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Mi expediente
¿ Acaso era un tonto ... ?
¡ Se ve y se oye cada cosa ...!
Aunque me siento reconfortado por la respuesta del Defensor del Pueblo. Pero principalmente por la del Presidente del Gobierno en particular y en general del Gabinete de la Presidencia pues entiendo que me dan la razón. Mi expediente
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Entrevista de Eduardo Mazo a Manuel Sánchez Montalbán
- ¿Por qué corrompe siempre el poder? - Porque convoca el triste riesgo de ser más que nadie.
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Argumentos a favor y en contra de la Existencia de Dios Dejemos de lado la cuestión de cómo es Dios, de cuál sea su naturaleza, de si El es un ente que trasciende el universo, la materia, pero que la rige y ordena, y que posee además características personales -todo bondad, saber, presencia, etc., etc.- (monoteísmo), si El en realidad son Ellos, esto es, muchos (politeísmo), si Dios es Todo y Todo es Dios, (panteísmo), o si El es un ente misterioso alejado del mundo y que no interviene en él, un ser del cual no sabemos nada sólo que existe y que es inteligente (deísmo) porque nos lo dice la naturaleza y no ningún libro sagrado o revelación escrita, para que, de forma general, siguiendo el análisis del filósofo alemán Kant sobre el tema, podamos distinguir cuatro razonamientos clásicos para tratar de probar la existencia de (un) Dios. Tales razonamientos se originaron en diversas épocas y autores, y pueden plantearse de distintos modos: el argumento cosmológico, el teleológico, el ontológico y el moral. Ciertamente existen otros más pero solamente agregaremos nosotros aquí el argumento de la experiencia religiosa, el histórico-etnológico y el de la revelación escrita. A continuación los enunciamos con su respectiva discusión:
Nos dice que todo movimiento, cambio, cosa o ser que se da en el universo o cosmos tiene una causa anterior y así sucesivamente hasta llegar a la causa primera que es Dios. Lo enunciaron y desarrollaron San Agustín de Hipona (354-430), el teólogo inglés Duns Scoto (1274-1308) y Santo Tomás de Aquino (1225-1274) influenciados por Platón y Aristóteles respectivamente. Pero si todo tiene una causa ¿porqué no la tendría también Dios? (Esta pregunta no es inusual porque cuando le decimos a un niño que todo lo que existe ha sido creado por Dios él nos puede preguntar a su vez: ¿y quién creó a Dios?) Bueno dirán algunos, porque Dios es Dios, si El hubiera necesitado una causa anterior a El para existir entonces no sería Dios, es decir, el Ser Supremo por excelencia que se basta a sí mismo para existir. Sin embargo, esto último son sólo ideas, preconcepciones determinadas de lo que creemos que es Dios, es decir, un ser personal y creador de todo cuanto existe, esto es, la concepción monoteísta, pero ya sabemos que hay otras más. Pues si somos fieles al principio de causalidad debemos aplicarlo, también a Dios. Claro está que al hacerlo iremos ad infinitum, a una regresión sin fin, en la cual Dios sería un ser impersonal y hasta “creado”. Luego la pregunta “¿quién creó a Dios” sería válida. Pero si decimos que El no necesitó ser creado ya que es un ser único y eterno, podríamos obviar su existencia para explicar el origen del universo, de la materia afirmando la eternidad de ésta, que no se crea ni se destruye, que sólo se transforma. Por lo tanto la hipótesis de Dios no nos sería necesaria para explicar la realidad, la naturaleza (como diría el sabio francés P. Laplace [1749-1827]).
Parte del orden, de la finalidad de todo el acontecer de las cosas en el universo. Este argumento nos dice que en la naturaleza hay leyes que rigen todos los sucesos que se han producido, se producen y se producirán en ella, la pura casualidad o azar están por demás, no hay caos. Así como hay un relojero (4) que hizo al reloj, aunque esto parezca una mera antropomorfización de Dios, podemos deducir entonces, la presencia de un ordenador, de un diseñador inteligente detrás de todo lo hermoso y maravilloso cuanto hay. Antecedentes de este argumento los encontramos en la Biblia:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmos 19:1).
En la Edad Media este argumento es sistematizado por Tomás de Aquino. Pero, ¿qué podemos decir al respecto? El orden de la naturaleza (los ciclos de vida y muerte, los cambios de estaciones, los movimientos planetarios y estelares, etc.) tal como lo conocemos, ¿es el único orden posible? ¿o lo vemos así por costumbre? Además tal orden y maravilla no siempre fueron tales según las cosmologías pasadas y presentes sean mitológicas o científicas, podrían no significar nada para un ciego o para alguien con deficiencias físicas o mentales incapaz de percibirlas o comprenderlas. Claro que se podría argüir que lo correcto sería la percepción normal -sin deficiencias- de un sujeto sano, común y corriente que captaría su entorno como realmente es, esto es, una naturaleza “ordenada y perfecta”. Pero sabemos que en forma semejante a como aprendemos a hablar un idioma o comportarnos de tal o cual manera, así también aprendemos a captar e interpretar socialmente los fenómenos de la manera en que están ordenados en la naturaleza (Por supuesto que para lograr todo esto es necesaria la capacidad cerebral que ha desarrollado nuestra especie). Ni hablar de lo imperfecta que es la criatura humana capaz no sólo de crear sino de destruir en gran manera, aún la vida misma, cosa que Dios mismo ya conocía, se supone, desde antes de la creación (es la doctrina de la predestinación la cual se infiere de la omnisapiencia divina). La vida de los hombres puede ser muy fructífera, dichosa o positiva como también desgraciada, miserable o mórbida.
Sostiene que se puede probar que hay un Dios necesariamente por haber en el pensamiento humano cierto tipo de ideas como la que hay un ser absolutamente perfecto y que por lo tanto con todas las cualidades -incluida la de su existencia-. Este argumento es el más conocido de los usados por Descartes y también por Leibniz. Sus antecedentes se remontan a San Anselmo de Canterbury (1033-1109): Dios es el “ser del que no se puede concebir ningún otro que sea más grande”. Y como es el ser más grande posible debe de existir en la realidad pues si no existiera no sería el más perfecto de todos. Con Kant se empezó a objetar, sobre todo, que la idea de Dios nos da su posibilidad mas no su cualidad. Un menesteroso podría imaginar tener un millón de dólares en el banco pero eso no prueba que los tenga aunque haya una posibilidad que sí en la realidad (claro que hay gente que si tiene tal dinero y mucho más). Si se demostrara la existencia de algo con sólo pensarlo o decirlo existiría cualquier cosa (mundos paralelos infinitos en el espacio y el tiempo, infinidad de seres espirituales en este mundo y en otros, la inmortalidad del alma, los milagros, etc.) Como es el caso del contenido extraordinario o sobrenatural de los dogmas religiosos expresados en los libros sagrados que el creyente acepta porque tiene fe en la supuesta autoridad divina de la fuente mas no en la evidencia racional.
Nos dice que para poder llevar a cabo el logro o la perfección moral -esto es, para que la gente sea buena- es necesario que tenga por fundamento la existencia de un Dios justiciero, sin la cual la vida del hombre no tendría finalidad. Esto lo postuló Kant en su Crítica de la Razón práctica. Si hacemos de Dios la condición necesaria para la práctica y fundamento de la moral, entonces podríamos concluir como el literato ruso Dostoievski (1821-1881) que “si no hay Dios todo está permitido”, el bien y demás virtudes humanas no tendrían un valor absoluto y la existencia del hombre no tendría un sentido final. Y así el relativismo y aun el nihilismo moral prevalecerían Pero ¿es necesariamente cierto eso? Ya en la antigüedad Protágoras (481-411 a.C.) había dicho que “el hombre es la medida de todas las cosas”, las personas podrían tener una ética basada en lo que son ellas mismas -es decir, seres humanos-, que tenga en cuenta qué les hace bien y qué las daña, un código moral que permita su desarrollo y vivir plenos. En las épocas moderna y contemporánea se han divulgado y fundamentado aún más estas ideas y valores humanistas seculares en beneficio de nuestra especie. Ello ha permitido el valor y respeto de la persona humana más allá del contenido de sus creencias y de la cantidad de sus posesiones. Además en la religión o filosofía budista primitiva se propugnaba el logro de cierta moralidad independientemente de los dioses más bien en base al propio esfuerzo personal e individual (es decir, siguiendo “el noble camino óctuple” de la verdadera fe, de la aspiración, de la palabra, de la acción, de la vida, del esfuerzo, del pensamiento y de la concentración). De otro lado, en la vida diaria sólo a una minoría de los creyentes les interesa poner en práctica las normas éticas de sus respectivas religiones en forma consecuente. Más bien la moral de la mayoría religiosa se rige por lo que aprenden cotidianamente de la sociedad de la que forman parte. Y en realidad la presión social, la convivencia con otros, es mucho más fuerte generalmente en las gentes que las convicciones de fe. Son esa presión social y la conciencia individual -y otros factores inclusive de orden bioquímico- las que determinan en gran parte el cauce de nuestra moralidad, nuestra conducta y accionar. De modo semejante el sentido de la vida (humana) se plantea como estando fundamentado inevitable e indispensablemente en (un) dios que de no haberlo haría que nuestra existencia fuera fútil, trivial y vana al ser efímera y finita. Pero claro está al no tener nosotros un comportamiento netamente instintivo las metas y la finalidad de nuestra existencia las vamos adquiriendo conforme vivimos. A pesar de que todo en esta vida es pasajero podemos aprovechar el relativo poco tiempo que tenemos para traer menos dolor y miseria a este mundo ya sea a través del arte, la ciencia, la filosofía, la política, la filantropía o simplemente trabajando y luchando por subsistir o criando a nuestros hijos.
La arqueología, la antropología, la historia y demás ciencias conexas nos dan evidencias que en las culturas más primarias y hasta en las civilizaciones más desarrolladas, hubo manifestaciones religiosas. Es decir, objetos y ritos que sirvieron de medio o fines en sí mismos para expresar veneración y adoración hacia lo sagrado, hacia la divinidad o la misma vida y muerte. Pero el que casi siempre los hombres hayan creído en la existencia de dioses no significa que los haya, simplemente su creencia puede estar basada en una interpretación falsa de la realidad. Por ello la diversa y rica gama de dioses y diosas, de concepciones y formas de lo divino. Inclusive dentro de una misma religión puede haber diversos matices en cuanto al carácter y personalidad de Dios (Esto es muy evidente en el cristianismo o en cualquier otra religión añeja y dividida en sectas: para algunos El sería sobre todo castigador, para otros sería más perdonador, para unos sería un entrometido, para otros estaría más alejado). Además el que los seres humanos puedan creer en los dioses -y por ello tengan ritos y cultos- es un claro síntoma de su peculiar naturaleza tanto biológica como psicológica y social la cual les ha permitido crear cultura (religión, filosofía, ciencia, arte, etc.)
La idea de que Dios se nos revela primordial y básicamente en la naturaleza (revelación natural) es el fundamento de los argumentos cosmológico y teleológico. Al parecer es más complicado el aceptar la posibilidad de la existencia de Dios que negarla, pues al hacerlo se nos presenta, como ya hemos visto, una serie de interrogantes cuyos intentos de respuesta nos llevan a otras dudas. Por ello y como el hombre no podría -según la posición religiosa- hallar las respuestas por su propia cuenta es necesario, indispensable que Dios mismo se le manifieste a través de sus enviados, de sus mensajeros (los fundadores de las religiones) que han compilado por escrito su palabra en los llamados libros sagrados (aún hoy aparecen nuevos profetas, encarnaciones divinas y escrituras sacras supuestamente de influencia divina o sino de “origen extraterrestre” según la ovnilogía neorreligiosa). Sin embargo surge una cuestión vital: cada una de esas revelaciones (divinas) se autoproclama como la verdadera y única (dogma de fe) y por lo tanto, excluyente de las demás. Esto significa que si Ud. es ahora, digamos, un musulmán practicante sólo aceptará a Alá como el único Dios verdadero, a su palabra, el Corán y a su profeta Mahoma. En forma parecida un cristiano sincero no aceptará otra revelación escrita que la Biblia y a Jesús como el Hijo de Dios. Un judío ortodoxo sólo reconocerá como conteniendo la voluntad del Señor (en hebreo Adonai) al Antiguo Testamento (la Tanach) mas no a Jesús como el Ungido (el Mesías, en griego el Cristo) de Dios. En cambio un típico hindú, no sólo aceptará a Jesús como encarnación divina, sino también a Buda y Krishna entre otros más. Para los religiosos piadosos las revelaciones que no son del canon de su propia fe serán falsas o a lo mucho tendrán un valor secundario. Formal y lógicamente no puede haber dos verdades opuestas al mismo tiempo ¡pero si dos falsedades! Los dogmas de las distintas religiones se encuentran irreconciliablemente en pugna. Para zanjar esta cuestión se podría aducir que sólo hay una verdad revelada, pero que ésta ha tenido diferentes expresiones y matices dependiendo de las circunstancias de tiempo y lugar (una especie de revelación “dialéctica” o relativista) de los pueblos donde se dé. Esta actitud de apertura fue asumida por algunos creyentes notorios tanto en oriente como en occidente (v.g. los contemporáneos místicos hindúes Ramakrishna y Vivekananda), e inclusive es el fundamento de una religión joven: la de los Baha’i (fundada por el árabe Baha’ullah en el s. xix). Los hebreos Moisés (s. xiii a.C.) y Jesús (s. i de nuestra era), los hindúes Mahavira (599-527 a.C.), Buda (560-480 a.C.) y Nanak (1469-1538 d.C.), el persa Zoroastro o Zaratustra (¿660?-583 a.C.), los chinos Lao-Tsé (¿604?-531 a.C.) y Confucio (¿551?-479 a.C.), el árabe Mahoma (570-632 d.C.) y todos los demás, serían enviados, mensajeros y representantes del único Dios Verdadero. Todas las grandes religiones contendrían una sola “verdad”, serían distintas en la forma mas no en el fondo, en la esencia. Los fundadores de las grandes religiones, los maestros de la humanidad tendrían una moral básica común pero con el paso del tiempo, los hombres habrían distorsionado su mensaje dándole mayor importancia a lo litúrgico y ritual, que es en lo que más se diferencian las religiones. Lo importante, las enseñanzas morales, se resumiría en la regla de oro: hagan a los demás lo que quieran que les hagan a ustedes mismos, o en la de plata: no hagan a los demás lo que no quieren que les hagan a ustedes mismos. Pero una vez más, la religión no sólo nos da una ética también nos da una visión del mundo sobre la cual yace tal ética. Pero si aquélla es secundaria y relativa, entonces ésta también lo sería. Y si sólo importa lo ético entonces la creencia en tal o cual Dios, en este o en aquel mesías no importa ya más: sólo nos quedaríamos con una moral secular ateísta. Vemos entonces que la solución nos trae más problemas. Ilustremos lo interior con un ejemplo cercano a nosotros. Es dogma de fe en el cristianismo (católico o no) que Jesús es el Hijo de Dios y que por lo tanto sus dichos y hechos (relatados en la Biblia) son verdaderos. En uno de esos dichos él afirma: “Yo soy el camino, la verdad, y la vida, nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 16:6) y se nos dice que tuvo una muerte vicaria, es decir, que él murió como representante nuestro en la cruz por nuestros pecados ya que Dios, al ser justo, tenía de todas formas que castigar (“la paga del pecado es muerte”, Romanos 6:23) a los pecadores (toda la humanidad caída: “no hay justo ni aun uno”, Salmos 14:3), pero como El también es misericordioso envió a su Hijo para que ocupe el lugar de ellos (“Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en El crea no se pierda mas tenga vida eterna”, Juan 3:36). ¿Qué quiere decir todo esto? Si aceptamos la Biblia como la Palabra de Dios, como la Verdad absoluta e inequívoca entonces sólo y únicamente Jesús es el enviado de Dios y solamente a través de sus enseñanzas y de la fe en lo que afirmó (el ser el Hijo de Dios) se puede estar en lo correcto y ser “salvo” de una postrera condenación pues sólo él murió por los pecados de los hombres. Entonces de acuerdo a esta interpretación literalista y fundamentalista, clásica y tradicional de Jesús, los no cristianos, los ateos, los paganos, los musulmanes, los hindúes, etc. necesitan ser salvados por el Mesías cristiano (por eso deben saber, oír de él, a través de las misiones religiosas y/o de conquista). Empero, claro está, si uno adopta una interpretación más libre, relajada y relativa cualquier cosa es posible: como el que todas las religiones y sus revelaciones no tengan un origen divino sino más bien terráqueo tan sólo. Es menos dificultoso y complicado partir de esta interpretación: los seres pertenecientes al género humano, en interrelación con su realidad (natural) y entre ellos mismos (mundo social), han sido capaces de razonar de formular preceptos, de darse cuenta de lo que les conviene para vivir mejor y para esto no necesitaron de algún dios. El elemento teístico se originó -de acuerdo con tal interpretación- en el temor producto de la ignorancia que confundió lo meramente natural con lo sobrenatural. Los preceptos morales reforzaron su autoridad al otorgárseles una génesis divina o mágica. La similitud en cuanto a tal moral común en las diversas religiones podría explicarse tan sólo por la sabiduría popular. Es decir situaciones semejantes comunes y corrientes a todos los humanos -en cuanto a la descendencia, al sexo, a las actividades económicas, la observación de la naturaleza, las enfermedades, la muerte, etc.- podrían ocasionar dichos o enseñanzas morales parecidos. Es más hay otros elementos productos de la creatividad humana que se parecen entre sí -sea en el arte o en la ciencia- en culturas diferentes y alejadas en el tiempo y el espacio (por ejemplo las monumentales pirámides existentes en México como en Egipto, las cruces de Asia Menor y las de América prehispánica, los calendarios astronómicos, el valor de ¶ [Pi], etc.) Sin embargo, aparte de todo eso se podría aducir que en los libros sagrados habría información (correcta) imposible de ser conocida por los hombres de la época en la cual se escribieron lo que apoyaría el origen sobrenatural de tales fuentes. Se cita al respecto en relación a la Biblia, por ej., Isaías 40:27 donde se afirma que la tierra es como un círculo (lo que implica redondez) o Job 26:7: “la tierra cuelga de la nada”. ¿Eso nos haría pensar que fue una revelación de Dios lo que influenció en la mente de los autores? Ya algunos antiguos astrónomos griegos sabían que la tierra era redonda e incluso intentaron medir su circunferencia (e.g. Eratóstenes [276-194 a.C.]). Eso nos dice mucho de la gran capacidad humana para la observación y el raciocinio y no de revelaciones divinas. Para poder ver la sombra de la tierra en la luna durante un eclipse o que los navíos se pierden poco a poco en el horizonte e interpretar todo esto como que la tierra es redonda no se requiere de una fuerza sobrenatural. Como tampoco es nada del otro mundo leer en los Vedas (hindúes) que nuestro cosmos (actual) está en una de sus tantas etapas, es decir, fenecerá y volverá a nacer -semejantemente a como le sucede a un seer vivo-, o el precepto de la veneración a las va-cas, debido a su gran utilidad en la agricultura o en la alimentación. Igualmente encontramos muchos consejos dietéticos e higiénicos en los libros de Moisés. El tratar de dar origen sobrehumano a la inventiva y a la sabiduría del hombre nos podría llevar a aventurar-nos, incluso, en la hipótesis de influencia extraterrestre inteligente en el rumbo de la evolución humana. Así estaríamos subestimando las capacidades peculiares de nuestros congéneres de antes y ahora, como las de los de aquí y acuyá. También se menciona como señal de revelación divina las profecías: ¿cómo pudieron simples seres humanos pronosticar acontecimientos futuros incluso con cientos de años de anticipación? Por ejemplo, se dice que Jesús es el Mesías proclamado del Antiguo Testamento ya desde las primeras partes del Génesis. Y de acuerdo a la interpretación tradicional cristiana todas las profecías contenidas allí fueron cumplidas en la época del nuevo. Se podría contestar a esto aduciendo que los pasajes de la vida de Jesús (de ser ciertos) se interpretan como cumpliendo los del Antiguo Testamento. Como la Biblia está llena de metáforas y de símbolos ello permitiría una interpretación o hermenéutica interesada que se acomodara ante cualquier pasaje (los judíos llaman a esto midrash). Por eso la religión judía no considera a Jesús como su Mesías prometido (a propósito, en muchas culturas podemos hallar relatos sobre esperados futuros salvadores y redentores, pasados diluvios, épocas paradisíacas pretéritas o postreras y, claro está, el fin del mundo). Los libros supuestamente sagrados no resistirían un análisis serio (científico). No nos estamos refiriendo a las descripciones geográficas o meramente históricas. Nos estamos refiriendo a lo que puede tener de divina la revelación o el mensaje. En relación a esto podemos encontrar muchas y grandes contradicciones (por ej., tenemos al Jehová vengador, apasionado y doliente del antiguo pacto frente al amoroso y comprensivo del nuevo, aunque no del todo, esto nos habla de la evolución histórico-cultural del pueblo judío). Los creyentes literalistas dirían, en cambio, que hay misterios incomprensibles para los hombres, así se resolverían todas las cosas difíciles o débiles de las escrituras que, como vemos, no son perfectas sino que son como los hombres: cambiantes y falibles. ¿Y qué de las profecías no sagradas como las del médico francés Michel de Nostradamus (1503-1566)? Supongamos que sean verdaderas. Tales escritos nos llevarían a pensar que existirían capacidades humanas aún no conocidas y estudiadas plenamente (que correspondería al campo de la llamada Parapsicología) y que las profecías no probarían la existencia del Ser Supremo.
En general las personas predominantemente religiosas manifiestan un “sentimiento inefable” producido por la presencia divina en sus “corazones” ,”almas”, mentes y -¿por qué no?- también en sus cuerpos. Podríamos tratar de caracterizar tal éxtasis como una emoción de “profunda” paz y tranquilidad, de unidad con el mundo y los seres que habitan en él y que, aparentemente, no se obtendría más que por medio de una relación singular, única con lo Trascendente. Pero en realidad la “experiencia mística” también la han vivido otro tipo de gente como algunos exploradores, descubridores e inventores, los innovadores artísticos e inclusive gente común y corriente en actividades tan mundanas como el enamoramiento o el coito sexual sin ser religiosos en grado sumo, por supuesto, o simplemente cuando no hacían nada en particular. Además semejantes sentimientos pueden ser obtenidos artificialmente alterando nuestras percepciones, por medio de drogas o de estimulación eléctrica dirigida al cerebro o simplemente en un estado de profunda relajación. Todos estos contra-ejemplos nos permiten deducir que la experiencia místico-religiosa no es producto de cierta presencia de origen sobrenatural, suprahumano o divino. Por otro lado se habla no pocas veces de una transformación “milagrosamente” dramática de la personalidad, valores y accionar de cierta gente dedicada al robo, la mentira, la prostitución o adicta al alcohol, el tabaco o algún otro estupefaciente o que meramente era muy egoísta o iracunda hasta antes de convertirse a alguna religión (en jerga de algunas sectas fundamentalistas cristianas “el nuevo nacimiento”). Pero la verdad es que casos así también los podemos encontrar en personas que han sufrido un grave accidente o enfermedad o pérdida familiar o amical, o que han cambiado gracias a la buena influencia de alguien (por ejemplo una gran amistad o un ser muy amado) o de algo (como un libro o una película) o que simplemente se han aburrido y hastiado de su vicio o que han tomado conciencia de las consecuencias negativas de su práctica. Todo ello nos evidencia el origen terrenal de las transformaciones personales (Lo contrario también se da: gente buena y pacífica que debido a ciertas frustraciones e injusticias puede tornarse malévola y violenta). Agreguemos que a los místicos o santos se les atribuye la capacidad de realizar milagros, es decir, portentos extraordinarios que desafían las leyes de la naturaleza como levitar, estar en dos lugares a la vez, curar enfermos o inclusive volver a la vida a algunos. Ciertamente cualquier cosa fuera de lo común puede ser tomada por milagrosa. En las llamadas culturas primitivas por ejemplo serían portentos celestiales un avión, una linterna, una radio o una televisión así como enviados divinos -o los mismos dioses- gente foranea con una tecnología más avanzada que la suya. Es de-cir lo desconocido puede interpretarse como de origen sobrehumano. Así también morir muy joven o de una simple infección no era raro antiguamente pero el superar eso ahora por medio de los avances médicos no nos lleva a pensar en la providencia divina ni tampoco el hecho de que muchas veces los reportes de sucesos extraordinarios tengan una explicación natural y racional y que de hecho son simplemente interpretaciones interesadas de la realidad. Sin embargo ¿cómo explicar las llamadas curaciones o sanaciones por fe o por medio de la imposición de manos? Ellas no son exclusivas de los cristianos ni de los primitivos y en verdad la mayoría (cuando no son fraudes) son meras regresiones o curas aparentes del mal que padece el enfermo o en el mejor de los casos activaciones de su psicosomatismo, esto es de la influencia innegable de nuestra mente y estado de ánimo en nuestra salud física. Finalmente los partidarios de la parapsicología hablan de cierto tipo de energía humana especial que entraría en acción en la cura de enfermedades por medio de la imposición de manos y sin la intervención divina. Nota.- Para profundizar en estas u otras
cuestiones análogas muestro la obra de mi eximio paisano
Josep Ferrater i
Mora,
"Diccionario de Filosofía", obra aún incomparable pese a los muchos años
transcurridos desde su primera publicación.
(I) La imposibilidad de cumplir fielmente una moral que existe desde hace dos mil años, unos preceptos morales que creemos que las demás personas son capaces de cumplir sinceramente, nos induce a pensar que si a nosotros nos resulta imposible es por alguna corrupción insuperable en el fondo más íntimo de nuestro ser. Por lo que nos refugiamos en la hipocresía, la mentira, el engaño, para que las demás personas no adviertan esta corrupción y no nos aparten o menosprecien. Como temía el rey con los tres hombres burladores que "fizieron vn paño· en " Libro de los enxiemplos del conde Lucanor et de Patronio", obra del Infante Don Juan Manuel (1282-1349)
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