Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Entrevista de Eduardo
Mazo a Manuel Sánchez Montalbán
- ¿Por qué corrompe siempre el
poder?
- Porque convoca el triste riesgo de
ser más que nadie.
Marqués de Sade : La
Historia de la cristiandad
¿Qué veo en el Dios de este culto infame sino a un ser
inconsecuente y bárbaro, que hoy crea un mundo del que se arrepiente mañana?
¡Veo sólo un ser débil que nunca puede hacer tomar al hombre el camino que
le traza! Esta criatura, aunque emanada de él, lo domina; ¡puede ofenderle y
merecer por eso suplicios eternos! ¡Qué ser más débil que este Dios! ¡Cómo!
¿ha podido crear todo lo que vemos y le es imposible formar un hombre a su
imagen? Pero, me dirán ustedes, si lo hubiera creado así, el hombre
carecería de mérito. ¡Qué vulgaridad! ¿Qué necesidad hay de que el hombre
sea meritorio ante su Dios? Haciéndolo completamente bueno, jamás hubiera
podido hacer el mal, y sólo así la obra sería digna de un Dios. Dejar al
hombre una opción es tentarlo. Ahora bien, Dios, por su presencia infinita,
sabía bien lo que resultaría; entonces, es sólo por placer que pierde la
criatura que él mismo ha formado. ¡Qué Dios horrible es un Dios así! ¡Qué
monstruo, qué canalla digno de nuestro odio y de nuestra implacable
venganza! No obstante, poco satisfecho de una tarea tan sublime, ahoga al
hombre para convertirlo: lo quema, lo maldice.
Nada de eso lo cambia. Un ser más poderoso aún que ese infame Dios, el
Diablo, que siempre conserva su dominio, que siempre puede desafiar a su
autor, logra con sus seducciones corromper incesantemente la tropa que se
había reservado al Eterno. Nada puede vencer la energía de ese demonio, su
poder sobre nosotros. ¿Qué imagina entonces, según ustedes, el horrible Dios
que predican? No tiene más que un hijo, un único hijo, obtenido no sé en qué
comercio —pues como el hombre coge, ha querido que su Dios también lo haga—;
luego desprende del cielo esa respetable porción de sí mismo. Uno imagina
que esta sublime criatura va a aparecer quizá sobre rayos celestes, en medio
de un cortejo de ángeles, a la vista del universo entero... nada de eso: ¡es
en el seno de una puta judía, en medio de un chiquero, que se anuncia el
Dios que viene a salvar a la Tierra! ¡He ahí la digna estirpe que se le
presta! ¿Pero quizá su honorable misión nos compensará? Sigamos al
personaje: ¿qué dice?, ¿qué hace? ¿qué sublime misión recibimos de él? ¿qué
dogma va a prescribirnos? ¿en qué actos va a estallar al fin su grandeza?
Veo primero una infancia ignorada, algunos servicios, muy libertinos sin
duda, prestados por este granuja a los sacerdotes del templo de Jerusalén;
luego una desaparición de quince años durante la que el tunante va a
envenenarse con todos los ensueños de la escuela egipcia, que luego trae a
Judea. Apenas reaparece, su demencia comienza por hacerle decir que es hijo
de Dios, igual a su padre; asocia a esta alianza un tercer fantasma, el
Espíritu Santo, y estas tres personas, asegura... ¡no deben ser sino una!
Mientras más asombra a la razón este ridículo misterio, más asegura el
bellaco que es meritorio adoptarlo... y peligroso aniquilarlo. Es para
salvarnos, afirma el imbécil, que se ha encarnado, aunque es Dios, en el
seno de un hijo de los hombres; ¡y los milagros asombrosos que obrará pronto
convencerán al universo! En efecto, durante una cena de borrachos, según se
dice, el pérfido convierte el agua en vino; en un desierto alimenta a
algunos perversos con provisiones escondidas previamente por sus secuaces;
uno de sus compañeros se hace el muerto y nuestro impostor lo resucita; sube
a una montaña y allí, frente a dos o tres amigos, hace un truco que
avergonzaría al peor prestidigitador de nuestros días.
Maldiciendo con entusiasmo a todos los que no crean en él, el sinvergüenza
promete los cielos a cuanto estúpido lo escuche. No escribe nada, dada su
ignorancia; habla poco, dada su imbecilidad; hace aún menos, dada su
debilidad. Cansando al fin a los magistrados con sus discursos sediciosos,
aunque escasos, el charlatán se hace crucificar después de haber asegurado a
los miserables que lo siguen que, cada vez que lo invoquen, descenderá hacia
ellos para hacerse comer. Lo llevan al suplicio y se deja hacer; su papá, el
Dios sublime, no le presta el menor auxilio y he ahí al bribón tratado como
el último facineroso, de los que estaba tan orgulloso de ser el jefe.
Sus satélites se reúnen: "Estamos perdidos, dicen, si no nos salvamos por
algún prodigio. Emborrachemos a la guardia que rodea a Jesús; robemos su
cuerpo, pregonemos que ha resucitado: el recurso es seguro; si conseguimos
hacer creer esta trapacería nuestra nueva religión se establece, se propaga,
seduce al mundo entero... ¡Trabajemos!" Intentan el golpe y resulta.
¡Truhanes, la audacia ha remplazado al mérito! El cuerpo es sustraído, los
tontos, las mujeres y los niños gritan, tanto como pueden: "¡Milagro!". Sin
embargo, en esa ciudad donde tantas maravillas acaban de operarse, en esa
ciudad teñida por la sangre de Dios, nadie quiere creer en Él: ninguna
conversión se realiza. Hay más: el hecho es tan poco digno de ser
transmitido que ningún historiador habla de él. Sólo los discípulos del
impostor piensan sacar partido del fraude, pero no en el momento.
Esta consideración es esencial. Dejan correr varios años antes de hacer uso
de su insigne bellaquería; finalmente construyen sobre ella el inestable
edificio de su repugnante doctrina. ¡Todo cambio gusta a los hombres!
Cansados del despotismo de los emperadores, una revolución era necesaria. Se
escucha a los estafadores y su progreso es rápido: esta es la historia de
todos los errores. Pronto los altares de Venus y Marte son remplazados por
los de Jesús y María; se publica la vida del impostor; esa chata novela
encuentra sus crédulos; se le hace decir mil cosas en las que nunca pensó;
algunas de sus frases absurdas pronto se tornan en la base de su moral y,
como esta novedad se predicaba a los pobres, la caridad llega a ser la
primera virtud. Se instituyen ritos extraños con el nombre de sacramentos,
de los cuales el más indigno y abominable es el que hace que un cura, pesé a
estar cubierto de crímenes, tenga el placer de meter a Dios en un pedazo de
pan mediante algunas palabras mágicas. No abriguemos la menor duda: este
culto indigno hubiera sido destruido sin remedio, desde, su nacimiento
mismo, si hubiésemos empleado contra él las armas del desprecio que merecía;
pero en cambio se lo persiguió, y creció: era inevitable.
Probemos aún hoy cubrirlo de ridículo y caerá. El hábil Voltaire no empleaba
jamás otras armas, y es de todos los escritores el que se puede jactar de
haber hecho más prosélitos. En pocas palabras, Eugenia, tal es la historia
de Dios y de la religión; vea usted la fe que merecen esas fábulas y tome su
determinación.
Nota.- Para profundizar en estas u otras
cuestiones análogas muestro la obra de mi eximio paisano
Josep Ferrater i
Mora,
"Diccionario de Filosofía", obra aún incomparable pese a los muchos años
transcurridos desde su primera publicación.
Hobbes
El hombre
un lobo
para el hombre
Transmutación de todos los valores
(
Nietzsche)
:
predicamos una imposible moral judeo-cristiana-socialista-comunista, pero
vivimos de acuerdo con la única moral posible, la Ley de la
Jungla. Porque la primera es una utopía, absurda por impracticable,
por ser contraria a las leyes de la vida, tal como nos enseña la
Biología. Y esta impracticabilidad causa frustración y sentimiento
de culpa
( I)
en todos los que hemos fracasado al intentar practicarla. Como
ocurriría con una moral contraria a la ley de la gravedad
(I)
La imposibilidad
de cumplir fielmente una moral que existe desde hace dos mil años, unos
preceptos morales que creemos que las demás personas son capaces de cumplir
sinceramente, nos induce a pensar que si a nosotros nos resulta imposible es
por alguna corrupción insuperable en el fondo más íntimo de nuestro ser. Por lo que nos refugiamos en la hipocresía, la mentira, el
engaño, para que las demás personas no adviertan esta corrupción y no nos
aparten o menosprecien.
Como temía el rey con
los tres hombres burladores que "fizieron vn paño· en
" Libro de los
enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio", obra del Infante Don Juan
Manuel (1282-1349)