Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Entrevista de Eduardo
Mazo a Manuel Sánchez Montalbán
- ¿Por qué corrompe siempre el
poder?
- Porque convoca el triste riesgo de
ser más que nadie.
Sartre y el problema de Dios
Yo diría que
Jean-Paul Sartre, pese a sus indiscutibles dotes intelectuales y
temperamentales, sigue siendo el hombre que desvió el existencialismo:
directamente, lo hizo descarrilar. En parte, quizá, porque se apartó
demasiado del pensamiento de Heidegger. Me atrevería a proponer que
Heidegger buscaba un nexo viable entre lo humano y lo divino que no
encolerizara demasiado -hasta provocar una situación irreparable- a los
mandarines reinantes en la Alemania posterior a Hitler, quienes no tenían la
menor prisa por perdonarle su pasado y difícilmente alentarían su tropismo
hacia lo no racional.
Sin embargo, Sartre se sentía cómodo en su ateísmo, aun cuando no tuviera
ningún fundamento en que apoyar sus filosóficos pies. ¡Al diablo con eso, no
lo necesitaba! Estaba preparado para sobrevivir en el aire. Para decir:
"Somos franceses. Tenemos cerebro, inteligencia. Podemos convivir con el
absurdo sin pedir recompensa alguna. Y esto es así porque tenemos la nobleza
suficiente para convivir con el vacío y la fuerza suficiente para elegir un
rumbo por el que incluso estamos dispuestos a morir. Y lo haremos a despecho
de que, en verdad, carecemos por completo de un punto de apoyo. Nosotros no
esperamos un Más Allá".
Fue una actitud, una postura orgullosa, comparable a convivir con la propia
mente en el espacio amorfo. Pero privó al existencialismo de sus
exploraciones más interesantes. Desde el punto de vista filosófico, el
ateísmo es un empeño estéril. (¡Basta pensar en el positivismo lógico!) El
ateísmo puede polemizar con la ética (como lo hizo Sartre, a veces muy
brillantemente) pero, cuando incursiona en la metafísica, acaba encerrado
bajo llave en una celda. Después de todo, a un filósofo le resulta casi
imposible investigar por qué estamos aquí sin abrigar cierta noción de cuál
podría haber sido la fuerza precedente. La especulación cósmica se asfixia
si la existencia nació de la nada. El argumento de Sartre es todavía peor:
la existencia humana comenzó sin el menor indicio acerca de si estamos aquí
con un buen fin o si nuestra presencia es totalmente inmotivada.
Pese a todo, el talento filosófico de Sartre alcanzaba un virtuosismo
detestable. Podía funcionar con precisión en los más altos niveles de
cualquier estructura lógica que construyese. ¡Si tan siquiera Sartre no
hubiera sido existencialista! Un existencialista que no cree en algún Otro,
sea cual fuere su naturaleza, es como un ingeniero que diseña un automóvil
que no necesita conductor ni acepta pasajeros. Para florecer -para
desarrollarse a través de nuevos filósofos que, en forma sucesiva, vayan
construyendo sobre las premisas anteriores-, el existencialismo necesita un
Dios que no esté más seguro de conocer el final de lo que estamos nosotros.
Un Dios artista y no legislador. Un Dios que padezca las incertidumbres de
la existencia. Un Dios que viva sin ninguna de las garantías arregladas de
antemano y sentadas, como un íncubo, sobre la teología formal y su
presunción de un Ser que es el Supremo Bien y el Supremo Poder. Qué oxímoron
colosal: Supremo Bien y Supremo Poder. Por cierto, deja desamparado a
cualquier teólogo formal que quiera explicar un sismo. La noción de un Dios
existencial -un Creador que, tal vez, hizo cuanto pudo como artista pero,
aun así, quizá tuvo un descuido al diseñar las placas tectónicas- está fuera
de su alcance.
Sartre rechazó la idea de que el existencialismo podría medrar si tan sólo
diese por sentado que, en verdad, tenemos un Dios (...l o Ella) que, sean
cuales fueren sus dimensiones cósmicas respecto de las que nosotros le
atribuimos, encarne algunos de nuestros defectos, ambiciones y aptitudes.
También nuestra melancolía. Porque el final no está escrito. Y si lo está,
el existencialismo no tiene cabida. Pero si basamos nuestras creencias
religiosas en la realidad de nuestra existencia, habrá un paso no muy largo
de ahí a suponer que no sólo somos individuos, sino que bien podemos ser una
parte vital de un fenómeno mayor que busca una visión más precisa de la
vida. Dicha visión podría emerger de nuestra actual condición humana. Se
podrá argüir que no hay razón alguna para que esta hipótesis no se aproxime
más al verdadero existir de nuestra vida que cualquier propuesta de teólogos
oximorónicos. Ciertamente, es más razonable que la sartreana, todavía
vigente. Sartre anhelaba una sociedad mejor. No obstante, según él, estamos
aquí queramos o no y debemos habérnoslas lo mejor que podamos con la nada
endémica instalada sobre un vacío, una eterna ausencia de fundamentos
sólidos. Sin duda, Sartre fue un gran escritor, pero también fue un verdugo
filosófico. Guillotinó al existencialismo justamente cuando más
necesitábamos oír su aullido, su alarido bárbaro gritándonos que Dios y
todos nosotros tenemos algo en común. Nosotros, como Dios, somos artistas
imperfectos que hacemos lo mejor que podemos. Tenemos la posibilidad de
triunfar o fracasar; también Dios. Ese es el tema implícito, aunque no
desarrollado, del existencialismo. Nos vendría bien volver a convivir con
los griegos, con la expectativa de un final todavía abierto, pero la
tragedia humana bien puede ser nuestro fin.
Las grandes esperanzas carecen de todo fundamento real, a menos que estemos
dispuestos a afrontar la fatalidad, con la que también podemos toparnos en
el camino. Esos son los polos de nuestra existencia; lo han sido desde el
primer instante de la Gran Explosión. Quizás ahora mismo se esté agitando
algo inmenso. Para enfrentarlo, más nos valdría esperar que la vida no nos
dará las respuestas que tanto necesitamos, sino más bien nos ofrecerá el
privilegio de pulir nuestras preguntas. Si, en verdad, necesitamos un Dios
con quien podamos comprometer nuestra vida, nos convendría explorar el
relativismo teológico y no el absolutismo moral.
Nota.- Para profundizar en estas u otras
cuestiones análogas muestro la obra de mi eximio paisano
Josep Ferrater i
Mora,
"Diccionario de Filosofía", obra aún incomparable pese a los muchos años
transcurridos desde su primera publicación.
Hobbes
El hombre
un lobo
para el hombre
Transmutación de todos los valores
(
Nietzsche)
:
predicamos una imposible moral judeo-cristiana-socialista-comunista, pero
vivimos de acuerdo con la única moral posible, la Ley de la
Jungla. Porque la primera es una utopía, absurda por impracticable,
por ser contraria a las leyes de la vida, tal como nos enseña la
Biología. Y esta impracticabilidad causa frustración y sentimiento
de culpa
( I)
en todos los que hemos fracasado al intentar practicarla. Como
ocurriría con una moral contraria a la ley de la gravedad
(I)
La imposibilidad
de cumplir fielmente una moral que existe desde hace dos mil años, unos
preceptos morales que creemos que las demás personas son capaces de cumplir
sinceramente, nos induce a pensar que si a nosotros nos resulta imposible es
por alguna corrupción insuperable en el fondo más íntimo de nuestro ser. Por lo que nos refugiamos en la hipocresía, la mentira, el
engaño, para que las demás personas no adviertan esta corrupción y no nos
aparten o menosprecien.
Como temía el rey con
los tres hombres burladores que "fizieron vn paño· en
" Libro de los
enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio", obra del Infante Don Juan
Manuel (1282-1349)