Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Entrevista de Eduardo
Mazo a Manuel Sánchez Montalbán
- ¿Por qué corrompe siempre el
poder?
- Porque convoca el triste riesgo de
ser más que nadie.
Autor: S. S. Juan Pablo II
Pruebas de la existencia de Dios Audiencia
General de SS Juan Pablo II del 10 de julio de 1985, acerca de la existencia
de Dios.
Pruebas de la existencia de Dios
Audiencia General del 10 de julio de 1985
1. Cuando nos preguntamos: «¿Por qué creemos en Dios?», la
primera respuesta es la de nuestra fe: Dios se ha revelado a la
humanidad, ha entrado en contacto con los hombres. La suprema
revelación de Dios se nos ha dado en Jesucristo, Dios encarnado.
Creemos en Dios porque Dios se ha hecho descubrir por nosotros
como el Ser supremo, el gran «Existente».
Sin embargo esta fe en un Dios que se revela, encuentra también
un apoyo en los razonamientos de nuestra inteligencia. Cuando
reflexionamos, constatamos que no faltan las pruebas de la
existencia de Dios. Estas han sido elaboradas por los pensadores
bajo forma de demostraciones filosóficas, de acuerdo con la
concatenación de una lógica rigurosa. Pero pueden revestir
también una forma más sencilla y, como tales, son accesibles a
todo hombre que trata de comprender lo que significa el mundo
que lo rodea.
2. Cuando se habla de pruebas de la existencia de Dios, debemos
subrayar que no se trata de pruebas de orden
científico-experimental. Las pruebas científicas, en el sentido
moderno de la palabra, valen sólo para las cosas perceptibles
por los sentidos, puesto que sólo sobre éstas pueden ejercitarse
los instrumentos de investigación y de verificación de que se
sirve la ciencia. Querer una prueba científica de Dios,
significaría rebajar a Dios al rango de los seres de nuestro
mundo, y por tanto equivocarse ya metodológicamente sobre
aquello que Dios es. La ciencia debe reconocer sus límites y su
impotencia para alcanzar la existencia de Dios: ella no puede ni
afirmar ni negar esta existencia. De ello, sin embargo, no debe
sacarse la conclusión que los científicos son incapaces de
encontrar, en sus estudios científicos, razones válidas para
admitir la existencia de Dios. Si la ciencia como tal no puede
alcanzar a Dios, el científico, que posee una inteligencia cuyo
objeto no está limitado a las cosas sensibles, puede descubrir
en el mundo las razones para afirmar la existencia de un Ser que
lo supera. Muchos científicos han hecho y hacen este
descubrimiento.
Aquel que, con un espíritu abierto, reflexiona en lo que está
implicado en la existencia del universo, no puede por menos de
plantearse el problema del origen. Instintivamente cuando somos
testigos de ciertos acontecimientos, nos preguntamos cuáles son
las causas. ¿Cómo no hacer la misma pregunta para el conjunto de
los seres y de los fenómenos que descubrimos en el mundo?
3. Una hipótesis científica como la de la expansión del universo
hace aparecer más claramente el problema: si el universo se
halla en continua expansión, ¿no se debería remontar en el
tiempo hasta lo que se podría llamar el «momento inicial», aquel
en el que comenzó la expansión? Pero, sea cual fuere la teoría
adoptada sobre el origen del universo, la cuestión más
fundamental no puede eludirse. Este universo en constante
movimiento postula la existencia de una Causa que, dándole el
ser, le ha comunicado ese movimiento y sigue alimentándolo. Sin
tal Causa suprema, el mundo y todo movimiento existente en él
permanecerían «inexplicados» e «inexplicables», y nuestra
inteligencia no podría estar satisfecha. El espíritu humano
puede recibir una respuesta a sus interrogantes sólo admitiendo
un Ser que ha creado el mundo con todo su dinamismo, y que sigue
conservándolo en la existencia.
4. La necesidad de remontarse a una Causa suprema se impone
todavía más cuando se considera la organización perfecta que la
ciencia no deja de descubrir en la estructura de la materia.
Cuando la inteligencia humana se aplica con tanta fatiga a
determinar la constitución y las modalidades de acción de las
partículas materiales, ¿no es inducida, tal vez, a buscar el
origen en una Inteligencia superior, que ha concebido todo?
Frente a las maravillas de lo que se puede llamar el mundo
inmensamente pequeño del átomo, y el mundo inmensamente grande
del cosmos, el espíritu del hombre se siente totalmente superado
en sus posibilidades de creación e incluso de imaginación, y
comprende que una obra de tal calidad y de tales proporciones
requiere un Creador, cuya sabiduría trascienda toda medida, cuya
potencia sea infinita.
5. Todas las observaciones concernientes al desarrollo de la
vida llevan a una conclusión análoga. La evolución de los seres
vivientes, de los cuales la ciencia trata de determinar las
etapas, y discernir el mecanismo, presente una finalidad interna
que suscita la admiración. Esta finalidad que orienta a los
seres en una dirección, de la que no son dueños ni responsables,
obliga a suponer un Espíritu que es su inventor, el creador. La
historia de la humanidad y la vida de toda persona humana
manifiestan una finalidad todavía más impresionante. Ciertamente
el hombre no puede explicarse a sí mismo el sentido de todo lo
que le sucede, y por tanto debe reconocer que no es dueño de su
propio destino. No sólo no se ha hecho él a sí mismo, sino que
no tiene ni siquiera el poder de dominar el curso de los
acontecimientos ni el desarrollo de su existencia. Sin embargo,
está convencido de tener un destino y trata de descubrir cómo lo
ha recibido, cómo está inscrito en su ser. En ciertos momentos
puede discernir más fácilmente una finalidad secreta, que
transparenta de un concurso de circunstancias o de
acontecimientos. Así, está llevado a afirmar la soberanía de
Aquel que le ha creado y que dirige su vida presente.
6. Finalmente, entre las cualidades de este mundo que impulsan a
mirar hacia lo alto está la belleza. Ella se manifiesta en las
multiformes maravillas de la naturaleza; se traduce en las
innumerables obras de arte, literatura, música, pintura, artes
plásticas. Se hace apreciar también en la conducta moral: hay
tantos buenos sentimientos, tantos gestos estupendos. El hombre
es consciente de «recibir» toda esta belleza, aunque con su
acción concurre a su manifestación. El la descubre y la admira
plenamente sólo cuando reconoce su fuente, la belleza
trascendente de Dios.
7. A todas estas «indicaciones» sobre la existencia de Dios
creador, algunos oponen la fuerza del caso o de mecanismos
propios de la materia. Hablar de caso para un universo que
presenta una organización tan compleja en los elementos y una
finalidad en la vida tan maravillosa, significa renunciar a la
búsqueda de una explicación del mundo como nos aparece. En
realidad, ello equivale a querer admitir efectos sin causa. Se
trata de una abdicación de la inteligencia humana que
renunciaría así a pensar, a buscar una solución a sus problemas.
En conclusión, una infinidad de indicios empuja al hombre, que
se esfuerza por comprender el universo en que vive, a orientar
su mirada hacia el Creador. Las pruebas de la existencia de Dios
son múltiples y convergentes. Ellas contribuyen a mostrar que la
fe no mortifica la inteligencia humana, sino que la estimula a
reflexionar y le permite comprender mejor todos los «porqués»
que plantea la observación de lo real.
Nota.- Para profundizar en estas u otras
cuestiones análogas muestro la obra de mi eximio paisano
Josep Ferrater i
Mora,
"Diccionario de Filosofía", obra aún incomparable pese a los muchos años
transcurridos desde su primera publicación.
Kant
Hobbes
El hombre
un lobo
para el hombre
Transmutación de todos los valores
(
Nietzsche)
:
predicamos una imposible moral judeo-cristiana-socialista-comunista, pero
vivimos de acuerdo con la única moral posible, la Ley de la
Jungla. Porque la primera es una utopía, absurda por impracticable,
por ser contraria a las leyes de la vida, tal como nos enseña la
Biología. Y esta impracticabilidad causa frustración y sentimiento
de culpa
( I)
en todos los que hemos fracasado al intentar practicarla. Como
ocurriría con una moral contraria a la ley de la gravedad
(I)
La imposibilidad
de cumplir fielmente una moral que existe desde hace dos mil años, unos
preceptos morales que creemos que las demás personas son capaces de cumplir
sinceramente, nos induce a pensar que si a nosotros nos resulta imposible es
por alguna corrupción insuperable en el fondo más íntimo de nuestro ser. Por lo que nos refugiamos en la hipocresía, la mentira, el
engaño, para que las demás personas no adviertan esta corrupción y no nos
aparten o menosprecien.
Como temía el rey con
los tres hombres burladores que "fizieron vn paño· en
" Libro de los
enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio", obra del Infante Don Juan
Manuel (1282-1349)