
La Iglesia irlandesa ha conseguido que los nombres de víctimas y verdugos permanezcan secretos
Mea culpa, mea grandísima culpa... Un informe de casi dos
mil páginas sobre los abusos sufridos por niños y niñas a manos de la
Iglesia católica irlandesa denuncia violaciones, acosos sexuales,
palizas y un régimen disciplinario propio de una penitenciaría de
máxima seguridad. Pero la cosa termina ahí. No va a haber detenciones,
ni procesos criminales, ni juicios. No se va a nombrar ni a las
víctimas ni a los verdugos. Como si nunca hubiera pasado nada.
Una
investigación del Gobierno de Dublín sobre el comportamiento de los
responsables de orfanatos y escuelas industriales para niños
problemáticos o abandonados concluye que "los abusos sexuales fueron
endémicos y muchos hombres y mujeres no han podido recuperarse ni
física ni emocionalmente del daño".
El proceso ha durado nueve
años. De los 35.000 niños y niñas que pasaron por los reformatorios,
orfanatos e instituciones similares a cargo de los llamados Hermanos
Cristianos (Christian Brothers) y Hermanas Magdalena (Magdalena
Sisters), más de dos mil han narrado sus historias de terror a la
comisión investigadora. Pero no esperaban que el Gobierno - en una
solución muy irlandesa y que revela el poder que aún tiene la
Iglesia-decidiera conformarse con la denuncia y correr un tupido velo.
"Desde
que tenía ocho años fui abusado sexualmente por un sacerdote que tenía
acceso a mí las 24 horas del díayde la noche - dice Thomas Wall, un
huérfano de Limerick-.Si hubiera sabido que todo iba a quedar en agua
de borrajas no habría pasado por el trauma de recordar aquellos tiempos
horribles". Tom Hayes cuenta que él no fue abusado por niños más
mayores que iban por la noche a su cama con siniestras intenciones.
"Los curas hacían la vista gorda, lo que les importaba era la
disciplina e imponían un régimen carcelario de terror. Si alguien se
quejaba de algo, lo castigaban o le pegaban".
Sadie O´Mara fue
ingresada en una institución de las Hermanas Magdalena a cuando tenía
quince años sin que nadie le explicara el por qué, y obligada a pasarse
el día lavando y planchando ropa. "Nos levantaban a las seis de la
mañana, y tenías que escuchar dos misas antes de ponerte a trabajar.
Dormíamos en una celda cerrada con candado. Mi madre murió sin que las
monjas me informaran, me enteré cuatro años después". Las historias de
Sadie, Tom y Thomas tienen un elemento en común: los tres aseguran
haber perdido la fe católica.
Los orfanatos, reformatorios,
lavanderías y escuelas industriales regentados por instituciones
católicas fueron establecidos en Irlanda en 1868. Tras la
independencia, el gobierno decidió mantenerse al margen para no herir a
la todopoderosa Iglesia católica. Fueron cerrados a mediados de los
ochenta, cuando los abominables abusos salieron a la luz.
El
cardenal Sean Brady, máxima autoridad religiosa del país, ha pedido
públicamente perdón y dice estar "avergonzado". Pero los seis volúmenes
del informe son como una sábana blanca manchada de sangre: aparecen la
descripción de los delitos, pero no los nombres de los criminales.