un frenesí conta­gioso, se curaban aristócratas a diestro y siniestro, especialmente mujeres jóvenes.

Mesmer causó sensación. Él lo llamaba «magnetismo ani­mal». Sin embargo, como perjudicaba el negocio de los practican­tes de una medicina más convencional, los médicos franceses pre­sionaron al rey Luis XVI para que tomara enérgicas medidas contra él. Mesmer, decían, era una amenaza para la salud pública. La Aca­demia Francesa de las Ciencias nombró una comisión que incluía al químico pionero Antoine Lavoisier y al diplomático americano y experto en electricidad Benjamín Frankiin. Realizaron el experi­mento de control obvio: cuando los efectos magnetizadores se rea­lizaban sin el conocimiento del paciente, no se producía la cura­ción. La conclusión de la comisión fue que las curaciones, si las había, estaban en la mente del que las esperaba. Mesmer y sus se­guidores no se dejaron desanimar. Uno de ellos preconizaba más tarde la siguiente actitud para obtener los mejores resultados:

Olvida durante un rato todos tus conocimientos de física... Aleja de tu mente cualquier objeción que se te ocurra... No razones du­rante un período de seis semanas... Sé muy crédulo, muy perseve­rante, rechaza toda la experiencia pasada y no escuches a la razón.

Ah, sí, y un consejo final: «Nunca magnetices ante personas pregun­tonas.»

Otra sorpresa fue Caprichos y falacias en nombre de la cien­cia de Martín Gardner. Allí estaba Wilheim Reich revelando la cla­ve de la estructura de las galaxias en la energía de los orgasmos humanos; Andrew Crosse creando insectos microscópicos eléctri­camente con sales; Hans Hórbiger, bajo los auspicios nazis, anun­ciando que la Vía Láctea no estaba hecha de estrellas sino de copos de nieve; Charles Piazzi Smyth descubriendo en las dimensiones de la Gran Pirámide de Gizeh una cronología del mundo desde la crea­ción hasta el segundo advenimiento; L. Ron Hubbard escribiendo un manuscrito capaz de volver locos a sus lectores (¿lo comprobó alguien?, me preguntaba yo); el caso Bridey Murphy, que hizo creer

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a millones que tenían al menos una pmeba seria de reencarnación;

las «demostraciones» de PES (percepción extrasensorial) de Joseph Rhine; la curación de la apendicitis con enemas de agua fría, de en­fermedades bacterianas con cilindros de latón y de la gonorrea con luz verde... y, entre todos esos relatos de autoengaño y charlatane­ría, para mi sorpresa, un capítulo sobre ovnis.

Desde luego, Mackay y Gardner, por el mero hecho de es­cribir libros catalogando las creencias espurias, me parecían un poco displicentes y superiores. ¿No aceptaban nada? A pesar de todo, me sorprendió la cantidad de declaraciones discutidas y de­fendidas con pasión que habían quedado en nada. Lentamente me fui dando cuenta de que, existiendo la falibilidad humana, podría haber otras explicaciones para los platillos volantes.

Me había interesado la posibilidad de vida extraterrestre des­de pequeño, mucho antes de oír hablar de platillos volantes. He se­guido fascinado hasta mucho después de haberse apagado mi entu­siasmo primitivo por los ovnis... al entender mejor a este maestro despiadado llamado método científico: todo depende de la prueba. En una cuestión tan importante, la prueba debe ser irrecusable. Cuanto más deseamos que algo sea verdad, más cuidadosos hemos de ser. No sirve la palabra de ningún testigo. Todo el mundo come­te errores. Todo el mundo hace bromas. Todo el mundo fuerza la verdad para ganar dinero, atención o fama. Todo el mundo entiende mal en ocasiones lo que ve. A veces incluso ven cosas que no están.

Esencialmente, todos los casos de ovnis eran anécdotas, algo que afirmaba alguien. Los describían de varias formas, como de mo­vimiento rápido o suspendidos en el aire; en forma de disco, de ci­garro o de bola; en movimiento silencioso o ruidoso; con un gas de escape llameante o sin gas; acompañado de luces intermitentes o uniformemente relucientes con un matiz plateado, o luminosos. La diversidad de las observaciones indicaba que no tenían un origen común y que el uso de términos como ovnis o «platillos volantes» . sólo servía para confundir el tema al agrupar genéricamente una se­rie de fenómenos no relacionados.

Había algo extraño en la mera invención de la expresión «platillo volante». En el momento de escribir este artículo tengo de­lante una transcripción de una entrevista del 7 de abril de 1950 en­tre Edward R. Murrow, el célebre locutor de la CBS, y Kenneth Ar-nold, un piloto civil que vio algo peculiar cerca de Mount Rainier, en el estado de Washington, el 24 de junio de 1947 y que en cierto modo acuñó la frase. Arnold afirma que los periódicos

 

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no me citaron adecuadamente... Cuando hablé con la prensa no me entendieron bien y, con la excitación general, un periódico y otro lo embrollaron de tal modo que nadie sabía exactamente de qué hablaban... Esos objetos más o menos revoloteaban como si fueran, oh, algo así como barcos en aguas muy movidas... Y cuando describí cómo volaban, dije que era como si uno cogiera un platillo y lo lanzara a través del agua. La mayoría de periódi­cos lo interpretaron mal y también citaron esto incorrectamente. Dijeron que yo había dicho que eran como platillos; yo dije que volaban al estilo de un platillo.

Arnold creía haber visto una sucesión de nueve objetos, uno de los cuales producía un «extraordinario relámpago azul». Llegó a la conclusión de que eran una nueva especie de artefactos alados. Murrow lo resumía: «Fue un error de citación histórico. Mientras la explicación original del señor Arnold se ha olvidado, el térmi­no "platillo volante" se ha convertido en una palabra habitual.» El aspecto y comportamiento de los platillos volantes de Kenneth Arnold era bastante diferente de lo que sólo unos años después se caracterizaría rígidamente en la comprensión pública del térmi­no: algo como unfrisbee muy grande y con gran capacidad de ma­niobra.

 La mayoría de la gente contaba lo que había visto con toda

sinceridad, pero lo que veían eran fenómenos naturales, si bien poco habituales. Algunos avistamientos de ovnis resultaron ser aeronaves poco convencionales, aeronaves convencionales con modelos de iluminación poco usuales, globos de gran altitud, in­sectos luminiscentes, planetas vistos bajo condiciones atmosféri­cas inusuales, espejismos ópticos y nubes lenticulares, rayos en bola, parhelios, meteoros, incluyendo bólidos verdes, y satélites, morros de cohetes y motores de propulsión de cohetes entrando en la atmósfera de modo espectacular.2 Es concebible que algunos pudieran ser pequeños cometas que se disipaban en el aire. Al me­nos, algunos informes de radar se debieron a la «propagación anó­mala»: ondas de radio que viajan por trayectorias curvadas debi­do a inversiones de la temperatura atmosférica. Tradicionalmente,

 

2, Hay tantos satélites artificiales por los cielos que siempre se producen exhibiciones llamativas en alguna parte del mundo. Todos los días se desintegran dos o tres en la atmósfera de la Tierra y a menudo los restos llameantes son visi­bles para el ojo humano. ,

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también se llamaban «ángeles» de radar: algo que parece estar ahí pero no está. Puede haber apariciones visuales y de radar simultá­neas sin que haya nada «allí».

Cuando captamos algo extraño en el cielo, algunos de noso­tros nos emocionamos, perdemos la capacidad de crítica y nos con­vertimos en malos testigos. Existía la sospecha de que aquél era un campo atractivo para picaros y charlatanes. Muchas fotografías de ovnis resultaron ser falsas: pequeños modelos colgados de hilos fi­nos, a menudo fotografiados a doble exposición. Un ovni visto por miles de personas en un partido de fútbol resultó ser una broma de un club de estudiantes universitarios: un trozo de cartón, unas velas y una bolsa de plástico fino, todo bien preparado para hacer un ru­dimentario globo de aire caliente.

El relato original del platillo accidentado (con los pequeños extraterrestres y sus dientes perfectos) resultó ser un puro engaño. Frank Scully, columnista de Varíety, comentó una historia que le había contado un amigo petrolero; fue el espectacular reclamo del exitoso libro de Scully de 1950, Tras los platillos volantes. Se ha­bían encontrado dieciséis extraterrestres de Venus, de un metro de altura cada uno, en uno de los tres platillos accidentados^ Se habían recogido cuadernos con pictogramas extraterrestres. Los militares lo ocultaban. Las implicaciones eran importantes.

Los estafadores eran Silas Newton, que dijo que utilizaba ondas de radio para buscar oro y petróleo, y un misterioso «doctor Gee», que resultó ser un tal señor GeBauer. Newton presentó una pieza de la maquinaria del ovni y tomó fotografías de primer plano del platillo con flash. Pero no permitía una inspección detallada. Cuando un escéptico preparado, haciendo un juego de manos, cam­bió el engranaje y envió el artefacto a analizar, resultó estar hecho de aluminio de batería de cocina.

La patraña del platillo accidentado fue un pequeño interludio en un cuarto de siglo de fraudes de Newton y GeBauer, que vendían principalmente máquinas de prospección y contratos petroleros sin valor. En 1952 fueron arrestados por el FBI y al año siguiente se los acusó de estafa. Sus proezas —de las que Curtís Peebles hizo la cró­nica— deberían haber servido de advertencia a los entusiastas de los ovnis sobre historias de platillos accidentados en el suroeste americano alrededor de 1950. No cayó esa breva.

El 4 de octubre de 1957 se lanzó el Sputnik 1, el primer saté­lite artificial en órbita alrededor de la Tierra. De las mil ciento die­ciocho visiones de ovnis registradas ese año en Estados Unidos, se-

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tecientas una, o sea, el sesenta por ciento —y no el veinticinco por ciento que se podía esperar—, ocurrieron entre octubre y diciem­bre. Es evidente que el Sputnik y la publicidad consiguiente habían generado de algún modo visiones de ovnis. Quizá la gente miraba más el cielo de noche y veía más fenómenos naturales que no en­tendía. ¿O podría ser que miraran más hacia arriba y vieran más las naves espaciales extraterrestres que están ahí constantemente?

La idea de los platillos volantes tenía antecedentes sospe­chosos que se remontaban a una broma consciente titulada ¿Re­cuerdo Lemuria!, escrita por Richard Shaver, y publicada en el nú­mero de marzo de 1945 de la revista de ciencia ficción Amazing Stories. Era exactamente el tipo de lecturas que yo devoraba de pe­queño. Se me informaba que hacía ciento cincuenta mil años los ex­traterrestres espaciales se habían establecido en continentes perdi­dos, lo que llevó a la creación de una raza de seres demoníacos bajo tierra que eran responsables de las tribulaciones humanas y de la existencia del mal. El editor de la revista, Ray Palmer —que, como los seres subterráneos sobre los que advertía, medía poco más de un metro—, promovió la idea, mucho antes de la visión de Arnold, de que la Tierra era visitada por naves espaciales extraterrestres en for­ma de disco y que el gobierno ocultaba su conocimiento y compli­cidad. Con las portadas de esas revistas en los quioscos, millones de americanos estuvieron expuestos a la idea de los platillos volantes bastante antes de que fuera acuñado el término.

Con todo, las pruebas alegadas parecían pocas, y a menudo caían en la credulidad, la broma, la alucinación, la incomprensión del mundo natural, el disfraz de esperanzas y temores como prue»-bas, y un anhelo de atención, fama y fortuna. Qué lastima, recuerdo

haber pensado.

Desde entonces he tenido la suerte de estar involucrado en el lanzamiento de naves espaciales a otros planetas en busca de vida y en la escucha de posibles señales de radio de civilizaciones extrate­rrestres, si las hubiere, en planetas de estrellas distantes. Hemos te­nido algunos momentos seductores. Pero si la señal deseada no llega a cada uno de los escépticos gruñones, no podemos llamarlo prue­ba de vida extraterrestre, por muy atractiva que encontremos la idea. Simplemente, tendremos que esperar a disponer de mejores datos, si es que algún día llegamos a tenerlos. No hemos encontra­do pruebas irrefutables de vida más allá de la Tierra. Pero sólo es­tamos al principio de la búsqueda. Quizá mañana pueda surgir in­formación nueva y mejor, yp,

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No creo que nadie esté más interesado que yo en saber si nos vi­sitan o no. Me ahorraría mucho tiempo y esfuerzo poder estudiar di­rectamente y de cerca la vida extraterrestre en lugar de hacerlo indirec­tamente y a gran distancia. Aun en el caso que los extraterrestres sean bajos, tercos y obsesos sexuales... si están aquí, quiero conocerlos.

 

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Una prueba de lo modestas que son nuestras expectativas de los «extraterrestres» y de lo zafio de los estándares de prueba que muchos de nosotros estamos dispuestos a aceptar puede encontrar­se en la historia de los círculos en los cultivos. Originados en Gran Bretaña y extendidos por todo el mundo, era algo que superaba lo extraño.

Los granjeros o transeúntes descubrían círculos (y, en años posteriores, pictogramas mucho más complejos) impresos sobre los campos de trigo, avena, cebada y colza. Empezando con círculos simples a mediados de la década de los setenta, el fenómeno fue progresando año tras año hasta que, a finales de la década de los ochenta y principios de los noventa, el campo, especialmente en el sur de Inglaterra, se vio embellecido por inmensas figuras geomé­tricas, algunas de las dimensiones de un campo de fútbol, estampa­das sobre el grano de cereal antes de la cosecha: círculos tangentes a círculos, o conectados por ejes, líneas paralelas inclinadas, «in-sectoides». Algunas de las formas mostraban un círculo central ro­deado por cuatro círculos más pequeños colocados simétricamen­te... claramente causados, se concluyó, por un platillo volante y sus cuatro trenes de aterrizaje.

¿Una broma? Imposible, decía casi todo el mundo. Había cientos de casos. A veces los hacían en sólo una o dos horas en ple­na noche, y a gran escala. No se pudieron encontrar huellas de bro-mistas que se acercaran a los pictogramas. Y además, ¿qué motivo verosímil podía haber para una broma así?

Se ofrecieron muchas conjeturas menos convencionales. Personas con cierta preparación científica inspeccionaron los luga­res, hilaron argumentos, fundaron revistas dedicadas en su totalidad al tema. ¿Eran causadas las figuras por extraños remolinos llama­dos «vórtices columnares», o unos aún más raros llamados «vórti­ces de anillo»? ¿Y por rayos en bola? Los investigadores japoneses intentaron simular, en el laboratorio y a muy pequeña escala, la fí­sica de plasma que creían se abría camino en el lejano Wiltshire.

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Pero a medida que las figuras en los cultivos se hacían más complejas, las explicaciones meteorológicas o eléctricas se volvían más forzadas. Sencillamente, los causantes eran los ovnis, extrate­rrestres que se comunicaban con nosotros en un lenguaje geométri­co. O quizá era el diablo, o la Tierra sufriente que se quejaba de las depredaciones infligidas por la mano del hombre. Llegaron mana­das de turistas de la «Nueva Era». Todas las noches los entusiastas montaban vigilancia equipados con grabadoras y sistemas de visión de infrarrojos. Los medios de comunicación impresos y electróni­cos de todo el mundo seguían las huellas de los intrépidos cerealo-gistas. Un público admirado y estupefacto compraba libros de gran éxito sobre los extraterrestres deformadores de cosechas. Es cierto que no se llegó a ver ningún platillo colocándose sobre el trigo ni se filmó ninguna figura geométrica en el curso de ser generada. Pero los zahoríes autentificaron su carácter extraterrestre y los canaliza" dores establecieron contacto con las entidades responsables. Dentro de los círculos se detectó «energía orgónica».

Se formularon preguntas en el Parlamento. La familia real llamó a consulta especial a lord Solly Zuckerman, antiguo conseje­ro científico del Ministerio de Defensa. Se dijo que había fantasmas implicados; también los caballeros templarios de Malta y otras so­ciedades secretas. Los satanistas estaban involucrados. El Ministe­rio de Defensa ocultaba todo el asunto. Se consideró en algunos círculos ineptos y poco elegantes que eran intentos de los militares de quitarse a la gente de encima. La prensa sensacionalista salió a escena. El Daily Mirror contrató a un granjero y su hijo para que hi­cieran cinco círculos con la esperanza de tentar al periódico rival, el Daily Express, a informar de la historia. El Express, al menos en este caso, no cayó en la trampa.

Las organizaciones «cerealógicas» crecieron y se dividie­ron. Los grupos en competencia se mandaban comunicaciones in-timidatorias. Se acusaban de incompetencia o algo peor. El núme­ro de «círculos» creció por millares. El fenómeno se extendió hasta Estados Unidos, Canadá, Bulgaria, Hungría, Japón, los Países Ba­jos. Los pictogramas —especialmente los más completos— empe­zaron a citarse cada vez más como argumentos a favor de la visita de extraterrestres. Se trazaron forzadas relaciones con «la Cara» de Marte. Un científico al que conozco me escribió que en estas figu­ras se ocultaban unas matemáticas extremadamente sofisticadas;

sólo podían ser el resultado de una inteligencia superior. En reali­dad, un aspecto en el que coincidían casi todos los cerealogistas

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contendientes es que las últimas figuras en las cosechas eran de­masiado complejas y elegantes para haber sido causadas por la in­tervención humana, menos todavía por algunos bromistas hara­pientos e irresponsables. La inteligencia extraterrestre era evidente a simple vista...

En 1991, Doug Bower y Dave Chorley, dos amigos de Sout-hampton, anunciaron que llevaban quince años haciendo figuras en las cosechas. Se les ocurrió un día mientras tomaban una cerveza en su pub habitual: el Percy Hobbes. Habían encontrado muy gracio­sos los informes de ovnis y pensaron que podría ser divertido enga­ñar a los crédulos. Al principio aplanaron el trigo con la pesada ba­rra de acero que Bower utilizaba como mecanismo de seguridad en la puerta trasera de su tienda de marcos de cuadros. Más adelante utilizaron placas y cuerdas. Los primeros dibujos sólo les costaron unos minutos. Pero, como además de bromistas inveterados eran ar­tistas de verdad, la dimensión del desafío empezó a aumentar. Gra­dualmente fueron diseñando y ejecutando figuras cada vez más ela­boradas.

Al principio nadie pareció darse cuenta. No salía ninguna noticia en los medios de comunicación. La tribu de ufologistas no tenía en cuenta sus formas artísticas. Estuvieron a punto de abando­nar los círculos en los cultivos para pasar a otra broma más satis­factoria emocionalmente.

De pronto, los círculos en los cultivos se hicieron muy popu­lares. Los ufologistas se tragaron anzuelo, hilo y plomada. Bower y Chorley estaban encantados, especialmente cuando los científicos empezaron a propagar su considerada opinión de que no podía ser responsable de ellos una inteligencia meramente humana.

Planeaban cuidadosamente todas las salidas nocturnas, a ve­ces siguiendo meticulosos diagramas que habían preparado con acuarelas. Seguían de cerca los pasos de sus intérpretes. Cuando un meteorólogo local dedujo que era una especie de remolino porque todas las cosechas estaban desviadas hacia abajo en un círculo en el sentido de las agujas del reloj, le confundieron haciendo una nueva figura con un anillo exterior aplanado en el sentido contrario.

Pronto aparecieron otras figuras en el sur de Inglaterra y en todas partes. Habían aparecido los bromistas imitadores. Bo­wer y Chorley grabaron un mensaje en el trigo como respuesta: «wearenotalone» [No estamos solos]. Algunos llegaron a considerar que era un mensaje extraterrestre genuino (aunque hu­biera sido mejor si hubieran puesto «youarenotalone» [No es-

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tais solos]). Doug y Dave empezaron a firmar sus obras de arte con dos D; incluso eso se atribuyó a un misterioso propósito ex­traterrestre. Las desapariciones nocturnas de Bower levantaron las sospechas de su esposa llene. Sólo con grandes dificultades _acompañando a Dave y Doug una noche, y uniéndose luego a los crédulos para admirar su trabajo al día siguiente— pudo con­vencerse de que las ausencias del marido, en este sentido, eran

inocentes.

A la larga, Bower y Chorley se cansaron de aquella broma cada vez más elaborada. Aunque estaban en condiciones físicas ex­celentes, los dos tenían ya sesenta años y estaban un poco viejos para operaciones de comando nocturno en campos de granjeros desconocidos y a menudo poco comprensivos. A lo mejor los mo­lestaba la fama y fortuna que acumulaban los que se limitaban a fo­tografiar su arte y anunciar que los artistas eran extraterrestres. Y los empezó a preocupar que, si esperaban mucho, nadie creería ningu­na declaración que hicieran.

Así pues, confesaron. Hicieron una demostración ante los informadores de cómo hacían las formas insectoides más elabora­das. Se podría pensar que ya nunca más se volvería a argüir que es imposible mantener una broma durante muchos años, y que rao volveríamos a oír que es imposible que alguien tenga motivos para engañar a los crédulos y hacerles creer que los extraterrestres existen. Pero los medios de comunicación prestaron poca aten­ción. Los cerealogistas los conminaron a callar; al fin y al cabo, estaban privando a muchos del placer de imaginar acontecimien­tos maravillosos.

Desde entonces, ha habido otros bromistas de círculos en los cultivos, pero la mayoría de un modo más inconexo y menos ins­pirado. Como siempre, la confesión de la broma se ve muy eclipsa­da por la excitación inicial. Muchos habían oído hablar de los pic-togramas en campos de cereales y su supuesta relación con los ovnis, pero corrieron un tupido velo cuando surgieron los nombres de Bower y Chorley o la simple idea de que todo el asunto podía ser un broma. Se puede encontrar un exposé informativo del periodista Jim Schnabel (Round in Gíreles, Penguin Books, 1994), del que he sacado la mayor parte de mi relato. Schnabel se unió pronto a los cerealogistas y al final hizo él mismo unos cuantos pictogramas con éxito. (Él prefiere un rodillo de jardín a una placa de madera, y en-| contró que simplemente pisando los tallos con los pies se consigue un trabajo aceptable.) Pero la obra de Schnabel, que un crítico cali-

 

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ficó de «el libro más divertido que he leído desde hace años», tuvo sólo un éxito modesto. Los demomos venden; los bromistas son aburridos y de mal gusto.

 

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No se necesita un nivel muy avanzado para dominar los prin­cipios del escepticismo, como demuestran la mayoría de los usua­rios de coches de segunda mano. La idea general de una aplicación democrática del escepticismo es que todo el mundo debería tener las herramientas esenciales para valorar eficaz y constructivamen­te las afirmaciones de conocimiento. Lo único que pide la ciencia es que se apliquen los mismos niveles de escepticismo que al comprar un coche usado o al juzgar la calidad de un analgésico o una cerve­za a través de los anuncios de la televisión.

Pero las herramientas del escepticismo no suelen estar al al­cance de los ciudadanos de nuestra sociedad. Casi nunca se men­ciona en las escuelas, ni siquiera en la presentación de la ciencia, su más ferviente practicante, aunque el escepticismo también surge es­pontáneamente de las decepciones de la vida cotidiana. Nuestra po­lítica, economía, publicidad y religiones (nuevas y viejas) están inundadas de credulidad. Los que tienen algo que vender, los que desean influir en la opinión pública, los que mandan, podría sugerir un escéptico, tienen un interés personal en no fomentar el escepti­cismo.

 


 

 

 

 

CAPÍTULO 5

 

 

ARGUCIAS

Y

SECRETOS

_____

 


 

 

 

Confíe en un testigo en todo aquello en lo que no esté fuertemente involucrado ni su propio interés, ni sus pasiones, ni sus prejuicios, ni su amor por lo maravilloso. Si lo están, exija una prueba que lo corrobore en proporción exacta a la contravención de la probabilidad por la cosa atestiguada.

thomas henry huxley

(1825-1895)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cuando se informó a la madre del célebre abducido Travis Walton de que un ovni había fulminado a su hijo con un rayo y lue­go se lo había llevado al espacio, contestó con poca curiosidad: «Bueno, así es como ocurren las cosas.» ¿Es así?

Aceptar que en nuestros cielos hay ovnis no es comprome­terse a mucho: la palabra «ovni» son las siglas de «objeto volador no identificado». Es un término que incluye algo más que «platillo vo­lante». Que haya cosas que el observador ordinario, o incluso el ex­perto, no entiende, es inevitable. Pero ¿por qué, si vemos algo que no reconocemos, llegamos a la conclusión de que es una nave de las estrellas? Se nos presenta una gran variedad de posibilidades más prosaicas.

Una vez eliminados de la serie de datos los fenómenos natu­rales, los engaños y las aberraciones psicológicas, ¿queda algún re­siduo de casos muy creíbles pero extremadamente raros, sobre todo casos sustentados por pruebas físicas? ¿Hay una «señal» oculta en todo este alboroto? Desde mi punto de vista, no se ha detectado nin­guna. Hay casos de los que se informa con fiabilidad que no son ra­ros, y casos raros que no son fiables. No hay ningún caso —a pesar de más de un millón de denuncias de ovnis desde 1947— en que la declaración de algo extraño que sólo puede ser una aeronave espa­cial sea tan fidedigna que permita excluir con seguridad una mala interpretación, tergiversación o alucinación. Todavía hay una parte de mí que dice: «Qué lástima.»

Se nos bombardea regularmente con extravagantes declara­ciones sobre ovnis que nos venden en porciones digeribles, pero muy rara vez llegamos a oír algo de su resultado. No es difícil de

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entender: ¿qué vende más periódicos y libros, qué alcanza una ma­yor valoración, qué es más divertido de creer, qué es más acorde con los tormentos de nuestra época: un accidente de naves extrate-rrestres, estafadores experimentados que se aprovechan de los cré­dulos, extraterrestres de poderes inmensos que juegan con la espe­cie humana o las declaraciones que derivan de la debilidad y la imperfección humana?

A lo largo de los años he dedicado mucho tiempo al proble­ma de los ovnis. Recibo muchas cartas al respecto, a menudo con relatos detallados de primera mano. A veces, el escritor de la carta me promete revelaciones trascendentales si le llamo. Después de dar una conferencia —casi sobre cualquier tema— se me pregunta a menudo: «¿Cree en los ovnis?» Siempre me sorprende la manera de plantear la pregunta, la sugerencia de que se trata de un asunto de fe y no de pruebas. Casi nunca me preguntan: «¿Hasta qué punto son fiables las pruebas de que los ovnis son naves espaciales extra-terrestres?»

Por lo que he visto, la manera de proceder de mucha gente está altamente predeterminada. Algunos están convencidos de que el testimonio de un testigo ocular es fiable, que la gente no inventa cosas, que las alucinaciones o tergiversaciones a esta escala son imposibles, y que debe de haber una vieja conspiración guberna­mental de alto nivel para ocultamos la verdad a los demás. La cre­dibilidad en el tema de los ovnis prospera cuando aumenta la des­confianza en el gobierno, que se produce de forma natural en todas aquellas circunstancias en que —en la tensión entre bienestar pú­blico y «seguridad nacional»— el gobierno miente. Como se han revelado engaños y conspiraciones de silencio del gobierno en tan­tos otros asuntos, es difícil argumentar que sería imposible encubrir un tema tan extraño, que el gobierno nunca ocultaría información importante a sus ciudadanos. Una explicación común de la razón de tal encubrimiento es evitar el pánico a nivel mundial o la erosión de la confianza en el gobierno.

Yo fui miembro del comité del Consejo Asesor Científico de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos que investigó el estudio de los ovnis llamado «Proyecto Libro Azul», aunque antes, significativa­mente, se había llamado «Proyecto Grudge [Fastidio]». Nos encon­tramos con que el esfuerzo que se estaba realizando era desganado y desechable. A mediados de la década de los sesenta, el cuartel ge­neral del «Proyecto Libro Azul» se encontraba en la base de las Fuerzas Aéreas Wright-Patterson de Ohio, donde también estaba la

 

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base de la «Inteligencia Técnica Extranjera» (dedicada principal­mente a averiguar qué armas nuevas tenían los soviéticos). Conta­ban con una sofisticada tecnología para la consulta de expedientes. Uno preguntaba por un incidente de ovnis determinado y, como si se tratara de jerseys y trajes de la lavandería, le iban pasando resmas de expedientes por delante hasta que la máquina se paraba al llegar ante el demandante el expediente solicitado.

Pero lo que había en esos expedientes no tenía gran valor. Por ejemplo, ciudadanos respetables declaraban haber visto flotar lu­ces sobre una pequeña ciudad de New Hampshire durante más de una hora, y la explicación del caso era que había una escuadrilla de bom­barderos estratégicos de una base cercana de las Fuerzas Aéreas en ejercicios de instrucción. ¿Podían tardar una hora en atravesar la ciudad los bombarderos? No. ¿Sobrevolaban los bombarderos la ciu­dad en el momento en que se decía que habían aparecido los ovnis? No. ¿Nos puede explicar, coronel, cómo puede ser que se describa que los bombarderos estratégicos «flotaban»? No. Las negligentes investigaciones del Libro Azul tenían un papel poco científico, pero servían para el importante propósito burocrático de convencer a gran parte del público de que las Fuerzas Aéreas se aplicaban a la tarea y que quizá no había nada tras las denuncias de ovnis.

Desde luego, eso no excluye la posibilidad de que en alguna otra parte se desarrollara otro estudio de los ovnis más serio, más científico (dirigido, por ejemplo, por un general de brigada en lugar de un teniente coronel). Creo que incluso es probable que fuera así, no porque crea que nos visitan extraterrestres sino porque, ocultos en el fenómeno de los ovnis, debe de haber datos considerados en otros tiempos de importante interés militar. Desde luego, si los ovnis son como se dice —aparatos muy rápidos y maniobrables—, los mi­litares tienen la obligación de descubrir cómo funcionan. Si los ovnis eran construidos por la Unión Soviética, las Fuerzas Aéreas tenían la responsabilidad de protegernos. Teniendo en cuenta las notables características de actuación que se les adjudicaba, las implicaciones estratégicas de que hubiera ovnis soviéticos sobrevolando impune­mente las instalaciones militares y nucleares norteamericanas eran preocupantes. Si, por otro lado, los ovnis eran construidos por ex­traterrestres, podríamos copiar la tecnología (si pudiéramos apode­rarnos de un solo platillo) y conseguir una clara ventaja en la gue­rra fría. Y, aunque los militares no creyeran que los ovnis fueran fabricados por soviéticos ni extraterrestres, tenían una buena razón para seguir los informes de cerca.

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En la década de los cincuenta, las Fuerzas Aéreas utilizaban ampliamente los globos-sonda, no sólo como plataformas de obser­vación meteorológica, como se anunciaba de manera destacada, y como reflectores de radar, algo que se reconocía, sino también, se­cretamente, como aparatos de espionaje robótico, con cámaras de alta resolución e intercepción de señales. Mientras los globos en sí no eran muy secretos, sí lo eran la serie de reconocimientos que ha­cían. La forma de los globos de gran altitud puede parecerse a la de un platillo cuando se ve desde el suelo. Si no se calcula bien la dis­tancia en la que se encuentran, es fácil imaginar que llevan una ve­locidad absurdamente grande. En ocasiones, propulsados por una ráfaga de viento, hacen un cambio de dirección abrupto, poco ca­racterístico de un avión y en aparente desafío de la ley de la iner­cia... si uno no atina a ver que son huecos y no pesan casi nada.

El sistema de globos militares más famoso, que fue probado ampliamente en todo Estados Unidos a principios de los cincuenta, se llamaba «Skyhook». Otros sistemas y proyectos de globos se de­nominaron «Mogul», «Moby Dick», «Grandson» y «Genetrix». Urner Lidell, que tenía cierta responsabilidad sobre esas misiones en el Laboratorio de Investigación Naval, y que posteriormente fue funcionario de la NASA, me dijo una vez que creía que todos los ovnis denunciados eran globos militares. Aunque decir «todos» es ir demasiado lejos, creo que no se ha apreciado suficientemente su papel. Que yo sepa, no ha habido ningún experimento de control sistemático y deliberado en el que se lanzaran secretamente globos de gran altitud, se hiciera un seguimiento y se anotaran las visiones de ovnis por parte de observadores visuales y por radar.

En 1956, globos de reconocimiento estadounidenses empe­zaron a sobrevolar la Unión Soviética. En su momento culminante, había docenas de lanzamientos de globos al día. A continuación, los globos fueron sustituidos por aeronaves de gran altitud, como las U-2, que a su vez fueron reemplazadas en gran parte por satélites de reconocimiento. Es evidente que muchos ovnis que datan de este período eran globos científicos, como lo son algunas veces desde entonces. Todavía se lanzan globos de gran altitud, incluyendo pla­taformas que llevan sensores de rayos cósmicos, telescopios ópti­cos e infrarrojos, receptores de radio que sondean la radiación cós­mica de fondo y otros instrumentos por encima de la mayor parte de la atmósfera de la Tierra.

En 1947 se armó un gran revuelo con uno o más platillos vo­lantes supuestamente accidentados cerca de Roswell, Nuevo Méxi-

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co. Hay algunos informes iniciales y fotografías de periódicos del incidente que son totalmente coherentes con la idea de que eran los restos de un globo de gran altitud accidentado. Pero algunos resi­dentes de la región —especialmente décadas después— recuerdan materiales más extraños, jeroglíficos enigmáticos, amenazas del personal militar a los testigos si no callaban lo que sabían y la his­toria canónica de que se metió en un avión la maquinaria extraterrestre y partes del cuerpo y se envió al Comando de Material Aéreo de la base de las Fuerzas Aéreas de Wright-Patterson. Algunas de las historias del cuerpo extraterrestre recuperado, aunque no todas, están asociadas con este incidente.

Philip Klass, un escéptico que se ha dedicado a los ovnis desde hace mucho tiempo, ha revelado una carta posteriormente desclasificada de fecha de 27 de julio de 1948, un año después del «incidente» Roswell, del general de división C. B. Cabell, entonces director de Inteligencia de las Fuerzas Aéreas (y posteriormente, como oficial de la CÍA, una figura central en la fracasada invasión de Cuba en bahía de los Cochinos). Cabell preguntaba a los que le habían informado qué podían ser los ovnis. Él no tenía ni idea. En una respuesta resumida de 11 de octubre de 1948, que incluía in­formación explícita en posesión del Comando de Material Aéreo, vemos que se dice al director de Inteligencia que tampoco nadie de las Fuerzas Aéreas tiene ninguna pista. Eso hace improbable que el año anterior hubieran llegado fragmentos de ovnis y sus ocupantes a Wright-Patterson.

La principal preocupación de las Fuerzas Aéreas era que los ovnis pudieran ser rusos. Ante el enigma de por qué los rusos pro­baban los platillos volantes sobre Estados Unidos, se propusieron cuatro respuestas: «I) Socavar la confianza de Estados Unidos en la bomba atómica como el arma más avanzada y decisiva en la guerra. 2) Realizar misiones de reconocimiento fotográfico. 3) Comprobar las defensas aéreas de Estados Unidos. 4) Realizar vuelos de familiarización [para bombarderos estratégicos] sobre el territorio de Estados Unidos.» Ahora sabemos que los ovnis no eran ni son rusos y, por mucho interés que tuvieran los soviéticos por los objetivos 1 a 4, no los perseguían con platillos volantes.

Gran parte de las pruebas relativas al «incidente» Roswell parecen apuntar al lanzamiento de un grupo de globos de gran alti­tud, quizá desde el campo aéreo de la Armada de Alamogordo o del campo de pruebas de White Sands, que se estrellaron cerca de Roswell; el personal militar recogió apresuradamente los restos

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dé instrumentos secretos, y en seguida aparecieron artículos en la prensa anunciando que era una nave espacial de otro planeta («La RAAF captura platillo volante en un rancho de la región de Roswell») y una serie de recuerdos que van fermentando a lo largo de los años y se avivan ante la oportunidad de un poco de fama y for­tuna. (En Roswell hay dos museos que son puntos importantes de la ruta turística.)

Un informe encargado en 1994 por el secretario de las Fuer­zas Aéreas y el Departamento de Defensa en respuesta a la insis­tencia de un congresista de Nuevo México identifica los residuos de Roswell como restos de un sistema de detección acústica de baja frecuencia que llevaban los globos, de largo alcance y altamente se­creto, llamado «Proyecto Mogul»: un intento de captar explosiones de armas nucleares soviéticas a altitudes de la tropopausa. Los in­vestigadores de las Fuerzas Aéreas, tras registrar meticulosamente los archivos secretos de 1947, no encontraron pruebas de un au­mento de tráfico de mensajes:

No constaban indicaciones ni avisos, observación de alertas, ni un mayor ritmo de actividad operativa que lógicamente se gene­raría si un aparato extraterrestre, con intenciones desconocidas, entrara en territorio de Estados Unidos... Los registros indican que no ocurrió nada de eso (o, si ocurrió, fue controlado por un sistema de seguridad tan eficiente y estricto que nadie, de Esta­dos Unidos ni de ninguna otra parte, ha podido repetir desde en­tonces. Si en aquella época hubiera habido un sistema así, también se habría usado para proteger nuestros secretos atómicos de los soviéticos, pero la historia ha demostrado claramente que no fue ése el caso).

Los objetivos de radar que llevaban los globos fueron fabricados en parte por compañías de juguetes de Nueva York, cuyo inventario de motivos decorativos parece propiciar que muchos años después se recuerden como jeroglíficos extraterrestres.

El apogeo de los ovnis corresponde a la época en que co­menzaba a cambiarse el principal vehículo de lanzamiento de armas nucleares de los aviones a los misiles. Un problema técnico impor­tante era la entrada en la atmósfera: hacer volver un morro (de co­hete) a través de la atmósfera de la Tierra sin que se queme en el proceso (como se destruyen los pequeños asteroides y cometas al pasar a través de las capas superiores de aire). Algunos materiales,

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geometrías de morro y ángulos de entrada son mejores que otros. La observación de las entradas (o los lanzamientos más espectacu­lares) podían revelar muy bien el progreso de Estados Unidos en esta tecnología estratégica vital o, peor, sus defectos de diseño; todo eso podría sugerir a un adversario qué medidas defensivas de­bía tomar. Como es comprensible, el tema se consideraba altamen­te delicado.

Es inevitable que hubiera casos en que se ordenara al perso­nal militar no hablar de lo que había visto, o que observaciones apa­rentemente inocuas fueran clasificadas repentinamente de máximo secreto con criterios limitados a la necesidad de conocimiento. Los oficiales de las Fuerzas Aéreas y los científicos civiles, al pensar en ello años después, podían concluir perfectamente que el gobierno había decidido encubrir los ovnis. Si se considera ovnis a los mo­rros de cohete, la acusación es justa.

Analicemos la argucia. En la confrontación estratégica entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la adecuación de las defensas aéreas era un tema vital. Era el punto 3 de la lista del general Cabell. Si se podía encontrar una debilidad, podría ser la clave de la «vic­toria» en una guerra nuclear incondicional. La única manera segura de probar las defensas de un adversario es hacer volar un avión por encima de sus fronteras y ver cuánto tiempo tarda en constatarlo. Estados Unidos lo hacía de manera rutinaria para probar las defen­sas aéreas soviéticas.

En la década de los años cincuenta y sesenta. Estados Unidos tenía sofisticados sistemas de defensa de radar que cubrían las cos­tas del este y del oeste, y especialmente sus accesos del norte (por los que seguramente llegaría un ataque de bombarderos o misiles soviéticos). Pero había una parte más vulnerable: no había ningún sistema de aviso eficaz para detectar el acceso desde el sur, mucho más complicado geográficamente. Esta información, desde luego, es vital para un adversario potencial. Sugiere inmediatamente una argucia: digamos que uno o más de los aviones de alto rendimiento del adversario salen del Caribe, por ejemplo, hacia el espacio aéreo de Estados Unidos y penetran por el río Mississippi unos cientos de kilómetros hasta que los capta un radar de la defensa aérea. Enton­ces, los intrusos salen inmediatamente de allí. (O, como experi­mento de control, se comisiona una unidad de aviones de alto ren­dimiento y se envía en salidas no anunciadas para determinar la porosidad de las defensas aéreas americanas.) En este caso, puede haber avistamientos de observadores militares y civiles y gran nú-

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mero de testimonios independientes. Lo que se relata no correspon­de a ninguna aeronave conocida. Las autoridades de las Fuerzas Aéreas y de aviación civil declaran sinceramente que ninguno de sus aviones era responsable. Aunque hayan estado pidiendo al Con­greso que financiara un sistema de alarma eficaz en el sur, es im­probable que las Fuerzas Aéreas admitan que no han captado la lle­gada de aviones soviéticos o cubanos hasta que estaban en Nueva Orleans, menos todavía en Memphis.

También aquí tenemos todas las razones para creer que se debió de ordenar a un equipo investigador técnico de alto nivel, a los observadores de las Fuerzas Aéreas y a los civiles que mantu­vieran la boca cerrada, y que se diera no sólo la apariencia sino la realidad de la supresión de datos. Tampoco aquí esta conspiración de silencio tiene por qué tener nada que ver con naves aeroespaciales de extraterrestres. Décadas más tarde, todavía hay razones burocrá­ticas para que el Departamento de Defensa siga guardando silencio sobre aquellos problemas. Hay un conflicto potencial de intereses entre las preocupaciones localistas del Departamento de Defensa y la, solución del enigma de los ovnis.

Además, algo que preocupaba entonces tanto a la Agencia Central de Inteligencia (CÍA) como a las Fuerzas Aéreas era que los ovnis fueran un medio de obstruir los canales de comunicación en una crisis nacional y confundir las observaciones visuales y de ra­dar de aeronaves del enemigo: un problema de señal/ruido que es en cierto modo lo que busca la argucia.

En vista de todo esto, estoy perfectamente dispuesto a creer que al menos algunos informes y análisis de ovnis, y quizá volumi­nosos archivos, se han hecho inaccesibles al público que paga los impuestos. La guerra fría ha terminado, la tecnología de misil y de globo ha quedado prácticamente obsoleta o está al alcance de todos, y los que podrían sentirse turbados ya no están en el servicio activo. Lo peor, desde el punto de vista militar, es que sería reconocer de nuevo que se confundió o mintió al público americano en interés de la seguridad nacional. Ya es hora de que los archivos dejen de ser reservados y se pongan a disposición general.

Otra intersección instructiva del temperamento de conspi­ración y la cultura de secreto afecta a la Agencia Nacional de Segu­ridad (ANS). Esta organización controla el teléfono, radio y otras comunicaciones tanto de amigos como adversarios de Estados Uni­dos. Subrepticiamente, lee todo el correo del mundo. El tráfico que intercepta diariamente es considerable. En épocas de tensión, gran

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número del personal de la ANS con conocimiento de los idiomas más importantes se pone los auriculares para escuchar en directo desde las órdenes cifradas del Estado Mayor de la nación objetivo hasta conversaciones íntimas. Para otro tipo de material, los orde­nadores destacan palabras clave que reclaman atención humana a mensajes específicos o conversaciones importantes. Se almacena todo, de modo que sea posible volver a revisar las cintas magnéti­cas: rastrear la primera aparición de una palabra código, por ejem­plo, o exigir responsabilidad en una crisis. Algunas intercepciones se hacen desde puestos de escucha en países cercanos (Turquía para Rusia, India para China), desde aviones y barcos que patrullan por la zona, o desde satélites de observación en la órbita de la Tierra. Hay un baile continuo de medidas y contramedidas entre la ANS y los servicios de seguridad de otras naciones que, como es compren­sible, no desean ser escuchadas.

Ahora añadamos a esta mezcla, ya dura de por sí, la Ley de Libertad de Información (LLI). Se formula una demanda a la ANS de toda la información que tenga disponible sobre los ovnis. La ley le exige una respuesta, aunque desde luego sin revelar «métodos y fuentes». La ANS también tiene la obligación seria de no alertar de sus actividades a otras naciones, amigas o enemigas, de un modo inoportuno y molesto políticamente. Así, un informe más o menos típico de los que entrega la ANS en respuesta a una demanda de la LLI tiene tachado un tercio de la página, un fragmento de una línea que dice «informó de un ovni a baja altitud», seguido de dos ter­cios de página tachados. La ANS sostiene que comunicar el resto de la página comprometería potencialmente las fuentes y métodos, o al menos alertaría a la nación en cuestión de lo libremente que se intercepta su tráfico de radio de aviación. (Si la ANS comunicara transmisiones circundantes, aparentemente inocuas del avión a la torre, sería posible que la nación en cuestión constatara que se es­cuchan sus diálogos de control de tráfico aéreo militar y pasaran a modos de comunicación —saltos de frecuencia, por ejemplo— que dificultarían las intercepciones de la ANS.) Pero es comprensible que los que sustentan la teoría de la conspiración de los ovnis, al recibir en respuesta a sus demandas de la LLI docenas de páginas de material con casi todo tachado, deduzcan que la ANS posee am­plia información sobre los ovnis y que participa en una conspira­ción de silencio.

Hablando extraoficialmente con oficiales de la ANS me con­taron la siguiente historia: los informes más típicos son de aviones

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militares o civiles que comunican por radio que ven un ovni, lo que quiere decir que ven un objeto no identificado en el espacio aéreo circundante. Puede ser incluso un avión estadounidense en misión de reconocimiento o en misiones de distracción. En la mayoría de los casos es algo mucho más ordinario, y la aclaración también se comunica en posteriores informes de la ANS.

Puede usarse una lógica similar para hacer que la ANS pa­rezca parte de cualquier conspiración. Por ejemplo, según dicen, se le pidió una respuesta a una demanda de la LLI sobre lo que supie­ra del cantante Elvis Presley. (Se habían comunicado apariciones del señor Presley con resultado de curaciones milagrosas.) Bien, la ANS sabía varias cosas. Por ejemplo, que un informe sobre los re­cursos económicos de cierta nación comunicaba cuántas cintas y discos compactos se habían vendido allí. Esta información también aparecía en un par de líneas rodeadas de un vasto océano de oscuri­dad censurada. ¿Estaba implicada la ANS en un encubrimiento de Elvis Presley? Aunque desde luego no he investigado personal­mente el trabajo de la ANS relacionado con los ovnis, esta historia me parece verosímil.

Si estamos convencidos de que el gobierno nos oculta visitas de extraterrestres, deberíamos enfrentarnos a la cultura de secreto de las fuerzas militares y de inteligencia. Como mínimo podemos presionar para que la información relevante de hace décadas —de las que es un buen ejemplo el informe de las Fuerzas Aéreas sobre el «Incidente Roswell» de julio de 1994— deje de ser reservada.

Puede captarse el estilo paranoico de muchos ufólogos, además de la ingenuidad de la cultura de secreto, en el libro de un anti­guo reportero del New York Times, Howard Blum (Out There', Si­món and Schuster, 1990):

Por mucha inventiva que pusiera en el intento, siempre acababa chocando repentinamente con puntos muertos. Toda la historia se perdía siempre, deliberadamente, según acabé creyen­do, un poco más allá de mi alcance.

¿Por qué?

Era la gran pregunta, práctica, imposible que se balan­ceaba ominosamente en la alta cima de mis sospechas crecientes. ¿Por qué todos aquellos portavoces e instituciones se aplicaban con tal connivencia a obstaculizar y obstruir mis esfuerzos? ¿Por qué había historias que un día eran ciertas y al siguiente falsas? ¿Por qué todo aquel afán de secreto tenso e inquebrantable? ¿Por

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qué los agentes de la inteligencia militar extendían la desinfor­mación y hacían volver locos a los que creían en ovnis? ¿Qué ha­bía encontrado allí el gobierno? ¿Qué intentaba ocultar?

Desde luego hay resistencia. Hay información legítimamen­te reservada; como con las armas militares, a veces realmente el se­creto es de interés nacional. Además, las comunidades militar, po­lítica y de inteligencia tienden a valorar el secreto por sí mismo. Es una manera de silenciar a los críticos y eludir acusaciones de in­competencia o algo peor. Genera una élite, un grupo de hermanos a los que se puede conceder de manera fiable la confianza nacional, a diferencia de la gran masa de ciudadanos en representación de los cuales presumiblemente se hace secreta la información. El secreto, con pocas excepciones, es profundamente incompatible con la de­mocracia y la ciencia.

Una de las intersecciones más estimulantes que se han co­mentado entre los ovnis y el secreto son los llamados documentos MJ-12. A finales de 1984, según cuenta la historia, apareció un so­bre que contenía un rollo de película expuesta pero no revelada en el buzón de un productor de cine, Jaime Shandera, interesado en los ovnis y el encubrimiento del gobierno (no deja de ser curioso que ocurriera justo cuando salía para ir a comer con el autor de un libro sobre los supuestos acontecimientos de Roswell, Nuevo México). Cuando revelaron la película, «resultó ser» página tras página de una orden ejecutiva altamente reservada, «sólo para lectura», con fecha de 24 de septiembre de 1947, en la que el presidente Harry S. Truman aparentemente nombraba un comité de doce científicos y oficiales del gobierno para examinar una serie de platillos volantes accidentados y pequeños cuerpos de extraterrestres. La formación del comité MJ-12 es destacable, porque en él constan exactamente los nombres de los miembros militares, de inteligencia, de ciencia e ingeniería que habrían sido convocados a investigar estos acciden­tes si hubieran ocurrido.* En los documentos MJ-12 hay sugestivas referencias a apéndices sobre la naturaleza de los extraterrestres, la tecnología de sus naves y cosas así, pero no se incluyen en la mis­teriosa película.

Las Fuerzas Aéreas dicen que el documento es falso. El ex­perto en ovnis Philip J. Klass y otros encuentran inconsistencias le­xicográficas y tipográficas que sugieren que todo es un engaño. Los que compran obras de arte se preocupan por la procedencia de sus cuadros, es decir, quién fue el último propietario y quién el anterior,

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y así hasta el artista original. Si faltan eslabones en la cadena —si sólo se puede seguir el rastro de un cuadro de trescientos años de antigüedad durante sesenta y después no tenemos ni idea de en qué casa o museo estaba expuesto— surgen señales de aviso de falsifi­cación. Como el beneficio para los falsificadores de arte es muy alto, los coleccionistas deben ser especialmente cautos. El punto más vulnerable y sospechoso de los documentos MJ-12 radica pre­cisamente en esta cuestión de procedencia: una prueba dejada mila­grosamente en el umbral, como salida de una historia de cuento de hadas, quizá «El zapatero y los duendes».

Hay muchos casos similares en la historia humana: súbita­mente aparece un documento de procedencia dudosa con informa­ción de gran importancia que sostiene con contundencia la argu­mentación de los que han hecho el descubrimiento. Después de una cuidadosa, y en algunos casos valiente, investigación se demuestra que el documento es falso. No cuesta nada entender la motivación de los embaucadores. Un ejemplo más o menos típico es el libro del Deuteronomio: lo descubrió el rey Josías en el Templo de Jerusalén y, milagrosamente, en medio de una importante lucha de reforma, encontró en él la confirmación de todos sus puntos de vista.

Otro caso es lo que se llama la Donación de Constantino. Constantino el Grande fue el emperador que hizo del cristianismo la religión oficial del Imperio romano. El nombre de Constantinopla (hoy Estambul), ciudad capital durante miles de años del Impe­rio romano oriental, viene de él. Murió en el año 337. En el siglo IX empezaron a aparecer referencias a la Donación de Constantino en los escritos cristianos; en ella, Constantino lega a su contemporá­neo el papa Silvestre I todo el Imperio romano occidental, incluida Roma. Este pequeño presente, según contaba la historia, se debía a la gratitud de Constantino, que se curó de la lepra gracias a Silves­tre. En el siglo XI, los papas se referían con regularidad a la Dona­ción de Constantino para justificar sus pretensiones de ser gober­nantes no sólo eclesiásticos sino también seculares de la Italia central. A lo largo de la Edad Media, la Donación se consideró genuina tanto por parte de los que apoyaban las pretensiones tempo­rales de la Iglesia como de los que se oponían.

Lorenzo de Valla era un polígrafo del Renacimiento italiano. Un hombre controvertido, brusco, crítico, arrogante y pedante, que fue atacado por sus contemporáneos por sacrilegio, impudicia, te­meridad y presunción... entre otras imperfecciones. Tras concluir que, por razones gramaticales, el credo de los apóstoles no podía

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haber sido escrito realmente por los doce apóstoles, la Inquisición le declaró hereje y sólo la intervención de su mecenas, Alfonso, rey de Nápoles, impidió que fuera inmolado. Inasequible al desaliento, en 1440 publicó un tratado demostrando que la Donación de Cons­tantino era una burda falsificación. El lenguaje del documento equi­valía al latín cortesano del siglo IV como el cockney de hoy al inglés normativo. Gracias a Lorenzo de Valla, la Iglesia católica romana ya no reclama el derecho a gobernar las naciones de Europa por la Donación de Constantino. Se cree en general que esta obra, cuya procedencia tiene un vacío de cinco siglos, fue falsificada por un clérigo adscrito a la curia de la Iglesia en la época de Carlomagno, cuando el papado (y especialmente el papa Adriano I) defendía la unificación de la Iglesia y el Estado.

Asumiendo que ambos documentos pertenecen a la misma ca­tegoría, los MJ-12 son un engaño más inteligente que la Donación de Constantino. Pero tienen mucho en común en el aspecto de la proce­dencia, el interés concedido y las inconsistencias lexicográficas.

La idea de un encubrimiento para mantener oculto el cono­cimiento de vida extraterrestre o de las abducciones durante cua­renta y cinco años, sabiéndolo cientos, si no miles de empleados del gobierno, es notable. Es cierto que los gobiernos guardan se­cretos rutinariamente, incluso secretos de un interés general sus­tancial. Pero el objetivo ostensible de tanto secreto es proteger al país y sus ciudadanos. Sin embargo, en este caso es diferente. La supuesta conspiración de los que controlan la seguridad es impe­dir que los ciudadanos sepan que hay un ataque extraterrestre con­tinuo sobre la especie humana. Si fuera verdad que los extraterrestres abducen a millones de personas, sería mucho más que un asunto de seguridad nacional. Tendría un impacto en la seguridad de todos los seres humanos de la Tierra. Con todo eso en juego, ¿es verosímil que ninguna persona con un conocimiento real y pruebas, en casi doscientas naciones, se decida a tocar las campa­nas y hablar para ponerse del lado de los humanos y no de los extraterrestres?

Desde el final de la guerra fría, la NASA ha tenido que dedi­car grandes esfuerzos a la búsqueda de misiones que justificaran su existencia: particularmente, una buena razón para enviar humanos al espacio. Si la Tierra fuera visitada diariamente por extraterrestres hostiles, ¿no se aferraría la NASA a esta oportunidad para aumen­tar su financiación? Y si hubiera una invasión de extraterrestres en curso, ¿por qué las Fuerzas Aéreas, dirigidas tradicionalmente por

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pilotos, iban a abandonar los vuelos espaciales tripulados para lan­zar todas sus cápsulas en cohetes sin tripulación?

Consideremos la antigua Organización de Iniciativa de De­fensa Estratégica, responsable de la «guerra de las galaxias». Aho­ra pasa un mal momento, especialmente en su objetivo de estable­cer defensas en el espacio. Se han degradado su nombre y sus perspectivas. Actualmente es la Organización de Defensa contra Misiles Balísticos. Ya ni siquiera informa directamente al Ministe­rio de Defensa. La incapacidad de esta tecnología de proteger a Es­tados Unidos contra un ataque masivo mediante misiles con armas nucleares es manifiesta. Pero, si nos enfrentáramos a una invasión extraterrestre, ¿no intentaríamos al menos desplegar defensas en el espacio?

El Departamento de Defensa, como los ministerios similares de todas las naciones, prosperan con enemigos, reales o imagina­rios. No tiene ningún sentido pensar que la existencia de un adver­sario como éste sea ocultada por la organización que más se bene­ficiaría de su presencia. La posición general posterior a la guerra fría de los programas espaciales militar y civil de Estados Unidos (y otras naciones) hablan poderosamente contra la idea de que haya extraterrestres entre nosotros... a no ser, desde luego, que también se oculte la noticia a los que planifican la defensa nacional.

 

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Igual que hay quien acepta a pies juntillas cualquier informe sobre ovnis, los hay que descartan la idea de visitas extraterrestres de entrada y con gran pasión. Dicen que es innecesario examinar las pruebas y «acientífico» considerar siquiera el tema. En una ocasión colaboré en la organización de un debate público en la reunión anual de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia en­tre científicos partidarios y oponentes de la propuesta de que algunos ovnis eran naves espaciales; después de ello, un distinguido físico, cuya opinión en muchos otros asuntos yo respetaba, me amenazó con denunciarme al vicepresidente de Estados Unidos si insistía en tal locura. (Con todo, el debate se mantuvo y se publicó, los temas quedaron un poco más aclarados y no recibí noticias de Spiro T. Agnew.)

Un estudio de 1969 de la Academia Nacional de Ciencias, aunque reconociendo que había informes «no fácilmente explica­bles», concluía que

«la explicación menos probable de los ovnis es

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la hipótesis de visitas de seres extraterrestres inteligentes». Pense­mos en cuántas «explicaciones» distintas puede haber: viajeros del tiempo, demonios de la tierra de las brujas; turistas de otra dimen­sión —como el señor Mxyztpik (¿o era Mxyzptik?, siempre lo olvi­do) de la tierra de Zrfff en la Quinta Dimensión en los antiguos cómics de Superman—; las almas de los muertos, o un fenómeno «no cartesiano» que no obedece a las normas de la ciencia o ni siquiera de la lógica. En realidad, cada una de esas «explicaciones» se ha propuesto con seriedad. Decir «menos probable» no es poco. Este exceso retórico es una muestra de lo desagradable que ha llegado a ser el tema en general para muchos científicos.

Es significativo que un asunto del que en realidad sabemos tan poco provoque tantas emociones. Especialmente es así en el fre­nesí de denuncias de abducciones por extraterrestres más reciente. Al fin y al cabo, de ser ciertas, ambas hipótesis —la invasión de ma­nipuladores sexuales extraterrestres o una epidemia de alucinacio­nes— nos enseñan algo que deberíamos saber. Quizá la razón de que las reacciones sean tan fuertes es que las dos alternativas tienen implicaciones desagradables.

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Aurora

El número de informes y su consistencia

sugieren que la base de estas observaciones puede ser distinta

de las drogas alucinó genas.

Aeronave misteriosa, informe,

 Federación de Científicos Americanos,

 20 de agosto de 1992

La Aurora es una aeronave de gran altitud, extremada­mente secreta, sucesora del U-2 y el SR-71 Blackbird. Puede ser que exista o que no exista. En 1993, los informes de observado­res cerca de la base Edwards de las Fuerzas Aéreas de Califor­nia y en Groom Lake, Nevada, y especialmente en una región de Groom Lake llamada Área 51 donde se prueban las aeronaves experimentales del Departamento de Defensa, parecían en gene­ral coherentes unos con otros. Se recogieron informes de confir­mación de todo el mundo. A diferencia de sus predecesoras, se dice que la aeronave es hipersónica, que viaja a una velocidad mayor, quizá de seis a ocho veces, que el sonido. Deja una ex­traña estela descrita como «donuts en una cuerda». Quizá tam­bién sea un medio de poner en órbita pequeños satélites secre­tos, desarrollados, se especula, después de que el desastre del Challenger indicara la poca fiabilidad del transbordador para cargas explosivas de defensa. Pero la CÍA «jura categóricamen­te que no existe este programa», dice el senador y antiguo astro­nauta John Glenn. El principal diseñador de algunas de las aero­naves más secretas de Estados Unidos dice lo mismo. Un secretario de las Fuerzas Aéreas ha negado con vehemencia la existencia de un avión así, o de un programa para construirlo, en las Fuerzas Aéreas o en ninguna otra parte. ¿Ha mentido? «He­mos analizado todas esas visiones, como hemos hecho con los informes de ovnis», dice un portavoz de las Fuerzas Aéreas, en palabras quizá cuidadosamente elegidas, «y no podemos dar una explicación». Mientras tanto, en abril de 1995, las Fuerzas Aéreas se hicieron con cuatro mil acres más cerca del Área 51. La zona a la que se niega el acceso público va creciendo.

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Consideremos pues las dos posibilidades: que la Aurora exista y que no exista. Si existe, es asombroso que se haya in­tentado encubrir oficialmente su existencia, que el secreto pue­da ser tan efectivo y que el avión pueda ser probado o repostar en todo el mundo sin que se publique una sola fotografía o al­guna prueba fehaciente. Por otro lado, si la Aurora no existe, es asombroso que se haya propagado un mito de manera tan vigo­rosa y haya llegado tan lejos. ¿Por qué las insistentes negativas oficiales han tenido tan poco peso? ¿La mera existencia de una designación —la Aurora en este caso— puede servir para poner una etiqueta común a una serie de fenómenos diversos? En cual­quier caso, la Aurora parece ser pertinente para los ovnis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPITULO 6

ALUCINACIONES


 

Como tiemblan los niños y lo temen

 todo en la ciega oscuridad,

 así nosotros en la luz tememos

a veces lo que no es más temible,;, ,

que lo que los niños en la oscutidad

 contemplan con terror...

lucrecio,

De la naturaleza de las cosas

(60 a. J.C. aprox.)


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los anunciantes tienen que conocer a su público. Se trata de un simple asunto de supervivencia del producto y la empresa. Por tanto, si examinamos los anuncios que se publican en revistas dedi­cadas a ovnis, podemos saber la visión que tiene la empresa comer­cial y libre de Norteamérica del entusiasmo por los ovnis. A conti­nuación, una lista de titulares de anuncio (francamente típicos) de un ejemplar de UFO Universe:

Un científico investigador descubre un secreto de dos mil anos de antigüedad para obtener riqueza, poder y amor romántico.

¡Reservado! Más que top-secret. Por fin, un oficial militar retirado revela la conspiración gubernamental más sensacional de nues­tra época.

¿Cuál es tu «misión especial» en la Tierra? ¡Ha empezado el des­pertar cósmico de los pocos trabajadores, paseantes y representan­tes natos de las estrellas!

Llega lo que esperabas hace tiempo: veinticuatro magníficos se­llos de los espíritus ovnis que te ofrecerán una mejora de vida in­creíble:

Yo tengo chica. ¿Y tú? ¡No te lo pierdas! ¡Consigue chicas ya!

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Hombres de negro: ¿agentes del gobierno o extraterrestres?

Aumente el poder de piedras preciosas, hechizos, sellos y símbo­los. Mejore la eficacia de todo lo que hace. Aumente su poder y ca­pacidad mental con el magnificador de poder mental.

El famoso imán del dinero: ¿le gustaría tener más?

Testamento de Lael, Escrituras Sagradas de una civilización per­dida.

Un nuevo libro del «Comandante X» desde la luz interior: identi­ficados los controladores, los gobernantes ocultos de la Tierra. ¡So­mos propiedad de una inteligencia extraterrestre!

¿Cuál es el hilo común que une todos esos anuncios? No son los ovnis. Seguramente es la expectativa de una credulidad ilimitada de la audiencia. Por eso aparecen en revistas de ovnis: en general, el simple hecho de comprar una revista de ese tipo define al lector. Sin duda, hay compradores moderadamente escépticos y totalmente ra­cionales de revistas así que se ven seducidos por las expectativas de anunciantes y editores. Pero, si aciertan con el grueso de sus lecto­res, ¿qué podría significar eso para el modelo de la abducción por extraterrestres?

De vez en cuando recibo una carta de alguien que está en «contacto» con los extraterrestres. Me invitan a «preguntarles algo». Y así, a lo largo de los años, he confeccionado una pequeña lista de preguntas. Los extraterrestres son seres muy avanzados, re­cordemos. Así pues, pido cosas como: «Le ruego que me propor­cione una pequeña prueba del último teorema de Fermat.» O de la conjetura Goldbach. Y luego tengo que explicarles qué es, porque no creo que los extraterrestres le llamen último teorema de Fermat. Así pues, escribo la simple ecuación con los exponentes. Nunca consigo una respuesta. Por otro lado, si pregunto algo así como: «¿debemos ser buenos?», casi siempre consigo respuesta. A estos extraterrestres les encanta contestar cualquier pregunta vaga, sobre todo si entraña juicios morales. Pero, en cosas específicas don­de cabe la posibilidad de descubrir si realmente saben algo más que la mayoría de los humanos, la respuesta es el silencio.' Quizá

 

1. Es un ejercicio estimulante pensar preguntas de las que ningún huma­no sabe actualmente la respuesta pero que se podría reconocer inmediatamente de

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pueda deducirse algo de esta diferente capacidad de responder preguntas.

 

     En los viejos tiempos anteriores a la abducción por extraterrestres, a las personas que subían a bordo de un ovni, según informaban ellas mismas, les ofrecían lecturas edificantes sobre los pe­ligros de la guerra nuclear. Ahora que ya estamos instruidos, los extraterrestres parecen concentrados en la degradación del medio ambiente y el sida. ¿Cómo es, me pregunto, que los ocupantes de los ovnis están tan sujetos a las preocupaciones o urgencias de este planeta? ¿Por qué ni siquiera una advertencia ocasional sobre los CFC y la reducción del ozono en la década de los cincuenta, o so­bre el virus del VIH en la de los setenta, cuando realmente hubiera podido ser útil? ¿Por qué no alertarnos de una amenaza a la salud pública o el medio ambiente que aún no hayamos imaginado? ¿Pue­de ser que los extraterrestres sepan sólo lo que saben los que infor­man de su presencia? Y si uno de los objetivos principales de las vi­sitas de extraterrestres es advertirnos de los peligros globales, ¿por qué decirlo sólo a algunas personas cuyos relatos son sospechosos en todo caso? ¿Por qué no ocupar las cadenas de televisión durante una noche, o aparecer con vividos audiovisuales admonitorios ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas? Sin duda, no se­ría tan difícil para seres que vuelan a través de años luz.

 

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El primer «contactado» por los ovnis que tuvo éxito comer­cial fue George Adamski. Tenía un pequeño restaurante en la falda del monte Palomar de California y montó un pequeño telescopio en el patio trasero. En la cima de la montaña se encontraba el mayor te­lescopio de la Tierra; el reflector de doscientas pulgadas de la Insti­tución Carnegie de Washington y del Instituto de Tecnología de California. Adamski se adjudicó el título de profesor Adamski del Observatorio de monte Palomar. Publicó un libro —que causó sen­sación, lo recuerdo— en el que describía que en el desierto cercano había encontrado a unos extraterrestres bien parecidos con largos cabellos rubios y, si no me falla la memoria, con túnicas blancas, que le advirtieron de los peligros de una guerra nuclear. Hablaban

 

ser ésta la correcta. Aún es más desafiante formular estas preguntas en campos dis­tintos de las matemáticas. No estaría mal organizar un concurso para recoger las diez mejores respuestas a «Diez preguntas para plantear a un extraterrestre».

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desde el planeta Venus (cuyos 900° Farenheit de temperatura de su­perficie se alzan ahora como barrera a la credibilidad de Adamski). En persona era francamente convincente. El oficial de las Fuerzas Aéreas nombrado responsable de las investigaciones sobre los ovnis de la época describió a Adamski con estas palabras:

Al escuchar su historia cara a cara, tenías una necesidad inme­diata de creerle. Quizá fuera su aspecto. Llevaba un mono gasta­do pero limpio. Tenía el pelo ligeramente gris y los ojos más sin­ceros que he visto en mi vida.

La estrella de Adamski se fue apagando con los años, pero publi­có algún libro más por su cuenta y durante mucho tiempo fue una gran atracción en las convenciones de «creyentes» en platillos vo­lantes.

La primera historia de abducción por extraterrestres del gé­nero moderno fue la de Betty y Barney Hill, una pareja de New Hampshire: trabajadora social ella y empleado de Correos él. Un día de 1961 atravesaban a altas horas de la noche las White Mountains cuando a Betty le pareció ver un ovni brillante, inicialmente como una estrella, que parecía seguirlos. Ante el temor de Barney de ser víctimas de un ataque, abandonaron la carretera principal y se metieron por estrechos caminos de montaña, llegando a casa dos horas más tarde de lo previsto. El experimento incitó a Betty a leer un libro que describía a los ovnis como naves espaciales de otros mundos; sus ocupantes eran hombres pequeños que a veces abducían a humanos.

Poco después experimentó repetidas veces una pesadilla ate­rradora en la que ella y Barney eran abducidos y llevados a bordo de un ovni. Barney escuchó cómo describía el sueño a unos amigos, compañeros de trabajo e investigadores voluntarios de ovnis. (Es curioso que Betty no comentara el tema directamente con su esposo.) Algo así como una semana después de la experiencia, describieron el ovni como una «torta» con figuras uniformadas que se veían a través de las ventanillas transparentes del aparato.

Varios años después, el psiquiatra de Barney le envió a un hipnoterapeuta de Bostón, Benjamín Simón, doctor en medicina. Betty le acompañó para ser hipnotizada también. Bajo hipnosis, ambos describieron por separado los detalles de lo que había ocu­rrido durante las dos horas «perdidas»: vieron aterrizar el ovni en la carretera y, parcialmente inmovilizados, los llevaron al interior del

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aparato... donde unas criaturas pequeñas, grises, humanoides de na­riz larga (un detalle discordante con el paradigma del momento) los sometieron a exámenes médicos no convencionales, incluyendo la introducción de una aguja en el ombligo de ella (antes de que se hu­biera inventado la amniocentesis en la Tierra). Ahora hay quien cree que sacaron óvulos de los ovarios de Betty y esperma de Bar­ney, aunque eso no forma parte de la historia original.2 El capitán enseñó a Betty un mapa del espacio interestelar con las rutas de la nave marcadas.

Martín S. Kottmeyer ha demostrado que muchos de los mo­tivos del relato de los Hill pueden encontrarse en una película de 1953, Invasores de Marte. Y la historia de Barney sobre el aspecto de los extraterrestres, especialmente sus enormes ojos, surgió en una sesión de hipnosis sólo doce días después de la emisión de un episodio de la serie de televisión The Outer Limits en la que salía un extraterrestre así.

El caso Hill fue ampliamente comentado. En 1975 se hizo una película de televisión que introdujo la idea de que hay abducto­res extraterrestres bajitos y grises entre nosotros en la psique de mi­llones de personas. Pero hasta los pocos científicos de la época que creían que algunos ovnis podían ser realmente naves espaciales ex­traterrestres se mostraron cautelosos. El supuesto encuentro brilla­ba por su ausencia en la sugerente lista de casos de ovnis recopilada por James E. McDonaId, un físico meteorólogo de la Universidad de Arizona. En general, los científicos que han estudiado los ovnis en serio han tendido a mantener los relatos de abducción por extra-terrestres a distancia... mientras que los que aceptan a pies juntillas las abducciones ven pocas razones para analizar simples luces en el cielo.

El punto de vista de McDonaId sobre los ovnis no se basaba, según él, en pruebas irrefutables, sino que era una conclusión como último recurso: todas las explicaciones alternativas le parecían aún menos creíbles. A mediados de la década de los setenta organicé una presentación por parte de McDonaId de sus mejores casos en una reunión privada con importantes físicos y astrónomos que nun­ca habían apostado por el tema de los ovnis. No sólo no consiguió

 

2. En tiempos más recientes, la señora Hill ha escrito que en las verda­deras abducciones por extraterrestres «no se muestra ningún interés sexual. Sin embargo, con frecuencia se quedan algunas pertenencias [del abducido], como ca­ñas de pescar, joyas de distintos tipos, gafas o un poco de detergente».

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convencerlos de que recibíamos la visita de extraterrestres; ni si­quiera consiguió provocar su interés. Y era un grupo con una capa­cidad de asombro muy alta. Era simplemente que donde McDonaId veía extraterrestres, ellos encontraban explicaciones mucho más prosaicas.

Me agradó tener la oportunidad de pasar unas horas con el señor y la señora Hill y con el doctor Simón. La seriedad y sinceri­dad de Betty y Barney eran indudables, como su temor de conver­tirse en figuras públicas en unas circunstancias tan extrañas y difí­ciles. Con el permiso de los Hill, Simón me permitió escuchar (y, a petición mía, a McDonaId conmigo) algunas de las cintas de sus se­siones bajo hipnosis. Lo que más me impresionó, sin comparación, fue el terror absoluto de la voz de Barney cuando describía —«re­vivía» sería una palabra más adecuada— el encuentro.

Simón, aunque prominente defensor de las virtudes de la hipnosis en la guerra y en la paz, no había caído en el frenesí públi­co por los ovnis. Compartía generosamente los derechos de autor del exitoso libro de John Fuller, El viaje interrumpido, sobre la ex­periencia de los Hill. Si Simón hubiera declarado la autenticidad de su relato, las ventas del libro se podían haber disparado y él habría aumentado considerablemente sus ganancias. También rechazó al instante la idea de que mentían o, como sugirió otro psiquiatra, que se trataba de una. folie á deux: una ilusión compartida en la que, ge­neralmente, el miembro recesivo sigue el delirio del dominante. ¿Qué queda entonces? Los Hill, dijo el psicoterapeuta, habían ex­perimentado una especie de «sueño». Juntos.

 

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Es perfectamente posible que haya más de una fuente de re­latos de abducción por extraterrestres, igual que las hay para obser­vaciones de ovnis. Consideremos algunas posibilidades.

En 1894 se publicó en Londres El Censo Internacional de Alucinaciones en vigilia. Desde entonces hasta ahora, en repetidas encuestas se ha mostrado que del diez al veinticinco por ciento de las personas normales han experimentado al menos una vez en su vida una alucinación vivida: normalmente, oír una voz o ver una forma inexistente. En casos más raros, perciben un aroma que los persigue, oyen una música o tienen una revelación que les llega in­dependiente de los sentidos. En algunos casos se convierten en acontecimientos que transforman a la persona o en profundas expe-

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riendas religiosas. Las alucinaciones podrían ser una puertecita ol­vidada en el muro que llevaría a una comprensión científica de lo sagrado.

Probablemente, desde que murieron, he oído una docena de veces la voz de mi madre o mi padre, en tono de conversación, di­ciendo mi nombre. Desde luego, cuando vivían me llamaban a me­nudo: para hacer una tarea, para recordarme una responsabilidad, ir a cenar, entablar una conversación, hablar sobre un acontecimiento del día. Los echo tanto en falta que no me parece nada extraño que mi cerebro capte un recuerdo lúcido de sus voces.

Este tipo de alucinaciones pueden afectar a personas perfec­tamente normales en circunstancias perfectamente ordinarias. Tam­bién pueden provocarse: por una hoguera en el campo por la noche, por estrés emocional, durante ataques de epilepsia, migrañas o fie­bres altas, ayunos prolongados o insomnio3 o privación sensorial (por ejemplo, en confinamiento solitario), o mediante alucinógenos como LSD, psilocibina, mescalina o hachís. (El delírium tremens, el temible «DT» inducido por el alcohol, es una manifestación co­nocida de un síndrome de abstinencia del alcoholismo.) También hay moléculas, como las fenotiazidas (tioridazina, por ejemplo), que hacen desaparecer las alucinaciones. Es muy probable que el cuerpo humano normal genere sustancias —incluyendo quizá las pequeñas proteínas del cerebro de tipo morfina como las endorfinas— que causan alucinaciones, y otras que las eliminan. Explora­dores tan famosos (y poco histéricos) como el almirante Richard Byrd, el capitán Joshua Slocum y sir Ernest Shackieton experimen­taron vividas alucinaciones cuando se vieron sometidos a un aisla­miento y soledad poco habituales.

Cualesquiera que sean sus antecedentes neurológicos y mo­leculares, las alucinaciones producen una sensación real. En mu-

 

3. Los Sueños se asocian a un estado llamado REM, abreviación habi­tual de rapid eye movement. (Bajo los párpados cerrados, los ojos se mueven, qui­zá siguiendo la acción en el sueño, o quizá de manera aleatoria.) El estado REM está fuertemente relacionado con la excitación sexual. Se han realizado experi­mentos en los que se despierta a los sujetos dormidos cada vez que emerge el esta­do REM, mientras a los miembros de un grupo de control se los despierta con la misma frecuencia todas las noches pero no cuando sueñan. Pasados unos días, el grupo de control está un poco tambaleante, pero el grupo experimental —al que se impide soñar— alucina durante el día. No es que se pueda hacer alucinar de ese modo a algunas personas con una anormalidad particular; cualquiera es capaz de alucinar.

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chas culturas se buscan y se consideran una señal de ilustración es­piritual. Entre los nativos americanos de las praderas del Oeste, por ejemplo, o en muchas culturas indígenas de Siberia, la naturaleza de la alucinación que experimentaba un hombre joven después de una «búsqueda de visión» con éxito presagiaba su futuro; se discu­tía su significado con gran seriedad entre los ancianos y chamanes de la tribu. Hay ejemplos incontables en las religiones del mundo de patriarcas, profetas y salvadores que se retiran al desierto o la montaña y, con la ayuda del hambre y la privación sensorial, en­cuentran dioses o demonios. Las experiencias religiosas de induc­ción psicodélica eran la marca de la cultura juvenil occidental de la década de los sesenta. La experiencia, como quiera que haya apare­cido, se describe a menudo respetuosamente con palabras como «trascendental», «sobrenatural», «sagrada» y «santa».

Las alucinaciones son comunes. Tenerlas no significa estar locoi La literatura antropológica está repleta de etnopsiquiatría de la alucinación, sueños REM y trances de posesión que tienen muchos elementos comunes transculturalmente y a través de los tiempos. Las alucinaciones se suelen interpretar como posesión de espíritus buenos o malos. El antropólogo de Yale Weston La Barre llega incluso a argüir que «podría defenderse sorprendentemente bien que gran parte de la cultura es alucinación» y que «toda la intención y función del ritual parece ser... el deseo de un grupo de alucinar».

Incluimos a continuación una descripción de alucinaciones como un problema de relación señal/ruido de Louis J. West, anti­guo director médico de la clínica Neuropsiquiátrica de la Universidad de California, Los Ángeles. Está tomada de la decimoquinta edición de la Enciclopedia Británica:

...imaginemos a un hombre de pie ante el cristal de una ventana cerrada que se encuentra delante del hogar encendido, mirando hacia el jardín a la puesta de sol. Está tan absorto por la visión del mundo de fuera que no consigue visualizar el interior de la habi­tación donde está. Sin embargo, a medida que en el exterior va oscureciendo, en la ventana puede verse el reflejo de imágenes de la habitación detrás de él. Durante un rato puede mirar al jar­dín (si mira hacia la distancia) o el reflejo del interior de la habi­tación (si fija la vista en el cristal a pocos centímetros de su cara). Cae la noche, pero la llama del fuego sigue brillando en el hogar e ilumina la habitación. Ahora el observador ve un vivido reflejo en el cristal del interior de la habitación que tiene detrás, que pa-

 

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rece estar al otro lado de la ventana. Esta ilusión se va atenuando al irse apagando el fuego y, finalmente, cuando está oscuro tanto fuera como dentro, no se ve nada más. Si se reaviva la llama del fuego de vez en cuando, reaparecen las visiones en el cristal.

De un modo análogo, las experiencias alucinatorias como las de los sueños normales ocurren cuando se reduce la «luz del día» (input sensorial) mientras la «iluminación interior» (nivel general de excitación cerebral) sigue siendo «brillante» y las imágenes que se originan dentro de las «salas» de nuestros cere­bros pueden ser percibidas (alucinadas) como si vinieran de fue­ra de las «ventanas» de nuestros sentidos.

Otra analogía podría ser que los sueños, como las estre­llas, siempre están brillando. Aunque de día no suelen verse las estrellas porque el sol brilla demasiado, si hay un eclipse de sol durante el día, o si un espectador decide estar atento un rato des­pués de la puesta o antes de la salida del sol, o si se despierta de vez en cuando en una noche clara para mirar al cielo, las estre­llas, como los sueños, aunque a menudo olvidadas, pueden ser vistas siempre.

Un concepto más relacionado con el cerebro es el de una actividad continua de procesamiento de información (una espe­cie de «corriente preconsciente») que recibe continuamente la in­fluencia de fuerzas tanto conscientes como inconscientes y que constituye el suministro potencial de contenido del sueño. El sueño es una experiencia en la que, durante unos minutos, el in­dividuo tiene cierta conciencia de la corriente de datos que se procesan. Las alucinaciones en estado de vigilia implicarían tam­bién el mismo fenómeno, producido por una serie algo distinta de circunstancias psicológicas o fisiológicas...

Parece ser que toda la conducta y experiencia humana (tanto normal como anormal) va acompañada de fenómenos ilu­sorios y alucinatorios. Mientras la relación de estos fenómenos con la enfermedad mental ha sido bien documentada, quizá no se ha considerado bastante su papel en la vida cotidiana. Una mayor comprensión de las ilusiones y alucinaciones entre gente normal puede proporcionar explicaciones para experiencias relegadas de otro modo a lo misterioso, «extrasensorial» o sobrenatural.

 

Seguramente perderíamos algo importante de nuestra propia naturaleza si nos negáramos a enfrentarnos al hecho de que las alu­cinaciones son parte del ser humano. Sin embargo, eso no hace que las alucinaciones sean parte de una realidad externa más que inter-

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na. Del cinco al diez por ciento de las personas somos extremada­mente sugestionables, capaces de entrar en un profundo trance hip­nótico a una orden. Aproximadamente, el diez por ciento de los americanos declara haber visto uno o más fantasmas. Este número es superior al de los que dicen recordar haber sido abducidos por extraterrestres, aproximadamente igual al de los que han afirmado haber visto uno o más ovnis, e inferior al número de los que la últi­ma semana de presidencia de Richard Nixon —antes de que dimi­tiera para evitar el enjuiciamiento— pensaban que su tarea como presidente era de buena a excelente. Al menos el uno por ciento de todos nosotros es esquizofrénico. Esto suma más de cincuenta mi­llones de esquizofrénicos en el planeta, mas, por ejemplo, que la población de Inglaterra.

En su libro de 1970 sobre pesadillas, el psiquiatra John Mack —sobre el que diré algo más— escribe:

Hay un período en la más tierna infancia en que los sueños se con­sideran reales y el niño considera los acontecimientos, transfor­maciones, gratificaciones y amenazas que los componen como una parte de su vida cotidiana real, igual que las experiencias vi­vidas durante el día. La capacidad de establecer y mantener dis­tinciones claras entre la vida de los sueños y la vida en el mundo exterior es difícil de alcanzar y se tarda unos años en dominarla, no completándose ni siquiera en niños normales antes de los ocho o diez años. Es particularmente difícil que el niño, dada la vividez y la apremiante intensidad afectiva de las pesadillas, las juzgue de manera realista.

Cuando un niño cuenta una historia fabulosa —había una bruja haciendo muecas en la habitación a oscuras; un tigre debajo de la cama; la vasija se rompió porque entró un pájaro multicolor por la ventana y no porque, contra las normas de la familia, alguien jugaba a la pelota dentro de la casa—, ¿miente consciente o incons­cientemente? Sin duda los padres actúan a menudo como si el niño no pudiera distinguir plenamente entre fantasía y realidad. Algunos niños tienen una imaginación activa; otros están peor dotados en este aspecto. Algunas familias pueden respetar la capacidad de fan­tasear y alentar al niño, diciéndole al mismo tiempo algo así como:

«Oh, eso no es real; es sólo tu imaginación.» Otras familias pueden mostrar impaciencia ante la tabulación —dificulta al menos margi­nalmente el gobierno de la casa y la resolución de disputas— y no

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fomentar las fantasías de sus hijos, quizá inculcándoles incluso que es algo vergonzoso. Algunos padres pueden tener poco clara por su parte la distinción entre realidad y fantasía, o incluso entrar seria­mente en la fantasía. A partir de todas esas tendencias contrapues­tas y prácticas de educación infantil, algunas personas pueden tener una capacidad de fantasear intacta, y una historia, hasta bien entra­da la edad adulta, 4e tabulación. Otros crecen creyendo que el que no conoce la diferencia entre realidad y fantasía está loco. Muchos de nosotros estamos en algún lugar entre ambos.   :

Los abducidos afirman con frecuencia haber visto «extrate­rrestres» en su infancia: entrando por la ventana o escondidos bajo la cama o en el armario. Pero los niños cuentan historias similares en todo el mundo, con hadas, elfos, duendes, fantasmas, brujas, dia­blillos y una rica variedad de «amigos» imaginarios. ¿Debemos pensar que hay dos grupos diferentes de niños; uno que ve seres te­rrenos imaginarios y el otro que ve extraterrestres genuinos? ¿No es más razonable pensar que los dos grupos están viendo, o alucinan­do, lo mismo?

La mayoría de nosotros recordamos haber tenido miedo a los dos años o más de «monstruos» totalmente imaginarios pero que parecían reales, especialmente por la noche o en la oscuridad. Yo todavía recuerdo ocasiones en que me sentía tan absolutamente ate­rrorizado que me escondía bajo las mantas y, cuando no lo podía so­portar más, corría hacia la seguridad del cuarto de mis padres, si es que conseguía llegar antes de caer en las garras de... la Presencia. El dibujante americano Gary Larson, que trata el género de terror, es­cribe en uno de sus libros la siguiente dedicatoria:

'Cuando era pequeño, nuestra casa estaba llena de monstruos. Vivían en los armarios, debajo de la cama, en el desván, en el sótano y —cuando oscurecía— en todas partes. Dedico este libro a mi padre, que me mantuvo a salvo de todos ellos.

Quizá los terapeutas de abducciones deberían sacar más provecho

de eso.

Parte de la razón por la que los niños tienen miedo de la os­curidad puede ser que, hasta hace poco en nuestra historia evoluti­va, nunca han dormido solos, sino acurrucados y seguros bajo la protección de un adulto... usualmente la madre. En el Occidente ilustrado los dejamos solos en una habitación oscura, les deseamos buenas noches y nos cuesta entender por qué a veces lo pasan mal.

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Evolutivamente es totalmente lógico que los niños tengan fantasías de monstruos que asustan. En un mundo con leones y hienas al ace­cho, esas fantasías contribuyen a impedir que los niños pequeños sin defensas se alejen demasiado de sus protectores. ¿Cómo puede ser eficaz este mecanismo de seguridad para un animal joven, vigo­roso y curioso si no provoca un terror de dimensiones industriales? Los que no tienen miedo de los monstruos no suelen dejar descen­dientes. A la larga, supongo, en el curso de la evolución humana, casi todos los niños acaban teniendo miedo de los monstruos. Pero, si somos capaces de evocar monstruos terroríficos en la infancia, ¿por qué algunos de nosotros, al menos en alguna ocasión, no po­dríamos ser capaces de fantasear con algo similar, algo realmente horrible, una ilusión compartida, como adultos?

Es significativo que las abducciones por extraterrestres ocu­rran principalmente en el momento de dormirse o despertarse, o en largos viajes en automóvil, cuando existe el peligro bien conocido de sumergirse en una especie de ensoñación hipnótica. Los tera­peutas de abducidos se quedan perplejos cuando sus pacientes cuentan que gritaron de terror mientras sus cónyuges dormían pesa­damente a su lado. Pero ¿no es eso típico de los sueños... que no se oigan nuestros gritos pidiendo ayuda? ¿Podría ser que esas historias tuviesen algo que ver con el sueño y, como propuso Benjamín Si­món para los Hill, fueran una especie de sueño?

Un síndrome psicológico común, aunque insuficientemente conocido, bastante parecido al de la abducción por extraterrestres se llama parálisis del sueño. Mucha gente la experimenta. Ocurre en este mundo crepuscular a medio camino entre estar totalmente des­pierto y totalmente dormido. Durante unos minutos, quizá más, uno se queda inmóvil y con una ansiedad aguda. Siente un peso sobre el pecho como si tuviera a alguien sentado o tendido encima. Las pal­pitaciones del corazón son rápidas, la respiración trabajosa. Se pue­den experimentar alucinaciones auditivas o visuales, de personas, demonios, fantasmas, animales o pájaros. En la situación adecuada, la experiencia puede tener «toda la fuerza y el impacto de la reali­dad», según Robert Baker, un psicólogo de la Universidad de Kentucky. A veces, la alucinación tiene un marcado componente se­xual. Baker afirma que esas perturbaciones comunes del sueño son la base de muchos, si no la mayoría, de los relatos de abducción de extraterrestres. (Él y otros sugieren que hay otras clases de declara­ciones de abducción realizadas por individuos con tendencia a las fantasías, dice, o a las bromas.)

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De modo similar, el Harvard Mental Health Letter (sep­tiembre de 1994) comenta:

La parálisis del sueño puede durar varios minutos y a veces va acompañada de vividas alucinaciones como de sueño que dan pie a historias sobre visitas de los dioses, espíritus y criaturas extraterrestres.

Sabemos por los primeros trabajos del neurofisiólogo cana­diense Wilder Penfield que la estimulación eléctrica de ciertas re­giones del cerebro provoca verdaderas alucinaciones. La gente con epilepsia del lóbulo temporal —que implica una cascada de impul­sos eléctricos generada naturalmente en la parte del cerebro detrás de la frente— experimenta una serie de alucinaciones casi indistin­guibles de la realidad, incluyendo la presencia de un ser extraño o más, ansiedad, flotación en el aire, experiencias sexuales y una sen­sación de haberse saltado un período de tiempo. También existe lo que parece una gran comprensión de las cuestiones más profundas y una necesidad de comunicarlas. Parece trazarse una línea conti­nua de estimulación espontánea del lóbulo temporal desde la gente con epilepsia grave a los más normales de entre nosotros. Al menos en un caso presentado por otro neurocientífico canadiense, Michael Persinger, la administración de un fármaco antiepiléptico, la carbamazepina, eliminó la sensación recurrente de una mujer de experi­mentar el caso típico de abducción por extraterrestres. Así, estas alucinaciones, generadas espontáneamente o con asistencia quími­ca o experimental, pueden representar un papel —quizá central—­en los relatos sobre ovnis.                                   

Pero es fácil parodiar un punto de vista así: los ovnis expli­cados como «alucinaciones masivas». Todo el mundo sabe que no existe lo que se llama una alucinación compartida. ¿No?

 

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A medida que se empezó a popularizar ampliamente la posi­bilidad de vida extraterrestre —especialmente con los canales mar­cianos de Percival Lowell a finales del siglo pasado— la gente em­pezó a declarar que establecía contacto con los extraterrestres, especialmente marcianos. El libro del psicólogo Theodore Flournoy. De la India al planeta Marte, escrito en 1901, describe un mé­dium de habla francesa que en estado de trance dibujó retratos de

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los marcianos (son iguales que nosotros) y presentó su alfabeto y lenguaje (con un notable parecido al francés). El psiquiatra Carl Jung, en su disertación doctoral en 1902, describió a una mujer jo­ven suiza que se agitó al descubrir, sentado en un tren delante de ella, a un «habitante de las estrellas» de Marte. Los marcianos están desprovistos de ciencia, filosofía y almas, le dijo, pero tienen una tecnología avanzada. «Hace tiempo que existen máquinas volado­ras en Marte; todo Marte está cubierto de canales», y cosas así. Charles Fort, un coleccionista de informes anómalos que murió en 1932, escribió: «Quizá haya habitantes en Marte que envíen secre­tamente informes sobre este mundo a sus gobiernos.» En la década de 1950, un libro de Gerald Heard reveló que los ocupantes del pla­tillo eran abejas marcianas inteligentes. ¿Quién sino ellas podrían sobrevivir a los fantásticos giros de ángulo recto que se dice que ha­cen los ovnis?

Pero cuando en 1971 el Mariner 9 demostró que los canales eran ilusorios y, al no encontrar los Viking 1 y 2 ninguna prueba cla­ra siquiera de la existencia de microbios en Marte en 1976, el entu­siasmo popular por el Marte de Loweil se apagó y no se habló más de visitas de marcianos. Entonces se dijo que los extraterrestres venían de otra parte. ¿Por qué? ¿Por qué no más marcianos? Y cuan­do se descubrió que la superficie de Venus era lo bastante caliente como para derretir el plomo, no se produjeron más visitas de Venus. ¿Se ajusta alguna parte de estas historias a los cánones de creencia actuales? ¿Qué implica eso sobre su origen?

No hay duda que la alucinación de los humanos es común. La duda sobre si existen extraterrestres, si frecuentan nuestro pla­neta o si nos abducen y molestan es considerable. Podríamos discu­tir sobre los detalles, pero probablemente una categoría de explica­ción se sostenga mejor que otra. La principal reserva que se puede formular es: ¿Por que tanta gente declara hoy en día esa serie particu­lar de alucinaciones? ¿Por qué seres pequeños y sombríos, platillos volantes y experimentos sexuales?

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 7

EL MUNDO

POSEÍDO

POR DEMONIOS


 

Hay mundos poseídos por demonios, regiones de total oscuridad.

Upanisad de Isa     

 (India, 600 a. J.C. aprox);

 

 

 

El temor de las cosas invisibles es la semilla natural de lo que cada uno llama para sí mismo religión.

thomas hobbes,

 Leviatán (1651)


 

 

Los dioses velan por nosotros y guían nuestros destinos, en­señan muchas culturas humanas; hay otras entidades, más malévo­las, responsables de la existencia del mal. Las dos clases de seres, tanto si se consideran naturales como sobrenaturales, reales o ima­ginarios, sirven a las necesidades humanas. Aun en el caso que sean totalmente imaginarios, la gente se siente mejor creyendo en ellos. Así, en una época en que las religiones tradicionales se han visto so­metidas al fuego abrasador de la ciencia, ¿no es natural envolver a los antiguos dioses y demonios en un atuendo científico y llamarlos extraterrestres?

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La creencia en los demonios estaba muy extendida en el mundo antiguo. Se los consideraba seres más naturales que sobre­naturales. Hesíodo los menciona casualmente. Sócrates describía su inspiración filosófica como la obra de un demonio personal benig­no. Su maestra, Diotima de Mantineia, le dice (en el Symposio de Platón) que «todo lo que es genio (demonio) está entre lo divino y lo mortal... La divinidad no se pone en contacto con el hombre continúa— sino que es a través de este género de seres por don­de tiene lugar todo comercio y todo diálogo entre los dioses y los hombres, tanto durante la vigilia como durante el sueño».

Platón, el estudiante más célebre de Sócrates, asignaba un gran papel a los demonios: «Ninguna naturaleza humana investida con el poder supremo es capaz de ordenar los asuntos humanos dijo— y no rebosar de insolencia y error...»

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No nombramos a los bueyes señores de los bueyes, ni a las ca­bras de las cabras, sino que nosotros mismos somos una raza su­perior y gobernamos sobre ellos. Del mismo modo Dios, en su amor por la humanidad, puso encima de nosotros a los demonios, que son una raza superior, y ellos, con gran facilidad y placer para ellos, y no menos para nosotros, dándonos paz y reverencia y orden y justicia que nunca flaquea, hicieron felices y unieron a las tribus de hombres.

Platón negaba decididamente que los demonios fueran una fuente de mal, y representaba a Eros, el guardián de las pasiones sexua­les, como un genio o demonio, no un dios, «ni mortal ni inmortal», «ni bueno ni malo». Pero todos los platonistas posteriores, inclu­yendo los neoplatonistas que influyeron poderosamente en la filo­sofía cristiana, sostenían que había algunos demonios buenos y otros malos. El péndulo iba de un lado a otro. Aristóteles, el famo­so discípulo de Platón, consideró seriamente la idea de que los sue­ños estuvieran escritos por demonios. Plutarco y Porfirio proponían que los demonios, que llenaban el aire superior, venían de la Luna.

Los primeros Padres de la Iglesia, a pesar de haberse empa­pado del neoplatonismo de la cultura en la que nadaban, deseaban separarse de los sistemas de creencia «pagana». Enseñaban que toda la religión pagana consistía en la adoración de demonios y hombres, ambos malinterpretados como dioses. Cuando san Pablo se quejaba (Efesios 6, 14) de la maldad en las alturas, no se refería a la corrupción del gobierno sino a los demonios, que vivían allí:

Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino con­tra los Principados, contra las Potestades, contra los Dominado­res de este mundo tenebroso, contra los Espíritus del Mal que es­tán en las alturas.

Desde el principio se pretendió que los demonios eran mucho más que una mera metáfora poética del mal en el corazón de los hombres.

A san Agustín le afligían los demonios. Cita el pensamiento pagano prevaleciente en su época: «Los dioses ocupan las regiones más altas, los hombres las más bajas, los demonios la del medio... Ellos poseen la inmortalidad del cuerpo, pero tienen pasiones de la mente en común con los hombres.» En el libro VIII de La ciudad de Dios (empezado en 413), Agustín asimila esta antigua tradición, sustituye a los dioses por Dios y demoniza a los demonios, argu-

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yendo que son malignos sin excepción. No tienen virtudes que los rediman. Son el manantial de todo el mal espiritual y material. Los llama «animales etéreos... ansiosos de infligir males, completamen­te ajenos a la rectitud, henchidos de orgullo, pálidos de envidia, su­tiles en el engaño». Pueden afirmar que llevan mensajes entre Dios y el hombre disfrazándose como ángeles del Señor, pero su actitud es una trampa para llevarnos a nuestra destrucción. Pueden asumir cualquier forma y saben muchas cosas —«demonio» quiere decir «conocimiento» en griego—,' especialmente sobre el mundo mate­rial. Por inteligentes que sean, su caridad es deficiente. Atacan «las mentes cautivas y burladas de los hombres», escribió Tertuliano. «Moran en el aire, tienen a las estrellas por vecinas y comercian con las nubes.»

En el siglo XI, el influyente teólogo bizantino, filosofo y tur­bio político Miguel Psellus, describía a los demonios con estas pa­labras:

Esos animales existen en nuestra propia vida, que está llena de pasiones, porque están presentes de manera abundante en ellas y su lugar de residencia es el de la materia, como lo es su rango y grado. Por esta razón están también sujetos a pasiones y encade­nados a ellas.

Un tal Richalmus, abad de Schónthal, alrededor de 1270 acuñó un tratado entero sobre demonios, lleno de experiencias de primera mano: ve (aunque sólo cuando cierra los ojos) incontables demo­nios malevolentes, como motas de polvo, que revolotean alrede­dor de su cabeza... y la de los demás. A pesar de las olas sucesivas de puntos de vista racionalista, persa, judío, cristiano y musul­mán, a pesar del fermento revolucionario social, político y filosó­fico, la existencia, gran parte del carácter e incluso el nombre de los demonios se mantuvo inalterable desde Hesíodo hasta las Cru­zadas.

Los demonios, los «poderes del aire», bajan de los cielos y mantienen ayuntamiento sexual ilícito con las mujeres. Agustín creía que las brujas eran fruto de esas uniones prohibidas. En la Edad Media, como en la antigüedad clásica, casi todo el mundo creía esas historias. Se llamaba también a los demonios diablos o ángeles

 

 

1. «Ciencia» significa «conocimiento» en latín. Aun sin profundizar, se nos revela aquí una disputa jurisdiccional.

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caídos. Los demoníacos seductores de las mujeres recibían el nom­bre de íncubos; los de los hombres, súcubos. Hay algunos casos en que las monjas, con cierta perplejidad, declaraban un parecido asombroso entre el íncubo y el cura confesor, o el obispo, y al des­pertar a la mañana siguiente, según contaba un cronista del siglo XV, «se encontraban contaminadas como si hubieran yacido con va­rón». Hay relatos similares, pero no en conventos, sino en los hare­nes de la antigua China. Eran tantas las mujeres que denunciaban íncubos, según argumentaba el religioso presbítero Richard Baxter (en su Certidumbre del mundo de los espíritus, 1691), «que es im­pudicia negarlo».2

Cuando los íncubos y súcubos seducían, se percibían como un peso sobre el pecho del soñador. Mare, a pesar de su significado en latín, es la antigua palabra inglesa para designar al íncubo, y nightmare (pesadilla) significaba originalmente el demonio que se sienta sobre el pecho de los que duermen y los atormenta con sue­ños. En la Vida de san Antonio de Atanasio (escrita alrededor del 360) se describía que los demonios entraban y salían a voluntad de habitaciones cerradas; mil cuatrocientos años después, en su obra De Daemonialitae, el erudito franciscano Ludovico Sinistrari nos asegura que los demonios atraviesan las paredes.

Prácticamente no se cuestionó la realidad externa de los de­monios desde la antigüedad hasta finales de la época medieval. Maimónides negaba su existencia, pero una mayoría aplastante de los rabinos creían en dybbuks. Uno de los pocos casos que he podi­do encontrar en que incluso se llega a insinuar que los demonios po­drían ser internos, generados en nuestras mentes, es cuando se le preguntó a Abba Poemen, uno de los Padres del Desierto de la pri­mera Iglesia:

¿Cómo luchan contra mí los demonios?

¿Los demonios luchan contra ti? —preguntó a su vez el padre Poemen—. Son nuestras propias voluntades las que se con­vierten en demonios y nos atacan.

Las actitudes medievales sobre íncubos y súcubos estaban influenciadas por el Comentario sobre el sueño de Escipión de Macrobio, escrito en el siglo XIV, del que se hicieron docenas de

2. Igualmente, en la misma obra: «Son tantos los que atestiguan que las brujas provocan tormentas que creo innecesario nombrarlos.» El teólogo Meric Casaubon —en su libro de 1668, De la credulidad y la incredulidad— argüía que las brujas debían existir porque, al fin y al cabo, todo el mundo cree en ellas. Cual­quier cosa en la que cree un gran número de personas tiene que ser cierta.

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ediciones antes de la Ilustración europea: Macrobio describió los fantasmas que se veían «en el momento entre la vigilia y el sopor». El soñador «imagina» a los fantasmas como depredadores. Macro­bio tenía un sesgo escéptico que los lectores medievales tendían a ignorar.

La obsesión con los demonios empezó a alcanzar un cres­cendo cuando, en su famosa Bula de 1484, el papa Inocencio VIII declaró:

Ha llegado a nuestros oídos que miembros de ambos sexos no evitan la relación con ángeles malos, íncubos y súcubos, y que, mediante sus brujerías, conjuros y hechizos sofocan, extinguen y echan a perder los alumbramientos de las mujeres,

además de generar otras muchas calamidades. Con esta bula, Ino­cencio inició la acusación, tortura y ejecución sistemática de incon­tables «brujas» de toda Europa. Eran culpables de lo que Agustín había descrito como «una asociación criminal del mundo oculto». A pesar del imparcial «miembros de ambos sexos» del lenguaje de la bula, las perseguidas eran principalmente mujeres jóvenes y adultas.

Muchos protestantes importantes de los siglos siguientes a pesar de sus diferencias con la Iglesia católica, adoptaron puntos de vista casi idénticos. Incluso humanistas como Desiderio Erasmo y Tomás Moro creían en brujas. «Abandonar la brujería —decía John Wesley, el fundador del metodismo— es como abandonar la Bi­blia.» William Blackstone, el célebre jurista, en sus Comentarios sobre las Leyes de Inglaterra (1765), afirmó:

Negar la posibilidad, es más, la existencia real de la brujería y la hechicería equivale a contradecir llanamente el mundo revelado por Dios en varios pasajes tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento.

Inocencio ensalzaba a «nuestros queridos hijos Henry Kra-mer y James Sprenger» que, «mediante Cartas Apostólicas han sido delegados como Inquisidores de esas depravaciones heréticas»: Si las «abominaciones y atrocidades en cuestión se mantienen sin cas­tigo», las almas de las multitudes se enfrentan a la condena eterna.

El papa nombró a Kramer y Sprenger para que escribieran un estudio completo utilizando toda la artillería académica de fina-

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les del siglo XV. Con citas exhaustivas de las Escrituras y de eru­ditos antiguos y modernos, produjeron el Malleus Maleficarum, «martillo de brujas», descrito con razón como uno de los documen­tos más aterradores de la historia humana. Thomas Ady, en Una vela en la oscuridad, lo calificó de «doctrinas e invenciones in­fames», «horribles mentiras e imposibilidades» que servían para ocultar «su crueldad sin parangón a los oídos del mundo». Lo que el Malleus venía a decir, prácticamente, era que, si a una mujer la acusan de brujería, es que es bruja. La tortura es un medio infalible para demostrar la validez de la acusación. El acusado no tiene dere­chos. No tiene oportunidad de enfrentarse a los acusadores. Se pres­ta poca atención a la posibilidad de que las acusaciones puedan ha­cerse con propósitos impíos: celos, por ejemplo, o venganza, o la avaricia de los inquisidores que rutinariamente confiscaban las pro­piedades de los acusados para su propio uso y disfrute. Su manual técnico para torturadores también incluye métodos de castigo dise­ñados para liberar los demonios del cuerpo de la víctima antes de que el proceso la mate. Con el Malleus en mano, con la garantía del aliento del papa, empezaron a surgir inquisidores por toda Europa.

Rápidamente se convirtió en un provechoso fraude. Todos los costes de la investigación, juicio y ejecución recaían sobre los acusados o sus familias; hasta las dietas de los detectives privados contratados para espiar a la bruja potencial, el vino para los centi­nelas, los banquetes para los jueces, los gastos de viaje de un men­sajero enviado a buscar a un torturador más experimentado a otra ciudad, y los haces de leña, el alquitrán y la cuerda del verdugo. Además, cada miembro del tribunal tenía una gratificación por bru­ja quemada. El resto de las propiedades de la bruja condenada, si las había, se dividían entre la Iglesia y el Estado. A medida que se ins­titucionalizaban estos asesinatos y robos masivos y se sancionaban legal y moralmente, iba surgiendo una inmensa burocracia para ser­virla y la atención se fue ampliando desde las brujas y viejas pobres hasta la clase media y acaudalada de ambos sexos.

Cuantas más confesiones de brujería se conseguían bajo tortura, más difícil era sostener que todo el asunto era pura fanta­sía. Como a cada «bruja» se la obligaba a implicar a algunas más, los números crecían exponencialmente. Constituían «pruebas te­mibles de que el diablo sigue vivo», como se dijo más tarde en América en los juicios de brujas de Salem. En una era de creduli­dad, se aceptaba tranquilamente el testimonio más fantástico: que decenas de miles de brujas se habían reunido para celebrar un

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aquelarre en las plazas públicas de Francia, y que el cielo se había oscurecido cuando doce mil de ellas se echaron a volar hacia Terranova. En la Biblia se aconsejaba: «No dejarás que viva una bru­ja.» Se quemaron legiones de mujeres en la hoguera.3 Y se aplica­ban las torturas más horrendas a toda acusada, joven o vieja, una vez los curas habían bendecido los instrumentos de tortura. Ino­cencio murió en 1492, tras varios intentos fallidos de mantenerlo con vida mediante transfusiones (que provocaron la muerte de tres jóvenes) y amamantándose del pecho de una madre lactante. Le

lloraron sus amantes y sus hijos.

En Gran Bretaña se contrató a buscadores de brujas, tam­bién llamados «punzadores», que recibían una buena gratificación por cada chica o mujer que entregaban para su ejecución. No tenían ningún aliciente para ser cautos en sus acusaciones. Solían buscar «marcas del diablo» —cicatrices, manchas de nacimiento o nevi— que, al pincharlas con una aguja, no producían dolor ni sangraban. Una simple inclinación de la mano solía producir la impresión de que la aguja penetraba profundamente en la carne de la bruja. Cuando no había marcas visibles, bastaba con las «marcas invisi­bles». En las galeras, un punzador de mediados del siglo XVII «con­fesó que había causado la muerte de más de doscientas veinte mu­jeres en Inglaterra y Escocia por el beneficio de veinte chelines la pieza».4

En los juicios de brujas no se admitían pruebas atenuantes o testigos de la defensa. En todo caso, era casi imposible para las bru­jas acusadas presentar buenas coartadas: las normas de las pruebas tenían un carácter especial. Por ejemplo, en más de un caso el ma­rido atestiguó que su esposa estaba durmiendo en sus brazos en el preciso instante en que la acusaban de estar retozando con el diablo en un aquelarre de brujas; pero el arzobispo, pacientemente, expli­có que un demonio había ocupado el lugar de la esposa. Los mari­dos no debían pensar que sus poderes de percepción podían exceder

 

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3. Por lo visto, la Santa Inquisición adoptó este tipo de ejecución para acatar literalmente una frase bien intencionada de la ley canónica (Concilio de Tours, 1163): «La Iglesia abomina del derramamiento de sangre.»

4. En el tenebroso terreno de los cazadores de recompensas e informa­dores a sueldo, la corrupción vil suele ser la norma, en todo el mundo y a lo largo de toda la historia humana. Para tomar un ejemplo casi al azar, en 1994, a cam­bio de una cantidad, un grupo de inspectores de correos de Cleveland decidió ac­tuar en secreto para descubrir a delincuentes; a continuación inventaron casos pe­nales contra treinta y dos trabajadores de correos inocentes.

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los poderes de engaño de Satanás. Las mujeres jóvenes y bellas eran enviadas forzosamente a la hoguera.

Los elementos eróticos y misóginos eran fuertes... como puede esperarse de una sociedad reprimida sexualmente, dominada por varones, con inquisidores procedentes de la clase de los curas, nominalmente célibes. En los juicios se prestaba atención minucio­sa a la calidad y cantidad de los orgasmos en las supuestas copula­ciones de las acusadas con demonios o el diablo (aunque Agustín estaba seguro de que «no podemos llamar fornicador al diablo») y a la naturaleza del «miembro» del diablo (frío, según todos los in­formes). Las «marcas del diablo» se encontraban «generalmente en los pechos o partes íntimas», según el libro de 1700 de Ludovico Sinistrari. Como resultado, los inquisidores, exclusivamente varones, afeitaban el vello púbico de las acusadas y les inspeccionaban cui­dadosamente los genitales. En la inmolación de la joven Juana de Arco a los veinte años, tras habérsele incendiado el vestido, el ver­dugo de Rúan apagó las llamas para que los espectadores pudieran ver «todos los secretos que puede o debe haber en una mujer».

La crónica de los que fueron consumidos por el fuego sólo en la ciudad alemana de Wurzburgo en el año 1598 revela la esta­dística y nos da una pequeña muestra de la realidad humana:

El administrador del senado, llamado Gering; la anciana señora Kanzier; la rolliza esposa del sastre; la cocinera del señor Men-gerdorf; una extranjera; una mujer extraña; Baunach, un senador, el ciudadano más gordo de Wurtzburgo; el antiguo herrero de la corte; una vieja; una niña pequeña, de nueve o diez años; su her­mana pequeña; la madre de las dos niñas pequeñas antes men­cionadas; la hija de Liebler; la hija de Goebel, la chica más gua­pa de Wurtzburgo; un estudiante que sabía muchos idiomas; dos niños de la iglesia, de doce años de edad cada uno; la hija peque­ña de Stepper; la mujer que vigilaba la puerta del puente; una an­ciana; el hijo pequeño del alguacil del ayuntamiento; la esposa de Knertz, el carnicero; la hija pequeña del doctor Schuitz; una chica ciega; Schwartz, canónigo de Hach...

Y así sigue. Algunos recibieron una atención humana especial: «La hija pequeña de Valkenberger fue ejecutada y quemada en la inti­midad.» En un solo año hubo veintiocho inmolaciones públi­cas, con cuatro a seis víctimas de promedio en cada una de ellas, en esta pequeña ciudad. Era un microcosmos de lo que ocurría en toda

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Europa. Nadie sabe cuántos fueron ejecutados en total: quizá cien­tos de miles, quizá millones. Los responsables de la persecución, tortura, juicio, quema y justificación actuaban desinteresadamente. Sólo había que preguntárselo.

No se podían equivocar. Las confesiones de brujería no po­dían basarse en alucinaciones, por ejemplo, o en intentos desespe­rados de satisfacer a los inquisidores y detener la tortura. En este caso, explicaba el juez de brujas Pierre de Lancre (en su libro de 1612, Descripción de la inconstancia de los ángeles malos), la Iglesia católica estaría cometiendo un gran crimen por quemar brujas. En consecuencia, los que plantean estas posibilidades ata­can a la Iglesia y cometen ipso facto un pecado mortal. Se castigaba a los críticos de las quemas de brujas y, en algunos casos, también ellos morían en la hoguera. Los inquisidores y torturado­res realizaban el trabajo de Dios. Estaban salvando almas, aniqui­lando a los demonios.

Desde luego, la brujería no era la única ofensa merecedora de tortura y quema en la hoguera. La herejía era un delito más gra­ve todavía, y tanto católicos como protestantes la castigaban sin piedad. En el sigloXVI, el erudito William Tyndale cometió la te­meridad de pensar en traducir el Nuevo Testamento al inglés. Pero, si la gente podía leer la Biblia en su propio idioma en lugar de ha­cerlo en latín, se podría formar sus propios puntos de vista religio­sos independientes. Podrían pensar en establecer una línea privada con Dios sin intermediarios. Era un desafío para la seguridad del trabajo de los curas católicos romanos. Cuando Tyndale intentó pu­blicar su traducción, le acosaron y persiguieron por toda Europa. Finalmente le detuvieron, le pasa