Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Entrevista de Eduardo
Mazo a Manuel Sánchez Montalbán
- ¿Por qué corrompe siempre el
poder?
- Porque convoca el triste riesgo de
ser más que nadie.
Voltaire frente a Dios
Contra la tesis mantenida por
Leibniz de que nos encontramos en el mejor de los mundos
posibles, más bien pareciera que todo se rige por el principio
de lo peor. En todo caso, si Dios creó el mundo con algún fin,
debió ser para hacernos de rabiar.
François-Marie Arouet, que se dio a sí mismo el seudónimo
de Voltaire, es quizás uno de los intelectuales franceses más
polifacéticos e importantes del Siglo de las Luces. Nació en
París el 21 de Noviembre de 1694, hijo del notario François
Arouet y de una madre prácticamente desconocida que falleció
cuando Voltaire cumplía los siete años de edad. Estudió en el
colegio jesuita Louis-le-Grand cuando se cumplían los últimos
años del reinado de Luis XIV. De su formación religiosa guardará
Voltaire un penoso recuerdo que se plasmará en una actitud
irreverente, rebelde y burlona frente la Iglesia, sus
instituciones y dogmas.
En 1713 obtiene el cargo de secretario de la
embajada francesa en La Haya, trabajo del que es expulsado
debido a ciertas relaciones amorosas. Apasionado ya desde
entonces por la literatura, frecuenta los lugares donde se
reúnen los intelectuales y artistas más destacados y, cuando
muere en 1715 Luis XIV y toma la regencia el Duque de Orleáns,
Voltaire escribirá una sátira contra él que le llevará preso a
la Bastilla durante un año, tiempo que dedica a estudiar
literatura.
En 1718 Voltaire conoce su primer éxito con la tragedia Edipo
y con una epopeya, La Henriade, dedicada al tolerante rey
Enrique IV, que se estrena en 1723. Sin embargo, no cesan los
problemas; una disputa con el noble De Rohan le lleva de nuevo a
la Bastilla y después al destierro, motivo que provoca su retiro
a Londres durante dos años, lugar en el que contactará con la
elite literaria, científica e intelectual. Cuando regresa a
Francia en 1728, Voltaire difundirá las progresistas ideas
políticas inglesas y el pensamiento del científico Isaac
Newton y del filósofo John Locke.
En 1731 escribe Historia de Carlos XII, obra en la que
esboza los problemas y tópicos que, más tarde, aparecerán
plenamente madurados en su famosa obra Cartas filosóficas,
publicada en 1734 y en la que lleva a cabo una radical defensa
de la tolerancia religiosa y la libertad ideológica, tomando
como modelo la permisividad inglesa y acusando al cristianismo
de ser la raíz de todo fanatismo dogmático. Por este motivo, en
el mes de mayo se ordena su detención y Voltaire se refugia en
el castillo de la culta Madame Châtelet, mujer con la que
establecerá una larga relación personal y con la que trabajará
concienzudamente en una obra sobre el pensamiento newtoniano,
que lleva por título: La filosofía de Newton.
En 1742 Voltaire publica Mohamed o el fanatismo, obra que
será prohibida y un año después aparece Mérope. Por esta
época, en la que había estallado la guerra de sucesión austríaca,
Voltaire marcha en misión secreta a Berlín, después de lo cual
recupera su prestigio, siendo nombrado académico, historiógrafo
y Caballero de la Cámara real. Cuando muere Madame de Châtelet
en 1749, Voltaire vuelve a Berlín invitado por Federico II, pero
pronto acaba mal con el monarca y, huyendo de Prusia, se le
detiene en Francfort, para después ser expulsado nuevamente de
Alemania. Como Francia le negó la residencia, Voltaire se
refugia en Suiza.
En 1759 publica Cándido o el optimismo, obra que
será inmediatamente condenada en Ginebra por sus irónicas
críticas a la filosofía leibniziana y su chistosa sátira contra
clérigos, nobles, reyes y militares. Las inocentes reflexiones
del joven Cándido no dejan títere con cabeza. Cuatro años
después compone Tratado sobre la tolerancia y en
1764 su Diccionario filosófico. Desde entonces,
siendo ya Voltaire un personaje famoso e influyente en la vida
pública, interviene en distintos casos judiciales, como el caso
Calas y el de La Barre, que estaba acusado de impiedad,
defendiendo la tolerancia y la libertad a todo dogmatismo y
fanatismo.
En 1778 Voltaire vuelve a París, acogido con entusiasmo,
muriendo el 30 de mayo de ese mismo año.
El pensamiento de
Voltaire
Aunque fue un pensador polifacético y poco o nada sistemático,
Voltaire se convirtió en un símbolo del enciclopedismo y de las
modernas ideas ilustradas que defendían la libertad de
pensamiento, la tolerancia y la justicia como instrumentos
superadores de la ignorancia, el dogmatismo y las supersticiones
de toda índole. Frente al oscurantismo no solo ideológico, sino
académico, esgrimirá Voltaire el buen hacer de su pluma, la cual
gozaba de una enorme claridad crítica y de una demoledora y
mordaz franqueza que le hicieron granjearse numerosos problemas
y enemistades. Su escritura se mofa de la utilizada por los
abstrusos escolásticos o, como sarcásticamente escribe en el
Cándido, de los que se dedicaban a enseñar la metafísica
teologocosmolonigológica.
Pese a compartir muchos de los postulados básicos aceptados por
la mayoría de los ilustrados ingleses y franceses, a Voltaire le
separa de ellos la carencia de un optimismo metafísico y la fe
en un progreso humano capaz de arrebatarnos de la mezquindad y
de la ruindad en la que estamos inmersos. En contra de la tesis
del "buen salvaje" mantenida por Rousseau, Voltaire no
cree en ninguna inocencia y bondad naturales del hombre. No es
la sociedad, el Estado o la cultura la que pervierte y denigra
esa inocencia primigenia del hombre, antes bien, es el propio
hombre el que genera las propias condiciones de su miseria. La
ética no se halla subordinada a la política, porque se trata de
un ámbito inmanente a nuestra propia naturaleza. La absoluta
confianza de la razón que postularon un siglo antes los
racionalistas no es aceptada por Voltaire, para el cual la
inteligencia humana por sí misma puede denunciar, criticar y
corregir algunos prejuicios, errores o disparates, pero por sí
sola es impotente para erradicar estos males.
Frente al optimismo adoptado por los ilustrados y llevado a su
culmen por Leibniz en su teoría de la armonía
preestablecida, en la que afirma que éste es el mejor de los
mundos posibles, el joven e inocente Cándido saca sus propias
conclusiones:
"-Oh, Pangloss –exclamó
Cándido-. Jamás me hablaste de semejantes abominaciones, y por
lo que veo y he visto son hechos concretos y verídicos. ¿Habré
de renunciar a compartir tu optimismo.
-¿Qué es el optimismo? –inquirió Cacambo.
-No es sino el empeño de sostener que todo es magnífico cuanto
todo es pésimo –explicó Cándido."(Cándido).
El único remedio para hacer la vida tolerable que
acepta Voltaire en su obra Cándido o el optimismo es el
trabajo. De nada sirve buscar fines ni mucho menos
presuponer que existe cierto orden racional en el mundo
susceptible de crear las condiciones necesarias en las que pueda
desarrollarse una vida virtuosa y justa. Como dice chistosamente
en la mencionada obra, el fin con el que Dios creó el mundo fue
"para hacernos de rabiar".
"-
Lo que sé es que hay que cultivar nuestro jardín –le interrumpió
Cándido.
- Tenéis razón –reconoció Pangloss-, porque cuando el hombre fue
colocado en el jardín del Edén fue puesto ut operaretur eum para
trabajar. Prueba de que el hombre no ha nacido para el ocio.
- Pues trabajemos sin discutir –concluyó Martín-. Es el único
medio de hacer la vida tolerable." (Cándido)
Voltaire aceptó las tesis del deísmo, es decir, de
aquella doctrina que reivindica una religión natural o racional
defendiendo la libertad ideológica, de culto y la tolerancia
religiosa. El anticlericalismo radical (sinónimo en nuestros
días de volteranismo), que se desprende de la mayoría de sus
obras, sin embargo no debe llevarnos a suponer que Voltaire
defendiera una postura atea. De hecho, afirma que "si Dios no
existiera sería necesario inventarlo, pero la naturaleza entera
nos grita que existe".
En el Diccionario filosófico, Voltaire define el deísmo
en los siguientes términos:
"El
deísmo es una religión difundida en todas las religiones; es un
metal que se alía con los demás metales, y cuyas venas se
extienden por debajo de la tierra (...)
La religión revelada no es ni
podía ser otra que la religión natural perfeccionada. De modo
que el deísmo es el buen sentido que no está enterado aún de la
revelación y las otras religiones son el buen sentido que
pervirtió la superstición (...)"
La crítica volteriana tiene una función terapeútica, aunque es
consciente de los límites de su quehacer. Efectivamente, es la
propia naturaleza humana la responsable de todas sus ruindades y
miserias. El mundo se rige no por el principio de lo mejor, sino
de lo peor. El mal en el mundo no proviene de Dios ni de
condicionantes históricos o políticos, sino del hombre mismo.
"…encuentro que todo está al revés
entre los hombres, que nadie
conoce sus derechos ni sus deberes (…)
- Pues yo he visto cosas peores –replicó Cándido -.Sin embargo,
un sabio que murió ahorcado me enseñó que todo está hecho a la
perfección y que lo que vos me decís son las sombras de un bello
cuadro.
- Vuestro ahorcado se burlaba de la gente –aseguró Martín
-.Vuestras sombras son manchas horribles.
- Los hombres son quienes lo manchan todo sin poder evitarlo-
comentó Cándido.
- Entonces no es culpa suya –indicó Martín." (Cándido o el
optimismo).
Nota.- Para profundizar en estas u otras
cuestiones análogas muestro la obra de mi eximio paisano
Josep Ferrater i
Mora,
"Diccionario de Filosofía", obra aún incomparable pese a los muchos años
transcurridos desde su primera publicación.
Hobbes
El hombre
un lobo
para el hombre
Transmutación de todos los valores
(
Nietzsche)
:
predicamos una imposible moral judeo-cristiana-socialista-comunista, pero
vivimos de acuerdo con la única moral posible, la Ley de la
Jungla. Porque la primera es una utopía, absurda por impracticable,
por ser contraria a las leyes de la vida, tal como nos enseña la
Biología. Y esta impracticabilidad causa frustración y sentimiento
de culpa
( I)
en todos los que hemos fracasado al intentar practicarla. Como
ocurriría con una moral contraria a la ley de la gravedad
(I)
La imposibilidad
de cumplir fielmente una moral que existe desde hace dos mil años, unos
preceptos morales que creemos que las demás personas son capaces de cumplir
sinceramente, nos induce a pensar que si a nosotros nos resulta imposible es
por alguna corrupción insuperable en el fondo más íntimo de nuestro ser. Por lo que nos refugiamos en la hipocresía, la mentira, el
engaño, para que las demás personas no adviertan esta corrupción y no nos
aparten o menosprecien.
Como temía el rey con
los tres hombres burladores que "fizieron vn paño· en
" Libro de los
enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio", obra del Infante Don Juan
Manuel (1282-1349)