Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Aunque me siento
reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente
por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del
Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón.
Entrevista de Eduardo
Mazo a Manuel Sánchez Montalbán
- ¿Por qué corrompe siempre el
poder?
- Porque convoca el triste riesgo de
ser más que nadie.
DIALOGOS ENTRE UN
SACERDOTE Y UN MORIBUNDO : MARQUES DE SADE
El Sacerdote
Llegado el instante fatal en que el velo de la ilusión sólo se desgarra para
dejar al hombre reducido al cuadro cruel de sus errores y sus vicios, ¿no te
arrepientes, hijo mío, de los múltiples desordenes a los que te condujo la
humana debilidad y fragilidad?
El Moribundo
Sí, amigo mío, me arrepiento.
El Sacerdote
Pues bien, aprovecha estos remordimientos felices para obtener del cielo, en
este corto intervalo, la absolución general de tus faltas, y piensa que es
por la mediación del santísimo sacramento de la penitencia que te será
posible obtenerla del Eterno.
El Moribundo
No nos comprendemos.
El Sacerdote
¡Cómo!
El Moribundo
Te he dicho que me arrepentía.
El Sacerdote
Así lo oí.
El Moribundo
Sí, pero sin comprenderlo.
El Sacerdote
¿Qué interpretación?...
El Moribundo
Esta... Creado por la naturaleza con inclinaciones ardorosas, con pasiones
fortísimas, únicamente colocado en este mundo para entregarme a ellas y para
satisfacerlas, y estos efectos de mi creación no siendo más que necesidades
relativas a las primeras vistas de la naturaleza, o, si lo prefieres, sólo
derivaciones esenciales de sus proyectos sobre mí, todos en razón de sus
leyes, sólo me arrepiento de no haber reconocido bastante su omnipotencia, y
mis únicos remordimientos sólo se refieren al mediocre uso que hice de las
facultades (criminales según tú, según yo muy simples) que ella me había
dado para servirla. La he resistido algunas veces, de eso me arrepiento.
Cegado por tus sistemas absurdos, con ellos combatí toda la violencia de los
deseos que había recibido de una inspiración más que divina, de eso me
arrepiento. Coseché sólo flores cuando pude hacer una amplia cosecha de
frutos... Estos son los justos motivos de mi pesar. Estímame en algo para no
atribuirme otros.
El Sacerdote
¡A dónde te arrastran tus errores, a dónde te conducen tus sofismas! Prestas
a la cosa creada todo el poder del creador. ¿No ves que esas desdichadas
tendencias que te extravían no son más que efectos de la naturaleza
corrompida, a la cual atribuyes toda la potencia?
El Moribundo
Amigo, me parece que tu dialéctica es tan falsa como tu espíritu. Quisiera
que razonaras más exactamente o que me dejaras morir en paz. ¿Qué entiendes
por creador, y qué entiendes por naturaleza corrompida?
El Sacerdote
El Creador es el dueño del universo, es él quien lo ha hecho todo, lo ha
creado todo, y quien conserva todo por un simple efecto de su omnipotencia.
El Moribundo
Es un gran hombre, sin duda. Pues bien, dime por qué este hombre, que es tan
poderoso, ha hecho sin embargo, según tú, una naturaleza corrompida.
El Sacerdote
¿Cuál hubiera sido el mérito de los hombres si Dios no les hubiere dejado su
libre arbitrio, y qué mérito hubiesen tenido para disfrutarlo si no hubiera
habido en la tierra la posibilidad de hacer el bien y la de evitar el mal?
El Moribundo
Así, pues, tu dios ha querido hacerlo todo oblicuamente sólo para tentar o
probar a su criatura. ¿No la conocía pues, no sospechaba pues el resultado?
El Sacerdote
Sin duda que la conocía, pero una vez más quería dejarle el mérito de la
elección.
El Moribundo
¿Para qué, desde el momento que sabía el partido que tomaría y sólo dependía
de él, ya que le proclamas tan omnipotente, y sólo dependía de él, repito,
el hacerla tomar el bueno?
El Sacerdote
¿Quién puede comprender los designios inmensos e infinitos de Dios con
respecto al hombre, y quién puede comprender todo lo que vemos?
El Moribundo
Aquel que simplifica las cosas, amigo mío, sobre todo aquel que no
multiplica las causas para mejor enredar los efectos. ¿Para qué necesitas
una segunda dificultad cuando no puedes explicar la primera, y desde el
momento en que es posible que la naturaleza, haya hecho por sí sola lo que
le atribuyes a tu dios, por qué quieres buscarle un amo? La causa de que no
comprendas es quizá lo más simple del mundo. Perfecciona tu física y
comprenderás mejor la naturaleza, depura tu razón y entonces no tendrás
necesidad de tu dios.
El Sacerdote
¡Desdichado! Sólo te creía sociniano, tenía armas para combatirte, pero veo
claramente que eres ateo, y desde el momento en que tu corazón se niega a la
inmensidad de las pruebas auténticas que recibimos cada día de la existencia
del creador, no tengo nada más que decirte. No se le da luz a un ciego.
El Moribundo
Amigo mío, admite un hecho, de los dos, el más ciego es seguramente aquel
que se pone una venda que el que se la arranca. Tú edificas, inventas,
multiplicas, yo destruyo, simplifico. Tú agregas error sobre error, yo los
combato. ¿Cuál de los dos es el ciego?
El Sacerdote
¿No crees, pues, en Dios?
El Moribundo
No. Y esto por una simple razón. Es perfectamente imposible creer en lo que
no se comprende. Entre la comprensión y la fe deben existir conexiones
inmediatas; la comprensión es el primer alimento de la fe; cuando la
comprensión no actúa muere la fe, y ésos que en tal caso pretendieran
tenerla, mienten. Te desafío a que creas en el dios que me predicas – ya que
no sabrías demostrármelo, ya que no está en ti el definírmelo, y, por lo
tanto, no lo comprendes – y desde el momento en que no lo comprendes no
puedes suministrarme de él ningún argumento razonable, pues, en una palabra,
todo lo que está por encima de los límites del espíritu humano es quimera o
inutilidad. Si tu dios no puede ser más que una u otra cosa, en el primer
caso sería un loco si creyera en él; un imbécil, en el segundo. Amigo mío,
pruébame la inercia de la materia y te concederé el creador. Pruébame que la
naturaleza no se basta a sí misma y te prometo suponerle un dueño. Hasta
entonces, nada esperes de mí, sólo me rindo a la evidencia y sólo la recibo
de mis sentidos; dónde ellos se detienen allí mi fe queda sin fuerzas. Creo
en el sol porque lo veo, lo concibo como el centro de reunión de toda la
materia inflamable de la naturaleza, su marcha periódica me complace sin
asombrarme. Es una operación de física, acaso tan simple como la de la
electricidad, pero que no nos está permitido comprender.
¿Qué necesidad tengo de ir más lejos?
¿Cuándo me hayas levantado los andamios de tu dios por encima de esto, qué
habré avanzado?
¿No necesitaré hacer tanto esfuerzo para comprender al obrero como el
gastado en definir la obra?
Por consiguiente, no me has prestado ningún servicio con la edificación de
tu quimera, has turbado mi espíritu sin iluminarlo, y debo odiarte en vez de
agradecerte. Tu dios es una máquina que fabricaste para que sirva a tus
pasiones, y la has hecho mover a tu capricho, pero desde el momento en que
incomoda los míos permíteme que la haya derribado. En el instante en que mi
alma débil tiene necesidad de calma y de filosofía no vengas a espantarla
con tus sofismas, que la asustarían sin convencerla, que la irritarían sin
hacerla mejor. Amigo mío, esta alma es lo que la naturaleza quiso que fuera,
es decir, el resultado de los órganos que ha querido formarme en razón de
sus designios y de sus necesidades; y como ella tiene una necesidad igual de
vicio y de virtud, cuando quiso llevarme hacia el primero así lo ha hecho,
cuando ha querido la segunda, me ha inspirado deseos por ella, y me ha
entregado a ambos de igual modo. Busca sus leyes como única causa de nuestra
inconsecuencia humana, y no busques a sus leyes más principios que su
voluntad y su necesidad.
El Sacerdote
Así pues, todo es necesario en el mundo.
El Moribundo
Seguramente.
El Sacerdote
Pues, si todo es necesario, todo está, pues, regulado.
El Moribundo
¿Quién dice lo contrario?
El Sacerdote
¿Y quién pudo arreglarlo todo como está si no es una mano omnipotente y
sabia?
El Moribundo
¿No es necesario que la pólvora se inflame cuando se le aplica el fuego?
El Sacerdote
Sí.
El Moribundo
¿Y qué sabiduría encuentras en eso?
El Sacerdote
Ninguna.
El Moribundo
Es posible, pues, que haya cosas necesarias sin sabiduría, y posible, por
consiguiente, que todo derive de una causa primera, sin que haya razón ni
sabiduría en esta primera causa.
El Sacerdote
¿A dónde quieres llegar?
El Moribundo
A probarte que todo puede ser lo que es y lo que no es, sin que ninguna
causa sabia y razonable lo conduzca, y que efectos naturales deben tener
causas naturales, sin que haya necesidad de suponerle otras antinaturales,
como lo sería tu dios, ya que él mismo tendría necesidad de explicación sin
suministrar ninguna. Y, por consiguiente, desde que tu dios no es bueno para
nada, es perfectamente inútil; y como hay gran probabilidad de que todo lo
inútil es nulo y de que todo lo nulo es la nada, así pues, para convencerme
de que tu dios es una quimera no tengo necesidad de otro razonamiento fuera
del que me suministra la certeza de su inutilidad.
El Sacerdote
Sobre este pie me parece innecesario hablarte de religión.
El Moribundo
¿Por qué no? Nada me divierte tanto como la prueba del exceso de fanatismo y
de la imbecilidad humana sobre este punto. Son extravíos tan prodigiosos que
el cuadro, aunque horrible, a mi juicio es siempre interesante. Responde con
franqueza, y, sobre todo, destierra el egoísmo. Si fuera tan débil que me
dejara sorprender por tus ridículos sistemas de la existencia del ser que
hace necesaria la religión, ¿bajo cuál forma me aconsejarías que le rindiera
culto? ¿Quisieras que adoptara los desvaríos de Confucio mas bien que los
absurdos Brahama? ¿Qué adorara a la gran serpiente de los negros, al astro
de los peruanos o al dios de los ejércitos de Moisés? ¿A cual de las sectas
de Mahoma quisieras que me rindiese? ¿Qué herejía de los cristianos es, a tu
juicio, preferible? Cuidado con tu respuesta.
El Sacerdote
¿Puede ser dudosa?
El Moribundo
Dila, pues, egoísta.
El Sacerdote
No, sería amarte tanto como a mí si te aconsejara lo que yo creo.
El Moribundo
Y es querernos muy poco el escuchar semejantes errores.
El Sacerdote
¿A quien pueden cegar los milagros de nuestro divino redentor?
El Moribundo
A quien no vea en él sino al más ordinario de todos los bribones y al más
vulgar de todos los impostores.
El Sacerdote
¡Dios, le escucháis sin descargar vuestra ira!
El Moribundo
No, amigo mío, todo está en paz porque tu dios, sea por impotencia, sea por
razón, o, en fin, por lo que tú quieras, en un ser al que admito por un
momento sólo por condescendencia a ti, o, si lo prefieres, para prestarme a
tus pequeños designios, porque ese dios, repito, si existiera como tienes la
locura de creerlo, no puede, para convencernos, haber tomado los medios tan
ridículos como los que tu Jesús supone.
El Sacerdote
¡Cómo, las profecías, los milagros, los mártires, no son pruebas!
El Moribundo
¿Cómo quieres, en buena lógica, que pueda recibir como prueba aquello que
necesita probarse? Para que la profecía sea una prueba sería necesario,
primeramente, que yo tuviera la certidumbre completa de que ha sido hecha;
pues, al consignársela en la historia sólo tiene para mi la fuerza de los
otros hechos históricos, dudosos en sus tres cuartas partes; y si a esto
agrego la apariencia más que verdadera de que me han sido transmitidos por
historiadores interesados, estaría, como lo ves, más que en mi derecho para
dudar de ellos. ¿Quién me asegura, por otra parte, que esa profecía no ha
sido hecha con posterioridad, que no ha sido el efecto de la combinación de
la más simple política como la de concebir un reino feliz bajo un rey justo,
o la de la helada en invierno? Y si esto es así, ¿cómo quieres que la
profecía, al tener tanta necesidad de ser probada, pueda convertirse en
prueba? Con respecto a tus milagros, ellos tampoco se me imponen. Todos los
bribones los han hecho, y todos los tontos los han creído. Para persuadirme
de la verdad de un milagro tendría necesidad de estar muy seguro de que el
acontecimiento que tú llamas de esa manera fuera absolutamente contrario a
las leyes de la naturaleza, pues sólo lo que está fuera de ella puede pasar
por milagro. ¿Y quién la conoce bastante para atreverse a afirmar cuál es
precisamente el punto en que se detiene y cuál es el que infringe? Bastan
dos cosas para acreditar un pretendido milagro, un titiritero y unas
mujerzuelas. Vamos, no busques jamás un origen distinto para los tuyos.
Todos los nuevos sectarios los han hecho, y, lo que es más singular, todos
encontraron imbéciles para creerles. Tu Jesús no ha hecho algo más singular
que Apolonio de Tiana, y, sin embargo, nadie ha pensado en tomar a éste por
un dios. En cuanto a tus mártires, éste es el más débil de tus argumentos,
sólo falta él entusiasmo y la resistencia para hacer mártires, y mientras la
causa opuesta me ofrezca tantos como la tuya, jamás estaré lo
suficientemente autorizado para creer a la una mejor que la otra, sino muy
inducido, en cambio, a suponer despreciables a ambas. ¡Amigo mío! Si fuera
verdad que existe el dios que predicas, ¿tendría necesidad de milagro,
mártir o profecía para establecer su imperio? Y si, como dices, el corazón
humano fuera su obra, ¿no sería ése el santuario que hubiera elegido para su
ley? Esta ley igual, pues emanaría de un dios justo, se encontraría de
manera irresistible grabada igualmente en el corazón de todos, y, de un
extremo al otro del universo, todos los hombres, al ser semejantes por ese
órgano delicado, igualmente serían semejantes por el homenaje que rendirían
al dio5 que le hubiera dado este corazón, no tendrían más que una manera de
amarlo, más que una manera de adorarlo y servirlo y tan imposible les sería
desconocer ese dios como resistir a la inclinación secreta de su culto. ¿En
vez de eso, no veo en el universo tantos dioses como países; tantas maneras
de servir a esos dioses como diferentes cabezas o diferentes imaginaciones
hay? Esta multiplicidad de opiniones, en la cual físicamente me es imposible
elegir, ¿sería, a tu juicio, la obra de un dios justo?. Vamos, predicante,
ultrajas a tu dios al presentármelo de esta manera. Déjame negarlo
completamente, pues si existiera, entonces le ultrajaría menos mi
incredulidad que tus blasfemias. Vuelve a la razón, predicante, tu Jesús no
vale más que Mahoma, Mahoma, menos que Moisés, y estos tres, menos que
Confucio, quien, sin embargo, dictó algunos buenos principios mientras que
los otros tres disparataban. Pero, en general, todos éstos no son más que
impostores, de los cuales el filósofo se ha burlado, y a los cuáles la
canalla ha creído, y a los cuales la justicia hubiera debido ahorcar.
El Sacerdote
¡Ay de mí, sólo lo hizo con uno!
EI Moribundo
Era el que más lo merecía. Sedicioso, turbulento, calumniador, bribón,
libertino, grosero, farsante y malvado peligroso, poseía el arte de engañar
al pueblo y mereció, por lo tanto, el castigo de un reino en el estado en
que se encontraba entonces el de Jerusalén. Fueron muy prudentes al
deshacerse de él, y es quizás el sólo caso en que mis máximas,
extremadamente dulces y tolerantes por lo demás, admiten la severidad de
Temis. Excuso todos los errores, salvo aquellos que pueden ser peligrosos
para el gobierno en que se vive. Los reyes y sus majestades son las únicas
cosas que se me imponen, las únicas que respeto, pues quien no ama a su país
y a su rey, no Es digno de vivir.
El Sacerdote
Pero, en fin, admitirás algo después de esta vida, es imposible que tu
espíritu no se haya complacido, algunas veces, en atravesar la espesura
tenebrosa de la suerte que nos espera. ¿Qué sistema puede ser más
satisfactorio que el de una multitud de penas para quien vivió mal y el de
una eternidad de recompensas para quien vivió bien?
El Moribundo
¿Cuál, amigo mío? El sistema de la nada nunca me ha espantado: es consolador
y simple. Todos los otros son obra del orgullo, sólo éste lo es de la razón.
Por lo demás, no es ni espantosa ni absoluta esa nada. ¿No tengo ante mi
vista el ejemplo de las generaciones y regeneraciones de la naturaleza? Nada
perece, amigo mío, nada se destruye en el mundo. Hombre hoy, gusano mañana,
pasado mañana mosca, ¿no es siempre existir? ¿Y por qué quieres que me
recompensen por virtudes cuyo mérito no tengo, o me castiguen por crímenes
cuyo dueño no he sido? ¿Puedes conciliar la bondad de tu pretendido dios con
este sistema, y puede él haber querido crearme para darse el placer de
castigarme, y esto sólo a consecuencia de una elección de la que no he sido
dueño?
El Sacerdote
Lo eres.
El Moribundo
Sí, según tus prejuicios. Pero la razón los destruye. Y el sistema de la
libertad humana sólo fue inventado para fabricar el de la gracia que llegó a
ser tan favorable a tus desvaríos. ¿Qué hombre en el mundo, si viera el
patíbulo junto al crimen, lo cometería si fuera libre de no cometerlo? Una
fuerza irresistible nos arrastra, y ni por un instante somos dueños de
determinarnos por nada que no esté del lado hacia el cual nos inclinamos. No
hay una sola virtud que no sea necesaria a la naturaleza; y,
reversiblemente, ni un solo crimen del que no tenga necesidad, y toda su
ciencia consiste en el perfecto equilibrio en que mantiene a ambos. ¿Podemos
ser culpables del lado hacia el que nos arroje? Tanto como la avispa que
clava su aguijón en tu piel.
El Sacerdote
Así, pues, ¿los crímenes más grandes no deben inspirarnos ningún espanto?
El Moribundo
No he dicho eso. Basta que la ley lo condene y que la cuchilla de la
justicia lo castigue para que nos inspire la aversión o el terror, pero
desde que desdichadamente se haya cometido, hay que saber tomar su partido y
no entregarse a estériles remordimientos. Su efecto es vano, pues no pudo
preservarnos de él; nulo, pues no lo repara. Es absurdo, pues, entregarse a
los remordimientos, y más absurdo aun temer el castigo en el otro mundo si
somos bastante dichosos de haber escapado al castigo de éste. Dios no quiera
que vaya con esto a estimular el crimen, hay que evitarlo tanto como se
pueda, pero es por la razón que es necesario huirle, y no por falsos temores
que no consiguen nada, y cuyo efecto se destruye tan rápido en una alma
firme. La razón amigo mío- sí, sólo la razón debe advertirnos que perjudicar
a nuestros semejantes no puede jamás hacernos felices, y nuestro corazón,
que contribuir a su felicidad es la mas grande que la naturaleza nos haya
acordado en la tierra. Toda moral humana Se encierra en esta sola frase:
hacer a los demás tan felices como uno mismo desea serlo, y no causarles
nunca. un mal que no quisiéramos recibir. Estos son, amigo mío, estos son
los únicos principios que debemos seguir y no hay necesidad de religión ni
de dios para apreciados y admitirlos: Sólo se necesita un buen corazón. Pero
siento que me debilito, predicante, abandona tus prejuicios sé hombre, sé
humano, sin temor y sin esperanza, abandona tus dioses y tus religiones.
Todo esto sólo es bueno para poner cadenas en las manos de los hombres, y el
solo nombre de todos estos horrores ha hecho verter más sangre en la tierra
que todas las otras guerras y plagas juntas. Renuncia a la idea del otro
mundo, no lo hay, pero no renuncies al placer de ser feliz y de hacer la
felicidad en éste. Esta es la única manera que te ofrece la naturaleza rara
duplicar o extender tu existencia. Amigo mío, la voluptuosidad siempre fue
el más querido de mis bienes, le he ofrecido incienso toda mi vida, y quiero
terminarla en sus brazos. Mi fin se aproxima. Seis mujeres más bellas que el
día están en el cuarto vecino, las reservaba para este momento. Toma de
ellas tu parte, trata de olvidar en su seno, a ejemplo mío, todos los vanos
sofismas de la superstición y todo los imbéciles errores de la hipocresía.
NOTA
El moribundo llamó, las mujeres entraron y el predicante
se convirtió en sus brazos en un hombre corrompido por la naturaleza, por no
haber sabido explicar lo que era la naturaleza corrompida.
Nota.- Para profundizar en estas u otras
cuestiones análogas muestro la obra de mi eximio paisano
Josep Ferrater i
Mora,
"Diccionario de Filosofía", obra aún incomparable pese a los muchos años
transcurridos desde su primera publicación.
Hobbes
El hombre
un lobo
para el hombre
Transmutación de todos los valores
(
Nietzsche)
:
predicamos una imposible moral judeo-cristiana-socialista-comunista, pero
vivimos de acuerdo con la única moral posible, la Ley de la
Jungla. Porque la primera es una utopía, absurda por impracticable,
por ser contraria a las leyes de la vida, tal como nos enseña la
Biología. Y esta impracticabilidad causa frustración y sentimiento
de culpa
( I)
en todos los que hemos fracasado al intentar practicarla. Como
ocurriría con una moral contraria a la ley de la gravedad
(I)
La imposibilidad
de cumplir fielmente una moral que existe desde hace dos mil años, unos
preceptos morales que creemos que las demás personas son capaces de cumplir
sinceramente, nos induce a pensar que si a nosotros nos resulta imposible es
por alguna corrupción insuperable en el fondo más íntimo de nuestro ser. Por lo que nos refugiamos en la hipocresía, la mentira, el
engaño, para que las demás personas no adviertan esta corrupción y no nos
aparten o menosprecien.
Como temía el rey con
los tres hombres burladores que "fizieron vn paño· en
" Libro de los
enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio", obra del Infante Don Juan
Manuel (1282-1349)