Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Entrevista de Eduardo
Mazo a Manuel Sánchez Montalbán
- ¿Por qué corrompe siempre el
poder?
- Porque convoca el triste riesgo de
ser más que nadie.
Fuera del mundo, fuera del pasado, fuera de sí mismo. El hombre
no ha de conquistar su libertad, porque está condenado a ella y
ha de asumirla sin mala fe, abriéndose a un proyecto sin meta,
dioses ni causas: absurdo.
Dramaturgo,
novelista, filósofo y teórico político, el pensamiento de Sartre
intenta reflejar la totalidad del saber contemporáneo desde una
perspectiva antidogmática que hunde sus raíces en el ateísmo. Su
existencialismo, corriente filosófica y cultural a la que
pertenecen también Heidegger, Jasper y G. Marcel "no es más que
un esfuerzo por sacar todas las consecuencias de una posición
atea coherente".
"Si Dios existe, al menos hay
un ser cuya existencia precede a la esencia, un ser que existe
antes de poder ser definido, por ningún concepto, y este ser es
el hombre. No hay naturaleza humana porque no hay Dios que la
conciba"
Efectivamente, la negación de la existencia de Dios trae como
consecuencia inmediata la eliminación de todo esencialismo
que postule la existencia de esencias inmutables, formas o
naturalezas permanentes. Lo prioritario para el existencialismo
no es la esencia, sino la existencia. Es más, es la existencia
el lugar desde donde deberá hacerse un análisis sobre el mundo y
el hombre: la existencia precede a la esencia.
Para Sartre, el hombre carece de una esencia previa que
determine o condicione de antemano su existencia. Antes bien, es
el propio despliegue existencial del hombre el que le dota de
una esencia, de una determinación susceptible de definirle, de
responder a la pregunta socrática ¿qué es?:
"El hombre primero existe, se
encuentra, surge en el mundo y después se define. El hombre, tal
como lo concibe el existencialismo, si no es definible, es que
no es nada. Sólo será después y será lo que se haya hecho a sí
mismo".(El
existencialismo es un humanismo).
Lo peculiar del hombre es la ausencia de una naturaleza propia
que le condicione o que le otorgue un modelo de conducta, o le
provea de un destino o un quehacer específico. En esto se
diferencia del resto de los seres materiales y naturales, los
cuales propiamente no existen, sino que "son", "consisten" en
algo:
"El hombre es lo que quiere ser,
el hombre es lo que se hace. Este es el primer principio del
existencialismo" (El
existencialismo es un humanismo).
Inventándose a sí mismo a cada instante, creando sus propios
valores, haciéndose al hacerse, el hombre existe y tiene
conciencia de su existir: sabe que es pura contingencia,
indeterminación absoluta, proyecto siempre inconcluso y
constantemente decidible. Por ello, en su novela La náusea
el protagonista, Antoine Roquentin toma conciencia de su
existencia a través de la angustia de verse desamparado
frente a toda elección, respecto a su responsabilidad y su
libertad insobornables. Nada puede salvarnos, estamos aquí
absurdamente, "de sobra" como todo lo que nos rodea: "todo
lo que existe nace sin razón, se prolonga por debilidad y muere
por casualidad".
Rehusar esta condición, evadir el ejercicio de nuestra
libertad o pretender falsificarla con ficticios
determinismos esencialistas es propio de la mala fe,
una farsa con la que pretendemos justificar nuestra claudicación
frente a la libertad, mediante la cual rechazamos hacernos cargo
del proyecto que somos. La mala fe imposibilita y elimina la
autenticidad.
Ahora bien, Sartre distingue dos niveles de ser
apoyándose en el análisis fenomenológico de la conciencia que
antes había llevado a cabo Edmund Husserl.
Según la fenomenología, lo característico de la
conciencia es la intencionalidad, es decir: el ser
siempre conciencia de algo que no es ella, el consistir en un
tender a (intentio) o proyectarse hacia. La conciencia no es,
por lo tanto, ningún "en sí", ni tampoco es la operación
o el substrato de un "yo". La conciencia se halla despojada de
toda estructura "egológica"; sus contenidos estriban en aquello
de lo cual es conciencia la conciencia. Ahora bien, ese algo a
lo que tiende la conciencia (que se identifica con lo sensible y
material) es denominado por Sartre "ser-en-sí", en
contraposición al "ser-para-sí" o ser de la conciencia.
El ser-en-sí es lo que se aparece a la conciencia y por lo
tanto, no es más que un fenómeno, una manifestación que debe ser
develada, descrita fenomenológicamente. Como características
propias de lo en-síSartre enumera las siguientes: es
increado ("aunque hubiese sido creado, el en-sí sería
inexplicable por la creación, pues asume de nuevo su ser más
allá de éste"), opaco, ("lleno de sí mismo"),
macizo ("está aislado en su ser y no mantiene ninguna
relación con lo que no es él"); es lo que es ("el
ser no puede ser derivado de lo posible ni reducido a lo
necesario"). Lo en-sí simplemente es: nada le sobra ni le
falta; no contiene ningún "no-ser"; éste lo añade la conciencia,
es incumbencia del para-sí.
el ser-para-sí es un tender hacia el ser-en-sí que
no es ella. Pero, por su intencionalidad, la conciencia es
también conciencia de sí misma, autoconciencia que se da a la
par de ser conciencia de lo en-sí. Ahora bien, este sí mismo que
es la conciencia, nada añade, porque no es nada, no es un en-sí.
Conocer algo es darse cuenta de que yo (que conozco) no soy ese
algo conocido, es saber que soy separado, distinto; algo que se
da distantemente, creando un abismo entre el en-sí y el para-sí,
introduciendo la nada, porque la conciencia no es lo
conocido (en-sí) ni tampoco es "algo" lo que conoce, sino el
"lugar" donde todo aparecer se produce y
todo es reducido a nada: "es un
poder ser lo que no se es y de no ser lo que se es".
El ser para-si es el Dasein de Heidegger: el
hombre; ser temporal, indeterminación radical que está "condenada
a ser libre", a pesar del contexto socio-histórico, de la
legalidad, incluso de toda coacción. En última instancia el
hombre elige, prefiere, afirma o niega. Cualquier imposición
aceptada, asumida aunque sea a regañadientes es una huida frente
a la libertad, porque no hay nada que pueda salvarnos ni
descargar nuestra libertad, ni siquiera Dios: "Si
hemos definido la situación del hombre como una elección libre,
sin excusas y sin ayuda, todo hombre que se refugia detrás de la
excusa de sus pasiones, todo hombre que inventa un determinismo,
es un hombre de mala fe".
Precisamente la idea de Dios no es más que la pretensión
fallida de que el ser-en-sí y el ser-para-sí coincidan,
coincidencia que es imposible y contradictoria y que
caracterizan al proyecto que es el hombre, cuya autenticidad y
grandeza le vendrán de asumir que su hacerse no puede retraerse
a ninguna norma o criterio, que no hay "norma" o "valor" de lo
en-sí que pueda regular su libertad. La idea de Dios es producto
de la mala fe .
Ahora bien, además de lo en-sí y lo para-sí, el análisis
fenomenológico nos descubre que hay otros seres para-sí que
convierten nuestra conciencia en un ser-para-otro.
Los otros limitan mi libertad, reducen mi ser a objeto, a
ser-en-sí. El otro se me devela en el sentimiento de la
vergüenza que me inunda cuando su conciencia ejerce su
libertad pensándome como quiera.
Los otros nos poseen, nos hacen su objeto, nos dominan y
alienan: "La vergüenza está, en la
raíz, vinculada con el hecho de que caí en el mundo"
(El ser y la nada).Según Sartre, la esencia de las
relaciones entre las conciencias es el conflicto. Ni
siquiera el amor escapa al absurdo, ya que mediante él,
intentamos cosificar al otro, acapararlo como objeto cuando lo
amamos. Tampoco si somos amados escapamos del masoquista deseo
de dejarnos atrapar y absorber como si fuéramos un ser-en-sí.
Esto justifica la máxima sartreana que afirma que el infierno
es el otro.
Nota.- Para profundizar en estas u otras
cuestiones análogas muestro la obra de mi eximio paisano
Josep Ferrater i
Mora,
"Diccionario de Filosofía", obra aún incomparable pese a los muchos años
transcurridos desde su primera publicación.
Hobbes
El hombre
un lobo
para el hombre
Transmutación de todos los valores
(
Nietzsche)
:
predicamos una imposible moral judeo-cristiana-socialista-comunista, pero
vivimos de acuerdo con la única moral posible, la Ley de la
Jungla. Porque la primera es una utopía, absurda por impracticable,
por ser contraria a las leyes de la vida, tal como nos enseña la
Biología. Y esta impracticabilidad causa frustración y sentimiento
de culpa
( I)
en todos los que hemos fracasado al intentar practicarla. Como
ocurriría con una moral contraria a la ley de la gravedad
(I)
La imposibilidad
de cumplir fielmente una moral que existe desde hace dos mil años, unos
preceptos morales que creemos que las demás personas son capaces de cumplir
sinceramente, nos induce a pensar que si a nosotros nos resulta imposible es
por alguna corrupción insuperable en el fondo más íntimo de nuestro ser. Por lo que nos refugiamos en la hipocresía, la mentira, el
engaño, para que las demás personas no adviertan esta corrupción y no nos
aparten o menosprecien.
Como temía el rey con
los tres hombres burladores que "fizieron vn paño· en
" Libro de los
enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio", obra del Infante Don Juan
Manuel (1282-1349)